El océano Pacífico ocupa casi una cuarta parte del globo terráqueo. Está poblado por miríadas de islas e islotes, cuya superficie emergida apenas dobla el total de la de España. Sin embargo, lo que comúnmente se conoce como Oceanía comprende una tierra principal, Australia, que por sí misma constituye todo un continente, varias islas mayores, como Nueva Guinea y Nueva Zelanda, situadas, al igual que Australia, en la zona occidental del océano, y un conjunto muy disperso de islas menores, que son las que se conocen propiamente como islas oceánicas. Las tierras mayores -Australia, Nueva Zelanda y la mayor parte de las islas melanesias- formaron parte, en su origen, de una masa continental, hoy sumergida. Poseen suelos ricos, ríos, y una gran variedad de vegetación y recursos naturales. Por el contrario, las islas oceánicas son de formación coralina o volcánica: las primeras son las islas bajas, simples atolones de coral, algunos formados en tomo a lagos tranquilos y espejeantes, que constituyen la imagen que la mayor parte de los occidentales tienen sobre las islas del Pacífico. Son islas de tamaño pequeño, de vegetación escasa y con recursos de subsistencia limitados. Las islas altas, de origen volcánico, tienen mayores posibilidades de ocupación, ya que disponen de suelos apropiados para el cultivo. Las islas del Pacífico han sido agrupadas, de manera más o menos arbitraria, en tres conjuntos. Melanesia, Micronesia y Polinesia. Melanesia significa Islas Negras (del griego melanos, negro y nesos, isla); alude al color de la piel de sus habitantes. Nueva Guinea es la isla principal, y de allí debieron de partir las expediciones que colonizaron el resto de los archipiélagos melanesios: Fidji, Salomón y Vanuatu (antes llamado Nuevas Hébridas). Micronesia (de mikros, pequeño), es un conjunto de archipiélagos, formados por islas diminutas, situados al norte de las islas melanesias; y Polinesia, o islas numerosas (de polys, muchas), que comprende todas las islas situadas en un triángulo imaginario, el cual tendría en sus vértices el archipiélago de las Hawaii, al norte; Nueva Zelanda, al sur; y la isla de Pascua en el extremo oriental. Sus habitantes hablan lenguas del tronco austronesio, distintas de las melanesias, y son gentes de piel más clara y rasgos caucasoides. Los distintos pueblos se constituyeron en sociedades diferentes. Los melanesios formaron sociedades igualitarias, sin jefaturas hereditarias, pero con un concepto común entre ellas, el de gran hombre: el líder, un clásico self-made man que por su capacidad de convocatoria, por su bravura, sus conocimientos mágicos y su habilidad para amasar una gran fortuna, generalmente, en cerdos, adquiría un gran prestigio en su clan; con ocasión de alguna ceremonia mataba todos sus cerdos adultos y los repartía generosamente entre sus familiares, amigos y allegados, lo cual aumentaba su prestigio y le garantizaba la adhesión de un número suficiente de clanes para lanzarse a la guerra. Sin embargo, en cualquier momento podía surgir otro líder que le aventajase en cualidades y le sustituyese en el fervor de las gentes. Por el contrario, las sociedades polinésicas se estructuraron en lo que se llamó grandes jefaturas, sociedades jerárquicas y feudales, basadas en una autoridad hereditaria, emparentada, en su origen, con los dioses o con seres ancestrales.
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El Océano, Portugal y Castilla Como la historia no suele ajustarse bien a los saltos en el vacío, lo mismo que un hombre no es analfabeto por la noche y sabio a la mañana siguiente, así tampoco el descubrimiento de América debe ser considerado como un fruto tempranero y casual, o como genialidad exclusiva de un solo individuo, sino algo más metódico, todo un proceso que necesitó hombres capaces, medios, conocimientos y preparación científico-técnica imprescindible para hacerlo posible. Esas condiciones se daban en Portugal25 y Castilla26 mejor que en ningún otro sitio de Europa --no se olvide--; y en esos reinos Colón aprende, conoce, sueña, proyecta y prepara la gran travesía del Atlántico. Dos regiones pertenecientes a coronas distintas: el Algarve portugués y la Andalucía del reino castellano, estaban de antiguo hermanadas por el mar. El golfo de Cádiz era ruta de intereses y actividades comunes. Y los marineros de uno y otro lado del Guadiana apenas conocieron fronteras hasta el siglo XV Pero algo cambió en el sur de la Península cuando Portugal y Castilla se embarcaron en una expansión marítima de horizontes parecidos y alimentada en los puertos del golfo de Cádiz. Portugal tiene un nombre propio (Enrique el Navegante), una ciudad (Ceuta) y una fecha (1415) que fueron verdaderos hitos en sus aventuras oceánicas. Todo cambió para