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Casi sería más propio hablar de un cierto antiimpresionismo al referirse a esta pintura científica empeñada en reducir a lo esencial la accidentalidad de los impresionistas. El término fue acuñado por Fénéon, cofundador de la "Revue Indépendante" y entusiasta defensor de las teorías de Seurat, impulsor de las relaciones entre el arte y la ciencia. Fénéon comprendió el paso decisivo que se había dado desde el deseo de captar los elementos fugitivos a la propuesta de los neoimpresionistas de sintetizar los paisajes "en un aspecto definido que perpetúe la sensación implícita en ellos". Signac lo matizaría después en su importante texto-manifiesto "De Eugéne Delacroix au Néo-impressionnisme", publicado en 1899. Debe entenderse el término como una diferencia de procedimientos ya que los fines seguían siendo los mismos que los de los impresionistas: luz y color. No obstante, la técnica empleada por los neoimpresionistas es "profundamente diferente de la de los impresionistas, hasta el punto de que mientras la técnica de éstos es instintiva e instantánea, la de los neoimpresionistas es deliberada y constante". Todos estaban un poco desazonados ante Una tarde de domingo en la isla de la Grande Jatte que se había presentado al público por dos veces en 1886. La inquietud no la producía un tema al que los seguidores de los impresionistas estaban muy acostumbrados, sino el hecho de que algo que estaba sucediendo en plein air, al mismo tiempo producía una impresión de imperturbabilidad. La impotencia le hace decir al crítico Octave Mirabeau que se trataba de una pintura "inmensa y detestable, una fantasía egipcia". Su autor, Georges Seurat (1859-91) era un arrogante joven que se había empeñado en encontrar un arte que fuera enteramente suyo, que trascendiera el impresionismo y que, además, reconciliara la ciencia y la estética. A ello iba a consagrar toda su vida. Estudioso infatigable de los escritos de Chevreul sobre la ley del contraste simultáneo de colores, de Rood y de Charles Blanc quien en su "Grammaire des arts du dessin" (1867) había declarado que el color estaba controlado por leyes fijas que se pueden enseñar como la música. ¿Reconciliar a Ingres con Delacroix? En cualquier caso, insistir en la línea y no ser instintivo a la hora de aplicar el color, sino trabajar de un modo rigurosamente metódico aplicando las teorías científicas. Su estudio era un auténtico laboratorio en el que se dedicaba a un cuidadoso trabajo, la separación metódica de los elementos: color local, luz, sombra, interacción de los colores y de sus complementarios. La proporción y el equilibrio a la hora de volver a aplicarlos completarían su método. Se trataba de dibujar primero en blanco y negro y lograr el máximo equilibrio entre masas claras y oscuras. Su obsesión por el contraste y la gradación le llevó a confeccionarse un disco en el que reúne todos los matices del arco iris unidos unos a otros mediante los colores intermedios. Como también mezclaba los colores primarios con blanco, la cantidad de tonos con los que podía trabajar era importante. En el centro del disco se hallaban los matices puros que iban desembocando hacia el blanco que se encontraba uniforme y puro en el anillo periférico. Así podía encontrar fácilmente los complementarios de colores y tonos. Si se quería reproducir los colores de una superficie bajo una luz determinada, éstos no se podían mezclar en la paleta, se mezclarían en la mente sin perder nada de su intensidad ni de su luminosidad. En la naturaleza aparecen elementos individuales de color que el pintor reúne por separado en su tela, es la retina del espectador la que debe mezclarlos de nuevo (mezcla óptica). Esta ya había sido utilizada por Delacroix y los impresionistas, pero quizá lo habían simplificado demasiado siguiendo más la intuición que el método. Seurat modifica la pincelada: partículas diminutas, puntitos que permitían una mayor existencia de colores en una superficie menor. La mezcla óptica de esta multitud de pequeños puntos haría que la luminosidad de color fuera mucho mayor. Tenemos al científico Seurat dispuesto. Iba a la naturaleza, tomaba apuntes en tablitas de madera -éstos sí, rápidos, espontáneos, pero precisos toques de color- e iba configurando pequeñas paletas de colores puros y equilibrados que llevaba a su estudio, donde le