El estallido de la guerra resulta, por tanto, inevitable desde la óptica del historiador, pero la actividad diplomática de las semanas inmediatamente precedentes tuvo unas consecuencias en gran medida inesperadas. Para los aliados occidentales, la colaboración de Stalin con Hitler -Pacto germano-soviético de 23 de agosto de 1939- pudo suponer una sorpresa, que de hecho no debieran haber tenido, porque el dictador soviético ya había aportado indicios de cuál sería su posición final. Para Hitler, las sorpresas fueron mayores e incluso más graves. Hasta el final, guardó la esperanza de que sus adversarios no aceptaran el enfrentamiento bélico, pero, sobre todo, confiaba en la colaboración de aquellas potencias con las que había contado como aliados -Italia y Japón, que llevaba muchos meses combatiendo en China y contra la URSS-, pero que se negaron a alinearse con el Reich en un conflicto que les resultaba ajeno por completo. Quizá por eso la reacción pública en Alemania ante la noticia de la guerra no provocó excitadas manifestaciones callejeras de entusiasmo como las que se habían visto en el verano de 1914. En Francia, la declaración de guerra a Alemania, el día 1 de septiembre de 1939, fue recibida con resignación y en Gran Bretaña, con resolución, a pesar de que -como afirmó Chamberlain- lo sucedido dejaba convertidos todos sus propósitos en "un amasijo de ruinas". Pero mucho mayor interés que esta reacción psicológica inmediata tiene, para el posterior desarrollo de los acontecimientos, la planificación estratégica de cada uno de los beligerantes, así como los medios que tenían a su disposición en el momento en que se abrió el conflicto. Comenzando por quien lo provocó, hay que concluir que Hitler tenía un conjunto de obsesiones muy insistentes, pero no propiamente un plan bélico ni tampoco objetivos que pudieran ser calificados de precisos. Su obsesión era la expansión hacia el Este, pero era consciente de que no le sería tolerada sin derrotar previamente a las potencias occidentales. Había manifestado el deseo alemán de recuperar las colonias perdidas durante la Primera Guerra Mundial pero, en cambio, nada había dicho acerca de sus posibles deseos respecto a las fronteras occidentales de su propio país. En ese momento hacía tan sólo un mes que el alto mando alemán empezó a planificar la invasión de Polonia, señal evidente de esa carencia de designios claros a medio plazo. En mayo de 1939, Hitler les anunció a sus generales la posibilidad de una guerra larga, pero en realidad lo hizo porque la guerra era para él algo así como el estado natural de la Humanidad. Desde un principio imaginó el conflicto bélico como un hecho de corta duración y resuelto de manera decisiva gracias al modo de ofensiva empleado. En realidad, esta estrategia partía de las obvias debilidades de Alemania. Aunque estuviera preparándose para la guerra desde el momento mismo de la llegada de Hitler al poder, a medio plazo su porvenir en un conflicto no era esperanzador, porque tanto sus adversarios claros -Gran Bretaña y Francia- como los presumibles -Estados Unidos- tenían un potencial económico muy superior. En el terreno militar, sin embargo, aparte del gran peso demográfico del Reich, Hitler tenía a su favor una capacidad bélica superior a la de cualquiera de sus enemigos efectivos por separado y, en aviación, estaba por encima de todos ellos en conjunto. A un plazo más largo, sin embargo, aparecerían las dificultades de aprovisionamiento en materias primas, pues no sólo Alemania carecía de petróleo, sino que su industria de guerra dependía del mineral de hierro escandinavo. La denominada "Guerra relámpago" -Blitzkrieg- era, pues, para Hitler una obligación impuesta por las circunstancias. Claro está que en este terreno tuvo una intuición que fue plenamente acertada. Despreció por completo la superioridad francesa en artillería pesada, que consideraba obsoleta, y puso todo el énfasis en la utilización de las unidades blindadas y los bombarderos ligeros que penetrasen con decisión en el mecanismo defensivo enemigo. La "Guerra relámpago" también suponía la utilización del lanzallamas y el proyectil de carga hueca, para romper la fortificación adversaria. Como se verá, sin esta estrategia es inimaginable el desarrollo de la guerra, aunque no siempre obtuvo éxito. Consciente de ese mismo punto de partida, Gran Bretaña pensó en serio que la guerra sería larga (la previsión -siete años- fue superior al plazo real) y confió en que se impondría, como en 1918, el potencial económico. Tampoco tenía otro remedio porque, tras la anterior guerra, había eliminado el servicio militar obligatorio y reducido sensiblemente los efectivos profesionales, sin rectificar este rumbo hasta pocos meses antes del conflicto. Protegida por el mar y por su flota, Gran Bretaña confiaba también en la posible capacidad decisoria del bombardeo estratégico. De hecho, en este terreno su capacidad bélica era superior a la alemana, aunque disponía de menor número de aparatos. La estrategia británica, aparte de remitirse al medio plazo, desde el punto de vista geográfico ponía su confianza en los movimientos tácticos periféricos. Los planes imaginados incluían, por ejemplo, ataques a Italia en Libia (caso de ser beligerante), la destrucción del aprovisionamiento petrolífero alemán en los Balcanes o el ataque desde Noruega a las minas suecas, donde Hitler se surtía de hierro. En realidad, las debilidades británicas eran mucho mayores que las que pudieran derivarse del mero retraso de su preparación bélica. Sus rutas de aprovisionamiento, en el Atlántico y el Mediterráneo, eran demasiado extensas y su Marina, aun siendo muy superior a la alemana, había quedado en gran medida obsoleta. Las nuevas unidades seguían siendo, en buena proporción, barcos de superficie tradicionales y no portaaviones, y muchas de las antiguas eran inferiores en armamento a los acorazados o cruceros de bolsillo alemanes. Era previsible que, con el transcurso del tiempo, Alemania consiguiera incrementar el número de sus submarinos y pudiera llegar a poner en peligro las rutas del Imperio británico, que no previó ese riesgo hasta sus últimos extremos. Gran Bretaña, en fin, no podía como en otros tiempos establecer un verdadero bloqueo del Continente, porque carecía de fuerzas suficientes para ello. Los problemas de Francia resultaban todavía más graves, a pesar de que su Ejército seguía siendo considerado como el mejor de Europa desde el final de la Gran Guerra. Como podría luego comprobarse, ello no era cierto, pero sobre todo los problemas de la Tercera República eran de carácter más general. El general De Gaulle los resumió en sus Memorias