Portugal, y acaso para el mundo entero, cuando el infante don Enrique, hijo tercero del rey don Juan I de Portugal, de la nueva dinastía de Avis, sin corona que ceñir sobre sus sienes, hizo del Océano su feudo, más aún, su imperio, logrando que sus ideas y proyectos fueran asumidos y continuados por el pueblo la monarquía lusitana. En este sentido, la figura del príncipe llamado el Navegante --aunque nunca navegó-- se funde con la grandeza del Portugal marinero. Cuentan que este infante, taciturno y enérgico, entre místico y aventurero y más medieval que renacentista, proyectaba llegar a la India (Asia) siguiendo la ruta africana, es decir, circunvalando el continente negro que se suponía abierto al sur. Y dicen que para más tarde quedaría la exploración del Océano Atlántico por el Oeste (la ruta que siguió Colón). Demostró que no quería competencia de ninguna otra nación, pues lo había imaginado como una empresa exclusivamente lusitana, y nunca regateó esfuerzos ni dinero. La primera fase exigía tomar posiciones en el Estrecho de Gibraltar, llave natural de la navegación europea. Con ese fin se proyectó la conquista de Ceuta, realizada en 1415. La forma de culminar esta empresa merece ser contada, pues contiene enseñanzas para el futuro. El rey lusitano Juan I engañó a todos con embustes y mentiras durante los seis años que duraron los preparativos de la empresa, y disimuló a la perfección los verdaderos objetivos. Y cuenta el cronista portugués Azurara que llegó a declarar públicamente la guerra al duque de Holanda advirtiéndole en secreto que se trataba de una simulación para no sobresaltar a Venecia, que pudiera sentir ya alguna amenaza comercial, ni a Castilla, que aspiraba a una expansión por el Norte de África. Ceuta significaba participar en la ruta económica, cada vez más activa, del Estrecho de Gibraltar. También en la riqueza de oro, esclavos y trigo del Magreb. Estamos ante el primer paso expansionista portugués para penetrar y conquistar la zona norteafricana, al mismo tiempo que se agravará la rivalidad con Castilla durante décadas. Sintiendo que Lisboa quedaba muy lejos, el Navegante abandonó la corte y en 1438 montó sus cuarteles al pie del promontorio de Sagres, junto al cabo de San Vicente, y allí fundó un gran centro de investigación náutica, único en su tiempo. Reunió a sabios de nacionalidades diversas y en él la ciencia de navegar avanzó sin cesar. El arrojo de los marineros lusitanos completó el saber teórico de Sagres y ambos, bien conjuntados, ensancharon el mundo conocido, convirtiendo a Portugal en avanzada del Océano. Después de Ceuta, el punto de mira se dirigió hacia los archipiélagos de Canarias, Madera y Azores. Estos archipiélagos, conocidos desde la antigüedad, redescubiertos durante el siglo XIV, empezaron a conquistarse y colonizarse a mediados del XV Difícil por sus vientos variables, tempestades frecuentes, aguas revueltas, resultaba la mejor escuela de aprendizaje para la navegación de altura. Serán punto de partida y escalas obligadas para expediciones futuras. En lo comercial, el clima tropical de estas islas favorecerá la adaptación de la caña de azúcar, sobre todo en el archipiélago de Madera. Durante los años que preceden al descubrimiento de América el comercio azucarero se convertía en un firme negocio. Los genoveses intervendrán en este tráfico27. También Colón, como veremos. Al comenzar el segundo tercio del siglo XV el infante don Enrique y los científicos de Sagres se hacían esta pregunta: ¿qué hay al sur e las Canarias? De hacer caso al habla popular el mar hacia el sur se teñía de miedos, supersticiones y leyendas. Los árabes de la zona alimentaban aún más esos temores. El cabo Nâo o Nun refleja con su mismo nombre el gran temor a pasar adelante. Sin embargo, el gran obstáculo de esa zona fue el Cabo Bojador o Cabo del Miedo, puerta del Mar Tenebroso. Y cierto es que el paraje resulta singular: peñascos escarpados; fuerte corriente marina que levanta olas gigantescas reventando en los acantilados y arrecifes con ruidos ensordecedores, acrecidos cuando sopla el viento del Oeste; terrible resaca, brumas espesas. Un infierno para cualquier embarcación que se despistara. Aún hoy se evita en lo posible, dicen los hombres e la mar. El año de 1434, fecha trascendental en los descubrimientos del Océano, Gil Eanes salva esta gran barrera. Había fracasado un año antes y ahora por fin lo consigue; pero se da cuenta y comprueba un año después que la ida es fácil y rápida aprovechando la corriente canaria que va hacia el sur lamiendo la costa. Sin embargo, la volta o regreso era factible penetrando en el Océano y desde ahí, en navegación de altura, penetrando más al oeste de las Azores, dibujar un gran arco hasta llegar a Portugal. Gil Eanes