El "compromiso austro-húngaro" de 1867 supuso que las posesiones de los Habsburgo, en este momento con Francisco José a la cabeza, formaran una Monarquía dual. Por una parte, los oficialmente designados como "reinos y tierras representados en el Reichsrath", conocidos como imperio de Austria (Austria, Bohemia, Moravia, Eslovenia, Carniola, Istria y Galitzia). Por otra, el Reino de Hungría (Hungría, Transilvania, Croacia-Eslavonia y Fiume). Ambas Monarquías tendrían en común un monarca, tres ministerios con competencias en ambos Estados (Asuntos Exteriores, Guerra y Hacienda) y el Ejército Imperial y Real con el idioma alemán como lengua de mando. Sin embargo, tanto Austria como Hungría dispusieron de un ejército territorial con idioma de mando en su respectiva lengua. Cada Estado tuvo su propio poder legislativo. El Consejo del Imperio en Austria y la Dieta en Hungría. Cada una de estas instituciones tenían a su vez dos Cámaras diferentes. En el caso de Hungría, el Gobierno debía responder ante la Dieta, mientras que en Austria el ejecutivo no era responsable ante las Cámaras, sino ante el emperador. En todo caso, la competencia de las respectivas instituciones abarcaba lo referente a los ministerios de cada Estado y al ejército territorial. Respecto a los ministerios y ejército comunes, en lo que no dependían directamente del monarca, respondían ante dos Delegaciones de los parlamentos de Viena y Budapest, formada cada una por 60 diputados. Los gastos derivados de estas instituciones eran sufragados en un 70 por 100 por Austria y el resto por Hungría. La Monarquía dual funcionó relativamente bien durante medio siglo. La cohesión del sistema se basó, en primer lugar, en la persona del soberano, Francisco José, que supo despertar un sentimiento de lealtad hasta su muerte en 1916; lealtad que estaba lejos de ser una fórmula retórica. El Ejército Imperial y Real, así como la administración común, reforzaron la unión entre los que participaron en estas actividades, actuando como crisol. Además, este conglomerado de comunidades humanas y tierras que enseguida analizaremos, constituía una unión de intereses económicos. La economía y la sociedad de las diversas partes del Imperio eran muy desiguales. Entre la Bohemia urbana y la elite de Viena y Budapest, por una parte, y las aldeas de Hungría, Galitzia, Transilvania y otras zonas había un abismo no sólo económico sino humano. El abismo que va de la economía de mercado al autoconsumo tribal, de la cultura escrita al analfabetismo, de la riqueza a la pobreza. La división social era aún mayor que la racial y en ocasiones se sobreponía. Los terratenientes húngaros siempre estaban dispuestos a emplear mano de obra rutena, para hacer bajar los salarios de los trabajadores magiares. A pesar de todo, las diversas regiones tenían recursos complementarios. Una red de vías de comunicación, terrestres y fluviales, permitía la fácil relación entre las partes del Imperio, y los puertos de Trieste y Fiume eran una salida común con los países mediterráneos y de ultramar. En el terreno económico, el último tercio del siglo XIX constituyó un período de prosperidad para el conjunto del Imperio. Y buena parte de los habitantes del mismo lo percibían así, por ello deseaban buscar el sistema para su conservación. El acuerdo entre Austria y Hungría suponía un intento de salvar el Imperio sin recurrir a la imposición por la fuerza, un compromiso en suma. En cierta manera, la historia del Imperio austro-húngaro en estos años que van hasta la Gran Guerra es la historia del equilibrio entre sus partes. La propia política exterior, que era uno de los aspectos que justificaban la unión de las Monarquías, vino a ser una de las mayores fuentes de problemas desde 1880. El acrecentamiento del territorio a costa del Imperio turco lo fue en precario y no ayudó a una mayor cohesión sino, más bien, al contrario. Creó conflictos, no sólo entre ambos Estados, Austria y Hungría, sino en el seno de cada uno de ellos. Al pangermanismo del Oeste, correspondía el paneslavismo del Este, posiciones que las potencias europeas procuraron amplificar, en las respectivas comunidades, en beneficio propio, tal como se puede ver en el capítulo dedicado a las Relaciones internacionales. La realidad étnica era verdaderamente compleja. La parte austriaca ofrecía considerable variedad de poblaciones y entrecruzamiento entre ellas. Sólo les unía la historia y una amplia mayoría católica (más de un 80 por 100). Los territorios formaban un gran arco desde los Alpes y el mar Adriático hasta los Cárpatos; en ellos convivían hasta diez etnias diferentes. Entre ellas los alemanes, checos y polacos estaban más consolidadas y tenían preponderancia. En el caso de los alemanes, había un sentimiento de superioridad y temor a las pretensiones del cada vez mayor número de eslavos. Algunas provincias, como la de Salzburgo o los ducados de la Alta y la Baja Austria, estaban pobladas exclusivamente por alemanes, pero esto no era lo habitual. En algunas eran minoría. Por estos años, su número había descendido durante el siglo XIX y era sensiblemente más bajo en las ciudades bohemias. En todo el interior de la cuenca de Bohemia-Moravia, los checos eran ampliamente mayoritarios. En otras, los germanos dominaban, como en el Tirol, Carintia y