de Guerra, indicando que se trataba de un régimen que, a pesar del prestigio obtenido con su anterior victoria, carecía de una dirección consecuente con ella. Sus políticos, valiosos considerados individualmente, en conjunto habían sido incapaces de permanecer unidos en busca de objetivos comunes y de ejercer el debido liderazgo sobre la Europa continental. A partir de 1918 y con el transcurso del tiempo, Francia había llegado a convertirse en un país profundamente pesimista con respecto a sus propias posibilidades. Algo totalmente injustificado y que tuvo directas consecuencias respecto a su estrategia en el nuevo conflicto. Verdad es que éste se inició de una forma que tenía que ser perjudicial para Francia. Aunque el número de las divisiones francesas y el de las alemanas era aproximadamente igual, las primeras se encontraron mucho más dispersas a lo largo de los frentes. El mando debió tener en cuenta la existencia de fronteras poco seguras -la italiana, pero también la española- y la necesidad de mantener una fuerza suficiente en las colonias, en especial en el Norte de África. De esa manera se concedió, en la práctica, una manifiesta superioridad al adversario alemán allí donde su ataque podía ser decisivo; superioridad que incluso aumentó como consecuencia de la defensiva estática en que se basó toda la estrategia francesa desde el comienzo mismo del conflicto. Una decena de divisiones permanecería encastillada en sus fortalezas, concediendo de este modo la superioridad material al adversario, cuyo mayor peso demográfico le aseguraba, además, una efectiva victoria a medio plazo. La tragedia de los dirigentes franceses fue que su victoria en la anterior guerra les había hecho confiarse, propiciando no sólo el envejecimiento de su maquinaria militar sino también el mantenimiento de unos principios estratégicos obsoletos. Para Gamelin, su figura militar más destacada, las batallas de la nueva guerra no serían más que una reproducción de Verdún y el Somme, de modo que el atacante tendría todas las desventajas. Se aceptaba la manifiesta superioridad alemana en aviación, pero no se previeron sus letales efectos en lo que respecta al bombardeo de asalto. No se tuvo en cuenta en absoluto el radical envejecimiento de los medios de comunicación propios: los franceses seguían recibiendo sus instrucciones por teléfono, mientras que los alemanes lo hacían a través de la radio. Pero, sobre todo, para Francia gran parte de las realidades bélicas de la "Guerra relámpago" resultaba sencillamente inconcebible. No existió la superioridad alemana en carros de combate pero, contra la opinión de De Gaulle, Francia los utilizó como acompañamiento de unidades de infantería en lugar de hacerlo en unidades propias, como lo hizo Alemania con resolutivos efectos. Para los franceses, el paso de los carros alemanes por una zona de suelo ondulado como eran Las Ardenas resultaba inconcebible e inimaginable. Eso explica que en esta zona ni siquiera tuvieran reservas capaces de taponar una eventual ruptura del frente por parte del adversario. Una vez más, nos encontramos con la realidad de que gran parte de la debilidad de los agredidos derivó del hecho de que no consideraban posible lo que estaban haciendo los agresores. Bélgica, por ejemplo, quiso mantenerse neutral como si eso le ofreciera una garantía, pero, al no permitir que los aliados avanzaran sus defensas, en la práctica se condenó al suicidio. Polonia tuvo la pretensión de asustar a Alemania con la amenaza de la apertura de un doble frente, pero acabó padeciéndolo ella misma. Cuando se inició el conflicto sólo ella confiaba en aguantar más allá de algunas semanas frente a su poderoso adversario.
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En la antigua Atenas eran los magistrados y generales. Estaban al frente del ejército.
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En la antigua Atenas eran los magistrados y generales. Estaban al frente del ejército.
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El esquema global de la sociedad tipo configurada en las Indias podría hacerse a base de estos grandes sectores: superior o elite, medio o pueblo llano, inferior o plebe y esclavos. El estrato superior, grupo dominante o elite, que monopoliza todo el poder político y económico, está ocupado sólo por blancos, tanto europeos como criollos. Estos últimos forman la mayor parte del grupo dominante por su condición socioeconómica, pero su arraigo americano y la dificultad de acceso a la burocracia colonial los coloca políticamente en una situación de inferioridad. Las tensiones y recelos polarizan en la creciente rivalidad criollo-peninsular, que se manifiesta incluso en el lenguaje: los criollos se acaban autodefiniendo como americanos (españoles americanos o criollos indianos) y sólo a los peninsulares se denominan españoles (vecinos forasteros oriundos de los reinos de España, puntualiza un documento del cabildo de Guayaquil en 1777), cuando no usan los despectivos chapetón, gachupín y godo (en Perú, México y Chile, respectivamente), heredando así una vieja tradición española e incluso heredando las palabras (ya a comienzos del XVI, los recién incorporados a una hueste eran llamados chapetones por sus propios compañeros, igualmente españoles pero veteranos, antiguos en la tierra o baquianos). Desde fines del XVI es perceptible el fenómeno del criollismo, que se extiende y generaliza en el XVII y sobre todo en el XVIII, cuando alcanza su máxima expresión y acabará cristalizando en la lucha por la independencia. Dentro de esta elite blanca se puede señalar una jerarquización en dos niveles: la nobleza por un lado y el funcionariado y clero medio por el otro. La nobleza está representada por los altos cargos de la administración real (virreyes, presidentes de Audiencia, capitanes generales, gobernadores, que muchas veces pertenecen a la nobleza titulada española y muy pocas veces son criollos) y la jerarquía eclesiástica (arzobispos y obispos, también predominantemente españoles); y por la autoproclamada aristocracia indiana, formada inicialmente por los descendientes de conquistadores y primeros pobladores, los beneméritos, que quisieron ser marqueses y condes pero se quedaron en encomenderos. Este sector -que veremos con cierto detalle más adelante por su función especial en la configuración de la sociedad colonial- se verá reforzado con la entrada en él de los grupos emergentes, la aristocracia del dinero, integrada por los terratenientes, grandes comerciantes y grandes mineros, en su mayor parte criollos que al enriquecerse se erigen en la gente distinguida y tienden a enlazar con los beneméritos por vía