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En las viejas series de precios y salarios de Hamilton, referentes a Aragón y Valencia, y las muy recientes de C. Argilés para Cataluña, que son ampliamente concordantes, resulta que el período 1349-1380 fue de inflación, con una alza vigorosa de precios y salarios, decía J. Vicens, lo cual podría explicarse por la combinación de la baja de la producción con los efectos de la contración demográfica: incremento del numerario a disposición de los supervivientes, escasez de mano de obra y carencia de productos. La inflación pudo encubrir un tiempo las consecuencias de la mengua de la población que amenazaban el sistema económico. El alza de los precios y los salarios obligó entonces a la monarquía a dictar medidas de contención (Cortes de Zaragoza y Perpiñán, 1350). Las series leridanas de C. Argilés muestran una tendencia ascendente de los precios agrícolas (que se alarga más que las series valencianas y aragonesas de Hamilton), con precios máximos los años 1363-64 y 1388. En 1380-1420/30 se produjo una fase deflacionista: "los precios bajaron a través de violentas conmociones periódicos, mientras que los salarios tomaban ventaja sobre los precios y reducían los márgenes de beneficios industriales" (J. Vicens). Las series leridanas de C. Argilés corroboran la inestabilidad de los precios cerealísticos así como su tendencia depresiva. La llegada de inmigrantes franceses, andaluces y de los Países Bajos, que ralentizó el declive demográfico, debió contribuir entonces a moderar la marcha de los salarios. La crisis, que desde las pérdidas demográficas de los años anteriores tuvo que imprimir una tendencia a la baja del volumen de los ingresos señoriales (caída de la renta feudal), debió alcanzar entonces al sistema económico en su conjunto, como parece indicarlo la primera quiebra del sistema financiero catalán: la de los principales bancos privados de Barcelona, Gerona y Perpiñán. La disminución de la materia imponible (población y producción), con el consiguiente descenso de los ingresos ordinarios de las instituciones, indujo a la monarquía y a los organismos públicos a contraer deudas crecientes, mientras los municipios (Barcelona sobre todo) y la Generalidad tenían dificultades para encontrar arrendadores para sus imposiciones. El tejido social también se agrietó: los señores reaccionaron contra la caída de la renta aplicando medidas coercitivas contra los supervivientes de las mortalidades, con lo que comenzó la agitación de los remensas y, en 1391, fueron asaltadas las juderías de las principales ciudades de la Corona. Aunque el gran comercio catalán parece que se mantuvo, siguió la guerra de desgaste con Génova y hubo que adoptar medidas proteccionistas. Empezó entonces la desorganización del sistema monetario catalán con prácticas especulativas y de atesoramiento que hacían desaparecer la moneda de plata circulante (los croats). Hacia 1420/30 (incluso antes en algún sector y territorio), los indicadores económicos cambian de sentido. Después de las crisis cíclicas del período anterior, los precios y los salarios recuperan estabilidad. Fue un período de recuperación para catalanes y valencianos, durante el cual la producción de cereales (cebada y trigo) se rehizo, según las series leridanas de C. Argilés, que muestran también un ligero ascenso de los precios cerealísticos entre 1425 y 1435, y el nivel de actividad comercial en el Mediterráneo se mantuvo alto, aunque hubo algunos fracasos, especialmente por parte catalana (pérdida del mercado de especias del sur de Francia, retroceso de los tejidos catalanes en el mercado siciliano), problemas con la balanza comercial y fugas de moneda, que obligaron a las autoridades a intervenir con nuevas medidas proteccionistas. La relativa estabilidad económica del período tuvo correlación con una disminución de los conflictos sociales. Los mercaderes de grano especularon, no obstante, con las necesidades de abastecimiento de las grandes ciudades y hubo años de precios altos que contrastaron con el inicio de una baja de los salarios