acababa no sólo de salvar ese obstáculo natural, sino también de enseñar la ruta que debían seguir las expediciones futuras. De ahí que sea tan importante esta experiencia. En adelante todo irá más rápido. Guinea estaba bien cerca, a un par de meses de navegación. ¿Qué entendían los portugueses por Guinea? Esa indeterminada zona comenzaba al sur de la desembocadura del río Senegal o Río del Oro, y tenía un interés especial para los lusitanos: interés descubridor desvelando África y sus mares adyacentes, como etapas de proyectos más ambiciosos; e interés económico cada vez más tangible. Los navegantes portugueses que harán posibles los avances descubridores desde Río del Oro hasta el corazón del golfo de Guinea, durante casi cuarenta años tendrán que enfrentarse y aprender a evitar las temibles calmas ecuatoriales (el pot au noir de los franceses, el doldrums de los ingleses), verdadera amenaza siempre para un velero. Caer en ellas significa sufrir un calor húmedo y agobiante, lluvias repentinas y torrenciales y, sobre todo, una falta casi total de viento que inmovilizaba cualquier navío. Y si duraba mucho las tripulaciones se veían diezmadas a causa del escorbuto, disentería y fiebres. En 1479, una carabela portuguesa, en plena costa guineana, tardó doce días en recorrer aproximadamente dos leguas (unos 10 kms.), cuando con brisa favorable lo hacía en menos de una hora. Aprenderán también que ese mar está sometido a vientos y corrientes caprichosas y hay que atravesarlo a mucha distancia de la costa. En lo económico, Guinea se convirtió en objetivo prioritario para Portugal (primero para Enrique el Navegante hasta su muerte, en 1460, y después para los reyes lusitanos). La explotación se proyectó en régimen de factoría al estilo italiano. En este sentido, destacarán dos centros: el enclave de Arguim, en la costa del Río del Oro (1443-1461) y la fortaleza de San Jorge de la Mina (1482), en la costa de Oro, actual Cape Coast, en el corazón del golfo de Guinea. Ambos representan dos etapas de la expansión y explotación africana. Desde estas factorías las armadas de rescate entraban en contacto con las comunidades locales a través de operaciones de trueque o cambalache. Los europeos empleaban en los intercambios objetos de cobre y latón, de estaño, quincallerita diversa, tejidos vistosos de calidad o vulgares y sal, tan importante para la ganadería. Se decía que en Mali (1450) se cambiaba la sal por su peso en oro. A cambio, los naturales aportaban oro, obtenido por el procedimiento del lavado en las cuencas altas del Senegal, Níger y costa guineana. A falta de oro vendían hombres, intensificándose así el comercio de esclavos, auténtica sangría ara África. También aportaban especias baratas --las ricas procedían le Asia--, como la malagueta o grana del Paraíso y la pimienta de Benín o pimienta de rabo. Vistas así las cosas, a nadie puede extrañar que se pusiera todo el empeño imaginable en asegurar la exclusiva sobre la ruta de Guinea y en evitar la intromisión extranjera, sobre todo castellana. Con una tenacidad ejemplar, unas veces por la; buenas y otras por las malas, Portugal fue convirtiendo esas aguas en un mare clausum, en un mar cerrado a intereses extraños. Hasta 1480 y durante casi cincuenta años la rivalidad hispano-portuguesa fue una constante. Principalmente, dos problemas habían estado avivando las tensiones entre ambos reinos: Canarias y Guinea; o dicho en otras palabras, las navegaciones atlánticas. Portugal esgrimía como derecho sobre Canarias que las había redescubierto primero, mientras que Castilla desenterraba aquello de ser heredada de los visigodos. A antigüedad, antigüedad doble. Portugal había intentado desde comprarlas hasta el empleo de la fuerza, en una especie de guerra solapada. Pero Castilla no cedió. Tampoco deben olvidarse los intereses privados andaluces en juego, con la nobleza al frente, defendiendo los caladeros de pesca del banco canario sahariano junto a un activo comercio con los naturales de la zona a base de trigo, vino, cueros, armas y esclavos, principalmente. Tal como estaban los tiempos, Canarias era rentable. Pero cuando se descubre Guinea, intrépidos marineros y comerciantes soñarán con esa tierra, después de lo que cuentan de ella. Y para intrépidos --portugueses aparte-- ahí estaban los hombres de Palos, Sanlúcar, Cádiz, Rota y Chipiona, Sevilla o Tarifa. Se creyó que lo más eficaz para defender Canarias era atacar por donde más dolía a Portugal: Guinea. El trueque parecía inminente. En efecto, el 8 de enero de 1455 el papa Nicolás V, en calidad de árbitro, concedía la bula Romanus Pontifex, que confirmaba la exclusiva de Portugal sobre toda la costa africana desde los cabos Nâo y Bojador al sur. Implícitamente, las Islas Afortunadas quedaban