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Aparte de otros lugares de Francia, la arquitectura representativa del poder napoleónico contó con edificaciones significativas en el extranjero, y especialmente en Italia, una anexión temprana y muy ambicionada desde el punto de vista cultural. Aunque no llegó a construirse, el más monumental de los proyectos italianos de este momento fue la reforma urbana planificada a partir de 1806 por Giovanni Antonio Antolini (1754-1842) en Milán: el Foro Bonaparte. Las colosales dimensiones de esta plaza circular en torno al Castello Sforzesco y los numerosos edificios públicos que incluía el proyecto lo hicieron poco viable y lo redujeron a un plan visionario. El monumento de representación napoleónica que sí se erigió en Milán fue el que luego se llamaría Arco della Pace, del arquitecto Luigi Cagnola (1762-1833). Se comenzó su construcción en 1807, con un diseño que recreaba, como los arcos triunfales de París, el monumentalismo conmemorativo romano, probablemente con el modelo del Arco de Constantino. Cuando se terminó en 1838 la decoración escultórica de P. Marchesi ya se había convertido en monumento nacionalista lombardo.Otra intervención urbana destacada y llevada felizmente a término fue la remodelación de la Plaza de San Marcos de Venecia. Se derribó en 1807 la iglesia de San Zimignan y en 1810 se levantó en su lugar la denominada ala napoleónica, según el sopesado proyecto de G. M. Soli (1745-1822), que consiguió completar con extraordinario virtuosismo esta plaza histórica. Entre los arquitectos italianos de este momento encontramos un singular respeto, al tiempo que una marcada sensibilidad, por los monumentos de la propia tradición y por los conjuntos urbanos históricos que se proponen enaltecer. El arquitecto romano Giuseppe Valadier (1762-1839) trabajó en la restauración de monumentos con fidelidad histórica. Aunque realizó algunos edificios propios, descuella fundamentalmente por sus remodelaciones y embellecimientos del entramado urbano de Roma. Su intervención más afamada es la reforma de la Piazza del Popolo, proyectada en época de Napoleón, pero que no se ejecutará sino en el momento de la Restauración, con Pío VII, entre 1816 y 1820.Durante el sometimiento de Nápoles a José I y al general Murat se inician algunas reformas significativas en esta ciudad. El francés E. C. Leconte (1762-1818) intervino en las remodelaciones del Palacio de Caserta y de la Opera de San Carlo (1809), luego reformada por Antonio Niccolini (1772-1850). Pero en el Nápoles de Murat sobresale el acierto de la construcción comenzada por Leopoldo Laperuta en 1808 y completada por Pietro Bianchi (1787-1849) durante la Restauración borbónica: la columnata abierta para una plaza porticada que después, con Fernando I, se convertiría en ambiente sacro emblemático con la iglesia de San Francesco di Paola (1816-24).Es de destacar en cualquier caso la continuidad y resonancia que conocen los proyectos napoleónicos de construcción en la época de la Restauración. Cuando la casa Saboya retorna a Turín se hace erigir en esta ciudad la iglesia de la Gran Madre di Dio, cuyos planos se encargaron a F. Bonsignore (1767-1843), y se abre la plaza Vittorio Veneto, un gran espacio porticado diseñado por Giuseppe Frizzi (1797-1831). Ambos proyectos fueron trazados en 1818 y denotan continuismo con respecto a los principios de representación clásica rigorista -a su vez de ascendencia italiana- del período de Bonaparte. Con todo, desde el punto de vista ideológico son el nacionalismo y la involución sus rasgos característicos. Esto fue un comportamiento generalizado después de 1815 en una Europa papista y que parecía haber extraviado sus altares y sus crucifijos al sobresaltarse con el paso de las tropas francesas.En la Roma posnapoleónica otra realización importante, además de la de Valadier, fue la galería de escultura conocida como el Braccio Nuovo del Vaticano. Obra comenzada en 1817 por Raffaelo Stern (1771-1820), constituye otro de los exponentes más llamativos en la tradición de construcciones museísticas que se inicia en esta época en toda Europa. Pero entre los arquitectos italianos de este período destaca por su originalidad Giuseppe Japelli (1783-1852). Japelli era discípulo de G. Selva (1751-1819), el francófilo remodelador del teatro La Fenice de Venecia, y diseñó, especialmente para Padua, interesantísimos proyectos que no se llevaron a cabo. El Café Pedrocchi (h. 1816-34) que construyó en Padua es una de las obras más singulares del romanticismo clasicista por sus combinaciones de escala y por su rara elegancia. Incluso se le añadió en el año 37 un ala neogótica, una verdadera excepción en el panorama italiano. Se trata de un edificio entre palaciego y templario, pero destinado a cumplir sus funciones como lugar de charla y consumo burgués.Construcciones como las de Padua ponen de relieve que centros alejados de los grandes focos de la nueva arquitectura no cuentan necesariamente con obras de calidad menor. Esto se debe a la riqueza de las fuentes del rigorismo clasicista italiano, y a que la tradición abierta en el siglo XVIII orientada a la recuperación del purismo clásico había concluido ya muchos capítulos y se encontraba en un momento de afianzamiento al tiempo que había ganado nueva capacidad interpretativa. En la periferia europea encontramos igualmente los signos de madurez de este lenguaje arquitectónico purista.
