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Estos frescos provienen de la capilla de Santa Cruz de Maderuelo, en Segovia, pintadas hacia mediados del siglo XII. Fueron levantados y trasladados al museo, donde se reconstruyó fielmente la pequeña capillita en una de las salas de pintura románica. Así, hoy podemos contemplar el conjunto en su disposición original, de cuyas escenas reproducimos el testero o muro final, y algunos Evangelistas representados en los muros. De todas las escenas, es sin duda la que representa la creación de Adán y el Pecado Original la que mayor fuerza expresiva posee, en la cual se concentran todos los esfuerzos artísticos. Las figuras están plasmadas con una técnica impecable que se traduce en un dibujo preciso, con gran predominio de la línea y la curva de efectos tremendamente decorativos y sofisticados. Resulta curiosa la interpretación de las anatomías, una recreación intelectual que plasma aquello que el pintor sabe sobre la musculatura y la proporción, y no aquello que se ve en conjunto. El resultado da unos plegados rítmicos en ropajes, cuerpos y árboles, de delicadeza casi caligráfica. El colorido ha sido muy maltratado por el paso de los siglos, pero en su origen el interior de esta capilla debió deslumbrar por su viveza, rodeando al fiel con la unidad estilística y temática de cada uno de los frescos.
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Una de las razones que explican el crecimiento de alumnos matriculados en la universidad ha sido, el incremento de la oferta universitaria que se ha ido produciendo desde finales de la década de los ochenta. No sólo ha aumentado en número, sino también en su dispersión geográfica por el territorio español. En 2009 existían en España cuarenta y ocho universidades públicas, de las que diecinueve habían sido creadas a partir de 1987. Uno de los factores que ha favorecido la aparición de universidades ha sido la descentralización de las competencias en materia universitaria y su traspaso a las Comunidades Autónomas. Éstas han favorecido la creación de nuevas universidades en su región, a pesar del coste tan alto que supone la instalación de centros universitarios, pues desde un punto de vista político y social, el hecho de que contar con ellos en su territorio aumenta la valoración y el prestigio social de esa determinada región. Gráfico Por otro lado, la hegemonía del sistema público español ha conocido la llegada de las de las universidades privadas a partir de las reformas introducidas en la Ley de Reforma Universitaria (LRU) de 1983 y su posterior desarrollo en el Real Decreto de 1991 sobre la Creación y reconocimiento de Universidades y Centros Universitarios. Ello suscitó la aparición de numerosas instituciones de educación. Hasta entonces sólo existían cuatro Universidades privadas, pertenecientes a la Iglesia Católica. Desde aquella fecha se han creado dieciocho universidades privadas, de las que tan sólo tres pertenecen a la Iglesia Católica. <table> <tr><td>Universidad</td><td>Titularidad</td><td>A&ntilde;o</td></tr> <tr><td>Universidad de Deusto</td><td>Iglesia Cat&oacute;lica</td><td>1886</td></tr> <tr><td>Universidad Pontificia de Comillas Iglesia</td><td>Iglesia Cat&oacute;lica</td><td>1935</td></tr> <tr><td>Universidad Pontificia de Salamanca</td><td>Iglesia Cat&oacute;lica</td><td>1940</td></tr> <tr><td>Universidad de Navarra</td><td>Iglesia Cat&oacute;lica </td><td>1952</td></tr> <tr><td>&nbsp;</td><td>Privada</td><td>1991</td></tr> <tr><td>Universidad Ram&oacute;n Llull</td><td>Privada</td><td>1991</td></tr> <tr><td>Universidad Alfonso X El Sabio</td><td>Privada</td><td>1993</td></tr> <tr><td>Universidad San Pablo-CEU</td><td>Privada</td><td>1993</td></tr> <tr><td>Universidad Antonio de Nebrija</td><td>Privada</td><td>1995</td></tr> <tr><td>Universidad Europea de Madrid</td><td>Privada</td><td>1995</td></tr> <tr><td>Universidad Oberta de Catalunya</td><td>Privada</td><td>1995</td></tr> <tr><td>Universidad Cat&oacute;lica de San Antonio</td><td>Iglesia Cat&oacute;lica</td><td>1996</td></tr> <tr><td>Universidad Internacional SEK</td><td>Privada</td><td>1997</td></tr> <tr><td>Universidad Internacional de Catalunya</td><td>Privada</td><td>1997</td></tr> <tr><td>Universidad de Vic</td><td>Privada</td><td>1997</td></tr> <tr><td>Universidad Mondrag&oacute;n</td><td>Privada</td><td>1997</td></tr> <tr><td>Universidad Cat&oacute;lica de &Aacute;vila</td><td>Iglesia Cat&oacute;lica</td><td>1998</td></tr> <tr><td>Universidad Camilo Jos&eacute; Cela</td><td>Privada</td><td>1998</td></tr> <tr><td>Universidad Francisco de Vitoria</td><td>Privada</td><td>2001</td></tr> <tr><td>Universidad Cardenal Herrera-CEU</td><td>Privada</td><td>2001</td></tr> <tr><td>Universidad Europea Miguel de Cervantes</td><td>Privada</td><td>2002</td></tr> <tr><td>Universitat Abat Oliba-CEU</td><td>Privada</td><td>2003</td></tr> <tr><td>Universidad Cat&oacute;lica de Valencia</td><td>Iglesia Cat&oacute;lica</td><td>2004</td></tr> </table>