esperaba un cuadro de enormes proporciones al que las incorporaba. Y allí ya no improvisa, compone rigurosamente. Entonces es cuando elimina lo accidental y transitorio porque la composición estaba pensada desde antes de comenzar el cuadro. Nos lo ha contado Signac: "Seurat adapta la composición a su concepción o lo que es lo mismo quiso adaptar las líneas (direcciones y ángulos), el claroscuro (tonos), los colores, a las formas que deseaba fuesen dominantes". La unidad estructural está tan perfectamente conseguida como la de los grandes maestros, Piero della Francesca o Poussin. Pero también hay algo moderno en ellas: una cierta bidimensionalidad que no es extraño la encontrara en las estampas japonesas. A fin de cuentas se trataba de pasar de un espacio empírico a un espacio teórico. Seurat también tiene una deuda con el orden de Puvis de Chavannes, relación que se puede apreciar al comparar Las bañistas de 1883 con Le Doux pays de Puvis que había sido expuesto en el Salón un año antes, las afinidades entre La Grande Jatte y la Colonia griega de 1869 o la correspondencia entre los tres cuerpos de Mujeres a orillas del mar que realiza Puvis en 1879 y Les poseuses de Seurat (1888). Seurat es la intemporalidad moderna. ¿Freno a la libertad de expresión? No. Consideraba que si lo que pretendía era la verdad, no tenía más remedio que mantener a raya su visión y su mente. Para ello, una vez más, le tranquilizaría la ciencia: en 1880, David Sutter publica unos artículos sobre "Los fenómenos de la visión" en los que afirma que "hay que mirar a la naturaleza con los ojos de la mente y no sólo con los del cuerpo, como hacen los seres irracionales". Pero el infatigable pintor necesitaba más. Ya no se trataba sólo del color y de la luz. Cuando nos acercamos a sus cuadros, nos encontramos con un orden riguroso, unos personajes radicalmente dispuestos en líneas verticales y horizontales, en frisos. Ciertamente, como decía el crítico, parece haber una especie de egipcio en él. Si había logrado "componer armónicamente las líneas de un cuadro" del mismo modo que "puede componer sus colores" fue porque tuvo la suerte de conocer en 1886 a Charles Henry, un joven científico sin el que no se puede entender a Seurat. Sus trabajos sobre estética de las formas permitían establecer relaciones entre problemas estéticos y fisiológicos. Henry pretende descubrir las direcciones espaciales que expresan el placer o la dinamogenia, las que expresan dolor o inhibición. Llegó a la conclusión de que el placer está relacionado con una dirección ascendente y con el movimiento de izquierda a derecha, y el dolor con el movimiento descendente y de derecha a izquierda. Pero además (¡para placer de Seurat!) descubre también que los colores cálidos (como el rojo o el amarillo) son agradables o dinamógenos y los fríos (verde, azul, violeta) son inhibidores. Este valor simbólico de las direcciones lineales y de los colores apasionó a Seurat. Dejó las escenas al aire libre y comenzó a trabajar en interiores con luz artificial (La Parade, Le Chahut o Le Orque). El paso lo daría a través de Les Poseuses, cuadro de interior que nos permite comparar los cambios que se producen en la luz y en el color porque, contra la pared de detrás de las modelos, aparece un fragmento de La Grande Jatte. Así podría ser él quien estableciera de antemano las tonalidades que dominarían la obra. El pintor le decía al crítico Gustave Kahn que "las Panateneas de Fidias eran una procesión. Yo quiero mostrar a los modernos moviéndose como en esos frisos, reducidos a sus elementos esenciales, colocarlos en pinturas dispuestas según armonías de colores por medio de la dirección de los matices, según armonías de líneas mediante su orientación, línea y color pensados el uno para el otro". Ese aspecto procesional de la vida moderna nos pone en contacto con una sociedad en la que la mecanización estaba tomando el mando y en la que los productos fabricados en serie y la insistencia de los anuncios publicitarios contribuían también a la formación de una nueva mirada. Por ello los personajes de Seurat tienen la apariencia de autómatas y de maniquíes. La sociedad científico-industrial había dominado a la naturaleza. Si Seurat fue aceptado y defendido por Fénéon y participa en las reuniones y exposiciones de la "Revue Indépendante" es quizá porque los simbolistas encontraron en él algo