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En el mes de octubre de 1940, Mussolini lanzó un ataque contra Grecia en busca de unas finalidades más políticas que económicas o estratégicas. Italia se había mantenido durante los primeros meses del conflicto generalizado en un oscuro segundo plano que su dirigente consideraba humillante. Así, a los frustrantes resultados obtenidos por el breve y oportunista enfrentamiento tenido con Francia, se habían venido a unir unas no mejores campañas realizadas en las colonias Libia y Abisinia. De esta forma, el sentimiento de amargura y fracaso se manifestaba entre los altos niveles del fascismo, actuando como elemento impulsor de la decisión del Duce. Pero en el conjunto de la Europa dominada ya por el poderío alemán, a Italia le quedaban escasos espacios de actuación, a menos que fuese a la sombra de su poderoso aliado. No pudiendo volverse hacia el norte o el oeste, Mussolini se vio obligado a mirar hacia el este, donde ya contaba con la posesión de Albania. La ocupación de este país había constituido para la propaganda del régimen una importante victoria. Pero ahora el Duce pretendía ir más lejos, y consideraba la posibilidad de atacar y conquistar de forma igualmente rápida a Yugoslavia o Grecia, en la creencia de que se trataba de países débiles y por tanto fáciles de dominar. El país elegido de entre los dos será Grecia, que conservaba estrechos lazos con las potencias occidentales; Yugoslavia, por el contrario, se contaba entre los países destinados a convertirse en verdaderos títeres de Berlín mediante su inclusión en el Pacto Tripartito. Grecia se regía por entonces según las formas de un sistema dictatorial personificado en la figura del general Metaxas e imitador de los modelos alemán e italiano, aunque sin alcanzar los rigores de éstos. Con todo, las relaciones que mantenía con Francia y Gran Bretaña habían impedido hasta entonces que se manifestase una mayor aproximación a las potencias del Eje por parte del dictador heleno. En abril de 1939, tras el ataque a Albania, las potencias occidentales habían garantizado de forma expresa la integridad del territorio griego. Ante esto, Roma había adoptado una conducta amistosa, ya que no se consideraba en condiciones de enfrentarse a ellos de forma abierta. Más tarde, con el inicio de las hostilidades, Atenas había declarado su neutralidad, al tiempo que se preparaba para una posible entrada involuntaria en el conflicto, sobre todo a partir de la caída de Francia y el inicio de la batalla de Inglaterra. Sin embargo, los actos de provocación realizados por los italianos en la zona del Adriático no habrían de cesar ya, decidido el Duce a emprender lo antes posible una campaña que imaginaba rápida y fácil. En septiembre de 1940, Grecia decretó la movilización general de sus efectivos, al tiempo que Metaxas trataba de conseguir que Hitler actuase como moderador de las ansias agresivas de su aliado. Berlín, de hecho, apoyaba esta idea del primer ministro griego, ya que no veía la necesidad de abrir un frente en una zona que se hallaba perfectamente controlada. Los regímenes de la región danubiano-balcánica admitían la calificación de filofascistas, y se hallaban totalmente sujetos por la voluntad del Reich, por lo que era innecesario que éste actuase en contra de los mismos. Al no contar con la aquiescencia del Führer, Mussolini todavía no se atrevía a actuar, pero la entrada de tropas alemanas en Rumania con el fin de proteger los pozos petrolíferos la impulsaría finalmente a ello. De esta forma, podría llevar a cabo en solitario una experiencia expansionista que le rehabilitase tanto ante su pueblo como de cara a su aliado. Muchos de los dirigentes fascistas se encontraban convencidos de que Grecia podría ser liquidada en el plazo de pocas semanas. Apoyaban además esta acción en busca tanto de su propio medro personal como del brillo exterior que el país necesitaba.