de sectores artesanos como el textil, lo que sería el germen de futuros conflictos. Mallorca, hundida en la crisis, con un déficit crónico de cereales, unas finanzas públicas hipotecadas y un grave conflicto entre la ciudad y el campo que derivaría en revuelta (la revuelta de los foráneos, 1450-1453), constituye la gran excepción en este período de bonanza relativa. En el reino de Valencia, al parecer, esta bonanza duró todo el siglo. Los datos concuerdan: tráfico comercial de importación y exportación en aumento constante desde principios de siglo (sobre todo desde la segunda década de siglo), finanzas municipales saneadas (sólo afectadas por un déficit financiero -deuda pública- ocasionado por los préstamos que la ciudad tuvo que hacer a la monarquía), sistema monetario estable, abundancia de liquidez, ingresos fiscales suficientes y evolución de precios y salarios que se caracteriza por la uniformidad y estabilidad, con escasas oscilaciones en torno del índice 100. Como explica P. Iradiel, dentro de esta tendencia general de estabilidad de los precios y salarios valencianos, se dieron ciclos de 20 años alternos de alzas y bajas moderadas: alza de 1415-1435, baja de 1435-1455 y alza de 1455-1475. La interpretación que puede hacerse de estos índices es que el mercado valenciano parece poco agitado y bien abastecido, con escasa incidencia de las carestías de la época. Entre 1445 y 1455 (incluso antes en algún sector) se debió entrar, en cambio, en Cataluña en una nueva fase de depresión, más aguda que la de 1380-1420, caracterizada, según J. Vicens Vives, por una sensible baja de precios, la atonía en los negocios, el descenso de las cifras comerciales y la ignorancia del puerto barcelonés como escala de las grandes rutas marítimas del Mediterráneo, además de una caída de la producción cerealística (trigo y cebada), perceptible, ya desde 1435/40, en las series leridanas de C. Argilés que muestran también la tendencia depresiva del precio del cereal, con mínimos los años 1445 y 1455. Para luchar contra la crisis se procedió a devaluaciones monetarias que pretendían favorecer la exportación, pero estas medidas, perjudiciales para los rentistas, contribuyeron a dividir la clase dirigente, sobre todo en Barcelona, lo que fue un preludio de la desastrosa guerra civil catalana de 1462-1472. Así, mientras el reino de Valencia iniciaba la recuperación con el ascenso de Valencia a la capitalidad financiera de la Corona, en la segunda mitad del siglo XV (de 1455 a 1480) Cataluña seguía en la dinámica de la crisis que la guerra civil de 1462-1472 agravaría considerablemente. Hubo entonces despoblaciones, paro, emigración, huida de capitales, crisis del gran comercio, nueva quiebra del sistema financiero y, en las series leridanas de C. Argilés, un incremento desmesurado del precio del trigo, con precios máximos los años 1464 y 1473-74. De algún modo fue el hundimiento de Cataluña como potencia, una época, dice Vicens, de ruina casi definitiva.
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En los primeros años del siglo XII se desarrolla en Francia un tipo de sepulcro denominado "gisant" que se caracteriza por aparecer la figura yacente sobre la tumba. Su difusión llegó al norte de Francia y tuvo importante éxito como observamos en los sepulcros de Ricardo Corazón de León y su esposa que se conservan en la abadía de Fontevrault, esculpidos entre 1200 y 1256, o el sepulcro de Enrique el León y su esposa Matilde, fechado entre 1230-1240 y que se conserva en la catedral de San Blas de Brunswick. En Castilla se sigue el modelo francés llamado "enfeu" que consiste en un sarcófago excavado en la pared, con la figura yacente encima, como observamos en el sepulcro del obispo Martín II Rodríguez de la catedral de León, realizado hacia 1250. En siglos posteriores, las figuras van abandonando su estatismo habitual y se convierten en personajes vivos, que oran como el infante Alfonso de Castilla de la Cartuja de Miraflores de Burgos, fechado entre 1489 y 1493, o que leen un libro como el famoso Sepulcro del Doncel de la catedral de Sigüenza.
