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Para Carpenter, la perfección técnica y la suprema belleza griega en nuestro suelo la ofrece una escultura en mármol, el Esculapio de Ampurias. Ampurias aparecía como una verdadera ciudad o polis focea, que como tal se había documentado desde el siglo XIX convirtiéndose en centro de excavaciones sistemáticas desde comienzos del siglo XX. El investigador norteamericano quiso atribuir el Esculapio a un taller ateniense -el modelo más sobresaliente del helenismo- y lo supuso nada menos que de la misma escuela de Fidias. Todo ello servía para revalorar el prestigio de la ciudad griega más occidental del mundo antiguo. Imbuido Carpenter en ese ideal modélico del clasicismo de comienzos de siglo, la escultura de este dios curador era expresión, con sus palabras, "de la prosperidad y de la philokatía -es decir del amor a la belleza- de la antigua ciudad". Arte griego y polis, en su expresión de vida urbana, eran conceptos estrechamente vinculados en nuestro autor y en su época. En páginas sucesivas, Rhys Carpenter contrasta continuamente las manifestaciones artísticas del arte ibérico con las del griego en ese juego, ya aludido, de imitación y modelo. Pretendía establecer una relación, estrecha y unidireccional, entre efecto y causa. Por ejemplo, basándose en las cerámicas de Elche, descubiertas a comienzos de siglo por investigadores franceses como Pierre Paris y Albertini, contraponía Carpenter las realizaciones ibéricas -por ejemplo, una cabeza de caballo, un ave, un conejo o un motivo vegetal como los tallos o palmetas- a supuestos modelos griegos contrastando la imperfección e inmadurez de unas con la precisión y facilidad de trazo de las otras. El arte griego servía pues aún, en la primera mitad del siglo XX, para justificar una vieja mentalidad modélica, generada por el pensamiento ilustrado del siglo XVIII. La mayor complejidad narrativa del vaso llamado Cazurro, de Ampurias -un vaso que es, en realidad, ibérico y que se decora con una escena de caza, con unos jóvenes corriendo tras unos ciervos en un probable ritual de iniciación- fue considerado muy próximo a lo griego por Rhys Carpenter. Buscó sus precedentes en una enigmática y riquísica serie de cerámica griega llamada ceretana, hallada en Etruria, que entonces se consideraba jonia, es decir de la Grecia minorasiática. El vaso Cazurro, identificado e incluido falsamente por este autor en esta concepción de lo griego, servía para establecer el puente buscado entre la irradiación cultural helénica y el mundo occidental, a través de la colonia de Ampurias. El estudio de las proporciones de la misma Dama de Elche, que contrastó Carpenter con las de la cabeza griega del Apolo Chatsworth, del más puro clasicismo, sirvió a este autor para fundamentar el helenismo de esta escultura ibérica. El criterio era claro: la perfección se identificaba con lo griego, la imperfección con lo bárbaro, con lo indígena, carente de un gusto estético refinado. En los años veinte del siglo XX se afirma, recordémoslo, el auge de movimientos formalistas en Europa y las proporciones -que implicaban un número, una filosofía, una reflexión intelectual proyectada en una medidavenían a probar, en la opinión de este autor, la paternidad claramente helena de una obra como la Dama de Elche.
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En 1950, refiriéndose a las tierras americanas de raigambre española, Luis Cernuda se preguntaba: ¿Cómo conciliar nuestra evidente indiferencia nacional, si no desvío hacia estas tierras, con el esfuerzo realizado y la obra obtenida por los españoles en ellas? Una inmensa obra, sin duda, hasta el punto de que la acción en América es considerada como la principal aportación de los pueblos españoles al devenir de la humanidad. Pero si durante más de 300 ó 400 años, según las zonas, la historia de la América española era historia de España, también era, y lo era en primer lugar, historia de América: un continente caracterizado por el aislamiento y que desde la llegada de los españoles y tras su partida- se caracterizará por la dependencia. Esta es la perspectiva con que se aborda aquí su estudio. Perspectiva americana y globalizadora para exponer las líneas generales de la formación y desarrollo del que cronológicamente fue el primer sistema colonial moderno. Renunciando a intentar un imposible resumen de la historia de la América española, se expondrán los grandes bloques temáticos (población, economía, sociedad, instituciones, cultura). Este esquema, que pretende ser útil más que original, quizá permita ofrecer una visión de conjunto del complejo proceso de surgimiento y evolución de las mal llamadas Indias españolas, devenidas finalmente en Nuestra América, expresión en la que la idea de posesión de ha dado paso a la de pertenencia, porque la antigua metrópoli colonial forma hoy parte irrenunciable de esa comunidad de países que el mundo hispánico identifica y siente como Nuestra América.
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La principal actividad económica de las colonias españolas en los siglos XVI y XVII es la minería, con importantes centros en todo el continente. Destacan, por encima de todos, los de Zacatecas, Guanajuato y Taxco, en Nueva España, y las minas de Huancavélica y Potosí, en América del Sur. La artesanía es otra actividad de gran desarrollo. En el Caribe el principal centro manufacturero es La Habana. En Nueva España, destacan Querétaro, México, Puebla y Guatemala. Por último, en América del Sur, resaltan las producciones de Tunja, Quito, Guayaquil, Lima, Tucumán, Córdoba y Santiago. Al abrigo de esta actividad, surgen rutas terrestres que comunican las principales ciudades. De Santa Fe, un camino recorre toda Nueva España de norte a sur. En Panamá, una carretera atraviesa el continente enlazando el Atlántico con el Pacífico. Otras importantes rutas comunican Cartagena con Quito, Loja con Piura y Jauja con el gran puerto de El Callao. Por último, una red de caminos enlaza a ciudades como La Paz, Valparaíso, Buenos Aires y Asunción. Las rutas incas son aprovechadas por los españoles. Las mercancías españolas parten de Sevilla hacia el Caribe siguiendo una misma línea que después se divide en dos ramas: una, hacia Veracruz, otra, hacia Cartagena y Portobelo, desde donde enlazan por tierra con Panamá. De esta ciudad parten, de nuevo por mar, hacia El Callao, en Perú, siendo llevadas después hacia Valparaíso y Potosí. El puerto de El Callao, en América del Sur, y el de Acapulco, en Nueva España, son los más importantes del Pacífico, y están enlazados directamente mediante un sistema de flotas. Las flotas y galeones que se dirigen a España salen siempre de La Habana.