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El interés por la realidad de la pintura barroca en origen vinculado a planteamientos religiosos, motivó que adquirieran categoría artística independiente una serie de temas vinculados a la naturaleza, que hasta finales del XVI sólo habían sido representados acompañando a los asuntos tradicionales, es decir, a obras religiosas, mitológicas y a retratos. Flores, frutas, paisajes, animales, etc., se convirtieron en la época barroca en protagonistas absolutos de cuadros, siendo el bodegón el único de los nuevos temas que alcanzó en la España del XVII una cierta relevancia, más por su calidad y originalidad que por su número.El creador de la tipología del bodegón español fue Sánchez Cotán (1560-1627), pintor religioso de escasos méritos que, sin embargo, poseyó unas extraordinarias dotes como bodegonista. Su origen toledano fue determinante para su aptitud y dedicación a la pintura de naturalezas muertas, ya que el rico ambiente cultural de la Ciudad Imperial en el siglo XVI propició la existencia de una elite de coleccionistas que gustaban de novedades. El aprecio e interés que esta clientela mostró por los bodegones flamencos impulsó a los artistas toledanos de finales de la centuria a realizar estos temas. Quizás el primero de ellos fue Blas de Prado (h. 1545-1599), del que no se conserva ningún ejemplo. Con él parece que se formó Sánchez Cotán, quien se dedicó a este tema antes de ingresar en la Cartuja en 1603.Son muy pocas las naturalezas muertas que se conocen de su mano, sin embargo, él fue quien definió las cualidades y características del bodegón español, que se mantuvieron apenas sin variaciones en gran parte de la centuria. En estos cuadros, de proporciones apaisadas, representa muy pocos elementos, frutas, hortalizas y aves, que aparecen colgados o alineados sobre el alféizar de una ventana, tratados con preciso dibujo y denso modelado, mientras una intensa luminosidad les destaca sobre un oscuro fondo, acentuando su realismo y plasticidad.Según Orozco, Sánchez Cotán pinta estos humildes objetos con un sentido devocional, dando una visión trascendente de la naturaleza, porque busca en ellos no su aspecto concreto sino la acción creadora de Dios. Esta idea, frecuente en escritos religiosos de la época, confiere a sus obras un sentido místico que se manifiesta fundamentalmente a través de la clara y nítida luz que, más que iluminar, penetra la materia infundiéndole la gracia del espíritu (bodegones del Museo del Prado de Madrid, Museo de Bellas Artes de Granada y Museo de San Diego, California).Entre los pintores de naturalezas muertas que siguieron su estela destacan Alejandro Loarte (h. 1590-1626), Juan van der Hamen (1596-1631) y también el propio Zurbarán, quien en sus pocas pero personales obras dedicadas a este género muestra una clara dependencia del maestro toledano.
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A lo largo de 1947, la situación de los soldados británicos en Palestina se hizo insoportable. Los enfrentamientos entre las dos comunidades eran diarios y los intentos de imponer el orden concluían en atentados contra ellos. En los combates sucesivos que tuvieron lugar antes de la independencia murieron unos 1.200 judíos. Se explica así la decisión tomada por Gran Bretaña de retirar sus tropas y poner fin a la Administración colonial el primer día de agosto de 1948. Mientras tanto, la ONU había intentado ofrecer una solución. En abril de 1947, se celebró en Flushing Meadows la primera sesión del comité especial de las Naciones Unidas acerca del problema palestino. La población árabe suponía los dos tercios del total y no estuvo dispuesta en ningún momento a aceptar ningún propósito judío de basar en un pasado histórico cualquier reivindicación de cambio en el status de la región, porque lo consideraba el producto y la consecuencia de una "nostalgia místico-religiosa". Las soluciones propuestas variaron mucho, pero en realidad estaban fundamentalmente configuradas en forma de un Estado federal, como se había planeado en el pasado desde los años treinta. En noviembre de 1947, el comité propuso la creación de dos Estados y una zona internacional en Jerusalén y Belén puesta bajo control de las Naciones Unidas. El Estado israelí contaría con tres zonas, con una extensión próxima a los 144.000 kilómetros. En este momento existía todavía un consenso profundo entre las dos superpotencias sobre este problema; era casi el único acuerdo que subsistía entre los antiguos aliados. Pero la respuesta del mundo árabe fue inmediata e indignada, proclamando la guerra santa -jihad- en contra de la resolución y, por parte israelí, se produjo una idéntica negativa a aceptar una solución transaccional. El Irgún, por boca de Menahem Beguin, afirmó que consideraba el reparto como "una catástrofe nacional e histórica" y prometió que llegaría un día en que el conjunto de Palestina -Eretz Israel- sería devuelto al pueblo judío. A comienzos de 1948, iba a iniciarse la intervención bélica de los árabes, con unidades militares de los países limítrofes, mientras que se reagrupaban las diversas milicias judías. Desde los años veinte, existía -como se ha apuntado- una fuerza defensiva llamada Haganah, a la que ahora se sumaron los grupos terroristas ya citados. En el último día del mandato británico, las fuerzas israelíes controlaban con ayuda de armas procedentes de lugares inesperados, como Checoslovaquia, el conjunto del territorio que se había previsto entregar al Estado judío, a excepción del Neguev. Tan sólo unos minutos después de su proclamación, el Estado de Israel fue reconocido por los Estados Unidos, a los que siguió de forma inmediata la URSS.