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En los tratados, alianzas, convenciones o coaliciones del siglo XVIII se debatieron multitud de cuestiones de carácter internacional que nos indican los extraordinarios avances en este campo: la libertad de los mares, la libertad de pesca, el derecho al saludo, el libre comercio de los neutrales en tiempo de guerra marítima, la confiscación de la propiedad privada enemiga en el mar, el derecho de visita, el contrabando de guerra, derecho y condiciones del bloqueo, la prohibición en momentos bélicos del comercio colonial, los peajes en los estrechos, el derecho de intervención, las condiciones de los beligerantes, la inviolabilidad y prerrogativas de los embajadores, la extensión del sistema de embajadas permanentes, las mediciones o los derechos de la población civil no beligerante. Según las ideas de H. Grocio (1583-1645), el Derecho internacional estaba conectado con el natural, que proporcionaba el marco general teológico-filosófico para el desarrollo de las diferentes ramas del Derecho. Así, las doctrinas internacionales derivaban del Derecho natural, y éste, a su vez, de la teología moral. Esta relación se fue relajando hasta que en el siglo XVIII se llegó a la plena separación del Derecho natural y del internacional de la teología moral. Con la progresiva secularización se produjo el tránsito hacia una consideración histórica del Derecho, que concluyó con el paso del iusnaturalismo al positivismo. Tales transformaciones tuvieron lugar en el Continente, mientras en Gran Bretaña se intentaban fundamentar las cuestiones jurídicas internacionales partiendo más de la práctica de los Estados que de las normas de Derecho natural. Por su parte, la doctrina española del siglo XVIII presentaba unos caracteres de pobreza y falta de originalidad sorprendentes, en comparación con las anteriores aportaciones de Vitoria y Suárez. De la tradición internacionalista se pasó a tratar el derecho de gentes como una moda importada con tendencias extranjerizantes, por ejemplo, las obras de los hermanos Abreu, Ortega y Cotes o Pérez Valiente. Después de Pufendorf, muerto en 1694, que se propuso aislar el pensamiento jurídico de la teología moral y del Derecho positivo para basarlo sólo en la razón humana, destacó Cristian Thomasius (1655-1728) en la defensa de los mismos criterios, con el que dio comienzo el denominado siglo del derecho racional de la Ilustración. Sin embargo, Leibniz (1646-1717) adoptó una posición conciliadora y afirmó, por una parte, la necesidad de unas relaciones morales para la legislación y, por otra, resaltó la fundamentación del Derecho internacional en los acontecimientos concretos de la vida política. Con semejantes planteamientos, J. Dumont, muerto en 1727, publicó su Corpus documental universal, colección de fuentes donde explicaba que la base del Derecho internacional no radicaba en la voluntad de los Estados, sino que el derecho derivado de los tratados extraía su legalidad de una norma del Derecho natural previa, es decir, se refería a una ordenación divina superior. Incluso el poder de los reyes provenía del Derecho internacional, legitimador de las leyes públicas y privadas, y cada uno de los Estados formaba parte de una gran comunidad jurídica que garantizaba la armonía; así, la política tenía dos vertientes: el interés particular y el derecho, y la idea moral radicaba en que la segunda triunfase sobre la primera. Resultado de una evolución, las ideas de Bynkershoek (1673-1743) le convirtieron en el fundador del método positivista en el Derecho internacional. No partía de principios generales de Derecho natural, al contrario, basaba sus postulados en los hechos políticos existentes. En su obra De dominio maris (1702) realizó el primer estudio detallado del derecho de guerra marítima y formuló el principio de las aguas litorales o territoriales como sujetas a la soberanía del Estado ribereño. Aunque no señalaba las