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Desde octubre de 1868 hasta la celebración de las elecciones a Cortes Constituyentes el 15 de enero de 1869, España entera se vio inmersa en un período de febril actividad política. El régimen de libertades nacido de la pronta y eficaz gestión del Gobierno provisional, que recogía las aspiraciones de las juntas revolucionarias, introdujo un elemento absolutamente novedoso que transformó el mercado político: el sufragio universal, aplicable a los individuos del sexo masculino mayores de 25 años. El sufragio directo supuso un considerable incremento del número de electores. Para cubrir este nuevo mercado se amplió también la oferta política, quizá más de forma cualitativa que cuantitativa, como se verá más adelante. La libertad de expresión, al igual que la libertad de imprenta, coadyuvaron a esta regeneración de la oferta política, así como a una mejor transmisión de su mensaje, convirtiéndose en factores clave para la consolidación de una incipiente cultura política en la sociedad. Las distintas organizaciones se vieron forzadas a replantear no tanto sus contenidos como los instrumentos de transmisión de los mismos, y a reconvertir su composición interna en una estructura capaz de resistir el funcionamiento de nuevos partidos más complejos, que permitieran recoger el nuevo caudal participativo. Se trataba de acometer una reorganización en profundidad de la vida política en su conjunto: partidos políticos por un lado, electorado por otro; es decir, la necesidad de adecuar ofertas y demandas políticas en el nivel más óptimo de equilibrio. Desde esta óptica es posible analizar las transformaciones ocurridas en el espacio temporal indicado. El arco político presentaba cuatro grandes tendencias, circunscritas en tres partidos independientes y una coalición: carlistas, moderados, republicanos y el bloque monárquico-democrático. Todos ellos experimentaron una metamorfosis de similares características, evolucionando en paralelo para convertirse en organizaciones más sólidas, capaces de difundir un mensaje en forma de producto a la venta en el mercado político, lo cual implicaba avances en la cultura política del conjunto social. Fue sobre todo el partido republicano el que intentó superar las viejas formas tradicionales de las agrupaciones de notables para poner en marcha una estructura de partido ampliado, capaz de conectar de manera eficaz con su tejido social. Esta reconversión requería el desarrollo de diversos mecanismos de propaganda, que estaban al alcance de todas las fuerzas políticas. Se trataba de la prensa, los mítines, los catecismos electorales, todo ello apoyado en la transmisión oral característica de un conjunto social todavía castigado con unas tasas muy elevadas de analfabetismo. Mientras los mítines eran mayoritariamente promovidos por los partidos de izquierda, que adquirieron un dinamismo especial en los centros urbanos, la prensa era utilizada por todos en la misma medida, experimentando un auge sin precedentes gracias a su recién estrenada libertad. Así, cada partido encontraba favor y aliento en diferentes periódicos: el carlismo en La Regeneración o El Pensamiento Español; los moderados en El Siglo y El Estandarte; la coalición gubernamental en El Imparcial y El Diario Español, entre otros; finalmente La Discusión y La Igualdad cubrían el espacio republicano. Hay que señalar que el radio de acción de estos periódicos abarcaba todo el territorio nacional, hecho que contribuyó, sin duda, a socializar la discusión política más allá de la capital. Por otro lado, los catecismos electorales, de redacción clara y accesible para las capas populares, multiplicaron sus efectos al ser leídos en clubes y reuniones electorales. Su finalidad última estribaba en dar a conocer los principios democráticos, realizando una labor didáctica que proporcionaría al pueblo un nivel más elevado de cultura política, por muy embrionaria que ésta fuera. Resulta significativo observar la penetración de toda esta propaganda política en las distintas zonas del país. Queda patente la dualidad campo-ciudad, pues cada ámbito recibía los mensajes desde unos presupuestos diferentes y con métodos distintos. En los núcleos urbanos fue, sin duda, más influyente la campaña informativa a través de la prensa, pues los ciudadanos tenían acceso directo a los medios de comunicación y podían asistir, además, a reuniones y debates. En el campo, por el contrario, las relaciones de subordinación eran todavía predominantes, facilitando la depuración de los mensajes en la práctica de cierto caciquismo antropológico. Igualmente, el púlpito continuaba actuando como filtro para la información. Detallando más la regeneración de cada una de las formaciones políticas se nos presenta el siguiente cuadro esquemático. Los carlistas decidieron sustituir, de hecho y temporalmente, su filosofía insurreccional para participar en la lucha por el voto. Continuando la reorganización que habían iniciado en el mes de julio de 1868, siguieron adelante tras la abdicación de don Juan, el 3 de octubre, e incorporaron a sus filas hombres como Navarro Villoslada o Nocedal, de signo neocatólico. Con esta aproximación al sector católico, reforzada por la creación de las asociaciones de católicos, se lanzaron en defensa de la unidad religiosa del país, que vino a constituir su principal caballo de batalla. En noviembre de 1868 quedó configurado su comité electoral y presentaron varias candidaturas, sobre todo en su zona de mayor influencia: el País Vasco y Navarra. Los moderados tardaron algún tiempo en reaparecer tras la revolución; cuando por fin lo hicieron, a finales del mes de octubre, volvieron tal y como se fueron: debilitados, sin la menor posibilidad de éxito y con un programa que ya pecaba de anacrónico, contrario a los nuevos tiempos. Este, expuesto en