para entretener a Castilla. Pero el poder temporal del Pontífice tenía sentido cuando se trataba de pueblos infieles y la concesión territorial iba seguida de una obligación evangelizadora. En este sentido, Calixto III, un año después, en la bula Inter Caetera concedió a la Orden de Cristo Lusitana todo el poder y jurisdicción espiritual sobre la región reservada a Portugal. Estas bulas son un precedente claro de las que se darán a los Reyes Católicos cuarenta años después, tras el descubrimiento de América. Entre 1454 y 1474 reina en Castilla Enrique IV, a quien se acusa de debilidad y abulia. No supo dominar a la nobleza, ni tampoco se enfrentó a Portugal como debiera haberlo hecho. Los intereses del Océano quedan, ahora más que nunca, a merced de la iniciativa particular de los puertos andaluces. Dos referencias de un contemporáneo, Alonso de Palencia, nos aclaran muy bien como se desarrollan los acontecimientos en el Atlántico: La osadía de estos envalentonados marineros a que dio pábulo la apatía del rey Don Enrique, les impulsó a atacara los barcos de pesca andaluces que por las costas del mar de Marruecos empleaban las redes llamadas jábegas para sacar cierto pescado, muy abundante en las aguas próximas a Tánger. Pronto se apoderaron de muchos de aquellos barcos con sus tripulantes y aparejos. Como se ve, los problemas pesqueros de la zona vienen de antiguo. Mas no todo era sufrir tales atropellos. Ahí queda a réplica, en la más estricta correspondencia: tres o cuatro pescadores de Palos, curtidos en las cosas del mar, habían refrenado la ferocidad portuguesa, apresándoles muchas embarcaciones al regreso de Etiopía, dando muerte a la tripulación y apoderándose de las mercaderías, esclavos y esclavas que traían... Los hombres de Palos fueron ganando fama de intrépidos y expertos marineros. No parece casualidad que la flota que descubre América parta de ahí. A la muerte de Enrique IV estalla en Castilla la guerra civil. Los partidarios de Isabel la Católica y los de Juana la Beltraneja, a quien apoya Portugal, se enfrentan durante cinco años (1474-79) por la sucesión al trono castellano. Y la guerra se hace notar tanto en Castilla como en el Océano. La actividad marítima de los Reyes Católicos no ofrece grandes variantes con respecto a la que Andalucía había vivido en años anteriores, si bien Castilla reclama ahora su derecho a Guinea, e incita a los marineros del sur a comerciar e interceptar a sus rivales portugueses. ¡Qué más querían oír aquellos! Si en tiempos de paz lo hacían siempre que podían, ahora con más motivo. Por lo demás, el resultado es el mismo: los portugueses capturan a los castellanos y éstos hacen lo mismo con los portugueses. La suerte de las armas es alterna, aunque parece seguro que la mejor organización lusitana sacaría mayores ventajas, dice Pérez Embid. El 4 de septiembre de 1479 se firmaba en Alca?ovas el Tratado de las paces, más conocido como el Tratado de Alca?ovas-Toledo (1479-1480) entre Castilla y Portugal, que ponía fin a las hostilidades. La ratificación de lo pactado la harán los Reyes Católicos al año siguiente en Toledo (marzo de 1480). Aparte de regular el problema dinástico28 entre los dos reinos, interesa destacar aquí el segundo acuerdo o tratado de paz perpetua que ponía fin a la rivalidad hispano-portuguesa en el Atlántico. Por él se reservan a Portugal los archipiélagos de Azores, Madera y Cabo Verde; todas las tierras descubiertas y por descubrir al sur de las Canarias y el control absoluto de la navegación en el Océano camino de Guinea o Contra Guinea, bajo compromiso de los Reyes Católicos de no enviar navíos e incluso defender que ningún súbdito acuda a esos mares y tierras a negociar o descubrir sin permiso del rey portugués. Castilla, por su parte, puede navegar tranquilamente hasta Canarias y controlar todo el archipiélago. Entre otras muchas cláusulas concertadas bien se puede terminar este apartado resaltando aquélla que establecía que los marineros que no cumpliesen la repartición del Océano fueran considerados como prisioneros de guerra, de manera que si los navegantes portugueses encontraban a algunos españoles o de cualquier otra nación los apresaran y echasen al mar para que mueran luego naturalmente. Muchos puertos andaluces y también portugueses estaban preparados --no sería presunción decir que los mejor preparados de Europa --para hacer la travesía atlántica más gloriosa y trascendental de la historia: el descubrimiento de América. Diversas circunstancias decidieron en favor de Castilla. Pudo haberlo protagonizado igualmente Portugal. Pero de cualquier manera, se llevó a cabo desde un puerto (Palos) del Golfo de Cádiz. Y esos aires, ese mar y ese ambiente es el primero que respira Colón cuando llega a Portugal.
