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Parece bien comprobado que el telón de fondo que sostuvo el auge poblacional fue el crecimiento económico. Más concretamente, fue la vitalidad de las actividades agropecuarias lo que resultaría decisivo para posibilitar a largo plazo el aumento del número de los españoles. En términos generales, en la España del Setecientos puede apreciarse el juego dialéctico que en el sistema tardofeudal existía entre la demografía y la producción agraria. Es evidente que la recuperación demográfica presionó para que se produjera un auge en la agricultura, pero al tiempo no es menos cierto que la expansión de la segunda posibilitó el mantenimiento al alza de la primera. De este modo, si la recuperación demográfica existente desde los últimos años del Seiscientos pudo mantener su pulso fue gracias a que la producción agraria acudió en su sostenimiento. En efecto, la agricultura era la principal ocupación de los españoles. En el Catastro de Ensenada queda bien reflejado cómo el 58% del producto bruto castellano provenía del sector agrario. Y en el censo de Floridablanca se constata que al menos el 70% de la población trabajadora se dedicaba a las tareas rurales. Muchos españoles se casaban y tenían sus hijos contemplando el calendario agrícola; las cuentas de la vida y la muerte estaban directamente ligadas a los vaivenes de la producción agraria y a las fluctuaciones de los precios. Años de buenas condiciones climáticas suponían buenas cosechas, precios estables, mercados bien surtidos, rentas campesinas suficientes y posibilidades de hacer planes de futuro. No es extraño, pues, que quienes deseaban mejorar el país se ocuparan con pasión de las deficiencias de la agricultura. Así lo hicieron políticos de la talla de Campomanes, Olavide o Jovellanos y pensadores económicos de la solidez de Lucas Labrada, Ignacio de Asso, Antonio Cavanilles o Eugenio Larruga. En este ambiente de marcada dedicación a las cosas del campo, es fácil comprender que el concepto de reforma agraria acabara tomando cuerpo durante el siglo hasta que Jovellanos le diera forma definitiva en la presentación ante la Sociedad Económica de Amigos del País de Madrid de su Informe sobre la Ley Agraria (1794). Un documento en el que el ilustre asturiano abogaba por la derogación de los obstáculos jurídicos (especialmente la vinculación de la tierra), sociales (la falta de preparación técnica) y naturales (la escasez de las obras públicas) que mantenían a la agricultura española en una situación de precariedad. A pesar de los estorbos denunciados, la agricultura española aumentó su producción durante la centuria. Y lo hizo con especial relevancia en la primera mitad para mantenerse en un tono más discreto en la segunda y no estar exenta de progresivas dificultades en los últimos años del siglo. Coyunturas generales que vinieron a superponerse a las clásicas crisis de subsistencias que en las economías locales regulaban los recursos en relación a la población. En la mayoría de las regiones la expansión agrícola tuvo un carácter eminentemente extensivo. Nuevas tierras, habitualmente de calidad inferior a las roturadas, fueron puestas en cultivo por los campesinos a través de una deforestación que todavía estamos lejos de calibrar, de la desecación de pantanos y albuferas (Cataluña y Valencia) y de ambiciosas construcciones hidráulicas (Canal Imperial de Castilla o Canal de Aragón) o de múltiples acequias, como fue el caso de la región murciana. Así pues, la mayor producción agrícola fue resultado de la extensión antes que de la intensificación, que sólo se produjo en algunas agriculturas y productos que lograron conectar con una amplia comercialización (Valencia, Cataluña). En realidad, en el conjunto español, la productividad por unidad de superficie y tiempo empleado se mantuvo en niveles modestos, salvo excepciones, dado que los medios técnicos de producción continuaron en una situación de escaso desarrollo. El arado romano prosiguió con su predominio; las mulas suplieron a los bueyes, pues eran más fáciles de alimentar aunque no araban con tanta profundidad; la falta de estabulación del ganado impidió un abono suficiente y de calidad que mejorase el rendimiento de las cosechas y ayudase a suprimir el sempiterno barbecho (como ocurría en algunos lugares de Inglaterra), que aun así tuvo un ligero retroceso en términos globales. Aunque nuevos cultivos, como el maíz y la patata, se habían introducido desde el siglo anterior en la cornisa cantábrica y en las tierras gallegas, no tuvieron una influencia decisiva en el resto del paisaje agrario peninsular. Estas características básicas de la agricultura hispana condicionaron los límites del propio crecimiento agrario. Limitaciones que empezaron a manifestarse a partir de los años sesenta cumpliendo la ley de rendimientos decrecientes: producir más significaba cultivar tierras peores que, al no poder ser regadas y abonadas convenientemente, terminaban por reducir sus rendimientos anuales medios por unidad de superficie. Sin embargo, los comportamientos y las soluciones buscadas no fueron idénticos en todos los lugares de la Monarquía. En la diversidad tuvieron mucho que decir, amén de las variadas condiciones climáticas y de las distintas culturas agrarias, las diferentes estructuras de la propiedad y las diversas relaciones de producción que se habían establecido en el ámbito rural de cada región. Es bien cierto que la institución del señorío impregnaba en términos generales el agro hispano, pero según las características propias de cada zona se fraguó un mundo particular de relaciones agrarias en torno a la posesión de la tierra y a la producción. Efectivamente, en una propiedad de naturaleza compartida como era la feudal, el tipo de relaciones entre los señores propietarios y los campesinos arrendadores implicaba distintos grados de posesión real de la tierra. En el caso de la enfiteusis (valenciana o catalana) y del foro gallego, a menudo los campesinos devenían cuasi propietarios de la tierra dada la larga duración de los contratos agrarios establecidos: los campesinos terminaban por constituirse en los únicos organizadores de la empresa agraria. Por el contrario, en amplias zonas de Castilla y Andalucía la situación se invertía. Aquí, eran los señores los que tomaban las