La cuestión preliminar, proponía la monarquía constitucional, entendida en los cánones del moderantismo histórico, como la única forma de gobierno aceptable, desestimando la monarquía democrática. Solos en su interés por devolver el trono a Isabel II y restablecer la Constitución de 1845, apenas se limitaron a apoyar las primeras voces en favor de la Restauración. Aun sabiendo que no tenían ninguna opción, presentaron candidaturas; la más destacada la de Madrid: general Lersundi, Claudio Moyano, el conde de San Luis... El partido republicano, surgido de la escisión del partido demócrata, declaró su inclinación al federalismo y propuso la instauración de la república como única forma de gobierno que encajaba plenamente con el sueño revolucionario. Sus diferencias con los monárquicos eran notorias, no sólo en cuanto a la forma de gobierno, sino también en temas tales como la supresión de las quintas o la abolición de la esclavitud. Sobre un gran radio de influencia centrado en la costa mediterránea, Andalucía y algunos puntos del interior, el electorado republicano se encontraba tanto en los núcleos urbanos, entre artesanos y trabajadores, como en las zonas rurales. Entraba en competencia directa con la coalición monárquico-democrática, que poseía también en estos sectores sus principales bases sociales. En cuanto a la coalición monárquico-democrática, integrada por progresistas, demócratas y unionistas, estaba al frente del Gobierno provisional, desde donde había confirmado una línea de acción de talante democrático, en consonancia con los principios revolucionarios. Defendía la monarquía democrática como forma de gobierno, aunque anteponiendo el principio de soberanía nacional. Constituía el bloque más sólido y con más posibilidades de cara a las elecciones, pero su estabilidad interna era muy frágil y se desintegró definitivamente tras la aprobación de la Constitución de 1869. El motivo de las fricciones residía en la mayor o menor dosis de liberalismo de cada sector, en los personalismos acusados con sus clientelas políticas y en las diferentes opiniones respecto de quién debía ser el próximo rey. La coalición presentó candidaturas en casi todas las circunscripciones del país; en Madrid se presentaron hombres tales como Prim, Ruiz Zorrilla, Sagasta, Rivero, Becerra, Serrano o Topete. Su condición de favoritos quedaba avalada por el hecho de que se presentaban a las elecciones desde el Gobierno, además de haber ganado las elecciones municipales de noviembre de 1868, lo que les aseguraba una buena capacidad de maniobra desde el poder local. La prensa de oposición acuñó un término que gráficamente sintetizaba la situación: la influencia moral del Gobierno. Del 15 al 18 de enero de 1869 se celebraron las elecciones a Cortes Constituyentes. Los resultados confirmaron una mayoría progubernamental de 236 escaños monárquico-democráticos, acompañada de dos estimables minorías: 85 diputados republicanos y 20 carlistas. Los monárquico-democráticos consiguieron escaños en casi todas las circunscripciones, pero sus mayorías más consistentes provenían de la España interior, incluida la capital. Los principales focos republicanos se extendieron a lo largo del arco periférico, sobre todo en los núcleos urbanos. Fueron mayoritarios en Gerona, Barcelona, Lérida, Huesca, Valencia, Sevilla, Cádiz, Málaga, Alicante y Zaragoza. Obtuvieron altos porcentajes de votación en Badajoz y Murcia, mientras que el interior agrario sólo eligió un diputado republicano para las provincias de Salamanca, Toledo, Valladolid y Teruel. En la circunscripción de Madrid ciudad cosecharon 16.000 votos pero ningún diputado. En cuanto a los carlistas, consiguieron sus mayorías en Vizcaya, Guipúzcoa y Navarra, pero también estuvieron representados en Gerona, Salamanca, Ciudad Real y Murcia. Comparada con elecciones anteriores fue innegable la claridad y pulcritud del acto electoral, siempre teniendo en cuenta la inevitable intromisión del ministro de la Gobernación, en este caso Sagasta, que según testimonios de la época actuó de eficaz aprendiz electorero. En los distritos urbanos se realizó la habitual presión del poder público sobre su cohorte de empleados civiles y militares. En cuanto a los distritos rurales, más que el pucherazo en el sentido estricto del término, lo que funcionó, en un ambiente de escasa cultura política y de casi nula experiencia participativa, fueron los mecanismos de presión basados en las relaciones de dependencia y subordinación, característicos de las pequeñas localidades rurales pobremente desarrolladas, donde la protección del notable tenía como contrapartida la vinculación del voto. Sería una forma de caciquismo antropológico donde el binomio protección-dependencia imponía sus normas. Un caciquismo que todavía no articula la vida política como en la España de la Restauración, pero que, como fenómeno cultural, mediatizaba la vida cotidiana. Estas formas de presión continuaron a lo largo y ancho del Sexenio. Téngase en cuenta que jamás un Gobierno perdió unas elecciones generales. Resulta significativo el aparente vuelco electoral de las dos elecciones casi inmediatas de 1872, ambas ganadas sobradamente por los respectivos gobiernos. En estas elecciones de enero de 1869 tuvo gran alcance la popularidad obtenida por el Gobierno provisional, en el cenit de su auge, dada su acelerada actividad legislativa en lo referente a la promulgación de las libertades públicas, y la excelente imagen que el propio gabinete supo dar de su actuación en el discurso electoral. Mitos tales como Prim o Serrano, en plena pujanza, condicionaron el voto de una gran parte del electorado. En realidad, los votantes prolongaron su confianza en el Gobierno provisional que, salvo en el tema de las quintas, había intentado cumplir con las propuestas políticas surgidas de las juntas revolucionarias.