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Dos son las regiones en las que se centran las principales creaciones de la arquitectura románica: Apulia y Sicilia. Junto a estos edificios, que presentan formas más o menos puras, existen muchos otros que no podemos considerar en este capítulo, pues corresponden a la arquitectura propiamente bizantina. Con la conquista de Bari por los normandos se pone fin al dominio bizantino en Italia. A lo largo del XII se construirá la gran iglesia dedicada a san Nicolás. El edificio consta de un elevadísimo crucero, cuya altura se enfatiza aún más con los esbeltísimos ábsides. El edificio, que iba cubierto de madera sufrirá una gran transformación al abovedarse con aristas las naves laterales y disponer, sobre ellas, una tribuna. Edificios, como las catedrales de Bari, Trani y Bitonto, imitarán aspectos parciales de este monumento. La escultura, salvo la obra excepcional de la cátedra episcopal de San Nicolás, es una síntesis de las experiencias practicadas en otras regiones italianas. El aspecto formal de la cátedra responde a modelos conocidos del XI, la diferencia reside en la actitud expresiva de los atlantes. Difícilmente se puede aceptar que la fecha de 1105 pueda corresponderse con una escultura capaz de dotar a sus imágenes de sentimientos humanos. La arquitectura siciliana, como fruto de experiencias bizantinas, islámicas y románicas, presenta formas exóticas que en algunos aspectos resulta difícil poder clasificarlas como románicas. La iglesia del conjunto palatino de Monreale es un vastísimo edificio de 102 metros de largo, perfectamente dividido en tres espacios: fachada torreada con nártex, tres naves de esbeltas columnas y arcos apuntados, y un enorme transepto al que se abren tres ábsides semicirculares. El tipo de presbiterio, así como los elementos de la fachada, remiten a la arquitectura europea. Los temas decorativos, arcos entrecruzados y motivos cerámicos, son de raíz islámica. Los mosaicos responden a la más estricta estética bizantina. En el claustro nos encontramos con una serie de 228 capiteles que son un espléndido muestrario de la iconografía más variada. Temas profanos, sucesos de la historia contemporánea del monumento, construido por Guillermo II entre 1175 y 1185, y un ciclo neotestamentario. Su estilo coincide con la escultura tardía del sur de Francia, aunque no faltan influjos de la plástica bizantina. El capitel que representa el sacrificio de Mitra es una verdadera obra maestra de la escultura tardorrománica.
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El proceso de realización de los cuadros de Turner es muy significativo: primero ejecutaba numerosos bocetos que después serían distorsionados por la fantasía del artista. Utilizaba como base la naturaleza pero luego introducía importantes novedades como diferentes luces, tormentas, edificios o lo que su fecunda imaginación le permitiera. Esta es la razón por la las obras de Turner siempre tiene un poso fantástico y romántico, generalmente por las brumas que las envuelven. En esta imagen el maestro londinense nos presenta una vista fantaseada de Tívoli con el fondo de la campiña romana que tanto impresionó a Turner, de la misma manera que había ocurrido siglos atrás a Claudio de Lorena. Los colores empleados por el británico son especialmente claros y luminosos como bien podemos observar en la tonalidad azul del río y del cielo. La amplia perspectiva que obtiene el artista y los efectos atmosféricos que diluyen los edificios de la ciudad son elementos diferenciadores e identificativos de la obra de William Turner.