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El ocio en Grecia debía ocupar buena parte de la jornada de los ciudadanos, ya que en la mayoría de las polis estaba mal considerado el trabajo manual. Para estos menesteres disponían de numerosos esclavos y de extranjeros, llamados metecos, que constituían un amplio porcentaje de la población. Acudir a los baños era una actividad frecuente entre los ciudadanos helenos, pues en la mayoría de las casas no había agua corriente, al tiempo que servían como centro de reunión. Estos baños públicos serán numerosos durante el siglo IV a.C. y pasarán más tarde a Roma. También era habitual dar largos paseos, utilizando las stoas, amplios pórticos en ocasiones de dos pisos y dos naves cerrados por un testero, siempre decorados con frescos, mosaicos o cuadros. Recordemos que una escuela filosófica será denominada estoica por reunirse sus discípulos en una stoa. La stoa de Eco en Olimpia tenía doscientos metros de longitud. Pero la actividad favorita por excelencia entre los ciudadanos será la política. Podemos afirmar que los ciudadanos griegos gozaban de la política, participando activamente en el gobierno de sus polis. No olvidemos que todos los ciudadanos atenienses podían participar en la Asamblea, donde se toman las decisiones más relevantes de la ciudad. La música y el teatro serán dos de las actividades favoritas para disfrutar del ocio. Existían dos edificios destinados a tal fin, el odeón y el teatro, contando todas las polis con significativos ejemplos. El más importante fue el teatro de Epidauro, excelente por su configuración acústica, ya que desde todos los puntos se alcanza una calidad de sonido difícilmente superable. Al teatro acuden casi todas los grupos sociales, recibiendo los ciudadanos más pobres una subvención para poder adquirir las entradas. Los actores iban cubiertos con máscaras y vestidos con trajes concretos, para que el espectador pudiera identificar claramente a quien representaban. Los griegos daban mucha importancia al ejercicio físico, siendo una de las actividades educativas más importantes. Los atletas competían en juegos, celebrados en cada una de las polis, aunque existían algunos que tenían carácter supranacional como los Olímpicos o los Píticos, dedicados a Zeus y Apolo respectivamente. Tenían lugar cada cuatro años y durante el tiempo que duraba la celebración existía una tregua panhelénica. Los atletas participaban desnudos en la competición, cubiertos con una capa de aceite que resaltaba la belleza de sus cuerpos, y sólo los hombres tenían acceso a contemplar las pruebas. Durante casi un año se entrenaban en las cercanías del templo de Zeus en Olimpia y los ganadores recibían una rama de olivo como triunfo, aunque obtenían numerosos beneficios a posteriori como exención de impuestos o derecho a manutención gratuita. La gratificación recibida por los vencedores llamó la atención de Herodoto, en el siglo V a.C., quien cuenta cómo el general persa Mardonio se asombró al saber por boca de unos desertores griegos el simbólico premio que recibían los atletas: "- ¿Qué hacen en este momento los griegos? -preguntó Mardonio. - Celebran las fiestas de Olimpia. Contemplan las pruebas atléticas y las carreras de carros -respondieron los desertores. - ¿Y cuál es el premio de estas competiciones? - Una rama de olivo -respondieron los desertores. Entonces exclamó uno de los compañeros de Mardonio: . - ¡Desgraciados de nosotros, Mardonio! ¿Contra qué clase de hombres nos has conducido, que no luchan por oro ni por plata, sino por el honor?"
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En esta región francesa del oeste conservamos un grupo de pinturas de cierta calidad que muestra una evidente relación con la tradición carolingia, coincidiendo en su estilo con las ilustraciones de una serie de obras de carácter narrativo sobre vidas de santos. Todas ellas coinciden en una cronología bastante restringida en los años finales del XI. En torno a 1100, se decora, casi en su totalidad, el templo de Saint-Savin-sur-Gartempe, cerca de Poitiers. Todavía subsiste la pintura en el pórtico, en el largo cañón de la nave y en la cripta oriental. Un grupo de artistas, de estilo bastante afín, pinta un amplísimo repertorio de escenas: un ciclo bíblico en la nave, temas escatológicos en el pórtico, y hagiográficos en la cripta. El estilo responde a figuras de gran canon, muy estilizadas. Simplifica las formas y estiliza los detalles expresivos, reduciéndolo todo a lo esencial. La gama cromática empleada se limita a unos tonos mates y claros, definidos con ocres intensos y verdes. Este tipo de pintura alcanza una gran popularidad por el área, mostrándose ya con una cierta rudeza en San Martín de Vic (Bourbonnais). La iconografía de Saint-Savin responde a un sentido de la ilustración de temas narrativos que también aparece en los manuscritos iluminados sobre vidas de santos. A esta serie corresponde una "Vida de santa Radegunda", donde se reproducen veinticuatro escenas de la santa, y una "Vida y milagros de san Aubin". Los ciclos iconográficos de estos libros se realizan con un estilo ingenuo, completando la composición de las escenas con temas anecdóticos. Contactos con el arte insular presentan las excelentes pinturas de la cripta de Tavant. Sus figuras dotadas de movimientos convulsos adquieren un aspecto dramáticamente fantasmagórico. Al sur, en Limoges, nos encontramos con dos talleres, el de San Marcial y el de la catedral de San Esteban, que nos suministrarán durante los siglos del románico una amplia serie de obras de gran calidad. La obra maestra es la conocida "Biblia de San Marcial de Limoges", compuesta hacia 1100. Fue realizada por dos artistas muy diferentes. El primero adopta un estilo próximo al del leccionario de Cluny, mientras que el segundo, de una gran calidad, muestra un extraordinario dominio del dibujo.