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El declive hacia el oeste del terreno en que se levanta la catedral alcanza al final de las naves la altura suficiente para hacer posible y necesaria una cripta. Mucho se escribió acerca de su construcción, al menos en parte, antes de Mateo y su remodelación por él. Después del estudio del profesor Caamaño no existe duda de su paternidad mateana, aunque algunos capiteles no siguen sus directrices artísticas. Según Lamben esta cripta "supone ya una construcción muy original en la que es evidente la inspiración borgoñona". La preside y centra un pilar con ocho columnas: cuatro entregas y otras tantas acodilladas y de fustes más delgados. Son necesarias para sostener los arcos de la "especie de deambulatorio" que se desarrolla a su alrededor, y las bóvedas de crucería de la parte oeste. Tan peculiar girola está presidida por una pequeña capilla rectangular cuyo testero reitera la organización del exterior de la del Salvador -central de la girola de la catedral- y hastial norte del crucero. Sobre esbeltas columnas se disponen sendos arcos en mitra con otro central de medio punto peraltado. A los lados de esta capilla se encuentran dos nichos: el primero, semicircular; y el siguiente, de nuevo rectangular. Las bóvedas son trapezoidales. Ante el pilar se desarrolla una especie de crucero, o el inicio de cuatro cortas naves, para algunos. Sus bóvedas son de crucería apeada en pilares compuestos, de sección más romboidal que cruciforme, o en responsiones. La decoración de las claves es especialmente interesante en las centrales, en las que se ha tallado un ángel. El izquierdo con un disco solar llameante; el otro, con un creciente lunar que sujeta con sus manos veladas por un fino paño. Este parece emerger del centro de la clave, como si descendiera de lo alto y asomara entre una corona de hojas. Según el profesor Moralejo "estos ángeles astróforos son obra de manos y aún de talleres diferentes: el moderado relieve de la clave del sol, que apenas ofrece posibilidades para el juego lumínico, contrasta con la valiente proyección de volúmenes de la otra clave, donde nos sentimos inclinados a reconocer una manera aproximada a la del que hemos llamado maestro de los paños mojados". La importancia que esta iconografía tiene en la del Pórtico de la Gloria es grande, de manera que el "sistema simbólico no es cometido exclusivo de las figuraciones, sino también del total organismo arquitectónico que las soporta". Con base en el Apocalipsis, la cripta representa al mundo terrenal, necesitado de astros para iluminarse, mientras que la "Nueva Jerusalén no había menester de sol ni de luna que la iluminasen porque la gloría de Dios la iluminaba, y su lumbrera era el Cordero". En los otros dos tramos se abrían unas puertas que por angosta escalera permitían el acceso a las naves laterales de la catedral. A través de la doble portada se accede a la parte más occidental de la cripta. En aquélla destaca la riqueza ornamental y el virtuosismo en la labra del duro granito de las jambas, arco, capiteles y columnas. Los laterales han sido alterados por la escalinata de acceso a la lonja del pórtico. En esta zona se utilizan bóvedas de aristas. Los capiteles de la cripta han sido siempre objeto de especial estudio. Es fácil distinguir formulaciones alejadas de Mateo tanto en el tratamiento de sus hojas y figuras como en los temas. Otros están en mayor concordancia con sus directrices, por ejemplo los de entrelazo vegetal, y no faltan los que recuerdan a los más sencillos de los del triforio. Puede afirmarse con Moralejo que "el grueso del programa decorativo de la cripta ha de vincularse, pues, a un taller de filiación extraña a Mateo, más o menos contemporáneo de él, y cuya actividad puede presumirse efímera, dada la escasa huella que deja en el piso superior". Estructuralmente la cripta salva el desnivel y sirve de soporte al Pórtico de la Gloria. El pilar central es el encargado de aguantar el parteluz. Los cuatro tramos cubiertos con bóvedas de crucería se corresponden con el nartex del pórtico. El otro pilar, en eje con el precedente, es el más vigoroso a pesar de que no iba a sostener a otro soporte, aunque sí había de ayudar a mantener el arco superior y la fachada. Luego fue aprovechado como sostén del parteluz del Obradoíro. La multiplicación de columnas hacia el occidente se justifica por la monumental portada. Sobre los tramos delanteros de la cripta se dispone la lonja abierta hasta el hastial. Cabe preguntarse cómo sería la fachada de la cripta y qué figuras la ornamentarían. Unas estatuas encontradas por el doctor Chamoso se creyó que podrían pertenecerle, y su cronología se retrasó hasta tiempos de Gelmírez. Gómez Moreno pensó que alguna podría atribuirse a un Mateo joven, que estilísticamente se relacionaría con Fruchel, lo que confirmaría su hipótesis sobre la formación de Mateo. Tales relaciones, según el profesor Otero, no pasaron de ser simples "coincidencias ambientales dentro del panorama escultórico de fines de la XII centuria". Otra de las piezas es la que Moralejo ha atribuido al "maestro de los paños mojados". Es dudoso que tan magníficas esculturas procedan de esta enigmática fachada que quizá no recibió un tratamiento especial, reservándose éste para la parte alta. Otro punto problemático es si había o no acceso desde el exterior de la cripta hasta la lonja de la fachada. Las opiniones suscitadas se sintetizan en dos. Unos defienden la existencia de una escalinata que conduciría a los arcos laterales del hastial, o podría haber sido de mayor empeño y monumentalidad, incluso con estatuas. Otros creen que el acceso sólo era posible a través de la cripta a las naves laterales, y la lonja sería un mirador. Si de la primera opinión no se conocen restos, a la segunda le servirían de apoyo las organizaciones de la fachada principal de la catedral de Orense, que hasta hace pocos años no tuvo escalinata, o la misma fachada de San Esteban de Ribas de Miño (Saviñao, Lugo), que también se alza sobre una cripta, y ante la que se forma una lonja sin acceso directo. Si no existió tampoco en Santiago se entiende mejor la falta de puertas de madera hasta mediados del XVI. Por último, es necesario preguntarse cuál sería la finalidad de tal cripta además de apear al Pórtico de la Gloria. ¿Se pensó, acaso, en utilizarla como panteón real? Es posible, pero si Mateo imaginó que un día su protector, Fernando II, reposaría aquí junto a otros reyes fue un proyecto que no llegó a realizarse.
