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El valido de Carlos IV, Manuel Godoy, es considerado por algunos especialistas como el último representante de la Ilustración. Los primeros años de su gobierno exhiben buena parte de las ideas ilustradas para después enzarzarse en asuntos internacionales con el fin de satisfacer sus intereses personales, significando la zozobra de su política. Considerándose un ilustrado más decidió encargar a Goya cuatro lienzos circulares para decorar la antesala que precedía a las escaleras de su palacio madrileño. Eligió para las telas El comercio, La industria, La agricultura y La ciencia - hoy perdido - poniendo de manifiesto los campos que quiso beneficiar durante su gobierno.La agricultura está representada por Flora coronada de espigas acompañada de un hombre que porta un cesto con frutas y flores. En primer plano encontramos los aperos de labranza para identificar con mayor rapidez la actividad representada. Junto al árbol se sitúan los símbolos de Escorpión y Libra como alegorías de la recolección. La perspectiva de abajo a arriba prima en el conjunto, destacando la rapidez de los trazos y la carencia de detalles, recordando en parte a los cartones para tapiz realizados algunos años antes. La iluminación empleada refuerza la figura de la diosa, creando un atractivo juego de luces y sombras.
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El sector agropecuario era básico en la economía española. Un estudio de 1935 estimaba que el valor del capital agrario superaba en más de un tercio al invertido en la industria y en la minería juntas. Cerca de tres cuartas partes de las exportaciones eran productos agrarios y sólo el valor de la producción triguera era casi diez veces superior al de la siderúrgica. No parece exagerado afirmar que en los años treinta uno de cada dos españoles vivía directamente de las actividades relacionadas con la agricultura o la ganadería. En 1931, el área cultivada representaba un 48,2 por ciento de la superficie total del país. Cereales y leguminosas ocupaban el 73,6 por ciento de ese espacio. Pero sus rendimientos eran relativamente bajos, ya que sólo suponían un 34 por ciento del valor total de la producción agraria. En la extensión de los cultivos les seguían a mucha distancia el viñedo y el olivar (15,7 por ciento), los cultivos industriales (3,5), los frutales (2,2) y la horticultura (0,5 por ciento). El trigo, con cuatro millones y medio de hectáreas repartidas por todo el país, pero especialmente en las zonas del interior, era el cultivo más extendido aunque, como el resto de los cereales, perdía empuje frente a otros cultivos más rentables. Contra lo que se ha dicho a veces, la agricultura era un sector bastante dinámico, en expansión desde la primeras décadas del siglo. Era evidente un progreso en las técnicas de cultivo, en la utilización de abonos y, en menor medida, en el empleo de maquinaria agrícola. Pero faltaban capitales en casi todas partes y la modernización seguía ritmos muy desiguales. La agricultura española poseía un carácter dual, definido tanto por la especialización de los cultivos como por los ritmos de inversión y de crecimiento e incluso por el peso del mercado interior y de la exportación. Las regiones cerealistas del interior respondían a focos de demanda distintos a los de la hortofruticultura mediterránea o de los latifundios olivareros del sur. En los extremos de esta dualidad podían situarse el trigo, con aumentos oscilantes y relativamente lentos de producción y rendimiento, y la naranja, con un fuerte crecimiento orientado al sector exterior. También el sistema de propiedad de la tierra, pese a cierta diversidad, podía agruparse en dos grandes modelos, con problemas estructurales muy diferentes: a) En Andalucía, Extremadura, La Mancha y el sur de la región leonesa predominaban los grandes latifundios, situados aún en buena parte en manos de la nobleza. Muchos de estos propietarios eran absentistas, lo que no les impedía disfrutar de una posesión plena y exclusiva de las rentas generadas por el cultivo y la explotación ganadera de sus fincas. La gran mayoría de los casi dos millones de campesinos sin tierra se concentraban en el cuadrante suroccidental de la Península. El sistema de trabajo tradicional era la contratación eventual de braceros, un proletariado agrícola escasamente cualificado, en ocasiones trashumante, que se desenvolvía en muy precarias condiciones laborales y de nivel de vida. Sólo las tierras marginales, con rendimientos muy bajos, quedaban en manos de los pequeños propietarios, enfrentados a una permanente amenaza de proletarización. b) En el resto del país, y sobre todo en la España húmeda del Norte, abundaban los cultivadores independientes, pequeños propietarios o arrendatarios. Predominaba la propiedad dispersa, familiar, con parcelas inferiores a diez e incluso a una hectárea, sobre todo en Galicia y la cornisa cantábrica. Ello se debía en buena medida al hábito de dividir continuamente el patrimonio familiar entre los