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acepcion
Diosa egipcia del Occidente que protege a los muertos.
Personaje Otros Científico
Imhotep fue uno de los científicos más importantes de su tiempo. Se le debe el diseño de la primera pirámide egipcia, la de Zoser en Saqarah. Durante el Imperio Nuevo fue deificado, siendo adorado como el dios de la sabiduría.
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Los años correspondientes al gobierno de Clemente VII fueron muy decisivos en la trayectoria de la corriente protestante, que se afirmaría en Alemania y se extendería con variaciones fuera de ella. Pero inicialmente las repercusiones sociales que originaría el descontrol causado por los planteamientos reformistas de Lutero serían muy peligrosas para la buena marcha de éstos. La rebelión de los caballeros, liderada por Franz Von Sickingen, uno de cuyos objetivos era apoderarse de propiedades eclesiásticas en Renania, constituyó una llamada de atención sobre lo que se avecinaba en el plano temporal, dada la crisis por la que atravesaba la nobleza media alemana y lo tentadoras que resultaban las riquezas acumuladas por la iglesia. Lutero no quiso apoyar esta rebelión, desligándose en 1522 de cualquier vinculación con ella. Más contundente sería su condena de la sublevación de los campesinos alemanes. Una mezcla de aspiraciones económico-sociales y religiosas hicieron temibles para los grupos dominantes y para las autoridades civiles y eclesiásticas estos levantamientos, que se extendieron por amplias zonas del centro y sur de Alemania demandando la disminución de las cargas señoriales, la modificación del diezmo y la libre elección de sus propios ministros religiosos. El levantamiento se radicalizó bajo la dirección de Karlstadt y Tomás Münzer, alcanzando dimensiones apocalípticas de feroz violencia antiseñorial y antieclesiástica. La represión de la revuelta en 1525, como respuesta de los poderes principescos y nobiliarios, no fue menos brutal, incluso superó los excesos de los sublevados. El propio Lutero la apoyó de forma rotunda descalificando con duras expresiones al movimiento campesino. A partir de estos acontecimientos, que se unirían a otras motivaciones que buscaban la continuidad de la ruptura con Roma y una mayor seguridad para la causa, Lutero deslizó sus propuestas iniciales de un aparato eclesiástico libre y montado desde la base, hacia la estatalización de su Iglesia, colocando al soberano como jefe supremo de ella. Los gobernantes y magistrados dirigirían las iglesias locales, serían los responsables de la elección de los pastores, convirtiéndose así en sus garantes y protectores. Ello traería consigo la proliferación y diversidad de las organizaciones eclesiásticas dentro del movimiento protestante, según se pondría de manifiesto a medida que éste fuera extendiéndose. En Alemania, determinados principados junto a otras demarcaciones señoriales y ciudades libres aceptaron pronto las propuestas luteranas, separándose así de la obediencia a Roma. Los dominios del elector de Sajonia, Hesse, Brandeburgo, Nuremberg, Ulm... fueron las primeras circunscripciones en proclamarlas, seguidas de los territorios suizos en los que igualmente triunfarían las tesis protestantes, no ya las estrictamente luteranas sino más bien las variantes que sobre los principios básicos de la ruptura de Lutero se irían produciendo. Zwinglio en Zurich, Oecolampadio en Basilea, Capiton y Martín Bucero en Estraburgo, fueron algunos de los destacados artífices que hicieron avanzar la Reforma en sus ámbitos respectivos al poco tiempo de haberse producido el rompimiento de la Cristiandad. También en Suecia, con claras connotaciones políticas, la ruptura con Roma se llevó a efecto a raíz de que Gustavo Vasa utilizase las ideas luteranas en su lucha por el dominio del territorio sueco. Poco a poco los desarrollos de la Reforma irían ampliando el marco geográfico de estos años iniciales, hasta configurar el mapa de una Europa dividida, fragmentada, por las creencias religiosas y los poderes públicos que las defendían y amparaban por sus propios beneficios socio-políticos.