facultades que correspondían a las países costeros y su naturaleza jurídica, sostuvo que la soberanía política sobre el mar litoral sólo podía exigirse cuando fuera ejercitada o impuesta de manera efectiva y llegaba donde alcanzaba una bala de cañón, aproximadamente tres millas marinas. En Quaestiones iuris publici (1737) estudiaba los aspectos comerciales y marítimos de su época y examinaba las relaciones entre beligerantes, proclamaba la inviolabilidad del territorio neutral que permitía el paso de tropas, analizaba las relaciones entre neutrales y contendientes y trataba los problemas de contrabando, bloqueo y propiedad privada en momentos de conflicto. Ya definidos como internacionalistas del Setecientos, también dentro del positivismo, C. Wolff (1679-1754) y E. Vattel (1714-1767) subrayaron el carácter peculiar del Derecho internacional. Wolff publicó, en 1750, su obra Institutiones iures naturae et gentium, donde reconocía la existencia del Derecho internacional natural, anterior e impuesto a los Estados; del derecho positivo, fundamentado en él consentimiento presunto de los Estados, a los que suponía reunidos en una comunidad internacional creada por un pacto entre las naciones; del derecho consuetudinario, aceptado tácitamente por los países y, por último, del derecho de gentes derivado de los tratados y basado en el reconocimiento expreso de los pueblos. De esta forma, la comunidad internacional necesitaba leyes que dirigieran sus relaciones, asentadas en las leyes naturales emanadas del derecho de gentes voluntario, que admitía el derecho de la guerra y de la paz, como Grocio, pero lo ampliaba con el derecho de gentes consuetudinario y convencional. Para E. Vattel, el derecho de gentes se dividía en necesario, consistente en una aplicación justa y razonada de la ley natural a los países, obligados a su cumplimiento, y positivo, derivado de la voluntad de los Estados, y se subdividía, a su vez, en voluntario, convencional y consuetudinario. Vattel se diferenciaba de Wolff en que su derecho de gentes voluntario no procedía de una comunidad internacional instituida por la misma naturaleza, ya que no reconocía otra unidad entre los Estados que la establecida entre todos los hombres. De este modo, llevaba hasta sus últimas consecuencias la doctrina de la plena soberanía del Estado, obstaculizando la noción de comunidad internacional. En la segunda mitad de la centuria, el pensamiento jurídico cayó bajo el influjo de la obra de Montesquieu (1689-1755) El espíritu de las leyes, publicada en 1748. Sus ideas sobre las características del Estado, el Estado de derecho o la división de poderes se correspondían con las nociones más relevantes jurídico-internacionales del momento. Para él, cada Estado representaba un sistema de equilibrio con la fijación de trabas que hacían inviable su preponderancia. También, la división de poderes estaba sin lugar a dudas inspirada en las concepciones doctrinales contemporáneas. Por su parte, J. J. Moser (1701-1785) publicó, de 1778 a 1781, el Ensayo sobre el derecho de gentes europeo más reciente, donde, tras una minuciosa recopilación de datos, resultado de la observación directa, manifestaba la existencia de un derecho de gentes establecido mediante tratados y costumbres. En la misma línea que J. Bentham (1748-1832), que publicó en 1780 sus Principios de Derecho internacional en defensa de la paz perpetua, Kant (1724-1804) abogaba, en Elementos metafísicos del derecho (1790), por una confederación de Estados libres en busca de la paz, para lo cual los tratados no debían contener estipulaciones que servían de pretexto en el inicio de nuevas guerras, reconocía la facultad de cada Estado para disponer su política interna, suprimía los ejércitos permanentes, prohibía la petición de empréstitos con fines bélicos, negaba la posibilidad de cualquier Estado para inmiscuirse en los asuntos internos de otro y perfilaba un derecho de guerra más humanitario. E. L. Ompteda (1746-1803) dio una nueva sistematización al derecho de gentes al mejorar la división internacional vigente, derecho de la guerra y derecho de la paz, y en sus trabajos analizaba: en primer lugar, los derechos y obligaciones de los pueblos; en segundo lugar, las relaciones pacificas, y en tercer lugar, las relaciones bélicas. Por, último, la corriente positivista alcanzó el máximo desarrollo con J. F. Martens (1756-1821). De acuerdo con su opinión, la fuente principal del derecho de gentes era la costumbre, según se observaba en la historia, ya que los tratados internacionales no obligaban nada más que a los Estados signatarios, pero podían indicar los principios generales reconocidos del derecho de gentes; sin embargo, la costumbre internacional imponía los criterios jurídicos a todas las naciones por igual. Además, el Derecho internacional no tenía aplicación universal, pues el Derecho europeo originaba una comunidad de Estados de similares características culturales; sólo era universal el Derecho natural, aunque relegado a un segundo plano como algo referente a la teología moral. Ya en el siglo XVIII, el Derecho internacional privado manifestaba un cierto equilibrio con la nueva escuela estatutaria francesa, donde los autores mantenían posiciones diferentes, unos más inclinados a la personalidad y otros a la territorialidad. En realidad, los estatutos eran en su mayoría sentencias del antiguo derecho consuetudinario de las ciudades y de los comerciantes, si bien, en parte, se había introducido derecho nuevo. En esta etapa se abordaban las dificultades desde un único punto de vista: la regla de derecho o única ley de obligada consulta. Importaba si el estatuto, la regla jurídica, era personal o territorial, es decir, si tenía o no efectó fuera del territorio para el que se dictó. Por tanto, existía un conflicto entre estatuto personal, estatuto real o estatuto formal, sin que el poder del soberano estuviera por encima de las leyes o se tomasen en consideración los derechos subjetivos existentes. En la escuela estatutaria francesa del siglo XVIII destacaron las aportaciones de L. Froland, muerto en 1746, L. Boullenois (1680-1762) y J. Bouhier (1673-1746). Los tres juristas tuvieron puntos de partida comunes en cuanto a la distinción entre estatutos personales y estatutos reales, lo que, sin duda, otorgaba poca o ninguna originalidad a sus sistemas; sin embargo, en cada uno de ellos existían ideas propias de gran influencia posterior. L. Froland resaltaba la personalidad estatutaria, señalando la mayor importancia que la persona tenía sobre los bienes y rechazando el estatuto mixto. Sus principales aportaciones se centraban en el conflicto móvil, cuando el afectado cambiaba de domicilio se alteraba su situación jurídica; el reenvío, basado en la aplicación de la costumbre general frente a la vigencia de una costumbre anómala en un lugar concreto, y, por último, las calificaciones o naturaleza jurídica atribuida a la circunstancia tratada en un momento dado. L. Boullenois se inclinaba por la territorialidad de las leyes y distinguía entre conflictos internacionales y conflictos interregionales, ya que abogaba por una comunidad internacional de Estados donde era preciso imponer la paz y el buen entendimiento. También hace una doble división de las leyes personales: en primer lugar, las leyes personales universales, formadas por aquellas que determinaban el Estado y condición del hombre para todos los actos y las que atribuían un estado de rango universal, como las que posibilitaban la emancipación de un menor; en segundo lugar, las leyes personales particulares, necesarias sólo para ciertos actos limitados. La doctrina de J. Bouhier se consideraba la más personalista de la escuela y consistía en sobreponer el estatuto personal al real. No rechazaba del todo el principio de la existencia de las costumbres, pero sí entendía que la persona se colocaba por encima de los bienes.
