Se calcula que en la necrópolis del Puig des Molins puede haber unas cuatro mil tumbas, ya que fue utilizada ininterrumpidamente desde el siglo VII a. J.C. hasta la mitad del siglo III de nuestra eraEl cerro de Puig des Molins está totalmente perforado en la roca viva para abrir espacio a las tumbas, muy bien disimuladas por bancales y olivos. Este cementerio, con restos de un intervalo de al menos mil años, ofrece datos sobre los cultos y las creencias de ultratumba, así como su evolución en el tiempo, siendo un sitio de importancia universal. Entre los numerosos restos de ajuar encontrados en la necrópolis destacan estas jarras.
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Este conjunto visigodo de objetos litúrgicos está constituido por una patena y un jarrito de bronce que, seguramente, se emplearon en la ceremonia de la Eucaristía. La patena tiene un umbo o resalte semiesférico en el fondo y un asa o mango, que adopta la forma de columna rematada con un capitel por el que se une al plato. Por el otro extremo, el asa se remata con una cabeza de ofidio y en el centro se decora con una cruz. El jarrito tuvo originalmente un asa, que ha perdido. Se decora con franjas de líneas horizontales grabadas. El conjunto ingresó en el Museo Arqueológico Nacional en 1976, procedente de una excavación clandestina y tras ser adquirido a un anticuario. El interés del hallazgo llevó a un conservador del Museo, Luis Caballero, a averiguar el lugar exacto del yacimiento, localizándolo en el caserío de El Gatillo de Arriba (Cáceres). La excavación sistemática descubrió una iglesia visigoda muy sencilla, de una sola nave y ábside, a la que se habían hecho sucesivas ampliaciones y reformas antes de ser abandonada. A finales del siglo VI se le había añadido una capilla funeraria con una sepultura centrada con el eje de la iglesia y con la entrada. De ella podían proceder los objetos litúrgicos, que constituirían el ajuar funerario de una persona prestigiosa y preeminente dentro de la comunidad religiosa.
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Las cerámicas pintadas elaboradas por los pueblos prerromanos se siguieron fabricando tras la conquista, porque el impacto tecnológico romano no supuso, en la península Ibérica, la desaparición inmediata de los alfares de tradición local. De modo que, durante cinco siglos, estas cerámicas convivieron en las despensas hispanas con productos de origen romano, como la cerámica sigillata o la de "paredes finas", en un signo evidente de fusión cultural. Pieza conservada en el Museo Arqueológico Nacional.
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Los talleres nazaríes produjeron gran variedad de objetos de lujo continuando la tradición artesanal andalusí, aunque tuvieron que adaptarse a la escasez de materiales preciosos que, anteriormente, habían llegado desde África y desde Oriente. Sin embargo, tanto la Alhambra y las residencias cortesanas como el comercio de exportación siguieron demandando piezas suntuosas, tales como lozas doradas, arquetas de plata o taracea y bordados de seda. También la cerámica decorada con la técnica llamada de "cuerda seca" siguió fabricándose durante el periodo nazarí, aunque estas piezas, sin llegar a ser de uso cotidiano, debieron de quedar relegadas al consumo local porque no han aparecido fuera del territorio nazarí.