La situación sancionada por la paz de Cateau-Cambrésis (1559), que puso fin al conflicto entre Francia y España, otorgando el control de la península italiana a la Corona española, se mantuvo a lo largo del siglo XVII. España ostentaba la soberanía de Nápoles, Sicilia, Cerdeña y Milán, más los Presidios de Toscana. Desde esta dilatada plataforma territorial, dejó sentir su aplastante preponderancia en los restantes estados, nominalmente independientes. Sólo la república de Venecia y el ducado de Saboya rompían el marco de esa pasiva sumisión a España, mostrando que su hegemonía comenzaba a vacilar.Ante el convulso panorama europeo, Italia gozó de una larga etapa de paz, sin guerras internas -excluyendo el paso de tropas y alguna guerra, como la de Venecia contra los piratas uscoques (1610), o la de Monferrato, de Saboya contra España (1612-17)-, viviendo un período de gran tranquilidad social, rota sólo por alguna revuelta aislada. De esta situación, unos se aprovecharon más que otros, como la decadente república de Génova, fiel aliada marítima de España, cuyos banqueros asumieron el control de las fnanzas de la Monarquía Hispánica.Pero, el poder político-militar de España y el control religioso, junto al tutelaje espiritual, de la Iglesia Católica -la más fuerte e inmediata instancia de poder en la Italia del Seicento- impusieron un clima de hondo sopor a esta situación de marginación política, que en torno a la mitad del siglo se agudizó al pasar a Francia la supremacía europea y tener que soportar Italia las consecuencias de la decadencia española, que en los territorios sometidos (aunque no sólo en ellos) se tradujo en el aumento de la marginación económica, la fiscalización exasperada y vejatoria, el espionaje político y la desinhibida defensa por nobles y alto clero autóctonos de sus privilegios de clase.Participando de la crisis demográfica y económica del siglo XVIII, en Italia el mecanismo económico se entumeció definitivamente. La baja producción agrícola no era capaz de alimentar a su crecida población y estallaron las primeras crisis de carestía; se declararon espantosas epidemias (1630; 1657), decreciendo bruscamente la población (sobre todo, la urbana); se abandonaron muchas tierras de laboreo, supliendo poco a poco la agricultura extensiva al cultivo intensivo, mientras el pastoreo le ganaba terreno a la agricultura.Aún más honda fue la crisis comercial, al haber quedado Italia alejada de las rutas comerciales atlánticas que absorbían casi todo el tráfico de mercancías. De rechazo, para agravar más la situación, se hundió su sistema manufacturero, basado en la producción de artículos de lujo por procedimientos obsoletos todavía controlados por las antiguas corporaciones. Prácticamente, no se exportaban manufacturas, sino materias primas.Pero, la consecuencia más grave fue la profunda neofeudalización sufrida por la estructura de su sociedad que se inmovilizó, endureció las relaciones entre las clases y marcó cada vez más los respectivos papeles sociales. La nobleza, en especial, se vio reforzada por los comerciantes, que reaccionaron ante la crisis abandonando sus negocios y adquiriendo tierras, con lo que disminuyeron sus ganancias a costa de aumentar su seguridad. Los más ricos de entre ellos terminaron por emular a la nobleza terrateniente, asumiendo sus hábitos de vida y su mentalidad, y comprando algún feudo o título de nobleza. En vez de invertir, antiguos y nuevos nobles se dedicaron a reforzar sus muchos privilegios y a reintroducir el sistema jurídico feudal como garantía de sus rentas basadas en una economía retractora. Lo curioso es que sólo en Nápoles estallara, como reacción a la dura refeudalización del Sur, el levantamiento social de Masaniello (1647), sofocado de manera drástica.
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La Italia de los años ochenta puede ser interpretada como un país en el cual se había producido un permanente conflicto entre las posibilidades de renovación y la permanencia en el inmovilismo. Las primeras nacieron de la existencia de una sociedad dinámica mientras que las segundas fueron el producto de la peculiaridad de un sistema político que, ya a finales de los años ochenta, había alcanzado lo que parecían sus límites. Como en el caso del Japón, fue la permanencia de las estructuras políticas heredadas de 1945 lo que creó una crisis irreversible en las instituciones democráticas surgidas de la posguerra, realidad que no tiene parangón con ningún otro caso europeo. El dinamismo de la sociedad italiana fue manifiesto durante la década de los ochenta en que se pudo hablar incluso de un nuevo milagro económico italiano. En efecto, el crecimiento fue muy elevado, del orden del 4% anual, a veces el doble del alemán; la contrapartida resultó el mantenimiento de un paro también elevado y de una inflación muy difícil de dominar. Un rasgo muy característico del caso italiano fue que el crecimiento se llevó a cabo merced a la existencia de un sector oculto de la economía dedicado a determinadas ramas de la producción (vestido, cuero, mobiliario...), dedicado a la exportación y poco o nada controlado por el fisco. Ese sector, ubicado principalmente en el Centro y el Norte, testimonia la existencia de un empleo que pretende ocultarse de un Estado cuyas necesidades fiscales nacen de atender a un Sur subsidiado. El resultado fue una multiplicación de la dualidad nacional y la deslegitimación de las instituciones políticas. Por otro lado, el peligro que ha tenido este desarrollo ha sido siempre el mismo: el crecimiento más rápido de los salarios que la productividad. El establecimiento de una escala salarial móvil que la hacía dependiente de la inflación contribuyó a ese resultado pero sólo fue corregida a partir de mediados de los años ochenta. En el terreno político, la década de los ochenta supuso un cambio fundamental cuyo origen ya hemos visto en la etapa final de los setenta. En 1979, por vez primera en los tres últimos años, salió el PCI de la peculiar mayoría gubernamental creada por el sistema de voto de no desconfianza; de esa manera se puede decir que se llegó al reflujo de las esperanzas comunistas. Los resultados electorales confirmaron esta situación cuando, por primera vez en mucho tiempo, los comunistas vieron disminuir su voto. Sólo en 1984, el PCI se situó por encima de la Democracia Cristiana, pero en un contexto que ya resultaba muy distinto del de una década antes en que el "compromiso histórico" parecía viable. Se trató, ahora, de unas elecciones europeas cuando, además, ya existían otras fórmulas de Gobierno muy distintas. Por eso el "sorpasso", es decir la superación por el PCI del voto DC, resultó carente de consecuencias. Lo característico de los años ochenta fue, en efecto, la aparición de una solución que, aunque en lo esencial resultara semejante a las anteriores, ofrecía aspectos en apariencia innovadores. Desde 1978 el Partido Socialista, animado por una nueva generación de dirigentes que tuvo como principal figura a Craxi, se ofreció como eje de una coalición gobernante, sin relación con el comunismo, con la Democracia Cristiana. Esa fórmula, aunque no marginara de las tareas fundamentales a la Democracia Cristiana, la privó de la presidencia del Consejo al mismo tiempo que impedía la llegada al poder de los comunistas. Según ha escrito un historiador italiano fue en estos momentos la "hora de los laicos". Aparte de Pertini, que dotó a la presidencia italiana de un liderazgo moral del que había carecido hasta el momento, las dos figuras que se identificaron principalmente con este nuevo momento político fueron el republicano Spadolini y el ya citado Craxi. El republicano Spadolini se convirtió en presidente por el deseo de la DC de evitar que lo fuera un socialista. En cierta manera, se puede decir de él que fue un caso un tanto excepcional: frente a la habitual gerontocracia de la política italiana su caso fue el de una persona que obtuvo el puesto más importante del ejecutivo tan sólo diez años después de iniciarse en la política a la que llegó dotado de un prestigio profesional indudable. Su presencia al frente del Gobierno llegó a explicar el resultado de las elecciones de 1983, muy favorables para su partido, aunque ella perjudicó a la otra