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termino
acepcion
Patriarca bíblico, también llamado Jacob. Este término se emplea para designar a todo el pueblo judío, además de referirse al Estado de Israel.
contexto
Narra el texto bíblico cómo sus hermanos vendieron a José, el hijo preferido de Jacob, aprovechando el paso de unos caravaneros ismaelitas -es decir, árabes- que marchaban hacia Egipto. Aquí cayó José en la gracia del faraón, alcanzó puestos de confianza, encontró y perdonó a sus hermanos e hizo venir a toda la familia, incluyendo al padre. En Egipto se multiplicó el clan durante cuatro generaciones, pero acabaron en la adversidad, sojuzgados por un nuevo soberano que no había conocido a José (Éxodo, 1, 8), bajo sospecha de amenaza a la seguridad del Imperio. Quede claro, en primer lugar, que la larga historia de José tiene todos los visos de ficción narrativa y hasta en alguna de sus partes estrecho paralelo en literatura no bíblica conocida. Pero reconocerlo así no autoriza a negar toda autenticidad a la presencia de antecesores de Israel de manera respondente, aunque sea de forma remota, a la presentación bíblica de los hechos. Algo de historicidad hay desde el momento en que grupos procedentes de Egipto fueron, tras su éxodo, el fermento del Israel que se constituiría en Canaán. Por otra parte, brindan visos de verosimilitud a dicha estancia algunos avatares históricos y cierto número de otros indicios concurrentes. Algunos autores relacionaron la ascensión de José en Egipto con la dominación hicsa y no se ha pasado por alto el paralelismo entre los habiru prisioneros y los israelitas esclavizados. Pero hay más. La caravana a que fue vendido José como esclavo responde a la práctica de las relaciones comerciales egipcio-asiáticas. La bajada de los hermanos de José a Egipto en época de hambre para comprar grano tiene sus correlatos en documentación egipcia de los siglos XIV y XIII a.C., como por ejemplo en el testimonio de un grupo de asiáticos que, angustiados, no saben -dice un texto egipcio- cómo van a subsistir, han venido suplicando un hogar en territorio del faraón, conforme a la costumbre de los padres de sus padres desde el principio, o en el de la carta de un funcionario de fronteras que ha permitido el paso de semitas hambrientos hacia la localidad de Per-Atum, que seguramente -y la correspondencia es asombrosa- es la Pitóm de Éxodo, 1, 11. Son hechos destacables también el nombre egipcio que porta Moisés, personaje histórico sin discusión, líder de los israelitas escapados, y todo el colorido de las narraciones de José y de la preparación del éxodo, que denota una autenticidad de tradiciones, en parte, y conocimiento de las costumbres e instituciones egipcias por los autores de estos relatos. Los cargos de la casa del faraón, la práctica del embalsamamiento, las plagas, la elevación social de un extranjero, los paralelos literarios, los ciento diez años de José, que en Egipto corresponden a la duración ideal de la vida, entre otras cosas, son detalles que enraízan estas narrativas en el país del Nilo y hacen prácticamente imposible una redacción desde la nada de los pasajes bíblicos en algún lugar de la Palestina del primer milenio. Parece inevitable, por todo lo dicho, la conclusión de que una parte del Israel posterior procedía de grupos que tuvieron corta o larga experiencia en Egipto y eran herederos y portadores de una tradición allí originada, quizá mezclada y confusa, adornada con intromisiones espurias con el tiempo y reinterpretada con posterioridad.
contexto
Mientras se debatía con escasa esperanza de la Hoja de Ruta que debiera solucionar el contencioso israelí-palestino, Tel Aviv preparaba la inauguración del primer tramo del muro que separa Israel de los Territorios Ocupados de Palestina. La construcción de esa muralla es, con ochenta años de retraso, la realización material de una vieja doctrina de la derecha sionista, cuya expresión más extrema sostiene que la paz con los palestinos será siempre imposible. Durante treinta años los primeros inmigrantes judíos a Palestina ignoraron o soslayaron el problema central de la propuesta del sionismo: la naturaleza de las relaciones entre la Yishuv (la comunidad hebrea de Palestina) y la población nativa, a la que de un modo u otro iban a desplazar. Algunos, como el mismo Theodor Herzl -padre del sionismo, autor de "Der judenstaat" -El Estado judío- imaginaron un mundo color de rosa en el que los palestinos no harían sino beneficiarse de la industrialización y del capital aportado por los judíos y, por tanto, venerarían a los recién llegados. No faltaron quienes pensaron que los problemas de convivencia irían resolviéndose solos por arte de birlibirloque o quienes creyeron que los palestinos eran los intrusos en la tierra bíblica y que, tarde o temprano, tendrían que emigrar a cualesquiera de los demás países árabes. Otros miraron con desprecio a la población local, a la que consideraban primitiva y atrasada y de la que sólo les