Estiria, donde también había importantes minorías italiana y eslovena. Los italianos dominaban en el Trentino y éstos se mezclaban con los eslovenos en la provincia de Gorizia. Ambos grupos, italianos y eslovenos, convivían con los croatas en Istria y Dalmacia. En Silesia se mezclaban polacos, checos y alemanes. Galitzia tenía mayoría de población polaca, con una importante minoría rutena, sobre todo al Este. En Bucovina, las poblaciones estaban también muy mezcladas: rutenos, rumanos, alemanes, polacos y húngaros. En el reino de Hungría, los magiares eran más de la mitad de la población. Las poblaciones alemanas, en número aproximado de 2.000.000, se hallaban más agrupadas en bloques compactos en todas las ciudades y algunas zonas rurales. La "magiarización" llevada a cabo desde 1867, supuso la disminución progresiva de la población germana. Los rumanos, unos 3.000.000, eran la mitad de la población en Transilvania y el Banato. En Croacia-Eslavonia los croatas eran mayoría, salvo en alguna zona, entre los ríos Drava y Sava, donde se concentraban los serbios desde el siglo XVIII. El Fiume (Rijeka para los croatas), recibió, en la segunda mitad del siglo XIX, un importante aporte de italianos que se mezclaron con los croatas. Los eslovacos vivían principalmente en las zonas montañosas al noroeste de Hungría y en los valles cercanos al Danubio. Los rutenos, por su parte, ocupaban las zonas septentrionales de los Cárpatos y el valle del río Tisza. Finalmente, los judíos estaban presentes en todas partes, especialmente en las ciudades. Tanto en el conjunto del Imperio como en Austria y Hungría en particular, el problema dominante fue el de las diversas nacionalidades. En el reino de Hungría la clase política estaba dividida en dos tendencias principales. El Partido Liberal, liderado por el conde Kalmán Tisza, discípulo de Francisco Deak y jefe del gobierno entre 1875 y 1890, fue leal al sistema dual y llevó a cabo una "magiarización" progresiva del Estado. Por su parte, el Partido de la independencia de Francisco Kossuth, al que se unieron disidentes del anterior partido, era favorable a la independencia de Hungría, pero sin cambio dinástico. Dentro de la propia Hungría, el Partido Liberal se mostró más abierto a los problemas de las nacionalidades que su principal opositor. Junto a estos dos partidos históricos, aparecieron a finales del siglo XIX el Partido Popular cristiano del conde Zichy, el Partido de los Terratenientes y el Partido Social Demócrata. En todo caso, estas últimas formaciones estuvieron poco representadas en la Dieta. El sistema parlamentario húngaro estaba compuesto por dos Cámaras, la Cámara Alta, formada por miembros vitalicios, de derecho y hereditarios, y la Cámara Baja, compuesta por mayoría de representantes de Hungría (más del 75 por 100), una menor proporción de representantes de Transilvania, Croacia-Eslavonia y uno por el Fiume, todos elegidos por un sistema censitario. Con los matices señalados, en general, los magiares gobernaban en su beneficio el antiguo reino húngaro (hasta la línea del río Drave) sobre las grandes minorías de rutenos, eslovacos, rumanos y germanos. Al otro lado del Drave, en Croacia, la situación era muy diferente. Los magiares eran una pequeña minoría. La conciencia de nacionalidad en Croacia estaba muy desarrollada en los medios políticos e intelectuales. El "Compromiso" dual fue firmado en febrero de 1867. Habían pasado unos meses, en noviembre del mismo año, cuando hubo que negociar un Compromiso húngaro-croata, que entró en vigor en 1868, por el que Croacia formaría en adelante un reino autónomo, con una Dieta y administración particulares, dentro de la Gran Hungría. No obstante, durante estos años y los que siguieron hasta la Gran Guerra, se extendió cada vez más un movimiento de separación de Hungría y de unión de los "eslavos del sur". Es decir, se trataba de construir un Estado, dentro de la Monarquía de los Habsburgo (más vinculados a Viena), compuesto, al menos, por Croacia, Eslovenia, Serbia y el Fiume. Era una yugoslavización que implicaba a las dos partes de Austria-Hungría y al Imperio turco en la compleja cuestión de los Balcanes. Los propios magiares temían la consolidación eslava y, además de oponerse a una integración de Bosnia-Herzegovina, fomentaban las rivalidades de croatas y serbios. El mismo año de 1868, Francisco Deak presentó en la Dieta húngara la Ley de las Nacionalidades que, con la oposición del Partido de la independencia, legalizaba el uso de las diversas lenguas en las respectivas comunas, ciudades y departamentos, si bien el único idioma oficial común seguiría siendo el húngaro. En Transilvania, el Partido Nacional Rumano reclamó la autonomía desde 1881 y fue prohibido cuando, en 1892, sus líderes se dirigieron a Francisco José como Emperador de Austria y no como Rey de Hungría. En todo caso, como ocurrió con los independentistas eslovacos, fueron una minoría relativa dentro de sus respectivas poblaciones en los años finales del siglo XIX. En Austria, el poder legislativo se confió a un Consejo del Imperio, formado por una Cámara de los Señores, a modo de representación estamental, y la Cámara de los Diputados ("Reichsrath"), cuyos miembros, hasta 1873, eran elegidos por la Dieta de cada provincia y, después de la reforma electoral