La primera escala les llevó al puerto norteafricano de Farina, donde el cuartel general se aposentó en las frescuras del jardín del Rey, en tanto una pequeña formación naval doblaba el cabo de Cartago para explorar el campo de operaciones. Al divisar las torres y murallas de La Goleta observaron sus defensas naturales, sus cañoneras y galeras ancladas en el puerto, así como el reforzamiento de la plaza hasta completar ocho mil defensores islamitas, a razón de seis mil turcos y dos mil moros. A continuación, las naos cristianas desembarcaron un contingente de unos 25.000 hombres de infantería (cuatro mil españoles viejos -así llamados por ser veteranos de las guerras de Italia- y nueve mil recién reclutados en los reinos de España, siete mil seiscientos alemanes y cinco mil italianos). En la decisión de asaltar primero La Goleta pesó el hecho de "no haber medio de llevar la artillería a Túnez ni la vitualla, como por no dejar a las espaldas un número de enemigos tan grande y de tan buena gente como eran", según recoge Codoin en su Conquista de Túnez y la Goleta por el Emperador Carlos V en 1535. La fuerza sitiadora comenzó a cavar trincheras y levantar bastiones donde emplazar cañones y culebrinas y, aunque algunas incursiones enemigas procuraban estorbar los trabajos, la caballería mandada por el marqués de Mondéjar les dispersaba al grito cruzado de ¡Santiago!. Entre tanto, el monarca tunecino destronado se presentó en el campamento de Carlos V con una pequeña guardia personal de caballeros árabes, echándose a sus pies y suplicándole "que le remediase", quedando aposentado conforme a su dignidad real. Tras veinte días de asedio, el Emperador ordenó el asalto general, precedido por varias horas de bombardeo artillero por mar y tierra del bastión mandado por el lugarteniente Sinán de Esmirna el Judío, quien reaccionó con disparos de bombardería y una lluvia de tiros de arcabuz y de flechas que no pudo impedir la derrota de la guarnición y la retirada en completo desorden por sendas direcciones a Rada y a Túnez. El parte de guerra cifraba en dos mil las bajas mahometanas y el apresamiento de ochenta y seis velas de remo, cuatrocientas piezas de artillería y cuantiosa munición, por tan sólo treinta muertos en el bando imperial. Los estrategas cristianos y el propio Emperador decidieron proseguir la campaña, pues, como relata el cronista Alonso de Santa Cruz, "tomada La Goleta determinó Su Majestad de ir a tomar la ciudad de Túnez, pareciéndole que si esto no hacía era poco lo que había hecho y la empresa quedaba imperfecta, porque todavía se quedaba Barbarroja en el Reino y podía hacer mucho daño en los quedasen en La Goleta y en el mar Mediterráneo por tener el Reino de Túnez muchos buenos puertos en la mar" (Crónica del emperador Carlos V).
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La extrema izquierda, el Gobierno y los sublevados pensaban que la suerte del país se dirimiría en pocos días, incluso en unas horas. Sin embargo, lo que sucedió en los dramáticos "tres días de julio" fue, como dice Carr, que "el alzamiento transformó las confusas pasiones de principios de verano en alternativas elementales y en entusiasmos rudimentarios". Aunque muchos intentaron la neutralidad hubo que elegir, al final, entre uno de los bandos en que quedó dividida España. En esos tres días y en los inmediatamente siguientes lo único que quedó claro fue que ni el pronunciamiento había triunfado por completo ni tampoco había logrado imponerse el Gobierno. La sublevación se inició paradójicamente, pues en principio no se había previsto que intervinieran las tropas allí destacadas, en Marruecos. El clima en el protectorado era muy tenso, por lo que no puede extrañar que finalmente la conspiración se adelantara cuando estuvo a punto de descubrirse su trama. En el protectorado, como en otras partes de España-ha escrito un testigo presencial-, el enfrentamiento con el adversario se veía como una especie de "carrera contra reloj en que quien se retrasara podía perder su oportunidad". Era el tiempo en que "todo el proletariado se habla adueñado de las calles -narra otro-: toda la juventud estaba a punto de explotar en cuanto veía pasar a un sacerdote, a un religioso o a un jefe militar". En Marruecos, sin embargo, el papel de las masas necesariamente había de ser mínimo frente al de la guarnición. Las tropas mejor preparadas del Ejército, los Regulares y el Tercio, se inclinaban claramente hacia la sublevación e idéntica era la postura de los oficiales más jóvenes. Las autoridades oficiales, tanto civiles como militares, pecaron de exceso de confianza. Uno de los conspiradores decía que el general Romerales era "un bendito, le faltó valor para ser malo y la valentía para ser bueno y, como es natural, quedó mal con todo el mundo, repudiado por el Frente Popular y fusilado por nosotros". No fue el único porque también un primo hermano de Franco sufrió el mismo final, señalando el rumbo de lo que se convertiría en habitual en toda la geografía peninsular. Los soldados, por su parte, como uno de ellos narraría luego, "no sabían nada de nada y sólo obedecíamos las órdenes que se nos daban" (Llordés). En estas condiciones los sublevados se impusieron rápidamente en tan sólo dos días (17 y 18 de julio). Entre los dirigentes de la sublevación había militares que desempeñarían un papel fundamental en la guerra, pero la dirección le correspondió a quien era, antes de que se iniciara la sublevación, el jefe moral del Ejército de Marruecos, el general Franco. Éste, que era el comandante militar de Canarias, se impuso también allí sin dificultades, dejando al general Orgaz para liquidar los focos de resistencia. El día 19 se trasladó a Marruecos en un avión inglés alquilado por conspiradores monárquicos. A partir del 18 de julio la sublevación se extendió a la península produciendo una confrontación cuyo resultado varió dependiendo de circunstancias diversas. El grado de preparación de la conjura y la decisión de los mandos implicados en ella, la unidad o división de los militares y de las fuerzas del orden, la capacidad de reacción de las autoridades gubernamentales, el ambiente político de la región o de su ciudad más importante y la actitud tomada en las zonas más próximas son los factores que más decisivamente influyeron en la posición adoptada. Allí donde la decisión de sublevarse partió de los mandos y su acción fue decidida, el éxito acompañó casi invariablemente a su decisión. Sí el Ejército se dividió y existió hostilidad en una parte considerable de la población el resultado fue el fracaso de sublevación. El único caso de oposición por parte de los mandos y hostilidad de la población que concluyó con la victoria de la sublevación fue el de Sevilla. El clima de la región o la provincia influyó de manera importante sobre la previa actitud conspiratoria de los oficiales, pero pudo traducirse en oposición armada popular en un segundo momento; sin embargo, esta última por sí sola no explica el decantamiento de una provincia, región o ciudad. Las dos regiones donde en principio cabía esperar un decidido apoyo a la sublevación, tanto por sus mandos militares como por el carácter conservador de su electorado, eran Navarra y Castilla la Vieja. En la primera la sublevación lanzó a la calle a las masas de carlistas y Mola, que dejó escapar al gobernador civil, no tuvo dificultades especiales para obtener la victoria; en cambio, se produjo una dura represión para someter a los pueblos de la Ribera. En Castilla la Vieja la resistencia que se produjo en algunas capitales de provincia y pueblos de cierta entidad fue sometida sin excesivas dificultades por parte de los sublevados. En Segovia y Ávila la sublevación se impuso de modo