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La intervención de Salvador Dalí en el mundo del cine puede ser calificada de exitosa en su primer momento. Se trataba de la película titulada "Spellbound" (en español fue traducida como "Recuerda") que interpretaban en sus papeles estelares Ingrid Bergman y Gregory Peck. Su director era el célebre Alfred Hitchcock, quien necesitaba a un artista consagrado como asesor artístico de algunas escenas, en concreto aquéllas que estaban relacionadas con los episodios psicoanalíticos que aparecen en la película. El elegido finalmente sería Dalí porque, como dijo el director británico: "Yo pude elegir también a De Chirico o a Max Ernst pero nadie es tan imaginativo y extravagante como Salvador Dalí". Desde luego, los dibujos y proyectos de Dalí para la ocasión superan en mucho las posibilidades técnicas que por entonces podía desarrollar el cine. En muchos de esos bocetos aparecen paisajes infinitos, metafísicos, así como la metamorfosis de rostros blandos y demás iconografía del artista ampurdanés. La escena que contemplamos es de otro orden. La simplicidad de los elementos es máxima: el suelo, el horizonte y el cielo. Conectando a los tres, un inmenso ojo con párpado observa -parece que aterrad - al espectador. En la presencia exclusiva de ese ojo estaba el homenaje de Dalí a uno de los pioneros del arte imaginativo, al pintor del siglo XIX Odilon Redon, que lideraba la escuela simbolista en Francia. El ojo es el protagonista, no olvidemos, de una de las escenas más conocidas de la primera película en la que intervenía Dalí: "Un chien andalou", que había sido rodada por su amigo Luis Buñuel y estrenada en 1929. En esa ocasión, el ojo de una mujer era cortado con una navaja de barbero. Esa primera experiencia con el cine en Estados Unidos le animó a participar en otros proyectos. Al año siguiente planificó con el animador y director Walt Disney el guión de un cortometraje de animación que sería titulado "Destino"; en ese proyecto, que no llegó a concretarse, las imágenes dobles de Dalí eran la norma.
obra
Compañero de la Vista y el Gusto, forma parte de la serie de los cinco Sentidos pintada por Ribera en Roma. El maestro valenciano presenta a un mendigo con una cebolla en las manos que le hace llorar. En la mesa encontramos otra cebolla y una cabeza de ajo, contrastando el mal olor de éstos con la rama de naranjo que hay junto a ellos. La intensa y directa iluminación empleada acentúa los contrastes de luz y sombra y crea una acentuada diagonal en la pared, similar a la realizada por Caravaggio en la Vocación de San Mateo para San Luis de los Franceses. El naturalismo con el que trata al personaje casi raya en lo grotesco, demostrando Ribera su capacidad para representar todo tipo de personajes. Resulta curioso la comparación de esta imagen con las obras de los Cinco Sentidos pintadas por Brueghel, sustituyendo Ribera la elegancia flamenca por una nueva visión más cercana al espectador.
Personaje
Militar
En 1650 llega a Santo Domingo y tres años más tarde es expulsado debido a las actividades piráticas que desarrollaba. Se refugia en Tortuga, isla que se convertirá en su futura base de operaciones. Las ciudades de Maracaibo y Puerto Cabello serán saqueadas en 1666. Con motivo de un asalto a la isla de Barú será descuartizado y devorado por los indígenas.
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Cuando los norteamericanos desembarcaron en Guadalcanal sin hallar resistencia se sintieron sorprendidos, tanto que, recelando una emboscada, avanzaron muy lentamente, pese a los claros indicios de desbandada japonesa: almacenes abandonados sin destruir las existencias, comedores de tropa con los platos a medio consumir, armas y municiones abandonadas. Hasta después de cuarenta y ocho horas no tomaron el aeropuerto de Henderson, cuya construcción estaba casi terminada. Los choques en esos primeros días fueron escasos: algunos tiroteos, alguna patrulla norteamericana sorprendida en una emboscada, algún contraataque aislado. Cuando los transportes norteamericanos levaron anclas, Vandergrift ya tenía en la isla la 1.? división de marines, reforzados por el segundo regimiento del mismo cuerpo y un batallón de raiders (fuerzas especiales de choque). En total, unos 15.000 hombres. Sin embargo, la retirada de los transportes significaba una fuerte contrariedad, porque restaba fuerza a las tropas desembarcadas y porque retrasaría la puesta en servicio, ahora para los aviones norteamericanos, del aeropuerto. Había que ganar tiempo para consolidar las posiciones y organizar una nueva flota que reanudase los suministros. Por eso, Washington quitó importancia al desembarco y mencionó, al parecer en Moscú, que sólo habían desembarcado 2.000 hombres. Ese dato estuvo inmediatamente en manos del servicio secreto japonés, motivo por el que Tokio se tomó el desembarco como una aventura local, secundaria en el fondo. Ordenó al general Haruyoshi Hyakutake, al mando del XVII Ejército, que enviase a 6.000 hombres a Guadalcanal para que la limpiasen de norteamericanos. Los primeros refuerzos que llegaron a la isla fueron 900 hombres, la mitad del regimiento del coronel Ichiki, que desembarcaron audazmente en Taivu, junto a las líneas norteamericanas, transportados por torpederos. El coronel Kiyono Ichiki, que llegaba al frente de sus hombres, era mundialmente conocido por haber protagonizado el Incidente del Puente de Marco Polo (denominación eufemística dada por los japoneses a la gigantesca guerra que sostenían con China, a causa del choque local que dio el pretexto para abrir las hostilidades). Ichiki era hombre prestigioso, buen conductor de tropas, optimista -demasiado, como se verá- y valeroso. Poco antes de comenzar su misión escribía en su diario, emulando a César: "18 de agosto, desembarcamos. 