de 1873, fueron elegidos, por sufragio censitario, mediante un sistema de representación de los diferentes cuerpos sociales (propietarios, comerciantes, población de las ciudades y comunas rurales). Este sistema daba ventajas a la representación de las poblaciones alemana y polaca. La reforma electoral de 1882 permitió una mayor representación, aun dentro del sistema censitario. En 1896 se introduce un sufragio más amplio que se convertiría en universal por la ley de 1906. El nacionalismo más vivo y problemático dentro del Imperio fue el de Bohemia, único pueblo eslavo que estaba urbanizado e industrializado. Durante décadas, la política de los germanos -a través de su posición dominante en los medios urbanos y la administración- fue intentar dominar culturalmente a las otras razas. Los checos, o al menos un influyente sector de las clases medias e intelectuales, se habían revelado contra esta pretensión. Ahora, su intención era utilizar la lengua para frenar la germanización, exigiendo el checo para el trabajo en la administración. Para ello pidieron una autonomía efectiva. A comienzos del dualismo la solución que se intentó fue llegar al trialismo. Es decir, conceder a Bohemia un estatuto semejante al de Hungría. Así lo llegó a proponer el presidente del Consejo austriaco, el conservador conde Karl de Hohenwart, después de secretas negociaciones con representantes de la Dieta de Bohemia. Los "Viejos Checos", entre los que destacaba F. Palacky (jefe del Partido Nacional Checo en la Dieta de Bohemia) y L. Rieger, no reconocieron más vínculo con Viena que el soberano común y se adhirieron al paneslavismo ruso. La situación se consideró peligrosa tanto por los alemanes de Bohemia, que temían su minoría dentro del posible nuevo Estado, como para el gobierno húngaro, que se inquietaba por las repercusiones del proyecto dentro de las nacionalidades de Hungría. Francisco José renunció a la idea en octubre de 1871 y Hohenwart dimitió del gobierno austriaco. Dentro del nacionalismo checo se produjo una escisión. Los "Viejos Checos", agrupados en torno a Rieger, siguieron favorables a la búsqueda de un acuerdo en los años siguientes. En la mayor parte de este período, durante los años 1879 a 1893, el gobierno estuvo en manos del conde Eduard Taaffe, quien concedió a Bohemia ciertas aspiraciones. Entre ellas, en 1882, convirtió el checo en idioma oficial, si bien en las zonas de mayoría alemana la administración tuvo que ser bilingüe. Los "Jóvenes Checos", liderados por Carlos Kramarj, se mantuvieron en una posición independentista y triunfaron en las elecciones de 1891 en Bohemia. La mayoría de los alemanes de Bohemia intentó oponerse a las reformas. Cuando en 1897 el Gobierno votó una ley que obligaba a los funcionarios de Bohemia a ser bilingües, los alemanes, apoyados por sus homólogos en la Dieta de Viena, plantearon una sistemática obstaculización. Los checos generalmente sabían el alemán, pero no al contrario. Finalmente el Gobierno se limitó a exigir de los funcionarios que conocieran los idiomas hablados de donde ejercían. Algunos alemanes dejaron de mirar hacia Viena para hacerlo hacia Berlín. El movimiento "Los-von-Rom" (separémonos de Roma), organizado en 1897 y dirigido por Georg Schunerer, propugnaba la unión con Alemania. Los polacos de Galitzia, que consiguieron una amplia autonomía administrativa y cultural, lo que incluía el polaco como lengua oficial, plantearon menos problemas en estos años. Buena parte de los diputados polacos apoyó a la mayoría del Gobierno. Dos de ellos, el conde Potocki en 1870-1871 y el conde Badeni, entre 1895 y 1897, llegaron a ser presidentes del Consejo de Ministros de Austria. No obstante, a finales del siglo XIX, se empezaron a escuchar con fuerza las voces que reclamaban mayor unidad con los polacos de Rusia y Prusia. Como señaló el periodista inglés Henry Wickham Steed, la fuerza y la debilidad de la Monarquía dual en el último tercio del siglo XIX era el "equilibrio del descontento". Salvo los magiares, todas las demás nacionalidades tenían algo que esperar. La política del monarca fue precisamente no identificarse nunca con ninguna nacionalidad, mantener el equilibrio.
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El tránsito de una situación de aparente apogeo a otra de crisis y decadencia ocurrió rápidamente en la segunda mitad del siglo XI: "ruina brutal del Imperio", ha escrito Ducellier refiriéndose al periodo 1056-1081, que se observa tanto en los aspectos políticos y militares como en los primeros signos de dependencia económica. Pero los emperadores de la dinastía Comneno consiguieron restaurar la situación y gobernar en el siglo XII sobre un Imperio de territorio más reducido pero todavía poderoso e influyente. La perdida definitiva de casi toda Asia Menor a fines de aquel siglo y la conquista de Constantinopla por los occidentales a comienzos del XIII precipitaron la catástrofe mientras que, pocos decenios después, las expediciones de los mongoles arrasaban la Rusia de Kiev. Sin embargo, en aquella época oscura se consolidaron las fuerzas capaces de restaurar parcialmente el Imperio y, sobre todo, de cimentar la identidad religiosa y cultural griega. Más allá de él, aunque en su órbita de influencia, los pueblos balcánicos alcanzaron la madurez política.