prácticamente incruento; mayores dificultades hubo en Valladolid y Salamanca, pero se redujeron a determinados barrios o incluso a edificios como, por ejemplo, los de las Casas del Pueblo. En Burgos, el general Batet quiso evitar la sublevación incluso por el procedimiento de, en última instancia, ponerse al frente de ella, pero el general Dávila acabó por imponerse. Igual hicieron en Valladolid Ponte y Saliquet, que detuvieron al general Molero, su superior, que, como Batet, sería también fusilado. A menudo los representantes políticos de estas provincias, incluso si eran de la CEDA, se alinearon desde el primer momento a favor de los sublevados. En cambio, la situación de Andalucía era radicalmente opuesta en cuanto que el ambiente era caracterizadamente izquierdista. Cuando el general Queipo de Llano, encargado de sublevar esta región, realizó sus primeros contactos descubrió pocos puntos de apoyo entre las guarniciones. Sin embargo, al final consiguió apoyos importantes en varias de las capitales a pesar de que le fallaron otros que esperaba (por ejemplo, Málaga). Un papel decisivo le correspondió en la sublevación a Sevilla, conquistada por Queipo con muy pocos elementos y a base de una combinación entre audacia y bluff ante la perplejidad de un medio izquierdista. De la precariedad de su dominio de la ciudad da idea el hecho de que hasta el día 22 no consiguió dominar los barrios proletarios, con ayuda de tropas venidas de Marruecos. La actitud de las masas izquierdistas, dedicadas a quemar iglesias, y de parte de la guarnición, fiel al régimen, que en la base de Tablada permaneció a la expectativa, son otros tantos factores que explican el triunfo de Queipo de Llano. Éste, a su vez, tuvo como consecuencia el de la sublevación en Huelva, a pesar de la resistencia de la zona minera que envió columnas contra Sevilla. En Cádiz, Granada y Córdoba también se sublevaron las guarniciones pero, como en Sevilla, la situación inicial fue extremadamente precaria pues los barrios obreros ofrecieron una resistencia que no desapareció hasta que llegó el apoyo del Ejército de África. Por ejemplo, fue preciso someter la resistencia del Albaicín a cañonazos. El campo era anarquista o socialista y, por tanto, hostil a la sublevación, y las comunicaciones entre las capitales de provincia fueron nulas o precarias, en especial en el caso de Granada, prácticamente rodeada. En Pozoblanco fueron fusilados más de un centenar de guardias civiles proclives a la sublevación. En Jaén, en cambio, las fuerzas de la Guardia Civil se mantuvieron concentradas en una situación de aparente neutralidad hasta que en septiembre, dirigidas por el capitán Cortés, acabarían refugiándose en el Santuario de Santa María de la Cabeza. Almería dependió de la evolución de los acontecimientos en Levante. Finalmente, otro rasgo característico de los decisivos días de julio en esta región fue el impacto que tuvo en ellos la constitución del Gobierno Martínez Barrio, del que más adelante se hablará. Dicha decisión tuvo como consecuencia que el general Campins, que había negociado con Queipo de Llano, se volviera atrás; el hecho no tuvo consecuencias porque la guarnición se impuso a él, que fue fusilado; pero, en cambio, en Málaga las dudas del general Patxot acabaron teniendo como consecuencia el triunfo del Frente Popular. Sin duda, la suerte de Cataluña y de Castilla la Nueva se jugó en Barcelona y Madrid. En ambas ciudades el ambiente político era izquierdista, los mandos de la guarnición militar estuvieron divididos y los sublevados cometieron errores; estos tres factores unidos a un cuarto, consistente en la actuación de masas izquierdistas armadas, explican lo acontecido, que no fue sino la derrota de los sublevados. En Barcelona, la conspiración hubo de enfrentarse con autoridades decididas a resistir. Los principales organizadores de la resistencia, que estaban bien informados gracias a sus servicios policíacos, fueron Escofet, Guarner y Aranguren, responsables del orden público en la capital catalana, y todos ellos militares. Aunque la excesiva confianza del general Llano de la Encomienda benefició a los conspiradores, éstos cuando se lanzaron a la calle encontraron los puntos neurálgicos ocupados por fuerzas de Asalto y apenas si pudieron maniobrar. La colaboración de la CNT, con la que las fuerzas leales mantuvieron sólo una "alianza tácita", fue "sustancial pero de ninguna manera determinante", puesto que aunque crearon dificultades al adversario de ninguna manera impidieron que ocupara los edificios que tenía como objetivos. Finalmente, la decantación de la aviación y la Guardia Civil a favor de las autoridades supuso la liquidación de la sublevación, a pesar de que Goded, "el mejor general del Ejército español", según Escofet, llegó desde las Baleares. Éstas, con la excepción de Menorca, se sublevaron y las resistencias resultaron fácilmente dominadas. En la última fase de los combates de Barcelona se produjo un hecho que habría de tener una importante repercusión: la CNT consiguió la entrega de armas procedentes de los cuarteles y en adelante sus milicias controlaron la capital catalana. En el resto de esta región, aunque hubo otros intentos de sublevación, el peso de Barcelona impuso la victoria de los gubernamentales. En Madrid, la conspiración estaba muy mal organizada: uno de los colaboradores de la misma escribió en sus Memorias que "se habla mucho y no se concreta nada". Los problemas de los encargados de producir la sublevación nacieron, en primer lugar, de la imposibilidad de obtener la colaboración de los mandos naturales y de las dificultades de comunicación de unos con otros. De los tres generales comprometidos, Villegas, Fanjul y García de la Herrán, el primero permaneció dubitativo, el segundo se hizo cargo del Cuartel de la Montaña y el tercero, que se había sublevado en agosto de 1932, intentó sin éxito sublevar a las unidades militares situadas en el sur de Madrid. La acción más decisiva fue la toma del Cuartel de la Montaña, donde los sublevados en una actitud más de "desobediencia activa" que de verdadera insurrección, permanecieron acuartelados sin lanzarse a la calle y fueron pronto bloqueados por paisanos armados y fuerzas de orden público. Ni siquiera todos los encerrados eran partidarios de unirse a la sublevación y cuando expresaron su divergencia con banderas blancas los sitiadores acudieron para ocupar el cuartel y fueron recibidos a tiros. La toma del mismo se liquidó con una sangrienta matanza. En el Norte, el País Vasco se escindió ante la sublevación: en Álava el alzamiento militar fue apoyado masivamente, incluso por parte del Partido Nacionalista Vasco (algunos miembros optaron en el mismo sentido en Navarra). En cambio, en Guipúzcoa y en Vizcaya la actitud del PNV fue la de alinearse con el Gobierno, en parte por la promesa de concesión del Estatuto pero también por el ideario democrático y reformista en lo social que el PNV había ido haciendo suyo con el transcurso del tiempo. La indecisión de los comprometidos jugó un papel decisivo en el desarrollo de los acontecimientos. La tradición izquierdista de Asturias hacía previsible que allí se produjera un alineamiento favorable al Gobierno, pero en Oviedo el comandante militar, Aranda, conocido por sus convicciones democráticas, consiguió convencer a los mineros de que debían dirigir sus esfuerzos hacia Madrid, asegurándoles su lealtad para acabar sublevándose luego; sin embargo, su posición fue muy precaria desde un principio, prácticamente rodeado en medio de una región hostil. Una situación peor, sin embargo, fue la experimentada por la guarnición de Gijón que acabó con la victoria de las fuerzas de la izquierda tras un asedio que se prolongó