matrimonial logrando en buena medida comprar títulos o hábitos de órdenes militares, logrando en buena medida de manera que al culminar este proceso en el siglo XVIII, ya habrá en las Indias una verdadera nobleza titulada, que se parecerá mucho a la europea en su comportamiento y atributos: magníficas residencias urbanas, séquito numeroso, gran riqueza y ostentación. Dentro de la elite, los hacendados o terratenientes son los que gozan de mayor prestigio social, y se erigen en verdaderos patriarcas todopoderosos y paternalistas en sus enormes extensiones de tierras, que consolidan mediante la institución del mayorazgo -generalizada ya en Indias a fines del XVI-, según la cual la propiedad se vinculaba al primogénito de la familia. Por su parte, los grandes comerciantes monopolistas son un verdadero grupo de presión, reforzados corporativamente mediante los Consulados de México y Lima, desde los que influyen en la política económica virreinal (a fines del siglo XVIII la política de liberalización comercial facilitará la creación de consulados en otros puertos americanos, donde se instalarán numerosos comerciantes peninsulares) y constituyen un sector dinámico que diversifica la esfera de sus negocios invirtiendo en la compra de haciendas, barcos, obrajes o minas (aviadores, o socios capitalistas). A su vez, los empresarios mineros, grupo al que también se incorporan muchos inmigrantes peninsulares, invierten en el comercio y en haciendas para asegurar el abastecimiento de la propia explotación minera, muchas veces alejada de los centros de distribución; en el siglo XVIII tendrán también sus propias corporaciones oficiales privilegiadas, los Tribunales de Minería, que impulsarán las escuelas de mineralogía. El segundo nivel del grupo dominante es el de los funcionarios medios de la administración civil (oidores, corregidores, alcaldes mayores, oficiales reales), que establecen vínculos con los miembros de la elite económica, que a su vez puedan acceder a los cargos por compra. Al interrumpirse en el siglo XVIII la venta de oficios, que en Indias había llegado a estar muy arraigada (se compraban incluso plazas futurarias, para cuando quedaran vacantes), se agudizará el sentimiento de postergación de los criollos. Junto al funcionariado, en este nivel se encuadra también la mayor parte del clero, señaladamente los miembros de los cabildos catedralicios, priores de las órdenes religiosas y conventos, vicarios y párrocos de las ciudades importantes. El sector eclesiástico, que tiene fuero y tribunales propios y exenciones de impuestos, es muy poderoso dentro del grupo dominante por sus riquezas, por ser depositarios de la cultura y por tener en algunas áreas el control del trabajo de los indios. Los sectores medios de la sociedad, o pueblo llano, presentan una diversidad aún mayor dado que, en general, son los estratos inferiores de los mismos grupos dominantes, de manera que era posible la movilidad vertical, el ascenso social, si se lograba el éxito económico. Aquí estarían medianos y pequeños propietarios (de tierras, minas u obrajes), comerciantes minoristas, profesionales como abogados, médicos, escribanos (notarios), miembros de la burocracia local, militares, bajo clero tanto secular como regular. En una posición algo inferior se sitúan los artesanos de los gremios principales, algunos de los cuales son excluyentes y sólo admiten a blancos (eso hacía, por ejemplo, el gremio de plateros, uno de los más prestigiosos por ser un sector altamente especializado y con capital). El maestro artesano era a la vez propietario y encargado de un taller que empleaba tantos jornaleros y aprendices como permitiera el volumen de su negocio. Los grupos inferiores incluían a la gran masa de campesinos indígenas -la república de los indios- y la llamada plebe o gente baja, integrada genuinamente por las castas, es decir, los mestizos e indios hispanizados y los mulatos, zambos y negros libres (denominados pardos y morenos), que ocupan los estratos más bajos de la república de los españoles. Generalmente son artesanos de los gremios más pobres, trabajadores permanentes o temporeros en tareas agrícolas o en los astilleros u otras actividades, albañiles, carpinteros, taberneros, arrieros, soldados, etc., incluyéndose también aquí (o mejor, autoexcluyéndose) los grupos marginados: vagabundos, hampa urbana, bandidos rurales. Lo más notable es el proceso de blanqueamiento, tanto biológico como social, que se da entre la gente de color sobre todo a partir de 1795 cuando podrán comprar la condición legal de blancos mediante las llamadas cédulas de gracias al sacar que permitían el matrimonio con blancos, el acceso a la educación, a cargos públicos, al sacerdocio. Los esclavos ocupaban el último lugar en una sociedad que nunca se cuestionó la legitimidad de la esclavitud negra; los jesuitas, que fueron los mayores propietarios de esclavos, asumían también su evangelización (a veces de manera heroica, como el catalán Pedro Claver, cuya dedicación a los negros bozales recién llegados a Cartagena de Indias entre 1615 y 1654, le valió el título de apóstol de los negros). Los esclavos tuvieron un papel destacado en sectores económicos muy concretos, siendo la mano de obra fundamental en la minería de oro de Nueva Granada, en la producción de cacao en Venezuela y -en menor medida- Guayaquil y en las plantaciones azucareras de México, Perú y, sobre todo, las Antillas. Hubo también numerosos esclavos urbanos, sirvientes domésticos que representaban un signo de prestigio para las familias, y con frecuencia también una fuente de ingresos al ser alquilados por sus amos como jornaleros en astilleros, obrajes, talleres artesanales, panaderías, o las mujeres como prostitutas. En general, aunque hubo también disposiciones legales sobre el trato a los esclavos y en 1789 se promulgó un Código Negro -que casi no tuvo aplicación-, la suerte del esclavo fue determinada por la personalidad del amo, o del capataz en las plantaciones. A veces se producían rebeliones (la principal, en 1795 en Coro, Venezuela), así como huídas, reagrupándose los esclavos fugitivos o cimarrones en asentamientos llamados palenques. En contrapartida, hubo también numerosos casos de manumisión y de compra de la propia libertad (negros horros). Sin embargo, y a pesar de la existencia de la esclavitud, la sociedad indiana no era estrictamente esclavista; sólo a partir de finales del siglo XVIII, y en Cuba sobre todo, se produce el paso de una sociedad con esclavos a una sociedad esclavista, que caracterizará a la isla hasta la abolición de la esclavitud en 1886.