vertiente laica de la mayoría gobernante, los socialistas. El triunfo de Spadolini fue indicativo de la exigencia de un nuevo tipo de político que llegó a obligar a la anquilosada Democracia Cristiana a recurrir a figuras como el tecnócrata Goria. Luego, ya en 1984, Craxi fue el beneficiario de los deseos de estabilidad y de un ejecutivo fuerte, al menos para los términos habituales en Italia. El dirigente socialista presidió sucesivos Gobiernos de una amplia coalición de centro, el "pentapartito". Desde 1985, el PSI se instaló en una cuota de voto en torno al 14%, que no sólo era la más alta que había conseguido en todo el período republicano sino que daba la impresión de poder alcanzar al PCI. En 1987, con una Democracia Cristiana en el 34% y un PCI en descenso hasta el 26% por primera vez la campaña electoral tuvo como objeto principal de interés la previsión de voto del primer partido y de los socialistas y no la posibilidad de que los comunistas fueran inevitables en el Gobierno. Además ya a estas alturas se había imaginado una fórmula para el relevo en la presidencia. La peculiar inventiva de los italianos para la práctica política de su propio país acuñó el término "estafeta" para denominar el relevo, previsto en un plazo tasado de tiempo, del dirigente socialista por un democristiano. Signo evidente de los tiempos resulta que el socialismo de Craxi no ponía en cuestión la economía de mercado, ni tampoco significaba desde el punto de vista de la política exterior ningún cambio sustancial, como era el caso en la época de Nenni. Tan sólo se limitó Craxi a expresar alguna reticencia respecto a la política mediterránea de los norteamericanos, principalmente de cara a los países árabes. Durante la década de los ochenta, hubo algunas pruebas de renovación del sistema político italiano de la que quizá la más importante consistió en el cambio del Concordato, que hizo desaparecer la confesionalidad del Estado y las mutuas interferencias. El referéndum sobre el aborto, celebrado en 1981, testimonió, por otra parte, que, aunque la Iglesia siguiera siendo una autoridad moral en Italia, en esta materia, el 68% del electorado no estaba dispuesta a seguirla. Lo cierto es, sin embargo, que bajo la apariencia de algún cambio una renovación política profunda estuvo muy lejos de producirse. Ante la opinión pública y en los medios intelectuales, tuvo lugar una amplia discusión acerca de la posibilidad de llegar a una Segunda República con instituciones diferentes, pero aunque se formaron comisiones parlamentarias de estudio no hicieron otra cosa que constatar las discrepancias. Por otro lado, en la clase dirigente los socialistas se integraron sin ningún problema practicando idéntico tipo de clientelismo. No hubo ni el más remoto indicio de una reforma política en un momento en que las condiciones de desarrollo de la vida política eran ya muy distintas de 1945. Ya no existía esa Italia dividida en dos y penetrada capilarmente por un vigoroso asociacionismo seudopartidista, sino una sociedad cada vez más alejada del sistema político. Además, Italia tenía graves problemas y una parte de ellos derivaba de los propios rasgos de ese sistema político anquilosado. El terrorismo siguió golpeando a la democracia: en Bolonia se produjo en 1983 probablemente el atentado más brutal de la Historia europea, con un saldo de más de ochenta muertos. Sin embargo, con el transcurso del tiempo la policía consiguió poco a poco la liquidación de las tramas fascistas y gracias a los arrepentidos -"pentiti"- de las Brigadas Rojas logró desarticular este movimiento. Pero, como ya se ha dicho, existían también otros problemas que derivaban de la existencia de un sistema político anquilosado y acosado por la corrupción. La Italia de los años ochenta era la el éxito de Benetton o de Armani pero también la de la logia masónica P2, cuyos afiliados utilizaban en beneficio propio el poder del Estado o de los sobornos de la compañía norteamericana Lockheed. Una nación cuya impresión de dinamismo era bien clara para sus visitantes, al mismo tiempo desvelaba en la lectura diaria de sus periódicos que zonas geográficas enteras en el Sur permanecían sujetas no ya a redes clientelares sino a asociaciones delictivas, como la Mafia o la Camorra.
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Aunque todo se justifica, a primera vista sorprenderá a muchos saber que uno de los países donde el internacional produce obras más importantes es Italia. Hay que distinguir entre zonas y situación social. Por un lado, Lombardía, muy poderosa entonces, tiene un tipo de gobierno que pretende asemejarse a los de los grandes duques de Francia. Milán será un activo centro del internacional. En general, en el norte existe una estructura social más próxima a la del otro lado de los Alpes que a Toscana. Es normal que en estos lugares y otros no muy distintos se desarrolle una cultura caballeresca que tenga su correlato en las artes plásticas. Pero incluso en la burguesa Florencia, algunas familias poderosas del patriciado urbano se sienten seducidas por el fasto y las formas de la nobleza y son proclives a adoptar comportamientos similares y a encargar pinturas que pertenecen a su mundo.Milán es una gran ciudad, capaz de grandes empresas, tanto con los Visconti, como al margen de ellos. Allí o en ciudades próximas se encarga un tipo de libros que, aunque inicialmente parecen poco apropiados para recibir iluminación, se convierten en ejemplos excepcionales de ciertos avances en el terreno de las experiencias naturalistas. Se trata del "Tacuinum Sanitatis" en múltiples copias. Es un libro de medicina de origen árabe, pero traducido y ahora de moda. Se ha dicho que en alguna de estas copias pudo trabajar Giovannino dei Grassi. Este nombre alude a uno de los grandes artistas italianos de fines del siglo XIV. Parece haber tenido una vida corta o, en todo caso, está documentado solamente entre 1380 y 1398, año en que muere. Es probable que haya conocido algo del arte bohemio inmediato al internacional o próximo a él (por ejemplo, el "Liber Viaticus" de Jan de Streda). Se le ha citado ya como maestro de la obra de la catedral por breve tiempo. Lo más importante que se supone que es suyo directamente es el "Tacuino" de la Biblioteca Cívica de Bérgamo y parte del "Libro de Horas Visconti". El primero es un precioso álbum de dibujos de un naturalismo sorprendente, que se supone pudo servir de modelo, aunque cabe que no todo sea enteramente suyo.El "Libro de Horas" es uno de los productos más exquisitos y ricos del arte italiano. Su promotor es Giangaleazzo Visconti, conde de Virtudes, que alcanza, mientras se trabaja en el códice, el título de duque de manos del emperador Wenceslao. Nunca antes parece haberse planificado un "Libro de Horas" semejante en Italia. Es también un signo de prestigio de quien lo encarga, representado varias veces a lo clásico y con mención continua de sus emblemas y signos heráldicos. Giovannino se muestra muy hábil en escenas de profundo y delicado simbolismo, contrastadas con otras en las que reconstruyen ambientes exteriores con animales, donde llega más allá que los Tacuina en naturalismo representativo. Muere en 1398. Salomone, su hijo, sigue trabajando. En 1402 también desaparece Giangaleazzo y la empresa queda sin terminar. Giovannino di Grassi hubo de conocer algo de lo que se hacía en Bohemia, seguramente a través de obras. Estos contactos entre Italia y el centro del Imperio se detectan con mayor seguridad en un proyecto excepcional que debe ser llevado a cabo por un pintor bohemio que ha vivido algún tiempo en la Península italiana y consigue una síntesis entre el bagaje propio adquirido en su país de origen y su receptividad a lo italiano que conoce. Hablamos de la Torre del Aquila en el castillo residencia del Buonconsiglio en Trento. Es un obispo venido del Imperio, Jorge de Liechtenstein, el que encarga alrededor de 1400 la pintura de sus muros. Sobre los cuatro de la sala se despliega un ciclo de los meses en el que, por primera vez, se intercalan los trabajos usuales del campo con escenas cortesanas. La personal sensibilidad cromática es un distintivo al que hay que añadir el deseo de reconstrucción espacial en alguien que proviene de un medio en el que