semanas. En Galicia también triunfó la rebelión, aunque algo tardíamente, pese a la oposición de las autoridades militares y la resistencia en determinadas poblaciones como Vigo y Tuy. En esta región también la decisión dependió de lo sucedido en una ciudad que, en este caso, fue El Ferrol. En Aragón y Levante el resultado de la sublevación fue muy inesperado teniendo en cuenta las previsiones de los conspiradores y el juicio habitual acerca de las autoridades militares. El general Cabanellas, máximo responsable del Ejército en la primera de las regiones citadas, había sido diputado radical y era miembro de la masonería. Sin embargo se sublevó arrastrando a la totalidad de las guarniciones de las capitales de provincia aragonesas. Su manifiesto hacía alusión a sus concepciones democráticas y quizá por esto se explica el desplazamiento hacia Zaragoza del general Núñez de Prado con el propósito de hacerle revocar su decisión. Fue éste uno más de los intentos por evitar el desenlace bélico del conflicto, pero acabó como todos ellos: Núñez de Prado fue detenido y enviado a Pamplona, donde desapareció. El caso de Valencia fue un tanto peregrino pero también descriptivo de las dificultades existentes para tomar una decisión. Durante dos semanas los cuarteles comprometidos mantuvieron una especie de neutralidad en precario equilibrio, a pesar de que el número de los comprometidos en la sublevación era bastante elevado. La presencia en la capital levantina de Martínez Barrio con una misión negociadora y las dudas del general González Carrasco, a quien debiera haber correspondido originariamente actuar en Barcelona, contribuyen a explicar lo sucedido. El decantamiento final se produjo en un momento en que la República y el Gobierno del Frente Popular parecían haber obtenido una situación ventajosa en este primer enfrentamiento. Un caso parecido de neutralidad por parte de las autoridades militares se dio en el Sahara y Guinea hasta que la mayor proximidad de los sublevados tuvo como consecuencia su victoria. En la importante base naval de Cartagena los cambios de mandos militares explican el fracaso de una sublevación que aquí parecía contar con apoyos importantes. En Extremadura la decisión a favor de la sublevación en Cáceres o en contra de ella (Badajoz) dependió de las fuerzas de orden público. En suma, durante unos cuantos días de julio sobre la superficie de España quedó dibujado un mapa de la sublevación en que las iniciales discontinuidades pronto empezaron a homogeneizarse. Los ejemplos de este fenómeno que pueden ser citados son abundantes: Alcalá de Henares y Albacete, originariamente sublevados, fueron rápidamente sometidos mientras que el regimiento de transmisiones de El Pardo, también sublevado, se trasladó a la zona contraria; las zonas mineras izquierdistas de León, que habían quedado aisladas, fueron también sometidas gracias a la actuación de tropas sublevadas procedentes de Castilla y Galicia. La geografía de la rebelión así resultante tenía bastante semejanza con la de los resultados electorales de febrero de 1936, prueba de la influencia del ambiente político de cada zona sobre la definición ante la insurrección. Había excepciones, por supuesto, como la de Santander, demasiado próxima al País Vasco y Asturias como para decantarse en sentido derechista, o las capitales andaluzas, controladas por sus respectivas guarniciones. Entre estas dos Españas existía todavía el 19 de julio una última posibilidad de convivencia, aunque fuera ya remota. Esa fecha supuso, en efecto, la definitiva desaparición de la posibilidad de un pacto que hubiera supuesto que la guerra civil no se convirtiera definitivamente en una realidad. Hubo contactos todavía inexplicados entre sublevados y dirigentes del Frente Popular en estos precisos momentos como, por ejemplo, el viaje de un enviado de Goded, el Marqués de Carvajal, a Madrid para entrevistarse con Azaña. De éste partió, en definitiva, la iniciativa más consistente para evitar el enfrentamiento. Como sabemos, Azaña probablemente pensaba que el Frente Popular era una fórmula que los acontecimientos en el verano de 1936 habían convertido ya en poco viable. A medio plazo debía pensar que sería necesario romper esa coalición, dar un giro hacia el centro y actuar con mano dura respecto de los grupos extremistas de izquierda, incluso los integrados en el Frente Popular. Los acontecimientos acabaron demostrando que ya era demasiado tarde para hacerlo, pero Azaña, cuyas culpas en la situación parecen evidentes, tuvo el mérito de intentar en ese último momento evitar la guerra civil. El Gobierno Casares Quiroga había tratado de mantener la legalidad republicana evitando la entrega a las masas izquierdistas de las armas almacenadas en los cuarteles. La extensión de la sublevación, el exceso de confianza mostrado con anterioridad ante las denuncias de los que eran conscientes del desarrollo de la conspiración y, en fin, su propio carácter e imprudentes manifestaciones imponían que Casares abandonara el Gobierno. El 18 de julio Azaña intentó que se formara un Gobierno de centro semejante al que Maura había sugerido junto con otros políticos de semejante significación como Sánchez Román. Éste, que como sabemos se había marginado del Frente Popular después de contribuir a la colaboración de los republicanos de izquierda, defendió ahora la necesidad de pactar con los insurrectos y formar un Gobierno del que estuvieran ausentes los comunistas. El encargado de presidirlo fue Diego Martínez Barrio, que venía a ser algo así como el centro absoluto de la política española en aquellos momentos. "Yo no sentí la impresión de que todas las treguas estaban terminadas y disipadas todas las esperanzas de concordia", dice éste en sus Memorias al comentar el asesinato de Calvo Sotelo. A pesar de ello trató de constituir un gabinete que, de acuerdo con el encargo de Azaña, debía excluir a la CEDA y a la Lliga por la derecha y a los comunistas por la izquierda. Entre el 18 y 19 de julio da la sensación de que ese intento transaccional resultaba todavía viable: Aranda no se había sublevado todavía en Oviedo, Lucia había hecho pública su fidelidad a la República y en Málaga la situación estaba todavía por decidir. Martínez Barrio tenía, además, la posibilidad de convencer a los más moderados o los más republicanos de los dirigentes de la sublevación como, por ejemplo, Cabanellas. "Sería difícil -dice en sus Memorias- pero se podría gobernar". Pero no tuvo la oportunidad de hacerlo. No pudo convencer ni a Mola ni a Largo Caballero de la necesidad de una transacción, puesto que ambos no consideraban remediable (ni tampoco deseable) el evitar la guerra civil. Mola le respondió que ya era tarde, como si esto justificara no tomar en serio la posibilidad de evitar la conflagración; "ni pactos de Zanjón, ni abrazos de Vergara, ni pensar en otra cosa que no sea una victoria aplastante y definitiva", añadió. Lo mismo debían pensar las masas que seguían a Largo Caballero o simpatizaban con lo que él representaba, porque interpretaron el propósito del dirigente de Unión Republicana como una traición a sus intereses. "Se repetía el mismo fenómeno alucinatorio de la rebelión de Asturias -interpreta Martínez Barrio-, creer que en España la voluntad de una clase social puede sobreponerse y regir a todas las del Estado". En definitiva, fue la actitud de esas masas populares, "irreflexiva y heroica", como la describe él mismo, la que hizo inviables sus propósitos. En estas condiciones fue imposible detener a medio camino el estallido de la guerra civil. El Gobierno presidido por Giral presuponía su existencia y actuó de acuerdo con ella al aceptar que se entregaran armas a las masas revolucionarias.