herederos, excepto en aquellas zonas donde existían normas especiales de transmisión de la herencia indivisa -mayorazgo, millora, etc. Este minifundismo, que no solía admitir mano de obra asalariada, forzaba una continua corriente emigratoria y, al ser poco favorable a la acumulación de capital, mantenía a muchos labriegos en condiciones de pobreza parecidas a las de los braceros del sur. Los medianos propietarios, en quienes muchos reformistas veían la palanca de una agricultura moderna y de altos rendimientos, eran pues muy minoritarios. Unos diecisiete mil grandes terratenientes, concentrados en la mitad meridional del país, poseían el 42 por ciento de la riqueza agropecuaria, mientras que los poco rentables minifundios se repartían el 47 por ciento de la superficie cultivada. La respuesta de la masa de campesinos pobres a estas condiciones tan poco alentadoras se diferenció en ambas zonas, hasta el punto de que E. Malefakis señala que tanto en sentido figurado, como literalmente, la línea que separaba la España de la revolución agraria de la España del conservadurismo rural era, en esencia, la misma que separaba la España del latifundio del resto de la noción. En el medio rural de la mitad septentrional de la Península, donde predominaba la llamada "sociedad tradicional integrada", que garantizaba un notable equilibrio social, había prendido entre los pequeños propietarios y los aparceros un sindicalismo de raíces católicas, conservador y paternalista, que controlaban los grandes terratenientes y el clero y que tenía su mejor expresión en la Confederación Nacional Católico Agraria, el poderoso grupo de presión a caballo entre la patronal y el sindicato corporativo, que encauzaba los intereses de los agricultores cerealistas. No obstante, la falta de recursos de los pequeños campesinos ante las malas cosechas o la caída de los precios y la periódica extinción de los contratos de aparcería, sometidos a variantes regionales -arriendos en Castilla, foros en Galicia, "rabassas" en las zonas vitivinícolas de Cataluña, etc.- facilitaban la persistencia de focos latentes de conflictividad. En las regiones latifundistas, el campesinado sin tierra, que en general vivía en peores condiciones, adoptaba una actitud abiertamente reivindicativa, que buscaba en una reforma agraria radical el remedio a su sed de tierras y que se manifestó en estos años en esporádicos estallidos de protesta social y en una masiva afiliación al sindicalismo socialista y anarquista. Todos estos problemas, algunos con una larga tradición, explican la conflictividad agraria durante la República mucho mejor que los factores de la coyuntura. Esta fue favorable, con alguna excepción, hasta el punto de que el crecimiento de la producción agraria se estima superior en el uno por ciento al de la Dictadura. La depresión mundial afectó a los minoritarios cultivos destinados a la exportación, como el aceite, el vino y la naranja, que sufrieron un estancamiento e incluso un retroceso en su producción, que no podía ser absorbida por el mercado interior, aunque las áreas de cultivo permanecieron invariables. En cambio, cereales y leguminosas, destinadas fundamentalmente al consumo interno, mantuvieron altas tasas de producción, y las relativamente flojas cosechas de 1931 y 1933 fueron compensadas, sobre todo en el trigo, por las excelentes de 1932 y 1934. Ello posibilitó que el mercado interno se mantuviera abastecido, pero influyó negativamente en la estabilidad de los precios. Una de las cuestiones más polémicas de la situación agrícola fue, en efecto, la bajada de los precios, real, pero que los propietarios magnificaron en su propio beneficio. Sin una intervención eficaz del Estado, el mercado agrícola se vio sometido a fluctuaciones provocadas por la irregularidad de las cosechas, que los productores denunciaron eran causados por la acumulación de excedentes en los años de buena cosecha, por los intereses de los industriales harineros y por la subida de los salarios agrícolas. Tras la mala cosecha de 1931, el intento del Ministerio de Agricultura de mantener abastecido el mercado y abaratar los precios, autorizando la importación de casi tres millones de toneladas de trigo en la primavera de 1932, fue recibido como una agresión por los productores, acostumbrados a un tradicional proteccionismo estatal, pero permitió aflorar grandes cantidades de cereal, que de otro modo se hubieran ocultado para mantener los precios. Sin embargo, sólo en 1933, tras la buena cosecha del año anterior, bajaron los precios agrarios de un modo apreciable, unos siete puntos con relación al índice de 1928, para recuperarse en la campaña siguiente, coincidiendo con el inicio de una política interventora sostenida por parte de la Administración (Decreto de 20 de julio de 1934 y Ley de Autorizaciones de 27 de febrero de 1935). Por ello, la caída sostenida de la inversión empresarial puede atribuirse más a motivos derivados de la situación política o el miedo a la reforma agraria que a una auténtica recesión de la agricultura.