tiene escasa relevancia.Volviendo a Milán y su entorno habría que detenerse ahora en un artista que fue considerado en su momento un prodigio y que, últimamente, se ha recuperado en su faceta de pintor. Es Michelino da Besozzo, también miniaturista. Las fuentes documentales agotan los elogios. Fue retratista reconocido y pintor delicioso. Siempre se le ha reconocido como notable autor de obras como las pequeñas "Horas Bodmer" (J. Pierpont Morgan Library, Nueva York), mientras se le atribuía una sola pintura firmada, el Matrimonio místico de Santa Catalina, de la Pinacoteca de Siena. Pero recientemente se trata de ampliar su catálogo con obras tan hermosas como la Madonna del Roseto, del Museo de Catelvecchio de Verona, antes atribuida a Stefano da Verona. Su idealizada reconstrucción del "hortus conclussus", donde en un a modo de "locus amoenus" están la Virgen y los ángeles, es de una imaginativa artificiosidad. En las "Horas" también combina la delicadeza quebradiza de sus personajes con una observación directa del mundo vegetal. No siempre conocemos los nombres de los artistas que realizan piezas importantes. Es el caso del anónimo y temprano autor del "Guiron le Courtois" (Biblioteca Nacional, París), dibujante exquisito de formas evanescentes, traducción del mundo caballeresco francés.Ya avanzados en el tiempo, contemporáneos estrictos de los Masaccio y Paolo Ucello, son diversos miniaturistas y pintores muy dentro, sin embargo, de la estética internacional. Belbello de Pavía, por ejemplo, trabaja hasta 1462. Es el continuador del "Libro de Horas Visconti". Sus habilidades fueron muy apreciadas durante parte de su carrera y en la valoración actual se le situó por encima de Giovannino dei Grasssi. Su arte es muy decorativo y sus personajes tienen un aire especial, a veces algo siniestro, con ecos lejanos de un bizantinismo que ha de venirle quizás por contactos con lo veneciano. Iluminó igualmente una Biblia, pero parece que antes de morir su arte se consideraba sobrepasado por las nuevas corrientes. Desconocidos son otros contemporáneos, como el Maestro de la "Vitae Imperatorum", denominado así por un códice de Suetonio (Biblioteca Nacional, París), que es también autor de una "Divina Comedia" de Dante, iluminada. Con él debió trabajar una personalidad similar, el Maestro Olivetano. Asimismo, el pintor Bonifacio Bembo pertenece a este mundo tardomedieval que tanto se prolonga en la zona.Al contrario que en otros países se siguió practicando habitualmente la pintura mural. La capilla de la reina Teodolinda en la catedral de Monza nos sitúa ante los hermanos Zavattari, últimos representantes de la tradición caballeresca, con un ciclo de gran aliento. En la zona de Verona, Stefano es el principal sucesor de Altichiero aunque sólo cronológicamente, porque su pintura nada tiene que ver con la monumentalidad de su antecesor, sino que pertenece a la línea de mayor evanescencia del gótico internacional. Si la Virgen antes citada hay que eliminarla, tal vez, de su catálogo, no sucede lo mismo con una hermosa Epifanía (Pinacoteca Brera, Milán). En la zona central de Italia también se prolonga lo tardomedieval. Por ejemplo, en las Marcas trabajan Jacopo y Lorenzo Salimbeni, autores, entre varias otras pinturas, del magnífico ciclo del Bautista en el pequeño Oratorio de San Giovanni, en Urbino.Pero no se puede estudiar correctamente Florencia si no se tiene en cuenta la incidencia que en ella tuvo el gusto nórdico entre fines del siglo XIV y casi los tres primeros decenios del siguiente. En Agnolo Gaddi se encuentran signos de contaminación internacional. Su colaborador en Santa Croce, Gerardo Starnina, viaja a España y trabaja en Toledo y, sobre todo, Valencia. Es altamente probable que su formación florentina incida sobre la pintura valenciana, pero a su vez sufrirá influencia del ambiente tardogótico de la ciudad. Pero el gran maestro de la tendencia en Florencia, dejando a un lado aspectos de Fra Angélico y notas muy importantes del mismo Paolo Ucello, es Lorenzo Monaco. Monje camaldulense del convento de Nuestra Señora de los Angeles y personalidad artística turbadora, trabaja para la ciudad y el convento como miniaturista, pintor sobre tabla o fresquista, sobrepasando ampliamente el 1400. En diversos "Libros Corales" realiza iniciales con una flora de extraños cromatismos y figuras de rostros inquietantes. Como dibujante es autor de una extraordinaria escena de los Magos (Museo Dahlem, Berlín), en un ambiente onírico. Pinta una magnífica Anunciación (Museo de la Academia, Florencia), aunque su obra maestra es una Epifanía (Museo Uffizi) de gran tamaño, donde se hacen más explícitos los desequilibrios expresivos y la sensibilidad de una paleta muy personal. Finalmente, el conjunto más ambicioso, que incluye retablo y ciclo mural, corresponde a la capilla Bartolini, en la iglesia de la Trinidad de Florencia (1422)).No se puede dejar el internacional italiano sin mencionar a varios autores que generalmente se incluyen en el renacimiento. Uno de ellos es Masolino, tantas veces contrapuesto a Masaccio como representante de un pasado opuesto al cambio que éste representa. Otro es Gentile da Fabriano, artista de éxito, a caballo entre un mundo y otro hasta en su famosa Epifanía (Museo Uffizi), tan bien acogida en una Florencia que se identificaba mejor con la cultura cortesana y caballeresca que la pintura refleja, que con la rigurosa austeridad de Masaccio. En nadie se producen más estas contradicciones y esta síntesis de corrientes que en Pisanello, autor de medallas exhibidas como paradigmas de un mundo nuevo y creador, al tiempo, de un bosque de maravillas medieval en su San Eustaquio (National Gallery, Londres).
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Los italianos, una vez despiertos de la pesadilla, recurren al arte para olvidar esos años negros y el problema principal allí es el compromiso de los artistas.En Italia había una tradición de realismo, que en el siglo XX había producido el Novecento, el arte fascista y un movimiento realista en Milán, Corrente, fundado en 1939 por marxistas en su mayor parte y en el que estaban Renato Guttusso y Giacomo Manzú. Algunos de ellos forman en 1947 un Fronte Nuovo delle Arti, y exponen arropados por textos de Venturi y Argan.Guttuso (1912-1987) hacía una pintura realista, de protesta política y social, desde los últimos años treinta y Manzú (1908), un escultor autodidacta, trabajaba en relieves que descendían de la mejor tradición del renacimiento italiano, pero con un carácter fuertemente crítico; durante la guerra, hacía relieves de Crucifixiones en las que el verdugo llevaba casco alemán. También Marino Marini (1901-1980), un escultor que no entró en ningún grupo de vanguardia, se mantuvo dentro de los cauces del realismo y no fue ajeno a la historia de la escultura. Desde la segunda mitad de los años treinta esculpió Jinetes, pero su dedicación principal se produjo después de la guerra. Con este tema Marini sigue una tradición de siglos en la escultura occidental -como F. Bacon con los trípticos-; sin embargo, no se trata en su caso de caballos poderosos ni jinetes apuestos. Lo que esculpe Marini es lo que vio durante la guerra, los campesinos de Lombardía huyendo de las bombas en sus caballos de labranza, fuertes y pesados, como ellos mismos -ni apuestos ni nobles- y asustados por igual. No hay heroísmo sino angustia en estas esculturas de "significado trágico y humano", como escribió su autor. Con todo ningún pintor ni escultor comprometido con el realismo en Italia alcanzó los niveles de calidad e interés que lograba el cine neorrealista.Pero no todos los italianos estaban por el realismo. En 1946 Emilio Vedova (1919) y Ennio Morlotti (1910) afirman en un manifiesto titulado "Oltre Guernica, pintar y esculpir son actos de participación en una realidad total de los hombres, en un lugar y un tiempo determinados, realidad que es contemporaneidad y que, en su desarrollo, es historia". Son partidarios del compromiso, de la historia, pero no del academicismo, aunque sea picassiano. Fieles a estas ideas y con el ejemplo del expresionismo abstracto y el informalismo, Vedova pinta Campos de concentración en 1949 y 1950, a base de líneas, ángulos y abundante uso del color negro.
