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La llegada de Van Gogh a París en marzo de 1886 le va a poner en contacto con los impresionistas que ya estaban viendo amenazadas sus innovaciones por jóvenes artistas que se engloban dentro del término Post-Impresionismo. Vincent es un "paleto holandés" que va a empezar a observar lo que se hace a su alrededor y va a iniciar un revolucionario cambio en su paleta y en sus temas, abandonando los campesinos de Nuenen para interesarse por el paisaje de las cercanías de su casa o asuntos florales como este jarrón con amapolas. La similitud entre Cèzanne y Van Gogh en este lienzo es amplia ya que Vincent frecuenta los ambientes artísticos de la noche parisina, consumiendo grandes dosis de alcohol y asimilando nuevos conceptos. Por eso en estas amapolas nos ofrece una visión más colorista de su mundo, apreciándose la alegría del pintor en las tonalidades empleadas: rojos, azules y verdes son aplicados con pinceladas rápidas y vibrantes, inundando la composición y haciendo olvidar el periodo frío y triste de Nuenen.
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Tras abandonar Nuenen en el otoño de 1885, Van Gogh inicia un proceso de aclaramiento en su paleta primero gracias al conocimiento de la obra de Rubens en Amberes y más tarde al contacto con los maestros impresionistas. Este avance respecto al color se puede apreciar claramente comparando incluso las naturalezas muertas ejecutadas en el periodo de Nuenen y las que realiza en París como este magnífico jarrón donde el color ojo de las amapolas se adueña de la composición, jugando con su complementario, el verde, siguiendo las teorías aprendidas de Delacroix. La relación con algunas obras de Manet elaboradas en los años iniciales de la década de 1880 es también significativa.
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Durante el verano de 1886 Van Gogh también tomará como modelos diversos jarrones con flores, enlazando con las naturalezas muertas pintadas en Nuenen y que más tarde continuará en París. Son diversos estudios donde el color de las flores será el gran protagonista, diversificando las tonalidades dependiendo del tipo de flor empleado. En este caso, los claveles blancos, rosas y rojos se entremezclan con el verde de las hojas, creando un conjunto de gran belleza, interesado el artista en transmitir con el mayor verismo posible la naturaleza que le rodea ya sea un paisaje o un florero.
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Una de las características más notorias de las obras elaboradas por Vincent en París será la adaptación de la pincelada a las formas en las que se inspira. Gracias a esas pinceladas rápidas pero seguras podemos admirar el volumen del jarrón o de crisantemos y claveles en un alarde técnico de gran calidad. Sijn embargo, en la zona de la mesa o la pared no encontramos ninguna dirección establecida en los toques de pincel, adoptando un aspecto más plano siguiendo las estampas japonesas tan de moda entre los impresionistas. El colorido vivo y alegre aquí utilizado contrasta con el periodo de Nuenen, mostrando Van Gogh la superación de esa etapa y su inclusión en un momento de gran actividad cromática, su principal aportación a la pintura.
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Van Gogh será siempre un pintor que represente la naturaleza que le rodea, bien sea un paisaje, un retrato o un bodegón como en este caso, intentando transmitir la mayor expresividad a través de sus trabajos por lo que puede ser considerado como precursor del Expresionismo. Estas naturalezas muertas forman una serie realizada en el verano de 1886 teniendo como modelos las obras de Chardin, el Barroco Holandés y los últimos trabajos de Manet. La paleta se hace más alegre que en Nuenen y la pincelada es más ligera, abandonando cierto empastamiento con ligeras dosis de violencia para trabajar en un estilo cercano en algunas ocasiones al puntillismo. Los objetos se recortan sobre un fondo neutro iluminados por un potente foco de luz que resalta sus tonalidades.
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Entre los más de 200 cuadros pintados por Van Gogh en sus dos años de estancia en París conviene resaltar la amplia serie de floreros realizada en el verano de 1886, destacando el colorido de las flores y la alegría que se muestra en el conjunto. El contraste entre los claveles rojos y los blancos acentúa la belleza de la composición, resaltando las flores y el jarrón sobre un fondo amarillento donde no encontramos referencias espaciales, siguiendo a Manet y las estampas japonesas que Vincent tanto admiraba.
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Pintar flores me relaja el cerebro. Espiritualmente no me esfuerzo en ellas como cuando estoy ante un modelo. Cuando pinto flores, pongo tonos, experimento valores audaces, sin preocuparme si estropeo un lienzo. Algo semejante no me atrevería a hacerlo con una figura, por miedo a dar al traste con todo. Y la experiencia que adquiero en estos intentos la aplico luego en mis cuadros". Este comentario de Renoir indica claramente que, para él, las flores eran una temática secundaria pero que servía para experimentar, especialmente a la hora de aplicar los colores de manera rápida y abocetada, sin apenas interesarse por la forma y el volumen. De esta manera nos encontramos ante una contradicción con sus cuadros de figuras -véase las Grandes bañistas- en los que recupera forma y volumen sin renunciar al color.En este Jarrón con crisantemos predominan las tonalidades anaranjadas que contrastan con los blancos, lilas y verdes. El fondo está tremendamente esbozado, sin interesarse por otro elemento que las flores. El recuerdo de Manet está presente en estos trabajos, aunque el estilo presenta cierta sintonía con futuras obras de Van Gogh.