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El dinamismo de los mercados que acabamos de ver y el desarrollo de la industria, del que pronto nos ocuparemos, no deben ocultar, como un espejismo, la realidad de una Europa eminentemente agraria. Y fue la agricultura el sector de la economía en que los cambios, globalmente considerados, fueron menores. Hubo, no obstante, un crecimiento importante de la producción agraria, que permitió mantener la expansión demográfica del siglo. En buena medida, dicho crecimiento se realizó en el marco de las estructuras tradicionales -no faltan historiadores que hablan de continuismo rutinario, olvidando aparentemente la racionalidad de aquéllas, que la tenían, y los enormes esfuerzos y trastornos individuales y colectivos que exigiría su transformación-, que en modo alguno impedían el crecimiento. Y también hubo casos, no limitados a Inglaterra -a la que habitualmente se vincula la revolución agraria-, en que la renovación de aquéllas fue la tónica dominante.
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A comienzos del siglo XIX la agricultura era la base de la riqueza nacional: el 56% del total de la producción (el 82% si incluimos la ganadería). No obstante, la producción agrícola del Antiguo Régimen estaba limitada por la organización y explotación de la propiedad que tenía una serie de características: 1) Un pequeño mercado de bienes libres puesto que las leyes amortizaban los patrimonios de la Corona, los nobiliarios y eclesiásticos y prohibían la enajenación de los propios, baldíos, realengos y de una serie de instituciones de beneficencia e instrucción. Esto implicaba un defectuoso reparto de la riqueza agrícola: Había pocas tierras en propiedad de los labradores que debían recurrir al arrendamiento y, por tanto, a la explotación indirecta sin el estímulo de la propiedad. 2) Explotación que se llevaba a cabo sin cálculo de costos y producción y sin visión de futuro que tendían a la esquilmación de tierras. Las deficientes técnicas de cultivo se manifestaban en la gran extensión del barbecho, la escasa o nula mecanización y de abonado artificial que se comienza a usar -poco aún- en la segunda mitad del siglo XIX. 3) Los excedentes no invertidos en nuevas tierras eran consumidos por los beneficiarios de las rentas -habitualmente por la nobleza y el clero- en gastos suntuarios y no productivos. Salvo casos excepcionales, el campo no se mejoraba. 4) Los agricultores se enfrentaban a las ventajas de los ganaderos: que se manifestaban en la prohibición de cerrar los campos, para que una vez alzada la cosecha puedan pastar los ganados, en las dificultades de roturar montes y baldíos y en la alta utilización de pastos comunes -que no se podían roturar- por la ganadería trashumante. 5) El resultado final era la existencia de una gran parte de tierras sin cultivar. Por las deducciones de un censo fiscal en 1803, el 61,7% de las tierras se dedicaban a pastos y tierras comunales (muchas de ellas cultivadas) y el 15,5% eran montes y ríos. Sólo el 22,8% se dedicaba a cultivos. Entre los cultivos había una preponderancia de los cereales que aparecen en casi todas las regiones, aunque predominaban en Castilla la Vieja, seguida de La Mancha y Aragón. El olivo se concentraba en Andalucía interior, Aragón, Cataluña, Extremadura y Mallorca. La vid, que en mayor o menor medida se producía en toda España si bien con calidades muy desiguales, se extendía especialmente por Andalucía litoral, Cataluña y Galicia, penetrando poco a poco hacia La Mancha y La Rioja. La trilogía anterior eran los cultivos básicos, pero había también leguminosas, cáñamo, lino y productos de huerta.