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Contando con negativas circunstancias se produjo la elección imperial a la muerte de Maximiliano. A pesar de las pretensiones del rey de Francia Francisco I, se impuso la opción representada por otro candidato, Carlos, que ya era rey de las Españas, mejor colocado por su pertenencia a la dinastía de los Habsburgo (la cual venía ocupando el trono imperial desde mediados del siglo XV) y que contó además con el fuerte apoyo económico que le prestaron destacados hombres de negocios alemanes para inclinar la voluntad de los componentes del Colegio Electoral hacia su causa. Nacido en la ciudad de Gante en el año 1500, hijo del matrimonio entre Felipe el Hermoso de Austria y Juana, hija de los Reyes Católicos, por tanto nieto del recién fallecido emperador y de los titulares de la Monarquía hispana también ya desaparecidos, Carlos fue nombrado nuevo emperador en 1519, convirtiéndose así en señor de un amplísimo conjunto territorial y en el hombre más poderoso de Europa, gracias a las leyes de la herencia y al azar de los acontecimientos que tuvieron que producirse hasta llegar a recibir de forma un tanto fortuita la sucesión de las posesiones españolas. Por una u otra causa, antes de cumplir los veinte años Carlos se vio al frente de un inmenso Imperio que abarcaba las tierras heredadas de su padre al morir éste prematuramente en 1515: los Países Bajos, Luxemburgo, Artois, el Franco Condado...; las que le llegaron por parte de su abuelo materno, Fernando el Católico, fallecido en 1516: la federación de Aragón, Cataluña y Valencia, junto con Cerdeña, Sicilia, Nápoles, Baleares...; las recibidas al decretarse la incapacidad de su madre: la extensa Corona de Castilla y sus tierras extrapeninsulares (Canarias, las plazas africanas...), a las que habría que sumar las recién descubiertas posesiones americanas; y por su abuelo paterno las procedentes del patrimonio de los Habsburgo, con Austria, el Tirol y las demás zonas circundantes, completándose todo este entramado territorial con los derechos adquiridos sobre el norte de Italia y Alemania al ser nombrado nuevo titular del Imperio romano-germánico. A esta heterogénea agrupación de extensos espacios sólo le unía la persona del emperador, señor natural de todos ellos. El Imperio de Carlos V nunca llegaría a ser un conglomerado bien organizado ni un conjunto estructurado que se manifestase armónicamente. Por contra, cada parte mantuvo sus propias características institucionales, sociales, culturales, espirituales, sin que se produjera ningún tipo de acercamiento entre ellas, ni siquiera la intención de crear una entidad común que les diera cierta coherencia. Las fronteras entre los Estados del Imperio permanecieron intocables, agudizándose incluso los sentimientos protonacionalistas de sus poblaciones, que veían como extranjeros a los naturales de los otros países. Para aumentar aún más esta falta de unidad, se daba el hecho de que las diversas tierras escasamente aglutinadas por la figura del titular imperial no formaban un todo continuo, no limitaban todas entre sí, sino que presentaban grandes rompimientos geográficos, constituyéndose así una especie de mosaico con piezas muy diferentes que aparecían separadas dentro del mapa europeo, situándose algunas por lo demás en lejanas zonas, más allá de los mares que lo circundaban. Para estar representado debidamente en cada una de estas partes como cabeza de dominio señorial, dado que no podía residir ni permanecer demasiado tiempo en todas ellas, Carlos delegó su poder supremo en una serie de familiares, de personajes aristocráticos y de altos funcionarios que, según las circunscripciones sobre las que actuaban, fueron denominados virreyes (en la Corona de Aragón, en Nápoles, México y Perú), o gobernadores (en los Países Bajos y el Milanesado). Un caso especial lo constituyó su hermano Fernando, que desde muy pronto quedó directamente vinculado a la institución imperial y, todavía más, al conjunto patrimonial de los Habsburgo. Reactivado el Consejo de Regencia del imperio en 1521, estuvo en él como representante fijo del emperador; al año siguiente, en función del Tratado de Bruselas de 1522, recibió los territorios austriacos, continuando allí la tarea modernizadora de su organización estatal ya iniciada por Maximiliano I, viendo además incrementado su poder en aquella zona desde 1526 al ser nombrado monarca de Bohemia y Hungría tras la muerte del rey Luis en Mohacs. En el débil aparato de gobierno centralizado que pretendía dirigir la política imperial, se destacó inicialmente la Cancillería, más concretamente quien la ocupó durante bastantes años, a saber, Mercurino Gattinara, originario del Piamonte, por su intento de darle un sentido programático a la idea del imperio, de querer que la teoría política imperial tuviera mayor coherencia doctrinal, vinculándola para ello a las directrices del Humanismo erasmista que se mostraba defensor de la unidad del mundo cristiano y de la paz universal basada en el dominio del emperador cómo instancia superior de poder jerárquico. Pero la existencia consolidada de los Estados nacionales, la oposición de éstos a cualquier tipo de sometimiento a las ya casi anacrónicas autoridades universales, la mayor eficacia de sus maquinarias burocráticas, de sus ejércitos y de sus sistemas hacendísticos, en claro contraste con la debilidad e insuficiencia que la institución imperial mostraba respecto a estos medios de acción estatal, hicieron muy pronto inviable las aspiraciones, si realmente llegaron a darse, de control supranacional, derivando en consecuencia