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En el modelo político de Augusto se mantenía la hegemonía de Italia sobre las provincias. Los miembros de los órdenes procedían mayoritariamente de Italia así como las fuerzas de elite de los pretorianos. Y la hegemonía se mantenía igualmente en el orden económico, de modo que Italia seguía siendo la receptora de los impuestos y de las materias primas de las provincias a las que exportaba los productos manufacturados. El modelo de Augusto era una prolongación de la práctica republicana. Durante los Julio-Claudios se fue paulatinamente rompiendo ese modelo y, de modo particular, en la relación entre Italia y las provincias occidentales. Las razones fueron varias. En Hispania, la Bética y el este de la Citerior habían recibido inmigrantes italo-romanos en cantidades significativas desde las últimas décadas de la República. El programa colonizador y municipalizador de César-Augusto había incrementado tal emigración y había permitido que muchos miembros de las oligarquías locales accedieran a la ciudadanía romana o latina. Las fundaciones coloniales de Lusitania (Emerita Augusta, Mérida; Pax Iulia, Beja; Metellinum, Medellín; Norba Caesarina, Cáceres), de la Bética (Hispalis, Sevilla; Tucci, Martos; Astigi, Ecija; Urso, Osuna) y de la Citerior (Tarrasa, Tarragona; Caesarougusta, Zaragoza; Carthago Nova, Cartagena; Acci, Guadix) son una pequeña muestra de las ciudades privilegiadas que recibieron importantes contingentes de población de Italia. Lo mismo puede decirse de la provincia Narbonense, con ciudades tan intensamente romanizadas como la propia Narbo Marcius, además de Arelatum (Arles), Nemausum (Nimes) y otras. Algunos miembros de las oligarquías de estas provincias consiguen hacer grandes fortunas con la explotación de una agricultura racionalizada que produce para la exportación. Había pasado el tiempo en que los gobernadores provinciales decidían incrementos de impuestos, frumentum imperatum, si así lo consideraban oportuno. La estabilidad del sistema impositivo imperial y su saneada gestión permitían hacer programas económicos competitivos. Una parte considerable del consumo de la plebe de Roma y del ejército de las fronteras era proporcionada por las provincias. Más aún, se constata que incluso los indígenas romanizados participaban en las sociedades constituidas para la explotación de concesiones mineras del Estado. Y en esas mismas provincias comienzan a organizarse actividades artesanales que sirven para abastecer una parte del mercado provincial, mermando así el nivel de importación de productos manufacturados en Italia. Los testimonios son muchos: el aceite de Africa y de la Bética se exportaba en grandes cantidades a pesar de que el aceite de Italia siguiera siendo de mejor calidad para la fabricación de perfumes; el Monte Testaccio de Roma comienza a formarse con las ánforas destinadas al transporte de aceite y vino de la Bética; el garum del sur de Hispania se destina al mantenimiento de las tropas del Rin y a las distribuciones de alimentos a la plebe de Roma; la fundación por Claudio de la ciudad de Baelo Claudia forma parte de ese programa de almacenamiento de garum para su posterior exportación; en los lingotes de plomo con marcas de negotiatores de las minas de Cartagena se constatan nombres romanos e indígenas, los mismos que aparecen después como magistrados de la ciudad, etcétera. Se advierte así un repliegue del auge económico de la Italia de siglos anteriores. La concentración de la mano de obra esclava, ahora de más difícil obtención, había permitido crear grandes latifundios en el sur de Italia destinados al pastoreo así como una significativa concentración de la propiedad. Columela, que escribe su tratado "De agricultura" en época de Nerón, recoge en el prólogo de su obra las preocupaciones de muchos propietarios sobre el bajo rendimiento de la tierra: el abstencionismo de los dueños y el empleo de esclavos no cualificados son para Columela las causas más importantes de la escasa productividad de las tierras de Italia. Aun así, la crisis no era general: quedaban amplias regiones (Cisalpina, Etruria, Umbría y otras comarcas de los Apeninos) donde el trabajo esclavo no había suplantado al pequeño y mediano propietario y que obtenían buenos beneficios de sus tierras. Y