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La notable agricultura precolombina (17% de las especies que hoy se cultivan en el mundo) se enriqueció pronto con la del viejo mundo, resultando la mejor de su tiempo. En América confluyeron por primera vez los beneficios de mezclar las agriculturas del maíz, del trigo y del arroz. El proceso fue lento. Primero se detectaron las plantas amerindias, luego se trajeron las europeas y se trató de aclimatarlas, y finalmente se experimentó con unas y otras para adaptarlas a las distintas regiones americanas, en muchas de las cuales eran desconocidas la papa, el cacao, el tomate, etc. Con el transcurso de los años se llegó a cierto grado de especialización. En las tierras calientes se cultivaron la caña de azúcar, el cacao, la yuca y el banano; en las templadas maíz y algodón; en las frías trigo y cebada. El desarrollo agrícola contó con numerosos elementos favorables y algunos obstáculos. Entre los primeros, cabe descartar una tradición indígena de casi nueve mil años en la domesticación de plantas; suelos trabajados en la zona intertropical con variedad de climas (debido a los grandes plegamientos americanos); una intensa pluviosidad, que hacía innecesaria la irrigación; y la abundante mano de obra indígena, a la que se sumó luego la esclava. Los inconvenientes fueron: suelos tropicales de capa vegetal muy pobre, que se agotaban con el sistema usual de roza; unas vías de comunicación difíciles (sólo se desarrolló la agricultura comercializable en islas y zonas costeras), falta de capitales, escasa técnica (predominaba la agricultura extensiva sobre la intensiva); mala distribución de la tierra (gran parte de ella en manos muertas) y, finalmente, las catástrofes naturales (terremotos, inundaciones), frente a las cuales no existían mecanismos de recuperación. Hasta la mano de obra se volvió un problema, pues decreció en proporción inversa al aumento de la demanda de alimentos, al producirse la catástrofe demográfica indígena. La agricultura colonial ocupó casi el mismo espacio que en la América precolombina, como ya dijimos, y dio unos rendimientos que difícilmente sobrepasaban el 5% de la inversión. Únicamente se obtuvieron rendimientos mayores con la hacienda y la plantación.
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La principal actividad económica de los egipcios era la agricultura. Para desarrollarla aprendieron a aprovechar la imponente presencia del caudaloso río Nilo. Su crecida anual propiciaba un suelo sumamente fértil, excelente para cultivar en él. El año de labranza se estructuraba en tres estaciones: la de la crecida o akhet -inundación-; la de la siembra o peret -germinación- y, por último, la de la cosecha o shemu -sequía. Los antiguos egipcios llamaban a su país "kemet", es decir, la tierra negra, para diferenciarlo del desierto que lo rodeaba o "deshret", la tierra roja, que ocupa el 90 % del país. También se llamaban a sí mismos "remet-en-kemet", el pueblo de la tierra negra, esto es, de la tierra cultivable. La tierra negra no era otra cosa que el fértil limo que el Nilo depositaba durante la inundación anual hasta donde podían llegar sus aguas. El Nilo, originado gracias a la unión de dos grandes ríos, el Nilo Blanco y el Nilo Azul, era pues la principal fuente de riqueza del país. El Nilo Azul recoge las fuertes lluvias del monzón, provocando sus crecidas periódicas. El río empezaba a crecer a mediados de julio, la estación akhet, e inundaba las tierras cercanas durante cuatro meses. Para los egipcios, esto señalaba la llegada del dios Hapy, el dios del río, quien traía consigo riqueza y prosperidad. Durante esta estación, el campesino no podía trabajar en la tierra, por lo que se dedicaba a trabajar en las grandes construcciones del gobierno. Una vez que se retiraban las aguas el labrador comenzaba a arar la tierra con arados de madera tirados por ganado. Fundamentalmente sembraban cebada y trigo y, una vez crecida la planta, recogían la cosecha con hoces de sílex. Aparte de trigo y cebada, cultivaban judías, cebollas, lechugas, higos, dátiles o uvas. También sembraban algunas plantas para aprovecharlas en otros menesteres, como el lino para textiles. En previsión de que se produjeran épocas de escasez, los egipcios almacenaban el trigo y otros alimentos.