interesaban sus propiedades agrícolas, para comprárselas, y la mano de obra barata que podían suministrar. Tras la primera década de migraciones sionistas, en 1907, un maestro de escuela judío asentado en Palestina, Yitzhak Epstein, publicó un artículo en la revista Ha Shiloá llamando la atención sobre este problema que, para él, era "la cuestión secreta", el asunto que nadie en la Yishuv quería abordar. Fue el fundador de la derecha sionista, Vladimir Zeev Jabotinsky -que sentía hacia los árabes "una cortés indiferencia"- quien primero se atrevió a "tomar el toro por los cuernos" en un artículo titulado Sobre el Muro de Hierro (Nosotros y los árabes) que causó una profunda impresión entre los judíos de Palestina. Tras analizar la conducta de los palestinos hacia los judíos, Jabotinsky concluyó que "un acuerdo voluntario entre nosotros y los árabes de Palestina es inconcebible hoy y en un futuro predecible". La razón era que los palestinos veían a su país como su patria y deseaban seguir siendo sus únicos dueños. Burlándose de la actitud desdeñosa de muchos sionistas hacia los árabes, Jabotinsky les recordó que "no son una chusma sino un pueblo vivo. Y un pueblo vivo sólo claudicará en asuntos vitales cuando haya perdido toda esperanza de quitarse de encima a los invasores". Advertía que los árabes no eran tontos a los que se pudiera engañar con versiones dulcificadas de los verdaderos objetivos sionistas, ni una tribu mercenaria que abandonara sus derechos a cambio de ventajas económicas. Preveía que los palestinos se opondrían con toda energía al proyecto sionista de "convertir Palestina en la Tierra de Israel". Tras rechazar otras soluciones posibles como corromper a los árabes no palestinos para que apoyasen la causa sionista, Jabotinsky planteaba un dilema: abandonar los esfuerzos de crear un hogar nacional para los judíos en Palestina "o continuar con ellos sin prestar atención al humor de los nativos". Naturalmente, se inclinaba por la segunda opción, para lo cual "el establecimiento en Palestina debe hacerse bajo la protección de una fuerza (militar) que no dependa de la población local, detrás de un muro de hierro que ellos (los palestinos) sean incapaces de quebrar". Razonaba, finalmente, que mientras se tratara de dos fuerzas más o menos equilibradas no había posibilidad de acuerdo pacífico. Sólo cuando el muro de hierro y su efecto defensivo y disuasorio les convenciera de que era inútil resistirse, los árabes estarían dispuestos a ceder y firmar acuerdos pacíficos con los judíos. El muro de hierro era, por supuesto, una expresión metafórica para Jabotinsky, una imagen del poder militar que tenía que desarrollar la comunidad sionista -él había creado la Legión judía, que combatió en la Gran Guerra- para impedir la resistencia nativa. El sionismo moderado criticó ácidamente aquella descarnada propuesta, tildándola de inmoral. Jabotinsky, en un segundo artículo, les exhortó a que se pusieran de acuerdo previamente sobre si el sionismo y sus planes eran un fenómeno negativo o positivo desde el punto de vista moral. Si se trataba de un movimiento apoyado en la justicia, triunfaría "sin que importe el consentimiento o el rechazo de los otros". Contra estos planteamiento fascistas se creó, en 1925, Brit Shalom, (Alianza de Paz), organización minoritaria que representaba la mejor tradición humanista judía. Proponían un acuerdo con los palestinos para crear un Estado binacional, puesto que parecía imposible marcar en el territorio de Palestina un área para los judíos sin desposeer al mismo tiempo a los árabes. Brit Shalom ponía la moralidad por encima de todo y advertía que por el camino que iba "el sionismo se deteriorará hasta convertirse en un chovinismo absurdo". Acusado de naïf y de poco realista, el movimiento Brit Shalom sólo tuvo una importancia testimonial, aunque como movimiento de opinión todavía hoy subsiste. Vladimir Zeev Jabotinsky (1880-1940) había nacido en Odessa, Rusia, y de muy joven participó en la organización de los primeros grupos de defensa de la comunidad judía contra los pogromos del zarismo. Cuando estalló la Gran Guerra, su formación militar le permitió contribuir a la fundación de la Legión judía, que combatió junto a los británicos contra el Imperio Otomano.
Personaje Pintor
Entre los integrantes de la Escuela de La Haya destaca Josef Israëls, especialista en temáticas realistas captadas con un acertado luminismo. Los pescadores, ancianos o humildes pueblan sus cuadros, obteniendo un destacable éxito en Ingalaterra y Estados Unidos.
lugar
fuente
Combate entre los macedonios de Alejandro y los persas de Darío, que tiene lugar en noviembre del año 333 a.C. Los macedonios utilizan la táctica de "línea oblicua" para vencer al enemigo.
lugar
obra
Las estatuas de diosas de época neobabilónica que han llegado hasta nosotros, al contrario que las de dioses, son más numerosas y más sueltas en su ejecución plástica. Esta figura representa a Isthar como diosa de la fertilidad, con formas voluptuosas.