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La "gran depresión" económica que se generalizaría a partir de 1929 destruiría "el espíritu de Locarno" y propiciaría que la inseguridad, la violencia y la tensión volvieran a caracterizar las relaciones internacionales. Lo que en 1928 era impensable, la posibilidad de una nueva guerra mundial -como mostraba que un total de 62 Estados ratificasen el pacto Briand-Kellogg-, resultaría casi inevitable en unos pocos años. La crisis económica mundial fue precipitada por la crisis de la economía norteamericana, que comenzó en 1928 con la caída de los precios agrícolas y estalló cuando el 29 de octubre de 1929 se hundió la Bolsa de Nueva York. Ese día bajaron rápidamente los índices de cotización de numerosos valores -al derrumbarse las esperanzas de los inversores, después que la producción y los precios de numerosos productos cayeran por espacio de tres meses consecutivos- y se vendieron precipitadamente unos 16 millones de acciones. Las causas últimas de la crisis norteamericana fueron, de una parte, la contracción de la demanda y del consumo personal, los excesos de producción y pérdidas consiguientes (por ejemplo, en el sector automovilístico y en la construcción) y la caída de inversiones, propiciada por la caída de precios; y de otra, la reducción en la oferta monetaria y la política de altos tipos de interés llevadas a cabo por el Banco de la Reserva Federal desde 1928 para combatir la especulación bursátil. En cualquier caso, el producto interior bruto norteamericano cayó en un 30 por 100 entre 1929 y 1933; la inversión privada, en un 90 por 100; la producción industrial, en un 50 por 100; los precios agrarios, en un 60 por 100, y la renta media en un 36 por 100. Unos 9.000 bancos -con reservas estimadas en más de 7.000 millones de dólares- cerraron en esos mismos años. El paro, que en 1929 afectaba sólo al 3,2 por 100 de la población activa, se elevó hasta alcanzar en 1933 al 25 por 100 de la masa de trabajadores, esto es, a unos 14 millones de personas. Como consecuencia, Estados Unidos redujo drásticamente las importaciones de productos primarios (sobre todo, de productos agrarios y minerales procedentes de Chile, Bolivia, Cuba, Canadá, Brasil, Argentina y la India), procedió a repatriar los préstamos de capital a corto plazo hechos a países europeos y sobre todo a Alemania, y recortó sensiblemente el nivel de nuevas inversiones y créditos. La dependencia de la economía mundial respecto de la norteamericana era ya tan sustancial (sólo en Europa los préstamos norteamericanos entre 1924 y 1929 se elevaron a 2.957 millones de dólares); y las debilidades del sistema internacional eran tan graves (países excesivamente endeudados y con fuertes déficits comerciales, grandes presiones sobre las distintas monedas muchas de ellas sobrevaloradas tras el retorno al patrón-oro, numerosas economías dependientes de la exportación de sólo uno o dos productos) que el resultado de la reacción norteamericana fue catastrófico: provocó la mayor crisis de la economía mundial hasta entonces conocida. El valor total del comercio mundial disminuyó en un solo año, 1930, en un 19 por 100. El índice de la producción industrial mundial bajó de 100 en 1929 a 69 en 1932. Aunque con las excepciones de Japón y de la URSS la crisis golpeó en mayor o menor medida a la totalidad de las economías, fue en Alemania donde sus efectos fueron particularmente negativos. La economía alemana no pudo resistir la retirada de los capitales norteamericanos y la falta de créditos internacionales. El comercio exterior se contrajo bruscamente. La producción manufacturera decreció entre 1929 y 1932 a una media anual del 9,7 por 100. Los precios agrarios cayeron espectacularmente. La producción de carbón descendió de 163 millones de toneladas en 1929 a 104 millones en 1932; la de acero, de unos 16 a unos 5, 5 millones de toneladas. El desempleo que en 1928 afectaba a unas 900.000 personas, se duplicó en un año y en 1930 se elevaba ya a 3 millones de trabajadores. Las medidas tomadas por el gobierno del canciller Brüning, formado el 30 de marzo de 1930, tales como elevación de impuestos, reducción del gasto público y de las importaciones, recortes salariales y mantenimiento del marco -medidas pensadas para impedir una reedición de la crisis de 1919-23 y para que Alemania pudiese hacer frente al plan Young-, resultaron a corto plazo muy negativas. La contracción de la demanda que provocaron hizo que el desempleo se elevara a la cifra de 4,5 millones en julio de 1931 y a 6 millones al año siguiente (aunque es posible que, con más tiempo, pudieran haber dado resultados positivos: a principios de 1933, se apreciaban ya signos de reactivación). El pánico financiero y bancario norteamericano se contagió a Europa. Los banqueros franceses -los Rothchilds, principalmente- retiraron los créditos concedidos al banco austríaco Kredit Anstalt, que quebró y arrastró a la quiebra a numerosos bancos de Austria, Hungría y Polonia. Como también se señaló al hablar de la dictadura nazi, los bancos alemanes, por temor a quiebras en cadena ante la huída masiva de capitales, cerraron entre el 13 de julio y el 5 de agosto de 1931. La libra fue sometida a fortísimas presiones de los especuladores internacionales: Gran Bretaña decidió en septiembre de 1931 abandonar el patrón-oro y devaluar la libra en un 30 por 100, decisión que obligó a su vez a otros países a reforzar las políticas deflacionistas ya adoptadas por sus gobiernos respectivos. Estos -Hoover en Estados Unidos; MacDonald en Gran Bretaña; Brüning en Alemania; Herriot en Francia- hicieron lo que la ortodoxia económica prescribía para hacer frente a situaciones de crisis: reducciones del gasto público, políticas de equilibrio presupuestario, aumentos de impuestos, reducción de costes salariales, limitación de importaciones vía elevación de aranceles y rígidos controles de los cambios. Como Keynes demostraría poco después en su Teoría general (1936) ya citada, la ortodoxia estaba equivocada, y probablemente sólo la intervención de los gobiernos estimulando la inversión y la demanda -tesis keynesiana- pudo haber generado crecimiento económico y empleo. Fue cierto, con todo, que el resultado de la aplicación de las recetas clásicas no fue totalmente negativo. Hacia 1933, algunas economías parecían ya camino de su recuperación, y para entonces lo peor de la depresión había pasado. Pero los efectos a corto plazo fueron devastadores. Primero, el desempleo alcanzó cifras jamás conocidas: 14 millones en Estados Unidos, 6 millones en Alemania, 3 millones en Gran Bretaña y cifras comparativamente parecidas en numerosísimos países. Segundo, la crisis social favoreció el extremismo político. El temor real o ficticio al avance del comunismo y de la agitación revolucionaria provocó en muchos países el auge de movimientos de la extrema derecha y en algunos, como en los Balcanes y en los Estados bálticos, la implantación de dictaduras fascistizantes. Peor aún, la crisis contribuyó decisivamente al colapso de la República de Weimar y a la llegada de Hitler al poder. Tercero, la crisis económica provocó fuertes tensiones en las relaciones comerciales internacionales al recurrir los gobiernos a medidas proteccionistas para defender las economías nacionales. Estados Unidos impuso el 17 de junio de 1930 el arancel (Hawley-Smoot) más alto de su historia. En mayo de 1931, Francia introdujo el sistema de "restricciones cuantitativas" a las importaciones, un sistema de cuotas sobre unos 3.000 productos de importación. Gran Bretaña impuso en 1932 un impuesto del 10 por 100 sobre todas las importaciones; en la conferencia de Ottawa (21 de julio a 20 de agosto de 1932), los países de la Commonwealth aprobaron el principio de "preferencia imperial", por el que determinados productos coloniales entrarían en Gran Bretaña sujetos a cuotas pero sin recargos arancelarios, y los productos industriales británicos gozarían de beneficios para su exportación a las colonias.