la vieja idea imperial hacia una más moderna de imperio-potencia, que se basaría en la posibilidad de disponer de mayores recursos humanos y económicos que sus rivales, es decir, de poder operar llegado el caso con una numerosa y robusta fuerza militar, siempre contando además con la superioridad teórica que proporcionaba la gran extensión de los dominios imperiales y lo estratégico de la situación de muchas de sus partes. No obstante, lo que podía ser una ventaja también ofrecía serios inconvenientes. Las dimensiones del Imperio resultaron excesivas para los tiempos que corrían; no se pudo atender con eficacia los problemas planteados por los diferentes Estados que lo integraban, a menudo enfrentados entre sí; los enemigos aparecían por todos lados, no sólo los exteriores, especialmente franceses y turcos, sino además los interiores, opuestos a la tendencia absolutista que empezaba a dominar en otros ámbitos, al centralismo que se deseaba imponer, aunque éste fuera más teórico que real. Por si todo esto fuera poco, el estallido de la Reforma y su posterior desarrollo ahondaron las diferencias, aumentaron las divisiones dentro de los límites del Imperio, socavando todavía más la autoridad suprema del emperador al sumarse la contestación religiosa a la política. Por otra parte, la complejidad de la administración de tan vasta superficie de tierras hizo necesaria la formación de varios bloques o apartados burocráticos, al frente de cada cual quedó destinado un alto funcionario, persona de confianza del emperador que asumía una parte de las responsabilidades que hasta la fecha de su muerte, acaecida en 1530, había concentrado el poderoso canciller Gattinara. Desde entonces, los reinos hispanos e italianos y sus posesiones y colonias fueron controlados por el secretario real Francisco de los Cobos; las zonas septentrionales y centrales que se encontraban en las proximidades de Francia (Países Bajos, Luxemburgo, el Franco Condado... ) por el también secretario Granvela, mientras que Fernando, el hermano del emperador, continuó encargado de los asuntos alemanes y de los correspondientes a los territorios patrimoniales de los Hasburgo, responsabilidad que se haría todavía más consistente desde el momento en que se produjo la doble abdicación de Carlos V en 1556, correspondiéndole a Fernando los citados territorios austriacos y germánicos, y al hijo de Carlos, ya como Felipe II, las posesiones españolas, italianas y borgoñonas y las de Ultramar. Quedaba así dividido en dos grandes partes el que había sido inmenso imperio carolino, cuyas dimensiones desproporcionadas, no volverían a repetirse, a pesar de que los dos conjuntos resultantes de la repartición pudieran a su vez ser considerados como sendos Imperios territoriales. Cansado, enfermo y parcialmente derrotado en sus ideales, el viejo emperador buscó unos últimos momentos de sosiego en su retiro hispano de Yuste, donde moriría en 1558. Así, pues, tras la desaparición de Carlos V la Corona imperial pasó a Fernando I (1556-1564), aunque a partir de éste el título de emperador y la referencia del Sacro Imperio romano-germánico perdieron casi todo su significado originario y su proyección universalista. Fernando I a duras penas pudo ejercer su autoridad en las fragmentadas tierras germánicas, donde procuró por lo menos mantener la paz religiosa, mientras que su mayor interés residió en ejercer el gobierno de los territorios austriacos patrimoniales que poco a poco se estaban convirtiendo en un poderoso foco de influencia y de control de la Europa central. Pero ni en uno ni en otro ámbito logró construir un moderno Estado absolutista, aunque sí potenció algunos organismos centralizadores (Consejo, Cancillería). No obstante, las fuerzas centrífugas de los poderes locales mantuvieron su autonomía. Dentro de este reducido Imperio germánico, los príncipes y señores siguieron teniendo un poder efectivo e independiente en sus dominios, quedando la autoridad del emperador como meramente nominal. La división religiosa profundizaba aún más las diferencias y agudizaba los contrastes. Este estado de cosas continuaría durante el reinado de Maximiliano II (1564-1576), agravándose en el de Rodolfo II (1576-1612), anunciador de la gran catástrofe que se avecinaba. Por entonces la idea del imperio casi había desaparecido; de hecho, significaba muy poco.
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China vivirá una época de profundos cambios. La esplendorosa dinastía Ming, iniciada en 1368, fortalecerá el Estado y emprenderá una reforma administrativa que sentará las bases del desarrollo económico. Su decadencia propiciará la invasión manchú y la instauración de una nueva dinastía, Qing, que si bien en principio conoce una época de esplendor, más adelante vivirá la recesión económica y el repliegue interior, lo que alejará a China de todo contacto con ideas y productos extranjeros.