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La desaparición de Bayezid I en 1402 provocó una crisis fuerte, aunque pasajera. Su primogénito Suleymán conservó el control sobre parte de Rumelia pactando con Génova, la Orden de San Juan, el emperador Manuel II -que logró la desaparición del barrio turco de Constantinopla- y el príncipe serbio Esteban Lazarevic. Pero, al cabo, fue otro hijo de Bayezid, Mehmet I (1413-1421) quien consiguió reunir todo el poder en sus manos e iniciar una prudente política de recuperación que continuó con todas sus consecuencias Murad II (1421-1451), comenzando por la nueva sumisión parcial de los principados de Karamán y Djandar y por el asedio de Constantinopla, pues el emperador Juan VIII había apoyado a los hermanos del sultán durante la breve crisis sucesoria. El basileus obtuvo tregua en 1424 a cambio de un tributo y de ceder los territorios junto al Mármara y el Mar Negro que todavía controlaba, de modo que la ciudad podía quedar aislada a voluntad de los otomanos, pero Murad prefirió enfrentarse con Venecia, que defendió Salónica hasta 1430 y sólo aceptó una tregua cuando los turcos aseguraron el respeto a los enclaves que aseguraban el dominio marítimo de los venecianos: Durazzo, Scutari, Alessio, Zante y Cefalonia, Lepanto, Corón, Modón, Eubea (Negroponto), además de Creta. El sultán tuvo así las manos libres para recuperar Valaquia, y Serbia a la muerte de Lazarevic. La última intervención timúrida en Anatolia, año 1435, fue salvada sin muchas dificultades. A continuación se produjo el enfrentamiento directo con Hungría, cuyo rey, que era el emperador alemán Segismundo, había tomado Belgrado. Murad contó con el apoyo de sus vasallos serbios y valacos -entre los que se contaba Vlad Drakul- pero también con la resistencia de magnates turcos, comenzando por los visires Yandarlí, que estimaban peligrosas nuevas aventuras en Rumelia, a la vista de lo sucedido en 1402. La organización de la defensa de Hungría y Transilvania por Juan Hunyadi produjo una situación de equilibrio durante varios años, mientras que el emperador de Constantinopla, Juan VIII (1425-1448), buscaba en vano ayudas occidentales tras aceptar la unión de las Iglesias en el Concilio de Florencia (1439). Durante la década de los cuarenta se desarrolló una compleja historia guerrera y diplomática protagonizada, del lado cristiano, por el húngaro Juan Hunyadi, el déspota serbio Jorge Brankovic, el caudillo albanés Jorge Skanderberg, el príncipe válaco Vlad II Drakul y Venecia. La disparidad de sus intereses y la insuficiencia de sus alianzas fueron bien aprovechados por Murad II, que aplastó a los húngaros y a los cruzados occidentales venidos en su apoyo en la batalla de Varna (noviembre de 1443). Hunyadi fue de nuevo vencido en Kosovo (1448), y Skanderberg sólo pudo resistir en Albania, en parte gracias a los apoyos que le envió desde Nápoles Alfonso V, rey de Aragón, pero aquello no impidió la definitiva sumisión de Serbia, ni el fin de la guerra contra Hungría y Valaquia, enfrentadas entre sí. Por otra parte, la nueva tregua con Venecia, en 1446, la sumisión prestada por el déspota de Morea, y la del principado de Karamán, permitieron al nuevo sultán Mehmet II (1451-1481) afrontar directamente la conquista de Constantinopla. En aquel momento, la ciudad era sólo un pequeño Estado griego mercantil enclavado en el Imperio otomano, pero su nombre comportaba un prestigio inmenso que Mehmet II, con "visión imperial de su papel" (N. Vatin) quería para sí. El asedio se prolongó durante los meses de abril y mayo de 1453, aunque el sultán disponía de un ejército de 100.000 a 150.000 hombres, una gran flota y numerosa artillería. Tras el asalto final, el saqueo de tres días y las esclavizaciones correspondientes, la ciudad siguió teniendo una parte de población griega aunque no necesariamente autóctona -Constantinopla tenía antes de su toma entre 40.000 y 50.000 habitantes-, el sultán hizo nombrar patriarca a Jorge Scholarios, que era opuesto a la unión de las Iglesias, y le situó al frente de la comunidad ortodoxa. Mehmet II se preocupó inmediatamente de manifestar la condición islámica de Estambul y convirtió Santa Sofía en mezquita, mejoró las defensas y el urbanismo, aumentó la actividad artesanal y mercantil, y la población musulmana; respetó el tratado mercantil con Venecia, que seguiría presente en su cadena de enclaves litorales e insulares, incluido Naxos, y la presencia genovesa en el barrio de Gálata-Pera; sin embargo, en los años inmediatos los genoveses abandonaron el comercio del Mar Negro y retrocedieron en el Egeo, donde pierden Focea (1455) y todas sus islas salvo Quíos, aunque pagaron tributo por ella a los otomanos. Para el sultán, sin embargo, los principales objetivos seguían estando en tierra firme, tanto en los Balcanes como en Anatolia, y los consiguió prescindiendo ya de su gran visir, Yandarlí Halil, y acallando las resistencias que había encabezado. El despotado de Morea y Tebas, último reducto del ducado de Atenas, cayeron en 1458-1460, al mismo tiempo que Serbia; la región de Bosnia y Herzegovina, en 1463 y 1466; la resistencia albanesa cesó desde 1458 y el país fue conquistado en el siguiente decenio; incluso Montenegro aceptó pagar tributo en 1479. Mientras tanto, los turcos habían tomado Negroponto (Eubea) en 1470 a Venecia, que hubo de comprar la paz en 1479 pagando una indemnización de 100.000 ducados y un tributo anual de otros 10.000 para conservar la libertad de comercio. Los turcos llegaron a dominar durante algunos meses Otranto, en 1480, pero fracasaron ante Rodas aquel mismo año: alcanzaron así los límites de su poder en el Mediterráneo, por entonces. También en los Balcanes, donde se situaban en el Danubio gracias a la defensa húngara de Belgrado, aunque Valaquia era tributaria de los otomanos y, más al oeste, al sur de Croacia y en la costa