riendas de su propiedad, explotándola a través de colonos con contratos de arrendamiento a corto plazo o bien de jornaleros. Así mantenían intacta la disponibilidad sobre sus tierras, al tiempo que podían amoldar la renta a la coyuntura económica. A partir de esta distinción principal, las situaciones podían diversificarse en cada región hasta darnos un cuadro de la propiedad agraria que contemplaba una mayoría de tierras bajo el régimen señorial (laico, eclesiástico o real) y un tipo de explotación basado especialmente en la unidad familiar, excepto en el caso de los latifundios andaluces. Cuando la familia precisaba fuerza de trabajo para la explotación de su propiedad o sus arriendos, acudía a los jornaleros asalariados que formaban un amplio grueso en la población agraria también utilizado por los detentadores de señoríos. Con esta agricultura de gran diversidad y en general poco modernizada, tanto técnica como socialmente, lidiaron los diversos gobiernos reformistas. En realidad, fueron ellos los primeros en inaugurar una verdadera política agraria en la historia de España, sobre todo cuando a partir de los motines de 1766 comprobaron que el estancamiento podía significar preocupantes conflictos sociales y con ellos el fracaso de la propia empresa reformista. El objetivo último de la política ilustrada fue conseguir más producción, más estabilidad social y más rentas para el Estado. Para ello, intentaron defender la creación de una mesocracia rural que, al frente de unidades de explotación familiares, contrapuestas a los grandes latifundios casi siempre criticados por los reformistas, produjeran para un mercado cada vez más liberado de trabas y más dirigido a beneficiar a los consumidores. Para alcanzar estas metas de fondo, la política ilustrada se centró en dos grandes frentes de actuación. Primero, se arbitró la iniciativa legisladora para reformar la estructura de la propiedad y las relaciones de producción, para liberalizar el comercio de granos y para limitar los intereses ganaderos de la Mesta. Y segundo, los propios gobiernos tomaron algunas iniciativas colonizadoras de nuevas tierras (Sierra Morena), realizaron obras públicas destinadas a favorecer el regadío y el transporte de productos agrarios, fomentaron la denominada industria popular en el campo y, finalmente, porfiaron por difundir nuevas técnicas y cultivos mediante su divulgación en los diarios o a través de las sociedades patrióticas. Toda esta serie de actuaciones tuvieron siempre un éxito relativo y a menudo acabaron en fracaso en medio de un contexto social que en nada facilitó los objetivos de los reformistas, por lo demás siempre prestos a dar marcha atrás cuando las medidas eran contestadas. Así, los repartos de tierras que se decretaron no pudieron salvar el inconveniente de que gran parte del labrantío de calidad estaba en manos de la nobleza y el clero, cuyas posesiones al ser inalienables restringían sobremanera el mercado de tierras. Ante esa dificultad se intentó el reparto de lotes municipales (que terminaron en manos de las oligarquías locales), el alargamiento de los contratos de los colonos y el aumento de los requisitos para el desahucio de los mismos. En el caso de la abolición de la tasa del grano en 1765, puede comprobarse otra actuación reformista que pretendiendo una cosa acabó consiguiendo otra bien distinta. La medida perseguía adecuar los precios agrícolas al mercado para conseguir su elevación e incentivar a los cultivadores directos. Sin embargo, esta nueva disposición acabó permitiendo a los poderosos una mayor posibilidad de especulación dado que podían acaparar grandes cantidades de granos para su posterior venta en los meses de mejores precios. No puede decirse, pues, que la política agraria reformista se viera coronada por el éxito. El miedo de los gobernantes a provocar desestabilización política, las contradicciones que generaban en los reformistas sus compromisos de clase y, finalmente, un contexto social nada favorable, ayudaron a que la empresa no llegase a buen puerto. Aunque hubiera planteamientos diferentes, pues no representaban lo mismo Campomanes con su creencia en la acción decisiva del Estado o Jovellanos con su confianza en las virtudes del libre juego de los intereses individuales, especialmente después de su lectura de Adam Smith, sí que puede afirmarse que todos compartían idénticos objetivos y que ni unos ni otros pudieron llevarlos a cabo: la creación de una mesocracia rural al frente de una agricultura dinámica y moderna fue más un deseo que una realidad. La resistencia encarnizada de las clases privilegiadas y la existencia de una realidad agraria muy plural, obstáculos insuperables con una única y milagrosa ley, provocaron medidas legislativas ambiguas o contradictorias que acabaron beneficiando a los que más recursos económicos y jurídicos tenían. Jovellanos, en su Informe sobre la Ley Agraria dejaba una prueba meridiana de esta ambivalencia reformista al referirse al mayorazgo: "Apenas hay institución tan repugnante a los principios de una sabia y justa legislación, y sin embargo, apenas hay otra que merezca más miramiento a los ojos de la sociedad ¡Ojalá que logre presentarla a vuestra alteza en su verdadero punto de vista y conciliar la consideración que se le debe, con el grande objeto de este informe, que es el bien de la agricultura!" Ocurría, sin embargo, que el bien de la agricultura no estaba nada claro que fuera al mismo tiempo el de los grandes mayorazgos. En definitiva, las ambiciosas ideas reformistas no podían llevarse a cabo si ponían en cuestión importantes aspectos del orden social vigente. Cualquier expropiación o tímido intento de desamortización de la tierra, como los realizados bajo Carlos III o con Godoy, conseguía la exacerbada oposición de las clases privilegiadas, que tenían sus bases económicas principales en las rentas derivadas del campo. Si por el contrario las medidas se dirigían a dar mayores libertades a los agentes agrarios, entonces las clases humildes, más indefensas ante el mercado, se rebelaban, pudiendo generar con sus protestas un peligro de estabilidad para la propia monarquía, como había sucedido en 1766. La contradicción era difícil de resolver. La cuestión de la reforma agraria pasó al siglo siguiente como una pesada losa para la historia de España.