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Los sueños imperiales de los clérigos leoneses chocaron con la realidad de los años iniciales del siglo X en los que Abd al-Rahman III puso fin a las revueltas, unificó al-Andalus, adoptó el título de califa y recordó a los cristianos el poder cordobés enviando contra ellos expediciones de castigo que llevarán a condes y reyes del Norte a enviar embajadas a Córdoba, cargadas de presentes, en busca de la paz y, en ocasiones, solicitando el apoyo del califa para conservar el trono o para combatir a sus enemigos en el interior del reino o del condado. De las visitas de reyes y condes cristianos a Córdoba se conservan relatos que no dejan la menor duda sobre la dependencia de los cristianos respecto a los califas. Sancho el Craso, rey depuesto de León, acude a Córdoba con su abuela la reina Toda de Navarra a pedir ayuda militar para recuperar el trono, y ayuda médica para curar la gordura que le impedía montar a caballo. Tropas cordobesas le ayudan a derrotar a sus enemigos en León y será ahora Ordoño el Malo quien acuda a Córdoba a contar sus cuitas: "Mi primo Sancho vino a pedir socorro contra mí al difunto califa... Yo también acudo a solicitar apoyo...", palabras a las que responde el califa como señor del reino leonés: "Te conduciremos a tu país..., te haremos reinar sobre todos los que quieran reconocerte como soberano y te enviaremos un tratado en el que fijaremos los límites de tu reino y del de tu primo. Además, impediremos a este último que te inquiete en el territorio que te tendrá que ceder..." El conde Borrell II de Barcelona envía embajadores a buscar la paz y entre los regalos que llevan al califa figuran "30 cautivos entre hombres, mujeres y niños..." Cuando el conde gallego Menendo González y el castellano Sancho se disputan la tutela del rey niño Alfonso V, será Almanzor el que decida a quién ha de ser confiado el monarca leonés..., y ni la sumisión, los regalos ni los tratados evitaron las campañas de Almanzor contra las ciudades más importantes del mundo cristiano: León, Pamplona, Santiago de Compostela, Barcelona...
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En su clásico libro Historia de los heterodoxos españoles, Menéndez Pelayo afirma que en España se dio una prerreforma impulsada por los Reyes Católicos y el cardenal Cisneros, antes de la Contrarreforma operada por el Concilio de Trento. Por ese motivo, no prendió de manera intensa la reforma luterana, aunque paradójicamente dicha prerreforma contribuyó a preparar el ambiente para que tuvieran éxito los postulados protestantes: en esa línea se sitúan el erasmismo y el alumbradismo, precedentes de reforma de Martín Lutero (131). La reforma protestante encontró un buen caldo de cultivo en el erasmismo y alumbradismo españoles, especialmente en los ambientes cultos como en la Universidad de Alcalá de Henares y en la corte del emperador Carlos V. La corriente espiritual erasmista fue apoyada también por algunas familias de nobles y mecenas como el duque del Infantado y la familia de los Mendoza (132). Gráfico Los seguidores de Erasmo pretendían renovar la vida espiritual y ejercieron notable influencia en la primera mitad del siglo XVI; criticaban los abusos de la curia romana y deseaban llegar a un acuerdo con los protestantes alemanes. Privilegiaban la religiosidad interior y subrayaban la decadencia de las órdenes religiosas. El avance del erasmismo se frenó en España cuando la Inquisición interrogó en 1533 a Juan de Vergara, amigo personal de Erasmo y experto en lenguas clásicas. Por su parte, el alumbradismo fue una doctrina pseudomística basada en una peculiar iluminación interior que según sus defensores proviene directamente de Dios, al margen de la Iglesia, facilitando la perfección y las revelaciones particulares. Isabel de la Cruz, terciaria franciscana de ascendencia judía es considerada madre espiritual de los alumbrados, entre los que se encuentran Rodrigo de Bivar y Alcaraz. Predicaba la doctrina del dexamiento interior en manos de Dios (133). Posteriormente tuvo entre sus seguidores a las monjas del Convento de San Plácido de Madrid; fundado en 1623 por Doña Teresa de la Cerda y Valle, que fue su priora, el monasterio asumió los postulados del alumbradismo. En 1630 se les condenó y se dispersó a las monjas (134). Menéndez Pelayo considera el alumbradismo como un cáncer del misticismo y lo describe como un estado de religiosidad exaltado, autárquico e individualista frente a las normas oficiales. Gregorio Marañón define al alumbradismo como un misticismo de torpe calidad. Esta corriente espiritual se extendió en Toledo, Guadalajara, Escalona, Cifuentes, Pastrana, Medina del Campo, Salamanca, etc. También existieron relaciones entre los alumbrados y el movimiento de los comuneros y agermanados, por su común milenarismo, que prendió positivamente y favoreció la expansión posterior del luteranismo (135). A pesar de las prohibiciones de la Inquisición y el Edicto contra los alumbrados de 1525, los libros luteranos circularon por España. En 1540 la Inquisición elaboró su primer Índice de libros prohibidos; sin embargo, en Amberes se editaron muchos libros luteranos que de hecho llegaron al mercado español. En la península ibérica tardó en penetrar la reforma porque la comunicación entre las ciudades no era muy fluida y la difusión de la imprenta fue paulatina; además