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El imperio Mande, Melle o Malí no es otro que el formado por el pueblo negro de los mandingos o malinké que recogió y amplió la herencia de Ghana en el siglo XIII. En sus orígenes no era más que una especie de confederación de territorios mandados por jefes de tribus que sirvieron durante mucho tiempo de refugio contra los ataques exteriores hasta que enriquecidos por el oro las circunstancias históricas les permitieron la creación de un poderoso Imperio. Sundiata Keita (1230-1255) de la dinastía mandinga de los Keita, que había sido en su mayor parte exterminada por el Reino de los Sosso, logro hacer cristalizar en tomo a su persona las aspiraciones de libertad de los mandingas, lo que le permitió liberarse en 1235 del dominio del rey de Sosso, Sumaoro Kannte, al que dio muerte y formar un imperio que se extendía desde el océano Atlántico hasta el Níger. Su inmensa popularidad de libertador no sólo se debió a la liberación de parte de los mandingos del poder de los Sosso sino a su política de reducir al máximo la esclavitud como costumbre existente entre su propio pueblo. Hacia 1240 ocupo Ghana y destruyó su capital no cesando de ampliar sus dominios hasta que una flecha envenenada acabo con su vida en 1255. La estabilidad política del reinado de Sundiata dio un nuevo impulso al comercio transahariano decaído durante la época de esplendor del Reino de Sosso. Su hijo y sucesor mansa Ulé (1255-1270) continuó la política paterna especialmente en los aspectos comerciales con el mundo musulmán llegando a peregrinar a los santos lugares del Islam en época del sultán mameluco Baybars I, si bien las fuentes musulmanas no hablan de tal acontecimiento. El siglo XIV supuso el apogeo del imperio Malí con el gran mansa o rey Kanku Musa (1312-1337) que abrió totalmente las fronteras de su Estado a las comerciantes arabo-beréberes, y que es citado elogiosamente por los autores árabes por su peregrinación a La Meca, lo que hizo que el imperio de los mandingas fuese conocido y valorado muy positivamente en los ámbitos internacionales. Malí controlaba el monopolio del oro sudanés y siguió una política de seguridad en el interior y de apertura comercial al mundo musulmán en el exterior, reforzada por la singular y popular figura de su soberano. Kanku Musa, al regreso de su peregrinación, introdujo la cultura árabe en su país, por medio de arquitectos, poetas y artesanos que instalados en la capital, Niani, la convirtieron en una ciudad árabe más, con sus numerosas mezquitas, a la vez que la corte se islamizaba. Kanku Musa dio a su imperio Malí un esplendor nunca alcanzado por otro imperio negro hasta entonces, y su poderío se extendía por provincias tan diversas como Tombuctú, Djenné, Méma, Oualata, Gao, Gambia, etc. Su hermano y sucesor, el mansa Sulaymán (1341-1360), que subió al trono después del breve reinado de su sobrino Maghan (1337-1341), hijo de Kanku Musa, vio cómo se debilitaba el poder central debido al choque entre las instituciones tradicionales y las nuevas normas islámicas. Estas disputas facilitaron a los tuareg el poder adueñarse de las provincias más norteñas del Imperio, tales como Gao, Tombuctú y Méma hacia 1433-1434. La llegada de los portugueses a la costa de Gambia permitió a los comerciantes mandingos a fines del siglo XV y a lo largo del siglo XVI una nueva época de florecimiento, incluso más brillante que la del comercio transahariano. Esto produjo un reforzamiento de la autoridad del mansa en todas las riberas del río Gambia, y la aparición del famoso Niani Mansa Mamudú, conocido por el "gran elefante", que intentó en 1599 reconstruir nuevamente el primer Imperio Malí a base controlar el nuevo eje comercial Djenné-Tombuctú. Pero la nueva situación comercial impuesta por las rutas portuguesas del Atlántico impidieron realizar el sueño del último gran mansa de Malí. A finales del siglo XVI, los fulbé Denianke, dueños de todo el litoral, expulsaron de Gambia a las mansas de Malí. Y poco después, el pueblo de los bambara, situado al Este, dio el golpe de gracia al imperio Malí conquistando sus restos. La economía malí estuvo dominada por el comercio transahariano y la demanda de oro por parte de las grandes ciudades musulmanas del norte de África. Las rutas eran las principales vías de intercambio de los productos sudaneses (exportación de oro y esclavos e importación de sal y cobre), la más occidental era la más tradicional y siguió en el siglo XIV siendo la principal pasando por Sijilmasa-Thegaza-Oualata; la ruta más oriental que iba de Ouargla-Touat-Tombuctú-Gao creció en importancia a finales del siglo XIV, sobre todo después de la peregrinación de Kanku Musa a La Meca. Los reyes de Malí y la aristocracia mandinga gastaron enormes sumas en la importación de caballos y vestidos de lujo, así como de productos alimentarios típicos del mundo magrebí, como higos, dátiles y trigo. El comercio costero creció considerablemente con la llegada de los portugueses a Gambia, los cuales se encontraron con unos comerciantes mandingos muy expertos que vendían plumas de avestruz, marfil, oro y esclavos, y a los que era muy difícil engañar. A pesar de las enormes ganancias comerciales, monopolizadas por una minoría, la mayor parte de la población siguió siendo campesina, dedicándose al cultivo de mijo, sorgo, arroz y algodón, o al pastoreo de vacas, cabras, mulas y caballos. La sociedad del imperio Malí tuvo una estratificación mucho más compleja y diferenciada que la de Ghana. La aristocracia mandinga formada por las grandes familias dirigía las diferentes provincias del imperio, era objeto de una especial atención por parte de los mansas que la halagaba continuamente con valiosos presentes. Esta clase social fue la que más fácilmente se islamizó y de la que surgieron los jueces o cadíes expertos en el conocimiento coránico, si bien para la gran mayoría de la nobleza la islamización no fue más que superficial. Las wangaras fueron los comerciantes que se enriquecieron con el casi monopolio de las transacciones y recibieron también la influencia de la religión islámica; mientras que las clases más bajas de la sociedad, los campesinos libres y los "nyamakalas" (grupo heterogéneo en el que se encontraban desde los artesanos y hechiceros hasta los esclavos), continuaron siendo animistas.
