La democracia ateniense tenía algunas particularidades. Sistema de gobierno impuesto para evitar la acumulación de poder en unas pocas manos y su ejercicio despótico, se implementó una forma de evitar que esto sucediese mediante una votación popular, en la que los ciudadanos decidían si alguien debía ser condenado al destierro por sus malas acciones o por la intención de hacerse con el poder de manera ilícita. Este sistema fue llamado ostracismo. Un historiador tardío, Diodoro Sículo, escribió en el siglo I d.C. lo siguiente acerca del ostracismo: "En primer lugar expulsaron de la ciudad al mismo Temístocles, empleando contra él lo que se llama ostracismo, de acuerdo con la legislación de Atenas tras la eliminación de la tiranía de los Pisistrátidas. La ley era del modo siguiente: cada uno de los ciudadanos escribía en un trozo de barro cocido (ostrakon) el nombre de aquél que, en su opinión, tenía el mayor poder para derrocar la democracia. El que recibía el mayor número de ostraka era obligado a abandonar la patria durante cinco años. Parece que los atenienses habían puesto en vigor esta ley no para castigar las malas acciones, sino para lograr que los pensamientos de los poderosos fueran más humildes a causa del exilio. Así, Temístocles fue condenado al ostracismo y se exilió en Argos". Para facilitar la participación de los ciudadanos en los asuntos de gobierno de la polis, los atenienses decidieron que los servidores públicos, en tanto debían abandonar temporalmente sus ocupaciones habituales, cobraran una cantidad por su participación en la política de la ciudad. Este pago o indemnización, el misthos, fue establecido por Pericles, y lo recibían diversos servidores públicos como magistrados, jurados de tribunales populares, integrantes del consejo y soldados llamados a filas. Posteriormente la mistoforia o pago por trabajar en la política alcanzó a los miembros de la asamblea, lo que facilitó el acceso de los ciudadanos pobres a la política. A pesar de ello, la indemnización, si bien era suficiente para sostener económicamente a quien lo recibía, no podía equipararse con el salario normal de un buen obrero.
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Cuando en 1664 Poussin concluye esta serie de carácter simbólico para el duque de Richelieu, se encuentra, a sus setenta años, en plena conciencia de su muerte próxima. Con resignación estoica aprovecha los últimos instantes de su vida para disfrutar de pequeños placeres y meditar sobre los grandes temas, como el destino, ya que la enfermedad de su mano le imposibilitaba el trabajo artístico. El pintor Abraham Breughel, que lo conoció en esta época, nos dice que "Poussin no hace ya nada, sino disfrutar de un vaso de vino junto a Claudio de Lorena". Con este amigo compartirá también su afición por el paisaje, aunque desde perspectivas distintas. Por ello, esta obra, la tercera de las Estaciones, refleja un tono crepuscular, de atardecer, ya que simboliza la edad madura. Para completar la alegoría ha elegido el texto de las uvas de Canaá, también conocido como la Tierra Prometida. Tras su salida de Egipto, Moisés envía a unos mensajeros a explorar la Tierra Prometida por Dios a los judíos. Pasado un tiempo, los mensajeros regresan portando estas uvas, como signo de la fertilidad de la tierra. Para resaltar este aspecto crepuscular, Poussin ha empleado de forma mayoritaria el azul en distintos tonos, como haría en las demás para responder a cada momento del día.
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El origen de la ciudad de Oviedo se remonta al año 761, con la creación de un establecimiento agrícola-monástico a cargo de los presbíteros Máximo y Fromistano. Sobre este primitivo lugar, más tarde se fundaría una pequeña iglesia dedicada a San Vicente.Su situación central determinó que el rey asturiano Fruela I ordenara construir un palacio y una iglesia, si bien no fue sino hasta el reinado de Alfonso II (791-842), su hijo, cuando la corte se trasladó desde Pravia hasta Oviedo. Así, se ordenó además levantar una nueva iglesia bajo la advocación de El Salvador. Alfonso II se vio obligado a reconstruir la capital, pues había sido destruida por un ataque musulmán en el año 794.La instalación de la corte en la ciudad da el impulso definitivo para su desarrollo, generando la llegada de nuevos pobladores y la construcción de edificios. Tal desarrollo constructivo da lugar a un nuevo estilo arquitectónico, conocido como arte asturiano o prerrománico, que tiene sus mejores manifestaciones muy cerca de Oviedo, durante la época de Ramiro I, con la construcción del palacio de Santa María del Naranco y la iglesia de San Miguel de Lillo.El programa constructivo continúa con el monarca Alfonso III el Magno, quizás el mayor impulsor de la ciudad. Bajo su mandato, Oviedo se convierte en un centro de acogida de peregrinos, que llegan a la capital atraídos por las reliquias que se conservan en la basílica de El Salvador. Este edificio será la base sobre la que se edificará la posterior catedral, impulsada por el obispo don Gutierre de Toledo, de finales del siglo XII (1382-88). El nuevo edificio será realizado en un estilo gótico flamígero, imperante en la época, aunque tuvieron que pasar casi tres siglos para que la fábrica de la catedral estuviera finalizada.
