Las necesidades educativas para el adoctrinamiento de los indígenas, sumado a las de los colegios y universidades y a las de la misma sociedad colonial, extendieron la imprenta a casi toda Hispanoamérica. En 1703, los jesuitas importaron una para las misiones del Paraguay, donde hicieron obras de carácter doctrinal, algunas de ellas en guaraní. Luego llegó a Habana (1707-20), y Puebla (1714). En la década siguiente, los jesuitas la llevaron a Santa Fe de Bogotá y, en 1754, a Ambato y a Riobamba (Quito), trasladándose luego la primera de ellas al colegio de San Luis en Quito. En Guatemala se instalaron otras cuatro, que se sumaron a la ya existente, conformándose como uno de los grandes centros editoriales, junto con México y Lima. En 1777, empezó a funcionar en Bogotá la imprenta de Antonio Espinosa de los Monteros. Su hijo Diego regentó otra, importada por Antonio Nariño en 1793, en la cual se imprimió la primera traducción de "Los Derechos del Hombre y del ciudadano". También funcionaba en Chile, donde se hicieron algunos folletos religiosos. En el Río de la Plata fue introducida igualmente por los jesuitas. Se instaló en el colegio de Montserrat de Córdoba. Tras la expulsión de la Compañía, estuvo inactiva hasta que fue trasladada a Buenos Aires en 1780. Asimismo, hubo imprentas en Guadalajara, Veracruz, Puerto Rico, Caracas y Montevideo. Aunque la mayor parte de los libros impresos fueron de carácter religioso y filosófico, aumentaron los profanos y científicos durante la segunda mitad del siglo. El número de publicaciones fue tal que el criollo mexicano Juan José de Eguiara y Eguren (1696-1763), catedrático de la universidad de México, en la que se había doctorado, decidió sistematizar la producción sobre su país, redactando la "Bibliotheca Mexicana". Sólo llegó a la letra "C", pero su obra fue continuada por el poblano José Manuel Beristáin con su famosa "Biblioteca Hispanoamérica Septentrional", que hizo a fines de siglo y se publicó en 1816-21. Criollos y españoles afincados en América escribieron sobre todos los géneros literarios. En lírica y épica, sobresalieron el Conde de la Granja, Peralta y Barnuevo, Ruiz de León, Rafael de Landívar y, sobre todo, Sor Juana Inés de la Cruz. En la prosa de fines de siglo, destacó Alonso Carrió de la Vandera (seudónimo de Concolocorvo) con el "Lazarillo de ciegos caminantes desde Buenos Aires hasta Lima", una extraordinaria novela picaresca bajo la apariencia de un libro de viajes. El teatro fue un instrumento de educación popular. Los grandes fastos eran siempre celebrados con representaciones en las plazas mayores de las capitales. Contó con autores como Peralta y Barnuevo, Monforte Vera, Fernández de Castro, Castell dos Rius, etc. Los jesuitas lo utilizaron en sus colegios y en las reducciones del Paraguay, donde se representaban a veces piezas en guaraní. En quechua tenemos la obra "El pobre más rico de Centeno de Osma" y, sobre todo, "Ollantay", hecho sobre una temática precolombina de tipo amoroso, pero a la usanza española y en octosílabos. Contemporáneo suyo parece ser Usca Paucar. Durante el último cuarto de siglo se hicieron numerosos teatros, como el de La Habana (1773-76), La Ranchería de Buenos Aires (1783), Caracas (1784), Montevideo y Bogotá (1793), Guatemala (1794), La Paz (1796) y Santiago de Chile (1802), generalmente protegidos o auspiciados por las autoridades. En ellos se representaron los clásicos del Siglo de Oro, pero también obras criollas como "Los Araucanos" del rioplatense Manuel de Lavardén, autor también de "Siripo" (1789). El sainete fue un género muy cultivado destacando el rioplatense "El amor de la estanciera", el cubano "La mujer impertinente, el marido más paciente y el cortejo subteniente", etc. En México se representaron coloquios, autos sacramentales y los bailes pantomímicos de Juan de Medina, del que se han conservado algunos impresos. No menos notable fue la producción científica, sobre todo jesuita. El Padre Miguel Venegas escribió "Noticia de California", Gumilla el "Orinoco Ilustrado" (1741), y Pedro y Montenegro "Propiedad y virtudes de los árboles y plantas de las misiones y provincia del Tucumán" (1711). Entre los autores más relevantes de fines de la colonia, destacaron el peruano Hipólito