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A pesar de la dificultad para desarrollar una agricultura estable y productiva en muchas regiones y del esfuerzo continuo que exigía en el espacio geográfico islámico clásico la puesta a punto y el mantenimiento de sistemas de regadío, a menudo abandonados en tiempos posteriores cuando falló el orden político y social que los había creado, el sector agrario era fundamental y requería el trabajo de la gran mayoría de la población, aunque esta realidad haya dejado pocas huellas y testimonios. Había, en primer lugar, una agricultura de secano cerealista, basada en el trigo y la cebada, y en técnicas antiguas que no se renovaron como, por ejemplo, el empleo de arado romano, aunque algunas tuvieron mucho mayor uso, como sucede con los molinos de agua. Tampoco hubo grandes innovaciones técnicas en los cultivos de regadío, pero sí que ocurrió su difusión y homogeneización, así como un aumento de las tierras irrigadas y, en especial, un perfeccionamiento de las normas de organización del riego y otros aspectos de régimen de uso y mantenimiento que serían luego aceptados y difundidos por otras sociedades, por ejemplo en la España cristiana. Los principales medios y técnicas se referían al uso de acueductos, aljibes y cisternas, presas, kanat o minas de agua muy frecuentes en Irán, norias, balancines o chaduf típicos de Egipto, pozos artesianos, más frecuentes desde el siglo XIV, con los que se alimentaban las redes de acequias. Diversos tratados de agronomía permiten comprobar también aquella mezcla entre tradicionalismo y mejor organización, a la vez que dan noticia sobre los diversos productos. Algunos jugaron un papel importante en la transmisión de conocimientos: la "Agricultura Nabatea" de Ibn Wahsiya, el "Calendario de Córdoba", en el siglo X, el tratado del andalusí Abu Zakariyya y los de los toledanos Ibn Bassal e Ihn Wafid, en el XI, pueden ser buenos ejemplos.
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La fase expansiva de la agricultura castellana del siglo XVI, estrechamente relacionada con el aumento de la población y, por tanto, con un incremento de la demanda de productos alimenticios, alcanza el momento culminante entre 1560 y 1580, iniciándose a partir de esta fecha un descenso en la producción agrícola que toca fondo hacia 1640-1650, manteniéndose en adelante estancada o experimentando un moderado aumento en buena parte de los territorios castellanos -es el caso del arzobispado de Toledo-, si bien en otros la recuperación fue más vigorosa, especialmente en Andalucía, relacionada tal vez con el incremento del comercio americano que se produce desde finales de la década de 1660. Las causas de este progresivo deterioro en los niveles de la producción agrícola castellana -incluso en la catalana y la aragonesa- han de buscarse en el siglo XVI, en concreto, en la extensión de los cultivos a nuevas tierras, ya que este fenómeno desencadenó una serie de factores negativos que contribuirán a frenar la expansión productiva. En efecto, durante dicha centuria la renta de la tierra se disparó, beneficiando a sus propietarios (nobles, eclesiásticos y campesinos acaudalados), pero no a los jornaleros ni a la mayoría de los arrendatarios, cuyos niveles de vida comenzaron a deteriorarse por este motivo, coincidiendo con la subida de los precios agrarios, en parte por el alza de los costes de producción y por el aumento de la demanda, mayor en las épocas de crisis de subsistencias ocasionadas por las malas cosechas, pero también por el incremento de la masa monetaria en circulación debido a los envíos de las remesas de metales preciosos americanos. Si a estos factores añadimos, a partir de 1600, el descenso demográfico, que redunda en un consumo menor siempre perjudicial para el productor, el aumento de las cargas fiscales -sean reales o señoriales-, la venta de baldíos y bienes comunales, y las malas cosechas (así las de los años 1629-1631, 1649-1652, 1659-1662 y 1682-1684), la mayoría provocadas por la sequía, cuando no por lluvias torrenciales y plagas de langosta, el resultado será en el siglo XVII la caída de la producción agrícola, como se refleja en las series decimales -mayor en el sector cerealístico que en el de la viticultura-, el descenso de la renta, el abandono de las tierras de cultivo -sobre todo las marginales, es decir, las menos rentables-, la concentración de la propiedad, la despoblación de algunos lugares y el estancamiento de los precios, en medio de fuertes fluctuaciones originadas por las manipulaciones monetarias. Es preciso indicar, sin embargo, que desde 1630-1640 se produce un cambio de gravedad, al desviarse hacia la agricultura parte del capital acumulado en otras actividades económicas. Esta inversión de la tendencia anterior se aprecia, por un lado, en la casi total ausencia de escritos arbitristas sobre la agricultura a partir de 1665, y, por otro, en que por las mismas fechas -o quizás un poco antes, siempre en torno a 1660- empiezan a manifestarse en algunas comarcas de Castilla, Andalucía, Extremadura, La Mancha y Cataluña, así como en Mallorca, signos inequívocos de que la coyuntura adversa ha concluido, en cierta medida a causa de una mayor especialización de los cultivos -en Segovia, por ejemplo, el trigo cede paso al centeno y al algarrobo, que conocen una producción espectacular a partir de 1640- y de que la producción de trigo en años buenos compensa con creces la escasez de las malas cosechas. Este fenómeno es más sensible aun en