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Todavía pudo un miembro del GATCPAC, en plena descomposición, realizar desde París la obra quizás más significativa y representativa de la situación dramática por la que atravesaba España en estos años. José Luis Sert y Luis Lacasa reciben el encargo de levantar el Pabellón por parte de la República. La premura y la limitación de materiales se solucionaba con el uso de elementos prefabricados de rápido montaje, lo cual facilitó su construcción. El estilo venía determinado por la aplicación de los principios racionales y funcionales, por la modulación y la obtención de tres plantas libres enlazadas con escalera o rampa laterales, por la consecución de transparencia y concatenación espaciales (grandes lunas vítreas, espacios fluidos), en fin, por la negación de cualquier ornamento superfluo que perturbase la información sobre el devenir en España o la integración de importantes artes de vanguardia: Fuente de Mercurio, de Calder; Montserrat (Stedelijk Museum, Amsterdam), de González; El payés catalán en rebeldía, de Miró; Guernica (Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid), de Picasso; El pueblo español tiene un camino que conduce a una estrella, de Alberto Sánchez... Una obra total que se manifestaba entre la muerte y la esperanza, digna de ser estudiada por Fernando Martín (Universidad de Sevilla, 1983) y por Josefina Alix (CARS Madrid, 1987).
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Aunque la guerra en Asia había comenzado en los años treinta, la guerra en el Pacífico se considera abierta tras el ataque japonés contra Pearl Harbor, la gran base donde el día 7 de diciembre de 1941 se hallaba el grueso de la flota norteamericana. En este amplio capítulo se trata el ataque a Pearl Harbor, con las circunstancias que le acompañaron; los primeros meses de aquella guerra, formados por un rosario de victorias japonesas, que se van mencionando un tanto de pasada, deteniéndonos en los dos mayores desastres occidentales de aquella campaña: Singapur y Filipinas. Finalmente, Tokio había logrado materializar su sueño: la Gran Asia japonesa ¿qué dirección dar a la guerra?
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En tiempos muy remotos el hombre llevó consigo el perro y, en torno al año 4000, importó un pequeño jabalí, el cerdo indonesio, que aclimató en todas las islas del Pacífico, a excepción de Australia, convirtiéndose en el principal factor económico del mundo oceánico. Su posesión supone riqueza y poder. Ningún suceso importante puede tener lugar sin que conlleve la correspondiente matanza e ingestión de cerdos. Constituye la principal moneda de transacción; es el elemento esencial de la dote o precio de la novia; se utilizan en los rituales de preparación de una guerra, en los de iniciación y en los funerales. Después de la matanza, los cerdos se reparten generosamente entre parientes y clanes amigos quienes, a su vez, se sienten obligados a corresponder con la misma generosidad en futuras ocasiones. Ello crea un lazo de unión y a la vez de dependencia entre individuos y clanes e incluso, estimula la economía, ya que todos ellos se esfuerzan en criar más de los que necesitan para su subsistencia, con objeto de rivalizar en generosidad y prestigio con otros clanes. A pesar de las notables diferencias entre las diversas culturas del Pacífico, hay también otros muchos elementos comunes: algunos visibles y evidentes, otros más difíciles de percibir. Por ejemplo, en el uso de los materiales disponibles, el cocotero y el pandano son, probablemente, los árboles más representativos de las islas del Pacífico, esenciales en la construcción de viviendas, en la artesanía y en el tejido; en ciertas zonas cercanas al sureste asiático, en torno al 7000, ya se habían domesticado plantas específicas de Oceanía, que después los oceánidas llevaron consigo y aclimataron en el resto de las islas: taro, ñame, árbol del pan, palmera sagú, betel, batata, caña de azúcar y plátano, cultivándolos a veces con una técnica de huertos aterrazados muy complicada; la kava, infusión preparada a base de la raíz de una planta, que produce efectos eufóricos, es la bebida más generalizada. La economía de los pueblos del Pacífico ha sido, y sigue siendo en muchos sitios, una economía de subsistencia, basada en la caza, siempre precaria; en la pesca, abundante en muchos sitios; en la recolección de frutos y raíces silvestres; y en la agricultura de huerta. Los metales son muy abundantes en algunas zonas, pero los indígenas jamás los han utilizado. Sin embargo, este escaso bagaje cultural y técnico fue suficiente para que todos estos pueblos conservaran su modo de vida ancestral hasta la llegada de los europeos. Muchas de las facetas de su vida religiosa y ceremonial y, sobre todo, la codificación de sus elaborados sistemas socio-matrimoniales y de parentesco no están todavía muy claros para los occidentales. Pero lo cierto es que estos pequeños grupos familiares, desprovistos, prácticamente, de todo lo que nosotros llamamos bienes materiales, han desarrollado una riqueza mental y estética excepcional.