se dio un rechazo popular a todo lo heterodoxo. La localización de focos de protestantismo en Valladolid y Sevilla a mediados del siglo XVI supuso una desagradable sorpresa para las autoridades civiles y religiosas españolas (136). El 23 de septiembre de 1525 se publicó un edicto con 48 proposiciones erróneas defendidas por los protestantes. Entre 1558 y 1560 se celebraron diversos autos de fe que erradicaron el protestantismo de España. Fueron ajusticiados en hoguera un total de 78 acusados en Valladolid y 52 en Sevilla. Según Henry Kamen, un total de 200 personas fueron encausadas por la Inquisición por entonces acusados de defender doctrinas protestantes (137). Carlos V, ya retirado en Yuste, recibió una carta de Fernando de Valdés, inquisidor general y arzobispo de Sevilla, fechada el 2 de junio de 1558, informándole de la existencia de un núcleo luterano en Valladolid. Dos meses más tarde, se había encarcelado a parte de los sospechosos de herejía. Una de las primeras actuaciones del tribunal de la Inquisición se había concretado en la detención de María Cazalla acusada de luteranismo, alumbradismo y erasmismo. De familia judeoconversa por parte de padre y madre, propugnaba el deseo de alcanzar la perfección cristiana a través del amor puro. Fue sometida al tormento; su proceso se prolongó hasta 1534, año en que tuvo que mostrar su arrepentimiento en público y fue multada con 100 ducados de oro por sus errores (138) . El 21 de mayo de 1559 se celebró el primer auto de fe para administrar las penas a los luteranos de Valladolid. Estuvo presente la Princesa Gobernadora Doña Juana y el príncipe Don Carlos. El veredicto del tribunal fue el siguiente: - Doctor Agustín de Cazalla, degradación del estado clerical y relajación al brazo secular para aplicar condena a muerte. - Doña Beatriz de Vivero, hermana de Cazalla, confiscación de bienes y relajada al brazo secular. - Juan de Vivero, hermano de Agustín y Beatriz, confiscación de bienes y sambenito perpetuo. - Constanza de Vivero, hermana de Cazalla, confiscación de bienes. - Doña Leonor de Vivero, madre de los hermanos Cazalla, ya difunta, fue desenterrada y quemados sus huesos. - Doña Francisca de Zúñiga, hija del licenciado Francisco de Baeza, cárcel y sambenito perpetuo. - Don Pedro de Sarmiento, comendador de Alcántara, cárcel perpetua y sambenito. - Doña Mencía de Figueroa, esposa de Pedro Sarmiento, la misma pena que su marido. - Doña Ana Enríquez, hija de los marqueses de Alcañices y esposa de Don Juan Alonso Fonseca, sambenito, ayunos y cárcel. - Don Juan de Ulloa y Pereyra, comendador de San Juan, confiscación de bienes y de hábito, con sambenito perpetuo. - Doña Juana de Silva, esposa de Juan de Vivero, confiscación de bienes, cárcel y sambenito. - Juan García, platero de Valladolid, fue condenado a muerte por impenitente. - Antón Asel, borgoñón, paje del marqués de Poza, sambenito perpetuo. - Cristóbal del Campo, vecino de Zamora, relajado al brazo secular bajo pena de muerte. - Leonor de Toro, también vecina de Zamora, confiscación de bienes, sambenito y cárcel perpetua. - Gabriel de la Cuadra, las mismas penas que la anterior. Además de los indicados, ocho reos más fueron condenados a garrote y sus cuerpos reducidos a cenizas: Cristóbal de Padilla, vecino de Zamora; Licenciado Herrezuelo, vecino de Toro y contumaz (139); Catalina Román, Isabel de Estrada y Juana Velázquez, vecinas de Pedrosa; Catalina Ortega, vecina de Valladolid e hija del fiscal Hernando Díaz y esposa del capitán Loaysa; Licenciado Herrero, vecino de Peñaranda de Duero y el judaizante portugués Gonzalo Váez. El 8 de octubre de 1559 se celebró otro auto de fe en Valladolid. Fue presidido por Felipe II y contó también con la presencia de Doña Juana y el infante Don Carlos. Tres acusados fueron relajados (condenados a muerte) por impenitentes: Don Carlos del Seso, Fray Domingo de Rojas y Juan Sánchez, antiguo criado de Pedro de Cazalla. Otras penas diversas fueron aplicadas a: - Doña Eufrosinia Rios, doña Catalina de Reinoso, Doña María de Miranda, Doña Margarita Santiesteban, Doña Francisca de Zúñiga, Doña Felipa de Heredia y Doña Catalina de Alcaráz, monjas del convento de Belén. - Doña Margarita de Guevara, parienta del Obispo de Mondoñedo. - Doña Isabel de Castilla, esposa y discípula de Carlos del Seso. - Doña Catalina de Castilla, sobrina de la anterior. El otro núcleo del protestantismo en España fue la cosmopolita ciudad de Sevilla. Entre los iniciadores del luteranismo hispalense figura Don Rodrigo de Valer; debido a su doctrina sobre la justificación se le confiscó parte de su cuantiosa fortuna. Otros cualificados seguidores de Lutero fueron: el Doctor Egidio, magistral del cabildo catedralicio; el Doctor Constantino Ponce, seguidor de Egidio, que murió tras dos años de cárcel; Don Juan Ponce de León, hijo del conde de Bailén. En la capital sevillana se celebraron dos autos de fe; el primero el 24 de septiembre de 1559, en el que se condenó a la hoguera a Doña Isabel de Baena, en cuya casa se reunían los seguidores de Lutero; fueron condenadas a garrote, Doña María Bohórquez, Doña María Coronel y Doña María de Virués. El segundo auto de fe tuvo lugar tuvo lugar el 22 de diciembre de 1560. Sufrieron pena de hoguera: Doña Ana de Ribera, viuda; Doña Francisca Ruiz, casada; Doña Francisca Chaves, monja de Santa Isabel y Doña Leonor Núñez y tres de sus hijas (140).