común, ya que "gracias a un procedimiento de deformación subjetiva de la naturaleza objetiva, se transmitía la impresión de la forma pictórica como equivalente plástico" (Hamilton). Seurat logra así contagiar su entusiasmo a Paul Signac (1863-1935) que había intuido ya, cuando vio La Baignade de Seurat en 1884, que sus caminos debían encontrarse. Incluso el viejo Camille Pissarro se apasionó también por el método que seguían los dos jóvenes y lo empezó a aplicar a sus cuadros. Lucien, su hijo mayor, se une a ellos. Comienzan a exponer juntos ante la extrañeza de un público que no distinguía muy bien qué obra era de quién. La crítica tenía así un motivo para achacar al nuevo movimiento un asesinato a la personalidad: el genio habría muerto en aras de la ciencia. Uno de los pocos impactados ante esta nueva pintura, sobre todo ante La Grande Jatte, fue E. Verhaeren. Y como se presumía que en Bruselas La Grande Jatte produciría un escándalo, era motivo suficiente para que Seurat expusiera en los XX. Esto se une al hecho de que Fénéon se convirtiera en el corresponsal en París de la Revista de los XX -L'Art Moderne-. Pronto el divisionismo (que no puntillismo, término que deploraban Seurat y sus amigos) tuvo una importante difusión en Bélgica. Signac había seguido a Seurat a Bruselas, a su Grande Jatte y a una serie de tablitas de vistas de Honfleur. No solamente quiero valorar aquí su conocido texto sino una frase, a mi modo de ver revolucionaria, y que explica su obsesión por liberarse de la imitación de la naturaleza, grito que tendrá eco en todo el arte moderno: ¡Ya sabemos lo suficiente como para dibujar un perro que no parezca un burro! Se le señala como el teórico del grupo, en estrecha colaboración con Charles Henry. La vitalidad de sus colores, de la que no logró desprenderse, la vibración de éstos y la concepción del cuadro como estímulo visual conectará con los pintores fauves. Seurat murió a los 32 años y, de alguna manera, Signac se quedó huérfano y responsable de seguir adelante con su revolucionario movimiento en el punto donde lo había dejado su mejor amigo. En 1892 participa como miembro del grupo de los XX. Expuso su retrato de Felix Fénéon y una serie de marinas que titulaba: Adagio, Garghetto, Scherzo Preocupado por la disposición, de las líneas y los colores, llegará a realizar un retrato de Fénéon contra el esmalte de un fondo rítmico con pulsaciones y ángulos (1890) que preconiza el temor del pintor hacia el yugo de la naturaleza y representa lo que ya había dicho en palabras: la primera preocupación de un pintor delante de la tela blanca debe ser decidir qué curvas y qué arabescos van a dividir la superficie, qué tintas y qué tonos a cubrirla. El divisionismo repercute en las provincias del Norte de Italia que estaban inmersas en un clima de industrialización y expansión económica. Al optimismo científico-técnico habría que oponer las contradicciones sociales que genera. No llegarán a concebir un arte ligado a la investigación científica sino que asumen las propuestas del divisionismo francés entendidas como una técnica más al servicio de una temática tardorromántica, alegórica o espiritualista, o -como en el caso de Giuseppe Pelliza da Volpedo (1868-1907)- de temas de contenido simbólico y un cierto toque social: El Cuarto estado (1901). Son pintores que llegan al postimpresionismo sin haber pasado por el impresionismo y -como le ocurre a Gaetano Previati (1852-1920)- las técnicas divisionistas suelen estar más ligadas a los machiaioli que a las propuestas científicas de los divisionistas franceses. De ahí pasará a un estilo más sinuoso y floral, a un cierto gusto decadentista y a tendencias místico-teosóficas como lo prueban los contactos con el Salón de la Rosa + Cruz. Precisamente este alejamiento del naturalismo será elogiado por los futuristas, que ven en él un precursor de la vanguardia. Otros pintores, como es el caso de Giovanni Segantini (1858-1899) (aunque en realidad habría que considerarlo dentro del ámbito suizo), presentarán afinidades con el Jugendstil y participarán en la Sezessión Muniquesa. Cuando se enfrenta a la naturaleza va más allá de las preocupaciones de los plenairistas e intenta transmitir las experiencias místicas y el misterio inherente a ella, el profundo mundo de enigmas que encierra el azul del éter con el resplandor de su luz. De este modo consigue derivar su simbolismo de la apasionada contemplación de la naturaleza.