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El día 27 de septiembre de 1940 tenía lugar en la Cancillería de Berlín, y presidida por Adolf Hitler, la firma denominada Pacto Tripartito que unía los intereses políticos, militares y económicos de Alemania, Italia y el Imperio japonés. En el plano técnico se trataba de hecho de un desarrollo del tratado Antikomintern -dirigido contra un posible expansionismo soviético- que el Reich había promovido en noviembre de 1935. Cinco años más tarde, la situación había dado un giro en beneficio de las potencias totalitarias y todo hacía pensar en la viabilidad y efectividad de este nuevo acuerdo, que servía para sellar de forma visible unas connivencias ya manifestadas bajo todas las formas posibles con anterioridad. Los ministros de Asuntos Exteriores alemán e italiano -Ribbentrop y Ciano- y el embajador japonés firmaron este acuerdo, pensado como instrumento sobre el que funamentar las bases de un nuevo ordenamiento del mundo. En él, las potencias agresoras habrían de decidir el sistema organizador, una vez situados todos sus oponentes en posiciones de dependencia mediante el uso directo de las urnas. Alemania e Italia se reservaban por el mismo la libertad de actuación sobre el escenario europeo, mientras que Japón lo hacía con respecto a Asia y el Pacífico. Los tres países interesados conseguían de esta forma un refuerzo diplomático para lanzarse a una abierta política de expansionismo que de hecho no era más que la lógica continuación de la que ya habían emprendido durante la segunda mitad de la anterior década. El texto del acuerdo observaba el mantenimiento de permanentes y regulares contactos entre los países firmantes con referencia a los aspectos más destacados de la actividad exterior de cada uno de ellos. Asimismo, preveía la prestación de ayuda inmediata a cualquiera de los miembros signatarios en caso de ataque por parte de otro país. Muy pronto, sin embargo, podría comprobarse en la práctica que estos deseos proclamados de permanente cooperación no tendrían plasmación entre Alemania e Italia por una parte y el Japón por otra. El llamado Pacto de Acero no superaría de esta forma los niveles de una importancia simbólica dirigida a ofrecer una imagen del mundo definida por unas concretas concepciones del poder. Desde un punto de vista formal, la finalidad del tratado era la de hacerlo extensivo y vinculante para una serie de países europeos, tanto los ya conquistados por Alemania como aquellos otros con los que el Reich mantenía relaciones de amistad y cooperación o intereses en común. Para entonces, Polonía había sido ya desmembrada entre alemanes y soviéticos mientras que Noruega, Dinamarca, Bélgica, Holanda, Luxemburgo y Francia se encontraban ocupadas. Gran Bretaña, por su parte, comenzaba a sufrir los efectos de los bombardeos lanzados sobre sus ciudades, al tiempo que Finlandia combatía contra el ataque dirigido sobre su territorio por la Unión Soviética. En España, hacía más de un año que había concluido la guerra civil con la victoria final de las fuerzas rebeldes, que habían obtenido su éxito bélico debido en gran medida al apoyo material prestado por las potencias totalitarias. La situación no podía de esta forma manifestarse más amenazadora para los defensores de la libertad, a los que todavía los Estados Unidos no habían comenzado a prestar su ayuda directa. En este sentido, los analistas más lúcidos del momento consideran que el tratado comprometía al Japón a lanzar un definitivo ataque contra Norteamérica, que en efecto sería decidido y efectuado en diciembre del siguiente año mediante el bombardeo de la base de Pearl Harbour. En general, el Pacto de Acero se presentaba como un anuncio o amenaza dirigida en contra de la misma supervivencia de los regímenes democráticos enfrentados al expansionismo nazi y fascista. A partir del momento de la firma, Hitler y Mussolini tratarán de incluir en el pacto a sus homólogos del continente, Pétain y Franco en primer lugar. Sin embargo, el resultado de las conversaciones mantenidas en este sentido no resultaría positivo. El general español presentaría en la conferencia