Casi todos los autores coinciden en aceptar, para el Bronce Final, la clasificación en tres tipos de Wells: asentamientos en llano, en las orillas de los lagos y en altura. Los asentamientos en llano, sin embargo, han sido matizados por Audouze y Buchsenschutz, en dos tipos diferentes, según que se trate de asentamientos aglomerados de tipo aldea o casas aisladas con carácter de factoría agraria. No obstante las diferencias formales, esta clasificación no responde a una cuestión cronológica o regional. El asentamiento tipo factoría agraria se documenta en toda la Europa continental desde Francia a Polonia, y cuenta con una fuerte tradición durante todo el segundo milenio. Difíciles de documentar, porque de ellos sólo queda como restos arqueológicos los hoyos de poste de la construcción, se trata de pequeñas unidades de asentamiento de dos o tres casas, muy abundantes en algunas regiones, ya que se han llegado a detectar hasta 675 en Havel. Los investigadores no acaban de ponerse de acuerdo sobre su grado de continuidad, y así para algunos autores son sólo lugares de trabajo o estaciones provisionales, en tanto que para otros son auténticas viviendas con todo lo que el concepto conlleva. La arqueología alemana, atendiendo a su ordenación interna ha dividido el asentamiento en llano y abierto en aldeas no ordenadas, con disposición en círculo y caracterizadas por un espacio central sin ocupación, y aldeas con ordenación en una o varias filas (aquí se inscriben las aldeas calle). Del primer tipo valdría como ejemplo Perleberg en Prignitz, Alemania. Petrequin ha defendido que este tipo, sin orden aparente, responde sin embargo a unas directrices previas que vienen expresadas por la orientación de las casas; de este modo, se advertiría la existencia de cuatro grupos de unidades de casas entre las dieciséis documentadas en Perleberg. Interesante, dentro del modelo de ordenación circular, es Lovcicky en Bohemia con sus 48 casas rectangulares. Las unidades se dividen en casas de dos o tres filas de postes, destacando en el espacio libre central una casa con estructura más compleja, seguramente para sostener un granero. En general, son asentamientos de corta duración, que se mueven generacionalmente a lo largo de varios kilómetros, a veces compartiendo una única necrópolis, en dos ocupaciones sucesivas. Entre los asentamientos de altura fortificados también se distinguen dos tipos: el modelo de espacio central o el de filas de casas; en el primer caso, el asentamiento de Wittnauer Horn en Argovia distribuye sus casas sobre la vertiente de la colina a lo largo de 230 metros, dejando en el espacio libre central cuatro casas, distribuidas en dos grupos de dos. Conforme avanza su historia, se produce un aumento de tamaño de algunas unidades a costa de las viviendas adyacentes. E1 segundo tipo está representado en Alte Schloss en Senftenberg, Alemania, con una ordenación en filas que cubre casi todo el espacio interno, salvo un área al noroeste. Los asentamientos lacustres responden o a un modelo sin orden preestablecido, como es el caso de Wasserburg en Baviera que, sin embargo, sigue un mismo eje de orientación en la disposición de las casas, o el caso de Cortaillod-Este, en el lago suizo de Neuchâtel, con un orden en ocho filas. En la actualidad se debate si se trata de auténticos poblados palafíticos sobre plataforma artificial o asentamientos en la orilla del lago, lo cierto es que, a diferencia del tipo de aldea en llano, suelen presentar una empalizada que delimita el asentamiento. No se conoce por el momento la relación entre los cuatro tipos de asentamiento, salvo la tendencia a engrandecerse, si se sigue su desarrollo desde el Bronce Antiguo; no obstante, se advierten algunas características en los asentamientos de altura, como la producción metalúrgica, o su disposición para cubrir puntos estratégicos, lo que podría llevar a pensar en unidades complejas de asociación entre diferentes tipos de asentamiento. Dos áreas rompen el planteamiento señalado para la Europa central y occidental, una corresponde al norte de Europa, Países Bajos y Escandinavia, donde no se documentan ni asentamientos fortificados ni complejas aldeas; se trata, en la mayor parte de los casos, de casas aisladas o de pequeñas asociaciones de dos a seis edificios, en algunas de las cuales, como en Elp (Holanda), de tres unidades, una