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El hecho de que el mundo se encaminara desde la guerra fría a una coexistencia competitiva no implica que no existieran tensiones, incluso muy graves hasta el punto de que una de ellas, la crisis cubana de 1962, pudo provocar, en mayor grado que cualquier otro conflicto anterior, el estallido de una nueva Guerra Mundial. Lo cierto es, sin embargo, que en las crisis se empezó a gestar una nueva forma de ponerse en relación las dos superpotencias que evitaron una confrontación que pudiera desembocar en la guerra. Desde mediados de los cincuenta hasta comienzos de los sesenta hubo tres ocasiones en las que las tensiones existentes en el mundo se multiplicaron y pareció poder producirse la conflagración. De la primera -la Guerra de Suez en 1956- se tratará más adelante puesto que no puede desligarse del proceso de descolonización. Las dos posteriores -la crisis de Berlín en 1958-1963 y la de los misiles cubanos en 1962- fueron el producto de la confrontación ideológica y, al mismo tiempo, de la delimitación de áreas de influencia de las dos grandes superpotencias. Como sabemos, desde el momento del bloqueo de 1948, Berlín se había convertido en permanente punto de fricción entre la URSS y los Estados Unidos. Por un lado, la capital alemana constituía el mejor testimonio de la voluntad de los occidentales de mantener una defensa decidida de la libertad y la democracia. Al mismo tiempo, la existencia misma de esta ciudad tendía a poner en cuestión la validez misma de los principios comunistas, tal y como creían en ellos los dirigentes soviéticos. Kruschev y el equipo dirigente de la URSS estaban, sin duda, convencidos de la manifiesta superioridad del comunismo y de su victoria a largo plazo, pero en quince años tres millones de alemanes del Este habían logrado cambiar de zona merced al estatuto de Berlín que mantenía un sistema de ocupación militar que ya había desaparecido en Alemania occidental. A este problema permanente en las relaciones entre las dos superpotencias el líder soviético le dio una respuesta muy característica. En realidad, no parece haber buscado de forma coherente ni la confrontación ni la negociación, sino que se lanzó a un ejercicio de amenazas y de presiones que pudieron dar la sensación de lo primero para luego dejar pasar el tiempo sin tampoco llegar a una solución. En todo ello jugó un papel muy importante la actitud de las autoridades de Alemania oriental, que vivían de forma más angustiada la debilidad a la que la sola existencia de Berlín les condenaba: fueron probablemente ellas las responsables de la erección del Muro de Berlín. Pero ni siquiera éste fue una solución y una vez pasado el primer momento de tensión mundial la cuestión quedó sobre el tapete largos años. Kissinger afirma que en la crisis de Berlín y en la posterior de Cuba, Kruschev dio la sensación de actuar como un maestro de ajedrez que después de hacer una apertura brillante se limitara a esperar que su contrincante se rindiera. En realidad, de ambas crisis el dirigente soviético salió derrotado o, por lo menos, no victorioso. Cualquier interpretación con un mínimo de imparcialidad debe admitir que deterioró su prestigio mundial. La cuestión de Berlín fue replanteada en noviembre de 1958 cuando Kruschev asumió la tesis defendida por la Alemania del Este denunciando el estatuto de ocupación cuatripartita de la ciudad. Para el dirigente del PCUS Berlín debía quedar incorporado a la Alemania del Este o internacionalizado bajo la responsabilidad de las Naciones Unidas. Pero lo grave de esta declaración soviética no residió en la defensa de esta tesis, sino en el hecho de que se daba a las potencias occidentales un plazo de seis meses para aceptar esta propuesta; de no hacerlo, la URSS firmaría un tratado de paz con la Alemania Oriental, la cual de esta manera tendría el control de todas las vías de acceso a Berlín. De este modo, las potencias occidentales se encontraron con el dilema de poder llegar a enfrentarse en una guerra nuclear con los soviéticos en el caso de no aceptar, mientras, si lo hacían, parecían renunciar a la defensa de sus propios valores democráticos de cara a los alemanes de Berlín. Muy pronto se descubrió que la contrapropuesta occidental de tratar de resolver globalmente el problema de Alemania tampoco proporcionaba ninguna vía de salida al conflicto. Así se demostró en la conferencia de los ministros de Asuntos Exteriores de los cuatro grandes reunidos en Ginebra durante el verano de 1959. El posterior viaje de Kruschev a Estados Unidos en septiembre de 1959 dio la sensación de permitir un aflojamiento de la tensión y, además, trajo como consecuencia la convocatoria de una conferencia de las máximas autoridades de las cuatro potencias vencedoras de la Alemania nazi en París en mayo de 1960. Sin embargo, en esta ocasión, de un modo de nuevo muy característico del estilo político de Kruschev, se produjo un nuevo fracaso cuando el secretario general del PCUS exigió con carácter previo a los norteamericanos que pidieran excusas por haber empleado aviones espías sobrevolando el territorio soviético -denominados U2-, uno de los cuales fue derribado y su piloto apresado. De nuevo, se reprodujo la máxima tensión en los años siguientes cuando, no habiéndose llegado a ningún acuerdo, Kruschev lanzó violentísimos ataques contra los occidentales desde las tribunas de la ONU en otoño de 1960. Cuando tuvo lugar una entrevista entre Kruschev y el nuevo presidente norteamericano, Kennedy, en Viena, en junio de 1961, no hubo tampoco ningún avance. El segundo parece haber buscado algún tipo de camino hacia un compromiso mientras que su interlocutor se lanzaba a una confrontación ideológica de la que nada pudo salir. La propuesta soviética volvía a ser convertir a Berlín en una ciudad libre en el marco de un tratado de paz de los antiguos aliados con las dos Alemanias. Kennedy sintió la frustración de quien ni siquiera creía haber sido considerado como un igual por su interlocutor. La crisis sobre Berlín llegó a su apogeo a mediados de agosto de 1961 cuando las autoridades del Este de Alemania tomaron la decisión de establecer un muro de división entre las dos zonas de ocupación de la capital. En adelante, la circulación entre ambas quedó imposibilitada por completo: quienes trataran de franquear el muro quedaban condenados a persecución e incluso a muerte, como habrían de sufrirla algunos centenares. También a lo largo de la frontera de las dos Alemanias se tomaron idénticas precauciones de modo que, aunque no de forma absoluta, la hemorragia demográfica sufrida por la Alemania comunista pudo ser detenida en gran medida. Lo sucedido podía parecer el óptimo testimonio de la confrontación entre los dos mundos, pero en realidad acabó siendo relativamente satisfactorio para ambas superpotencias. Kennedy pudo denunciar lo sucedido como una prueba de que el comunismo sólo era capaz de evitar ese "voto con los pies" que hasta ahora se había producido por el procedimiento de levantar una barrera para evitar la libre comunicación. Además, acudió a Berlín a levantar acta de los males del comunismo y a garantizar un apoyo que, por otro lado, no significaba un riesgo de confrontación nuclear. Pero, al mismo tiempo, en su interior llegó a la conclusión que lo sucedido, tras la mala experiencia de Viena, demostraba que, con todas sus bravatas, Kruschev no quería la guerra. De ahí que pueda decirse que la construcción del muro de Berlín sentó las bases para que en la posterior crisis cubana se intentara llegar a un acuerdo: de hecho, Kennedy mantuvo a través de su hermano un contacto indirecto, no comprometido y encubierto con un agente soviético como procedimiento para aliviar tensiones. Por su parte, Kruschev había logrado dar satisfacción a los alemanes orientales sin poner en peligro la paz mundial, por más que no hubiera alcanzado todos sus objetivos y tuviera que dar marcha atrás al plazo de seis meses que él mismo se había impuesto para resolver el contencioso. Esta crisis también tuvo otras consecuencias inesperadas en alguno de sus restantes protagonistas o de quienes experimentaron sus efectos. Los dirigentes británicos -Macmillan, por ejemplo- que siempre habían sido partidarios de llegar a acuerdos con los soviéticos vieron confirmada la oportunidad de sus planteamientos. De Gaulle pensó que la URSS, con el planteamiento de la cuestión berlinesa, no hacía otra cosa que desviar la atención de sus problemas internos; en adelante, un eje fundamental de su política consistió en fomentar su relación con la Alemania Federal. Ésta se sentía amenazada por la posibilidad de que otros tomaron por ella una decisión que le afectara: quiso, por consiguiente -incluso desde la época de Adenauer- por una parte tener asegurada la retaguardia gracias a la colaboración francesa y, por otra, abrirse a la posibilidad de un acuerdo con los soviéticos. Quizá, sin embargo, el impacto más aparentemente sorprendente de la crisis de Berlín fue el que tuvo sobre el alcalde occidental de la ciudad, Willy Brandt, el futuro dirigente de la socialdemocracia alemana en la época de la apertura al Este, tal como él mismo lo revela en sus memorias. La génesis de su política exterior la describe en el momento en que los alemanes orientales levantaron el muro de Berlín y, por más que Kennedy hiciera muchas declaraciones a favor de la libertad y la democracia de los berlineses, no fue, sin embargo, capaz de suspender sus vacaciones veraniegas y volver al menos a la capital de los Estados Unidos para ponerse al timón de la política occidental.