de Hendaya una serie de condiciones inaceptables al tiempo que mostraba la imagen de un país exhausto y desangrado después de tres años de enfrentamiento civil. Por su parte, el mariscal francés solicitaba de su sometido pueblo la colaboración con el ocupante, pero no se decidiría a firmar el tratado. La Unión Soviética, asimismo presionada para que entrase a formar parte del acuerdo, mantendría una actitud negativa no explícita pero reveladora de sus temores con respecto a los futuros efectos del mismo. De forma paralela, algunos países menores como Hungría, Rumania y Eslovaquia se verán forzados a transigir con la voluntad alemana y firmarán el acuerdo durante los últimos días del mes de noviembre. Más adelante, en marzo de 1941, otros dos Estados incluidos dentro de la órbita germana -Bulgaria y Yugoslavía- serán inducidos a realizar la misma operación. Las fantasías expansionistas de Mussolini tendrán de esta forma posibilidades de plasmación práctica. Sin embargo, el fracaso de su intento sobre Grecia no hará más que situar a Italia en posiciones de mayor dependencia con respecto a su amenazante aliado del norte. El Pacto de Acero mostraría de esta forma su verdadera naturaleza como instrumento a utilizar en exclusivo beneficio del Reich. De hecho, el poderío alemán no precisaba de tales medios para respaldar sus actuaciones, pero todavía seguía actuando según las formas pactistas del período de entreguerras, de las cuales el tratado tripartito constituyó su última y envilecida manifestación.
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Con el fin de lograr un grado de mayor compromiso hispano-francés, el 19 de agosto de 1796, Godoy establecía con el Directorio el Pacto de San Ildefonso, una alianza ofensivo-defensiva que tenía como prioridad la cooperación militar de los dos países frente a Inglaterra. Era opinión generalizada entre los políticos españoles del siglo XVIII que una paz definitiva con Inglaterra era imposible a causa de la ambición colonial británica y al distinto régimen político que gobernaba ambas monarquías. Floridablanca, en su Instrucción reservada, escribió que "mientras la nación inglesa no tenga otra constitución o sistema de gobierno que el actual, no podemos fiarnos de tratado alguno (...). La responsabilidad de aquel gabinete tiene a toda la nación, ya separada o ya unida en su Parlamento, le hace tímido, inconstante y aún incapaz de cumplir sus promesas". Carlos Seco ha señalado que el oportunismo de Godoy era la razón principal de ese vuelco espectacular que unía a una de las monarquías más tradicionales de Europa con la República regicida. El valido logró convencer a Carlos IV, argumentando qué razones europeas y americanas hacían aconsejable la alianza con Francia. En Europa, los intereses familiares de los Borbones españoles en Parma y Nápoles hacían necesario el acercamiento al Directorio francés, en un momento en que éste dominaba la situación política italiana tras las victoriosas campañas napoleónicas en la península. En Italia, y en Roma en particular, la noticia del acuerdo provocó una oleada de indignación contra España, y Azara manifestaba en su correspondencia que "no me admirará que quemen el Palacio de España con cuanto yo tengo dentro", quedando el embajador en una situación sumamente comprometida, pues era a un tiempo embajador ante Pío VI y embajador de una potencia aliada con una República que había invadido Italia y los propios Estados Pontificios. En América, mantener el neutralismo español suponía abrir las puertas de nuestro Imperio colonial a los intereses ingleses, que habían reactivado el contrabando. El malestar británico por la cesión a Francia de la parte española de la isla de Santo Domingo hacía prever un posible ataque inglés en las Antillas. Para Francia, la alianza con España respondía a una aspiración diplomática ya expresada por Mirabeau ante la Asamblea Nacional en los primeros momentos de la Revolución: transformar el Pacto de Familia en una alianza entre las dos naciones. Pero en la coyuntura de 1796 tenía un redoblado interés: poder utilizar la capacidad naval española, estimada en torno