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El hecho de que la intervención ateniense encontrara el apoyo del demos, correlativamente al hecho de que el beneficiario más directo e inmediato del impacto fuera el demos ateniense, plantea el problema de la identificación de este fenómeno con el del imperialismo como concepto general susceptible de aplicarse a realidades concretas. Así, en un famoso articulo de 1954, G.E.M. de Ste.-Croix plantea un problema que ha suscitado gran debate acerca del carácter del imperio ateniense y de si su popularidad permite que se le atribuya el nombre de imperialismo. Sobre la popularidad cabe discutir el problema de las fuentes, siempre contrarias al imperio y a la democracia, pero es difícil negar que era ahí, en el demos, donde se hallaban los posibles elementos colaboracionistas con el poder ateniense. Algunos casos concretos se conocerán mejor dentro de las circunstancias de la guerra, aunque éstas introduzcan, lógicamente, factores de confusión. Aun así, los casos de Lesbos, Melos y Quíos podrán resultar ilustrativos. Más complicado conceptualmente es determinar la legitimidad del uso del término imperialismo. Es cierto que, en el uso habitual del mismo, se hace referencia a un sistema de imposición en el que el dominante encuentra apoyo en aquella parte de la comunidad oprimida que constituye a su vez su clase dominante. Aquí, los dominantes son el demos ateniense, dentro de unas relaciones específicas que constituyen la forma de convivencia de la Atenas del momento, de modo que la alianza se establece igualmente con el demos, que recibe el apoyo de Atenas en su convivencia con sus propios oligarcas. Estos son los que aportan las rentas que constituyen el tributo y es a ellos a quienes se priva de tierras para beneficiar a los clerucos atenienses. La democracia apoyada por Atenas impide que la presión se ejerza tan violentamente por esos oligarcas sobre el demos de las ciudades, como si se tratara de un sistema adecuado a sus intereses. El demos tiene órganos expresivos y el apoyo de la potencia imperialista. De ese modo, las relaciones imperialistas canónicas no parecen encajar en estos sistemas. Ahora bien, la imposición de un tributo del que las ciudades tratan de escapar, las guarniciones establecidas para garantizar la sumisión, la implantación de clerucos y la celebración de juicios en los tribunales atenienses reflejan la violencia de una actuación que evidentemente impide creer que el propio demos sea capaz de controlar la situación como hace el demos ateniense. Ésa es la realidad. El demos de las ciudades sólo controla gracias al apoyo ateniense, pero ello lleva consigo el pago del tributo por parte de los propietarios, lo que hace que las relaciones imperialistas repercutan negativamente en las relaciones sociales, cuando esas mismas relaciones son las que permiten la concordia dentro de la sociedad ateniense. Las relaciones entre demos ateniense y demos de los aliados se hacen así eminentemente desiguales, por más que la democracia ateniense constituya un modelo digno de imitación por todos los pueblos de Grecia, que no accederán plenamente a ella mientras su propia ciudad no sea una ciudad imperialista, por lo que la imagen de la democracia ateniense se convierte, para los demás, en un espejismo, un modelo inalcanzable que, como tal, crea alianza y cohesión pero también, en momentos críticos, se transforma en motivo de discordia.