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Por Alfredo Jimeno Martínez y Ana M? Martín Bravo Universidad Complutense. INTRODUCCIÓN Esta comunicación se inscribe en el marco del Plan Director de Numancia, elaborado a instancias de la Dirección General de Patrimonio y Promoción Cultural de la Junta de Castilla y León, que ofrece el marco adecuado para el desarrollo del conjunto de las actuaciones (restauración, investigación, didáctica, gestión) que se están llevando a cabo en este histórico yacimiento. En el plan de investigación se contempla la revisión de los trabajos anteriores y la actualización de sus aportaciones, que unidas a las nuevas investigaciones, nos proporcionen un conocimiento integrado de la historia de Numancia. Así, este congreso nos proporciona la oportunidad de realizar una aproximación a los datos numismáticos para integrarlos en el conjunto de la información que poseemos sobre Numancia. TRATAMIENTO DE LA INFORMACIÓN NUMISMÁTICA La revisión de las Memorias de Excavación de Numancia denuncia la escasa atención que reciben las monedas; esto es más sorprendente, si cabe, cuando desde el trabajo arqueológico se valora la importancia del hallazgo de una pieza monetal como referencia cronológica. Pero se observa también que las monedas no son tratadas peor que el resto de la cultura material (cerámicas, metales, restos óseos, etc.). Las Memorias de Numancia ofrecen todas un mismo esquema: explicación e interpretación de los restos arquitectónicos descubiertos, haciendo escasas referencias a objetos hallados en ellas; relación de los objetos encontrados sin especificar su lugar de hallazgo, ordenados por secciones (prehistóricos, población celtibérica, población romana y numismática). En la única Memoria en la que incluye una relación de las monedas es en la de 1912, reseñando 24 autónomas y 22 imperiales (W. AA., 1912:48-51). Lo más frecuente son referencias generales como ésta: "poco frecuentes y de escasa importancia son los hallazgos de monedas entre las ruinas romanas de Numancia. Algunas son autónomas, de bronce, de distintas procedencias, y las más imperiales, algunas de plata, de Tiberio, de bronce de Augusto, de Tiberio, de Germánico, de Nerón, de Trajano, de Hadriano y otros. La colección reunida habrá de ser catalogada especialmente" (Mélida 1918:21 y 22), en alguna ocasión se especifica el número "21 monedas autónomas de bronce, 6 monedas romanas de bronce, 1moneda romana de plata, 1 moneda medieval y 1 moneda de vellón" (Mélida y otros 1924:35), pero lo más usual es una referencia generalizada con el resto del material metálico 'También se han hallado objetos de bronce, en especial fíbulas ibéricas, armas e instrumentos de hierro, hueso y asta, algunas monedas" (Mélida 1916:7) o "A parte de las monedas todas de bronce y no muchas, unas del grupo autónomo de la Tarraconense, otras imperiales, los hallazgos se reducen a fíbulas sencillas de bronce" (Mélida y Taracena 1923:6). LAS REFERENCIAS DE LAS FUENTES Del tratamiento expuesto tanto para las monedas como para el resto del material arqueológico, así como por la ordenación referida de las memorias, se deduce que todo se condicionaba a la interpretación de las Fuentes históricas (Schulten, 19S7) de la que se extraía con claridad la referencia a dos ciudades: la heroica del 133 a.C., ampliamente referida en las Fuentes, a través de Apiano (recoge la información de Polibio), y la romana imperial, citada como mansión al pie de la vía romana número 27 del Itinerario de Antonino, en el trazado de Asturica a Caesaraugusta (atribuido a Augusto), que renacería bajo su impulso, estableciéndose la nueva ciudad sobre el trazado aún visible de la antigua y "el sudario de cenizas y carbones que la cubrían". Los trabajos arqueológicos solamente sirvieron para detectar restos más antiguos, extraños a estas dos ciudades, que se interpretaron genéricamente como prehistóricos o más modernos, pertenecientes a los restos del poblamiento medieval. Menos evidencias existen en las Fuentes a la participación de Numancia en relación a las guerras sertorianas; se refieren a la participación de las ciudades celtíberas a favor de Sertorio, que a su muerte (72 a.C.) fueron sometidas, citándose Osca, Termes, Uxama, Clunia, Belgeda, Palantia y Cauca, pero no se cita Numancia. No obstante, Schulten interpreta que también Numancia participó en estos enfrentamientos y consecuencia de ellos son los campamentos FV (de verano) y V (de invierno) de la Gran Atalaya de Renieblas, que los relaciona con la campaña de Pompeyo (verano del 75 a.C.) y de su legado Titurio (invierno del 75-74 a.C.); más adelante veremos las dificultades para esta atribución. EL PROBLEMA ESTRATIGRÁFICO DE NUMANCIA La comprensión de este problema permitirá entender mejor el objetivo de esta comunicación; por ello exponemos primero la sucesión de asentamientos hasta la fundación de la Numancia celtibérica, para la que se pueden obtener referencias en las Fuentes, y posteriormente analizamos los problemas de interpretación estratigráfica y la atribución de las diferentes ciudades descubiertas en el cerro de la Muela. Asentamientos prehistóricos y fundación de Numancia El cerro de la Muela fue ocupado varias veces con anterioridad a la fundación de la ciudad celtibérica, ya que se conocen restos correspondientes al Calcolítico e inicios de la Edad del Bronce (entre el ni y II milenio a.C.): más de un centenar de útiles líticos tallados y pulimentados (láminas, puntas de flecha, elementos de hoz, hachas, azuelas y algunos cinceles) y una docena de objetos de bronce (destacan las puntas Palmela de jabalina y puñales de lengüeta). Hasta un milenio después, hacia inicios del s. VII a.C., no se tiene noticia de nuevas ocupaciones, relacionadas con algunas cerámicas realizadas a mano, de formas bitroncocónicas con decoración incisa, excisa y acanalada y otras de superficies grafitadas (Fernández, 1984). La siguiente ocupación suficientemente documentada corresponde ya a momentos celtibéricos. En relación con el momento de la fundación de Numancia existen diferentes planteamientos; así Schulten y otros autores la situaron hacia el 300 a.C. con la ocupación del territorio por los iberos y la necesaria reorganización del poblado (Schulten, 1945:19; Salinas. 