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Los datos históricos que poseemos, aun siendo muy parcos, permiten adivinar que desde el reinado de Keops se produjeron graves disensiones en el seno de la familia real. Kefrén logró deshacerse, no sin ciertas dificultades, de sus rivales de la familia de Radiedef; pero Mykerinos hubo de esperar ocho años para suceder a los dos hermanos de su padre, que ocuparon el trono antes que él y fueron luego execrados como impíos usurpadores. La erección de la pirámide de Mykerinos en Giza obedece al propósito de mostrar los vínculos que lo unían a Keops. Sin embargo, la relativa pequeñez de la pirámide, de sólo 66,50 metros de altura, constituye un claro exponente de la crisis por la que atravesaba la doctrina de la realeza divina. La pirámide de Mykerinos fue acabada por su hijo Shepseskaf (2470-2465 a. C.). Este ni siquiera se preocupó de mantener la tradición familiar en Giza y prefirió hacerse una tumba de tipo distinto y en terreno aún virgen, entre Dahsur y Sakkara. Su mausoleo tiene la forma de un gigantesco sarcófago, de 100 metros de longitud y 18 de altura, sobre una plataforma no muy elevada. Es la llamada por los árabes Mastabat Fara'un, con flancos en talud, dos de ellos ligeramente realzados sobre la línea del techo convexo. Al este del edificio, despojado hoy de su revestimiento de piedra, se levantaba un templo funerario pequeño, como el de Mykerinos, enlazado con el del valle por una calzada cubierta. El cambio, brusco y sin duda deliberado, responde a novedades en el concepto del rey, en el culto funerario y en las ideas de ultratumba, cambios que habían de prevalecer en la siguiente dinastía. El faraón-dios, ya vencido, cedía su puesto al dios Re.
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A la tensión en el seno del Gobierno por los proyectos de reforma sindical y de asociaciones del Movimiento, se unió el escándalo MATESA, que habría de resultar el detonador final de la crisis de octubre de 1969. Matesa era una empresa textil que había conseguido 12.000 millones de créditos oficiales en poco tiempo. Además de las irregularidades de evasión de impuestos, la empresa vendía sus productos a filiales en el extranjero, hinchando sus beneficios. El ministro de Información, Manuel Fraga, dio luz verde a la prensa para comentar con toda amplitud el tema de MATESA, actitud que no era habitual en otras materias. La prensa del Movimiento, dependiente de Solís, aprovechó el incidente para atacar a sus adversarios tecnócratas en el tema de la eficacia y austeridad económicas. Aunque inicialmente el presidente del Banco de Crédito Oficial fue cesado y MATESA incautada, ambas medidas fueron revocadas poco después, por lo que el affaire quedaba sin resolver. Franco se vio impotente para arbitrar unas diferencias en el seno del Gobierno que tenían un aspecto de revancha. El vicepresidente Carrero consideró negligente y malintencionado el comportamiento de Fraga y de Solís, reforzando su anterior criterio partidario de su sustitución. Desde el mes de septiembre el ambiente de crisis de Gobierno fue inevitable. Ante la coincidencia de la aprobación gubernamental del proyecto de ley sindical y de la divulgación de un informe de un grupo de estudio de la Organización Internacional del Trabajo sobre la situación sindical y laboral española, Solís decidió declarar al primero secreto oficial por un tiempo. Con un ambiente de crisis de Gobierno, Solís intentaba evitar que la reforma sindical fuera objeto de protestas y de polémica pública al pasar el proyecto a las Cortes. Además, el retraso de la divulgación del proyecto de reforma sindical permitía evitar que el Informe de la OIT pareciera un enjuiciamiento del mismo. A pesar del inmediato desenlace de la crisis con la salida del grupo de ministros más opuestos al almirante Carrero y al grupo tecnócrata, Solís abrigó hasta el último momento esperanzas de que la formación del nuevo gabinete le fuera favorable. Todavía un día antes de la crisis, el ministro del Movimiento se atrevía a comunicar a su colaborador Utrera Molina su ascenso al Ministerio de la Vivienda. La formación de un nuevo Gobierno homogéneo el último día de octubre de 1969 ponía fin a una etapa de la historia del régimen de Franco. A partir de entonces comenzaba la era de apogeo del poder del almirante Carrero que, más que de unidad, iba a ser de división de la clase política franquista.