es sensiblemente mayor que el resto. El análisis de los Países Bajos ha demostrado que muchas de las aldeas centroeuropeas pudieron ser pequeños enclaves con construcción continuada de casas, pero de tal modo que las conocidas en la actualidad sobre un plano no sean todas contemporáneas (ello podría llegar a unificar el primero y el segundo de los tipos consignados). La segunda zona se localiza en las islas Británicas, donde encontramos casas aisladas, como es el caso de Itford Hill en Sussex o aldeas como las del valle del Pym, siempre con casas de planta circular, rodeadas por una empalizada y sobre una pequeña plataforma en terraplén que anuncian lo que será el modelo clásico de la Edad del Hierro; a ello se añaden los asentamientos de altura, tipo hill-forts, tradicionalmente adscritos a la Edad del Hierro, pero que en casos como Mam Tor en Derbyshire están ocupados desde el 1100 a.C. y que parecen desempeñar una función especial, como lo muestra la disposición de algunos de ellos, Rams Hill en Berkshire, en el límite entre zonas de repartición de estilos cerámicos. Desde este punto de vista, su posición estratégica podría responder al control de intercambios de productos y no de límite entre territorios políticos. El paso a la Edad del Hierro en toda la zona templada implica algunos cambios respecto al modelo anterior: Mont-Lassois, en el Alto Valle del Sena, se levanta a partir de un talud precedido por una fosa, sobre una extensión de 40 hectáreas. El asentamiento tiene un gran interés, porque entre las tres tumbas con carro de su necrópolis destaca el mítico enterramiento de Vix. Algo más al sureste, sobre el Danubio y al sur de Wurtemberg, se levanta el asentamiento de Heuneburg con sus 3,2 hectáreas y una poderosa fortificación que, a mediados del siglo VII a.C., se convertirá en un gran muro de adobes; como en el caso anterior, el asentamiento destaca por la riqueza de sus tumbas, pero también porque en la zona excavada una antigua serie de graneros acaba por convertirse en un conjunto artesanal de talleres. También Sticna, al sur de Eslovenia, muestra con un tamaño semejante a Heuneburg una potente fortificación de tierra y piedra en un territorio rico en hierro y bueno para el desarrollo de la agricultura. Sin que se pierda el modelo del patrón de asentamiento existente en la fase anterior, fundamentado en los modelos ya reseñados, la nueva situación creada a partir de las primeras décadas del siglo VIII a.C. y que se definirá mejor en el siglo siguiente, caracteriza a los asentamientos fortificados como los factores de cambio más activos en el nuevo periodo. La investigación no ha conseguido aún explicar en qué tipo habitaron los individuos que se enterraron en tumbas tan ricas como Vix, porque hasta el momento no se han documentado unidades de habitación que impliquen una jerarquía interior en el poblado; el único factor distorsionante lo constituye, hasta el momento, los edificios con los hoyos de poste de mayor diámetro y dispuestos en el ángulo noreste del asentamiento de Goldberg en Wurtemberg; sin embargo, en opinión de Zippelius, podrían tener al igual que otro edificio también documentado, con pórtico y aislado en el centro del poblado, una función comunal. Lo sorprendente del caso es que Goldberg no es un clásico asentamiento fortificado en altura, sino una aldea con una empalizada, lo que plantea la posibilidad de que los individuos más poderosos no llegaran, durante esta fase, a habitar los asentamientos en altura y ocuparan, sin embargo, casas señoriales aisladas como la de Talhau, en las proximidades de Heuneburg. La Europa septentrional, como en la etapa anterior, continuó con un hábitat disperso, y en las islas Británicas, aunque se favoreció el desarrollo de los asentamientos de altura (hill-forts), se siguió basando la economía en las pequeñas unidades agrarias. De todos modos, estos asentamientos fortificados, como Danebury, cubrían un territorio de alrededor de 60 kilómetros, controlando una veintena de hábitats aislados. Por esta razón, los "hill-forts" se han asociado, en alguna ocasión, no como en Europa a centros artesanales, sino a asentamientos pensados para la cría de ganado, su estabulación y el almacenamiento del forraje y del cereal. Por otra parte, siguiendo la tradición de la fase anterior, las casas continuaron manteniendo la planta circular.