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A finales del IV Milenio a.C., durante el periodo predinástico, las poblaciones del Valle del Nilo se aglomeran alrededor de dos entidades políticas de carácter monárquico: un reino establecido en el norte, el Bajo Egipto, con capital en Buto, y otro en el sur, el Alto Egipto, cuya capital es Hieracómpolis. El último rey del periodo, Narmer, conquista el Bajo Egipto y unifica el país. Hacia el 2900 a.C. se funda la I Dinastía y se establece una segunda capital en Menfis, para poder controlar mejor el país recién unificado, que ahora abarca desde el Delta del Nilo, en el Mediterráneo, hasta la primera catarata. Los reyes de las primeras dinastías eran de Tinis, un lugar que debía estar localizado en la región de Abidos. En estos momentos de la I Dinastía empieza la penetración hacia Nubia, aun como expediciones aisladas. Un buen número de importantes ciudades comienzan a surgir, configurándose los diferentes nomos en los que estaría dividido el reino. La mayoría de estos faraones se entierran en las ciudades del Delta, destacando las necrópolis y pirámides de Gizeh, Abusir, Saqarah y Dashur. Entre el 2150 y el 2100 a.C. tiene lugar el Primer Periodo Intermedio, una época de decadencia. Heracleópolis se convierte en la capital de los faraones de las dinastías IX y X, mientras que el declive del poder central se manifiesta en el surgimiento de capitales de nomos prácticamente independientes.
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El fundador del reino asirio parece ser un tal Puzurassur en el siglo XIX a.C. Las dos ciudades principales del territorio serían Assur como capital comercial y Nínive como centro de la actividad agrícola. En estos años Asiria establece importantes relaciones comerciales con su entorno, especialmente con Anatolia. El nuevo rey Shamshiadad inicia una serie de campañas militares con el fin de asegurar la fluidez del tráfico comercial, convirtiendo a Asiria en una de las principales potencias de la época. A la muerte de este monarca cada uno de los territorios ocupados intentan recuperar su independencia. El renacimiento de Asiria se produce con Assurubalit, aprovechando la decadencia de su vecino Mitanni para intervenir en la política internacional. Será Adad-Nirari I quien inicie un autentico plan de expansión hacia el oeste tomando el reino de Hanigalbat. Salmanasar I alcanza las orillas del río Éufrates e incorpora buena parte del Imperio de Mitanni, ahora en decadencia. La época de máximo esplendor del Reino Medio Asirio se produce en el reinado de Tukulti-Ninurta I, extendiendo las fronteras hacia el norte y el este, llegando a tomar Babilonia, Mari y Eshunna. En el norte el nuevo enemigo serán los hititas. Incluso llegó a realizar campañas al Mediterráneo, consiguiendo botines en las ciudades fenicias. En cinco años Tukulti-Ninurta I se convierte en el monarca más importante de su tiempo. La instalación de un importante contingente de arameos en tierras asirias provocará su decadencia durante algunos siglos hasta que en el siglo IX a.C. se produzca una nueva etapa expansionista gracias al importante papel desempeñado por el ejército, que impondrá una política de terror en las tierras conquistadas. Assurdam será el inaugurador de esta política, restableciendo los límites del Reino Medio y asentando las fronteras para que Assurnasirpal inicie la verdadera expansión que alcanzará el norte de Siria, las ciudades fenicias, Amurru y Damasco. Salmanasar III consolida estos territorios y dirige su atención hacia el norte donde se enfrenta con el reino de Urartu y los estados arameos, conquistando Karkemish y Alepo. Todos los territorios ocupados deben pagar un fuerte tributo al Estado, convirtiéndose ésta en la principal modalidad de financiación estatal. En el siglo VIII a.C. con Tiglat-Pileser III se producen importantes cambios políticos, consolidando una monarquía despótica basada en un fiel funcionariado. La política imperialista continúa tanto por el norte como por el este, cambiando la exclusiva percepción de tributos por la anexión territorial de los estados sometidos. La zona de Tabal y Que en el norte y el país de los caldeos en el sur pasan a manos asirias. Sargón II y Senaquerib amplían los territorios heredados de sus antecesores, acabando definitivamente con el reino de Urartu y alcanzando las fronteras de Elam. La zona de Palestina cae en manos asirias, tomando Jerusalén, Samaria y Gaza, siendo este territorio cabeza de puente para una posterior conquista de Egipto. Asarhadon y Assurbanipal alcanzarán la máxima expansión del Imperio Asirio al llegar a ocupar el Delta del Nilo y su capital Menfis, lo que suponía la sumisión de Egipto. En la zona este, el país de Elam es ocupado, tomando Susa, la capital. Asiria alcanzaba su máximo poder. El babilonio Nabopolasar con ayuda del medo Ciaxares pondrán fin al Imperio Neoasirio en el año 612 a.C. con la caída de Nínive y la toma de Harran dos años después.