dálmata, dominada por Venecia, pero Ragusa (Dubrovnik) aceptó pagar tributo al sultán en 1487. Por último, Mehmet II había conseguido triunfos definitivos en Anatolia y el Mar Negro: Karamán fue anexionado por completo entre 1468 y 1474, y se conquistaron Cilicia y la zona del Taurus hasta fijar la frontera con los mamelucos de El Cairo; cayó el enclave bizantino de Trebisonda en 1461, y los genoveses de Caffa y Tana, en Crimea y el Mar de Azov. En definitiva, Mehmet II llevó a su culminación todos los proyectos políticos y guerreros de los otomanos, lo que le convirtió en un personaje de leyenda y, al mismo tiempo, consolidó los medios militares y financieros del Imperio y reforzó la preeminencia efectiva del sultán frente a las diversas aristocracias, tarea que continuó, en tiempos de mayor paz, su sucesor Bayezid II (1481-1512), cuyas principales actividades militares fueron la definitiva conquista de Herzegovina en 1483, la represión de la revuelta albanesa de Jorge Castriota entre 1492 y 1499, y la guerra contra Venecia en 1499 a 1503, en cuyo transcurso la Serenísima perdió los enclaves de Lepanto, Modón, Corón, Navarino y Durazzo, justamente antes de que el sultán tuviera que enfrentarse en Anatolia a la crisis producida por la implantación de la dinastía safaví en Irán. La organización del Imperio llegó a su plena madurez bajo Mehmet II y Bayezid II. El sultán era un autócrata que gobernaba rodeado de una casta político-militar de la que sólo formaban parte los "kapikullari" y los miembros de la aristocracia otomana que aceptaban una sumisión total. La sucesión se aseguraba en vida del sultán, que designaba a uno de sus hijos; los demás quedaban excluidos, incluso físicamente a veces, cuando aquél accedía al poder, para evitar problemas como el que Bayezid II hubo de soportar a causa de su hermano Djem, huido a Francia y luego a Roma hasta su muerte en 1495. Las únicas limitaciones al poder del sultán eran de tipo religioso y jurídico, aunque detrás de ellas se amparaban realidades históricas y culturales, y el poder de las diversas aristocracias sociales que sustentaban la estructura del Imperio: sobre todo, el respeto a la ley islámico, fuente única de legitimidad porque el poder del sultán es de raíz religiosa, y garantía de buen acuerdo entre la Puerta y sus súbditos musulmanes. Pero también las leyes y costumbres de las diversas poblaciones sometidas, siempre que la sari'a islámica no previera nada al respecto y que no se opusieran a ella, porque eran indispensables para el ejercicio del poder: así llegó a suceder que "un Estado nacido para la conquista de la Cristiandad tomara de ella buena parte de sus fundamentos legislativos" (Beldiceanu). Mehmet II compiló muchas de aquellas disposiciones en un código con tres libros relativos a derecho penal, estatuto de los campesinos y de sus relaciones con los timariotas, y administración de algunas regiones balcánicas. El código vino a completar la adopción anterior de costumbres y reglamentos diversos sobre cecas, salinas, régimen de la tierra, fiscalidad, aduanas, mercados, puertos. Las grandes campañas militares y conquistas de Mehmet II provocaron déficits financieros saldados con medios extraordinarios tales como la depreciación de la moneda de plata (el aspre) y la requisa de bienes de mezquitas y fundaciones pías (waqf) para entregarlos en timar, lo que provocó fortísima oposición política. Bayezid II anuló aquella práctica y mejoró el funcionamiento de la fiscalidad que, hacia 1475, proporcionaba en torno a 1.800.000 florines y, teóricamente, un superávit de en torno al 20 por 100 sobre los gastos del Imperio. Sus fundamentos eran los derechos pagados por los campesinos, en especial el diezmo de la cosecha y, para los no musulmanes, la capitación, los monopolios arrendados (minas, salinas, jabonerías, cererías, cecas, arrozales, correduría de paños y otros productos), los derechos aduaneros, y el arrendamiento de tiendas, talleres, casas y otros inmuebles urbanos propiedad de la Puerta. Hacia 1500, el Imperio contaba con unos 7.825.000 habitantes (1.532.000 fuegos). De ellos, 1.111.800 se situaban en Rumelia, donde los musulmanes eran sólo 244.958 fuegos, y otros 420.000 en Anatolia, de los que 388.397 eran de musulmanes. A pesar de aquella situación, la Puerta nunca practicó una política de proselitismo sistemático, por razones tanto fiscales como de equilibrio político, aunque, con el paso del tiempo, la influencia turca llegó a ser importante en el paisaje y la organización de la vida urbana, los usos, el menaje y otros aspectos de la vida cotidiana en las tierras balcánicas. En Rumelia, exceptuando la Tracia oriental, siguieron siendo mayoritarias las poblaciones búlgaras, serbias, albanesas, eslavas, válacas y, por supuesto, griegas, con preponderancia en unas u otras regiones. En Anatolia, en cambio, las minorías griega, armenia o georgiana fueron muy escasas, salvo en la zona oriental, especialmente en torno a Trebisonda. Y en las ciudades principales, la diversidad de grupos religiosos, aunque casi siempre con predominio musulmán , era también consecuencia de aquella situación. Constantinopla alcanzó los 22.000 fuegos hacia 1500, de los que el 58,3 por 100 eran musulmanes, el 31,6 cristianos y el 10 judíos. En Andrinópolis había 4.060 fuegos por entonces, de los que en torno al 73 por 100 eran musulmanes, un 12 cristianos y un 5 judíos. Pero Salónica, como consecuencia de la llegada de los judíos españoles, contaba con 2.645 fuegos de hebreos frente a 981 de cristianos y 1.229 de musulmanes. De aquella manera, el Imperio conservaría siempre su carácter de Estado musulmán sobre una población multinacional y diversa en su fe religiosa. Una vez transcurridas las violencias de la conquista y asegurada la sumisión, fue mucho más conservador que transformador y combinó de manera muy peculiar la autocracia con la tolerancia.