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La Guerra de Sucesión española dividió España entre los partidarios de Felipe V y del archiduque Carlos, ambos candidatos al trono. En apoyo del primero se manifestó Francia, con su rey Luis XIV al frente; a favor del segundo, Holanda, Inglaterra, Austria y Portugal. En 1713 finalizó la guerra en el exterior, con la firma del Tratado de Utrecht, paz refrendada un año más tarde con los acuerdos de Rastatt. En el interior, la contienda finalizó en 1714, con la caída de Barcelona, ciudad que había resistido en apoyo del pretendiente austriaco y en contra del centralismo borbónico. Ambos tratados dieron lugar a un nuevo mapa europeo. Inglaterra conseguía Terranova, Gibraltar y Menorca, así como permiso español para enviar anualmente una nave comercial a las Indias y monopolizar el comercio de esclavos. El Imperio austriaco se quedó con el Milanesado, Flandes, Nápoles y Cerdeña. A Saboya le corresponde una pequeña expansión en su frontera y la isla de Sicilia, que entregará a Austria a cambio de Cerdeña. El rey francés, Luis XIV, consigue a cambio que las potencias europeas reconozcan a su nieto, Felipe V, como rey de España, aunque en ningún caso las coronas de Francia y España podrán unirse en el futuro.
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En los años finales del siglo XVII todavía dominaba Europa la Francia de Luis XIV, pese a que una gran coalición agrupada en torno a Inglaterra, España, Austria y las Provincias Unidas (los Países Bajos) se había movilizado decididamente contra el hegemonismo francés durante la Guerra de la Liga de Augsburgo (1688-1697). En ese conflicto -que es también llamado Guerra del Rey Guillermo o Guerra de los Nueve Años- participaron las cinco grandes potencias del Occidente europeo y se combatió a todo lo ancho del mundo, ya que esas monarquías del Viejo Continente (con Portugal) extendían sus dominios por tres quintas partes del globo. Sumando las posesiones ultramarinas de holandeses, franceses, ingleses, portugueses y españoles la cifra de kilómetros cuadrados resultante sería inmensa; pero ni siquiera esas magnitudes serían suficientes para explicar el auténtico peso que aquellos países tenían sobre el resto del mundo. En realidad, en esas décadas finales del siglo XVII los soldados, comerciantes y misioneros salidos de las costas atlánticas de Europa habían llevado a todos los continentes el poder, la religión y los intereses económicos de sus metrópolis, salvo a Australia. Y aún no había en ninguna de estas tierras colonizadas y explotadas por los europeos el menor signo de deseo de romper sus lazos de dependencia. Por otra parte, es un mundo escasamente habitado; sólo la India, China y Europa están relativamente pobladas y en ellas vive más de la mitad de la población mundial. Y uno de los rasgos distintivos de este proceso de europeización del mundo que se inicia a mediados del XVII y abarca toda la segunda mitad del siglo viene determinado por el hecho de que si bien los ingleses, holandeses, franceses, e incluso, suecos y daneses implantan factorías comerciales por todas las costas de África, Asia y América, aún no buscan asentamientos estables para grandes contingentes de colonos. Por eso, en los años iniciales del siglo XVIII, el siglo colonial por excelencia, las Indias españolas son aún, con gran diferencia, las más pobladas y ello a pesar de que las cifras (sometidas, por otro lado, a grandes discusiones entre los demógrafos) eran muy bajas: desde el norte del Virreinato de Nueva España (México) hasta la Tierra del Fuego, serían unos 8.000.000 los pobladores, de ellos un 10 por 100 peninsulares. Los territorios franceses del Canadá y la Luisiana -el gran arco que se extiende entre el Golfo de México y la península del Labrador, con todo el valle del Mississippí- apenas sumarían unos cientos de miles de indígenas y no más de 25.000 colonos. Y las trece colonias inglesas aún no han iniciado su espectacular desarrollo demográfico dieciochesco: en torno a 1710 serían 350.000 los europeos y esclavos negros a los que habría que sumar una población indígena, en franca recesión desde comienzos del siglo anterior, que no llegaría al medio millón. Ahora bien, en los últimos años del XVII y primeros lustros del XVIII se inicia una nueva etapa histórica, marcada, entre otros aspectos, por el creciente protagonismo que habrían de adquirir los territorios coloniales en la vida de las metrópolis. Y, como presagio de lo que acabaría sucediendo a finales de ese siglo, será cada vez mayor la importancia económica y el peso demográfico de las colonias británicas de las costas norteamericanas sobre el devenir de Europa. Pero hasta esas primeras décadas del siglo XVIII habían sido pocos los colonos europeos -en su mayoría, exiliados religiosos- que habían mostrado intención de quedarse definitivamente en esos nuevos mundos. En realidad, la fase posibérica de colonización se había caracterizado por el enfrentamiento entre los países europeos por el dominio de las rutas y los enclaves estratégicos ultramarinos que permitieran el control de la explotación de los productos y los mercados coloniales. De tal manera que entre 1640 y 1730 se multiplicó por siete el número de barcos mercantes que comerciaban entre Europa y Asia (Duchhardt). Pero todavía no se buscan colonias de poblamiento.