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El fundador del reino asirio parece ser un tal Puzurassur en el siglo XIX a.C. Las dos ciudades principales del territorio serían Assur como capital comercial y Nínive como centro de la actividad agrícola. En estos años Asiria establece importantes relaciones comerciales con su entorno, especialmente con Anatolia. El nuevo rey Shamshiadad inicia una serie de campañas militares con el fin de asegurar la fluidez del tráfico comercial, convirtiendo a Asiria en una de las principales potencias de la época. A la muerte de este monarca cada uno de los territorios ocupados intentan recuperar su independencia. El renacimiento de Asiria se produce con Assurubalit, aprovechando la decadencia de su vecino Mitanni para intervenir en la política internacional. Será Adad-Nirari I quien inicie un autentico plan de expansión hacia el oeste, tomando el reino de Hanigalbat. Salmanasar I alcanza las orillas del río Éufrates e incorpora buena parte del Imperio de Mitanni, ahora en decadencia. La época de máximo esplendor del Reino Medio Asirio se produce en el reinado de Tukulti-Ninurta I, extendiendo las fronteras hacia el norte y el este y llegando a tomar Babilonia, Mari y Eshnunna. En el norte el nuevo enemigo serán los hititas. Incluso llegó a realizar campañas hacia el Mediterráneo, consiguiendo botines en las ciudades fenicias. En cinco años Tukulti-Ninurta I se convierte en el monarca más importante de su tiempo. La instalación de un fuerte contingente de arameos en tierras asirias provocará su decadencia durante algunos siglos, hasta que en el siglo IX a.C. se produzca una nueva etapa expansionista gracias al importante papel desempeñado por el ejército, que impondrá una política de terror en las tierras conquistadas. Assurdam será el inaugurador de esta política, restableciendo los límites del Reino Medio y asentando las fronteras para que Assurnasirpal inicie la verdadera expansión que alcanzará el norte de Siria, las ciudades fenicias, Amurru y Damasco. Salmanasar III consolida estos territorios y dirige su atención hacia el norte donde se enfrenta con el reino de Urartu y los estados arameos, conquistando Karkemish y Alepo. Todos los territorios ocupados deben pagar un fuerte tributo al Estado, convirtiéndose ésta en la principal modalidad de financiación estatal. En el siglo VIII a.C. con Tiglat-Pileser III se producen importantes cambios políticos, consolidándose una monarquía despótica basada en un fiel funcionariado. La política imperialista continúa tanto por el norte como por el este, cambiando la exclusiva percepción de tributos por la anexión territorial de los estados sometidos. La zona de Tabal y Que en el norte y el país de los caldeos en el sur pasan a manos asirias. Sargón II y Senaquerib amplían los territorios heredados de sus antecesores, acabando definitivamente con el reino de Urartu y alcanzando las fronteras de Elam. La zona de Palestina cae en manos asirias, tomando Jerusalén, Samaria y Gaza, siendo este territorio cabeza de puente para una posterior conquista de Egipto. Asarhadon y Assurbanipal alcanzarán la máxima expansión del Imperio Asirio al llegar a ocupar el Delta del Nilo y su capital Menfis, lo que suponía la sumisión de Egipto. En la zona este, el país de Elam es ocupado, tomando Susa, la capital. Asiria alcanzaba su máximo poder. Sin embargo, en el año 612 a.C., el babilonio Nabopolasar con ayuda del medo Ciaxares pondrán fin al Imperio Neoasirio, gracias a la caída de Nínive y la toma de Harran dos años después.