los restos arqueológicos de Pompeya, Herculano, Estabia, así como los visibles o confirmados por los autores antiguos de la propia ciudad de Roma, ponen de manifiesto la realización de grandes proyectos constructivos que empleaban abundante cantidad de mano de obra. A su vez, durante los Julio-Clandios se mantuvo la tendencia de fines de la República consistente en el amor a las grandes manifestaciones de lujo y de exhibición de riquezas de las altas capas sociales; ciertamente, ello sucedió gastando con frecuencia por encima de sus posibilidades y contribuyendo con ello a vaciar Italia de metales preciosos, ante todo de oro, destinados para el pago de objetos suntuarios importados del Lejano Oriente. Los indicadores económicos constituyen sólo una parte de la crisis de Italia. Los provinciales componen gran parte de las legiones, y cada día son más los que acceden al Senado de Roma: la medida comentada de Claudio sobre la inclusión de nobles galos en el Senado debe ser recordada por afectar a un amplio colectivo, pero el acceso de particulares se seguía produciendo, como lo testimonian los casos de los Anneos de la Bética o el de Burro, procedente de la Narbonense. No menos importante fue el hecho de que, a partir de los Julio-Claudios, la literatura romana tuvo creadores prestigiosos de origen provincial. Fedro, el adaptador de las fábulas de Esopo al latín, era un liberto de origen tracio. Y la literatura técnica contó con insignes representantes de origen hispano: Pomponio Mela, autor de una "Geografía" escrita bajo los gobiernos de Calígula y de Claudio, y el gaditano L. Junio Moderato Columela, cuyo tratado "De agricultura" se constituye en el manual seguido durante todo el Imperio. De familia cordubense de la Bética proceden, igualmente, M. Annio Lucano, autor de la epopeya histórica titulada "Farsalia", amigo coyuntural de Nerón, así como su tío L. Anneo Séneca, el más insigne representante del estoicismo romano del siglo I d.C. El valor de la voluminosa obra de Séneca (escritos filosóficos, cartas, obra dramática, escritos satíricos) convierten en anécdota sus años como consejero educativo y político de Nerón. Esos escritores de origen provincial vivían habitualmente en Italia. No por ello deja de ser significativo que la defensa de la cultura oficial romana haya dejado de ser monopolio de autores procedentes de aquella península; más aún, la literatura encuentra en un personaje como Séneca a uno de los más destacados renovadores de la misma. Tardará todavía en producirse una participación semejante de las provincias orientales.
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Es en las regiones meridionales de Italia y en las zonas insulares próximas, donde se documentan las primeras evidencias del proceso de neolitización, permitiendo constatar una de las evoluciones más significativas del Mediterráneo. Desde finales del VII milenio y durante el VI se registra el horizonte caracterizado en el registro empírico por las producciones de cerámicas impresas. Se trata de yacimientos situados en las zonas costeras de la región de Trieste, en las costas orientales de la península (Pulla) y en Sicilia. Se trata de un horizonte donde los yacimientos más representativos son Coppa Nevigata, Rendina I, Torre Sabea, Torre Canne y la cueva Guardiano en la región de la Pulla, Prato de Don Michele en Tremiti y cueva de Mazo en Sicilia. Se trata de instalaciones al aire libre o en cueva entre las cuales destaca el poblado de Coppa Nevigata, con una estructura fortificada, y que ha sido interpretado, respectivamente, como una avanzadilla de los colonos orientales en tierras itálicas y como un asentamiento de grupos mesolíticos evolucionados. La producción de subsistencia presenta en este grupo una cierta homogeneidad, caracterizada por una producción agro-pastoril, pero con una importante explotación de los recursos naturales, sean los de origen marino (Coppa Nevigata) o la presencia significativa de animales salvajes cazados (ciervo, jabalí) entre los recursos faunísticos. La industria lítica presenta en algunos conjuntos un fuerte microlitismo que ha sido interpretado como una muestra de una continuidad de la tradición mesolítica. Las producciones cerámicas se caracterizan por una doble producción: cerámicas lisas o formas decoradas impresas