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Los años centrales del siglo XVIII en Italia ven multiplicarse las teorías y las propuestas artísticas. A la continuidad de soluciones barrocas y clasicistas, se unen nuevas versiones del racionalismo y del idealismo estético.También las relaciones figurativas, conceptuales e ideológicas entre Historia, Naturaleza y Razón van a permitir la aparición de nuevos planteamientos, en los que no habrán de cumplir un papel menor, sino todo lo contrario, las visiones arqueológicas de la Antigüedad, que afectarán tanto a las artes figurativas como a la arquitectura, a los lenguajes como a las técnicas.Por otro lado, la importancia del mercado artístico y del coleccionismo y la presencia de los viajeros del Grand Tour y de los artistas extranjeros van a crear un clima cultural que acentuará el internacionalismo de las nuevas propuestas. Personajes como Piranesi, Winckelmann o Mengs habrán de jugar un papel fundamental. Pero si Roma es, en este sentido, un lugar privilegiado, un verdadero laboratorio de la Ilustración, otro tanto le ocurre a Venecia, aunque a una escala y con unas características diferentes, indecisa entre su propia y orgullosa tradición, política y artística (recuérdese la importancia de Palladio y el palladianismo en toda la arquitectura del siglo XVIII) y las nuevas teorías del racionalismo de la Ilustración. En este último sentido, hay que mencionar la aportación revulsiva de Carlo Lodoli (1690-1761) llamado por sus amigos y discípulos, el Sócrates de la arquitectura.
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La caída del comunismo tuvo en Italia efectos mayores que en otras partes de Europa pues a la apariencia de la solidez del sistema político le siguió un súbito derrumbamiento. En efecto, en 1987 las elecciones parecieron demostrar que los italianos estaban de acuerdo con sus partidos. La DC obtuvo el 34% del voto, el PSI el 14% y el PCI el 26%. Los partidos regionalistas del Norte permanecían en esta fecha por debajo del 1% del sufragio. El socialista Craxi, mientras tanto, mantenía firme su propósito de lograr un partido capaz de ir conquistando el voto comunista que le dejaría reducido a un papel irrelevante en la política italiana. Las elecciones europeas de 1989 no parecieron significar ningún cambio. No obstante, a principios de 1990, Occhetto, el líder comunista, tomó la iniciativa de convertir el PC en PDS ("Partido Democrático de la Izquierda") tras el derrumbamiento del Muro de Berlín. Pero el impulso renovador esencial vino de una ola de fondo de momento poco perceptible. En noviembre de 1987 tuvieron lugar varios referendums, uno de los cuales se refería a los procedimientos para procesar a los políticos. El partido radical venía utilizando este procedimiento para proponer cambios de fondo. Al mismo tiempo, el presidente Cossiga utilizó la televisión para embestir en contra de la clase política de la que él mismo formaba parte; luego, a pesar de haber sido elegido por el Parlamento, sólo quiso dimitir ante el pueblo. Un tercer factor de cambio nació de otro democristiano, Segni, en manifiesta contraposición con su propio partido. Defendió en junio de 1991 un sistema electoral de preferencia única para la Cámara de diputados y el mayoritario para el Senado como medios de combatir la corrupción política. En el referéndum convocado consiguió el 82% del voto, pese a que los grandes dirigentes políticos habían recomendado abstenerse. Tras estos antecedentes, en las elecciones de abril de 1992 tuvo lugar un auténtico terremoto político. La Liga Norte, suma de partidos regionalistas cuyo dirigente Bossi había sido considerado hasta el momento como más digno de ironía que de preocupación política, llegó a superar el 8% del voto. La Democracia Cristiana quedó, así, cada vez más limitada el Sur caciquil de Italia mientras en Sicilia surgió también un movimiento reformador denominado "La rete". A comienzos de 1992 hizo su aparición en Milán un factor de ruptura política que se descubrió más importante todavía, la judicatura, que denunció las redes de intereses entre los partidos y los negocios. En los primeros meses de 1993 los jueces llegaron hasta la cúpula de la DCI y del PSI. Mientras tanto, en la política nacional tenían lugar cambios importantes. En junio de 1992 nació un Gobierno cuatripartito que en apariencia apenas significaba novedad. Sin embargo, presidido por el técnico socialista Amato, tomó la decisión de enfrentarse con firmeza a la situación de la Hacienda. Convenció, incluso, a los sindicatos de revocar la escala móvil de salarios, que había sido hasta el momento algo intocable en la política italiana, e introdujo otras reformas en lo que respecta al empleo público, las pensiones y la sanidad. Con Ciampi, que le sucedió, se produjo otro cambio trascendental al entrar en el Gobierno algunos técnicos relacionados con el PDS. La inminencia de unas nuevas elecciones produjo un intento de realineamiento político. Un propulsor de las reformas, Segni, intentó llegar a un acuerdo con Bossi, pero éste acabó decidiéndose por Berlusconi, un empresario de medios de comunicación, cuya campaña, poco provista de ideario, se basó en la promesa de un "nuevo milagro italiano". Celebradas en marzo de 1994 unas elecciones con una nueva ley mayoritaria, obtuvo la victoria el Polo de la libertad con 366 escaños frente a 213 de los progresistas y 46 del centrista Pacto por Italia. Por vez primera Italia pudo ser gobernada por una mayoría que no tenía nada que ver con el antifascismo de la Segunda Guerra Mundial: incluso el antiguo partido fascista se había reconvertido y figuraba como aliado de Bossi y Berlusconi. Pero, al morir, la primera República no llegó a dar a luz a la segunda. La evidente falta de homogeneidad de la mayoría concluyó muy pronto con el Gobierno por una supuesta "traición" de Bossi. Al mismo tiempo, Berlusconi había sido acusado por los jueces junto con muchos miembros de la clase política con la que había tenido frecuentes y estrechos contactos. En abril de 1996 las elecciones dieron la victoria al Olivo, una alianza de izquierdas, con colaboración de Rifondazione Comunista, bastión de los ortodoxos del antiguo PCI. Al frente del Gobierno estuvo en un principio un técnico de procedencia democristiana, Prodi, cuyo mayor éxito fue conseguir mantener a la lira en el euro. Pero la definitiva institucionalización de una nueva Italia política quedaba pendiente como problema más relevante de cara el futuro.
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Durante los años en que Europa fue recipiendaria del hacer y de los ecos del Realismo, el mundo artístico italiano se mostró ajeno a esa inquietud, a pesar de los numerosos artistas foráneos que, impregnados del mismo, visitaron su geografía. Unicamente se significa un grupo de jóvenes pintores que reaccionaron ante el academicismo reinante, tanto de corte neoclásico como romántico, grupo conocido con el nombre de machiaioli o, en terminología castellana, de manchistas o tachistas. Este movimiento, fraguado en la década de 1850 a 1860, tiene como lugar de encuentro el café Michelangelo, en Florencia, donde coinciden no sólo artistas toscanos como Giovanni Fattori (1825-1908), S. de Tivoli (1826-1892), C. Banti (1814-1904), R. Serenesi (1838-1866), T. Signorini (1825-1901) y O. Borrani (1834-1905), sino también romanos, como G. Costa (1827-1903), de Pesara; V. D'Ancona (1825-1884), de Verona, V. Cabianca (1827-1902), de Nápoles, y como G. Abbati (1836-1868). Sus planteamientos surgieron bajo el signo de una revolución liberadora que reclamaba el derecho a la realidad, a la luz y a la emoción directa del natural como expresión plástica, constituyendo el esfuerzo por la simplificación uno de sus rasgos más definitorios. Simplificación que para ellos se traduce en reducir las pinturas a claros contrastes de brillantez y de color. Esta suerte de renovación artística coincide con