Unanúe con su obra "Observaciones sobre el clima de Lima y su influencia en los seres organizados y en especial el hombre" (Lima, 1806); el neogranadino Francisco José de Caldas con el "Semanario del Nuevo Reino de Granada" (1808) en el que vertió sus observaciones físicas y económicas; el mexicano José Ignacio Bertolache, autor de "Observación astronómica del paso de Venus por el disco solar" (1770) y el cubano Antonio Parra con "Peces y crustáceos de la isla de Cuba" (La Habana, 1781). En Medicina, tenemos la obra del jesuita Juan de Esteneiffer "Florilegio general de todas las enfermedades" (México, 1712), la de Bottoni "Evidencia de la circulación de la sangre" (Lima, 1723) y de José Salgado "Cursus mexicanum iuxta sanguinis circulationem" (México, 1727). A ello se añadieron multitud de trabajos mineralogistas, botánicos, zoológicos, etc. relacionados con las expediciones científicas, algunos de ellos por personalidades de la talla de Sessé o Mutis. El interés geográfico fue incentivado por la Corona, que solicitó a los virreyes, en 1741, descripciones de los reinos americanos. Extraordinaria fue el "Theatro Mexicano", hecho por José Antonio de Villaseñor, que se publicó en 1746. En historia, destacaron los jesuitas Salvatierra, Juan de Rivero, Casani, Maroni, Pedro Lozano, y los expulsados Cavo, Clavijero, Juan de Velasco y Juan Ignacio de Molina. Autores notables seglares o religiosos de otras órdenes fueron Mota Padilla, Francisco Vázquez, Francisco Ximénez, Antonio Caulín y José Baños, Francisco Palou, Vicente Carvallo. También se realizó en esta época una labor de recopilación de los confesonarios, gramáticas y catecismos en lenguas indígenas, solicitados por la Corona para enviar a Catalina de Rusia (donde el sabio Pallas pretendía hacer una enciclopedia de todas las lenguas) y que finalmente se quedaron en el Palacio de Oriente de Madrid, donde todavía están.
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obra
No hay ninguna forma concreta (ni círculo, ni cuadrado, ni triángulo) que imponga límites al color. Las manchas se desarrollan libremente por la superficie del cuadro, lo mismo que las líneas; nada está encerrado por nada. No hay objetos ni formas reconocibles. Kandinsky, como venía haciendo desde 1910, se ha alejado de la realidad y el cuadro es un paisaje de formas y colores armoniosamente dispuestos, que traducen su visión espiritual.
obra
El único canal de exposición con que contaban los pintores en la Francia del siglo XIX era el Salón de París, vinculado a la Escuela de Bellas Artes, que contaba con un prestigioso jurado que seleccionaba las obras enviadas. El escándalo de 1863 - con la presentación del Desayuno en la hierba de Manet - motivó la creación del Salón de los Rechazados, que tenía más éxito entre los jóvenes creadores que el oficial al exhibir obras más modernas. Los pintores que se reunían en el Café Guerbois en torno a Manet decidieron crear un foro de exposición diferente a los oficiales, en el que pudieran mostrar sus obras todos los artistas independientes. Así surge la I Exposición de la sociedad anónima de artistas pintores, escultores y grabadores que tuvo lugar entre el 15 de abril y el 15 de mayo en las salas que el fotógrafo Nadar les prestó. Acudieron 3.500 visitantes, que se rieron de la pintura tan moderna que contemplaban. A esa exposición Monet presentó nueve cuadros, entre los que destacó esta imagen que contemplamos ya que fue la que dio nombre al grupo. El crítico Louis Leroy denominó a la muestra Exposición de los Impresionistas en referencia a este cuadro y de manera totalmente despectiva. Sin embargo, los integrantes de la sociedad admitieron ese nombre como denominador del grupo. Impresión, sol naciente es una imagen tomada directamente del natural por Monet en Le Havre, representando las neblinas del puerto al amanecer mientras que el sol "lucha" por despuntar, creando magníficos reflejos anaranjados en el mar y en el cielo. La sensación atmosférica domina una escena en donde las formas desaparecen casi por completo. Los colores han sido aplicados con pinceladas rápidas y empastadas, apreciándose la dirección del pincel a simple vista, resultando una imagen de enorme atractivo tanto por su significado como por su estética.