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El nuevo ministro de Asuntos Exteriores, Fernando María Castiella Maíz, poseía el típico perfil político franquista a secas de la mayor parte de los ministros de los Gobiernos de Franco de la segunda mitad de la dictadura. Aunque Castiella se había iniciado en círculos monárquicos y católicos durante los años de la Segunda República, había derivado hacia posiciones fascistizantes durante la inmediata posguerra. En efecto, en su periodo de camisa azul, siendo director del Instituto de Estudios Políticos, había recomendado la falangistización del cuerpo diplomático y escrito, junto con José María Areilza, el panfleto imperialista Reivindicaciones de España. Catedrático de Derecho Internacional, fue ministrable desde 1945, desempeñando las embajadas de Lima y del Vaticano durante el período nacional-católico. Todavía durante los primeros tiempos de su gestión ministerial, debido a una campaña internacional contra la represión, habría de participar en la elaboración de un nuevo panfleto antisocialista titulado ¿Qué pasa en España? El problema del socialismo español, en el que se acusaba al PSOE de complicidad con la violencia anticlerical de los años treinta. La etapa ministerial de Castiella se extendió durante casi trece años. Una etapa en la que diseñó todo un programa de política exterior para España mediante el cual se pretendía incorporar a nuestro país a la corriente de unificación europea, sin descuidar las tradicionales relaciones con Iberoamérica y los países árabes. España debía alcanzar el estatus de una potencia media europea, ser un igual en el club de las potencias occidentales, mediante una diplomacia pragmática y desideologizada que acallara los recelos ante el "leproso", más que "centinela", de Occidente. Para ello, la política exterior del régimen de Franco pretendía una relación más paritaria con Estados Unidos y un acercamiento a la Europa comunitaria. De manera secundaria, la estrategia de Castiella contemplaba un realce de las tradicionales relaciones con algunos países iberoamericanos y árabes. Unos vínculos históricos que permitieran una política de prestigio cuya contrapartida descansaría en el apoyo en las tribunas internacionales. Sin embargo, como señala Rosa Pardo, este programa global de política exterior no tuvo suficientemente en cuenta las limitaciones que conllevaba el carácter dictatorial del régimen franquista, sobrevalorando las posibilidades reales de actuación. Obsesionado con la recuperación de Gibraltar, el ministro llegó a la conclusión de la inevitabilidad de la descolonización de Guinea, Ifni y el Sahara si se quería obtener el apoyo a las tesis españolas en los organismos internacionales. Más dudosa fue su voluntad reformista y, sobre todo, democratizadora del Régimen. Desde luego una política de apertura exterior que trajera consigo un mayor nivel de reconocimiento internacional de España podría ayudar como diría, posteriormente, el ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga, a la reforma del régimen de Franco. Castiella fue, por ejemplo, adalid de la libertad religiosa. Esta cuestión enturbiaba la imagen exterior de España y las relaciones con Estados Unidos y con muchos países europeos. Seguramente con el transcurso de los años su pensamiento político fue evolucionando hacia posiciones más liberales, sobre todo tras la dimisión de su estrecho colaborador José María de Areilza y la celebración del Vaticano II, pero los problemas de la política exterior y sus obsesiones personales, como la cuestión gibraltareña, ocuparon la mayor parte de sus energías. Sus primeros pasos en el palacio de Santa Cruz trajeron consigo una renovación del personal diplomático y una apuesta por la profesionalización, como de hecho ocurrió en el resto de la Administración española. Para mejorar la imagen del régimen de Franco, Castiella emprendió numerosos viajes por el mundo occidental. Esta diplomacia directa, junto a la mejora de las relaciones bilaterales con la V República Francesa o la República Federal de Alemania, ayudaron al ingreso en los organismos económicos internacionales. De esta manera, se conseguía un respaldo financiero al Plan de Estabilización de 1959. Especialmente significativa fue la mejora de relaciones con la Francia de De Gaulle. Además de la cooperación militar en Ifni y el Sahara, Francia vendió armamento a España y dificultó la actividad antifranquista de los exiliados. El Gobierno de Franco apoyó a Francia como contrapartida en el problema argelino. El general De Gaulle respaldó la intención española de ingresar en la OTAN al mismo tiempo que buscaba un dócil aliado en sus pretensiones de liderazgo europeo.
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El proyecto colombino de descubrimiento Difícil, muy difícil ha sido reconstruir un plan descubridor de las características del que ideó Colón. Es verdad lo que dice Pérez de Tudela de que constituye una de las creaciones más originales, más grandiosas, que haya realizado el humano ingenio, pues en él se cruzan realidades y sueños geográficos, mandatos de la Sagrada Escritura e imaginaciones históricas. La enjundia ha radicado en el cómo y por que lo hizo: en cuál fue el proceso vivido por este hombre para idear, convencerse, contagiar su seguridad, ganar apoyos y triunfar, a despecho de la opinión general, y sobre todo de la opinión de sabios y expertos. Empecemos por el choque que sufrió un hombre como él, convertido de repente en dueño señor de los secretos del Océano, merced a unas informaciones que fueron adquiriendo en la mente colombina tintes de hecho portentoso, de milagro evidentísimo. Lo primero que saltaba a la vista era que por mucha maravilla que el Altísimo operara en él, no podía llevar a cabo la empresa solo. Tenía que buscar apoyos, convidar --verbo muy significativo que emplea con frecuencia-- a algún príncipe que le hiciese espaldas; para lo cual debía convencer --cosa nada fácil-- de que su idea era viable a sabios en cosmografía o astrología. Sólo queda el camino de la preparación y el estudio. Pone a prueba sus grandes virtudes de tenacidad e inteligencia natural y se va cargando poco a poco de ciencia matemática y de conocimientos cosmográficos. Todo ello para tratar de armonizar las noticias que posee de las nuevas tierras y mares con lo que piensa la ciencia de su tiempo. Utilizará también sus influencias familiares para conseguir una información cada vez más necesaria y buscada. Lisboa, la de los conocimientos científicos de vanguardia, la de los archivos y bibliotecas oficiales, se le abre cada vez más. Estamos aproximadamente --año más, año menos-- hacia 1480. Por esas fechas está devorando o a punto de hacerlo, algunas obras que eran como el compendio del saber cosmográfico de su tiempo y que todo aprendiz o iniciado debía consultar. Dejando a un lado obras de consulta secundaria o tardía (Geografía de Ptolomeo, Marco Polo, Historia Natural de Plinio, etc.), para Colón son dos principalmente: Historia rerum ubique gestarum, de Eneas Silvio Piccolomini (Papa Pío II); y la Imago Mundi, del cardenal Pierre d'Ailly o Petrus de Alliaco. A estas dos obras58 acudió Colón buscando lo que le interesaba para apoyar sus ideas, como reflejan las cerca de 1.800 apostillas o anotaciones al margen59. Una tercera fuente informativa de gran valor para Colón fue sin duda, la del sabio florentino Paolo del Pozzo Toscanelli. Era buen físico, astrónomo y matemático y gozaba de gran prestigio en los salones intelectuales de Europa. A su pluma se deben una carta dirigida al canónigo lisboeta Fernando Martins en 1474, para que la diera a conocer a su rey, y un mapa posterior. Ambos documentos condensaban el nuevo proyecto ofrecido a Portugal: posibilidad de llegar a las Indias atravesando el Atlántico, en lugar de la ruta africana. Algo semejante al plan colombino, pero no igual, como ha demostrado Manzano. Toscanelli calculaba una extensión para el Océano Atlántico casi el doble de la actual. Atravesarlo con los medios de la época resultaba poco menos que imposible. Sin embargo Colón sabía que en este punto estaba equivocado el florentino quien, por otro lado, añadía algo muy sugestivo y concreto: localizaba en el camino, 1.500 millas antes del continente asiático, las islas Antilia y Cipango. A pesar de estas escalas isleñas, nuestro navegante sabía que erraba en las distancias. Lo de la Antilia no era muy de creer por la fantasía que la rodeaba. Muchos marineros afirmaban que la habían visto aparecer y desaparecer. De la isla del Cipango, ese misterioso e indomable territorio en la lejanía (Japón), Marco Polo había hablado e inspiró a Toscanelli al decir que era una isla fertilísima de oro, perlas y piedras preciosas, y en las que los templos y casas reales se cubrían de oro puro. El Cipango --no se olvide-- fue el objeto principal del primer viaje colombino. El sabio florentino había dibujado también en su mapa la tierra firme oriental, es decir, las extensas regiones del Catay, Mangi y Ciamba señoreadas por el Gran Khan. Colón aceptará esto de Toscanelli, aunque rectificándole la distancia que lo separaba de las Canarias --aproximadamente 1/4 mayores para el florentino, usando las medidas ya restringidas de Colón: 1 legua = 4 millas, en lugar de 1 legua = 3 millas en Toscanelli-- También aceptará del sabio astrónomo la distancia dada por Marco Polo entre la isla de Cipango y tierra firme: 1. 