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Los años que median entre la mitad de los cincuenta y el comienzo de los sesenta fueron de aparente estabilidad y progreso en la Europa occidental y democrática. Francia pareció encauzar hacia una mayor solidez sus instituciones políticas, Gran Bretaña todavía no era por completo consciente de su decadencia económica y Alemania e Italia dieron la sensación de haberse integrado entre los países más desarrollados desde el punto de vista económico. El comienzo de la unidad europea hizo hacer aparecer sobre el tapete internacional una nueva realidad que, si en un principio era exclusivamente económica, podía tener posteriores desarrollos. Además, aunque la capitalidad del mundo en las artes plásticas era ya Nueva York más que París, bien puede decirse que Europa conservaba buena parte de su hegemonía en el mundo de la cultura.
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"Es una bulliciosa ciudad; a ella vienen con mercaderías desde todos los países marítimos y continentales. No hay como ella en ningún país (..). Allí está la iglesia de Santa Sofía así como el Papa de los griegos, ya que éstos no profesan la religión del Papa de Roma. Hay allí tantas iglesias como número de días tiene el año y una incalculable cantidad de dinero que anualmente traen, como impuesto, de las dos islas, de las fortalezas y de las grandes capitales que hay allí. Riqueza tal que no se encuentra en ninguna iglesia del mundo...". Así describe el judío Benjamín de Tudela la ciudad de Constantinopla unos treinta años antes de su conquista por parte de los cruzados (1204). Fue precisamente la riqueza de la urbe, subrayada por el viajero, lo que desencadenó su saqueo y destrucción, y, con ello, el declive definitivo del Imperio Romano de Oriente.Cuando esto sucede, en el tablero de la Europa occidental se están moviendo una serie de piezas. El Papa Inocencio III (1160-1216) ha conseguido imponer la doctrina teocrática que defiende la supremacía del poder espiritual sobre el temporal. Recordemos que la pugna por el "imperium mundi" arranca de las tesis que defiende el Papado desde mediados del siglo XI y que el enfrentamiento ha llegado a su punto álgido durante el gobierno del emperador Federico I Barbarroja (de la familia de los Hohenstaufen), al chocar las facciones que apoyan a uno y otro respectivamente (los güelfos y los gibelinos).A principios del siglo XIII la balanza parece estar decantada claramente a favor del Papado, no sólo porque éste cuenta con una personalidad de la categoría de Inocencio III, sino porque el ejército imperial es derrotado en Bouvines el año 1214. Sin embargo, a mediados del siglo XIII la situación ha variado sensiblemente. Federico II ha fracasado en su intento de reinstaurar el Imperio, pues el fortalecimiento progresivo de las monarquías nacionales (sobre todo Francia e Inglaterra) y el régimen municipal de las grandes ciudades, resultan incompatibles con el ideario universalista del emperador, pero a la par Inocencio IV, a pesar de sus intentos por mantener la política de su antecesor, pierde ascendencia en el ámbito terrenal.La gran novedad en el panorama político europeo de mediados del siglo XIII radica en la afirmación del poder real que va a tener gran trascendencia en el desarrollo inmediato de determinados países. Tras imponerse a otros señores feudales, Luis IX de Francia, por ejemplo, consigue organizar sus instituciones y el gobierno central. París, designada capital del reino, se convierte en centro político, administrativo y económico; también, como consecuencia, en un foco artístico importante. Evidentemente, el caso francés es el más paradigmático de esta nueva situación, pero en Inglaterra se dan unos planteamientos similares y lo propio sucede en Nápoles, Castilla, Aragón...Frente a estas tendencias centralizadoras, en Italia y Alemania la situación es completamente distinta. En la Península italiana, las ciudades-república rivalizan económica y políticamente entre sí. Por otro lado, el papel cohesionador que el Papa podía haber ejercido desde Roma capital, además, indiscutible, desaparece, al trasladarse éste con su Curia a Aviñón en 1309. En Alemania, que carece también de capital, el feudalismo va a fortalecerse cuando decae en otras zonas. En los Países Bajos, codiciados tanto por Francia como Inglaterra, que a partir de 1337 van a enfrentarse en la Guerra de los Cien Años, se desarrolla una dinámica cultura urbana apoyada en el comercio.