obra
Como es habitual en este periodo de la paranoia-crítica, Dalí en sus cuadros aglutina múltiples imágenes que se simultanean. El protagonista de la composición es el propio Dalí, desarrollando el papel de medium. La figura que está viendo, tal y como se refleja en la obra, es la cabeza de Gala, cuyos ojos se funden en la arcada de un edificio situado en la parte superior. En ese mismo lugar, se hallan otras imágenes dobles como la representación de un sacerdote, cuyos orígenes se remontan a las figuras deformadas de su amigo el cineasta Luis Buñuel y a otras puestas en práctica por los surrealistas. De esa manera, se puede apreciar que esa deformación del sacerdote se convierte en la cabeza de un asno. La actitud de Dalí, es decir, esa postura en perspectiva igual que algunos otros detalles como el paño rojo y los efectos de claroscuro pertenecen a la iconografía de la pintura barroca, en lo que le atraían como trampantojo. La idea del título no pertenece a Dalí, ni tampoco a otros surrealistas que las utilizaron como Duchamp, sino que está basada en la obra teatral de Raymond Roussel por conexión de palabras anticonvencionales que tanto gustó al movimiento, que veía un nuevo fruto creativo de la escritura automática. De forma anecdótica su autor, Roussel nunca estuvo en África ni tampoco Dalí, quien pintó el cuadro en su viaje a Roma.
estilo
<p>El Impresionismo nace como una evolución a ultranza del Realismo y de la Escuela paisajística francesa de finales del siglo XIX. El preludio se encuentra en 1863, con la creación del Salon des Refusés, a modo de contestación de los Salones Oficiales de Otoño, que mantenían un arte estancado y carente de originalidad. El Impresionismo se corresponde con una transformación social y filosófica; por un lado, el florecimiento de la burguesía, por otro, la llegada del positivismo. La burguesía, como nuevo fenómeno social, trae sus propios usos y costumbres; unos afectan al campo, que deja de ser lugar de trabajo para convertirse en lugar de ocio: las excursiones campestres. Es el mundo retratado por Monet y Renoir. La ciudad, por el contrario, se convierte en nuevo espacio para la nueva clase social: aparecen los flanneurs, paseantes ociosos que se lucen y asisten a conciertos en los boulevards y los jardines de París. También cobra relevancia la noche y sus habitantes, los locales nocturnos, el paseo, las cantantes de cabaret, el ballet, los cafés y sus tertulias. Es un mundo fascinante, del cual los impresionistas extraen sus temas: en especial Degas o Toulouse-Lautrec. Porque para ellos se han terminado los temas grandiosos del pasado. El positivismo acarrea una concepción de objetividad de la percepción, de un criterio científico que resta valor a todo lo que no sea clasificable según las leyes del color y de la óptica. Según esto, cualquier objeto natural, visible, afectado por la luz y el color, es susceptible de ser representado artísticamente. El cuadro impresionista se vuelca pues en los paisajes, las regatas, las reuniones domingueras, etc. Los impresionistas se agruparon en torno a la figura de Manet, el rechazado de los Salones oficiales y promotor del Salon des Refusés. Ante el nuevo léxico que proponen, de pincelada descompuesta en colores primarios que han de recomponerse en la retina del espectador, el público reacciona en contra, incapaz de "leer" correctamente el nuevo lenguaje. Pero el Impresionismo cuenta con el apoyo de dos fuerzas sociales emergentes: la crítica de arte, que se encargará de encauzar el gusto del público; y los marchands, los vendedores de arte, que colocan sus cuadros en las mejores colecciones del país. Las tertulias, los Salones extra-oficiales y el propio escándalo se convirtieron en vehículos propagandísticos del nuevo estilo. Dicho estilo cuenta como precedente con los paisajistas de la Escuela de Barbizon, dependiente del último Realismo francés. Corot y Millet son las referencias más inmediatas en Francia, apoyados por la innovación de los paisajes de Turner. Esta tendencia paisajista la desarrollaron los integrantes del denominado Grupo de Batignoles, llamados así por vivir en el barrio del mismo nombre. Éstos son Monet, Boudin, Renoir... También toman referencias, especialmente de color y composición, del Siglo de Oro español. El japonismo, una moda de la época, añadió su parte a través de grabados que enseñaron a los artistas una forma nueva de ver el espacio y de utilizar los colores planos, sin intentar falsificar la realidad del cuadro con la tercera dimensión. Por último, la fotografía fue otro enlace, aunque no está claro si la espontaneidad de la captación del momento la aprende el Impresionismo de la fotografía o, más bien, ésta es la alumna de aquél. En cualquier caso, el resultado es una pintura amable, ligera, frecuentemente de paisaje, llena de luz y color, con pinceladas muy cortas que a veces dejan entrever el blanco del lienzo. No son cuadros grandes puesto que responden a encargos privados. Están alejados de cualquier compromiso social (casi todos los impresionistas se fueron de vacaciones al campo o a Inglaterra durante la represión de los movimientos obreros de la década de 1880) y no tardaron en ser refrendados por una amplia aceptación social, de esta burguesía que se veía retratada en los lienzos impresionistas, al modo en que el mundo noctámbulo parisino se refleja en el espejo de La Barra del Folies-Bergère de Manet.</p>
acepcion
Reproducción de imágenes en hueco o de relieve, en cualquier materia blanda o dúctil.