el norte peninsular, donde a lo largo de la centuria se asiste a una importante transformación del régimen de cultivos con la difusión del maíz, lo que favoreció un aprovechamiento más intenso del suelo y una mayor producción agraria global, en cuya base reside, tal vez, el crecimiento demográfico de Galicia y de Asturias en la segunda mitad del siglo XVII. Igual acontece en el País Vasco, a excepción de la región alavesa, gracias a las nuevas roturaciones, la extensión del viñedo y sobre todo del maíz, que se expande desde el litoral hacia el interior a expensas de otros cultivos tradicionales, como el mijo y el centeno, que van siendo desplazados. Factor importante en la evolución agraria peninsular es el avance progresivo de la vid a expensas de los cereales, sobre todo en Andalucía y Castilla, donde entró en competencia con la ganadería, hasta el punto de que en 1634 la plantación de viñas debe ser autorizada por el monarca, aunque, en la práctica, esta normativa sería vulnerada con demasiada frecuencia. Buena prueba de la alta rentabilidad del viñedo es el aumento de la exportación de vinos hacia América, que evoluciona desde el quince por ciento en el decenio 1650-1659 al veinticinco por ciento en los años 1670-1679, aunque a partir de este período comienza a decaer, para situarse en el diecisiete por ciento en 1680-1689. Asimismo, la vid penetra y se va afianzando en la cornisa cantábrica, en La Rioja, Aragón y el Mediterráneo, especialmente en Cataluña, donde su cultivo contribuirá a revitalizar el sector comercial, muy decaído desde la década de los años veinte, por las ganancias que generaba la exportación de aguardiente con destino a Holanda e Inglaterra, probablemente también hacia América, pues la venta de este artículo experimenta un crecimiento notable entre 1680 y 1699, justo cuando comienzan a decrecer las exportaciones de vino. El viñedo no sólo ganó terreno a costa de los cereales, pues también se implantó en zonas dedicadas anteriormente al cultivo de plantas destinadas a la industria textil. A finales del siglo XVII, desde luego, son numerosas las voces de los arbitristas que demandan a la Corona que preste mayor atención a este tipo de cultivos, en particular al cáñamo y al lino, por los beneficios que pueden deparar a la industria textil y a los agricultores. En este sentido cabe destacar los proyectos de Alvarez Osorio y Redín dirigidos a fomentar el desarrollo industrial de Castilla. Lo mismo puede decirse de las moreras, pues además de ser cierto que en la bailía de Calpe éstas van sustituyendo a los cereales, e incluso a los árboles frutales, por otra parte, en el reino de Granada -esto es válido también para Murcia-, se produce un activo comercio de exportación de seda en bruto, aunque los registros aduaneros constaten precisamente un descenso en las ventas, ya que se trata de un comercio de carácter fraudulento que beneficia a los productores pero que perjudica a los artesanos, que se ven privados de la materia prima que necesitan para su trabajo, o al menos de la de mejor calidad, sin que, por otro lado, las autoridades fiscales puedan impedirlo. Otro cultivo que adquiere un gran desarrollo es el olivo por los beneficios que proporcionaba la venta de aceite a Inglaterra y Holanda, el norte peninsular y América, lo que explica la extensión del área cultivada en la fachada levantina, así como en Mallorca, donde la producción y venta de aceite contribuía a equilibrar la economía de la isla en época de crisis cerealista. Asimismo, la exportación de aceite a América, en constante crecimiento a finales del siglo XVII, ya que evoluciona desde las 25.526 arrobas de 1650-1659 hasta las 78.541 arrobas de 1690-1699, reactiva la economía agraria e industrial de Sevilla y Cádiz, las dos principales regiones suministradoras de este producto alimenticio de primera necesidad. El comportamiento de la actividad ganadera, sin embargo, es muy diferente del observado en la agricultura. La ampliación del espacio cultivado y, por tanto, la reducción de las zonas de pasto llevada a cabo en el siglo XVI, así como la progresiva enajenación de los bienes comunales, afectó negativamente a la cabaña ganadera, sobre todo a la ovina, pues desciende desde tres millones de cabezas a menos de dos millones. Esta situación, denunciada en 1625 por Caxa de Leruela en su libro "Restauración de la abundancia de España", y a la que trata de poner remedio la pragmática de 4 de marzo de 1633, donde se establecen las reglas que deben observarse para la conservación de pastos y dehesas, en particular la prohibición de cercar las tierras comunales, se modifica a partir de 1660. En ello incidirá, por supuesto, una legislación más favorable al sector, así como una mayor participación de propietarios de ganados estantes en la Mesta, pero especialmente el retroceso de la superficie cultivada, asociado con el descenso demográfico. No obstante, como ha demostrado García Sanz, es la ganadería estante la que crece, no así la trashumante, que se mantuvo estancada debido a que la coyuntura comercial en los mercados exteriores fue adversa para la lana castellana durante gran parte del siglo XVII, sin duda a causa de la ruptura de relaciones comerciales con las Provincias Unidas, experimentando desde mediados de la centuria una notable recuperación que se prolonga hasta bien entrada la siguiente, según se aprecia, por ejemplo, en la cabaña ganadera del monasterio de Guadalupe, pues en este caso el tamaño de los rebaños alcanza en 1679 las cifras de 1606.