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El rasgo principal del Barroco, en lo que al arte del desnudo se refiere, consiste en la realización de obras sagradas impregnadas de la misma sensualidad que las profanas. El San Sebastián de Guido Reni, la Susana de Guercino, la Betsabé de Rembrandt o la Susana de Rubens son buenos ejemplos. Pero será en los asuntos mitológicos donde el desnudo adquiera su mayor esplendor. El Imperio de Flora de Poussin, la Alegoría de la Fecundidad de Jordaens, Venus y Adonis de Carracci o la Venus del espejo de Velázquez son excelentes muestras de la sensualidad barroca llevada al tema del desnudo. El Rococó nos traerá las raíces del desnudo moderno, añadiendo importantes dosis de erotismo a las obras, como observamos en las pinturas de Fragonard: La camisa quitada o La rosquilla. Boucher, el otro gran maestro de la pintura galante, continuará con sus representaciones de Venus pero ya empieza a tratar el tema de las odaliscas, habitual en la pintura decimonónica. En la pintura italiana del siglo XVIII se continúa con el barroquismo anterior, como observamos en el Castigo de Amor de Sebastiano Ricci. La reacción al decorativismo del Barroco vendrá de la mano del Neoclasicismo. Los pintores buscan sus fuentes en la Antigüedad y David será el primer maestro de referencia; sus desnudos continúan con la temática mitológica, como apreciamos en Psiqué y Cupido o Venus y Marte. Pero es Ingres el pintor que más tratará el tema del desnudo: la Bañista de Valpinçon, la Gran Odalisca o el Baño turco son algunos magníficos ejemplos. El Romanticismo no abandonará el desnudo como tema, aportando importantes dosis de exotismo y orientalismo, como observamos en las Mujeres turcas en el baño o la Mujer con un loro, lienzos ambos de Delacroix, sin renunciar a la intensidad dramática de los desnudos masculinos de Gericault. Pero será el Realismo el movimiento que nos muestre a las mujeres y los hombres tal y como son, de carne y hueso. Buena muestra de esto sería el curioso lienzo de Courbet titulado el Origen del mundo, las Bañistas o El sueño, trabajos del mismo autor. Esta tendencia a abandonar la idealización se continúa en el Impresionismo. El Desayuno en la hierba y la Olimpia de Manet; las Bañistas de Renoir o las jóvenes de Degas son algunos de los ejemplos de desnudos que nos presenta este movimiento. El desnudo también será un interesante tema para la vanguardia. Expresionistas como Kirchner o Rouault; simbolistas como Puvis de Chavannes o Gustave Moreau; fauvistas como Matisse; cubistas como Picasso o Braque; miembros de la Nueva Objetividad alemana como Christian Schad; artistas pop como Hockney; pintores naïf como Foujita o el Aduanero Rousseau; surrealistas como Paul Delvaux, Salvador Dalí, Marc Chagall o Rene Magritte. Todos se interesarán tarde o temprano por el desnudo. Pero si tenemos que elegir un pintor del siglo XX que cultive especialmente esta temática, hemos de elegir a Amedeo Modigliani, cuyos magníficos desnudos no dejan de estar cargados de inquietud, de tensión interior y desasosiego.