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Desde el siglo XVIII, la nueva organización económica y el progreso de las técnicas había dado un nuevo impulso a los descubrimientos. Creada en Londres en 1788, la "African Association" estaba destinada a promover la exploración del continente negro para incrementar allí el comercio y la autoridad política de Gran Bretaña. En 1795, después de un peligroso viaje en el que a la hostilidad de las poblaciones musulmanas se sumaban los obstáculos naturales, el escocés Mungo Park descubrió el Níger, conocido sólo, hasta entonces, por los árabes. Durante la primera mitad del siglo, casi la totalidad de las expediciones fueron realizadas por británicos, excepto la de Mollien en el Senegal en 1819 y la de René Caillié que fue, en 1828, el segundo europeo que penetró en la legendaria Tombuctú (después de Gordon Laing, asesinado en 1826). La mayoría de los viajes procedían del Sáhara, con Trípoli como punto de origen. La exploración de la costa guineana fue obstaculizada, en cambio, durante mucho tiempo, por un clima mortífero para el europeo, hasta 1851, año en que comienza la utilización revolucionaria de la quinina a título preventivo. Estas exploraciones, basadas en seculares tradiciones comerciales a lo largo de la costa y en la convicción de la riqueza del Sudán transmitida por los autores árabes, se presentaban, ante todo, como una aventura económica. Sin embargo, el movimiento fue pronto reanudado por la propaganda humanitarista, deseosa de acabar con la trata de negros y que preconizaba el comercio lícito de los productos agrícolas. Este tipo de influencia fue especialmente sensible en África Oriental, donde los primeros exploradores fueron todos misioneros atraídos por el deseo de luchar contra el tráfico de esclavos (el alemán Krapf exploró Kenia en 1837, Niew estableció en el interior de Mombasa la primera misión metodista...). Pero el más célebre fue Livingstone que, de 1842 a 1872, atravesó el África Central de punta a punta. En la práctica, su expedición llevará directamente a la conquista, ya que poco después, Stanley, periodista y aventurero enviado en su busca, contribuiría, al atravesar de Este a Oeste la cuenca del Congo (1877), a provocar la reunión de la conferencia de Berlín, preludio del reparto definitivo. Aunque en la expansión misionera no existe una voluntad deliberada de conquista (en Gran Bretaña la opinión general pensaba que la creación de colonias era un mal negocio), sin embargo, lo cierto es que la acción de los misioneros preparaba, de hecho, las condiciones de la expansión que acabó pareciendo el resultado legítimo de movimientos humanitarios ("el deber del hombre blanco", encargado, si era necesario por la fuerza, de liberar a los pueblos del yugo de sus soberanos y enseñarles a explotar sus propias riquezas). Se habían puesto, por tanto, las bases para la expansión política, que tendrá lugar a continuación. El proceso fue análogo en todas partes: más tarde o más pronto, los negociantes chocaban con las estructuras preexistentes. Apelaban a la ayuda de las fuerzas del Estado, el cual acababa apoderándose de los puntos estratégicos necesarios para proteger los intereses locales. De esta forma, se inició la expansión que alcanzará su culmen en el último cuarto del siglo. Los Estados, necesitados de abundantes materias primas para sus industrias modernas y de amplios mercados, van a volver sus ojos sobre el pastel africano. Se produce así el reparto de África. El África negra, que en 1870 estaba apenas colonizada excepción hecha de las zonas costeras, se distribuirá entre los principales Estados europeos. Dejando aparte la mayor o menor importancia de los factores económicos y políticos que incitan a las potencias a disputarse el continente africano, lo cierto es que antes de fin de siglo no queda nada que repartir. A partir de la década de los setenta, los apetitos del colonialismo de los distintos países europeos chocan en África. En el Norte, existía una efectiva presencia de los ingleses en Egipto, con una penetración hacia el interior siguiendo el curso del Nilo, y de los franceses en Argelia y Túnez. Asimismo, en el África negra los franceses pretendían internarse desde, Senegal y Gabón. Portugal poseía las zonas costeras de Angola y Mozambique. Leopoldo II (que había contratado a Stanley como explorador) pretendía crear, a título personal, un Estado