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España quedó maltrecha después de las catástrofes acaecidas en los primeros años del siglo. La estructura de la propiedad agraria era una de las causas del atraso que registraba la agricultura en España, pero ahora este atraso se veía acentuado por la falta de atención que se le había prestado a los cultivos durante la guerra y a los destrozos causados en el campo por la contienda. Durante el primer tercio del siglo XIX cambió poco la estructura de la propiedad y los métodos de cultivo. La desamortización qué llevaron a cabo el gobierno de José Bonaparte y las mismas Cortes de Cadiz, fue muy limitada. La extinción de los mayorazgos durante el Trienio Constitucional no perjudicó a los titulares, sino que por el contrario les reportó las ventajas inherentes a la disponibilidad para repartirlos entre los herederos, cederlos, venderlos o disponer de ellos a su antojo. Con ello esperaban los liberales imprimir un mayor dinamismo a los bienes inmobiliarios y potenciar la economía. Pero el campo estaba muy castigado por las altas rentas que pagaban los colonos y la pesada carga de las contribuciones, sobre todo cuando la deflación hizo su aparición y la baja de los precios de los productos agrícolas incapacitaron al campesino para pagar estos tributos. El campesino se quejaba de la baja estimación que se daba a sus productos, porque además los artículos alimenticios habían descendido de precio en una proporción mayor que los productos manufacturados, por lo que la posición del agricultor tendía a hacerse todavía más precaria. Sin embargo, eso no fue obstáculo para que, como afirma J. Fontana, la producción agrícola se recuperase rápidamente, y especialmente la cerealística, después de la guerra de la Independencia. El hecho de que las medidas proteccionistas dictadas a comienzos del Trienio liberal tuviesen como propósito proteger la producción nacional frente a la importación de granos desde el exterior, parece indicar que aquella era suficiente para abastecer la demanda que se generaba en el país. Ese aumento se debió a las nuevas roturaciones y a la especialización de la producción agraria. Otros productos extendieron su producción en estos años, como el maíz y la patata. Hubo cultivos, no obstante, que no pudieron recuperarse en tan corto espacio de tiempo, como el del olivar, que sufrió la tala sistemática durante la contienda y su reposición requería bastantes más años para completarse. Lo mismo le ocurrió a las vides catalanas o andaluzas, destruidas o abandonadas durante bastante tiempo. En cuanto a la ganadería, ésta sufrió grandes transformaciones. La cabaña lanar disminuyó considerablemente a causa de la guerra. Según estimaciones de la época, el número de ovejas merinas quedó reducido a casi la tercera parte. Una cosa parecida ocurrió con la ganadería estante, aunque ésta se recuperó notablemente durante los años que siguieron al conflicto. A finales del reinado de Fernando VII se calcula que había en España algo más de dos millones de cabezas de este tipo de ganado. La industria española se vio muy afectada durante este periodo a causa de los efectos destructores de la guerra y a causa también de la pérdida de los mercados coloniales. Si a esto se le añade la falta de capitales para las inversiones y la caída del consumo, se tendrá una explicación razonable de la ruina de este, por entonces, incipiente sector de la economía española. La industria textil fue la más dañada. La emancipación de las colonias dificultaba la importación del algodón, puesto que la mayor parte de la materia prima para la fabricación de las manufacturas de este producto procedía de las Indias. Por otra parte, América había sido el mercado natural de esta producción y ese mercado dejaría ya de ser territorio exclusivo para las exportaciones españolas. Según Alexandre Laborde, las fábricas catalanas exportaban a las colonias americanas más de tres cuartas parte de su producción en los últimos años del siglo XVIII. En los años centrales del reinado de Fernando VII, la situación era muy distinta. La Comisión de Fábricas de Algodón de Barcelona quedó reducida a dos miembros y la producción se vio sumida en la ruina. Por si esto fuera poco, el crecimiento del contrabando a través de los Pirineos y de la colonia inglesa de Gibraltar, dificultó considerablemente la recuperación de este sector de la industria. La situación parece que comenzó a remediarse a partir de los últimos años de la década de 1820, cuando comenzaron a introducirse en Cataluña las primeras máquinas movidas a vapor. Los mismos efectos negativos sufrieron las fábricas textiles existentes en Sevilla y Cádiz, donde la producción había alcanzado unos niveles considerables a finales del siglo XVIII. En un informe que elaboró la ciudad de Sevilla en 1823 para Fernando VII, se hacía referencia a la ruina en la que habían quedado la multitud de fábricas de textiles a consecuencia de la competencia ilícita que le hacía a su producción el cuantioso contrabando que se introducía desde Gibraltar. Una de las más importante industrias de la época, la Fábrica de Tabacos de Sevilla, cuya materia prima procedía también fundamentalmente de América, padeció también las consecuencias de la emancipación. Las reducciones salariales que se vio obligada a adoptar a consecuencia de la crisis, le llevaron a reclutar mano de obra femenina (las famosas cigarreras) sobre la que recaería en lo sucesivo la elaboración del tabaco. En resumen, habría que concluir afirmando que la situación de la economía española en la época de Fernando VII, al menos hasta 1827, es de postración y de crisis. Abundan los testimonios sobre este ambiente de pobreza. El aumento del número de indigentes fomentó, no sólo la mendicidad, sino las actividades ilícitas, como el contrabando y el bandolerismo. El mal afectó también a los funcionarios del Estado, que se quejaban de la pérdida de la capacidad adquisitiva de sus salarios. Y aún más graves fueron las consecuencias de este panorama en el elemento castrense, puesto que el retraso de meses en el cobro de sus salarios contribuiría a provocar un ambiente de malestar que tendría su reflejo en la actitud díscola que algunos militares mostrarían con frecuencia en los cuarteles y fuera de ellos.
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La cerámica más característica de La Aguada se parece técnicamente a la de La Ciénaga, pero los motivos representados son de índole muy diferente, predominando los de carácter antropomorfo, zoomorfo y de corte fantástico. Entre las representaciones antropomorfas destacan los guerreros, vistos de frente, sosteniendo dardos y lanzaderas, las figuras con máscaras felínicas y los sacrificadores con hacha y cabeza trofeo, todos realizados con una enorme rigidez de concepción y esquematismo en los detalles. Entre las figuras de animales es dominante la del felino que se representa con multitud de variantes: de forma simple, doble o cuádruple, multicéfalo, con agregados insólitos y es posible derivar de su representación, tras sucesivos cambios y estilizaciones progresivas, una figura de aspecto draconiano, en las que la imagen principal se mezcla con la de un ofidio. Otras representaciones animales, siempre dentro de este estilo rígido y rectilíneo, son las de ofidios, a veces bicéfalos, saurios y batracios, convencionales o monstruosos, simios, aves, simples pero identificables como papagayos o cóndores, a veces descompuestos en sus rasgos anatómicos, pero vueltos a recomponer de un modo equilibrado y característico. La cerámica polícroma, sabiamente elaborada, muestra también toda la gama de representaciones simbólicas en negro y púrpura sobre una superficie bruñida de color amarillo. En relación con la cerámica Aguada se encuentran toda una serie de subdivisiones y variedades locales que se convirtieron en el máximo exponente artístico del Noroeste argentino y que tienen todas en común la fuerte incidencia en la representación del felino, hasta el punto de que se habla de un complejo felínico que dominó la vida religiosa de todo el pueblo de La Aguada. Las imágenes felínicas llegan hasta los mangos de las hachas y de las lanzaderas, a los pequeños torteros o fusayolas y hasta a las pinturas faciales de los guerreros, lo que hace pensar en la asociación del felino con temas bélicos y con la práctica de sacrificios sangrientos. Pero al margen de esas representaciones artísticas son muy escasas las informaciones que tenemos sobre La Aguada y menos sobre sus creencias. Entre 600 y 800 d. C., La Aguada aparece como un exponente típico de la tradición cultural surandina del período cerámico medio, con lugares de habitación en las orillas de los ríos, cerca de lugares favorables para la agricultura. Además de las viviendas tradicionales se encuentran en lo alto de los cerros habitaciones de paredes de piedra, escaleras y muros de contención que parecen tratarse de centros ceremoniales. El mayor cúmulo de información procede de las tumbas, generalmente fosas cilíndricas o cuadrangulares, con un cadáver o hasta seis, algunos probablemente sacrificados. En ocasiones junto al esqueleto principal aparecen cráneos aislados, otra evidencia de la práctica de la cabeza-trofeo. La variedad y riqueza del ajuar está en relación con la importancia del personaje, lo que indica claras diferencias sociales. La existencia de artistas especializados es evidente y la técnica de la metalurgia alcanzó un desarrollo notable, donde también se hace omnipresente la figura del felino, en discos pectorales, hachas y hasta pinzas depilatorias. Se encuentran también en La Aguada figurillas de cerámica, pequeñas y macizas, modeladas a mano y adornadas con pastillaje, carecen de vestidos pero llevan complicados peinados. Su factura poco especializada hace pensar en la existencia de una especie de arte popular al margen de las realizaciones oficiales, donde dominan los temas de carácter simbólico y religioso, en relación al felino. Es un arte más amable y cotidiano y que refleja costumbres y hábitos locales.