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Entre el 5.000 y el 3.200 antes de Cristo se desarrolla en la cuenca mediterránea el periodo neolítico. En Oriente Próximo se generarán algunos rasgos culturales que se extenderán hacia Occidente a lo largo de los milenios siguientes. Las principales características del Neolítico se pueden resumir en el surgimiento de la agricultura, la domesticación de animales, el cambio a un modo de vida en poblados permanentes y la invención de la cerámica. No obstante, estos cambios surgen a lo largo de un proceso de miles de años. En la Península ibérica, las primeras comunidades a las que se puede adjudicar una forma de vida neolítica se hallan en la costa mediterránea, ocupando generalmente cuevas elevadas y abrigos naturales. Su medio de subsistencia alternaba la caza y la recolección con el cultivo de cereales y leguminosas, además de la cría de ovejas, cabras y cerdos. La cerámica es uno de los grandes avances, pues permite almacenar y transportar los alimentos. También se puede percibir un desarrollo de las herramientas y las técnicas agrícolas, como la hoz para la siega y el vareo de los frutos. Por último, cabe citar una mayor complejidad en las estructuras sociales y simbólicas, siendo muy frecuentes los asentamientos sedentarios y los enterramientos con ajuar, como el de la Cueva de los Murciélagos de Albuñol, en Granada.
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La verdadera colonización del territorio griego se dará en la etapa neolítica. Los hombres llegados de Oriente, primero por tierra y por mar poco después, se instalaron en las fértiles planicies de Tesalia y Beocia y, desde allí, lentamente fueron colonizando las restantes áreas geográficas del norte y centro de Grecia y la península del Peloponeso. En cada una de estas zonas se desarrollaron culturas neolíticas de gran personalidad, formando la base de la civilización griega. Los inicios de esta etapa se han podido fechar, gracias a los hallazgos arqueológicos en Macedonia y Tesalia, en el VII milenio antes de nuestra era. Allí se desarrollaron las aldeas, núcleo básico del que saldrá la civilización clásica. En estos lugares del NE de Grecia, ciertos yacimientos presentan una continuidad de poblamiento muy considerable; la superposición de las aldeas a lo largo del tiempo llega a formar colinas artificiales, las denominadas "magoulas", que alcanzan hasta 10 metros de altura y 300 metros de diámetro en la mayor de ellas. Los primeros estratos o niveles, fechados en pleno VII milenio, han proporcionado materiales de un neolítico aún sin cerámica y dan idea de una economía de aldea, basada en la agricultura y la ganadería: restos carbonizados de cereales y leguminosas, junto a huesos de ovejas y cabras. El utillaje lítico está realizado con materiales de la zona, además de otros más lejanos como los ya citados en obsidiana procedente de Milo, la isla más occidental de las Cícladas; tales materiales ya están presentes en la región desde el Mesolítico. La aldea más antigua documentada hasta el presente es Nea Nikomedia, en Macedonia. Las fechas de los primeros niveles, obtenidas mediante el Carbono-14, sitúan a éstos en torno al 6.200 a.C., colocando al Neolítico griego a la par de los grandes yacimientos de Anatolia, tales como Hacilar o Çatal Hüyük. De mediados del sexto milenio ya se conocen numerosas aldeas neolíticas, como las de Khirokitía (Chipre), Elateia (Drajmani) y algunos puntos del Peloponeso, lo que hace de Grecia el puente entre el Neolítico oriental de Palestina (Jericó) o Siria (Ras-Shamra) y el Occidente, si se admite que el Neolítico nació en estas zonas del llamado Creciente Fértil. El Neolítico griego, ya con cerámica, está dividido en dos grandes etapas, A y B, denominadas respectivamente de Sesklo y de Dimini, los nombres de dos importantes "magoulas" tesalias que han proporcionado abundante información para este período anterior al esplendor de la Edad del Bronce en el Egeo. Sin embargo, sus resultados no pueden generalizarse de un modo rotundo para toda esta área, debido a la regionalización existente y al escaso conocimiento que aún tenemos de las estratigrafías de otros lugares, muy potentes, como los casi siete metros de espesor en el caso del Neolítico cretense, alcanzados debajo del palacio de