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Hasta hace poco tiempo se creía que los hurritas habían hecho su aparición en el escenario del norte de Siria en un momento cercano al de su consolidación como potencia política y militar, siguiendo un procedimiento explicativo simple, según el cual los recién llegados proyectan su grupo tribal hasta las más altas esferas del poder. Sin embargo, ahora podemos asegurar que están presentes en el III Milenio, pues al menos dos de sus divinidades dan nombre a sendos meses del calendario de Ebla; además, durante la III dinastía de Ur se les menciona al este del Tigris y también hay documentada onomástica hurrita en el karum de Kanish en el siglo XIX, lo que corrobora la antigüedad de la presencia hurrita en el espacio comprendido entre Anatolia meridional, Siria septentrional, el alto Éufrates e incluso el Tigris. Todo parece indicar que ya entonces se iban organizando bajo la forma de ciudades-estado (como Urkis, en el Yazira, Nawar o Mamma, en el Anti-Tauro) pero a partir de mediados del siglo XVII van a intervenir de un modo cada vez más consistente en la política internacional. Su poder procede de la unificación política lograda en torno a Mitanni, donde la corte de Hanigalbat -denominación geográfica del reino- había adquirido una solidez extraordinaria gracias a la cohesión lograda entre distintos elementos étnicos, hurritas, luvitas, semitas, etc. La base de la población era hurrita, pero coincidiendo con el proceso de unificación comienza a aparecer onomástica indoirania, lo que pone de manifiesto la presencia de un nuevo elemento étnico, quizá demográficamente no demasiado importante, que conseguirá situar a su aristocracia -que hace la guerra en carro- en la cúspide del poder político, como pone de manifiesto el término con el que se les designa, maryanni, que tiene conexión en otras lenguas indoeuropeas. El proceso de mestizaje tuvo que ser anterior al establecimiento a mediados del siglo XVI del reino, cuya capital seria la ciudad de Washshukkanni, identificada verosímilmente con Tell Feheriye, en la cabecera del Khabur. A falta de la información de la propia capital, nos vemos obligados a afrontar la reconstrucción histórica a partir de los datos que proporcionan los archivos de los reinos dependientes o capitales provinciales, como el de Nuzi, en el extremo oriental del Imperio, el de Emar -hoy Meskene- a orillas del Éufrates y el de Alalakh, en la parte occidental, además de los datos procedentes de las cancillerías de los grandes reinos contemporáneos, como Hatti, Asiria y el archivo de Tell el-Amarna en Egipto, a lo largo del periodo que comprende desde mediados del siglo XV a mediados del XIV, durante el cual Mitanni ejerció la hegemonía política en el Próximo Oriente. El contexto de las relaciones diplomáticas y militares, en términos generales, queda definido por el interés egipcio en el dominio de los beneficios comerciales que se pueden obtener mediante el control del corredor sirio-palestino y ello a partir del reinado de Tutmosis I, a fines del siglo XVI (1506-1494), que llega incluso a atravesar el Éufrates. El expansionismo de los faraones del Imperio Nuevo termina enfrentando sus ejércitos con los de Mitanni, que intentan defender sus propios intereses en la región. No sabemos exactamente cuándo comienza allí el predominio de Mitanni, pues los propios orígenes del reino se nos escapan a causa de la escasa información. El referente fundador para los reyes posteriores fue un tal Shuttarna, hijo de Kirta, pero las fuentes no empiezan a ser ilustrativas hasta mediados del siglo XVI, cuando los textos de Alalakh nos informan de la dependencia de sus reyes Idrimi y su sucesor Niqmepa, con respecto a los monarcas mitanios Barattarna, Parshatatar y Saushatar. Este último llevará a Mitanni al máximo apogeo como consecuencia de la sumisión de Kizzuwatna, al noroeste, y Asiria al sudeste. Pero su política expansionista, que tenía la finalidad de integrar bajo su poder los circuitos económicos de los estados vecinos, acaba chocando con los intereses de los monarcas egipcios de la XVIII dinastía, que buscan en Asia un territorio de expansión natural para satisfacer sus necesidades de abastecimiento de aquellas materias primas de las que tanto escaseaban. En efecto, Tutmosis III (1490-1436), el gran faraón que otorga una nueva dimensión al Imperio Nuevo egipcio, desarrolla una amplia actividad militar y diplomática en Asia, e incluso -emulando a Tutmosis I- atraviesa el Éufrates. Sin embargo, sus campañas no son decisivas y al final del reinado disminuye la tensión bélica que permite una entente entre Egipto, Mitanni y sus estados vasallos. A la muerte de Tutmosis III accede al trono faraónico su hijo Amenofis II, que tiene que aplastar las revueltas generalizadas contra sus posesiones en Siria. Saushtatar de Mitanni no interviene directamente, lo cual parece facilitar el buen entendimiento de ambos monarcas. Entonces se logra un acuerdo según el cual Egipto mantiene el control de la costa de Siria y Palestina, mientras que Mitanni ejerce un dominio efectivo sobre Siria septentrional. Las alianzas matrimoniales, por las que princesas mitannias desposan a faraones (práctica que comienza por Tutmosis IV y acaba con Amenofis IV), garantizan la fluidez de las relaciones comerciales y una amistad interestatal, que permite dedicar los efectivos militares a otros centros de atención. De este modo, Mitanni incrementa su presencia en el ámbito anatólico, que comienza a verse alterado desde la ascensión al trono hitita de Tudhaliya I. La tranquilidad lograda se prolonga a lo largo de la segunda mitad del siglo XV y el primer cuarto del siglo XIV. En 1375 sube al trono, tras una intriga palaciega, Tushratta, el cual tendrá la imposible tarea de enfrentarse con el joven monarca Suppiluliuma, que accede al trono de Hattusa cinco años mas tarde y terminara llevando a Hatti a la posición más poderosa de toda su historia. En 1365, Suppiluliuma vence a Mitanni y a la muerte de Tushratta el reino queda sumido en una profunda crisis. Asiria había ido recobrando su independencia, en la que se va a fraguar el Imperio Medio Asirio de los despojos de Mitanni, que a partir de entonces queda convertido en un reino dependiente de Hattusa. A lo largo del siglo XIII el viejo reino se ve repetidamente atacado por los reyes de Assur hasta ser definitivamente aniquilado, sin dejas prácticamente restos escritos de su glorioso pasado. La información disponible sobre Mitanni no permite establecer con seguridad las relaciones sociales que caracterizaban a aquella formación social, de la que sólo alcanzamos a vislumbrar algo de su organización. Por eso, dejarse llevar por ciertos elementos ideológicos propios del grupo dominante para definir al pueblo hurrita como guerrero y caballeresco, no deja de ser una aproximación grosera. En realidad, las condiciones de la vida eran análogos a las de otros imperios contemporáneos y en la medida en que conocemos las funciones reales, no se puede afirmar que la cultura política de Mittanni sea diferente a las otras que conocemos mejor. El rey es juez, comandante militar, otorga tierras, dirige las relaciones internacionales, como cualquier otro monarca de la época. La administración interna se nos escapa por la ausencia de un archivo real, pero la política territorial se articulaba en virtud de los deseos y las posibilidades: es significativo que los espacios mesopotámicos fueran integrados en el estado, mientras que los principados sirios mantuvieran autonomía. Tal vez los reyes de Mitanni consideraban más eficaz para la defensa de sus fronteras frente a los egipcios la conservación de estados dependientes que evitaran un contacto directo, mientras que el interior de Mesopotamia septentrional resultaba más útil integrado; sin embargo, es posible que esas diferencias estuvieran motivadas por las posibilidades reales de integración territorial. En cualquier caso, las comunidades urbanas integradas eran lideradas por un magistrado, hazannu, designado por el monarca. Los habitantes estaban organizados por categorías en función de su posición social y laboral: los maryanni componían la élite militar que combate en carro, los ehele eran los trabajadores dependientes del palacio, los hupshu constituían el cuerpo de ciudadanos libres y, finalmente, los haniahhu pastores asimismo libres. Por lo que respecta a la propiedad de la tierra, la mayor parte de la documentación disponible se refiere a propiedades privadas, pero no es posible extraer demasiadas conclusiones de ello por la falta del archivo central.