1988:84); esta fecha será rebajada algo por Taracena ante la ausencia de determinadas armas (1941:70); Wattenberg, por el contrario, era partidario de relacionar su fundación con los acontecimientos del 153 en relación con Segeda y el traslado de los segedenses a Numancia en busca de refugio (1960:156). No contamos con noticias y documentación arqueológica precisa que nos permita señalar con exactitud el momento del surgimiento de las ciudades celtibéricas; sabemos de su existencia en los inicios de la conquista, pero desconocemos la antigüedad de su origen. No obstante, la valoración de diferentes noticias sobre algunas ciudades nos lleva a admitir para el desarrollo del urbanismo un momento tardío y sólo ligeramente anterior al inicio de la conquista romana e incluso algunos aspectos de dinamización de este fenómeno, como la escritura y la moneda, tienen lugar ya bajo control romano. Las Fuentes, en relación con la conquista de la Celtiberia, aportan algunos datos indicadores de la fundación de ciudades en ese momento. La noticia más antigua sobre la zona del alto Duero se refiere a la incursión de Catón en el 195 a.C. que llegó al sur de la región hasta Segontia y, de creer a Aulo Gelio, hasta la propia Numancia, lo que supondría admitir ya la existencia de Numancia; esta cita siempre ha suscitado serias dudas. Diodoro y Apiano se refieren con motivo de las acciones de Fulvio Flaco en el 181, a la recién fundada y fortificada ciudad de Complega, que había crecido rápidamente, por haberse refugiado gentes que carecían de tierras. Con la firma del tratado de Graco, considerado modélico y de gran duración, después de la batalla de Mons Chaunas en el 179, se limitaba a los indígenas la construcción de ciudades. Se atribuye ahora a Graco la fundación de Gracurris. Finalmente será el conocido episodio, en el 153, de la reestructuración de la ciudad hela de Segeda, que es-taba congregando en la ciudad de grado o por la fuerza a los pobladores de los alrededores y entre ellos a los ti-tos, y la ampliación del muro defensivo de 8 km. de perímetro, el que provoque el enfrentamiento con Roma, por interpretar ésta que se alteraba así el tratado de Graco; por el contrarío, los segedenses entendían que el tratado sólo afectaba a la fundación de nuevas ciudades pero no a la reestructuración de las existentes. Los segedenses buscan refugio en Numancia, lo que nos lleva a entender que esta ciudad había sido fundada hacía poco y todavía estaba en pleno momento de incorporación de gentes y, por supuesto, dotada de buenas defensas; fue arrastrada así a la guerra de forma injustísima, en opinión de Floro, a pesar de haberse abstenido hasta entonces de participar en los combates, exigiéndoseles que entregasen las armas, que para los bárbaros era como si se les ordenase que se cortaran las manos. Sin tener que hacer coincidir necesariamente la fundación de Numancia con este episodio como opina Wattenberg, sí que hay que reconocer que la fundación de esta ciudad y del resto de las ciudades de esta zona -como Uxama y Termes-, considerando los datos comentados, habría que situarla en la primera mitad del siglo II, y quizás en el primer tercio de este siglo, sobre todo si valoramos la vigencia del tratado de Graco, que prohibía construir nuevas ciudades, y la presencia de núcleos como Uxama y Termes ya desarrollados y participando en las guerras celtibéricas a partir del 153 a.C. Posiblemente el desarrollo de las primeras ciudades en la zona del valle del Ebro fuera ligeramente anterior a la del alto Duero. Superposición de ciudades y estilos cerámicos La investigación sobre Numancia estuvo condicionada por la visión trasmitida por las Fuentes de su gesta; desde el principio la investigación asumió que los restos estratigráficos, dejando a parte los dispersos de época prehistórica, correspondían únicamente a dos ciudades, una más antigua celtibérica, que no podía ser otra que la heroica Numancia, del 133 a.C., sepultada por un "sudario" de incendio y destrucción, que la separaba de otra romana posterior, atribuida a Augusto, superpuesta y acomodada, en gran medida, al trazado de la anterior. Los trabajos de la Comisión de Excavaciones del siglo XIX, dirigidos por Saavedra, ya hablaban de tres momentos de ocupación en el cerro de la Muela -celtibérico, romano, medieval-. La comisión, a principios de siglo, observa la sucesión de tres poblaciones: la primera prehistórica (sólo reconocida en algunos lugares); la segunda que documentaba la civilización arévaca (con restos celtibéricos y una potencia entre los 0,60 y 1,50 m., cubierta con la capa de tierra y adobes de color rojo del incendio de la ciudad); la tercera población "celtibero-romana" (con un espesor de unos 50 cms.) (VV.AA.,1912:10). Schulten diferenciará dos momentos prehistóricos y tres niveles más que denominó "ibérico", "ibe-rorromano" y "romano", sin aclarar si con esta denominación pretendía admitir una continuidad de la ciudad con posterioridad al 133 (Schulten, 1914:12-17). Sería, no obstante, González Simancas, que realiza trabajos paralelos a los de la Comisión tratando de documentar el sistema defensivo de la ciudad, quien llama la atención sobre la existencia de más de un nivel de incendio. Distingue dos momentos prehistóricos y en relación con la ciudad diferencia una muralla preescipiónica, dos ciudades incendiadas celtibéricas, una ciudad romana imperial y otra del Bajo Imperio; también alude a restos altomedievales (González, 1926:39), pero estas observaciones no serán tenidas en cuenta. Por otro lado, el esquema de evolución tipológica de la cerámica elaborado por Taracena sobre la cerá-micas de Numancia, sin el apoyo de comprobaciones estratigráficas, fue el punto de referencia para establecer la ordenación cronológica. Distinguía en las cerámicas pintadas tres estilos: uno más antiguo, vinculado a los vasos blanco-amarillentos con pinturas polícromas naturalistas, que situaba a finales del siglo IV o principios del m a.C; un segundo, geométrico, de engobes rojos y pinturas bícromas de temas fantásticos, con tendencia al "horror vacui", fechados a mediados del siglo III a.C., y un tercer estilo esquemático, de vasos rojos con motivos geométricos en negro, desde finales del siglo III al 133 a.C. (Taracena, 1924), momento último de Numancia, que para Termes y Uxama tendría lugar en el 98 y 74 a.C. respectivamente. Será a partir de los años 60, con el adelanto ofrecido por Wattenberg (1960) en su ponencia al Primer Sym-posium de Prehistoria de la Península Ibérica, cuando se realiza un análisis concienzudo de los problemas planteados en el estudio de la cultura celtibérica. En este trabajo apunta ya las bases para llevar a cabo la revisión de la estratigrafía y ordenación tipológica de la cerámica, que desarrollaría en su trabajo sobre las Cerámicas Indígenas de Numancia (1963) y que le llevará a realizar cortes estratigráficos en la ciudad (1963). Los trabajos de Wattenberg revisan las estratigrafías proporcionadas por Koenen (arqueólogo del equipo de Schulten) y asume lo apuntado por González Simancas, relacionando los tres niveles de incendio que ofrecen