Cnosós. En todos ellos se aprecian restos del cultivo de especies tales como trigo, cebada, guisantes y lentejas, además de la recolección de cereales y plantas silvestres como uvas, acebuches, higos, almendras, peras y bellotas. Ovejas y cabras siguen siendo los animales más importantes que componen la dieta, aunque está documentada la presencia del cerdo y otros animales, éstos últimos producto de la caza. La cerámica es cada vez más variada y con unas decoraciones ricas en colores y motivos, con características propias, y diferencias muy sutiles de una aldea a otra; revela cierta especialización en su factura, realizada por unos artesanos cada vez más competentes. Es el resultado de una continua jerarquización y especialización del trabajo que comienza a darse en el Neolítico y que dará lugar a sociedades progresivamente más complejas.
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La abundancia de recursos naturales en algunas zonas como en la costa peruana y en la de los Andes meridionales llegó a permitir la existencia de comunidades sedentarias e incluso de tamaño considerable, aunque dependientes de una economía cazadora-recolectora. Pero en Suramérica será la agricultura y concretamente el maíz, de origen mesoamericano, la que sentará las bases del desarrollo cultural conocido como civilizaciones. Entre el sexto y el primer milenio antes de nuestra era nos encontramos con un período de experimentación agrícola que recibirá diversas denominaciones según las regiones y países. Una de esas denominaciones, Pre-cerámico, es significativa, porque derriba la vieja idea tradicional de una Revolución neolítica, como se denomina en el viejo mundo, en la que la aparición de la agricultura y la cerámica se daban conjuntamente. La domesticación y expansión de las plantas fue un difícil y largo proceso que además en Suramérica contempla la existencia de cultígenos exclusivos como la papa (Solanum tuberosum), la quinoa (Chenopodium quinoa) o la mandioca (Manihot utilissima) y con otros comunes con Norteamérica, como el maíz. Otro factor particular en América del Sur fue la domesticación de animales, ya que en la región andina llegaron a tener una considerable importancia económica animales como la llama, la alpaca o el cuy (conejillo de indias), pudiendo hablarse, con propiedad, de ganadería. A rasgos generales puede afirmarse que durante este período las bandas de cazadores-recolectores van organizándose en comunidades mayores, más o menos sedentarias, pero basadas también en relaciones de parentesco. El maíz no ha hecho aún su aparición y los cultivos son todavía muy locales jugando un papel económico secundario. Todavía se depende en gran medida de la caza, la pesca o la recolección. La cerámica no aparecerá hasta los últimos momentos, siendo generalmente utilitaria para usos cotidianos, manifestándose el arte en otro tipo de objetos y materiales, de difícil conservación, como la cestería, los tejidos, las calabazas o el adorno corporal. Este largo período cultural no es contemporáneo en todo el continente y es además muy desigualmente conocido, confundiéndose en algunas áreas con los períodos formativos o de completa dependencia de la agricultura. En la Amazonía, por ejemplo, este estadio de agricultores incipientes puede prolongarse hasta el 500 d. C., y en otras áreas como el Chaco, Este de Brasil o márgenes de la cuenca amazónica, este modelo cultural de agricultores incipientes se ha mantenido de algún modo hasta hoy. Tal vez sea en el área peruana donde mejor se conoce este período de transición. Uno de los yacimientos arqueológicos más antiguos es Chilca, a unos 65 km al sur de Lima, y a unos 3 km del mar. Los hombres de Chilca vivían en pequeñas chozas de planta circular hechas de caña y dispuestas de forma irregular. Su economía era mixta, basada sobre todo en la pesca pero también en la recolección de mariscos y en la caza del lobo marino, y se practicó también una agricultura experimental de pallares (Phunatus) y calabazas. Se han encontrado entierros en el interior de las viviendas y también fardos funerarios en los que los huesos estaban quemados parcialmente y mezclados con otros huesos humanos o de mamíferos marinos, todo ello bajo una capa de ceniza. Entre 2500 y 1300 a. C. se extiende por toda la costa peruana esa modalidad de economía mixta, apareciendo numerosas aldeas sedentarias, cercanas