centroafricano del Congo, cuyo monarca sería él mismo. Sus aspiraciones chocaban con las de ingleses, franceses y portugueses, todas las cuales empezaban a ver el continente africano con un interés colonizador cada vez mayor. Para solucionar por vía diplomática los intereses encontrados en el Congo y en otras partes de África, se convocó la Conferencia de Berlín, presidida por Bismarck. Asistieron representantes de catorce países, ninguno de los cuales era africano. Sentados frente a un mapa de África, en la opinión pública de la época y, para siempre, quedó la imagen de que esos hombres se repartieron un continente. Si no es absolutamente exacto, lo cierto es que de esa conferencia salió el Tratado de 26 de febrero de 1885, que fija las bases del reparto de África: - La posesión de las zonas costeras supone el derecho a un territorio interior ("hinterland"). - El derecho de posesión se funda en la ocupación efectiva y no en derechos históricos o de otra especie. - La navegación por los grandes ríos (Níger, Congo) sería internacionalizada. - Se reconoce el Estado libre del Congo bajo la soberanía personal de Leopoldo II. Sobre estas bases, y antes de que acabe la centuria, se remodelará el mapa africano que en nada se parecerá, al finalizar el siglo, al de 1870. Gran Bretaña, hasta finales de la década de los ochenta a través de compañías y posteriormente mediante la acción gubernamental, amplió sus dominios: Poseía ya centros de trata de esclavos (especialmente activos hasta el siglo XVIII) como Sierra Leona y Gambia. Como zona de poblamiento de excedentes demográficos, hay que señalar fundamentalmente África del Sur (en la que se producen enfrentamientos con la población bóer de origen holandés). En la gran etapa colonial de finales del siglo XIX, Inglaterra consolida sus posesiones en Sudáfrica a partir de 1880 y obtiene el protectorado sobre Egipto (1882). Especial interés tiene el control de los accesos al Canal de Suez, por lo que en 1875 Disraeli ordena la compra de 176.000 acciones del Canal. En el resto de África, se hace con otras colonias, bajo el nombre de protectorados: En 1885 se inicia la ocupación de Bechuanalandia (actualmente Botswana y Zimbabwe); en 1886, Nigeria; en 1887, parte de Somalia; en 1888, Kenia; en 1889, Rhodesia (actualmente Zambia); en 1890, Zanzíbar; en 1896, Uganda y Ashanti (actualmente Ghana); en 1897, Sudán. Durante el año 1898 llegan a las fuentes del Nilo y después de la guerra de los bóers, los británicos se anexionan Transvaal y Orange. En apenas dos décadas, Gran Bretaña había hecho realidad el proyecto de dominar un eje que cruzara África de Norte a Sur. Efectivamente, un ciudadano británico podía ir desde El Cabo a El Cairo por tierras bajo dominio de su país, salvo una franja que podía ser salvada navegando por ríos o lagos internacionales (especialmente el lago Tanganica). Francia fue otro país europeo que consiguió buena parte del territorio africano, especialmente durante la III República. Jules Ferry impulsó al país en el sentido de convertirse en una auténtica potencia colonial. En África poseía ya, desde 1830, Argelia, que ocupó en toda su extensión, desde donde partió la anexión de Túnez (1881). En Senegal, la presencia francesa databa de 1817. Desde mediados de siglo había una influencia gala en Costa de Marfil. Varias expediciones en los años ochenta permitieron el control del conjunto del África occidental y Ecuatorial (actualmente Mauritania, Senegal, Guinea, Burkina Faso, Costa de Marfil, Benin, Níger, Chad, República Centroafricana). A este inmenso territorio, que prácticamente suponía todo el Noroeste del Continente, se añadieron otras colonias: Madagascar (colonia desde 1896), el Congo Francés (actualmente Gabón, donde los franceses tenían una colonia desde 1841, y el Congo) y una parte de Somalia (Djibuti), pequeña pero con gran interés comercial y estratégico. En la década de los noventa, los franceses afianzaron su presencia en la región Este. Además de Somalia, apoyaron al emperador de Etiopía, Menelik II, quien logró garantizar frente a Italia la independencia de su país. Entre Chad y Etiopía quedaba un inmenso territorio: Sudán, de dominación egipcia hasta los años ochenta. En 1882 el mesías musulmán ("mahdi") Mohammed Ahmed de Dongola comenzó la ocupación de Sudán, que continuó por los derviches, seguidores del mahdi, a su muerte en 1885. Francia consideraba que se trataba de una