500 millas o 375 leguas colombinas. Poco se entusiasmaron los expertos portugueses con este plan y, tras su estudio y discusión, lo archivaron. Salvar 120 grados de Océano les pareció técnicamente muy difícil. La decisión debió tomarse en torno a 1481-82, en que definitivamente se deciden por la ruta africana y construyen la fortaleza de San Jorge de la Mina (1482). Los documentos de Toscanelli, mientras tanto, quedaron fuera del alcance de miradas curiosas. Mas, no de todas. Por esferas al parecer influyentes se movía nuestro buen Cristóbal Colón, que acabó consultando y copiando tales informaciones. Si las apostillas o anotaciones que nos dejó en las márgenes de sus libros dicen algo --que lo dicen, sin duda-- es lo siguiente: a la altura de 1485, aproximadamente, estamos ante un hombre con una formación científica muy limitada, casi de niño de escuela, que dice Madariaga; un hombre que resaltará en los márgenes de aquellos que lee cosas como las siguientes: Una persona que se mueve de Este a Oeste pasa a un meridiano distinto. O aquella otra: La mitad (del cielo que está sobre el horizonte) se llama hemisferio. También es curiosa la de que cada país tiene su propio Este y su propio Oeste referidos a su propio horizonte, o la tierra es redonda y esférica. Iba encontrando autoridades que decían que la distancia por tierra entre la parte más occidental (Portugal) y el extremo oriental de la India o Asia era muy larga, quedando una franja de mar ocupada por el Océano Atlántico perfectamente navegable. A estas opiniones se agarraba con la fuerza del que sabe la verdad. Por eso no tendrá empacho ninguno en utilizar al pseudo profeta Esdrás para que con sus mágicas palabras enseñe a los entendidos, por boca de Colón, que el mundo se hallaba repartido en seis partes de tierra y una de mar. Esta proporción empezaba a entusiasmar cada vez más a Colón. ¡Seis partes de tierra y una de mar! Reducir esto a distancias concretas significaba calcular, primero, la longitud del arco correspondiente a un grado terrestre en el Ecuador. Sabiendo eso se obtendrían las dimensiones del Ecuador (360 grados), y después las del Océano que ocuparía una parte por seis de tierra. Colón iba empapándose de opiniones ajenas que le permitirían, andando el tiempo, elaborar su propia teoría de la tierra. También observaba y hacía mediciones por su cuenta. Estaba de acuerdo con Alfragano, y con los que de él habían aprendido, en señalar a un grado terrestre la longitud de 56 millas y 2/3. El Ecuador, por tanto, mediría 20.400 millas o 5.100 leguas, dando a la legua la medida de 4 millas, como insistentemente repite en el Diario de a bordo Sin embargo, la milla del sabio árabe del siglo II, lo mismo que la de toda la ciencia del momento, era 1/4 superior aproximadamente a la milla colombina60. De esta manera, el cálculo total dado por Alfragano a la circunferencia del Ecuador apenas difería de los 40.007 kms. que mide en realidad, mientras que el de Colón era aproximadamente de unos 30.000 kms., es decir, una cuarta parte menos. La ciencia de nuestro navegante acababa de comprimir el globo terráqueo y borraba de un plumazo, o mejor de un golpe de cálculo, la zona ocupada por el Pacífico y América. Todo empezaba a encajar y las 750 leguas que separaban los bordes del océano desde las Canarias hasta las nuevas tierras coincidían, según sus particulares cálculos, con lo que él previamente sabía. El problema clave para nuestro proyectista se le presentará cuando tenga que vérselas y convencer a la familia de entendidos, cosmógrafos y astrólogos. Nadie sabe qué argumentos científicos emplearía un hombre que no aceptaba ni creía en los postulados de la ciencia del momento, como no fueran los de la vaguedad para no ser tomado por un farsante. Harto dice que no lo tomaron en serio ni las juntas dictaminadoras de portugueses ni las de castellanos, todos aquellos que supieron de mi empresa con risa la negaron, burlando. Todas las ciencias de que dije arriba non me aprovecharon ni las autoridades dellas61. Ciertamente hubo otras razones, no científicas, que decidieron a su favor. De ellas hablaremos más adelante.
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Antonio Cánovas no era un teórico, o un filósofo de la política. Pero sobre las cuestiones fundamentales relativas a la nación y el Estado llegó a tener una serie de ideas fundamentales, fruto de la reflexión, el estudio y de su propia experiencia, a las que, no obstante su capacidad de adaptación y de compromiso, se atuvo a lo largo de toda su vida política. Era un hombre pragmático, no un oportunista. Cánovas conocía bien la historia española de los siglos XVI y XVII, pero había vivido una parte importante de la del siglo XIX, y esta experiencia histórica influyó decisivamente en los planteamientos políticos que enunció y tuvo ocasión de poner en práctica en su madurez, a partir de los cuarenta años, que cumplió en 1868. El régimen liberal, implantado a la muerte de Fernando VII, había llevado a cabo dos grandes empresas tras la victoria sobre el carlismo: la creación de un Estado unitario y centralista que había fomentado la conciencia nacional española, y el establecimiento de las bases de una economía capitalista y una sociedad clasista. Pero había fracasado rotundamente en dos cuestiones: el logro de una convivencia pacífica entre las distintas corrientes liberales, y el hallazgo de una fórmula eficaz de gobernabilidad. En efecto, el monopolio del poder por parte del partido moderado, durante el reinado de Isabel II, había llevado a los excluidos al recurso al pronunciamiento como única vía posible de acceso al poder. Las consecuencias habían sido la militarización de la vida política y la politización del Ejército. A juicio de Cánovas, esto era, en gran medida, responsabilidad de los liberales que no habían tenido "claro concepto de lo que verdaderamente importaba" y, movidos por intereses partidistas y mezquinos, habían descuidado el interés supremo de la nación. Cánovas hubiera suscrito, de conocerlas, las palabras confidenciales escritas por un diplomático extranjero: "El problema era acostumbrar al soberano, a los ministros, a la aristocracia, a las clases medias, y al pueblo, a algo semejante a la autoridad sin despotismo y a la libertad sin licencia, a las ventajas y a los inconvenientes del sistema constitucional". Tras el fracaso de los distintos sistemas políticos adoptados después de la revolución de 1868, era preciso continuar la historia de España y salvar las instituciones liberales -la libertad, en definitiva- de la amenaza que suponía el carlismo y, sobre todo, el cesarismo, la dictadura militar, que podría surgir en cualquier momento para salvar el orden social amenazado. Para ello, lo fundamental era llegar a un consenso entre los partidos liberales y establecer unos principios básicos sobre los que asentar la convivencia pacífica. La respuesta estaba en la constitución interna de la nación española. Para Cánovas, las naciones eran seres dotados de unas características propias; las naciones, fruto y protagonistas de la historia eran los "instrumentos queridos por