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Probablemente fue la crisis cubana aquella que resultó más grave entre las dos superpotencias en todo el período que transcurre desde mediados de la década de los cincuenta e inicios de los sesenta: a fin de cuentas, la Guerra de Suez tiene que ser conceptuada como incidente, aunque importante, en el camino hacia la emancipación colonial mientras que la crisis de Berlín había tenido antecedentes previos y no dio la sensación de poder llegar a provocar una conflagración mundial. En cambio, éste fue el caso de la crisis cubana que se desencadenó en octubre de 1962. El alineamiento de Castro con la URSS no era inevitable. Se debe tener en cuenta, por ejemplo, que el Partido Comunista cubano se opuso al asalto al cuartel de Moncada, que constituyó el primer paso del Castro revolucionario. Cuando éste alcanzó el poder su imagen fue de una especie de "nuevo Bolívar" más que de un revolucionario marxista. Durante todo el año 1959 las declaraciones del propio Castro impedían que se le pudiera considerar como tal. Por otro lado, la política de la URSS respecto a Iberoamérica había sido extremadamente prudente a comienzos de los años cincuenta, cuando se estableció un régimen procomunista en Guatemala. A lo largo del año citado, los mismos soviéticos conceptuaron lo sucedido en Cuba como la construcción de un "Estado de democracia nacional" que a los chinos siempre les pareció insuficiente como para ofrecer una colaboración verdaderamente generosa. Pero en tan sólo dieciocho meses la situación cambió cuando Castro decidió alinearse con el comunismo. A partir de este momento, todos los partidos comunistas del mundo fueron inducidos a apoyar sin fisuras la Revolución cubana. De todas las maneras, siempre la URSS tuvo un cierto reparo en que la identificación de Castro con el modelo soviético le convirtiera en más vulnerable. Ya hemos visto que el activismo de Kennedy en política exterior y el hecho de que ya en la época de Eisenhower se hubiera preparado una operación encubierta en contra de la Cuba castrista tuvieron como consecuencia que, en abril de 1961, se diera luz verde por la Administración demócrata al desembarco de Bahía de Cochinos, una operación pésimamente organizada que ni podía pasar desapercibida ni contó con una ayuda tan decidida como para derrocar a Castro. Después de ello no desaparecieron del horizonte de lo posible, del lado norteamericano, operaciones tendentes a derrocar o incluso a asesinar a Castro. Pero la política de Kennedy tuvo también otro aspecto más laudable. La "Alianza para el Progreso", postulada por el presidente norteamericano en un discurso ante el cuerpo diplomático hispanoamericano en la capital de Estados Unidos, supuso una ayuda de 20.000 millones de dólares. Como aseguró el historiador y asesor presidencial Arthur Schlesinger, se había convertido en evidente que un esfuerzo de idealismo social era lo único verdaderamente realista que podía hacerse por los Estados Unidos en Iberoamérica. Mientras tanto, como hemos podido comprobar, las relaciones de Kruschev con Kennedy, principalmente respecto a la crisis de Berlín, habían sido netamente malas sin establecerse un mínimo de confianza entre ambos. Como también se ha indicado ya, la iniciativa en el planteamiento de la crisis de los misiles soviéticos instalados en Cuba debe atribuirse en exclusiva a Kruschev y no tanto por motivos relacionados con su voluntad de defender la revolución cubana como de lograr mediante la instalación de misiles de medio alcance una ventaja comparativa con respecto al balance estratégico nuclear preexistente entre las dos superpotencias. De lo único que puede culparse a la Administración norteamericana es de que quien tenía la responsabilidad más importante -Kennedy- había asegurado que existía un desfase estratégico norteamericano en armas nucleares para luego desmentirlo, lo que pudo provocar a Kruschev. Por otro lado, el Gobierno norteamericano nunca tomó en serio lo que consideraba como bravatas de Kruschev sobre la posibilidad de instalar misiles soviéticos en Cuba. De cualquier modo, aunque la instalación de los mismos supusiera una ventaja importante para los soviéticos, de ninguna manera compensaba la ventaja norteamericana que la propia Administración de este país evaluaba en 17 a 1. Desde el verano de 1962 los servicios secretos norteamericanos empezaron a especular sobre la posibilidad de que los soviéticos estuvieran instalando misiles en Cuba. La confirmación, sin embargo, no se llevó a cabo sino el 16 de octubre de 1962 tras el vuelo de un avión espía U2 y el posterior estudio de las fotografías tomadas. La propia rapidez de la construcción de las instalaciones contribuye a explicar que no se hubieran hecho las operaciones de camuflaje imprescindibles. Desde ese momento, empezó a actuar una célula de crisis del Gobierno norteamericano en la que no siempre existió unanimidad. Mientras que el propio secretario de Estado norteamericano recordó que los Estados Unidos mantenían su superioridad, otros señalaron que lo sucedido equivalía a la violación por parte de los soviéticos de la doctrina Monroe, que vetaba la intervención extraña en el Nuevo Continente, a tolerar la falta de credibilidad que sufrirían los Estados Unidos en el caso de que no hubiera reacción, a acortar el tiempo de aviso de ataque nuclear o a aceptar la vulnerabilidad de los bombarderos estratégicos norteamericanos situados en Florida. Tomada la decisión de actuar, se planteaba la posibilidad de llevar a cabo un bombardeo sin preaviso o la de establecer un bloqueo marítimo a la isla, que luego adoptaría la denominación, más inocua, de "cuarentena". La primera decisión hubiera supuesto "un Pearl Harbour al revés", aseguró Robert Kennedy, quien añadió que su hermano nunca actuaría como lo había hecho el almirante japonés Tojo; no obstante, obtuvo seis votos mientras que la segunda opción logró once. El 22 de octubre Kennedy anunció al mundo la decisión por televisión; poco antes había informado a sus aliados y al legislativo norteamericano. La conmoción fue espectacular: uno de cada cinco norteamericanos pensó que la Guerra Mundial era ya inevitable. Por fortuna este desenlace fatal no se produjo. El 24 de octubre empezó a funcionar la "cuarentena" deteniendo la flota americana a algunos de los veinticinco buques soviéticos que se estaban dirigiendo hacia Cuba. Dos días después, Kruschev dirigió una primera carta a Kennedy, espontánea y probablemente bienintencionada, por más que él hubiera sido quien puso en marcha la instalación de misiles: se mostraba dispuesto a desmantelarlos a condición de una promesa formal de que Cuba no sería invadida. El 27 una nueva carta del líder soviético incluía la demanda adicional de que los norteamericanos desmontaran las instalaciones de misiles Júpiter que tenían en Turquía. De estas dos cartas, el presidente norteamericano sólo respondió a la primera aunque, en su respuesta, aludió también vagamente a la segunda. La promesa de no invadir Cuba podía ser hecha porque no había ningún plan directamente dirigido a este propósito; otra cosa es que, como ya se ha