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La primera crisis checoslovaca, la de los Sudetes, tiene lugar en mayo y septiembre de 1938, cuando, después de la facilidad con la que se ha producido el Anschluss, Hitler adquiere una mayor seguridad en las posibilidades de lograr sus objetivos sin encontrar ninguna resistencia firme. Tras el Anschluss, la posición de Checoslovaquia es muy precaria; en el mapa se parece a un hombre con la cabeza dentro de las fauces de un león. En efecto, la cadena de montañas que la protegen en su frontera con Alemania ya no sirve para nada desde que la incorporación de Austria al Reich permite un ataque por la llanura del sur. Además, Checoslovaquia tiene una profunda debilidad interna, al no haber sido capaz de unir en un Estado aceptado por todos a un conjunto de pueblos distintos; Checoslovaquia es un Estado dominado por 7.250.000 checos, pero en el que viven también 5.000.000 de eslovacos, 750.000 magiares, 500.000 rutenios, 90.000 polacos y 3.350.000 alemanes. En la región de los Sudetes, la zona montañosa a lo largo de la frontera occidental donde vive la minoría que habla alemán, se ha desarrollado un movimiento pan-germanista al que el poder checo y la crisis económica ayudan a convertir en un movimiento pro-nazi que dirige Konrad Henlein. Poco después del Anschluss, Hitler recibe a Henlein en Berchtesgaden y le anima para que aumente sus exigencias más allá del límite que los checos puedan aceptar. Siguiendo el consejo recibido, Henlein presenta al Gobierno de Praga una ambiciosa lista de peticiones en abril de 1938: autonomía interna para las zonas donde se habla alemán, reparaciones para compensar a la minoría alemana por "todo lo que han sufrido" desde 1918, -y total libertad para que los Sudetes puedan "confesar la nacionalidad alemana y la filosofía del mundo alemán", esto es, la ideología nazi. El conflicto entre los Sudetes y el Gobierno de Praga causa un sobresalto internacional cuando en el fin de semana del 20-21 de mayo, sosteniendo que la Alemania nazi estaba reuniendo tropas en su frontera, Checoslovaquia moviliza a su Ejército. Las declaraciones de Francia y de la Unión Soviética recordando sus compromisos con Checoslovaquia y las palabras de lord Halifax, secretario del Foreign Office, diciendo que no podía garantizar que Gran Bretaña permaneciera impasible si Alemania intervenía en Checoslovaquia, detienen momentáneamente a Hitler. Este declara que no abriga intención agresiva contra ese país mientras el Gobierno de Praga, presidido por Eduard Benes, endurece su decisión de no someterse a las intimidaciones de la Alemania nazi. La tensión vuelve a aparecer en septiembre, después del discurso que el día 12 pronuncia Hitler en Nuremberg: Henlein reclama la incorporación de los Sudetes al Reich alemán, los disturbios se suceden en la zona en litigio y el Gobierno de Praga declara la ley marcial. A finales de septiembre todo parece presagiar el comienzo de la guerra; mientras Henlein, desde Alemania, organiza un cuerpo franco que realiza "raids" sobre la frontera, Gran Bretaña y Francia llaman a sus reservistas. En este momento, el premier británico Neville Chamberlain toma la iniciativa intentando buscar una solución que satisfaga a Hitler y evite la guerra. Volando en avión por primera vez a sus sesenta y nueve años, viaja a Alemania tres veces en catorce días: al refugio alpino de Hitler en Berchtesgaden el día 15, a la localidad turística renana de Godesberg el día 22 y, por último, a Munich el día 29. Convencido, después de escuchar a Hitler, de que sólo la transferencia de los Sudetes al Reich podía evitar la guerra, Chamberlain aconseja a Daladier, jefe del Gobierno francés, que admita la anexión; poco después, los Gobiernos británico y francés presionan al Gobierno checo para que asienta a las exigencias de Hitler. Benes duda hasta las cinco de la tarde del día 21; después, acepta discutir la cesión de los Sudetes. Creyendo resuelta la crisis, Chamberlain viaja a Godesberg para encontrarse con que Hitler no negocia. El Führer se limita a dar un plazo de tres días para que le entreguen el territorio antes de tomarlo por la fuerza y el premier regresa a Londres convencido de que ha fracasado. El día 27, los británicos movilizan su flota y los franceses completan el dispositivo de la línea Maginot. Mientras unos horrorizados europeos esperan que en cualquier momento las bombas empiecen a sonar sobre sus cabezas recordando el bombardeo de Guernica, la negociación sigue adelante cuando Mussolini propone una conferencia con los representantes de Alemania, Gran Bretaña, Francia e Italia, y cuando Hitler accede a negociar en ella los detalles de una cesión a la que no renuncia. Hitler envía una carta a Chamberlain aceptando la reunión mientras el premier se dirige a la Cámara de los Comunes en la tarde del día 28 para hablar de esa "horrible e increíble situación nacida por una disputa en un remoto país entre gente de la cual no conocemos nada". El día 29, Hitler obtiene en Munich todo lo que ha exigido en su ultimátum de Godesberg y se transfiere a Alemania el territorio de los Sudetes. Aquellas partes donde la población que habla alemán es más de 50 por 100, son transferidas de forma automática; en el resto del territorio se celebrarán plebiscitos para así completar la operación. Como Hitler se compromete a respetar la soberanía de la Checoslovaquia recortada, Chamberlain y Daladier son recibidos a su regreso de Munich por multitudes delirantes de alegría; sin embargo, el acuerdo de Munich será un fracaso. No habrá guerra en septiembre de 1938. Pero como no ha remitido el designio hitleriano de pasar de la creación del gran Reich a la conquista del espacio vital que necesita la raza aria, la guerra continúa en el horizonte de las relaciones internacionales europeas.