estas estratigrafías con otros tantos momentos históricos o conflictos bélicos en los que Numancia se vio involucrada, que atribuye al 133 - el más potente-, uno segundo que sitúa entre el 133 y el 75 a.C. y el tercero entre este año y el 29 a.C., con el inicio por Augusto de las campañas contra vacceos, cántabros y astures (1963:20-22). Para Wattenberg, las dos plantas de ciudades - consideradas celtibérica y romana-, recogidas en el plano clásico de Taracena, serían posteriores al 133 a. C. y su urbanismo se explicaría por ser obra romana; trazado que se conservó y aprovechó posteriormente en época imperial. Este marco estratigráfico aporta las bases para ordenar las cerámicas numantinas con un esquema opuesto al propuesto anteriormente: a/ entre el 320-220 a.C., cerámica a mano con decoración incisa, a peine o con incrustaciones metálicas; b/ entre 220-179 a.C., iniciación generalizada del torno con adaptación de la decoración anterior a la nueva técnica, desarrollándose las cerámicas estampilladas grises; todavía no aparece la decoración pintada; c/ entre 179-133 a.C, utilización industrializada del torno; pervivirán las formas tradicionales; es el momento de las típicas cerámicas celtibéricas; d/ entre 133-75 a.C., cerámicas que imitan las formas campanienses A y B, y temas pintados con motivos simples; e/ entre 75-29 a.C., formas de tipología mixta indígenas y romanas, con exaltación de temas indíge-nas. Al final de la evolución de este proceso aparece la policromía en los vasos (Wattenberg, 1963:33-36). Los trabajos estratigráficos tienen dificultad para dar con el nivel del 133 a.C. Si aceptamos la estratigrafía de Wattenberg, la Numancia indígena nos es mucho mejor conocida a partir del 133. Por otro lado, las fechas más recientes, que resultan de esta interpretación estratigráfica para las cerámicas numantinas, son afirmadas por trabajos posteriores, que han establecido relaciones entre la iconografía numantina y las acuñaciones monetarias indígenas, manteniendo la idea de que la figura humana se in-corpora al repertorio iconográfico numantino, al igual que algunos otros elementos, bajo la influencia romana e, incluso, prolongándose las polícromas a los inicios del Imperio (Romero, 1976:177-189). Este esquema tiene también algunos puntos débiles. En primer lugar, todas las conclusiones estratigráficas se deducen de cortes practicados en una superficie reducida de la ciudad; ofrece una visión de la ocupación de Numancia continuista, sin interrupciones, desde la base indígena más antigua hasta la época imperial romana; finalmente resulta evidente en esta interpretación el dirigismo que ejercen los acontecimientos bélicos, acaecidos en la Celtiberia, narrados en la Fuentes, y es problemático que éstos queden reflejados tan minuciosamente en una parte reducida de la ciudad. En el futuro habrá que cono-cer los datos estratigráficos del cerro en su totalidad, que posibiliten confeccionar una estratigrafía general y permitan valorar más atinadamente estos trabajos. EL PESO DE LAS FUENTES EN LA INTERPRETACIÓN DE LOS CAMPAMENTOS Entre los campamentos del entorno de Numancia se diferencia el más alejado, situado a siete kilómetros al este de Numancia, en el cerro de la Gran Atalaya (topónimo procedente de la traducción del libro de Schulten, originariamente Talayón), en donde excavó Schulten desde 1908 a 1912 restos de cinco cam-pamentos romanos, contiguos y en parte superpuestos (Schulten, 1914-1931, tIII y 1945), no relacionados con el dispositivo montado por Escipión para la caída de Numancia en el 133 a.C. A su vez, las excavaciones de Schulten (1914-1931 y 1945) estudiando el cerco escipiónico de la ciudad celtíbera, descubrió tramos del vallum de la cicunvalatio, los siete campamentos (Castillejo, Travesadas, Valdevorrón, Peña Redonda, La Rasa, La Dehesilla, Alto del Real) y los dos castillos ribereños para controlar los ríos (La Vega y El Molino) La revisión de la bibliografía existente sobre los campamentos romanos muestra claramente cómo los acontecimientos de las Fuentes dominan a la hora de establecer su atribución, arrastrando los datos numismáticos y arqueológicos en general, independientemente de que éstos puedan o no coincidir con los acontecimientos narrados. En este sentido hemos escogido como referencia las argumentaciones utilizadas para la atribución de los campamentos localizados en la Gran Atalaya de Renieblas y el Castillejo, en donde Schulten sitúa el campamento base, residencia de Escipión, del cerco que puso fin a Numancia en el 133 a.C. Talayón o Gran Atalaya de Renieblas Schulten diferencia en este amplio y elevado cerro hasta cinco campamentos. Los número I y II, más antiguos, los relaciona con las campañas de Catón de 195 a.C.; pero existen serías dudas sobre la cita de Aulo Gelio para llevar estas acciones hasta Numancia; el campamento número 111 lo atribuye a Nobilior (153 a.C.), pero el hallazgo en este campamento del conocido tesorillo con 120 victoriatos, no encajaba bien, en opinión de Schulten, con las Fuentes por lo que se vio obligado a explicarlo de la siguiente manera "En el ejército de Nobilior, que salió tranquilamente, nadie tuvo motivo para ocultar aquel tesoro; en cambio se dio en el de Mancino, que por causa de la capitulación fue saqueado a conciencia. Hay pues que suponer que las 120 monedas de plata fueron enterradas entonces" (Schulten 1945:74). Los campamentos IV (de verano) y V (de invierno), atribuidos a Pompeyo (75 a.C.) y a su legado Titurio respectivamente, los relaciona con las guerras sertorianas. La relación de estos campamentos con los enfrentamientos entre Sartorio y Pompeyo se hace a espaldas de los datos numismáticos, como ya puso en evidencia Hildebrant (1979:270-271), ya que la cronología que aporta la numismática es muy anterior al 75-74 a.C. Los Campamentos del cerco de Escipión El Castillejo: Schulten (1914-1931 y 1945:177-186) descubrió en este lugar ruinas que atribuyó a tres campamentos superpuestos. El más reciente dedujo que sería el de Escipión porque estaba mejor conservado "Este se conservó mejor que el de sus antecesores por la sencilla razón de que las nuevas construcciones siempre vienen a deteriorar las anteriores y porque seguramente los numantinos no habían dejado de destruir aquellos campamentos anteriores, lo que no pudieron hacer con el de Escipión, que les sobrevivió". Los dos anteriores los atribuye a Marcelo (152-151 a.C.), que instaló su campamento a 5 estadios de Numancia, y a Pompeyo (141-140 a.C.), que estableció un campamento de invierno delante de Numancia. Pero en relación con este lugar hay que valorar que excavaciones y prospecciones recientes han