dicho, subsistieran las operaciones encubiertas. En cuanto a los misiles instalados en Turquía, muy obsoletos y vulnerables, desde hacía tiempo se había pensado en hacerlos desaparecer, pero a Kennedy le pareció que ofrecer esa medida como contrapartida habría equivalido a dar la sensación a su propia opinión pública de que se cedía en exceso. De hecho, consiguió un éxito manifiesto de cara a la misma, aunque en realidad fuera más efectivo en lo que respecta al modo de enfrentarse con la crisis que en la previsión de que podía acontecer o en capacidad de evitarla. El 28 de octubre la crisis había sido superada y los soviéticos empezaron a desmontar sus misiles aceptando la solución acordada con los norteamericanos. El mundo recibió la noticia con alivio pero hubo una larga serie de hechos que ignoró en el transcurso de la crisis y que sólo han sido conocidos con el transcurso de mucho tiempo y la apertura de los archivos. La más importante de ellas es que la iniciativa partió de Kruschev y no fue tan sólo defensiva por más que los cubanos hubieran solicitado la presencia de armas nucleares soviéticas en la isla. Pero hay muchas otras más. Parece, por ejemplo, que ambos contrincantes durante la crisis procuraron evitar la confrontación final. Los norteamericanos, por ejemplo, sufrieron el derribo de dos aviones U2, uno sobre la isla y otro en Siberia, y, sin embargo, no dieron cuenta de ellos para evitar la repercusión sobre la opinión pública propia; además, modificaron sucesivamente el perímetro en que tenía lugar la cuarentena también con el deseo de evitar mayor conflictividad. Los soviéticos tuvieron que enfrentarse con la airada reacción de Castro partidario incluso de un ataque nuclear inicial de los soviéticos e indignado cuando éstos decidieron ceder. En adelante, hubo de conformarse con la presencia en la isla de cazabombarderos que podían llevar armas nucleares (algo de lo que los norteamericanos permanecieron ignorantes). Tampoco habían sabido estos últimos que, pese a lo que ellos pensaban, si hubieran llevado a cabo el bombardeo preventivo los soviéticos de la isla hubieran respondido porque tenían instrucciones para ello y, además, disponían ya de cabezas nucleares para hacerlo, algo de lo que tampoco fueron conscientes Kennedy y los suyos. La conclusión más importante de la crisis de Cuba fue que, a pesar de bordearse la posibilidad del estallido de una guerra nuclear, la disuasión nuclear había funcionado, por más que hubiera sido "in extremis". Además, había quedado claro que el diálogo de las dos superpotencias era, a la vez, necesario y posible. La coexistencia pacífica no era, por lo tanto, un slogan de propaganda sino algo impuesto por las circunstancias. No puede extrañar que no tardara en producirse una evolución hacia la distensión. Las primeras medidas en este sentido fueron el establecimiento de un "teléfono rojo" destinado a hacer posible la comunicación entre las cúpulas dirigentes de las dos superpotencias y la prohibición de ensayos nucleares en la atmósfera. Por lo demás, convertida la Cuba de Castro en todo un modelo, en especial de cara al Tercer Mundo, sus relaciones con la URSS resultaron bastante más complicadas de lo que en principio podía esperarse. Para comprobarlo, merece la pena tratar esta cuestión en este momento y de manera global sin esperar a hacerlo más adelante para percibir así con más claridad que la relación fue más conflictiva de lo que en principio podía pensarse. En efecto, Castro pareció querer evitar cualquier compromiso con una de las partes cuando se produjo la división del movimiento comunista en dos tendencias, una prosoviética y otra prochina. Si finalmente se decidió a apoyar a la URSS fue porque la consideraba más capaz de ayudarle, como efectivamente sucedió: de hecho, la economía cubana fue, en adelante, fuertemente subvencionada por la ayuda de los países del área soviética. A pesar de ello, hubo importantes diferencias de criterio entre los dos países. Los soviéticos estaban mucho más interesados en lograr que los partidos comunistas de todo el mundo se alinearan con sus posturas que en la eventualidad de creación de zonas guerrilleras en puntos neurálgicos de Hispanoamérica. La paradoja fue, en efecto, que en realidad Cuba sintonizaba mucho más desde el punto de vista de la estrategia revolucionaria con China que con la URSS. En la Conferencia Tricontinental, celebrada a comienzos de 1966 en La Habana, Castro se reivindicó a sí mismo como líder de todos los movimientos guerrilleros revolucionarios defendiéndolos a todos ellos, fueran o no comunistas, y mostrándose partidario de una política de activismo subversivo que le llevaba a predicar una directa involucración en la Guerra de Vietnam que las dos grandes potencias comunistas evitaron. Al mismo tiempo, sin embargo, en un momento en que el propio Estado chino estaba en grave peligro, sometido a la crisis de la revolución cultural, se produjo una ruptura violentísima con este país que llegó a retirar a Castro la consideración de socialista. Pero en su repudio de cualquier proclividad parlamentaria y en su preferencia por la acción guerrillera, Castro, en realidad, estaba muy próximo a la posición de Mao. Fue este activismo el que le enfrentó a los soviéticos siempre proclives a un comportamiento más prudente en un área como la hispanoamericana, que debían considerar como controlada por la hegemonía del vecino del Norte. De ahí el desencanto sentido por la URSS, perceptible en el escaso número de artículos que durante mucho tiempo se dedicó en la prensa soviética a la experiencia de Castro. Las peores relaciones entre los dos países se produjeron en 1967-8 cuando el líder cubano se había lanzado a la promoción de focos guerrilleros rurales con ayuda de revolucionarios iberoamericanos o extranjeros, como Che Guevara o Regis Débray. Eso le hizo enfrentarse a gran parte de los Partidos Comunistas de la región, en especial al venezolano. La URSS, que quería anudar una relación económica estrecha con los países del área, no pudo alinearse con esta actitud e incluso presionó sobre los cubanos por el procedimiento que tenía más a mano: ser menos generosa de lo que lo había sido antes con los cubanos que, por ejemplo, padecieron dificultades en lo que respecta a su abastecimiento de productos energéticos. La liquidación de los movimientos guerrilleros a finales de los años sesenta contribuyó a que la postura de Castro cambiara. La desaparición de esa vía revolucionaria le hizo apoyar dictaduras populistas, como la de Velasco Alvarado en Perú o a líderes socialistas revolucionarios, que accedían al poder por procedimientos parlamentarios como Allende en Chile. Esa política resultaba más homologable con los intereses estratégicos de la URSS, que no tuvo inconveniente en prestar más ayuda: en 1972 Cuba ingresó en el COMECON y dos años después Breznev la visitó. Durante la década de los setenta, siendo ya improbable el éxito de cualquier aventura revolucionaria en Iberoamérica, Castro se lanzó a una aventura africana que favorecía los intereses estratégicos soviéticos. Pero ésta es ya una cuestión de la que se tratará más adelante.
