La Iglesia parroquial de San Miguel es un edificio orientado al este, con planta de cruz latina formada por nave rectangular, cabecera semicircular y dos capillas laterales. La nave está abovedada con cañón ligeramente apuntado sustentado por tres arcos fajones que descansan en ménsulas lisas. El testero semicircular se cierra con bóveda de horno. Las dos capillas laterales son de planta cuadrada, abiertas mediante arcos formeros de medio punto en el primer cuerpo de la nave y cubiertas con crucería estrellada. Adosada a la capilla del lado de la epístola y con entrada desde el presbiterio se halla la sacristía de planta casi cuadrada, con abovedamiento como en la capilla. La Iglesia de San Miguel es en origen un edificio románico de cronología tardía, posiblemente del siglo XII. De esta época conserva la planta, hoy recrecida, el alzado del testero y parte la nave. Probablemente en algún momento del siglo XV o ya a principios del siglo XVI sobre la fábrica primitiva se produciría una ampliación hacia los pies, prolongando la nave hasta unirla con la torre que ya existiría en ese momento, como edificio defensivo exento, que de este modo quedaría anexada al templo, adaptando su espacio para instalar el coro y el cuerpo de las campanas. En el siglo XVII, se añadieron la capilla de Nuestra Señora del Rosario y la sacristía. Así mismo, unos años más tarde, se construyó la capilla de San Juan Bautista, formando la planta de cruz de latina que actualmente tiene este templo.
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La iglesia de San Miguel pertenece ya al gótico tardío, siendo levantada entre los años 1517 - 1523. Está dividida en tres naves y dos tramos, en estilos gótico y mudéjar, y, además, ofrece notables aportes posteriores. Destacan en el ábside la tribuna oculta de los Vega, con hermosa rejería y los florones de connotación heráldica. La capilla mayor es de gran tamaño aunque poco esbelta y data de la época de construcción del palacio, con el que comunica por una ventana en alto. A los pies de la iglesia se erige una especie de coro sobre bovedillas de crucería. Anexa a la iglesia podemos observar una torre morisca con arcos semicirculares recuadrados y esquinillas. Desde el punto de vista escultórico, el retablo central es obra del escultor Roque Muñiz (1600). Tiene una escultura de San Miguel y, en su momento, incluyó otras procedentes de las antiguas iglesias de la zona.
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Iglesia divida en tres naves y torre-campanario de estilo rococó en el exterior. Su núcleo es de estilo mudéjar, aunque ha sufrido diversas transformaciones en el siglo XVIII. Los retablos y capillas están profusamente decorados y datan de los siglos XVI, XVII y XVIII. Destaca el retablo mayor, procedente de un convento de Osuna. En el exterior hay una hornacina central en la que destaca la imagen de San Miguel, obra de Pedro Roldán en 1657. La capilla de Jesús Nazareno alberga la imagen más venerada por los habitantes de Marchena, así como otra de la Virgen de los Remedios.
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<p>La parte más antigua de la iglesia de San Miguel, es decir, su portada, está fechada en el siglo XII, ya que el resto es una reconstrucción posterior; presenta cierta similitud con la de Santa María de Eunate, quedando reflejado en una leyenda. Según cuentan los lugareños, la iglesia de Eunate, ante la ausencia del maestro de obras, fue terminada por un gigante cantero. Al regresar el maestro, el abad lo castigó imponiéndole la construcción de una obra similar en el plazo de tres días. Con la ayuda de brujas y serpientes, consiguió levantar un pórtico como el del gigante y, cuando éste vio su trabajo plagiado, golpeó con tal fuerza el pórtico que lo mandó volando a Olcoz, donde ha permanecido todos estos siglos. Es una iglesia de origen románico, restaurada en el siglo XVI. En el exterior tiene un guarda lluvias con cuatro arcos abocelados y tres arquivoltas; la primera representa seres humanos, cabezas, animales y monstruos zoomórficos; en las otras dos se pueden ver representaciones vegetales. El tímpano está decorado con un crismón de siete brazos.</p>
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En la plaza de la Cruz se encuentra la iglesia de San Miguel. Esta construcción se identifica plenamente con el clasicismo propio del Renacimiento. En su interior acoge el retablo que había realizado el escultor Pedro González de San Pedro y el pintor Juan Claver para la catedral en 1598. Esta obra está considerada uno de los mayores ejemplos del romanismo navarro.