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En los yacimientos tartésicos se han recuperado magníficas producciones de bronce. En las necrópolis se repite un característico juego ritual compuesto de un jarro y una amplia pátera con asas -denominada habitual e impropiamente braserillo-, que debía de utilizarse en ceremonias de libación o purificación durante los enterramientos. Son particularmente notables los jarros, con tamaños que oscilan entre los 20 y los 40 centímetros de altura aproximadamente. Los más sencillos -como los hallados en Alcalá del Río, Carmona, Torres Vedras, en Portugal, y Coca (Segovia)- tienen figura piriforme, con un anillo en relieve en la unión del cuerpo y el cuello, y terminación en una boca trilobulada, con pico para verter; las asas, amplias y voladas, se unen a la panza mediante una placa en forma de palmeta.
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Este jarro que se conserva en el Museo Lázaro Galdiano de Madrid es un espléndido ejemplar, de origen tartésico, que destaca por su hermosa decoración. En el detalle se destaca la configuración de la boca como una cabeza de león, según prototipos documentados en Corinto, Etruria y otros ámbitos de la koiné orientalizante del Mediterráneo. A la cabeza de felino se acerca por detrás, en el asa, la cabeza de una serpiente. Puede corresponderle una fecha del siglo VI a.C. La presencia de animales en la decoración de los jarros se considera, junto a las florales y vegetales, alusiva a la naturaleza y la muerte, equiparable a la semita Astarté.
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El tesoro más rico en joyas de oro del periodo orientalizante tartésico se ha encontrado en Aliseda, Cáceres, como parte del ajuar de una tumba principal casualmente destruida. Las joyas de oro constituyen un precioso conjunto, finamente decorado con filigrana y granulado. Además de sellos de escarabeo, numerosos colgantes y piezas de collar, con formas muy propias de la joyería de producción fenicia, destacan en el conjunto la diadema, las arracadas, los brazaletes y el cinturón. Su fecha de fabricación debe situarse en el último cuarto del siglo VII a. C., o los comienzos del siglo VI.
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Archivo fotográfico de la Fundación Rodríguez Acosta. Fotografía de Manuel Valdivieso.
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Durante la dinastía Yuan la forma meiping o botella para ciruelos se popularizó en todos los tipos decorativos. En el caso de los azul y blanco, fueron aprovechadas para crear una rica y variada decoración. El azul bajo cubierta no se conocía en China antes de la llegada de la dinastía Yuan. Existen evidencias arqueológicas que prueban cómo en Persia se había utilizado el azul como pigmento decorativo hacia el siglo IX d. C. Conocedores de la habilidad de los alfareros chinos, los persas enviaron, vía marítima, el pigmento procedente del cobalto con el fin de investigar sobre el método correcto de aplicación sobre una superficie cerámica. La llegada a China de este pigmento no puede fecharse antes de los inicios del siglo XIV, salvo que nuevos descubrimientos arqueológicos evidencien la existencia de piezas en Azul y Blanco con anterioridad.
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Cuando Van Gogh no está especialmente motivado para trabajar al aire libre siempre le queda el recurso de cortar algunas flores silvestres y elaborar una obra de gran belleza como en la serie de los girasoles, los lirios o este conjunto creado durante su estancia en Auvers. En todas hallamos una referencia a la estampa japonesa al ser la temática floral muy querida por los nipones así como el aspecto decorativo que se manifiesta en todas las estampas. En esta composición Vincent ha utilizado dos perspectivas diferentes, recordando a Degas, al mostrar el jarrón y la mesa donde se coloca desde arriba mientras que las flores están tomadas de frente. Los diferentes elementos se recortan ante un fondo neutro trabajado con cierta planitud mientras que el jarrón y el amplio ramo se caracterizan por su volumetría. El color vuelve a protagonizar una obra de Van Gogh, especialmente el rojo y su complementario, el verde, recurriendo a la teoría de los colores complementarios avanzada por Delacroix y continuada por los impresionistas.