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La agricultura experimentó un enorme desarrollo durante la centuria gracias a una mejor explotación de la tierra y a la mejora del soporte comercial, que facilitó la exportación a Europa. Hubo también un aumento del suelo agrícola, gracias a la incorporación de suelos baldíos. La Corona fracasó en sus proyectos de distribuir mejor la propiedad y de sanear su tenencia. Para lo primero, respaldó las reivindicaciones de los Cabildos sobre sus tierras comunales (invadidas por los particulares) e intentó crear un mercado de tierras vendibles a los campesinos mediante las reformas de los resguardos (reacomodó a los indios en las que necesitaban para vivir, sacando a remate las sobrantes) y la venta de las propiedades de los jesuitas expulsados. Las tierras no fueron a parar a los campesinos, como se deseaba, sino a los grandes propietarios, que pudieron crear así verdaderos latifundios. En cuanto a las composiciones de tierras, siguieron siendo papel mojado, incluso después de las cédulas de 24 de noviembre de 1735, que reguló tales ventas y composiciones y de 15 de octubre de 1754, que obligó a devolver las tierras usurpadas y a justificar los títulos de propiedad de quienes poseyeran tierras realengas desde 1700. Nadie hizo caso de la normativa. Durante la segunda mitad del siglo XVIII, los mineros y comerciantes invirtieron en tierras. La gran propietaria del suelo seguía siendo la Iglesia. Entre los distintos modelos de propiedad agrícola existentes (resguardos indígenas, aparcerías, pequeñas propiedades, etc.) continuaron destacando la plantación y la hacienda, orientadas teóricamente hacia los mercados exterior e interior (algunas haciendas iban dirigidas a ambos mercados y hasta poseían esclavos). Las crisis agrícolas producidas como consecuencia de las catástrofes naturales permitieron aumentar las haciendas a costa de pequeñas propiedades, ya que la diversificación de los cultivos les permitía hacer frente a los años malos mientras se arruinaban los pequeños propietarios. Se ha comprobado que en México y Perú los propietarios de haciendas aumentaron sus propiedades en estos años catastróficos. Los hacendados emplearon toda clase de mano de obra: la asalariada, la de sus propios aparceros, la de los indios huidos de sus asentamientos, la de los libres, y hasta la esclava, como anotamos. A fines del siglo XVIII, era frecuente que los caciques enviaran a sus indios a las haciendas para que trabajaran como jornaleros y devengaran el dinero que necesitaba la comunidad (indios de mandamiento), así como que los amos mandaran también a sus esclavos para cobrar su jornal. Los hacendados procuraban, además, retener a los trabajadores suministrándoles los artículos necesarios mediante las tiendas establecidas en las mismas haciendas (tiendas de raya). La producción agrícola funcionaba ya con un alto grado de experimentación. En la zona intertropical aprovechaba los diversos pisos térmicos creados por la orografía. Las tierras calientes producían los frutos básicos de la agricultura comercializable (caña azucarera, cacao, añil, algodón, etc.), mientras que las frías y templadas daban fundamentalmente alimentos de autoconsumo. El maíz era el alimento principal. Sólo Nueva España producía unas 700.000 toneladas anuales a fines de la colonia. El trigo le seguía en importancia (se ha calculado su producción en una séptima parte del maíz), destacando los grandes graneros de Nueva España y Chile. En Perú volvió a producirse trigo, pero obstaculizado por la subida de la alcabala. De la caña azucarera se consumía el semiprocesado elemental, llamado papelón o panela, y se empleaban sus mieles para la elaboración del aguardiente. El azúcar se producía en el área circuncaribe y se exportaba. Veracruz remitía al exterior medio millón de arrobas anuales a fines de la colonia. Cuba triplicó su número de trapiches, convirtiéndose en gran exportador a partir de la crisis de Saint-Domingue, cuando el azúcar subió de 14 a 30 reales la arroba. El cacao se cultivaba en Venezuela y Guayaquil. Desde 1789, la Corona había eliminado la prohibición de exportarlo desde Guayaquil a México, lo que le permitió reconquistar dicho mercado. En 1810 exportaba nueve millones de libras de cacao. El venezolano se enviaba principalmente a España (122.000 fanegas en 1809). El tabaco se cultivó en México (Orizaba y Córdoba), Venezuela (el de Barinas era de excelente calidad), Nueva Granada, Guayaquil y Cuba. Otras producciones notables fueron el algodón (México, Venezuela, Perú), hasta que tuvo que competir con el norteamericano, el añil (Guatemala y Venezuela a fines de siglo), la hierba mate (Paraguay y Río de la Plata) y el café (se introdujo desde las colonias francesas en Santo Domingo, Puerto Rico y Venezuela). Venezuela exportó tres millones de libras de café en 1809. La quina se producía en Perú y Quito y la coca peruana se destinaba al consumo de los trabajadores de las minas. Es imposible evaluar la producción agrícola. Humboldt calculó, a buen ojo, que la de Nueva España se podía evaluar en 29 millones de pesos, frente a los 23 de la minería.