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El equilibrio conseguido en todos los terrenos se vio profundamente afectado por la guerra que se inició en Cuba, en 1895, y que concluiría en 1898 con la derrota española frente a los Estados Unidos; el Desastre, como lo denominaron los contemporáneos y todavía lo llamamos hoy. En el terreno económico, sin embargo, el fin del Imperio -especialmente la pérdida de Cuba, la joya de los restos coloniales que España mantuvo durante el siglo XIX-, no supuso ningún desastre, sino más bien -como algunos habían vaticinado- un nuevo impulso en el desarrollo interior del país, fortalecido por la repatriación de capitales. La experiencia de la guerra y el espectáculo de otra repatriación, la de los soldados heridos y mutilados en la campaña colonial -"recorriendo calles y plazas en penosa e inevitable exhibición del uniforme de rayadillo reducido a andrajos, con tétrica profusión de muletas, brazos en cabestrillo y parches en el demacrado rostro", escribió Fernández Almagro- estuvo en el origen de un nuevo fenómeno social de trascendencia: la impopularidad del Ejército entre las clases más desfavorecidas -las principales víctimas de la guerra-, por el agravio comparativo que suponía la redención a metálico. Los políticos superaron con éxito las críticas a su gestión y, sobre todo, la principal amenaza implícita en la situación: un golpe de Estado protagonizado por generales belicistas, dispuestos a hacer la guerra a cualquier precio, en un primer momento, y descontentos, después, por la forma de liquidarla y firmar la paz. La mejor prueba del éxito es que Sagasta, presidente del gobierno en 1898, volvía a ser lo nuevamente en 1901. No obstante, el resentimiento de los oficiales del Ejército hacia los políticos, a quienes hacían responsables de su derrota y deshonor, habría de perdurar (recuérdese el comienzo de la película Raza, 1945, cuyo guión es del general Franco) con profundas consecuencias. El partido conservador, en cuya jefatura Silvela había sustituido a Cánovas, trató de encauzar el impulso de regeneración -la palabra de moda que dominaba la opinión del país-. Llevó a cabo importantes reformas y logró neutralizar la oposición que surgió no tanto de las fuerzas políticas organizadas -republicanos, socialistas, carlistas- como de un nuevo movimiento social, en torno a organizaciones corporativas. Lo que no consiguió fue la integración del catalanismo político, que se organizó como partido -la Lliga Regionalista-, logrando sus primeros diputados a Cortes en 1901. El hecho no era nuevo -en 1895 se había fundado el Partido Nacionalista Vasco- pero es significativo del auge que, en un momento de crisis del nacionalismo español, comenzaban a adquirir los llamados nacionalismos periféricos. Con todo, las repercusiones más importantes de la crisis, en aquellos mismos años, tuvieron lugar en el mundo de las ideas, con grandes efectos prácticos. La crítica del sistema político realizada por Joaquín Costa, principalmente -la tesis de oligarquía y caciquismo como la forma actual de gobierno en España- convirtió lo que era un defecto del sistema (grave, sin duda, pero no exclusivo ni específico de España), y no el más importante (que era "la anemia de la sociedad civil, sin pulso", como escribió Francisco Silvela, en gran parte por la injerencia del poder ejecutivo), en una lacra intolerable por la que merecía ser condenado sin remisión. El término cacique -ha escrito Raymond Carr- es uno de esos pocos descubrimientos terminológicos que condenan a todo un régimen. Con independencia de la intención de Costa -cualquiera que ésta fuera- quedó así establecido un esquema interpretativo de toda una época de la historia de España, junto con un profundo recelo hacia el liberalismo y el sistema parlamentario, que habría de perdurar por generaciones. Pero no sólo la critica de los regeneracionistas fue importante; sus propuestas positivas -escuela, despensa, política hidráulica...: modernización, en una palabra, de acuerdo con el modelo europeo- compondrían el programa reformista, no revolucionario, de todo el siglo XX en España. Otros intelectuales -palabra que también en este momento, en España igual que en Francia, adquiere el nuevo significado de compromiso social- encaminaron sus críticas hacia capas más profundas del presunto ser nacional y se plantearon el problema de España. Entre ellos merecen destacarse Ganivet y Unamuno.
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La expresión "crisis de la Baja Edad Media", u otras similares, como "gran depresión", está firmemente asentada en la historiografía contemporánea. Con ella se elude a la presencia, lógicamente en la época de referencia, de una serie de manifestaciones de muy diversa naturaleza que trastocaron la evolución seguida por la sociedad en el tiempo que le precedió. Tradicionalmente se ha puesto el acento en los aspectos demográficos, económicos y sociales de la mencionada crisis. El retroceso experimentado por la población europea, particularmente a consecuencia de la difusión de las epidemias de mortandad, la caída de la producción, ante todo en el medio rural, las bruscas alteraciones de los precios y de los salarios y, finalmente, la acentuación de las tensiones sociales, que alcanzaron cotas desconocidas, serían las manifestaciones más llamativas de la crisis. En cuanto a su cronología, aunque varía lógicamente de unas regiones a otras, se sitúa grosso modo en los siglos XIV y XV, con especial referencia a la primera de las centurias citadas. De ahí que en ocasiones se haya hablado, sin más, de la crisis del siglo XIV. En todo caso parece un hecho comprobado que la crisis ya estaba presente en el occidente de Europa, aunque de forma todavía incipiente, en el entorno del año 1300. Pero fue en el transcurso de la decimocuarta centuria cuando la crisis se generalizó, lo que explica que estuviera en su fase aguda alrededor del año 1400. De ahí, por ejemplo, que la obra colectiva, editada hace unos años por los profesores alemanes Ferdinand Seibt y Winfried Eberhard, y que recoge las ponencias presentadas por destacados especialistas en un seminario que trató sobre dicho tema, lleve por título "Europa 1400. Die Krise des Spätmittelalters" (1984) (hay traducción castellana, con el titulo "Europa 1400. La crisis de la Baja Edad Media", en Edit. Crítica, del año 1993). La interpretación de la crisis es, no obstante, un problema sumamente complejo. Como en tantas otras ocasiones, a propósito de cuestiones históricas controvertidas, puede decirse que han corrido ríos de tinta y que ha habido opiniones para todos los gustos, llegando algunos historiadores incluso a negar que hubiera crisis en la época final de la Edad Media. Ahora bien, partiendo de lo que juzgamos un hecho incontrovertible, la realidad de la crisis bajomedieval, es preciso destacar la existencia, como mínimo desde los años treinta del siglo XX, de un intenso debate historiográfico sobre el particular. En el mismo se han utilizado, básicamente, dos modelos teóricos de referencia, el "malthusiano", por una parte, y el "marxista", por otra. También se ha discutido si la crisis revelaba la decadencia de un sistema o si, por el contrario, suponía el anuncio de la próxima génesis, por supuesto difícil, de un nuevo mundo. En otras palabras, nos encontraríamos con la dialéctica entre una crisis depresiva o una crisis de crecimiento. Mas lo cierto es que en los últimos años se ha puesto especial énfasis en contemplar la mencionada crisis no sólo desde el prisma socio-económico, sin duda el privilegiado en la tradición historiográfica, sino también desde otras perspectivas. Algunos historiadores han puesto de relieve el impacto ejercido por la gran depresión europea de los siglos XIV y XV en ámbitos de la actividad humana tan variados como el político, el intelectual o el artístico.