una renovación cultural más amplia, en general, y con los prolegómenos de la unidad italiana, en particular. De hecho, varios pintores manchistas participaron en las guerras del risorgimento italiano, tanto en el bienio 1859-60 como en 1866, dando así fe de sus ansias de libertad civil y artística. Diego Martelli (1838-1869), miembro connotado del grupo, defendió en el "Gazzetino della Arti del Disegno y Giornale Artistico" el valor vanguardista de la mancha en términos casi combativos: "Había que luchar y que herir, y necesitábamos un arma y una bandera, y se encontró la mancha en oposición a la forma... y afirmamos la mancha en oposición a la forma... y afirmamos que la forma no existía y que, así como a la luz todo resulta por el color y el claroscuro, así se trata de obtener tonos, los efectos de lo verdadero". De este modo, se reniega de las formas académicas y tradicionales, se sacrifican los detalles en aras de revalorizar la silueta y se explotan los contrastes lumínicos que, por lo demás, permiten expresar la fuerza de la luz mediterránea. Asimismo, se soslayaba el pasado histórico como fuente de inspiración para volcarse en la representación del presente, en la vida sencilla y cotidiana, en la vida rural y en la naturaleza de un país bañado por el sol. Como crítico y como impulsor de las vanguardias, Martelli fue quien primero habló en Italia del Impresionismo francés, al que consideraba como un movimiento afín y casi paralelo al de los machiaioli. Pero si bien este movimiento precedió a aquel, son muy evidentes las diferencias de planteamiento que se darán entre uno y otro. El más longevo y prolífico de los llamados machiaioli fue Giovanni Fattori (1825-1908), que comenzó su carrera artística como pintor de historia, género que abandonó en 1859, merced a las indicaciones de Nino Costa (1826-1893), para dedicarse a trabajar en temas contemporáneos. Campamento italiano después de la batalla de Magenta (Florencia, Galería de Arte Moderno, Palacio Pitti), pintado precisamente ese mismo año 1859 y dado a conocer en la Exposición Nacional Italiana de 1861, constituye el mejor testimonio de dicha inclinación juvenil hacia los temas históricos contemporáneos, en este caso de índole militar. Entre 1861 y 1867 Fattori vivió en Livorno, cuyo clima marítimo le fue recomendado a su mujer por padecer tuberculosis. En ese período pinta algunas de sus composiciones más apreciadas, tales como La rotonda de Palmieri (Florencia, Galería de Arte Moderno) y Mujer con sombrilla a la orilla del mar (Milán, Colección particular), en las que, prescindiendo de un argumento concreto, plasma una visión amable de la vida contemporánea, concretada en la representación de unas mujeres frente al mar. En ambas obras subyace un sentimiento de melancolía casi romántico, destacando el rico juego de contrastes luminosos que propicia el sol mediterráneo, cuyos rigores sobre las correspondientes figuras palía el artista, bien con un gran toldo en el primer caso, que crea dos zonas perfectamente delimitadas -la de sombra en primer plano y la de sol detrás-, bien con una simple sombrilla en el segundo. En estas obras también llama la atención la manera en que se aplica el color, sustanciado en manchas delimitadas. Esa preocupación por reflejar con toda nitidez los efectos lumínicos del sol es asimismo patente en el cuadro La patrulla (Roma, Colección particular), también conocido como Muro blanco, en la que el artista se sirve de una pared blanca, para utilizarla a modo de pantalla luminosa, en la que hace recortarse a las figuras. Un recurso que ya empleó anteriormente en Los soldados franceses (Crema, Colección particular), fechado en 1859, aunque con menor audacia. A partir de 1880, Fattori se interesó primordialmente por temas relacionados con las labores agrícolas y ganaderas. Otro manchista destacado fue Telémaco Signorini (1835-1910), quien, tras asistir en 1855 a las tertulias del café Michelangelo, incorpora a sus cuadros los efectos del sol ardiente de La Spezia, lugar donde pasa largas temporadas en compañía de sus amigos, los también pintores Vicenzo Cabianca (1827-1902) y Cristiano Banti (1824-1904). Con ambos viaja a París en 1861, ciudad que visitó con alguna frecuencia, al igual que Londres. También conoció Bath, Bristol, Edimburgo, Leith y Glasgow, donde su pintura fue apreciada y, en consecuencia, adquirida. En algunos testimonios pictóricos de estos viajes -Una calle en Edimburgo y Leith (Florencia, Galería de Arte Moderno de Pitti)-, su tratamiento realista no impide recordar las visiones callejeras propias de los pintores impresionistas. No en vano, y durante sus estancias parisinas en 1873 y 1874, había contado con la amistad de Degas. En otras ocasiones, Signorini se aparta del manchismo para decidirse por el realismo social, tal como lo evidencia, entre otros ejemplos, uno de sus cuadros más celebrados, La sala de mujeres locas en San Bonifacio (Venecia, Galería de Arte Moderno), así como el titulado La prisión de Portoferraio (Florencia, Galería de Arte Moderno, Palacio Pitti). Ya se ha dicho anteriormente que muchos de los artistas machiaioli estuvieron directamente comprometidos en la causa garibaldina. Es el caso de Rafaello Serenesi (1838-1866), víctima de la contienda, protagonista de una carrera artística presumiblemente prometedora a juzgar por su obra Tejados al sol (Galería Nacional de Roma, pintado en 1860), y que revela un perfecto dominio de la mancha. Es el caso, también, de Giuseppe Abbati (1836-1868), que perdió un ojo en la contienda y que, refugiado en Florencia, entabló amistad con los machiaioli a través de Signorini, a quien había conocido en Venecia en 1856, especialmente con Borrani, D'Ancona y el crítico Diego Martelli. Abbati se dio a conocer en la primera Exposición Nacional de Italia, donde presentó dos vistas de interiores correspondientes a los templos de San Miniato al Monte y de Santa María Novella. Martelli le animó a insistir en esa línea, que respondía a su "sensibilidad pictórica y a su humor melancólico", en palabras del crítico, consejo que siguió el artista, animado también por el éxito obtenido en dicha exposición. Realiza a renglón seguido una serie de estudios en los claustros de Santa Croce, que a la sazón se hallaban en fase de restauración, sirviéndole los mármoles apilados en la obra para reflejar sutiles sugerencias de luces y sombras. Así lo hace en Claustro (Florencia, Galería de Arte Moderno del Palacio Pitti), donde logra una rica síntesis de formas casi precubistas. Igualmente innovador resulta La mujer en las carreras (Roma, Galería Nacional), fechado en 1873 y debido a su amigo Vito D'Ancona (1825-1884), quien vivió en París durante largas temporadas entre 1867 y 1874, cuadro en el que más de un tratadista ha visto la huella del japonesismo que en esos años triunfaba en la capital francesa. Purista en sus inicios, Silvestro Lega (1825-1895) se convirtió en manchista y realista entre 1860 y 1870, década en la que pinta escenas íntimas evocadoras de la vida y costumbres de la clase media provinciana de la región de Pergentina, en la que residía. Los novios (Milán, Museo de la Ciencia y la Tecnología) y La visita (Roma, Galería Nacional de Arte Moderno) son dos composiciones de su firma realizadas al aire libre y cargadas de ternura. Otro cuadro suyo, La pérgola (Milán, Pinacoteca de Brera), de 1868, llama la atención por su similitud con Reunión familiar, del francés Bazille, expuesto ese mismo año en el Salón de París. Cabe citar, por último, a Giovanni Boldini (1824-1931), más famoso en su madurez que en su época de formación con los machaioli, ya que se convirtió en uno de los retratistas más cotizados y relevantes de la época. El tratamiento detallado de las figuras supuso para estos pintores italianos un callejón sin salida, hasta el punto de que lo que podría haber sido una precoz renovación del arte de su tiempo se convirtió en algo fugaz que no tuvo continuidad.