al mar y también a las fuentes de agua dulce. Es el tipo de economía y de asentamiento que se denomina de horticultores aldeanos. Su base económica fue la recolección de mariscos, la caza de mamíferos marinos y la pesca. Entre las plantas cultivadas, varias formas de calabaza (Cucurbita y Lagenaria) y el pallar, el ají, el algodón, el fríjol y la jíquima, así como algunos frutales. Aunque no se conocen los métodos de cultivo, se sospecha que debieron aprovecharse las áreas humedecidas por los ríos o por las aguas subterráneas provenientes de la sierra, ya que no hay evidencias de irrigación. Hay que destacar que el consumo de plantas tenía en estos momentos un carácter muy secundario, siendo un complemento de la dieta que giraba en torno a los productos marinos. El utillaje debió de estar compuesto principalmente por platos y vasos de calabaza lagenaria, y también de hueso de ballena y de cestos de varios tipos. Se han encontrado algunos metales (piedras de moler) en forma de platos de piedra pulida. En estos momentos tempranos empiezan a manifestarse los indicios de lo que podría denominarse arquitectura, ya que además de las viviendas, de variadas formas, aparecen restos de edificios comunales o ceremoniales, que muestran algún sistema de planificación previo. Y comienzan a hacer su aparición las primeras estructuras tendentes a la forma piramidal.
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Hemos comentado al principio de este capítulo que no puede hablarse de un solo Neolítico sino de varios centros independientes donde se fue imponiendo el nuevo sistema. Sin embargo, es en el Próximo Oriente donde se pueden documentar las fechas más antiguas para el inicio del proceso y el foco que directamente influyó en muchas de las regiones de Europa. Por estas razones, así como porque ha sido uno de los lugares más investigados desde hace ya casi un siglo y la documentación procedente de sus yacimientos es muy completa, el Próximo Oriente se ha convertido en el ejemplo clásico para el estudio de la neolitización. En estas regiones del mundo se ha podido observar, a través del abundante registro arqueológico, el progresivo cambio desde una economía basada principalmente en la caza mayor, hacia una base de subsistencia denominada de amplio espectro, a la que se iban incorporando la selección de ciertas especies animales y la recolección intensiva de determinadas plantas silvestres. Las regiones con mayor número de yacimientos y en las que mejor se ha documentado la evolución del proceso han sido la franja costera mediterránea en los actuales territorios de Siria e Israel, la zona de los montes Zagros al norte del Iraq y el sur de la península de Anatolia. En el foco del Levante se pueden observar cambios desde la etapa mesolítica Natufiense, que algunos autores definieron como una fase experimental de la agricultura, entre los años 10.000 y 8.000 a. C., donde se han documentado asentamientos prácticamente sedentarios, más un aumento de la recogida de cereales silvestres, precedentes de los domésticos, y la selección de alguna de las especies cazadas, como por ejemplo la gacela. Estas comunidades pudieron ir estableciendo enclaves algo más permanentes porque las condiciones climáticas y ambientales ofrecían posibilidades y recursos y ello hizo que aumentase la población con mucha mayor rapidez que en las comunidades itinerantes, entre las que resulta más complicado transportar niños de un lado para otro. Esta tendencia a utilizar en la alimentación un gran número de recursos culmina en la etapa siguiente denominada Neolítico Precerámico. Muchos yacimientos son una clara continuación de los anteriores, aumentando ligeramente su tamaño, y en ellos ya se conservan claros testimonios de la utilización de plantas cultivadas y de animales domésticos. Entre los numerosos yacimientos conocidos cabe destacar Jericó, importante "tell" con 18 niveles arqueológicos que muestra dos fases sucesivas del Neolítico Precerámico. En dichos niveles y con fechas comprendidas entre los años 8.000 y 6.000 a. C. se ha documentado una agricultura intensiva del trigo (Triticum monococcum y dicoccum), la cebada, lentejas, guisantes y pistachos y la ganadería con restos abundantes de ovicápridos. Este yacimiento destacó, además, por su gran tamaño ya que se calculó que podía albergar una población de más de 3.000 personas, algo