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La fundación de Ampurias se inscribe en el haber y en la fase más tardía de la colonización griega, protagonizada en este caso concreto por el pueblo foceo ya desde los inicios del siglo VI a. C. Gracias a Heródoto algo sabemos de esta colonización comercial focea, que llevó por vez primera a gentes de estirpe helénica a la exploración del extremo occidente, esto es, a la rica Andalucía, precisamente allí donde los fenicios, en arriesgadas navegaciones hacia lo ignoto, habían puesto el pie desde hacía ya dos siglos. Probablemente nunca sabremos si, como quería Laura Breglia, los foceos descubrieron primero Tartessos y remontado la costa ibérica fundaron algo más tarde las factorías de Emporion y Massalia; o bien si el proceso fue a la inversa, pero para el caso poco importa, pues lo que merece la pena es constatar en el siglo VI la segura presencia física de los foceos en las costas provenzales y catalanas, y su más que probable llegada a las zonas de Huelva y Málaga, si tomamos en cuenta los abundantes hallazgos de cerámicas de precio y de ánforas comerciales del siglo VI realizados en estas dos ciudades, preciosos testimonios de un comercio basado en la explotación de lujo mediante la práctica de la emporía. Era esta última un sistema de intercambio consistente en el trueque de objetos de prestigio manufacturados -joyas, bronces, cerámicas, perfumes, tejidos, etc. - o de ciertos bienes de consumo alimentario muy apreciados, como por ejemplo el vino o el aceite de oliva, a cambio de materias primas, singularmente metales, entre los que sobresalían la plata, el estaño y el plomo, de los que el mundo oriental se hallaba escaso. En un ambiente de exploración y de tanteo nada tiene de extraño que el primer establecimiento foceo ampuritano fuera fundado por razones de seguridad en un islote cercano a la costa, en el mismo lugar donde hoy se levanta el pueblecito de Sant Martí d'Empúries, ubicado en el extremo meridional del golfo de Roses. Fue en este punto, junto al cual desembocaba un río, el actual Fluviá, donde los foceos encontraron un refugio seguro en el que asentarse, un lugar que lo mismo les sirvió de punto de aguada, que de puerto, o de excelente cabeza de puente necesaria para poder lanzarse al descubrimiento y explotación de las costas mediterráneas peninsulares. De esta factoría ignoramos su nombre originario y sólo sabemos por el geógrafo Estrabón que más tarde, después de que los foceos hubiesen procedido, hacia el 550 a. C., a la fundación de un ensanche en la costa frontera al islote, recibía el nombre de Paleopolis, o ciudad antigua. De esta instalación fundacional poco es lo que sabemos, pues al haber pervivido sin práctica solución de continuidad la ocupación humana en este lugar, ésta ha destruido en buena parte los restos ocultos en su subsuelo; sin embargo, gracias a las excavaciones de los años 60 del siglo XX, sabemos de la existencia de materiales arqueológicos fechables en el curso del siglo VI, modestos si se quiere, pero suficientes para probar la existencia aquí de una fundación griega ya en fechas tan tempranas. Desde el punto de vista monumental, hay que suponer que aquí debió hallarse el templo de la Artemis de Efeso, la diosa nacional de los foceos, y se puede aventurar que sus restos deben encontrarse en el subsuelo de la actual iglesia parroquial. En ese sentido, cabría la, posibilidad de que un friso jónico consistente en un par de esfinges opuestas entre sí, un gran capitel jónico hallado junto a la mencionada iglesia y algunos elementos arquitectónicos embebidos en la fábrica de la misma hubiesen pertenecido al templo arcaico antes citado. Hacia mediados del siglo VI, una vez consolidada su presencia en la costa ampurdanesa gracias a su aceptación por parte de la población indígena, que pronto comprendió que las ventajas que traía consigo la presencia extrajera eran mayores que los inconvenientes, puesto que gracias a ella se le abría una ventana a los anchos horizontes del mundo mediterráneo, los foceos procedieron a fundar un segundo establecimiento en la costa situada al sur del islote, núcleo habitado cuyo paulatino crecimiento hasta alcanzar un nivel urbano aceptable, duró unos cien años. Así, a mediados del siglo V, más o menos hacia el momento de la transformación de la factoría en una auténtica polis -cuya vocación comercial queda atestiguada por el nombre que adopta y que figura abreviado en sus primeras monedas fraccionarias de plata, es decir, el de Emporion, que en griego significa mercado- vemos que la ciudad alcanza su primer límite meridional. Este, con posterioridad a estas fechas, aún fue retocado unas cuantas veces con el fin de mejor adecuar el espacio ocupado por sus santuarios, lo cual implicó unos coetáneos remodelados de los sucesivos frentes de muralla. Con la única excepción de estos últimos elementos, poco es lo que sabemos aún del urbanismo y de la arquitectura doméstica del período clásico, y ello es debido a que sus restos se hallan ocultos bajo el nivel de la ciudad de época helenística, que es la que aparece ante nuestros ojos cuando visitamos Ampurias; sin embargo, recientes excavaciones han mostrado que las casas griegas no diferían en mucho de las contemporáneas ibéricas, de forma que en su construcción la tierra intervenía como material más utilizado, ya fuese bajo la forma de adobes para la elevación de los muros, que eran construidos sobre zócalos pétreos, o bien de masas de arcilla para la confección de los suelos de habitación o de los hogares. Esta situación fue la que se mantuvo hasta fines del siglo III a. C., pues a partir de la entrada en escena de los romanos a raíz de la segunda guerra púnica, la ciudad conoció una nueva dinámica. económica y cultural que la transformó en un centro de tipo helenístico dotado de los elementos necesarios para dar respuesta a unas nuevas exigencias que su nuevo rango de emporio distribuidor del comercio itálico en la Iberia levantina y septentrional requería. A esta época corresponde la última remodelación del frente de muralla meridional, la adecuación de nuevos santuarios, la creación de un macellum y de un agora con stoa, la construcción de una escollera para proteger el frente marítimo de la ciudad, así como la adaptación de las viviendas autóctonas a los esquemas propios de la casa itálica contemporánea y la introducción de los programas decorativos inherentes a la misma.