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La producción agrícola se había incrementado considerablemente a lo largo del siglo XIX. Las mayores dificultades de comunicación y los altos costes de los fletes habían constituido hasta entonces un sistema de protección natural de una competencia exterior masiva. A la fase de mayor producción siguió una integración de mercados debido a una auténtica revolución de los transportes, que había comenzado en las décadas precedentes y que trajo consigo una bajada generalizada de los precios, una selección de las tierras cultivadas, la mayor mecanización y aplicación de abonado y la disminución de la mano de obra empleada en la agricultura. Como consecuencia, se produjo una mayor productividad por hectárea cultivada y por trabajador. Se puede afirmar que la agricultura de 1900 en los países desarrollados era de mayor calidad y productividad que la de 1870. Sin embargo, el proceso no fue gratuito. Por el contrario, para millones de personas el trauma fue, sin dudarlo, brutal. Y ello a pesar de que los que consiguieron vivir o sus descendientes gozaron de una mejor situación al cabo de los años. En el mercado mundial, a mediados de la década de 1890, el precio del trigo había caído en más de un 60 por 100 en relación al de 1867. En buena parte de los países europeos productores de vino, la situación se agravó temporalmente con la plaga de filoxera que redujo drásticamente la producción en estos mismos años. En mayor o menor medida, en función de la población dedicada a la agricultura y a la propia riqueza de la tierra, se disminuyó la superficie dedicada a algunos cultivos, como el trigo. En general, aunque no siempre con la fortuna de países como Dinamarca, se buscaron nuevas orientaciones a la tierra. Frecuentemente, se pasó del cultivo de cereales o viñedos, poco rentables en ese momento, a la explotación ganadera para carne o productos derivados. Es el caso, por ejemplo, de Argentina o de países centroeuropeos o incluso de zonas de algunos países como el norte de España. Se produjo, de manera generalizada igualmente, una mejora técnica y de formas de explotación. Entre estas últimas destaca el sistema cooperativo, que permitió una adquisición en mejores condiciones de suministros y simientes, un almacenamiento y comercialización más barata y beneficiosa de los productos, una mejor utilización de los nuevas técnicas y una financiación mucho más barata de las nuevas inversiones o de las deudas originadas por los malos años. A veces, sobre todo en el caso de los derivados lácteos, las cooperativas incrementaron su acción con industrias de productos alimenticios. Así, los sindicatos o cooperativas agrarias se extendieron en estos años en todo el mundo desarrollado. Por sólo citar algunos ejemplos, más de la mitad de los agricultores alemanes eran miembros de las cooperativas de crédito que habían surgido con patrocinio de las instituciones católicas, tendencia que también predominaba en los 2.000 sindicatos agrarios franceses en 1894. En 1900 había 1.600 cooperativas de elaboración de productos lácteos en Estados Unidos. Esta industria estaba bajo control estricto de las cooperativas en Nueva Zelanda. La caída de los precios fue muy beneficiosa para los medios urbanos, pero desastrosa para los agricultores que, salvo Gran Bretaña, constituían todavía entre el 40 y el 50 por 100 de los países industrializados y hasta el 90 por 100 de los demás países. Ante el evidente exceso de población agraria, fueron millones los agricultores y campesinos europeos que optaron por la emigración a las ciudades dentro de su propio país o la emigración ultramarina. El proceso generalmente supuso la bajada de los precios de venta, pero también los de producción, que menos agricultores produjesen más cantidad total y que los beneficios fuesen mayores. El reajuste había producido millones de víctimas, aunque permitió adaptar la agricultura a una economía global más moderna. Quienes lo sufrieron no lo vieron así. Por el contrario, percibieron un gran desastre, no sólo personal sino social.