20 de agosto, marchamos toda la noche y atacamos. 21 de agosto, saboreamos los frutos de la victoria". Pero Ichiki comenzaba su intervención ya derrotado. Las tropas que encontró en la isla estaban hambrientas, desmoralizadas y mal equipadas. Sus propios hombres y sus medios de combate eran escasos, y aunque fuesen unas excelentes tropas de choque, no disponían del entrenamiento apropiado para combatir contra las posiciones fortificadas en una isla tropical. Los marines ocupaban en esos momentos un área semicircular, con una base sobre la playa de unos 7 kilómetros y una profundidad de 3 ó 4 kilómetros. El área incluía el aeropuerto Henderson, apoyaba su ala izquierda en el río Tenaru y la derecha en las colinas de Kukum. Casi paralelo al Tenaru discurría el río Ilu sobre el que los norteamericanos apoyaban su segunda línea de defensa por el este, segunda línea que también se sostenía en las colinas, mientras que por el sur una informe altura cubierta de jungla -que luego sería conocida como cresta sangrienta- servía de apoyo y punto avanzado del perímetro defensivo. Contra este dispositivo, fuertemente astillado, se dirigió Ichiki con su escasa tropa. Una fe ciega en la moral combativa del soldado japonés y un desprecio al valor del soldado norteamericano, al que, además, se suponía desmoralizado tras la pérdida de toda la patrulla del teniente coronel Goettge. Este grupo norteamericano cayó en una emboscada durante un reconocimiento; los supervivientes fueron decapitados por los sables de los oficiales japoneses. Este asesinato de prisioneros de guerra, contra lo que suponían los japoneses, había galvanizado a los norteamericanos, que esperaban atrincherados el momento de la revancha. Ichiki lanzó a sus hombres a través del Ilu donde les aguardaba una barrera de fuego que asombrosamente lograron cruzar a costa de grandes pérdidas. Tras ella encontraron los japoneses las posiciones atrincheradas de los norteamericanos y una línea de artillería que les frenó en seco: habían caído en una especie de emboscada de la que era casi imposible la huida: cañones y morteros creaban una barrera de metralla a sus espaldas; de frente, centenares de ametralladoras y fusileros diezmaban sus filas y, finalmente, un grupo de tanques entraron en acción, aniquilando cuanto se movía. Setecientos japoneses perdieron la vida. Ichiki quemó su bandera y se suicidó. La victoria terminó por elevar la moral de los norteamericanos, pese a su aislamiento, a su escasez de medios y a los bombardeos nocturnos de la flota japonesa. Pero aún mejoró su posición cuando, durante los últimos diez días de agosto, comenzaron a llegar víveres, municiones, gasolina y bombas de aviación. El aeropuerto estaba listo para operar y a finales de mes contaba con 77 aviones de caza y bombardeo. El aislamiento había terminado: aunque por la noche comenzó a operar el Expreso de Tokio (destructores y cruceros rápidos que llevaban tropas a la isla y bombardeaban el aeropuerto) bautizado así por la puntualidad de su llegada, su ataque y su retirada; durante el día, con la protección de sus aviones situados en el aeropuerto de Henderson, el mar era norteamericano. En esa purga por mantener la isla, de un lado, y por recuperar el aeropuerto, del otro, comenzaron una serie de choques navales de resultado poco decisivo y fuertes pérdidas para ambos contendientes. Mientras tanto, las fuerzas japonesas se desangraban en la isla en ataques de pequeños grupos, sumariamente armados, que le eran casi invariablemente aniquilados ante las posiciones norteamericanas. La táctica no era correcta, como reconocen hoy los japoneses, pero en aquel entonces nadie pareció entenderlo, quizá porque seguían ignorando el verdadero potencial de las fuerzas norteamericanas desembarcadas, quizá porque el goteo de los refuerzos y abastecimientos no permitía otra acción. Tres semanas después del ataque de Ichiki, el general Kawaguchi logró reunir una fuerza relativamente importante: 6.000 hombres de su propia brigada, 1.000 del regimiento de Ichiki (llegados a la isla después del desastre) y unos 2.000 hombres más de la guarnición de la isla. De cualquier forma eran demasiado pocos y ni su alta moral ni su entretenimiento les serviría de mucho contra las posiciones norteamericanas, bien protegidas por carros y artillería, imposible de neutralizar con los nueve cañones de montaña que habían logrado llevar a la isla. Por otra parte, los norteamericanos se mostraban cada vez más atrevidos, hasta el punto de que Kawaguchi logró escapar por poco de un desembarco que los propios marines de Guadalcanal hicieron en su persecución. Los norteamericanos lograron apoderarse en ese golpe de su propio equipaje y un pantalón del general japonés fue fijado, como desafío, en lo alto de un mástil, visible desde las posiciones japonesas. Kawaguchi planeó su ataque en combinación con un bombardeo aéreo y dirigió su principal ataque contra la cresta que protegía el aeródromo. La noche del 12 de septiembre comenzó la batalla. Kawaguchi tenía en su ala izquierda a los restos del regimiento de Ichiki; en el centro dos batallones de su brigada y otro de la división Sendai (sus soldados eran oriundos de esta bella localidad, a 