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El desnudo ha sido una de las temáticas más tratadas por los artistas a lo largo de la Historia del Arte, a pesar de las prohibiciones religiosas y morales que siempre pesaron sobre este asunto. En la Prehistoria encontramos los primeros ejemplos con las famosas Venus, representaciones femeninas posiblemente relacionadas con la fertilidad. En el mundo egipcio también se trata el desnudo, especialmente en la decoración de las tumbas. El desarrollo artístico de la Dinastía XVIII alcanzará su momento culminante en la época de Akhenatón, etapa caracterizada por el naturalismo de las figuras. En Grecia el desnudo alcanza la culminación en la escultura con las obras de los grandes maestros: Fidias, Policleto, Mirón o Praxíteles. La decoración de las cerámicas nos permite contemplar un buen número de desnudos, e incluso escenas de fuerte intensidad erótica. Estas escenas cargadas de erotismo las volvemos a encontrar en la decoración de las tumbas etruscas. Y que duda cabe que el mundo romano asumirá todas las influencias mediterráneas también en la temática del desnudo. Las paredes de las villas se cubrirán de escenas mitológicas y cortesanas. Mosaicos y frescos nos permiten contemplar los cánones de belleza de esta época. En la Edad Media se produce una fuerte reacción religiosa contra el desnudo. La idealización que caracteriza tanto el mundo románico como el gótico nos presenta unas estilizadas figuras que sólo aparecen desnudas en la representación de los primeros momentos de la creación o como ejemplo del pecado. En el Renacimiento se produce un significativo cambio de mentalidades. La antigüedad clásica será la nueva referencia artística, por lo que los desnudos vuelven a hacer acto de presencia. Muchos de los artistas se inspiran en los relieves o las estatuas griegas o romanas, si bien buena parte de los desnudos están rodeados de significado religioso. Pero la gran novedad la encontramos en el tratamiento de los asuntos mitológicos, donde los artistas pueden dar todo lo que llevan dentro. Así Botticelli nos presenta el Nacimiento de Venus o la Primavera; Tiziano realiza sus famosas Poesías para Felipe II; Durero rompe con el idealismo de tiempos anteriores en su Adán y Eva; Leonardo busca las proporciones hasta en el cuerpo humano; Miguel Angel culmina el estudio anatómico con sus maravillosos Ignudis o la Creación de Adán. El cuerpo humano se descubre definitivamente y dará lugar a la ampulosidad del Barroco.
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Uno de los objetivos de la pintura del Renacimiento es crear efectos de perspectiva. Para ello se situarán los personajes en un entorno arquitectónico o paisajístico, dotando a la composición de un efecto espacial. En un primer momento, los paisajes serán meros telones de fondo, pareciendo totalmente ficticios. Pero a medida que pasa el tiempo, las figuras se van integrando de manera más acertada en el paisaje y éste va adquiriendo más importancia en la composición, llegando un momento en que el paisaje se convertirá en un asunto autónomo, como podemos observar en esta Vista de Toledo que pintó El Greco. En época barroca el paisaje se convertirá en una temática independiente. Uno de los primeros pasos en esta dirección lo dará Annibale Carracci con su Huída a Egipto, donde las figuras se ven desbordadas por un bucólico paisaje de corte clásico. Pero el gran maestro del clasicismo en el paisaje será el francés Claudio de Lorena; sus obras consiguen unos maravillosos efectos poéticos gracias a la atmósfera con dorada niebla producida por la luz solar. Normalmente, son muy similares, siguiendo una composición predispuesta, muy idealizada. Sus composiciones resultan sumamente equilibradas, y sientan el modelo que se tomará durante todo el paisajismo posterior. Poussin será uno de sus principales seguidores y sus pinturas están en esta línea clasicista inaugurada por Carracci, mostrando sus paisajes bajo la excusa de tratar temas religiosos o mitológicos, en un momento en que el género paisajístico comienza a alcanzar su autonomía. En los Países Bajos este género alcanzará una importante difusión. La razón debemos buscarla en el aumento de la demanda de este tipo de cuadros por parte de la burguesía, verdadero motor de la economía holandesa de la época. Los paisajistas holandeses nos ofrecen una visión más naturalista de su entorno, abandonando el clasicismo italiano. En España el género paisajístico apenas tiene importancia frente a la pintura religiosa, aunque encontramos algunos ejemplos siguiendo la línea clasicista. Velázquez y sus vistas de la villa Medicis son un caso aparte, ya que gracias a su interés por la luz se consideran como un paso hacia el impresionismo.