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El sector agrario fue el más importante en la economía romana. Aunque no se realizó ningún avance técnico de consideración con respecto a épocas precedentes, nos encontramos con un fuerte desarrollo del regadío, de los injertos o de la cría de animales para la ganadería. Los instrumentos básicos de trabajo serán las azadas, las palas, un rudimentario arado, los rastrillos, etc., distinguiéndose entre pequeñas y grandes explotaciones. Las explotaciones pequeñas adquieren un mayor auge en el momento de la conquista de Italia, cuando la mayoría de la ciudadanía se dedica a la agricultura. Los territorios arrebatados a los pueblos vencidos son repartidos entre los ciudadanos romanos, estableciéndose nuevas colonias. Este sistema también se pondrá en práctica en las provincias. Los pueblos que no se rebelaban y se asimilaban pacíficamente conservaban sus tierras. De estos pequeños espacios agrícolas, los campesinos obtenían los alimentos necesarios para la subsistencia familiar y para pagar los impuestos. La competencia ante las grandes explotaciones motivó una ingente oleada migratoria de campesinos hacia Roma, aumentando el número de personas que vivían de la beneficencia estatal. Los que resistieron sólo pudieron contar con la mano de obra personal y la de su familia, que, cuando era escasa, no dejaba otra solución que la emigración o el alistamiento en el ejército. Las grandes explotaciones agrarias no deben ser confundidas con latifundios. El propietario nunca trabajaba en la explotación, sino que eran los jornaleros, esclavos o incluso colonos los que realizaban las labores agrícolas. Muchas de ellas se dedicaban en exclusiva a la ganadería. La concentración de espacios agrícolas en pocas manos no dejó de ser, en ocasiones, motivo de preocupación para algunos emperadores. El trabajo estaba supervisado por un capataz, contando para cada actividad con personal cualificado. La mayoría de la mano de obra es de procedencia esclava, desempeñado labores de cierta especialización en algunas ocasiones. La producción se guardaba en silos y se transformaba en "industrias" de la propia explotación, como molinos o prensas de vino y aceite. El olivo y la vid serán los productos más cultivados en Italia, aunque no se dejó de lado el cereal que procedía en su mayoría de las provincias de Hispania, Egipto y África. El desarrollo agrícola permitirá el aumento del sector servicios y de la ingente masa de desarrapados que habitaba en las ciudades a la que había que alimentar y divertir; de ahí la famosa frase de "pan y circo".
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Pese a la espectacularidad de las cifras de producción minera, y pese a que la situación colonial condujo a que esa fuera la principal especialización económica de las Indias, la economía americana siguió siendo, como antes de la llegada de los españoles, fundamentalmente agraria, aunque conocerá importantes transformaciones. La primera afecta a la misma propiedad de la tierra, que, como la de las minas y todos los bienes raíces, corresponde a la Corona, que reconoció los derechos de los indígenas a sus tierras comunales y reguló el acceso a la tenencia de tierras por parte de los españoles. La fórmula legal era la donación o merced de tierras, prerrogativa exclusiva del monarca o sus representantes autorizados, sin la cual la ocupación era mera usurpación. En el siglo XVI, la ocupación de la tierra sin título legal fue la práctica más común para extender la propiedad, ya sea por apropiación de terrenos baldíos (pertenecientes a la Corona) o por compra o usurpación a los indígenas. Este primer proceso de ocupación desordenada acabó siendo institucionalizado por la Corona, que entre 1591 y 1615 dictó nuevos procedimientos para la adquisición de tierras. Lo más importante fue la ordenanza de 1591, según la cual todas las tierras poseídas de forma irregular pudieron legalizarse mediante el procedimiento de la composición, que sólo requería un cierto trámite burocrático y el pago de una cantidad de dinero, a modo de multa. El sistema de la composición de tierras permitió que a lo largo del siglo XVII se regularizara la posesión de la mayoría de las grandes haciendas agrícolas y estancias ganaderas, que en el siglo XVIII evolucionan hasta convertirse en una misma unidad de producción: haciendas de tipo mixto agropecuario. El proceso de expansión de la hacienda se hace muchas veces de forma ilegal, y con relativa frecuencia se repiten órdenes que tratan de legalizar los títulos de propiedad; así, en 1754 una real instrucción declara automáticamente válidos los títulos sin confirmar anteriores a 1700, facilitando la legalización de los posteriores a esa fecha. En cuanto a las dimensiones de los lotes, variaron con el tiempo. Al principio una caballería (parcela correspondiente a un conquistador que hubiera combatido a caballo) equivalía a seis peonías (parcela del combatiente a pie) y tenía unas seis hectáreas. A partir de 1536, el virrey Mendoza establece que una caballería de tierra cultivable equivalía a 41 hectáreas; una estancia de ganado mayor, 1.749 hectáreas (una legua cuadrada) y una estancia