tierra de nadie y, que por lo tanto, podría se ocupada por la primera potencia que llegase. Gran Bretaña entendía que Sudán seguía perteneciendo a Egipto. Los franceses y los británicos deseaban asegurar el control del Nilo. El pequeño grupo de soldados del comandante Marchand, en nombre de Francia, ocupó Fashoda en la zona del Alto Nilo de Sudán. Por otra parte, el mariscal de campo inglés Kitchener avanzaba al frente de un poderoso ejército y recuperaba para Gran Bretaña el Sudán anglo-egipcio tras la derrota de los mahdistas al tiempo que construía un ferrocarril que lo unía al Mediterráneo. Las reivindicaciones francesas sobre la región de Fashoda, en virtud del derecho de la primera conquista, fueron rechazadas por los ingleses que exigieron la retirada de Marchand. El incidente fue considerado por Francia como un severo desastre. En estos momentos, Francia se encontraba debilitada por el caso Dreyfus y no podía contar con un eventual apoyo ruso. El gobierno francés no tardó en reconocer que Sudán debería quedar en manos de Egipto aunque en condominio con Gran Bretaña que, de hecho, llegó a expulsar temporalmente de Sudán a los administradores egipcios. Como acabamos de ver, Gran Bretaña deseaba el dominio del eje Norte-Sur. Francia soñaba con una cadena de colonias desde Este al Oeste que conectara sus territorios del océano Atlántico con la pequeña posesión en Somalia. Evidentemente, ambas intenciones eran incompatibles. Después del choque de Fashoda (1898), prevaleció el interés británico. Además de Gran Bretaña y Francia, otras potencias europeas se aprestaron a la ocupación del continente africano. Bélgica se hizo con el enorme territorio del Congo en África Ecuatorial. En principio, se trató de una asociación con fines comerciales y benéficos, que presidía el rey Leopoldo II. En 1908, ante el falseamiento de los fines de la asociación, el rey de Bélgica aconsejó la transferencia de la administración al Estado belga. Debido a la política europea de Bismark, Alemania se incorporó relativamente tarde al reparto colonial. Efectivamente, el canciller se resistió cuanto pudo a las presiones de los grupos económicos partidarios de la expansión. En 1882 se establece una Sociedad Colonial Alemana. Los mejores territorios estaban ya acotados de tal manera que Alemania ocupó algunos de los menos interesantes: Togo, Camerún, África del Sudoeste (actual Namibia) y África Oriental Alemana (Tanzania). Portugal amplió sus bases en el sur de África, se hizo con Angola y Mozambique, el más duradero de los Imperios europeos, que no pudo completarse con la unión de ambas colonias, según el deseo portugués. El ultimátum inglés (1891) limitó aquella expansión. España e Italia se conformaron con escasos territorios: El Sáhara (1884) y Guinea para el primer país, Eritrea (1883) y Somalia (1889) para el segundo. El reparto del Norte de África se completó en 1912 con la ocupación de la actual Libia por Italia y el acuerdo de dividir Marruecos entre España y Francia. En apenas dos décadas, los europeos dominaron prácticamente el conjunto del continente africano fijando unas fronteras que, frecuentemente, fragmentaron a pueblos hasta entonces unidos. Esta disgregación se mantuvo cuando, pasada la II Guerra Mundial, comenzó la fase descolonizadora. Los nuevos Estados asumieron las fronteras trazadas por los colonizadores. Es uno de los signos de una nueva historia africana que cambió tajantemente en los últimos años del siglo XIX. Los africanos, a los que nos hemos referido antes, no aceptaron sin resistencia la conquista. Indudablemente, eran más débiles. Sin organización ni armas adecuadas para combatir, sucumbieron rápidamente. No obstante, para someter a los africanos, los europeos hubieron de matar a cientos de miles de ellos con modernos ejércitos, cuyos enemigos, salvo excepciones, no eran los otros ejércitos de los países que se habían repartido las tierras sino aquellos que durante siglos las habitaron y poseyeron.
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Esta imagen pertenece al "Evangelario de Rabula", obra de un monje conocido por el mismo nombre, que realizó estas maravillosas ilustraciones en el monasterio de Zagba. En esta escena se representan a Eusebio de Cesara y Ammonio de Alejandría bajo un templete coronado por la fuente de la vida, con la cruz y dos pavos reales. La Ascensión también es una ilustración de este evangeliario.