300 kilómetros de Tokio); el ala derecha estaba dirigida por el coronel Oka, que tras una marcha de 100 kilómetros por la jungla tenía a sus hombres hambrientos, agotados y que, sin embargo, era pieza clave por ser el único que disponía de algunos cañones. El general japonés, consciente de que era un ataque a vida o muerte, no dejó ni a un sólo hombre en la reserva. A las 21 horas los japoneses se lanzaron sobre las posiciones norteamericanas, gritando en inglés que atacaban con gases asfixiantes y lanzando sus fanáticos gritos de ¡Banzai, banzai! La cresta objeto del impulso principal pronto se cubrió de cadáveres, ganándose merecidamente el nombre de sangrienta. Por ella se combatió durante dos días con singular ferocidad. Todo el regimiento de Ichiki pereció en esos combates, junto con su jefe, Mizumo, que logró atravesar la primera línea norteamericana y romper la segunda en algunos puntos hasta la pérdida del último de sus hombres. Por el centro el batallón Tamura (División Sendai) logró arrollar las defensas de la cresta, descender a la carrera su lado norte, atravesar el aeropuerto bajo un fuego infernal e irrumpir en el centro del sistema defensivo norteamericano... Pero fue sólo una carrera contra la muerte: cuatro hombres lograron alcanzar el puesto de mando de Vandergrift, en el que lograron incluso matar a un sargento antes de caer acribillados a balazos. Hubo momentos en que algunos japoneses estuvieron detrás de todos los norteamericanos desembarcados en Guadalcanal, pero les resultó imposible mantenerse. Tras sangrientos y confusos combates, muchos de ellos, cuerpo a cuerpo, tuvieron que retirarse o perecieron combatiendo sobre los lugares tan afanosamente ganados. El comandante Kunio, jefe del 1.° batallón de la brigada de Kawaguchi, pereció combatiendo con su sable ya muy dentro del dispositivo norteamericano, tras haber perdido a todos sus hombres. Tanto a él como a Tamura les faltaron los hombres necesarios, los medios necesarios para el último y decisivo cuarto de hora de su misión suicida, para cubrir los últimos metros. El ala derecha del coronel Oka sufrió el grueso del fuego concentrado de la artillería norteamericana. Aquellos hombres, que apenas habían comido en los últimos días, que ya estaban agotados ante la lluvia de metralla que se les vino encima y ante el contraataque de los marines, dispersándose por la jungla. El ataque de Kawaguchi, bien concebido y efectuado con fanática energía, fue el más sangriento y duro que sufrieron los norteamericanos, como ellos mismos reconocen; sin embargo, aunque lograse perforar por varios puntos las líneas norteamericanas, aunque se sostuviera durante algunas horas en la colina sangrienta, aunque alcanzasen el aeropuerto, siempre estuvo lejos de la victoria. Sus hombres combatieron en una inferioridad de dos a uno, estaban agotados, carecían de protección artillera, hubieron de combatir contra un enemigo duro y experimentado que les esperaba en inmejorables posiciones, carecían de reservas, sus comunicaciones en la jungla eran tremendamente lentas e inseguras y nunca llegaban los refuerzos al punto preciso y en el momento necesario... Por el contrario, Vandergrift no perdió nunca los nervios y, con abundantes reservas, pudo siempre taponar los huecos, contraatacar en los puntos necesarios, machacar atrozmente las concentraciones japonesas con sus cañones... Estaba seguro que, al final, los japoneses perderían impulso... y eso ocurrió tras dos días de combates, en los que los japoneses tuvieron más de 3.000 muertos, mientras los norteamericanos, entre muertos y heridos contaban unas 500 bajas.
contexto
Roma tuvo la fortuna de poseer muy pronto un nuevo procedimiento de construcción, basado en una mezcla de cal, arena, guijas, cascotes y piedras ligeras (toba, puzzolana), fáciles de obtener y que unían a su baratura, la plasticidad antes del fraguado y la solidez a toda prueba después del mismo. Sin el opus caementicium son inconcebibles muchos de los aspectos más trascendentales de la arquitectura romana: los grandes ámbitos termales, las inmensas bóvedas, y lo más admirable, las cúpulas, trasuntos de la esfera celeste. Roma hizo uso de la argamasa de cal desde principios del siglo II. Uno de los primeros testigos son los restos de la Porticus Aemilia, vastos almacenes de la zona portuaria de Roma, al sur del Aventino, construidos por los censores de 193 a. C., L. Emilio Lépido y L. Emilio Paulo. El opus caementicium requería la cubierta de paramentos de materiales ligeros y pequeños que ocultasen su núcleo de hormigón. El tufo, o toba, se prestaba para ello, y así fue empleado, partiéndolo en trozos piramidales del tamaño de una piña, irregulares al principio (opus incertum, hasta comienzos del siglo I) y muy bien hechos más tarde. Incrustada por el vértice en la argamasa, quedaba únicamente visible la base de la pirámide, formando el diseño de una retícula que le granjeó el nombre de opus reticulatum. La gran época de éste es el siglo de los Julio-Claudios; después, quedó reservado a obras muy exquisitas, como los paramentos y bóvedas de la Villa Adriana de Tívoli, y reemplazado en las demás por el más barato, pero también elegante, ladrillo (opus latericium). Recortar en un santiamén con la piqueta una pirámide de tufo de tamaño adecuado, a base de cinco o seis golpes, requiere la pericia que hoy aún poseen las cuadrillas que tienen a su cargo la conservación de conjuntos como el de Ostia. Por caro que saliese, el ladrillo hecho a molde salía más barato.