documentado restos de época calcolítica, de la Edad del Hierro y de una posible villa o asentamiento rural de época imperial romana, no documentados por Schulten. BASES NUMISMÁTICAS Y ARQUEOLÓGICAS QUE APOYAN LAS FUENTES Realizamos ahora un recorrido por aquellos campamentos que ofrecen hallazgos numismáticos para rela-cionarlos con otros restos arqueológicos asociados y contrastar esta información con las referencias de las Fuentes manejadas. Los hallazgos numismáticos de las excavaciones de Schulten han sido catalogados y recogidos en diferentes artículos (Haeberlin, 1929; Hill 1931; Crawford, 1969 y 1985; Ramagosa, 1972; Hildebrant, 1979 y 1981; Domínguez, 1979; Vidal, 1994), por lo que no incluimos su listado en este trabajo. Talayón o Gran Atalaya de Renieblas Campamentos I-II y III: Schulten (1914-1931, t.IV:237-270 y 1945:66-76), que atribuye a Catón (195 a.C.) y a Nobilior (153 a.C.) respectivamente (con el breve episodio de ocupación de Mancino), refiere la aparición de 70 monedas (ases romanos y fracciones, ibéricas del valle del Ebro y costa oriental), junto a ánforas griegas. Se conocen 38 monedas republicanas, 12 ibéricas y 3 griegas (solamente identificada una de Hieren de Siracusa, 275-216 a.C.). Crawford (1969:74) sitúa cronológicamente las monedas romanas entre el 206 y el 150 a.C.; más dudas existen para las monedas ibéricas que serían acuñadas casi con seguridad antes del año 137 a.C. y muy probablemente antes del 153 a.C. (referenciadas por la cronología de las romanas). El tesorillo de vic-toriatos, compuesto de 120 según Schulten y según otros por 115 piezas (82 piezas en el museo de Ma-guncia), lo fecha Crawford (1969) en la segunda mitad del s. II (153-137 a.C.). Los datos numismáticos junto a la presencia de ánforas del tipo griego (San-martí, 1985:150) apoyan suficientemente la relación del Campamento ID con las guerras numantinas. Menos evidente resulta la atribución de los campamentos I y u a Catón (195 a.C.). Como ya hemos apuntado anteriormente, no resulta fácil asumir el ataque de Catón a Numancia, por el contexto de las Fuentes y la actuación de éste en una zona alejada como Segontia (Sigüenza); a su vez, como ya se ha argumentado, las Fuentes hablan de la fundación de ciudades en el valle del Ebro hacia inicios del s. u; finalmente en el margen que Crawford atribuye a las monedas romanas de estos campamentos, desde el 206 a 150 a.C., podrían corresponder todas al Campamento III. En este sentido hay que asumir la posi-bilidad de perduración y continuidad de la circulación de las monedas largo tiempo, lo que explicaría la presencia en este contexto de la moneda de Hieron II (275-216 a.C.) y otras dos griegas no identificadas. Campamentos IV y V: Estos campamentos fueron atribuidos por Schulten a las guerras sertorianas e incluso al mismo general (75-74 a.C), pero no coinciden con los datos aportados por las monedas y otros materiales arqueológicos como las ánforas. Se conocen 6 monedas ibéricas y 9 monedas romanas que Hildebrant fecha, las más modernas, entre el 135 y el 130 a.C. (Hildebrant 1979:268; Sanmartí 1985:159, nota 20) y además se asocian con tipos anfóricos del tipo "campamentos numantinos", fechados con anterioridad al 133 a.C. (Sanmartí, 1985:150) que llevan a relacionar este campamento, a pesar de la distancia de siete kilómetros que lo separan de Numancia, con la actividad de Escipión y la toma de la ciudad en el 133 a.C. (Sanmartí, 1985:159, nota 20) Campamentos del cerco de Escipión Peña Redonda: Es el campamento mejor conservado de los siete del cerco de Escipión; presenta un único nivel sobre la roca natural, apreciándose a través de las bases de piedra de los muros su esquema constructivo (Schulten, 1914-1931 y 1945:186-199). Se recogieron 4 monedas republicanas y 15 ibéricas (2 de Arsaos, 2 de Sekia, 1 de Bascunes, 1 de Seteiscen (Haberlin. 1929)). Pero además de los datos numismáticos destaca la precisión de otros datos arqueológicos apoyados en el estudio de las ánforas. Este campamento se asocia con ánforas itálicas Dressel 1A, que se fechan con toda seguridad a partir del 140/135 a.C. (Sanmartí, 1986:153), puede haber también algunos tipos de transición entre los tipos greco-itálicos y la Dressel 1A, que se fechan entre el 146 y el 133 y formas anfóricas cilíndricas denominadas tipo "campamentos numantinos", que hay que situar con anterioridad al 133 a.C. (Sanmartí, 1986: 150 y 157) El Castillejo: Schulten (1914-1931 y 1945:177-186) diferenció tres campamentos superpuestos: el más moderno y mejor conservado atribuido a Escipión, el más antiguo a Marcelo (152-151 a.C.) y el intermedio a Pompeyo (141-140 a.C). La información numismática se concreta en 3 monedas republicanas (1 indeterminada), 4 ibéricas (2 ases de Iltirta) y 3 monedas imperiales (Haberlin, 1929; Hildebrant, 1979 y 1981); es decir la numismática evidencia la presencia de un campamento relacionado con el cerco escipiónico, pero también la existencia de un establecimiento más moderno, coincidiendo con los restos conocidos de época imperial romana. Valdevorrón: En este campamento (Schulten, 1914-1931 y 1945: 199), se descubrió una batería de cuatro piezas, que debía corresponder a una ballista de 10 libras, por lo que se deduce de las dimensiones de la construcción y de dos bolas de ballista aparecidas. Según Schulten se recogieron una moneda romana, una ibérica, cerá-mica campaniense, punta de lanza, piedras de molino, lámparas de barro, piedras para afilar. Aunque los hallazgos numismáticos son escasos, no obstante su asociación con cerámica campaniense y fragmentos de ánfora cilíndrica del tipo "campamentos numantinos", que se fechan con anterioridad al 133 a.C. (Sanmartí, 1985:150), permiten asegurar su momento cronológico relacionado con el cerco de Escipión. Travesadas: Schulten (1914-1931, 1945:200) localizó la puerta pretoria con dos torres sobresalientes por la parte de dentro. Solamente se halló una moneda romana (un as indeterminado) pero la presencia en este campa-mento de un fragmento de ánfora cilíndrica del tipo "campamentos numantinos" (Sanmartí, 1985:150) avala su correspondencia con el 133 a.C. El Castillo Ribereño del Molino de Garrejo: Uno de los pequeños establecimientos dispuestos para el control fluvial, en la confluencia del río Merdancho y el Duero (Schulten, 1914-1931, 1945: 203-204). Se conocen un victoriato (211-170 a.C.) y un as de Secaisa, pero también fragmentos de ánforas cilíndricas del tipo "campamentos numantinos" (Sanmartí, 1985: 150), que aseguran su existencia en relación con el cerco escipiónico. NUMANCIA Las monedas aparecidas en la ciudad fueron publicadas parcialmente en sucesivos trabajos (Saavedra, 