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El impacto de la Primera Guerra Mundial en España tuvo un efecto decisivo sobre su evolución histórica. Esa España que había permanecido en el marco de las estructuras políticas de la Restauración ahora experimentó un cambio decisivo cuyos motivos deben encontrarse en el crecimiento económico, el desarrollo del sindicalismo obrero, la reivindicación de los nacionalismos y, más en general, una efervescencia provocada en la vida pública por todas esas circunstancias. Todos estos elementos empezaron a aparecer en el horizonte en torno al año 1917 de manera patente, pero sobre todo dominaron la escena a partir de la posguerra. El régimen de la Restauración se había situado ya con anterioridad en el comienzo de su crisis, pero a partir de la fecha citada se vio afectado por una progresiva parálisis. La escasa renovación del sistema político tuvo como consecuencia final que éste amenazara colapso en el momento en que a todas estas dificultades se sumó también el desastre de Marruecos y, con él, la reaparición del Ejército en la política. A pesar de ello no se debe olvidar que en un importante aspecto hubo una marcada continuidad entre el período de la preguerra y el siguiente. Aunque la sociedad española pareciera dominada por la crisis, lo cierto es que esta situación era también la consecuencia menos grata de la modernización que, si se había iniciado antes de la Primera Guerra Mundial, ahora fue mucho más decisiva. La industrialización favorecida por la guerra mundial tuvo como consecuencia el crecimiento de los sindicatos, pero éstos contribuyeron más a desestabilizar el sistema político que a modernizarlo. La política de la Restauración entró en crisis pero no se llegó a una democratización. La reaparición del Ejército en la política resultó obligada por la convergencia entre los problemas de orden público y la cuestión marroquí. La última consecuencia de esta situación fue una dictadura militar cuando el sistema político se demostró, al menos de momento, irreformable.
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Para algunos, la paz de Calias, a pesar de los problemas que ofrece la documentación pertinente, hay que admitirla por el mero hecho de que sus efectos se notan en las realidades de la política imperialista. Es el inicio de la llamada por Meiggs "crisis de los cuarenta". Resulta difícil justificar la alianza contra el persa cuando la paz con ellos se ha reconocido oficialmente. El dominio ateniense empieza a pensarse como instrumento para controlar a los griegos. De hecho, durante esos años, las listas de tributos reflejan graves problemas por parte de Atenas para efectuar la recaudación. Pericles agudiza paralelamente los aspectos ideológicos que resaltan la superioridad de Atenas. En 447-43 se inició la construcción del Partenón, que quería ser el símbolo de esa superioridad, dedicado a Atenea como cabeza de sus fiestas de integración, poderosa y conciliadora al mismo tiempo. Con todo, las acciones de recuperación no pueden cesar. A veces, como en el caso de Mileto, parece que se permite la conservación de un sistema oligárquico. En el caso de Colofón se impone el juramento de no disolver la alianza. Todo indica que se sigue una política de concordia, salvo en lo económico, pues a esas fechas se atribuyen, aunque haya voces discordantes, los decretos de Clinias y de Clearco, dirigidos a controlar las acuñaciones monetarias y la recaudación del tributo, con ánimo de dar vigor a la moneda ática, instrumento clave en la perduración del imperio, como medio de ingreso sustancial, habida cuenta de la importancia que ha adquirido la explotación de las minas de Laurio. En 446, cuando, en el lado de los enfrentamientos con Esparta, el panorama se ha aliviado gracias a la paz de treinta años, estalla una rebelión en la isla de Eubea. Fue especialmente conocida la represión, pues en Histiea se ejerció duramente y se asentaron mil atenienses después de haber expulsado a la población local. En Calcis también expulsaron a los hippobotai, clase de caballeros propietarios de tierra, que fue distribuida entre clerucos atenienses mientras que, en cambio, se reducía el tributo de cinco a tres talentos.
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Esta última opinión se fundamenta en el gran número de iconos conservados de la etapa final bizantina cuando, realmente, las tablas pintadas eran dominantes. Pero no había sido así siempre, especialmente en la época de la dinastía macedónica -867/1056- cuando fue utilizada una gran variedad de soportes y técnicas. El oro y la plata fueron empleados abundantemente para realzar el esplendor de los pequeños mosaicos. Las esculturas de mármol y marfil desempeñaron un papel destacado, aunque se prefería el relieve plano al objeto de mitigar la corporeidad pronunciada. Y el esmalte cloisonné fue apreciado especialmente, debido a su doble dimensión y translucidez, pues ayudaba a los artistas a representar un cuerpo desmaterializado. El icono en su origen fue un simple recuerdo, la imagen de una persona que por su testimonio de vida cristiana era merecedora de recuerdo. Este retrato se colocaba, por lo general, sobre su sepulcro, con el fin de perpetuar su memoria, al igual que ocurría en el mundo funerario greco-egipcio, y de manera que el peregrino pudiera contemplar la figura ejemplar del que había triunfado testimoniando su fe. Pronto circularon retratos de la Virgen y Cristo, considerados por la tradición como auténticos y atribuidos a san Lucas. Ya en el siglo VI, los iconos pasaron de evocar una figura a convertirse en objetos de culto, como lo eran las reliquias a las que aparecían asociados, transformándose en algo operativo. Adquirieron un valor místico. De esta época son los iconos más antiguos que nos han llegado; son, en buena medida, obras aisladas, originarias de Palestina, la provincia donde se ubicaba el monasterio de Santa Catalina del Sinaí y tanto por la época -VI-VII-, como por la técnica -encáustica-, aparecen influidos por la estética circundante. Los principales temas, como cabía imaginar, son los relativos a Cristo, san Pedro y la Virgen entre ángeles; a éstos se añadieron los santos más queridos, como Sergio y Baco, hoy en el museo de Kiev. Así se hicieron presentes en todas las partes del Imperio y en todos los ámbitos sociales, en iglesias, casas particulares o lugares públicos. Incluso podían llevarse colgados al cuello. Se rezaba ante ellos y se utilizaban como objetos profilácticos. Por eso el emperador Heraclio puso imágenes de la Virgen en los mástiles de sus barcos. Y para celebrar su triunfo sobre los persas, encargó un juego de nueve platos encontrados en Chipre, que al incorporar el tema de David, establece una referencia tipológica vinculada al emperador triunfante. Por otro lado, monumentales iconos fueron colocados en el interior de la iglesia de san Demetrio de Salónica, con motivo de su redecoración. Estos iconos, presentan a los siempre acosados fieles con su santo querido, a quien podían dirigir sus plegarias para obtener la salvación. Su fe en los poderes sobrenaturales de San Demetrio, se revela claramente en una recopilación de milagros hecha en el siglo VII. Este culto idolátrico llegaría al paroxismo en el ámbito catastrofista del siglo VII, en el momento en el que el enemigo pone cerco a la propia Constantinopla y reduce el Imperio a la mitad. Nace entonces la inagotable leyenda de los iconos que