contexto
En Italia, la fase final de la guerra constituyó, en realidad, una auténtica guerra civil. Eso es lo que explica que el "viento del Norte", es decir, los aires revolucionarios instalados en esta parte del país, jugaran un papel muy importante en los primeros años de la Italia republicana. El impacto del conflicto sobre la vida y la conciencia de los italianos fue mucho mayor no sólo que el producido por la Gran Guerra sino también que el generado por el propio Risorgimento. La memoria de la lucha entre fascistas y antifascistas fue uno de los elementos vertebradores de la Italia de la posguerra. De momento, los seis partidos representados en la resistencia formaron un Comité de Liberación Nacional, cuya autoridad debió reconocer el Gobierno Bonomi a fines del año 1944 en la zona Norte. La actitud contemporizadora de los comunistas, dirigidos por Palmiro Togliatti, contribuyó a hacer posible esta fórmula de convivencia temporal entre dos legitimidades. En un discurso que se hizo célebre, pronunciado en Salerno -dando lugar a la llamada "svolta di Salerno"- señaló la necesidad de dejar a un lado los objetivos revolucionarios y colaborar con el resto de las fuerzas políticas. Sin embargo, hasta junio de 1945, no se llegó a una solución que integrara la dualidad de poderes existentes con el Gobierno de Ferruccio Parri, personaje vinculado al Partito d'Azione, un conglomerado liberal y progresista que, si había tenido una destacada importancia en la resistencia, no llegó a fraguar con posterioridad como partido de masas. Parri contó con una especie de organismo colectivo de consulta, formado por los partidos de la resistencia y tuvo en el seno de su Gobierno a sus principales dirigentes, como el democristiano De Gasperi, el socialista Nenni y el propio Togliatti. Poco ducho en cuestiones administrativas y muy receloso, Parri acabó cediendo el poder, a fines de año, a De Gasperi. Este giro, que para algunos supone el principio de clericalización de la política italiana, en realidad estuvo motivado en la debilidad de la posición política de Parri. A estas alturas ya se habían planteado algunas cuestiones decisivas que tardarían en ser resueltas. Hubo movimientos separatistas en Sicilia y Cerdeña y, sobre todo, otro, bajo el impreciso título L'uomo qualunque -el hombre cualquiera- que, inspirado por el escritor Giannini, se convirtió en representante de los antiguos fascistas y de los decepcionados por los partidos democráticos. Mientras tanto, la depuración de los colaboradores del fascismo se había realizado de un modo superficial y muy poco exigente. A comienzos de los sesenta, se pudo constatar que tan sólo dos de los 64 "prefetti" existentes habían militado en la resistencia. Pero la cuestión política más grave que estaba pendiente de resolución era la relativa a la Monarquía. Titubeante y, al mismo tiempo, convencido de su popularidad, el rey Vittorio Emmanuele tardó en abdicar en su hijo Umberto hasta tan sólo unas semanas antes de jugarse su destino en un referéndum. Celebrado en junio de 1946, la República obtuvo el 54% de los votos, pero una preocupante señal de la desarticulación política del país fue la victoria de la Monarquía en la mitad Sur del mismo. La forma en que quedó planteada y resuelta la cuestión de régimen fue una prueba evidente de la habilidad política de De Gasperi. No aceptó el nuevo primer ministro que la cuestión fuera decidida por una Asamblea Constituyente sino que la reservó para un referéndum en el que la democracia cristiana -cuyos dirigentes eran mayoritariamente republicanos, aunque las masas que les votaban no lo fueran- no se jugara su destino. En realidad, este partido no había nacido como resultado de una especie de conspiración clerical y vaticanista, sino que se había impuesto sobre estos medios como única solución para cerrar el camino a la izquierda. Los medios clericales y el propio Vaticano vieron en la situación de la posguerra un peligro apocalíptico y movilizaron todas sus fuerzas para reconstruir el papel directivo de la Iglesia en la nueva Italia. Esta actitud corría el peligro de acabar en el clericalismo pero De Gasperi, cuyo objetivo fundamental era estabilizar el Estado democrático, definió a su partido, en un sentido de clara ruptura con respecto a su pasado confesional, como "un partido de centro que se mueve hacia la izquierda". No obstante, en materia económica su Gobierno se identificó de forma meridianamente clara con la economía de mercado, como se puede percibir por el hecho de que las medidas de reconstrucción quedaron en manos del liberal Einaudi. Las primeras elecciones, que tuvieron lugar al mismo tiempo que el plebiscito, produjeron un cambio decisivo en la vida política italiana. La fuerza política que obtuvo más votos fue la Democracia Cristiana (35%), seguida por los socialistas (20%) y los comunistas (19%), mientras que los liberales, el sector político más importante de la época prefascista, sólo llegaron al 7%. Más importante que esta distribución del voto fue el hecho de que a partir de este momento la política italiana presenció la definitiva entrada en ella de las masas. La dominaron dos poderosísimos partidos, capaces de lograr una penetración capilar en la sociedad: la Democracia Cristiana y el Partido Comunista, dotados de amplia implantación gracias a sus organizaciones sociales paralelas. Por su parte, el Partido Socialista acabó marginado a un tercer puesto debido a su división interna. Nenni, su dirigente principal, mantuvo durante estos años una política de unidad con los comunistas y una política exterior poco propicia a la identificación con el mundo occidental; su discurso, a menudo irritó más a la derecha que el de los propios comunistas. En 1947, el partido se dividió apareciendo una tendencia socialdemócrata. El Gobierno formado después de las elecciones fue tripartito, con la colaboración de los tres partidos más votados. Estaba destinado a no durar mucho pero supo pilotar el cambio constitucional. La elaboración de la Ley Fundamental fue lenta y algunos preceptos -los relativos a la descentralización- tardaron mucho en llevarse a la práctica, pero la Constitución resultó duradera y capaz de ser aceptada por grupos políticos muy dispares. Una prueba de las cesiones que cada grupo debió hacer la proporciona el hecho de que el Partido Comunista acabó aceptando la constitucionalización de los Pactos Lateranenses, suscritos en 1929 entre el Vaticano y el régimen fascista. Sin embargo, la distancia entre los partidos era tan considerable que el conflicto acabó por estallar a mediados de 1947. Los sucesos del Este de Europa jugaron en ello un papel muy importante, pero no hay que olvidar tampoco que el PCI seguía dando pie a temores, por mantener sus políticas revolucionarias. Socialistas y comunistas italianos aceptaron la destrucción de la democracia en Checoslovaquia y en los años de la posguerra hubo que incautar 35.000 fusiles automáticos y 37.000 pistolas que habían quedado en manos de los antiguos partisanos. La respuesta de De Gasperi ante estos presuntos o reales peligros antidemocráticos consistió en pasar de un Gobierno tripartito a uno cuatripartito, sumando a la Democracia Cristiana grupos menores -liberales, socialdemócratas y republicanos- que tenían una clara vocación democrática y un carácter laico. Por su parte, socialistas y comunistas formaron un Frente Democrático Popular que acudió en coalición a las elecciones en abril. El resultado de esta consulta fue una muy clara victoria de la Democracia Cristiana que logró casi el 49% de los votos mientras que las izquierdas quedaron en tan sólo el 31% perdiendo votos hacia los socialdemócratas que lideraba Saragat. En adelante, ya no se pondría en duda la pertenencia de Italia al mundo democrático. De Gasperi hubiera podido formar un Gobierno monocolor -porque tenía suficiente número de escaños- pero prefirió mantener el cuatripartito. Un factor que pudo influir en el resultado de las elecciones fue que los Estados Unidos apoyaron la posición del Gobierno italiano en lo que respecta a Trieste y dejaron claro que el mantenimiento de su ayuda económica dependía de que no hubiera un deslizamiento hacia el comunismo. Ya entonces estaba clara la definición occidental de la política exterior italiana: el viaje de De Gasperi a Estados Unidos al comienzo de 1947 debe ser interpretado como un resultado de esta identificación más que como una prueba del intervencionismo norteamericano en la política italiana. Privada de sus colonias, Italia tenía que borrar, además, la pésima imagen internacional que había producido en el momento de su intervención en la guerra en 1940. Pero superó estas dificultades: las reparaciones que pagó no fueron de gran magnitud y, en realidad, de forma indirecta fueron asumidas por los norteamericanos. Lo peor fue que las propias fronteras italianas fueron motivo de controversia. Francia ocupó el valle de Aosta, pero acabó abandonándolo. Sobre el Tirol del Sur, mayoritariamente germanoparlante, se llegó a un acuerdo con Austria basado en la implantación de un régimen de autonomía. Trieste acabó siendo recuperado, tras ásperas tensiones con Yugoslavia. Tanto el balance de política interna como el de la exterior de los primeros años de posguerra fueron positivos, porque estabilizaron la situación de una Italia democrática. A partir de la crucial elección de 1948, la fórmula de gobierno siguió siendo idéntica. La Democracia Cristiana continuó siendo el eje de la vida política apoyada por los republicanos de La Malfa, los liberales convertidos en representantes de los intereses de la gran industria y dirigidos por Malagodi, y los socialdemócratas. La novedad más importante de los años cincuenta fue la reaparición de la extrema derecha en dos movimientos -Movimento Soziale Italiano y monárquicos- que arrebataron una parte del voto democristiano. En el partido de De Gasperi hubo también una tendencia en los sectores más derechistas proclive a romper la posición centrista e incluso a colaborar con los partidos de derecha. Pero el jefe de Gobierno mantuvo su opción. La presentación de un anteproyecto de nueva ley electoral, aunque muy controvertido, no tuvo otro objetivo que hacer perdurar la fórmula centrista. La disposición pretendía introducir el emparentamiento de varias listas electorales de modo que si una opción llegaba a más del 50% de los votos se le atribuirían dos tercios de los escaños. Aunque nada tenía que ver con cualquier tipo de antecedente de la época mussoliniana, inmediatamente la izquierda estableció comparaciones. denigratorias. Pero lo peor para De Gasperi fue que el proyecto acabó por dividir a los partidos de la coalición centrista. En las elecciones de 1953, a éstos sólo les faltaron 60.000 votos para lograr el ansiado 50%, pero la Democracia Cristiana perdió ocho puntos porcentuales. Amargado, De Gasperi se retiró y no tardaría en morir, en 1954. A pesar de su desaparición, la fórmula política que siguió existiendo fue semejante, aunque los partidos laicos en ocasiones apoyaran al Gobierno desde fuera. Sin embargo, el talante de los sucesores de De Gasperi -Pella, Scelba, Segni- fue mucho más conservador. En el período 1953-1958 se sucedieron seis Gobiernos, lo que testimonia una gran inestabilidad, multiplicada por el hecho de que en la Democracia Cristiana había hasta cinco corrientes distintas. Pero la Italia democrática había conseguido superar uno de los peores momentos de su Historia. Si las imágenes del cine neorrealista constituyeron una excelente prueba de lo grave que había sido el impacto de la guerra, en 1953 los italianos podían ver en sus pantallas cinematográficas la película Pan, amor y fantasía que ofrecía una perspectiva mucho más amable y optimista.