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La cuestión social experimentó un cambio sustancial a partir de la Primera Guerra Mundial. Por vez primera los sindicatos fueron de masas y pudieron pretender hacer una huelga general efectiva. En el momento del estallido de la guerra la UGT tenía ya unos 150.000 afiliados y la CNT, aunque concentraba los suyos en Cataluña, estaba por encima de esta cifra. La protesta obrera, que en sus inicios tuvo un tono espontáneo, provocada por el incremento en los precios, arreció y fue encauzada por los sindicatos, que la vertebraron en conflictos que por vez primera tuvieron una dimensión nacional. Además, la tradicional enemistad entre el sector socialista y el anarquista pareció poder superarse cuando en 1916 ambos sindicatos empezaron a colaborar. Una nueva generación de dirigentes sindicales empezó a tener su primer protagonismo en estos momentos de un modo que resultaría ya irreversible. El hecho resultó especialmente significativo en el partido socialista que, en realidad, compartió su dirección con la UGT. Pero si la gravedad de la situación económica afectaba a las clases humildes también puede decirse lo mismo de las clases medias profesionales vinculadas con la administración. Entre ellos, por descontado, le correspondió un papel de primera importancia al Ejército. Los factores de crisis social incidieron sin duda en la protesta militar que se puso en marcha durante el primer semestre de 1916, en parte como protesta ante el sistema político, pero también por la incapacidad de la oficialidad de soportar los fuertes incrementos de los precios. Por tanto, el gobierno de García Prieto hubo de enfrentarse con dos problemas fundamentales que llevarían más tarde a la revolución de 1917: la protesta social y la de los militares. Para el sistema político de la Restauración, a pesar de la gravedad de la protesta sindical, probablemente era más crucial todavía la protesta del Ejército dado el papel de éste en la monarquía alfonsina. Como consecuencia del desastre del 98, el Ejército español era un organismo monstruoso debido a la inflación sufrida por el cuerpo de oficiales. En Francia, por ejemplo, existían 29.000 oficiales para medio millón de soldados, mientras que en España las cifras respectivas eran 16.000 y 80.000 respectivamente. Las insuficiencias económicas hacían que el pago a la oficialidad supusiera nada menos que el 60% del total del presupuesto. Además, en realidad, existían dos tipos de ejército: uno peninsular, burocratizado y poco eficaz en términos militares, y otro, el africano, al que se le hacían importantes concesiones en cuanto a los ascensos por méritos de guerra, pero que sin duda era el más valioso. También existían enfrentamientos entre las armas que exigían mayores conocimientos técnicos y la Infantería. Si las clases obreras sufrieron el impacto del alza de los precios igual sucedió con todos los empleados de la administración y, entre ellos, los militares. La protesta militar la protagonizó el burocratizado ejército peninsular y tuvo su origen en unas pruebas de aptitud para el mando que se quiso imponer a la oficialidad durante el primer trimestre de 1916. Esta medida formaba parte de un programa que pretendía incrementar la eficiencia técnica del Ejército. Aparecieron entonces las Juntas de Defensa militares, dirigidas por coroneles y creadas para representar sus intereses. Protestaban contra los ascensos por méritos de guerra y la situación económica del ejército. El coronel Márquez, un personaje bienintencionado pero carente de conocimientos, fue su dirigente y, desde Barcelona, consiguió que en plazo breve de tiempo las Juntas de Defensa se extendieran a la mayor parte de las guarniciones peninsulares. El movimiento de las Juntas fue bien recibido e incluso imitado, ya que otros sectores de la administración tenían sus reclamaciones por situaciones semejantes. Las personas o los grupos que desde hacía tiempo habían ansiado una regeneración política vieron en los militares un posible instrumento de ella, sin tener en cuenta que, reintroducidos los militares en la vida pública, resultaría muy difícil hacerles salir de ella. En realidad, las Juntas representaban mucho menos de renovación de lo que parecían pensar Ortega y Gasset o Cambó en un primer momento. La actitud de Romanones primero y de García Prieto después, fue dubitativa y confusa. Las Juntas fueron aceptadas en un principio, pero luego Romanones, consciente de que podían crear dificultades, ordenó su disolución que estuvo lejos de cumplirse. Cuando gobernaba ya García Prieto, su ministro de la Guerra, el general Aguilera, persona enérgica pero carente de altura intelectual, ordenó de nuevo su disolución e incluso la detención de los junteros. Pero éstos, con el apoyo de la mayoría de las guarniciones, lograron imponerse al gobierno. Alfonso XIII, que en un principio había precavido a Romanones de la existencia del movimiento militar y había sugerido su disolución, hubo de ponerse en contacto con las Juntas. A principios de junio de 1917 intentaron imponer a García Prieto el reconocimiento de su existencia, pero como éste se negó a admitirla hubo de dejar el poder. Una vez más el partido liberal fue incapaz de hacer frente a la protesta militar tal y como había sucedido en 1905, lo que demuestra la debilidad de la política civil del período. Dado el papel que el ejército había desempeñado en el origen de la monarquía de la Restauración, con su protesta causó graves dificultades, como nunca habían existido con anterioridad, hasta poner en peligro el sistema político mismo. Entonces, el rey llamó a formar gobierno a Dato que, con un equipo conservador, suspendió las garantías constitucionales, sometió la prensa a censura y aceptó el reglamento de las Juntas. Con las dos primeras medidas trataba de evitar los efectos más perniciosos de la protesta militar, pero provocó con ello la indignación de los sectores que se presentaban como renovadores. El nombramiento de Eduardo Dato tenía su justificación, dada la incapacidad de los liberales para resolver el problema militar. Siempre durante la Restauración fue habitual la rotación en el poder de los partidos políticos cuando existían problemas aparentemente irresolubles. Pero en esta ocasión la solución de Dato no sirvió porque, como la protesta era grave, la carencia de libertades multiplicó su intensidad y al mismo tiempo imposibilitó que el gobierno la percibiera. Una