La primavera de 1880 será muy fructífera para Monet. Su situación económica parecía salir a flote con la venta de algunos cuadros y decidió exponer en el Salón de ese año, enviando dos trabajos aunque uno fue rechazado. No sólo realizó paisajes tomados a "plein-air" -véase Mujer sentada bajo los sauces o Lavacourt- sino que también se interesó por composiciones protagonizadas por flores, especialmente girasoles que causaron años después una grata impresión a Van Gogh. Como es habitual en su estilo, las flores no están reproducidas con exactitud, recortándose sobre el fondo azul-violáceo. Emplea colores complementarios -amarillo y violeta; azul y naranja; verde y rojo- siguiendo las teorías de Delacroix que los impresionistas hicieron suyas y trabaja con una pincelada rápida y empastada, utilizando los trazos de manera expresiva para obtener un resultado difícilmente superable.
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El emperador Kangxi potenció la creación de nuevos tipos decorativos, todos ellos de viva policromía, que hoy conocemos bajo la denominación de Familia Verde. Con esta clasificación realizada por Jacquemart en el siglo XIX, se engloban las piezas de porcelana blanca decorada con esmaltes transparentes entre los que destaca el verde. Las piezas de la Familia Verde pertenecientes al reinado de Kangxi, son sin duda las de mayor calidad.
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A lo largo de toda su vida artística - excepción hecha de la etapa de Nuenen - Van Gogh se sintió profundamente atraído por la estampa japonesa, de moda en la sociedad y entre los artistas a partir del Segundo Imperio francés. La influencia en su pintura será significativa, especialmente en la elaboración de temática floral tan habitual en Japón, así como en el aspecto decorativo de sus trabajos. Estas dos influencias se ven reforzadas en este lienzo por la aparición de un jarrón japonés con sus típicos grabados, ubicado sobre una mesa. Vincent recurre a la perspectiva alzada - como hacía Degas - al mostrar la mesa y el jarrón con las flores desde arriba, acentuando el escorzo. La sinfonía de color de las rosas y anémonas que componen el ramo hacen de esta obra una de las más atractivas de la serie.
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En el verano de 1889 Renoir visita a su buen amigo Cézanne en Aix, surgiendo allí la idea de la elaboración de este bodegón que contemplamos. La obra está intensamente relacionada con la crisis que vive el impresionismo en los años iniciales de la década de 1880. Atraídos por los efectos de la luz, el color y las atmósferas, los maestros impresionistas estaban abandonando las referencias formales por lo que algunos de ellos se plantean recuperarlas para no caer en la abstracción. Renoir se interesa por la figura, el dibujo y el modelado como podemos observar en las bañistas mientras que Cézanne utilizará la naturaleza muerta como un vehículo de experimentación. Esta es la razón por la que la visita de Renoir a Aix le lleva a trabajar en algunas naturalezas muertas, que no tienen mucho en común con las de su amigo. Pero si las comparamos con las realizadas en la época impresionista observamos unos colores más suaves, abundando las tonalidades rojizas que se convertirán en las favoritas del maestro en sus años finales. También encontramos un dibujo más acentuado y matizado en los jarrones y floreros mientras que la pincelada es más precisa, sin interesarse por los fieles detalles que caracterizan los bodegones flamencos del Barroco.