lugar
obra
<p>La mayor parte de los trabajos de Vermeer entran en la clasificación de pinturas de género con las que pretende narrar una historia. En la Holanda del Barroco serán habituales las escenas de burdel -Bordeeltje- muy demandadas por la clientela, lo que es interpretado por los especialistas como una reacción del público frente a las cada día más rígidas normas morales. También podemos considerar que este tipo de representaciones esconderían algún significado moralizante, aludiendo a la facilidad con que el "usuario" era engañado por las cortesanas, al tiempo que se advertía contra el abuso del alcohol. Vermeer nos presenta a las figuras como si estuvieran en un palco o lugar elevado: una mujer joven, con las mejillas sonrosadas por efecto del vino -no en balde, sujeta una copa con su mano izquierda- extendiendo la mano para recibir una moneda del caballero con tabardo rojo y sombrero de plumas, que con su mano izquierda toca el pecho de la muchacha. Un segundo hombre, vestido de oscuro, observa la escena y dirige su mirada cómplice al espectador mientras que la alcahueta cierra la composición en el fondo, dirigiendo su interesada mirada hacia el hombre de rojo. El trabajo de encaje de bolillos, situado a la derecha, sobre el tapiz que cubre la mesa, hace suponer que nos encontramos en una casa particular, donde se podría estar produciendo una relación extramatrimonial auspiciada por la alcahueta. Como es habitual en la producción del maestro, la escena se desarrolla en un reducido espacio interior, colocando en primer plano algún objeto que separa la composición del espectador. Las figuras se arremolinan en el espacio, colocadas en diferentes planos para crear efecto de profundidad. Una potente luz ilumina la figura de la joven y resalta las tonalidades amarillas de su camisa, provocando intensos contraste de sombra que recuerdan a la obra de Caravaggio. Paulatinamente Vermeer va utilizando la característica técnica "pointillé" con la que reparte los chispeantes puntos de luz por toda la superficie del lienzo. Otro recuerdo digno de mención lo encontramos en la sensación atmosférica creada, en sintonía con la escuela veneciana que tanto admiraba Rembrandt.</p>
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En el año 1964, y en plena explosión de la sociedad de masas, el sociólogo canadiense Marshall McLuhan, profesor de la Universidad de Toronto, se refería de forma novedosa y muy decidida a las transformaciones que los "media" electrónicos iban a introducir en la cultura, en el arte, en la enseñanza y en las costumbres y modos de vida de los años noventa. En su obra Para comprender los media, publicada en Nueva York en el mismo año, insistía en la fuerza del "medium" como mensaje; esto es, en la constatación de que la influencia de los mensajes se debe más a la misma naturaleza del "medium" (cine, radio, televisión, publicidad) que al propio contenido de los mismos: "En una cultura como la nuestra, acostumbrada desde hace mucho tiempo a fragmentarlo y dividirlo todo para dominar, es sin duda sorprendente tener que recordar que, en realidad y en la práctica, el verdadero mensaje es el mismo "medium", es decir, sencillamente, que los efectos de un "medium"sobre el individuo o la sociedad dependen del cambio de escala que produce cada nueva tecnología, cada prolongación de nosotros mismos, en nuestra vida". Para M. McLuhan, las diferentes tecnologías inventadas por el hombre, entre las que se hallan los "media" (canales de comunicación), son una prolongación de sus sentidos; instrumentos para exteriorizar su pensamiento. En las sociedades primitivas, aun sin escritura, la comunicación mediante la palabra da preferencia a la audición; pero una vez inventado el alfabeto fonético, oído y vista se reparten un amplio campo donde se combinan cronología y profundidad, espacio y superficie.La invención del alfabeto -va a escribir en 1969 en su obra La galaxia Gutenberg- supone una nueva escisión en el universo sensorial; y la invención de la imprenta logra multiplicar las informaciones visuales y nos somete a un nuevo cambio del campo sensorial cuyos efectos han sido, entre otros, el principio de la cadena de montaje en la industria, el desarrollo del nacionalismo en política, el progreso del estilo prosaico en literatura, o de la perspectiva en pintura, etc.`Cuando la "galaxia Marconi"se impone, surge una posibilidad nueva para el ya perdido equilibrio de la gama sensorial. Los nuevos "media" (teléfono, radio, cine...) y la electrónica abren la era de la simultaneidad; y, frente a la ya asimilada fragmentación sensorial, se anuncia una nueva sociedad tribal planetaria; el englobamiento de toda la gran familia humana en una sola tribu: "El hecho de que las sociedades cerradas sean producto de la palabra, del tam-tam o de otras tecnologías del oído -indica en su obra Mensaje y Masaje- deja prever, en el alba de la era electrónica, el englobamiento de toda la gran familia humana en una sola tribu global". Se vuelve, pues -es lo que viene a decirse-, al principio; aunque esta vuelta vaya enormemente enriquecida. Como ha señalado E. Morin, en un sugestivo ensayo titulado Para comprender a McLuhan, esta tercera etapa, la dominada por la electrónica, es el retorno, de alguna forma, a la primera, a la tribal y oral, que no permitía el desequilibrio ente los sentidos; a una especie de aldea global mantenida y potenciada por los nuevos medios de comunicación: "La tecnología de la comunicación -insiste McLuhan- transforma todas las relaciones sociales y convierte al mundo en una aldea global, en la que el espacio y el tiempo son abolidos y los hombres tienen que aprender a vivir en estrecha relación. Se desarrolla una cultura planetaria y desaparecerán los libros en favor de los medios audiovisuales.Todos los medios -continuará insistiendo- nos vapulean minuciosamente. Todos son penetrantes en sus consecuencias personales, políticas, económicas, psicológicas, sociales y éticas. Los medios han logrado no dejar parte alguna de la persona sin modificar. El medio es el masaje. Porque todo son prolongaciones de alguna facultad humana, psíquica o física: La rueda... es una prolongación del pie. El libro es una prolongación del ojo... la ropa, una prolongación de la piel... el circuito eléctrico, una prolongación del sistema nervioso central".Los medios de comunicación se van a dividir en medios calientes (radio, cine, fotografía), y medios fríos (teléfono, televisión, cómics). Mientras los primeros ofrecen los mensajes cerrados, llenos de información, los segundos obligan a una participación sensorial que estimula la actividad mental del espectador. Con la televisión, el medio actual de más plena hegemonía, parece quedar asegurada la participación espontánea que nos sume en una comunión universal colectiva (Pérez Tornero). Y ésta es la que en el fondo permite referirse a la aldea global; a la ampliación en este campo de la coloquial frase "El mundo es un pañuelo". Queda, sin embargo, por saber, o por comprobar, la naturaleza, la base de los actos comunicativos, o, si se quiere, de la comunicación humana en general. Para M. L. Defleur, la comunicación es un proceso biosocial, que depende no sólo de la memoria humana, sino de otros muchos factores, como, por ejemplo, la percepción, la interacción de mensajes, imágenes y símbolos, las convenciones culturales, el tipo de sociedad, su desarrollo histórico, su sistema de valores, y aun de la misma forma en que se lleva a efecto la producción, la distribución y el consumo del contenido de los medios. Todo ello exige plantearse al menos tres preguntas, tres cuestiones básicas para comprender, interpretar y explicar la actuación de los "mass media", así como la atención a los efectos o resultados de su influencia:l. ¿Cómo se realiza, o estructura, la comunicación de masas? 2. ¿Cómo afecta esta comunicación a la gente, a las personas en general, y en los diversos aspectos de sus vidas? 3. ¿Actúa la sociedad sobre sus medios, o son éstos los responsables de la homogeneización de formas y de similitud o aproximación en las respuestas? Y aunque el interés mayor hasta el presente ha venido centrándose en las respuestas a la segunda pregunta -la influencia de los media en las personas tanto individual como social y culturalmente-, la forma de análisis y las propias técnicas a emplear en la búsqueda de respuestas obligan a insistir en una definición de los mass media y en la capacidad de acción que ejercen y reciben en y de la sociedad a que se dirigen y de la que parten. Porque en una sociedad donde los medios masivos de comunicación han alcanzado una amplia penetración es lógico, y casi natural, que existan esas fuertes tendencias a la uniformidad; dado que las mayorías terminarán contando con un bagaje de información más rico y variado, de crecimiento rápido y de demanda creciente conforme los propios "media" traten de buscar rentabilidad y ampliación. Abraham A. Moles, sociólogo francés, nacido en 1920, profesor de la Universidad de Estrasburgo y director del laboratorio de Psicología Social de la misma institución, ha estudiado, gracias en gran parte también a su formación como físico y a su capacidad para aplicar los modelos de la cibernética a las ciencias humanas, las condiciones de la cultura en esta época de los medios de comunicación de masas. Insiste en que los elementos que conforman el cerebro del hombre de la calle son, sobre todo, los anuncios de las vallas publicitarias, bien en las calles o bien en el metro, lo que oye por la radio o en la televisión, la última película que ha visto, el periódico que ojea o lee mientras se dirige al trabajo, las charlas con los compañeros de oficina y las tertulias en la barra del bar. No son, por tanto, las percepciones procedentes de una educación racional, sino cuanto le viene impuesto por un camino y con unas técnicas de difusión y unos vectores unidireccionales lo que va a conformarlo en cuanto ser humano y social. Los "mass media" se definen, por tanto, como medios de comunicación de masas; pero son al mismo tiempo canales de difusión y medios de expresión, que se dirigen no al individuo sino al público-destinatario, conformado por unas características socioeconómicas y culturales que les permite, o les lleva, a gozar de un carácter común y reaccionar globalmente ante un fenómeno: "Cualquier texto impreso -comenta- ya se trate del Librito Rojo de France-Dimanche o del Anuario telefónico, con tal de que sea ampliamente difundido; cualquier película, lo mismo el No-Do que Love Story o una secuencia publicitaria de prendas de vestir, a condición de que sea proyectada ante numerosos espectadores; cualquier disco, bien sea de Mozart, de Joan Baez o de un cantante de moda, sin más requisito que el de ser escuchado por una audiencia multitudinaria, forma parte de los mass media". Los "mass media", por último, son un aparato de amplificación social. Permiten y producen una ampliación del mercado en cualquiera de sus dimensiones; facilitan el desarrollo de una sociedad industrial avanzada, atenta y empeñada en la captación de todos sus miembros y en la exportación de sus productos a partir de una creación de necesidades; y proyectan el futuro propio de las sociedades a las que sirven y de las que surgen a partir de unos proyectos previamente pactados y sin apenas posibilidad de fracaso. Cuando éste ocurre, siempre se justifica indicando una mala, corta o poco ajustada prospectiva; entendida ésta no sólo como estudio técnico de la sociedad futura, sino también como previsión de los medios necesarios para que tales condiciones se anticipen o se cumplan.