hablan, lloran, hacen milagros, atraviesan el mar, vuelan por los aires y se hacen descubrir en lugares de Teofanía. Cuando los ávaros sitiaron la ciudad, un retrato de Cristo fue utilizado como talismán y llevado por las murallas en solemne procesión por el Patriarca. En el año 717, cuando los árabes volvieron a sitiar la ciudad, la imagen de la Madre de Dios Hodegetria, una obra atribuida a san Lucas, fue asimismo paseada alrededor de la muralla. Este carácter se transmitiría a los nuevos pueblos ganados para la ortodoxia. En 1155, el príncipe Andrei Bogolinbski, al pasar desde Kiev a la región de Suzdal, llevó consigo el famoso icono de la Madre de Dios -la Virgen de Vladimir- que se veneraba en Vysgorod, cerca de Kiev. Este icono de Constantinopla fue adornado con oro, plata, perlas y piedras preciosas por encargo del príncipe y le acompañó siempre en las expediciones militares. Al icono se atribuyeron siempre sus victorias, convirtiéndose en el protector del príncipe, del pueblo y del Estado ruso. Y a partir de 1395, cuando fue llevado a Moscú y ese mismo día Tamerlán se retiró de la ciudad, su prestigio como objeto milagroso se prolongaría durante siglos. Una reacción contra el creciente abuso de los iconos llegó finalmente bajo los emperadores iconoclastas, famosos por sus éxitos militares. León III, más conocido como el Isáurico, fue el hombre providencial que logró romper el sitio de Constantinopla -717-18- y alejar a los árabes más allá de la meseta de Anatolia. Su hijo Constantino V, hizo retroceder el escenario de la lucha hasta Siria, Mesopotamia y Armenia. Esto coincidió con la caída de la dinastía Omeya y el traslado de la capital árabe, de Damasco a Bagdad. A partir de entonces la guerra no cesó, pero se limitó a incursiones fronterizas, repetidas un verano tras otro. Estos emperadores, al aumentar la seguridad del Imperio y eliminar el ambiente de derrota y desesperación, estuvieron en condiciones de imponer el criterio, profundamente arraigado en el pasado cristiano, de prohibir los iconos figurativos en los recintos bizantinos a partir del año 726. Como siempre había habido una corriente de oposición al uso de iconos en la Iglesia Cristiana y como la Iconoclastia fue un movimiento contemporáneo de rechazo del arte religioso figurativo en el mundo judío y en el musulmán, es razonable interpretar la prohibición de imágenes en Bizancio como un movimiento religioso genuino, como un intento positivo de provocar un arte cristiano no figurativo. Por todas partes, las imágenes fueron reemplazadas por símbolos o por pinturas profanas y las imágenes de Cristo o la Virgen, serán sustituidas por una cruz. Así ocurre en la iglesia de Santa Irene, reconstruida por Constantino V, que adornó el ábside con una gran cruz sobre un fondo dorado. En la iglesia de Blanquernas, Constantino hizo representar "árboles, pájaros de todas las especies y animales, rodeados de enredaderas de hiedra, donde se mezclan grullas y pavos reales". Trataba de colocar en primer plano el simbolismo y el naturalismo del cristianismo primitivo, pero no pudo evitar las acusaciones de los iconófilos que le acusaban de haber convertido las iglesias en "una pajarera y un jardín". Hubo, en cualquier caso, un arte subterráneo afecto a la tradición anterior como lo ponen de manifiesto los salterios del siglo IX con ilustraciones marginales, particularmente el salterio Chludov, que hoy se conserva en el Museo Histórico de Moscú. Sus miniaturas, aunque posteriores al año 843, parecen reproducir ilustraciones satíricas creadas por manifiestos antiiconoclastas. La Iconoclastia fue declarada herejía en el II Concilio de Nicea, en el año 787, pero retornó como política imperial en el 815. Fue finalmente restaurada la ortodoxia en el año 843. El primer domingo de Cuaresma, una solemne ceremonia señaló el restablecimiento del culto a las imágenes. Este hecho es celebrado por la Iglesia oriental como la Fiesta de la Ortodoxia. Los estudiosos modernos han valorado este acontecimiento como una victoria del helenismo sobre el orientalismo de los iconoclastas; sería más correcto decir -Mango- que lo que triunfó, no fue tanto el helenismo como el concepto del Imperio cristiano pre-iconoclasta. Para los contemporáneos, la supresión del iconoclasmo -la última gran herejía- representó la consecución del perfecto mundo cristiano y ello implicaba la noción de renovación, no en el sentido de creación del algo nuevo, sino de reconstitución de lo antiguo, esto es, el Imperio de Constantino y Justiniano. Esta renovación estaba reservada a los gloriosos reinados posteriores de Miguel III y Basilio I. La crisis iconoclasta, por lo demás, purificaría la función y significado del icono al precisar que si estaba pintado correctamente, es decir, si reproducía modelos cuya autenticidad estaba garantizada por la tradición, el icono se convertía en reflejo de su prototipo divino y participa de su santidad. Es el espejo en el que se refleja el mundo invisible: es existencialmente idéntico a su modelo, a pesar de ser diferente en su esencia. Venerar el icono es identificarse con él y recibir su Gracia. Al igual que la liturgia no es una representación escénica, sino la presencia aquí y ahora de la Pasión, el icono vuelve personalmente presentes las santas hipóstasis. Sobre esta doctrina, de la cual san Teodoro Studita dirá que es "inteligible solamente a la piedad e inaccesible a los oídos profanos", se construirá el sistema clásico de la pintura bizantina; afectará, en consecuencia, a la formación y práctica común de los pintores bizantinos en los siglos venideros. Así cabe entender la carta de Manuel Raoul al pintor Gastreas de hacia 1360: "Dado que la mano del pintor posee sagacidad y es hábil en imitar la verdad, yo también tengo necesidad de tu Sagacidad para un icono de la venerable y gloriosa Dormición de la purísima Madre de Cristo Nuestro Salvador; todo lo más cuanto que yo recuerdo tu muy considerable celo a este respecto cuando, no hace menos de veintiséis años, andabas buscando una pintura exacta de esto, y a menudo, por las mañanas, te trasladabas a Tavia Alta para reproducir los antiguos iconos que allí se conservan. Por esta razón deseo que me concedas lo que estoy buscando según los adecuados honorarios". Cuatrocientos años más tarde, las cosas no habían cambiado demasiado, de acuerdo con lo que nos cuenta Dionisio de Furna: "Sabed, estudiosos discípulos, que si queréis consagraros a esta ciencia de la pintura, es necesario que halléis a un sabio maestro, que os la enseñará en poco tiempo, si os dirige como nosotros le indicamos. Mas si solamente halláis a un maestro cuya instrucción y arte no sean perfectos, intentad hacer lo que yo hice, es decir, estudiad algunos originales del célebre Manuel Panselinos. Trabajad así un largo tiempo y esforzaros, como ya hemos dicho, hasta que lleguéis a captar las proporciones de ese pintor y los caracteres de sus figuras. Id después a las iglesias que él pintó y sacad antiboles del modo que se indica más abajo. No comencéis vuestra obra al azar y sin reflexión; actuad, antes al contrario, con la fe puesta en Dios y con piedad en este arte, que es una cosa divina". No es extraño que esta Guía de la Pintura del monje Dionisio de Furna, cuya redacción no es anterior al siglo XVIII, pudiera ser atribuida por su primer editor y por toda una generación de bizantinistas al siglo XIV. El estilo evolucionaría, pero los procedimientos serían siempre los mismos.
