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Los contactos con Signac provocarán la admiración de Vincent hacia el puntillismo, interesándose por esa manera de aplicar el color en numerosos trabajos de la primavera y el verano de 1887. En este florero podemos encontrar dicho estilo puntillista en el fondo y en la mesa, creados gracias a una serie de ligeros toques de pincel que contrastan con la pincelada segura con la que pinta el jarrón y las flores. Por supuesto que no se trata de un estilo minucioso o detallista pero encontramos una mayor delicadeza en las flores, provocando una mayor volumetría al contraponer las dos formas de ejecución. El colorido vivo de las flores y el jarrón indican la superación definitiva de la fase de Nuenen y avanza una etapa más colorista en Arles.
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Muy similar a Jarrón con lirios, esta obra forma parte de una serie de bodegones florales que Van Gogh realizó en la primavera de 1890 ante la casi imposibilidad de desplazarse a los alrededores del hospital de Saint-Paul para pintar al aire libre. El jarrón se ubica ante un fondo plano - herencia de la estampa japonesa al igual que la eliminación de las sombras - manifestando toda su belleza. Las líneas de los contornos están marcadas por un trazo negro en sintonía con Gauguin y Bernard, elemento característico de la pintura de Vincent. Una vez más, el color se convierte en el auténtico protagonista, manifestándose como la única arma con la que Van Gogh pude expresar sus sentimientos.
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De la misma manera que en Interior de la casa del artista, Gauguin combinaba dos géneros - intimismo y naturaleza muerta - aquí se plantea una mezcla de naturaleza y paisaje muy del gusto del pintor, como también se aprecia en obras posteriores - véase Naturaleza muerta con mandolina -. La naturaleza muerta vuelve a ocupar el primer plano mientras que a través de la ventana del fondo se muestra un paisaje. El error de esta escena viene determinado por la ausencia de planos intermedios, incluso el primer plano y el fondo son similares en colorido y ejecución ya que la pincelada es bastante suelta en ambos. Estos errores fueron criticados duramente por los expertos en su momento, tachándose los cuadros de Gauguin de monótonos y oscuros.
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En 1894 - durante su estancia en París - Gauguin decidió escribir un libro para dar a conocer la vida cotidiana y la mitología tahitiana, así como aclarar al público los misteriosos cuadros pintados durante su estancia en la Polinesia. Lo titularía "Noa Noa" (Perfumado) e incluiría imágenes grabadas por su amigo Daniel de Monfried. Este Jarrón de flores era la portada elegida por Gauguin para el libro; para ello se basó en una obra de Delacroix, uno de los pintores clásicos por los que sentía más admiración. La técnica empleada permite ese colorido variado y provoca el abocetado de una obra de gran interés.