Dios para crear y difundir la civilización" -pensaba de acuerdo con los principios cristianos y la creencia en el progreso tan propios de la época-. En el caso de España, las dos características básicas de la nación eran la monarquía y las Cortes, y en torno a estas instituciones, y sólo a ellas, debía constituirse el orden político. Pero monarquía y Cortes ya habían existido durante el reinado de Isabel II, sin ningún resultado práctico. Era necesario añadir algo más, y esto -de acuerdo con la experiencia negativa de aquel reinado- consistía en dos cuestiones estrechamente relacionadas: la existencia de un texto constitucional en el que estuvieran de acuerdo todos los partidos que aceptaran la monarquía, y la alternancia de dichos partidos en el poder. Lo que Cánovas pretendía, por tanto, era civilizar la política, excluyendo de ella a los militares, mediante la sustitución del pronunciamiento por el acuerdo entre los partidos para la alternancia en el poder. Ello era congruente con el concepto, realista, que Cánovas tenía de los partidos políticos de su época: instituciones necesarias para la gobernación del Estado como vehículos de la representación política, con un indudable contenido ideológico, pero cuyo principal factor de cohesión no eran las ideas -demasiado inestables-, ni por los intereses económicos -demasiado limitados-, sino el control de la influencia oficial y del presupuesto. Disfrutar de ambos de vez en cuando, al menos, era imprescindible para que los partidos, tal como eran, pudieran subsistir. Y ello por dos razones principales: porque los partidos, aprovechando la escasa profesionalización de la burocracia estatal, alimentaban su escasa militancia con empleos públicos (una de las formas más importantes de promoción social) y porque satisfacían a sus votantes, también escasos, con los beneficios que se derivaban de la distribución del presupuesto. La alternancia, por otra parte, no se podía basar en la voluntad del cuerpo electoral, que en España no tenía independencia ni voz propia -en contraste con lo que ocurría en aquellos momentos en Gran Bretaña, por ejemplo, afirmaba Cánovas- sino en la decisión del monarca, convertido en árbitro supremo de la vida política. La Corona quedaba así constituida no sólo en la representación máxima de la soberanía sino como la pieza clave de su ejercicio. Ello suponía un riesgo evidente para la institución monárquica, pero un riesgo necesario dado el escaso peso de la opinión pública. Cánovas lamentaba la carencia de electores independientes en España pero, en el fondo, no concedía a este hecho demasiada importancia ya que pensaba que la pasividad perezosa de la mayoría era una fuente respetable y antiquísima del poder político; la legitimidad de un gobernante dependía más de su dedicación al bien común que del medio por el que hubiera alcanzado el poder.
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La transformación experimentada durante los dos congresos celebrados en 1979 resultó esencial para el socialismo español. Desde unos planteamientos de carácter muy radical pasó a adoptar una postura reformista que conectaba mucho mejor con la actitud mayoritaria de la sociedad española. Desde el comienzo de la transición, el partido socialista había ido adoptando posiciones que le identificaban con el reformismo aunque su bagaje programático permaneciera en el radicalismo. Esa tendencia cuadraba muy bien con la actitud del secretario general del partido, Felipe González, y, en definitiva, se imponía durante las campañas electorales. De ahí el importante papel que tuvo el resultado de 1979 en la definitiva definición del partido. Los socialistas habían tenido casi la certeza de acceder al poder y, por tanto, sufrieron una profunda decepción que explica su irritación. En definitiva, los resultados de las elecciones hicieron patente que en el PSOE convivían dos amores imposibles: el radicalismo de las declaraciones y el liderazgo reformista. De ahí derivaron las dos posturas que se diseñaron en torno al congreso del partido en mayo de 1979. El sector izquierdista opinaba que en el pasado se había adoptado una posición demasiado contemporizadora respecto a la derecha, con el inconveniente añadido de haber obtenido, merced a ella, un escasísimo beneficio electoral. Para la segunda tendencia, la adopción de una política radical tendría como consecuencia la imposibilidad del acceso al poder, pues el partido debía intentar conquistar el centro del espectro político: el programa del socialismo debería consistir en un intento de modernización de la sociedad española desde el poder. González inició el camino al mostrarse propicio a que desapareciera el marxismo como principio ideológico. Abierto el congreso socialista, la discrepancia estalló de una manera incontrolable. Como luego diría Ramón Rubial, lo sucedido fue el producto de una "gran novatada". Casi un tercio de los delegados del congreso se pronunció en contra de la dirección. Pero el gran debate se produjo respecto a la definición ideológica del socialismo español. El sector oficial defendía un socialismo de diferentes procedencias ideológicas y, por lo tanto, no únicamente marxista, mientras que, en cambio, los más radicales pretendían definirlo como "partido de masas, marxista, democrático y federal". Lo que sucedió entonces constituyó una doble sorpresa porque el sector radical triunfó en la definición del partido y González presentó su inmediata dimisión. Tenía razón cuando declaró que había provocado un debate mal planteado; también la tenían quienes, después, criticaron, por su "evanescente voluntarismo marxista", la resolución adoptada. Afortunadamente para el dimisionario, la indigencia estratégica de la izquierda del partido permitió que inmediatamente quedara exaltada, como contraste, su imagen pública: tuvo el mérito de explicar su posición aludiendo al componente ético de la vida política y excitó entre los militantes una especie de sentimiento de orfandad. Habiendo quedado remitida la cuestión a un congreso extraordinario a celebrar en el mes de septiembre, el ínterin fue empleado en un debate ideológico de no gran altura, pero resolutivo. Hubo, además, una decisión tomada en el Congreso de mayo que en apariencia carecía de importancia, pero que permitió de hecho que el aparato central controlara mejor al nuevo congreso. Se trataba de que los delegados de las organizaciones de base fueron sustituidos, a la hora de votar, por quienes dirigían las organizaciones regionales. En el nuevo Congreso de septiembre hubo tan sólo algo más de cuatrocientos delegados en vez de un millar, como en mayo. Los izquierdistas fueron barridos casi por completo y el problema ideológico pareció desvanecerse como por ensalmo. La resolución política aseguraba que el PSOE era un partido democrático, de masas y federal y que el marxismo era un "instrumento teórico, crítico y no dogmático" para el análisis y transformación de la realidad. Al mismo tiempo tuvo lugar un cambio en la composición del partido, que establecía una enorme distancia entre el nuevo PSOE y el de los años treinta. A comienzos de los ochenta sólo uno de cada seis afiliados era obrero sin especializar y sólo uno de cada tres carecía de estudios: el nuevo socialismo tenía ya implantación en las nuevas clases medias y entre los profesionales. Los principales dirigentes del PSOE tenían en torno a cuarenta años y parecían mostrar, al menos para una porción importante de la sociedad española, el suficiente grado de idealismo y de capacidad técnica como para asumir las supremas responsabilidades de gobierno. El Congreso de 1981 fue realizado ya en una paz idílica. Mucho más que su ideología o sus programas lo que explica la creciente influencia del PSOE y su ascenso en todas las encuestas, es su estrategia para acceder al poder. En las resoluciones del congreso citado, se presentaba a la UCD como un partido que había pasado del tibio reformismo populista, representado por Suárez, a una actitud mucho más entregada al conservadurismo. La nueva UCD sería incapaz de "desmontar la trama de la conspiración civil" contra la democracia. En consecuencia, el PSOE no dejó pasar ocasión alguna para criticar con dureza al partido del Gobierno, con razón o sin ella, pero siempre con eficacia.