1861, Mélida, 1916, 1918, Mélida y Taracena, 1920, 1921 y 1923, Mélida y otros, 1924, Taracena, 1925, Apraiz, 1948, Mateu, 1952); sólo más recientemente se han catalogado algo más de 300 monedas ibéricas, autónomas y romanas republicanas (Domínguez, 1979, Romero y Martín, 1992, Vidal, 1993). Los ejemplares más antiguos se fechan desde el 195 al 133 a.C., lo que coincide con la información extraída de las Fuentes y de los datos arqueológicos que indican un momento fundacional para la ciudad en torno a la primera mitad del siglo II a.C. El numario más abundante es el republicano romano (22 ejemplares) y después el ibérico (destaca Secaisa con 5 ejemplares), que muestra relaciones con el valle del Ebro y Nores-te. El mayor número de monedas se centra entre el 133 y el 75 a.C., consecuencia del auge de las acu-ñaciones ibéricas, que conlleva un mayor número de monedas y diversidad de cecas; pero también estos datos reflejan el pulso y auge de la ciudad y por tanto la presencia de una ocupación importante en este momento del siglo I a.C., lo que indica una cierta continuidad de la ocupación de Numancia con poste-rioridad a su destrucción, negando el supuesto de que Numancia no se volvió a ocupar hasta época augustea. Esta ocupación se prolonga a lo largo del siglo 1 a.C., acusándose un aumento de monedas a partir del 27 a.C., procedentes de cecas de su entorno más próximo del valle del Ebro (Turiaso, Calagurris y Bilbilis). Para apoyar estos datos numismáticos hemos consultado el Libro de Registro del Museo Numantino (las nenas del Inventarío General del antiguo Museo Numantino no están disponibles) buscando información, inexistente en las memorias, sobre la situación topográfica de las monedas y su posición estratigráfica. Los escasos datos disponibles se concretan en la Manzana XIV y en la Manzana I; en la Manzana XIV los datos son poco claros y proceden de la excavación realizada previamente a la construcción del monumento pagado por D. Ramón Benito Aceña e inaugurado por el Rey Alfonso XIII. Se recogieron 13 monedas: ases, denarios republicanos, ases y denarios ibéricos, medianos bronces autónomos e imperiales, que se pueden fechar desde la primera mitad del s. II a.C. a Adriano. Más claros son los datos aportados por la Manzana I, así en la habitación 55, a 3,50 m de profundidad, se cita una moneda de llerda, asociada a una fíbula de pie vuelto; en la habitación número 57, a 3,10 m de profundidad, se halló una moneda de Celsa (por núm. un as de Arekoratas, del primer tercio del s. I. a.C.), copa de barro rojo de pie corto (Wat. 725) y disco de plomo; en la habitación 73, a 3 m. de profundidad, se recogió una fíbula de pie vuelto tangente al arco, otra terminada en cabeza de animal, brazalete de bronce con espirales de extensión, as de la república (10418), as republicano (10419), anilla de bronce, fíbula de pie vuelto, husillo de barro moreno con incisiones; y a 3,75 m, 8 denarios de Bolsean (del 80 a 72 a.C.) y uno de Turiaso de fines del siglo II o inicios del I a.C. Estas asociaciones y referencias estratigráficas apoyan la existencia de la ocupación de Numancia a lo largo del siglo I a.C. y sitúan en este momento la ciudad celtibérica inferior hallada por debajo de la ciudad romana, sin que podamos determinar con claridad los restos de la Numancia destruida en el 133 a.C., como ya apuntó Wattenberg (1963). CONCLUSIONES Y VALORACIÓN GENERAL Este trabajo pone de manifiesto la desconexión existente entre las diferentes fuentes de información en Numancia; esta forma de trabajar ignorándose arqueólogos, numísmatas e historiadores es por desgracia la usual. Por eso es necesario recordar que solamente la coordinación entre ellas puede mejorar la base de información en la que se apoya la interpretación histórica. Los datos numismáticos y las Fuentes apoyan la existencia de la Numancia del 133 a.C., que ofrece pocas referencias desde el punto de vista arqueológico. La presencia de un conjunto de unas 32 monedas acuñadas entre el 195 y el 133 a.C. indican probablemente la fundación de la Numancia celtibérica a principios del siglo II a.C., coincidiendo con la fundación de otras ciudades citadas en las Fuentes. Las monedas y las ánforas asociadas de los campamentos IV y V de Renieblas obligan a atribuirlos a época escipiónica y no a las guerras sertorianas, como propuso Schulten, por lo que habrá que valorar adecuadamente la presencia de este campamento en el dispositivo escipiónico o en su preparación. Existen bases suficientes para relacionar los campamentos en torno a Numancia con el cerco de Escipión, solamente uno de ellos el del Alto del Real, no tratado en este trabajo por carecer de numismática, no ofrece información suficiente, ya que "Los muros decubiertos están mal construidos y muy destrozados por el cultivo. No se han conservado cuarteles a la manera romana y se podrían relacionar mejor las irregulares estructuras con tropas ibéricas auxiliares" (Schulten, 1945:200). A esto hay que añadir el descubrimiento de un lugar próximo (agradecemos la noticia a F. Morales), en la denominada Peña del Judío sobre el Duero, de material ánforico adecuado para situar aquí un campamento. La numismática y los restos arqueológicos prueban la ocupación de Numancia a lo largo del siglo I a.C.; queda por precisar cuánto tiempo transcurrió desde la destrucción del 133 a.C. y la implantación del nuevo asentamiento. A su vez, estos datos evidencian que este asentamiento del siglo I a.C. corresponde a la ciudad inferior, descubierta en Numancia, por lo que resulta difícil la localización de la Numancia del 133, como ya apuntó Wattenberg (1963:33-36). Estas conclusiones son solamente un punto de referencia para la revisión que es necesario acometer sobre la numismática de Numancia, cuyos datos integrados en el conjunto de la información disponible servirán para aportar un mejor conocimiento de Numancia. BIBLIOGRAFÍA APRAIZ, R. (1948): Museo Numantino (Soria). Memorias de los Museos Arqueológicos Provinciales, 1947, t. VIH, Madrid. DOMÍNGUEZ, A. (1979): Cecas Ibéricas del Valle del Ebro. Zaragoza. FERNÁNDEZ MORENO, J.J. (1984): El poblamiento prehistórico de Numancia y su entorno. Memoria de Licenciatura. Universidad Complutense de Madrid. GÓMEZ MORENO, M. (1949): Notas sobre numismática hispana. Misceláneas de Historia, Arte y Arqueología, Madrid, pp. 175-186. GONZÁLEZ SIMANCAS, M. (1926): Las fortificaciones de Numancia. Excavaciones practicadas para su estudio. MJSEA, 74. Madrid. HAEBHRI.IN. E.J. (1929): Die Münzen aus der Stadt Numantia den Lagern des Scipio und den Lagem bei Renieblas. En Schulten, A.: Nvmantia, vol. 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