contexto
A mediados de los años cincuenta el sistema político italiano se podía considerar perfilado de una manera definitiva con unas peculiaridades muy marcadas que casi se pueden definir como únicas. El peso específico del Partido Comunista marcó de un modo irreversible el sistema político italiano porque, aun siendo el grupo político de esta significación muy afecto a la autonomía, siguió pretendiendo hasta los años setenta una voluntad de "hegemonía", de acuerdo con las tesis de Gramsci, que lo hacían distante del sistema democrático. Pero este sólo era el primero de los rasgos de la política italiana. Más importante era que las características del segundo partido del país suponían la real imposibilidad de la alternancia de tal modo que la expresión "bipartidismo imperfecto" no resulta correcta para este caso. Lo que había, en realidad, era una fragmentación y polarización que, combinada con todos los demás rasgos, hacía que siempre la política italiana tuviera como eje permanente a la Democracia Cristiana oscilando hacia fórmulas diversas sin llegar a una verdadera alternancia radical. Ese posible juego de alianzas tenía una consecuencia importante para la vida interna de los partidos en cuanto que contribuía a dividirlos en tendencias divergentes por motivos de carácter esencialmente táctico, cuando no personalista. Pero las posibilidades de maniobra eran reducidas porque resultaba inviable también una modificación de la Constitución que reprodujera el consenso logrado en 1948. En Italia hubiera sido imposible una mutación en sentido autoritario como la que se produjo en Francia en 1958 con la llegada de De Gaulle, que allí fue interpretada poco menos que como la vuelta al fascismo. Esta explicación previa resulta precisa para tratar de entender el llamado "centro-sinistra", que cubrió desde los años finales de los cincuenta hasta el final de los setenta. Definido el sistema político en sentido democrático se abrió la posibilidad de intentar un tipo de alianzas diferentes de las precedentes, lo que podía contribuir al aislamiento y, con él, también a la posterior evolución de los comunistas. El proceso mediante el cual se llegó a esta fórmula fue muy complicado y requirió una larga preparación a la que obligaron las desconfianzas existentes entre los dos partidos fundamentales y el juego de corrientes en su seno. En el caso de la DC las dificultades provinieron fundamentalmente de los medios clericales relacionados con el Vaticano. Por eso, la explicación de la definitiva decantación del partido hacia la colaboración con los socialistas ha de ponerse en relación con el pontificado de Juan XXIII que, ya en su etapa de arzobispo de Venecia, había expresado sus buenos deseos respecto al Congreso celebrado en esta ciudad por los socialistas y luego mostró su cercanía a Fanfani, principal líder de la tendencia izquierdista democristiana. El papel de precursor le correspondió a Amintore Fanfani, que presidió entre 1958 y 1962 tres Gobiernos de los que tan sólo el tercero tuvo un apoyo indirecto de los socialistas. Fanfani, que había sido el propugnador de la fórmula del acercamiento a la izquierda y que en un momento inicial llegó a concentrar en sus manos la presidencia del Consejo, Asuntos Exteriores y la Secretaría General del partido, acabó siendo desplazado por Aldo Moro, principal dirigente de la tendencia denominada de los "doroteos", mucho más cauta al principio respecto a la colaboración con los socialistas aunque finalmente dispuesta a ella, y siempre dúctil y hábil negociadora así como moderada de talante. Mientras tanto, el sector derechista del partido quedó reducido a tan sólo una quinta parte de sus representantes en los Congresos. Importa recalcar que en la DC se impuso el "centro-sinistra" en un momento en que su potencia electoral sufría un relativo declinar en favor de los liberales y en que el desarrollo económico iniciaba una crisis. Para la gestación del centro-sinistra no hubo sólo problemas por parte de la DC sino también de los socialistas. Debe tenerse en cuenta también que en el socialismo italiano no hubo un Bad Godesberg, como en el caso de Alemania: eso es lo que explica que al poco de producirse la fórmula del centro-sinistra surgiera una inmediata escisión del PSI. En 1964, 25 de los 87 diputados socialistas formaron un grupo, el Partido Socialista de Unidad Proletaria, que se situó en la extrema izquierda del espectro político. En pura teoría, hubiera podido pensarse que los socialdemócratas y los socialistas hubieran aprovechado la ocasión para unirse, y así sucedió, pero esa unidad resultó muy efímera. En 1964 la izquierda de la coalición del centro-sinistra había logrado la presidencia de la República, en la persona del socialdemócrata Saragat, pero en las elecciones de 1968 los socialistas unificados permanecían estancados en tan sólo un 14% del voto. Por si fuera poco, ya se había demostrado en estas fechas que en no pocas materias (escuela, divorcio, organización regional...) tenían diferencias de mucha importancia con la DC. El centro-sinistra tan sólo se convirtió en una coalición irreversible en la primavera de 1963 bajo la primera presidencia de Moro, con Nenni como vicepresidente, prolongándose en otras dos posteriores hasta el otoño de 1968. El carácter novedoso y prometedor de esta fórmula política quedó muy pronto cuestionado por la práctica política cotidiana: los factores contradictorios en el seno de la coalición gubernamental eran muchos y el rasgo más característico de Moro como político era un radical pesimismo que parecía condenarle a la inacción. El resultado fue la práctica del "no gobierno": apenas existieron disposiciones aprobadas por el Parlamento pues algunas de las más decisivas fueron anteriores a la entrada de los socialistas (la nacionalización de la industria eléctrica). La reforma regional, que los socialistas habían exigido, tardó mucho tiempo en llevarse a la práctica (hasta 1972). Resulta de interés hacer mención al papel desempeñado por el principal elemento de la oposición política en la Italia de la época, el PCI. Con los años sesenta se produjo en este partido, como en el resto, un proceso interno consistente en perder una parte de sus masas y convertirse en una maquinaria de poder. Es verdad que la coalición del centro-sinistra lo aislaba pero también lo legitimaba como receptor de los deseos de cambio y de protesta de la sociedad italiana. Por otro lado, ya desde los años sesenta, después de la muerte de Togliatti (1964) no dejó de ofrecerse como posible elemento aglutinador de una mayoría alternativa aprovechando cualquier ocasión para distanciarse de Moscú y manifestando una clara impregnación de la política democrática. En conjunto esa política, aunque de una manera lenta y muy gradual, le resultó positiva, de tal modo que en mayo de 1968 superó la barrera del 26% de los votos. Desde esta fecha hasta el final de la década de los setenta no dejó de crecer y eso hizo posible que llegara a convertirse en el primer partido italiano. La llamada "Revolución del 68" tuvo en Italia una particular significación. Se produjo, en primer lugar, en un momento en que había sucedido un "impasse" político, cuando ya era patente la insatisfacción provocada por el "centro-sinistra". Los socialistas ahora hacían mención de su voluntad de "disimpegno" (falta de voluntad) de formar parte del Gobierno. Por otro lado, la protesta estudiantil fue muy temprana, pues se inició en 1967 aunque tuviera los mismos orígenes que en otros países (Universidades con diez veces más alumnos que los que podían admitir). Muy pronto hubo derivaciones de la protesta en el mundo laboral: se produjo un incremento de la afiliación sindical y de su presión unitaria sobre el empresariado y sobre el mundo político. Un rasgo muy característico del momento fue la pronta derivación hacia la formación de grupúsculos de izquierda (como Il Manifesto) y la aparición del terrorismo (atentado de Piazza Fontana en Milán con 16 muertos a fines de 1969; formación de las "Brigadas Rojas" en 1970). Los años más inestables fueron los transcurridos entre 1968 y 1972; luego, tras el impacto de la crisis económica