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El sistema del Principado creado por Augusto subsiste, pese a las diversas crisis dinásticas, hasta el reinado de los Severos; durante estos dos siglos y medio se observa una transformación de sus bases estructurales, lo que tiene su proyección en la progresiva equiparación de las provincias con el centro del Imperio, constituido por Italia y, especialmente, por Roma. No obstante, durante la segunda mitad del siglo II d.C., y concretamente durante los reinados de Marco Aurelio y de Cómodo, se observa la convergencia de factores de índole interno y externo que con posterioridad propiciarán la crisis del sistema; la presión de los pueblos germánicos se hace patente durante el reinado de Marco Aurelio hasta el punto de amenazar a la propia Italia; en el ordenamiento interno se observa la acentuación de las tensiones sociales, que tienen su máxima expresión durante el reinado de Cómodo en las sublevaciones de soldados fugitivos, esclavos y campesinos, que organizados por Materno, un ex soldado, afectan especialmente a la Galia y a Hispania y proyectan el asalto de Roma. Con el paréntesis restaurador de la dinastía de los Severos (192-235), la crisis del Principado se desencadena durante el período de la Anarquía Militar (235-268), en el que se hacen presentes de forma acentuada y coetánea los distintos factores que en los años precedentes habían desestabilizado coyunturalmente al Imperio. Concretamente, la inestabilidad política, que durante los dos primeros siglos se limita a las crisis dinásticas o a las conspiraciones senatoriales, alcanza a partir del 235 su máxima expresión como se observa concretamente en el hecho de que en los 50 años posteriores hasta el reinado de Diocleciano gobernaran el imperio cerca de 20 emperadores sin contar usurpadores y corregentes, con una media de dos años; la mayor parte de ellos fueron asesinados y sólo algunos como Decio (249-251) o Valeriano (253-260) murieron luchando, respectivamente, contra los godos y los persas. La inestabilidad dinástica corre paralela al aumento de la presión del Imperio persa en Oriente y de las gentes externae en la frontera del Danubio y del Rin; en el limes danubiano, a los enemigos tradicionales constituidos por cuados y marcomanos se suman nuevos pueblos germanos en movimiento como los godos y los vándalos, que se proyectan hacia el Mediterráneo central y oriental; en la frontera del Rin, francos y alamanes, tras rebasar el limes, devastan las provincias occidentales. Ambos factores acentúan la crisis económica, fomentan la conflictividad social, dominada por el movimiento campesino de los bagaudas, y generan tensiones centrífugas, que provocan la fragmentación territorial del Imperio, donde surgen usurpadores que logran controlar durante períodos más o menos amplios determinadas provincias, tanto en la parte oriental como en la occidental del Imperio. Las provincias hispanas se ven afectadas por la inestabilidad política y por las razzias que ocasionan francos y alamanes en el frente del Rin. Concretamente, la proclamación como Augusto de Póstumo por las legiones de la Galia en el 258 d. C. genera la correspondiente desmembración del Imperio, ya que a las provincias galas se unen Britania e Hispania; el correspondiente Imperium Galliarum perdura hasta la restauración de la unidad que se efectúa durante el reinado de Aureliano (270-275); precisamente, la vinculación de Hispania a la usurpación de Póstumo se constata en determinados testimonios epigráficos y numismáticos procedentes de diversas zonas de la Península Ibérica; la restauración de la red viaria tiene su proyección propagandística en diversos miliarios, que en sus inscripciones documentan la actividad de Póstumo en Carthago Nova y en Arce (Miranda del Ebro); también las leyendas monetales celebran al nuevo emperador con epítetos tales como pacator orbis, restitutor Galliarum, salus provinciarum en emisiones que, teniendo en ocasiones en el reverso la efigie del Hércules gaditano, proceden de la ceca de Tarraco. También las provincias hispanas se vieron afectadas por las razzias que efectúan francos y alamanes en los territorios occidentales del imperio; la primera invasión se produce durante el reinado de Galieno, se inicia en torno al 260 d.C. y perdura posiblemente hasta el 266 d.C., fecha en la que los pueblos germanos abandonan la Betica con destino a Mauritania; la zona afectada estuvo constituida por el litoral mediterráneo y por la Hispania meridional con puntuales penetraciones hacia el interior peninsular. La segunda invasión, menos documentada que la anterior, se produce en torno al 276 d.C., penetra por el Pirineo navarro y afecta a importantes centros de la Hispania septentrional, con posibles proyecciones al territorio lusitano a través de la Vía de la Plata y a determinadas ciudades de la Betica. La crisis social, materializada en los movimientos campesinos, la inestabilidad dinástica y, especialmente, las razzias efectuadas por francos y alamanes constituyen el marco de referencia para explicar las importantes destrucciones de ciudades y explotaciones agrarias (villae) que arqueológicamente se constatan en este período; precisamente, la crisis desencadena, al igual que en otros períodos, ocultamiento de tesoros, que poseen también una amplia dispersión en el territorio peninsular. La intensidad de las destrucciones puede observarse en el número de ciudades afectadas; concretamente, en la Provincia Tarraconense se vieron afectadas Emporiae, Baetulo, Barcino, que pronto reanuda la reconstrucción más restringida de su perímetro murario con materiales reutilizados que aún pueden observarse, la capital Tarraco que inicia su crisis, Saguntum, Dianium, Caesaraugusta, Pompaelo, Clunia, Iuliobriga, etc; también la capital de la Lusitania se vio afectada por las destrucciones. En cambio, las ciudades de la Betica, con la posible excepción de Baelo, documentan niveles de destrucción de menor intensidad, lo que tiende a explicarse por la fortaleza de sus murallas, posiblemente restauradas y potenciadas como consecuencia de las razzias que las tribus moras habían efectuado con anterioridad durante el reinado de Marco Aurelio. La restauración del Imperio es obra fundamentalmente de los emperadores ilíricos; tras la muerte de Galieno, Hispania abandona el Imperium Galliarum y acepta como nuevo emperador a Claudio II el Gótico (268-270), que reanuda la lucha contra Tétrico, sucesor del usurpador Póstumo. La restauración territorial corre paralela en los años posteriores a determinadas reformas que, afectando a los diversos planos de la realidad del Imperio, alcanzan su sistematización durante el reinado de Diocleciano (284-305), con el que se inicia convencionalmente la Tardía Antigüedad.