nueva protesta, la política, vino entonces a sumarse a las otras: ya que Dato no quería abrir las Cortes, Cambó, que fue su principal animador, organizó en Barcelona, para los primeros días de julio, una Asamblea de Parlamentarios. Con ello pretendía presionar al poder procurando una regeneración política con el concurso de todos los grupos políticos. En efecto, el programa de los asambleístas era básicamente político: formación de un gobierno provisional y convocatoria de Cortes Constituyentes. La asamblea tuvo una participación reducida (menos de una décima parte del total de parlamentarios) y un tono izquierdista (acudieron los diputados catalanes de todas las significaciones, los republicanos, Melquíades Álvarez y Pablo Iglesias). Cambó hubiera querido sumar a todos estos sectores a un Antonio Maura que hubiera representado a la derecha y que era, además, el político más prestigioso de la España de la época. Mientras la asamblea estuvo en fase preparatoria y sin trascendencia pública el gobierno dejó hacer, pero cuando se reunió el 19 de julio fue disuelta inmediatamente aunque sin violencia. Cuando tuvieron lugar estos acontecimientos se había manifestado ya de forma clara la heterogeneidad de los protestatarios. En efecto, después de reunida la asamblea, los movimientos obreros pasaron a protagonizar de forma más relevante la acción contra el gobierno y éste mantuvo también una actitud aparentemente pasiva. Un conflicto social de los ferroviarios que había tenido lugar en Valencia al mismo tiempo que la asamblea de parlamentarios no se solucionó, por lo que el 9 de agosto todo el sindicato ferroviario de UGT decidió ir a la huelga y en días sucesivos todo el sindicato socialista se lanzó a la huelga general. En efecto, el socialismo fue el gran protagonista de los sucesos del 10 al 13 de agosto. La huelga de agosto dio lugar a graves incidentes que provocaron más de setenta muertos en toda la Península y unos 2.000 detenidos. Sin embargo, resultó un fracaso, ya que únicamente los socialistas la siguieron y ni siquiera todos ellos, ni tan siquiera todos los ferroviarios. Los propios dirigentes socialistas dieron mucho más la sensación de ser dominados por los acontecimientos que de regirlos ellos mismos. Lo que resultó evidente es que el Ejército, que podía haber sido considerado como un elemento renovador, se oponía de manera radical a la revolución social. Artículos periodísticos de diputados republicanos defendiendo la indisciplina de los soldados provocaron la inmediata prevención de la oficialidad. Márquez empleó su propio regimiento para ir contra los amotinados durante los sucesos revolucionarios de agosto en Sabadell y el capitán general de Cataluña no tuvo el menor inconveniente en violar la inmunidad parlamentaria de un diputado republicano deteniéndole. Las enseñanzas a extraer de los sucesos de 1917 son varias. En primer lugar, el sistema político vigente era tímido ante los deseos de reforma de la sociedad y no satisfacía a los sectores renovadores. Su respuesta habitual consistía en la pasividad y en dejar pasar el tiempo más que en tomar la iniciativa de la reforma. En cambio, cuando el movimiento hubo sido derrotado se hizo patente que la Restauración era liberal, pues fue moderada en la represión. En segundo lugar, resultaba patente que los sectores renovadores estaban de acuerdo en ir en contra del sistema, pero diferían entre sí mismos respecto al contenido de la misma. Es evidente que el ejército, los parlamentarios y los obreros carecían de objetivos comunes, pero lo que realmente arruinó la coyuntura reformista de 1917 fue la indecisión y el confusionismo de los militares, por un lado y, por otro, el rumbo revolucionario adoptado por el movimiento obrero quizá en contra de sus propios dirigentes. Los sucesos de 1917 tuvieron importantes consecuencias. No deben, sin embargo, exagerarse: ni la Restauración quedó herida de muerte a partir de este momento, ni hubo ninguna posibilidad de que se planteara una verdadera revolución social, ni cabe considerar a la Asamblea de Parlamentarios como una revolución burguesa. Si es cierto que en adelante dio la sensación de que el viejo equilibrio se había roto, al mismo tiempo no había nacido uno nuevo. En realidad, los años que siguieron presenciaron el mantenimiento de una crisis de transición con un conjunto de sectores empeñados en producir un cambio, pero incapaces de imponerlo de manera definitiva. De ahí la validez del título del libro de José Ortega y Gasset, La España invertebrada. A corto plazo puede pensarse que el triunfador fue el gobierno de Eduardo Dato, que había logrado separar y enfrentar a sus adversarios, algo sin embargo que hubiera acabado produciéndose de cualquier manera. Pero a tan sólo dos meses de la victoria de la intentona revolucionaria, uno de los vencedores (el Ejército) acabó con la vida de otro (el gobierno de Dato), provocando una crisis política difícil de resolver.
contexto
La "gran depresión" económica que se generalizaría a partir de 1929 destruiría "el espíritu de Locarno" y propiciaría que la inseguridad, la violencia y la tensión volvieran a caracterizar las relaciones internacionales. Lo que en 1928 era impensable, la posibilidad de una nueva guerra mundial -como mostraba que un total de 62 Estados ratificasen el pacto Briand-Kellogg-, resultaría casi inevitable en unos pocos años. La crisis económica mundial fue precipitada por la crisis de la economía norteamericana, que comenzó en 1928 con la caída de los precios agrícolas y estalló cuando el 29 de octubre de 1929 se hundió la Bolsa de Nueva York. Ese día bajaron rápidamente los índices de cotización de numerosos valores -al derrumbarse las esperanzas de los inversores, después que la producción y los precios de numerosos productos cayeran por espacio de tres meses consecutivos- y se vendieron precipitadamente unos 16 millones de acciones. Las causas últimas de la crisis norteamericana fueron, de una parte, la contracción de la demanda y del consumo personal, los excesos de producción y pérdidas consiguientes (por ejemplo, en el sector automovilístico y en la construcción) y la caída de inversiones, propiciada por la caída de precios; y de otra, la reducción en la oferta monetaria y la política de altos tipos de interés llevadas a cabo por el Banco de la Reserva Federal desde 1928 para combatir la especulación bursátil. En cualquier caso, el producto interior bruto norteamericano cayó en un 