con la utilización de impresiones de cardium, con los motivos repartidos en todo el conjunto de vaso. La progresiva introducción de nuevas temáticas y técnicas ha servido para diferenciar, en Italia suroccidental, tres horizontes estilísticos de significación cronológica diferenciable: el momento más arcaico, estilo Prato Don Michele, con decoraciones exclusivamente impresas; el estilo Guadone, datable en torno a la mitad del VI milenio, donde continúan las cerámicas impresas, pero con una mayor complejidad y series más finas con temáticas más organizadas, con motivos triangulares o circulares; y finalmente, el estilo Messina-La Quercia, con dataciones de finales del VI milenio y primera mitad del V. con la progresiva disminución de las cerámicas impresas y la introducción de nuevos tipos de decoraciones, en los vasos de mayor calidad a base de incisiones rellenas con pasta blanca o roja, y la aparición de los motivos pintados. A finales del VI milenio aparecen en el sur de la Italia meridional continental un buen número de asentamientos, dispuestos en los valles de suelos ligeros y fértiles, caracterizados por unas instalaciones a base de cabañas circulares de diámetros variables, rodeadas por fosos circulares. Este tipo de hábitat, que perdura a lo largo del V milenio, está ejemplificado por las investigaciones del llano del Tavoliere, donde la prospección aérea ha permitido detectar más de un millar de instalaciones atrincheradas, entre las que destacan las detalladas excavaciones de Passo di Corvo. Se trata de simples trincheras de recorrido circular en forma de C cuya interpretación funcional ha pasado de la hipótesis de reserva de agua a la de drenaje o incluso de dispositivos destinados a la protección y control del ganado. La consolidación de las prácticas agrícolas y ganaderas que se observa en estos momentos ha permitido la diferenciación regional de muchos grupos a partir de las producciones cerámicas (así, en otras regiones de Italia del sudeste los grupos de Matera, o el caso de la cultura de Stentinello en Sicilia) si bien en la mayoría de ellos se observa una distribución de asentamientos y estructuras de los mismos idénticos a los descritos para la región del Tavoliere. En consecuencia, es en esta fase, coincidiendo con la difusión de las cerámicas bicromáticas o trícromas, cuando se produce la consolidación de las aldeas agrícolas con un modelo relativamente homogéneo para la globalidad de Italia meridional. En Italia central y septentrional, la documentación muestra una diferenciación respecto a la zona meridional. La renovación de la investigación en esta zona ha indicado la importancia de esta región como zona de transmisión entre Europa central y balcánica y el occidente mediterráneo. Tradicionalmente la cueva de Arene Candide, en la región ligur, indicaba el proceso de transformación gracias a su importante secuencia estratigráfica. La neolitización se vincula al grupo de cerámica impresa, a partir de la primera mitad del V milenio. El registro de este nivel indica unas producciones cerámicas de tradición impresa, una industria lítica donde se observa una fuerte tradición de tipo mesolítico y unas prácticas de subsistencia en las que, junto a la evidencia de la ganadería de ovicápridos, suidos y bóvidos, aparecen un recurso a la caza (ciervo) y un consumo de moluscos marinos. Las recientes investigaciones han permitido definir un segundo grupo de cerámicas impresas de tipo adriático y de relación más oriental. Estas mismas investigaciones han permitido definir la evolución del horizonte postcardial a finales del V milenio e inicios del IV milenio, definidos por las producciones cerámicas a partir de criterios estilísticos, diferenciando grupos regionales (cultura de Fiorano, grupo de Vho, grupo Gaan) que muestran de nuevo una relación con los grupos de Dalmacia. En las islas próximas a la península italiana se documenta su primera ocupación a lo largo del VI milenio. Así, Malta conoce la cultura Ghar Dalkam relacionable con la fase de Stentinello (Sicilia), mientras que en Córcega y Cerdeña se relaciona con las culturas de cerámicas impresas. En todas ellas, el patrón de asentamiento es variable, conociéndose sobre todo cavidades: cueva de Filiestru o Monte Maiore (Cerdena) o del Abrigo D de Filitosa y Basi en Córcega.