a 308 buques de guerra de muy diverso porte, para dominar el Mediterráneo, expulsar a los ingleses de Portugal y defender las Antillas. Además, permitía la utilización del puerto de Cádiz, estratégicamente situado entre el Mediterráneo y el Atlántico, por una fuerza naval combinada. La potencialidad de la República en el mar era escasa, y sólo sumando los buques españoles con base en Cartagena y Cádiz se lograba superar la capacidad naval británica en el Mediterráneo, aunque poner en situación operativa la escuadra española supondría para la hacienda real unos gastos extraordinarios. Lo arriesgado de un cambio tan drástico en la orientación de la política exterior no dejó de incitar la oposición clandestina de los enemigos de Godoy en la Corte, y la crítica de amplios grupos de población, entre los que estaba extendido un mayoritario sentimiento antifrancés. Para las poblaciones fronterizas o para las ciudades portuarias, la alianza con Francia y la inminencia de una ruptura armada con Inglaterra eran síntomas de privaciones y dificultades, como la experiencia había tenido ocasión de demostrar, y como comprobarían fehacientemente de inmediato. Las cláusulas del Pacto de San Ildefonso tenían carácter ofensivo-defensivo, y en ellas se especificaba con detalle la aportación de cada uno de los Estados signatarios a una fuerza común en el caso de que cualquiera de ellos fuera atacado. A primeros de octubre de 1796 se rompían las hostilidades con Inglaterra, pese a que Godoy era consciente de los gravísimos perjuicios económicos que para el país entrañaba esa guerra, y a los informes que en ese sentido le había hecho llegar el Secretario de Hacienda, Gardoqui. Pero con el comienzo de la guerra se iniciaba un proceso de sometimiento a las iniciativas francesas y a las pautas que marcaron hasta 1808 el Directorio, el Consulado y el Imperio. El propio Gardoqui, proclive a los arandistas, fue destituido de la dirección de la Hacienda a instancia francesa y enviado como embajador a Turín, un puesto políticamente insignificante.
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Ante la guerra y la marcha de los hombres, un tipo de sufrimiento común fue el de la soledad o lejanía del hombre combatiente que dejaba a la mujer o a la amante sola o con los hijos y teniendo que sacar adelante a la familia. Es la mujer que sin ser detectada por los anales o crónicas de las guerras, permanecieron silenciosas trabajando y sacando la economía familiar, la hacienda y los hijos. Gráfico Un caso muy ilustrativo de soledad es la carta de una mujer amante que padeció la ausencia de la persona querida durante la Guerra de la Independencia: "Amado bien mío: tu silencio me tiene con la mayor pena sin poder tener sosiego en el corazón sin por faltarme tus noticias que con tanto afán las deseo para salir del cuidado en que me han puesto las fatales novedades que por aquí corren, pues se asegura por muy cierto que los franceses han dado una batalla en la cual han sido derrotados por los españoles con pérdida de muchos prisioneros y muertos. Además dicen que han muerto a dos Generales puedes considerar como estaré con semejantes especies, juzga por lo mucho que tu sabes que te adoro con la gran vehemencia que padecerá mi espíritu siendo bien cierto que tu vida tanto me interesa. Te aseguro dueño mío que es mucho el tormento mío pues apenas puedo vivir con los malos ratos que padezco y siempre, en la cruel incertidumbre de no saber el día que volveré a verte. Dime cuantas cartas has recibido mías pues con esta son 4 las que te tengo escritas y yo solo una he recibido tuya. Estoy de malísimo humor y sin gusto para nada, por lo tanto no te doy ninguna noticia ni quiero decirte nada de tus amigos y demás cosas que ocurren todos los días con el gran número de ignorantes de esta Corte que se creen vencedores y dicen que los franceses están perdidos porque no tienen tropas suficientes para conquistar la España. Recibe expresiones de mi Hermana y de su Amigo y dáselos también de mi parte a tus dos señores edecanes: dispón cuanto gustes de esta tu fiel amiga que te ama y será la más fina en quererte. Tu J." (77)