contexto
El Reino de Gao, uno de los más antiguos del oeste de África, mantuvo hasta el siglo XI una importante posición comercial a orillas del río Níger. Su riqueza hizo que la dinastía islamizada songhay de los Dia, instalase su capital en Gao. Según al-Bakri sólo el rey era musulmán, mientras el pueblo seguía siendo fetichista. El Reino de Gao logró mantener su independencia frente al imperio de Ghana, pero no pudo conservarla frente al poderío militar del imperio mandingo de Malí. Los historiadores discrepan sobre cuándo se produjo la anexión de Gao como provincia de Malí, para unos fue en época del mansa Ulé, mientras que para otros fue el mansa KanKu Musa el que realizó la conquista. A partir de 1400 los príncipes songhay de Gao comenzaron a independizarse de Malí hasta que alcanzaron la plena independencia con Sonni Alí Bar (1464-1492), verdadero artífice del imperio songhay. Este soberano restaurador, animista convencido, constituyó en veintisiete años un poderoso imperio que iba desde Kebbi, en Nigeria, hasta la actual región de Segu. Entre 1464 y 1468 hizo que su imperio songhay controlase el vital eje comercial Tombuctú-Djenné y de esta manera de todo el comercio transahariano. Sonni Alí persiguió a los musulmanes y especialmente a los círculos intelectuales de Tombuctú ligados a los tuareg y fulbé. Toda su política en este sentido se vino abajo cuando a su muerte en 1492 los musulmanes lograron colocar al frente del imperio al general Mohamed Ture con el titulo de "askia". El askia Mohamed I (1493-1528) supuso el apogeo del imperio songhay, si bien su reinado no estuvo exento de luchas internas al tener que imponerse a la fuerza a la aristocracia tradicional. Buscó una nueva legitimización de su poder en una peregrinación a La Meca en 1496-97, de donde regresó con título de califa, lo que le permitió realizar una verdadera reforma de la sociedad según los consejos del jurista islámico al-Maghili, y continuar las conquistas de su antecesor Sonní Alí. Entre 1514 y 1517 conquisto las minas de Bambuk, controló los ricos mercados de las ciudades hausa de Kano y Katsina, y logró mantener en el desierto a los tuareg. Mohamed I fue destronado por sus hijos, iniciándose un periodo de inestabilidad debido a las luchas fratricidas entre los príncipes de la familia real, hasta que en 1591 el sultán Mulay Ahmad de Marruecos, sabedor de la debilidad interna del imperio songhay envió contra él un ejército de mercenarios que lo conquistó tras la batalla de Tondibi, si bien en el sur del país, en Dendi, se estableció una fuerte resistencia contra los invasores marroquíes. Las bases económicas del imperio songhay fueron muy similares a las de los imperios precedentes. El comercio transahariano fue la actividad más lucrativa, mientras que las actividades agrícolas, debido a que el suelo era más fértil, eran realizadas por numerosos esclavos en grandes propiedades controladas por la aristocracia. La pesca en el río Níger y la ganadería fueron también muy importantes para la economía. La primera actividad desarrolló una importante industria artesanal de ahumados, que llegó a exportarse por los territorios vecinos. La sociedad, fuertemente jerarquizada, mostraba una gran masa de la población con serias dificultades para vivir en el campo, y una aristocracia político-religiosa que junto a los ricos comerciantes vivía lujosamente en las grandes poblaciones.
contexto
Los acontecimientos de la crisis del 68-69 y el modelo de transmisión del poder imperial, inaugurado por Vespasiano contando con miembros de la propia familia, sirvieron de experiencia para aplicar ahora una fórmula de sucesión estable. Cortada la línea flavia con el asesinato de Domiciano, quien había cometido el error de no asociar a nadie a su gobierno, se crea pronto un nuevo modelo basado en la adopción. Nerva (96-98) adopta a Trajano (98-117) el año 97 y Adriano (117-138), adoptado a su vez por Trajano, tomó igualmente la previsión de adoptar, poco antes de morir, al emperador siguiente, Antonino Pío (138-161), a quien obligaba a tomar en adopción a Marco Aurelio (161-180) y a su hijo Cómodo (180-192). La adopción producía análogos efectos a la asociación al poder empleada por los Flavios en cuanto que equivalía a un anuncio público del sucesor, frecuentemente consensuado en el consejo privado de cada emperador. Indica igualmente la autoridad del poder imperial. Pero permitía hacer una aplicación más correcta del principio de elegir a los mejores aunque no pertenecieran a la misma familia. El sistema tuvo validez durante un siglo y contribuyó a evitar crisis sucesorias.