de 1973, hubo un nuevo recrudecimiento de la acción terrorista a partir de 1974. El sistema político experimentó a partir de entonces un giro, aunque titubeante y lento, hacia la derecha. Ya entonces las figuras más importantes de la DC no eran Fanfani o Moro, identificadas con el centro-sinistra, sino Rumor, Colombo o Andreotti. En 1971 el presidente democristiano Leone obtuvo votos de los misinos para alcanzar su cargo. En los años setenta, por vez primera bajo Andreotti, se produjo un retorno hacia la fórmula de los cuatro partidos de la etapa De Gasperi con la vuelta de los liberales al poder. La cuestión del divorcio contribuyó de un modo importante a poner dificultades a la colaboración entre la DC y los partidos laicos. La ley, en su redacción definitiva, fue obra de un socialista y un liberal (ley Fortuna-Baslini) y acabó siendo sometida a un referéndum (1974) en que, a pesar de las previsiones, la aprobación obtuvo una confortable mayoría, próxima al 55%. Ya en los setenta el sistema político producía una creciente sensación de anquilosamiento. Las elecciones de mayo de 1972, en que el PCI prosiguió su lento crecimiento mientras que la DC se mantenía en un sólido 38%, parecieron probar que las condiciones de la vida política no estaban destinadas a modificarse. Eso y el espectáculo de lo ocurrido en Chile tuvo como consecuencia la enunciación, por parte del principal dirigente comunista del momento, Enrique Berlinguer, de la tesis del "compromiso histórico". Dirigida principalmente a la DC, de acuerdo con esta tesis era necesario obtener apoyos más amplios que los de los partidos de izquierda para provocar un cambio sustancial en la política italiana. Esta política insistió en la necesidad de mantener de forma estricta los procedimientos democráticos y, en definitiva, venía a ser una especie de signo de complicidad a la DC para que ella misma cooperara a un cambio político en la mayoría gubernamental que algunos de sus dirigentes empezaban ya a considerar como inevitable (éste era, por ejemplo, el caso de Moro). Mientras que un cambio de Gobierno, en última instancia mínimo, duraba una media de dos meses, la única sensación de cambio en lontananza parecía proceder de la participación de los comunistas en el poder: las elecciones celebradas en 1975 y 1976 no hicieron otra cosa que confirmar la prolongación de las tendencias existentes desde hacía tiempo, es decir la permanencia del voto democratacristiano y el lento crecimiento del comunista. Sin embargo, el PCI no llegaría en puridad a participar del poder. La máxima aproximación que logró a esta situación se produjo en los Gobiernos entre 1976 y 1979, cuyo protagonismo estuvo en las manos de Andreotti; en ellos por vez primera el PCI no figuró en la oposición, aunque tampoco estaba en el poder. Para hacer compatible esta fórmula contradictoria se recurrió a un procedimiento característico de las complicaciones (y también de las sutilezas) de la política italiana. El Gobierno, en efecto, se apoyaba en la "no desconfianza" de la mayoría de las fuerzas políticas que se abstenían en el momento de su presentación ante el Parlamento. De esa manera, se trataba de una fórmula de "solidaridad nacional" que, si por un lado permitía dejar abierta la posibilidad de un ingreso del PCI en el poder, lo sometía no sólo a cautelas sino también a la posibilidad de un cambio de coyuntura. También se daban otros indicios de cambio en el panorama político. Fueron pocos los que se produjeron gracias a la aparición de fuerzas políticas nuevas pues, a fin de cuentas, el pequeño partido radical tan sólo animó la política italiana durante un corto período de tiempo. En cambio, empezaron a surgir escándalos políticos relativos a la financiación de los partidos precisamente en el momento en que una ley destinada a emplear fondos públicos para conseguir evitarlo era aprobada por el Parlamento. Fue un factor inesperado el que produjo el brusco cambio del panorama político. En la primavera de 1978 fue secuestrado por las "Brigadas Rojas" Aldo Moro quien permaneció en paradero desconocido durante casi dos meses hasta acabar apareciendo asesinado en un callejón de Roma a tan sólo unos centenares de metros de las sedes de los dos principales partidos políticos. Aunque desde hacía una década el PCI se había convertido en el principal guardián de la estabilidad de las instituciones democráticas, los resultados de las elecciones inmediatamente posteriores presenciaron una importante disminución del voto conseguido por este partido mientras que crecía el socialista. La elección de Sandro Pertini como presidente de la República contribuyó a dar la impresión de que el Partido Socialista podía convertirse en una alternativa. Mientras tanto, se habían consolidado importantes cambios en el seno de la sociedad italiana. En realidad, aparte de la nacionalización de la industria eléctrica y unos intentos, muy pronto olvidados, de planificación, no se produjo un cambio sustancial en la política económica durante la etapa del "centro-sinistra". El crecimiento, sin embargo, prosiguió: en el período entre 1963 y 1969 las exportaciones italianas se multiplicaron por más de dos. Resulta significativo que durante esta década, gracias a la emigración rural, desapareciera el problema agrario: tuvo lugar una concentración de la propiedad superior, incluso en número de hectáreas, a la reforma que se había producido en los primeros tiempos republicanos. La crisis de la energía fue particularmente grave teniendo como consecuencia una inflación de dos cifras y una parcial detención del crecimiento económico. Todavía en 1976 la lira sufrió en un año una devaluación del 20%. La crisis, por otro lado, demostró determinados inconvenientes de la economía italiana. El déficit público era muy superior al de países del entorno por la debilidad política de los Gobiernos mientras que los salarios experimentaban un crecimiento superior al que le correspondía a la productividad como consecuencia del establecimiento de escalas móviles de acuerdo con la inflación, logradas a través de la presión sindical. Por otro lado, parece evidente que los importantes cambios producidos en la vida italiana no hicieron desaparecer la fundamental diferencia entre Norte y Sur; en este último un tercio de los salarios dependían, de forma más o menos directa, del Estado. Si en todo ello había una predominante sensación de estabilidad, en otros aspectos se imponía la de cambio. La mayor parte de las transformaciones producidas durante los setenta tuvieron lugar en los hábitos y en los comportamientos. La aprobación del Estatuto de Trabajadores, el divorcio, la objeción de conciencia (1972), el voto a los 18 años (1974) o el aborto (1978) constituyeron un testimonio de revolución cultural semejante al de otras latitudes europeas. El creciente papel de la mujer o la reducción de la familia media a tres personas ejemplificaban, quizá, la prueba más definitiva de la homologación de la sociedad italiana y el resto de las europeas.
obra
Quizá sea esta obra la más atrevida de las ejecutadas por Vincent en París. La modelo podría ser Agostina Segatori, la propietaria del Café du Tamborin, con la que el pintor parece que tuvo un romance. La inspiración le viene a Van Gogh de las estampas japonesas por las que sentía admiración, llegando a copiar algunas de ellas bajo el título Japonaiserie. La bidimensionalidad de la figura y el aspecto decorativo de los colores tienen su origen en las xilografías orientales que Vincent intenta repetir hasta en el aspecto del papel donde estaban ejecutadas a través del sombreado. En el lateral derecho y en la zona superior encontramos un entramado de líneas paralelas que centran la composición, considerándose como los laterales del lienzo y los hilos que unen la tela al bastidor, en un afán de romper con la pintura tradicional. El aspecto sintetista de Bernard también está presente en este trabajo al marcar las líneas de los contornos con una línea oscura. Una vez más, el color ocupa el papel protagonista, anunciando los futuros trabajos de Arles. Como bien dijo Roger Max: "La antigüedad en el renacimiento de Van Gogh procede de Japón".