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La situación no cambió hasta el otoño de 1865, cuando se iniciaron los movimientos diplomáticos que condujeron a la guerra austro-prusiana. El 11 de octubre Napoleón III y Bismarck se reunieron en Biarritz y consideraron la posibilidad de que Venecia pasara al Reino de Italia, lo que se confirmaría en el Tratado que Italia y Prusia firmaron el 18 de abril de 1866. Según ese Tratado, Italia se comprometía a declarar la guerra a Austria en el momento en que lo hiciese Prusia, mientras que Prusia reconocía el derecho a la ocupación de Venecia y la provincia de Mantua por parte de Italia. Aunque Austria ofreciese también Venecia a Italia, como garantía de su neutralidad, los italianos mantuvieron su alianza con los prusianos. De todas maneras, Francia había llegado también al acuerdo con Austria, de que Venecia sería cedida a Italia en el caso de una victoria austriaca. La ganancia estaba, por tanto, asegurada pero también se demostraba que Italia era sólo una potencia secundaria, que dependía del juego diplomático de las grandes potencias. Las hostilidades se iniciaron en junio de ese mismo año, con escasa coordinación entre italianos y prusianos. Aunque los italianos fueron derrotados en Custozza (24 de junio), los prusianos obtuvieron una decisiva victoria en Sadowa (3 de julio), que quitó importancia a una nueva derrota italiana, esta vez naval, en Lissa (20 de julio). Pese a los deseos de los italianos, que trataban de avanzar hacia el Trentino, Bismarck impuso el cese de las hostilidades (21 de julio) e inició negociaciones que condujeron a la firma de la Paz de Viena, el 3 de octubre. Según ese acuerdo, Austria reconocía al nuevo Reino de Italia, y cedía Venecia a Francia, para que ésta lo cediese inmediatamente a Italia. El procedimiento resultaba humillante para los italianos, pero la anexión se ratificaría en un abrumador plebiscito, celebrado dos semanas más tarde. Ya sólo quedaba pendiente la incorporación de Roma al Reino italiano, aunque la presencia de tropas francesas en la ciudad demostraba que Napoleón III era ya el principal obstáculo para que se completase la unificación.
contexto
Tras la derrota de la República de Manin en el año 1849 la situación en Venecia no cambió hasta el otoño de 1865, cuando se iniciaron los movimientos diplomáticos que condujeron a la guerra austro-prusiana. El 11 de octubre Napoleón III y Bismarck se reunieron en Biarritz y consideraron la posibilidad de que Venecia pasara al Reino de Italia, lo que se confirmaría en el Tratado que Italia y Prusia firmaron el 18 de abril de 1866. Según ese Tratado, Italia se comprometía a declarar la guerra a Austria en el momento en que lo hiciese Prusia, mientras que Prusia reconocía el derecho a la ocupación de Venecia y la provincia de Mantua por parte de Italia. Aunque Austria ofreciese también Venecia a Italia, como garantía de su neutralidad, los italianos mantuvieron su alianza con los prusianos. De todas maneras, Francia había llegado también al acuerdo con Austria, de que Venecia sería cedida a Italia en el caso de una victoria austriaca. La ganancia estaba, por tanto, asegurada pero también se demostraba que Italia era sólo una potencia secundaria, que dependía del juego diplomático de las grandes potencias. Las hostilidades se iniciaron en junio de ese mismo año, con escasa coordinación entre italianos y prusianos. Aunque los italianos fueron derrotados en Custozza (24 de junio), los prusianos obtuvieron una decisiva victoria en Sadowa (3 de julio), que quitó importancia a una nueva derrota italiana, esta vez naval, en Lissa (20 de julio). Pese a los deseos de los italianos, que trataban de avanzar hacia el Trentino, Bismarck impuso el cese de las hostilidades (21 de julio) e inició negociaciones que condujeron a la firma de la Paz de Viena, el 3 de octubre. Según ese acuerdo, Austria reconocía al nuevo Reino de Italia, y cedía Venecia a Francia, para que ésta lo cediese inmediatamente a Italia. El procedimiento resultaba humillante para los italianos, pero la anexión se ratificaría en un abrumador plebiscito, celebrado dos semanas más tarde. 674.426 habitantes de Venecia y del Véneto votaban a favor de incorporación al reino de Italia, con tan sólo 69 votos en contra. Desde ese momento, los destinos de Venecia se unieron a los del resto de la península italiana para conformar uno de los países más pujantes de Europa y del mundo.