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En consonancia con la evolución del resto de Europa, la península italiana trató de superar su excesiva disgregación política a lo largo de los siglos XIV y XV. Con la implantación de las Señorías, los estados italianos de mayor peso político ampliaron sus fronteras en detrimento de las comunidades mas pequeñas. Sin embargo, la pervivencia de corrientes y modelos localistas no hizo posible una unificación total, sino que fácilitó la formación de los llamados estados regionales: Milán, Florencia, Venecia, Estados Pontificios y Nápoles. La paulatina perdida de protagonismo de la autoridad imperial favoreció su crecimiento, sobre todo tras el fracaso de las campañas italianas de Enrique VII (1310-1313) y de Luis IV (1327-1330). La debilidad imperial y la ausencia de los pontífices, instalados en Aviñón desde 1309, abonaron el terreno al enfrentamiento entre estados y a la eclosión de fuertes rivalidades políticas en el seno de los mismos. En las ciudades-estado (comuni) las luchas entre bandos (güelfos/gibelinos; blancos/negros) y la conflictividad creciente entre patriciado urbano y burguesía provocaron un cierto vacío de poder, que desembocó en la entrega del gobierno a un único regidor (podestá, vizconde o castellano). Éste, garante de la paz en la comunidad, acabó por convertirse en señor jurisdiccional. Su papel recayó en manos de capitanes mercenarios (Milán) o de importantes financieros (Florencia). Al margen de los grandes estados regionales sobrevivieron algunas señorías menores, que según el curso de los acontecimientos llegaron a contar con un mayor o menor peso político en el concierto italiano. Valga como ejemplo Verona, principado que alcanzó su máximo apogeo bajo Cangrande della Scala (1311-1329), pare caer más tarde por la presión de Milán, Florencia, Venecia y Ferrara. Regiones como Emilia, Romana, Marcas o Umbría se encontraban fraccionadas en un gran numero de pequeños estados. A lo largo de la segunda mitad del siglo XV el Papado consiguió imponer su hegemonía sobre la zona, no sin antes vencer la enconada resistencia de los señores locales de Módena (Torelli, Gonzaga, Correggio y Pio), Mantua (Gonzaga), Ferrara (Este), Bolonia (Manfredi y Bentivogli), Forlí (Ordelaffi), Rímini (Malatesta), Pésaro (Sforza), Urbino (Montefeltro) y Camerino (Varano). Una de las constantes del periodo fue el protagonismo cobrado por las tropas mercenarias en el equilibrio de fuerzas entre los distintos estados. Estos confiaron la seguridad pública y la de sus fronteras a sus capitanes o "condottieri", término procedente de la palabra "condotta", contrato entre las autoridades y el jefe mercenario. A lo largo del siglo XIV las señorías utilizaron ejércitos extranjeros, que sustituyeron poco a poco a las milicias ciudadanas, incapaces de asimilar técnica y políticamente las exigencias de sus gobernantes. Así, los principales capitanes de ventura del momento fueron de origen foráneo: Fra'Moriale (provenzal), John Hawkwood Acuto (inglés), el duque de Urslingen (alemán), etc. Pero con el cambio de siglo los italianos se incorporaron a los ejércitos profesionales y sus mandos comenzaron a intervenir decididamente en los asuntos internos de los estados que les asalariaban. Uno de ellos, Francisco Sforza, llegó incluso a erigirse en duque de Milán tras la muerte del último Visconti. Los capitanes de ventura eran expertos en la guerra de emboscadas y escaramuzas, en la que contaban más las negociaciones e intrigas que el combate real. Dicha estrategia respondía al escaso volumen de los ejércitos empleados en la lucha y al elevado coste de los mismos, que hacía irreparable la pérdida de efectivos.
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Sí la ambigüedad había sido quizá la principal característica de los "cuarenta y cinco" días de Badoglio, el período que va desde septiembre de 1943 hasta finales de abril de 1945 representa para Italia la división, la presencia de la guerra en su territorio y, sobre todo, la guerra civil.Veinte largos meses en los que podemos encontrar, además de los Ejércitos alemanes y angloamericanos, tres distintas ideas de Italia: la de la tradición monárquica posterior a la unificación, la del fascismo que, más que nunca, se demostrará ajeno a los verdaderos intereses nacionales, y la de una Italia renovada que reclama para sí la tradición del Risorgimiento y sobre la que se fundará la Italia republicana de nuestros días, la de la Resistencia.En el sur, bajo la protección de los Ejércitos aliados, se reorganiza precariamente el Estado italiano manteniendo la forma monárquica, pero dando paso, cada vez más, a las formaciones políticas antifascistas. Este Estado, que se irá ensanchando con los avances aliados, es conocido en Italia como Reino del sur.En el norte, bajo la ocupación alemana se fundará un nuevo Estado fascista que volverá a encabezar Mussolini, liberado de su prisión por los alemanes la República de Saló, pues en esta pequeña villa, a orillas del lago de Garda, se instaló Mussolini y los organismos centrales de la nueva República.En los territorios ocupados por los alemanes y controlados, al menos teóricamente por el nuevo Estado fascista republicano, se desarrollará cada vez de un modo más organizado una resistencia armada que se enfrenta tanto a los alemanes como a unidades fascistas republicanas, cuya función es de carácter represivo. Podemos hablar, pues, de un enfrentamiento civil entre italianos dentro del más amplio contexto de la Segunda Guerra Mundial.