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La unión de las coronas de Castilla y Aragón tras el matrimonio de Isabel y Fernando supondrá el inicio del declive para Cataluña y su capital. El centro de gravedad de la Península fue trasladado a Castilla, con mayor potencial económico y una mayor población que el reino aragonés. El representante del rey será un virrey, encargado del gobierno de estas tierras. El rey Carlos I puso su empeño en la construcción de la muralla del mar, la gran obra pública del siglo XVI. La tensión existente entre la monarquía y los poderes públicos catalanes estalló con motivo del proyecto del conde-duque de Olivares denominado "Unión de Armas". Según este proyecto, el Reino de Aragón debía aportar una cantidad determinada de soldados al ejército imperial. La respuesta no se hizo esperar y Cataluña se alzaba en armas en el año 1640. El 7 de junio, día del Corpus Christi, grupos de segadores que estaban asentados en las puertas de Barcelona entraban en ella. Es el llamado Corpus de Sangre, jornada en la que el propio virrey, marqués de Santa Coloma, fue asesinado. La guerra durará once largos años en los que las tropas de Felipe IV asediarán en varias ocasiones la ciudad. El monarca consiguió la victoria y selló unos pactos con el gobierno de la Generalitat por los que se mantenían y respetaban los fueros, si bien en Barcelona quedaría establecida una guarnición permanente y se perdían todos los privilegios militares. Tras la muerte de Carlos II sin descendencia y el posterior conflicto sucesorio, Barcelona tomaba partido por el archiduque Carlos. Tras trece meses de duro asedio, la ciudad caía en poder de las tropas de Felipe V el 11 de septiembre de 1714. En la defensa de la capital catalana se distinguieron especialmente el general Antonio de Villaroel y Rafael de Casanova, "conseller en cap" ante cuya estatua se deposita una corona de flores cada once de septiembre, "Diada Nacional de Catalunya". Con motivo de la capitulación, Felipe V suprimía las principales instituciones urbanas -el Consell de Cent y la Universidad- e imponía los Decretos de Nueva Planta, por los que se eliminaban los anteriores privilegios forales. En el barrio de la Rivera se alzaba una nueva fortaleza militar en la que los adversarios del régimen eran encarcelados, cuando no ejecutados. Sin embargo, Barcelona verá como a partir de la mitad del siglo XVIII se experimenta una importante recuperación demográfica y económica.
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En marzo y abril de 1939, dos actos de agresión del Eje, la destrucción de Checoslovaquia y la conquista de Albania, hacen entrar en crisis la "política de apaciguamiento" desarrollada hasta entonces por los Gobiernos de Gran Bretaña y Francia. En el verano, los dos bloques se enfrentan abiertamente con el futuro de Polonia como nudo del conflicto. La conclusión, en agosto, del Pacto germano-soviético, abre la fase final de la crisis que, por iniciativa alemana, desemboca en la Segunda Guerra Mundial. El acuerdo de Munich sobre Checoslovaquia no consigue cumplir ninguno de los objetivos de la política de apaciguamiento: primero, Polonia ocupa Teschen y Hungría hace lo mismo con la zona sur de Eslovaquia. Después, Hitler sostiene el movimiento secesionista eslovaco explotando, en su favor, las dificultades internas del Estado checoslovaco. En marzo de 1939, mientras el sucesor de Benes, el presidente Hacha, intenta terminar con la semi-secesión eslovaca, Hitler anima al Gobierno húngaro para que, sin pérdida de tiempo, se anexione la Rutenia subcarpática y convoca en Berlín al presidente de la República checoslovaca con el objeto de imponerle su voluntad bajo la amenaza de destruir la ciudad de Praga. De esta manera, el día 14 de marzo, el destino de los pueblos de esta República queda en manos del Führer alemán. A partir de aquí, la destrucción de Checoslovaquia se consuma. El día 15, el Ejército del Reich ocupa Praga y proclama el protectorado alemán de Bohemia-Moravia. Pocos días después, Hitler obliga a Lituania a ceder Memel, mientras impone a Rumania, contra su voluntad, un acuerdo económico que garantiza al Reich un determinado suministro de petróleo. La Alemania nazi pasa así de la construcción del gran Reich de la raza alemana a la conquista de su espacio vital, con la adquisición de su primera colonia en territorio europeo. Munich ha soldado la amistad italoalemana; por eso, cuando Alemania resuelve a su gusto el asunto checoslovaco, Italia plantea su tradicional política de compensaciones. Aunque Mussolini y Ciano establecen unos ambiciosos objetivos a costa de Francia (Túnez, Djibuti, Córcega, Niza y Saboya), la decisión de Hitler de oponerse a ellos orienta la ambición italiana hacia Albania, cuya anexión tiene un evidente valor estratégico, ya que permite dominar el canal de Otranto y disponer de una cabeza de puente para actuar en los Balcanes. El 7 de abril, la resistencia del Gobierno albanés es destrozada por un desembarco de tropas y algunas horas de lucha. Aunque París y Londres no deciden todavía rebatir con las armas la violación alemana de los acuerdos de Munich y la violación italiana de los acuerdos mediterráneos, procuran, de manera inmediata, levantar ante el Eje un fuerte muro de contención. El 23 de marzo, una declaración anglofrancesa afirma que los dos Estados intervendrán con las armas en el caso de una agresión alemana contra Holanda, Bélgica o Suiza. El 31 de marzo, el premier británico anuncia que Gran Bretaña, enteramente de acuerdo con Francia, aliada de Polonia, facilitará a este último país cuanta ayuda esté a su alcance si, viendo amenazada su independencia, decide resistir. El 13 de abril, otra declaración anglo-francesa promete ayuda a Grecia, amenazada por la ocupación italiana de Albania, y a Rumania, amenazada por la política petrolera de Alemania. Y el 12 de mayo, Chamberlain anuncia en los Comunes la firma de un tratado de ayuda mutua con Turquía para el caso de que un acto de agresión provoque la guerra en el Mediterráneo. Este cambio en la política franco-británica es rápido, pero incompleto; por un lado, es compatible con la manifestación británica de seguir examinando las reivindicaciones alemanas si éstas se presentan en la mesa de negociaciones; por otro lado, tiene el gran defecto de la ausencia de la Unión Soviética y de la indiferencia de los Estados Unidos. Sin duda alguna, la participación de la Unión Soviética en el sistema diplomático anglo-francés hubiese tenido una gran importancia; pero aunque parece que Stalin deseaba el acuerdo, la desconfianza occidental impidió su culminación. Polonia no aceptaba la participación soviética en el apoyo que le habían ofrecido París y Londres; consciente de que la Unión Soviética no podía aceptar la pérdida definitiva de los territorios conquistados por Pilsudski más allá de la línea Curzon, y que esos territorios, poblados por rusos blancos y por ucranianos, peligrarían si el Ejército Rojo entraba en Polonia, incluso si lo hacía como aliado y amigo, el Gobierno polaco no deseaba la alianza soviética. Tampoco Rumania se mostraba dispuesta a permitir el paso de las tropas soviéticas por motivos similares. Pero mientras los Gobiernos de Francia, Gran Bretaña y la Unión Soviética no llegan a compromisos definitivos, el acercamiento italo-alemán se consolida con la firma del Pacto de Acero el 22 de mayo; el compromiso fundamental es el de una alianza ofensivo-defensiva y automática que, después de dudarlo bastante, Mussolini acepta, aunque ocho días después de la firma informe a Hitler de que Italia no estará preparada para ir a la guerra hasta 1942. En cualquier caso, el Führer está dispuesto a colocar al Gobierno fascista ante los hechos consumados. El 28 de abril, Hitler, en un discurso pronunciado en el Reichstag y en una carta dirigida al Gobierno de Varsovia, concreta sus reivindicaciones en Polonia: la ciudad libre de Danzig debe ser restituida a Alemania y las relaciones entre la Prusia oriental y el resto del Reich deben ser aseguradas a través del "pasillo" por medio de un ferrocarril y una carretera con estatutos de extraterritorialidad.