inusual en los restantes asentamientos de la época y que mereció que los antiguos investigadores la denominaran la primera ciudad del mundo. Llamaba también la atención la gran muralla que rodeaba el poblado, cuya finalidad ha sido muy discutida ya que algunos autores han sugerido que no tendría un objetivo bélico, de defensa contra posibles ataques de comunidades vecinas, sino que más bien se habría construido para contener posibles riadas de agua y preservar de ellas al poblado. Tras los primeros momentos de economía claramente neolítica puede hablarse ya de una etapa de Neolítico Cerámico en la que, además de los recursos económicos mencionados, destaca la presencia de una novedad técnica, los recipientes cerámicos, aparecidos para solucionar los problemas de las nuevas necesidades de almacenamiento y que fueron considerados por los arqueólogos como interesantes documentos de la evolución de aquellas gentes.
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Pero la verdadera colonización del territorio griego se dará en la etapa neolítica. Los hombres llegados de Oriente, primero por tierra y por mar poco después, se instalaron en las fértiles planicies de Tesalia y Beocia y, desde allí, lentamente fueron colonizando las restantes áreas geográficas del norte y centro de Grecia y la península del Peloponeso. En cada una de estas zonas se desarrollaron culturas neolíticas de gran personalidad, formando la base de la civilización griega. Los inicios de esta etapa se han podido fechar, gracias a los hallazgos arqueológicos en Macedonia y Tesalia, en el VII milenio antes de nuestra era. Allí se desarrollaron las aldeas, núcleo básico del que saldrá la civilización clásica. En estos lugares del noreste de Grecia, ciertos yacimientos presentan una continuidad de poblamiento muy considerable; la superposición de las aldeas a lo largo del tiempo llega a formar colinas artificiales, las denominadas "magoulas", que alcanzan hasta 10 metros de altura y 300 metros de diámetro en la mayor de ellas. Los primeros estratos o niveles, fechados en pleno VII milenio, han proporcionado materiales de un neolítico aún sin cerámica y dan idea de una economía de aldea, basada en la agricultura y la ganadería: restos carbonizados de cereales y leguminosas, junto a huesos de ovejas y cabras. El utillaje lítico está realizado con materiales de la zona, además de otros más lejanos como los ya citados en obsidiana procedente de Milo, la isla más occidental de las Cícladas; tales materiales ya están presentes en la región desde el Mesolítico. La aldea más antigua documentada hasta el presente es Nea Nikomedía, en Macedonia. Las fechas de los primeros niveles, obtenidas mediante el Carbono-14, sitúan a éstos en torno al 6.200 a. C., colocando al Neolítico griego a la par de los grandes yacimientos de Anatolia, tales como Hacilar o Çatal Hüyük. De mediados del sexto milenio ya se conocen numerosas aldeas neolíticas como las de Khirokitía (Chipre), Elateia (Drajmani) y algunos puntos del Peloponeso, lo que hace de Grecia el puente entre el Neolítico oriental de Palestina (Jericó) o Siria (Ras-Shamra) y el Occidente, si se admite que el Neolítico nació en estas zonas del llamado Creciente fértil. El Neolítico griego, ya con cerámica, está dividido en dos grandes etapas, A y B, denominadas respectivamente de Sesklo y de Dímini, los nombres de dos importantes "magoulas" tesalias que han proporcionado abundante información para este período anterior al esplendor de la Edad del Bronce en el Egeo. Sin embargo, sus resultados no pueden generalizarse de un modo rotundo para toda esta área, debido a la regionalización existente y al escaso conocimiento que aún tenemos de las estratigrafías de otros lugares, muy potentes, como los casi siete metros de espesor en el caso del Neolítico cretense, alcanzados debajo del palacio de Cnosós. En todos ellos se aprecian restos del cultivo de especies tales como trigo, cebada, guisantes y lentejas, además de la recolección de cereales y plantas silvestres como uvas, acebuches, higos, almendras, peras y bellotas. Ovejas y cabras siguen siendo los animales más importantes que componen la dieta, aunque está documentada la presencia del cerdo y otros animales, éstos últimos producto de la caza. La cerámica es cada vez más variada y con unas decoraciones ricas en colores y motivos, con características propias, y diferencias muy sutiles de una aldea a otra; revela cierta especialización en su factura, realizada por unos artesanos cada vez más competentes. Es el resultado de una continua jerarquización y especialización del trabajo que comienza a darse en el Neolítico y que dará lugar a sociedades progresivamente más complejas.