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A lo largo del siglo XX la altura de los rascacielos alcanzará cotas nunca antes vistas. En 1890 se construye el World Building, obra de George B. Post, con 94 metros de altura. En 1892 Burnham y Root levantan en Chicago el Masonic Temple hasta los 92 metros a la altura del tejado. El Manhattan Life Insurance Company Building de Nueva York supera los 100 metros sólo un año más tarde. Kimball y Thompson son los arquitectos. George B. Post alcanza los 96 metros con su St. Paul Building, construido entre 1895-98 En 1899 R.H. Robertson diseña el Park Row Building, edificio de 118 metros de altura. El Singer Building de Ernest Flagg mide 187 metros y se construyó entre septiembre de 1906 y mayo de 1908. La torre Metropolitan Life Insurance supera los 200 metros. Fue construida entre 1907 y 1909 por Napoleon LeBrun e hijos. El Woolworth Building se construye entre 1910 y 1913, alcanzando los 241 metros de altura. Su arquitecto es Cass Gilbert. En 1930 se finaliza el Manhattan Company Building, superando ya los 300 metros. Ese mismo año se inaugura uno de los rascacielos emblemáticos de la Gran Manzana neoyorquina: el Chrysler Building con 319 metros de altura, diseñado en forma de aguja por William van Alen. Un año más tarde el Empire State Building se elevaba hasta los 381 metros, convirtiéndose en un clásico de la imagen de Nueva York. Shreve, Lamb y Harmon fueron los encargados del diseño de este edificio. La fiebre de la altura se detuvo hasta que en 1973 se inauguraron las Torres Gemelas del World Trade Center, obra maestra del arquitecto Minoru Yamasaki derribadas por un atentado terrorista el 11 de septiembre de 2001. Poco tiempo le duraría, no obstante, el record a las Torres Gemelas ya que al año siguiente se finalizaba la construcción de la Sears Tower en Chicago, de 443 metros, obra de Bruce Graham y el gabinete de Skidmore, Owings and Merrill. El 28 de agosto de 1999 se inauguraban las Torres Petronas en Kuala Lumpur (Malasia). El gabinete de arquitectura de Cesar Pelli sería el encargado del diseño, levantando las dos torres hasta los 452 metros.
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Posiblemente, el retrato es el género escultórico preferido en Roma. Su origen está vinculado con una práctica funeraria lo que provocará su aspecto profundamente realista ya que los patricios tenían la costumbre de hacer mascarillas de cera de sus difuntos para conservarlas en los atrios de sus hogares. Los etruscos ya realizaron retratos cargados de fuerza y realismo como el famoso Arringatore. El retrato en época republicana se debe, en su mayoría, a artistas griegos. Aun así, se interesa por la personalidad grave y sería de los modelos, aportando energía y decisión a las estatuas. Entre los primeros retratos imperiales destacan los de Augusto, bien como pontifex maximus o en calidad de cónsul cum imperium, pero siempre interesándose el artista por el realismo del modelo. De esta manera, el cabello liso y caído en mechones sobre la frente se convierte en moda hasta época de Trajano, en los inicios del siglo II. La barba empezará a generalizarse en época de Adriano, aumentando considerablemente de tamaño en la segunda mitad del siglo II, al tiempo que el cabello se hace más rizado y voluminoso como se observa en los retratos de Marco Aurelio o Caracalla. En la segunda mitad del siglo III se intensifica la expresión del rostro a través de un modelado seco y duro, como se pone de manifiesto en los retratos de Constantino. En cuanto al retrato femenino, de época republicana se conservan escasos ejemplares, destacando el busto de Clitia que el artista nos presenta surgiendo del cáliz de una flor. En época de Augusto, las mujeres presentan un peinado bajo, con raya en el centro y ondulado en los lados, como observamos en el de Agripina. Bajo los Flavios, en el último tercio del siglo I, el peinado femenino se transforma gracias a Julia, la hija de Tito, que impone un cabello rizado, a modo de nimbo alrededor de la parte superior del rostro. A mediados del siglo II se produce un nuevo cambio ya que el peinado baja de nuevo y se recoge en la nuca gracias a un moño. El peinado bajo continuará descendiendo a la largo de la centuria siguiente.