de ganado menor, 770 hectáreas. En Nueva España, entre 1540 y 1620, por medio del sistema de concesión de mercedes, se repartieron 12.742 caballerías de tierras cultivables a los españoles y mil a los indígenas, representando en total unas 600.000 hectáreas. Pero a partir de estas concesiones, se produce un fenómeno de concentración de la propiedad que da lugar a la aparición de los grandes latifundios, con dos modalidades fundamentales: la hacienda (unidad mixta agropecuaria, de carácter autárquico, con mano de obra india o mestiza) y la plantación (dedicada al cultivo de productos tropicales de exportación, con mano de obra esclava). Por lo que se refiere al desarrollo agrícola, se ve enriquecido ya en los años inmediatos a la conquista por la introducción de cultivos europeos considerados esenciales para los españoles (el trigo, la vid, el olivo ciertos cítricos, hortalizas, la caña de azúcar), la difusión de cultivos autóctonos de unas regiones a otras (el cacao, la papa), y la introducción de técnicas de cultivo españolas, como el arado y las yuntas. Los cultivos básicos indígenas siguieron siendo los mismos, especialmente el maíz, el grano sagrado de América, que seguirá siendo el elemento esencial de la dieta indígena, así como la papa, el frijol, el chile, la calabaza. Casi todos estos alimentos serán también consumidos por los españoles y criollos, primero por necesidad ante la falta de alimentos europeos, y luego por adaptación. Cultivos importantes serán también, en México, el maguey, del que se extraía el pulque, bebida muy apreciada por los indígenas, y en Perú y Charcas la coca, usada como estimulante. De los cultivos europeos, sin duda el trigo es el que alcanza una más amplia difusión, en especial en Puebla-Tlaxcala y El Bajío (Nueva España), Lima, Chile, Cuyo y Tucumán. La vid y el olivo se aclimatan sobre todo en el sur de Perú, comarcas de Chile y en Mendoza (Cuyo), logrando mantenerse pese a limitaciones y prohibiciones encaminadas a evitar su competencia con el vino y aceite peninsulares. Pero junto con los cultivos destinados al mercado interno, se producen otros para el mercado europeo, que a partir de mediados del siglo XVI empezaron a explotarse a escala comercial. La agricultura de exportación se basa esencialmente en cinco cultivos, tres autóctonos y dos importados: caña de azúcar, cacao, tabaco, café y añil. La caña de azúcar, llevada desde Canarias, se introdujo muy pronto y logró una rápida expansión en las Antillas (en Cuba acabará siendo el producto económico básico) y también, aunque destinada al consumo interno, en Nueva España y Perú. El cacao, que había tenido un gran consumo en la América prehispánica, lo seguirá teniendo en la América colonial -sobre todo en México- y se difundirá también a Europa; las principales zonas productoras son Soconusco (Guatemala) y, sobre todo, Venezuela y Guayaquil; en el siglo XVIII el cacao tendrá tal demanda que justificará la creación en 1728 de la Compañía Guipuzcoana de Caracas, para monopolizar la producción venezolana. El tabaco también acabará siendo aceptado en Europa, cultivándose en Barinas (Venezuela), y en diversos lugares para autoconsumo, pero donde se desarrolló hasta el punto de ser producto de exportación fue en Cuba; en el siglo XVIII la Corona implanta el estanco del tabaco, controlando la producción y monopolizando la distribución y fábrica de cigarros. El café fue introducido en América en el siglo XVIII, adquiriendo importancia económica en Cuba, Puerto Rico, Costa Rica y Venezuela. En cuanto al índigo o añil (colorante vegetal), fue la base de la economía centroamericana, sustituyendo al cacao como principal producto de exportación. Por último, la ganadería constituye, junto con la minería, el sector económico que más fuerte impacto recibió con la colonización española, pues era prácticamente inexistente en América (con la excepción de las llamas y demás camélidos andinos). La expansión y multiplicación del ganado, así como la introducción de las técnicas españolas de pastoreo (utilización común de los pastos, montes y baldíos) supuso un violento cambio en la fauna original americana y el uso de la tierra, particularmente en áreas densamente pobladas por agricultores indígenas tradicionales: el ganado invadió y destrozó los cultivos abiertos de los indios, transformando tierras de cultivo en campos de pastoreo. La introducción de especies domésticas europeas, que en América se desarrollan rápidamente (ganado mayor -vacuno, caballar y mular-, ganado menor -lanar, caprino- y de cerda, aves de corral, etcétera), supone una impresionante transmigración de especies, que altera sustancialmente el medio americano. Aunque será una actividad extendida a todas las Indias, la ganadería tiene especial arraigo en tres grandes áreas: occidente y norte de Nueva España (desde Jalisco a Texas); llanuras del interior de Venezuela y cuenca del Río de la Plata (incluída la zona septentrional de la Pampa). Allí con la actividad ganadera se crea un tipo humano peculiar, el hombre a caballo, el vaquero, que hasta hoy se considera representativo del respectivo país: el charro mexicano, el llanero venezolano, el gaucho argentino.