30 por 100 entre 1929 y 1933; la inversión privada, en un 90 por 100; la producción industrial, en un 50 por 100; los precios agrarios, en un 60 por 100, y la renta media en un 36 por 100. Unos 9.000 bancos -con reservas estimadas en más de 7.000 millones de dólares- cerraron en esos mismos años. El paro, que en 1929 afectaba sólo al 3,2 por 100 de la población activa, se elevó hasta alcanzar en 1933 al 25 por 100 de la masa de trabajadores, esto es, a unos 14 millones de personas. Como consecuencia, Estados Unidos redujo drásticamente las importaciones de productos primarios (sobre todo, de productos agrarios y minerales procedentes de Chile, Bolivia, Cuba, Canadá, Brasil, Argentina y la India), procedió a repatriar los préstamos de capital a corto plazo hechos a países europeos y sobre todo a Alemania, y recortó sensiblemente el nivel de nuevas inversiones y créditos. La dependencia de la economía mundial respecto de la norteamericana era ya tan sustancial (sólo en Europa los préstamos norteamericanos entre 1924 y 1929 se elevaron a 2.957 millones de dólares); y las debilidades del sistema internacional eran tan graves (países excesivamente endeudados y con fuertes déficits comerciales, grandes presiones sobre las distintas monedas muchas de ellas sobrevaloradas tras el retorno al patrón-oro, numerosas economías dependientes de la exportación de sólo uno o dos productos) que el resultado de la reacción norteamericana fue catastrófico: provocó la mayor crisis de la economía mundial hasta entonces conocida. El valor total del comercio mundial disminuyó en un solo año, 1930, en un 19 por 100. El índice de la producción industrial mundial bajó de 100 en 1929 a 69 en 1932. Aunque con las excepciones de Japón y de la URSS la crisis golpeó en mayor o menor medida a la totalidad de las economías, fue en Alemania donde sus efectos fueron particularmente negativos. La economía alemana no pudo resistir la retirada de los capitales norteamericanos y la falta de créditos internacionales. El comercio exterior se contrajo bruscamente. La producción manufacturera decreció entre 1929 y 1932 a una media anual del 9,7 por 100. Los precios agrarios cayeron espectacularmente. La producción de carbón descendió de 163 millones de toneladas en 1929 a 104 millones en 1932; la de acero, de unos 16 a unos 5, 5 millones de toneladas. El desempleo que en 1928 afectaba a unas 900.000 personas, se duplicó en un año y en 1930 se elevaba ya a 3 millones de trabajadores. Las medidas tomadas por el gobierno del canciller Brüning, formado el 30 de marzo de 1930, tales como elevación de impuestos, reducción del gasto público y de las importaciones, recortes salariales y mantenimiento del marco -medidas pensadas para impedir una reedición de la crisis de 1919-23 y para que Alemania pudiese hacer frente al plan Young-, resultaron a corto plazo muy negativas. La contracción de la demanda que provocaron hizo que el desempleo se elevara a la cifra de 4,5 millones en julio de 1931 y a 6 millones al año siguiente (aunque es posible que, con más tiempo, pudieran haber dado resultados positivos: a principios de 1933, se apreciaban ya signos de reactivación). El pánico financiero y bancario norteamericano se contagió a Europa. Los banqueros franceses -los Rothchilds, principalmente- retiraron los créditos concedidos al banco austríaco Kredit Anstalt, que quebró y arrastró a la quiebra a numerosos bancos de Austria, Hungría y Polonia. Como también se señaló al hablar de la dictadura nazi, los bancos alemanes, por temor a quiebras en cadena ante la huída masiva de capitales, cerraron entre el 13 de julio y el 5 de agosto de 1931. La libra fue sometida a fortísimas presiones de los especuladores internacionales: Gran Bretaña decidió en septiembre de 1931 abandonar el patrón-oro y devaluar la libra en un 30 por 100, decisión que obligó a su vez a otros países a reforzar las políticas deflacionistas ya adoptadas por sus gobiernos respectivos. Estos -Hoover en Estados Unidos; MacDonald en Gran Bretaña; Brüning en Alemania; Herriot en Francia- hicieron lo que la ortodoxia económica prescribía para hacer frente a situaciones de crisis: reducciones del gasto público, políticas de equilibrio presupuestario, aumentos de impuestos, reducción de costes salariales, limitación de importaciones vía elevación de aranceles y rígidos controles de los cambios. Como Keynes demostraría poco después en su Teoría general (1936) ya citada, la ortodoxia estaba equivocada, y probablemente sólo la intervención de los gobiernos estimulando la inversión y la demanda -tesis keynesiana- pudo haber generado crecimiento económico y empleo. Fue cierto, con todo, que el resultado de la aplicación de las recetas clásicas no fue totalmente negativo. Hacia 1933, algunas economías parecían ya camino de su recuperación, y para entonces lo peor de la depresión había pasado. Pero los efectos a corto plazo fueron devastadores. Primero, el desempleo alcanzó cifras jamás conocidas: 14 millones en Estados Unidos, 6 millones en Alemania, 3 millones en Gran Bretaña y cifras comparativamente parecidas en numerosísimos países. Segundo, la crisis social favoreció el extremismo político. El temor real o ficticio al avance del comunismo y de la agitación revolucionaria provocó en muchos países el auge de movimientos de la extrema derecha y en algunos, como en los Balcanes y en los Estados bálticos, la implantación de dictaduras fascistizantes. Peor aún, la crisis contribuyó decisivamente al colapso de la República de Weimar y a la llegada de Hitler al poder. Tercero, la crisis económica provocó fuertes tensiones en las relaciones comerciales internacionales al recurrir los gobiernos a medidas proteccionistas para defender las economías nacionales. Estados Unidos impuso el 17 de junio de 1930 el arancel (Hawley-Smoot) más alto de su historia. En mayo de 1931, Francia introdujo el sistema de "restricciones cuantitativas" a las importaciones, un sistema de cuotas sobre unos 3.000 productos de importación. Gran Bretaña impuso en 1932 un impuesto del 10 por 100 sobre todas las importaciones; en la conferencia de Ottawa (21 de julio a 20 de agosto de 1932), los países de la Commonwealth aprobaron el principio de "preferencia imperial", por el que determinados productos coloniales entrarían en Gran Bretaña sujetos a cuotas pero sin recargos arancelarios, y los productos industriales británicos gozarían de beneficios para su exportación a las colonias.