obra
En sus obras, Guiard conjuga la paleta clara con el predominio del dibujo de elegantes líneas, influencia de Degas. En estos trabjos desarrolla el paisaje y la escena costumbrista sobre la burguesía y las clases populares del Bilbao del cambio de siglo.
contexto
Como para toda cultura definible, sobre todo, con documentación arqueológica, la cerámica constituye un capítulo de gran importancia. Junto a tipos más toscos, que interesan menos aquí, como las orzas de barro oscuro con digitaciones, cordones ungulados y otros motivos de muy elemental decoración, la alfarería del primer período tartésico muestra su mejor faceta en dos familias cerámicas: una con característicos motivos bruñidos, denominada con alguna impropiedad como de retícula bruñida; y otra, con decoración pintada, conocida genéricamente como de tipo Carambolo, aunque ésta corresponda, más bien, a uno de sus estilos o variantes. El predominio de los temas geométricos en la decoración de ambas, constituye uno de los más importantes incentivos a la designación propuesta para el período al que corresponden. La cerámica bruñida, con pastas más o menos depuradas y tonos negruzcos o achocolatados -con predominio de los primeros por una cocción reductora-, está realizada con técnicas rudimentarias, a mano o con torno lento, de donde deriva la sencillez de su repertorio formal, fundamentalmente cuencos y formas abiertas, y la fabricación de carretes para soporte de vasos de fondo curvo. Constituyen éstos una producción muy característica -en forma de diávolo, frecuentemente con baquetón central de refuerzo-, y más aún los cuencos o cazuelas. Tienen el borde de sección ligeramente almendrada y carena aristada al exterior, que tiende a suavizarse, hasta desaparecer, con el tiempo. Se bruñe el exterior completo y una franja del borde interior, hasta la inflexión en que suele comenzar la curva del fondo del recipiente; todo él quedaba sin bruñir, a excepción de las líneas y franjas de la decoración, resaltadas así, por el tono que adquiría y por el brillo, con el fondo, más apagado y mate. La fabricación suele ser muy primorosa, con bruñidos que dan a los vasos un hermoso lustre metálico, y una decoración trazada con firmeza, sencilla, pero eficaz y adecuada a la forma del vaso. Se basa generalmente en motivos centrados, a partir de cuatro radios en cruz, o en mayor número, bruñidos o en reserva, con abundante uso de las retículas, de donde la designación que han recibido; pero también presentan otros motivos geométricos, o estilizaciones vegetales como las que asemejan hojas de palma. En las fases últimas de esta cerámica, que dura mucho -hasta, al menos, el siglo VII a. C., bien entrada la época orientalizante-, la decoración se hace menos cuidada, peor trazada. Más variada e interesante es la cerámica pintada. Realizada con parecido nivel técnico, su repertorio formal es más rico que el de la bruñida, y a los tipos de vasos habituales en ésta, añade otros, como los vasos grandes y cerrados. La apariencia es bien distinta, debida sobre todo a la decoración. Sobre el fondo claro -ocre, anaranjado- por el recurso a una cocción oxidante, y previamente bruñidas las paredes, los vasos se decoran con motivos pintados en rojo, alguna vez por dentro y por fuera, pero preferentemente por fuera. Responden a un amplio repertorio de geometrismos -bandas, retículas, triángulos rayados, meandros, etc.- trazados casi exclusivamente con líneas rectas. Suelen combinarse perfectamente adecuados a la estructura del vaso, y formar, con líneas y bandas, metopas que enmarcan motivos diversos. El dibujo es, prácticamente siempre, de gran rigor, como si estuviera trazado con los instrumentos de precisión de un delineante. Alguna vez aparecen motivos figurados, como las cabras de larga cuerna de un vaso de Huelva, pero están esquematizados y sometidos a la misma disciplina geométrica que el resto de la decoración. Esta cerámica, que como la anterior ofrece variantes zonales o regionales, se documenta desde los momentos iniciales del Bronce final tartésico y se manifiesta muy pronto, al menos desde los comienzos del siglo IX a. C., en su plenitud, con la presencia de grandes metopas que enmarcan con una compleja combinación de motivos. Desaparece después con rapidez, en el siglo VIII a. C., a diferencia de la larga perduración de la bruñida. Es significativo que en el yacimiento del Carambolo abunda en el poblado alto, el más antiguo, donde se halló el fondo de cabaña con el célebre tesoro, pero no existe, con la excepción de algún fragmento aislado, en el poblado bajo, que comienza su historia hacia mediados del siglo VIII a. C. Se ha discutido mucho sobre el origen y el significado de estas cerámicas. Son, sin duda, de fabricación local, pero obedecen a un impulso externo, como demuestran la falta de precedentes directos y el hecho de que aparezcan desde el principio en su plenitud, sin los tanteos o fases de formación que serían de esperar en una creación arraigada en tradiciones locales y surgida por evolución de ellas. El origen del impulso parece situarse imprecisamente en el Mediterráneo oriental, lo que parece más evidente en las pintadas; responden éstas a tendencias alfareras micénicas y submicénicas, que dan lugar al gusto por determinadas decoraciones geométricas, a las que se acogieron los alfareros tartésicos. Obviamente, la más conspicua y hermosa expresión de esta tradición decorativa la proporcionan las cerámicas del propio Geométrico griego.