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Al abordar el estudió del Neolítico en la Península Ibérica es necesario enmarcarlo en la problemática general de la neolitización de Europa y más concretamente del Mediterráneo Occidental, puesto que es imprescindible conocer el marco geográfico en que se desarrolló esta cultura para entender correctamente sus posibles relaciones externas, las influencias que pudo recibir y las vías por la que pudieron efectuarse dichos contactos. Tradicionalmente se ha distinguido una Europa continental, a la que llegaban las influencias culturales desde el Este por la vía de los Balcanes y del Danubio, y una Europa mediterránea cuyos principales contactos se establecían por vía costera. La cuenca mediterránea tiene unas particularidades comunes especiales, por encima de las múltiples variaciones locales, tanto climáticas como topográficas, con cierta tendencia a la aridez y con suelos no demasiado ricos, a pesar de lo cual siempre ha sido un territorio habitado y una ruta transitada por la que han circulado influencias, ideas y personas entre sus extremos oriental y occidental. Tradicionalmente se había defendido la idea de que los nuevos inventos neolíticos se difundieron rápidamente desde sus centros originarios orientales hacia los distintos territorios europeos mediante diferentes rutas y mecanismos de colonización, nunca demasiado bien explicados. La exageración y el abuso de los presupuestos difusionistas hizo que, a partir de los años 60-70, se empezaran a rechazar semejantes interpretaciones y se comenzase a valorar, quizás a sobrevalorar, el protagonismo que los grupos locales habían tenido en el proceso de cambio y se empezó a defender, en definitiva, la evolución autóctona como resultado de la adaptación de los grupos epipaleolíticos a su medio natural. Hoy día, sin exagerar ninguno de los dos modelos interpretativos, parece claro que el fenómeno neolítico producido en el Próximo Oriente se efectuó mediante una evolución lenta y continuada, diferente a lo que ocurrió en Europa. Por la documentación existente, no puede mantenerse que en los territorios europeos occidentales existieran los precedentes salvajes de los primeros animales domesticados, ni de los cereales que se cultivaron por primera vez, descartado lo cual, los estudios se han dirigido a averiguar porqué y cómo se expandió el nuevo sistema económico y en qué medida fue asimilado por los grupos indígenas de cada región occidental. Por otra parte, el estudio detallado de los grupos epipaleolíticos europeos ha demostrado que esas sociedades estaban perfectamente adaptadas a su medio, incluso muchas regiones del norte de Europa, antes despobladas, se habían ido ocupando durante los últimos deshielos al seguir el hombre a las especies animales que se iban asentando en dichos territorios. En general, estas poblaciones intentaron, como apuntan algunos autores, aumentar la productividad de su entorno como respuesta a sus crecientes necesidades, alcanzando un cierto nivel de complejidad socioeconómica. En los últimos años, para explicar la forma en que pudo producirse la expansión neolítica, se ha aceptado de manera generalizada el modelo denominado oleada de avance, propuesto por los investigadores Ammerman y Cavalli-Sforza. Este modelo teórico, que ofrece distorsiones y variaciones locales, presupone que el nuevo sistema económico se fue extendiendo lenta pero ininterrumpidamente hacia Occidente a partir de los centros próximo-orientales, a razón de 1 km. por año, teniendo en cuenta el crecimiento progresivo de la población y los movimientos que puede realizar tanto a larga como a corta distancia. Esta forma paulatina de contacto se refleja en la existencia de dos tipos de asentamientos diferentes en los momentos iniciales del Neolítico occidental: los correspondientes a los grupos locales allí asentados y los pertenecientes a los colonizadores llegados por el Mediterráneo. El proceso de interacción entre ellos es lo que algunos autores como Bernabeu han llamado modelo dual o modelo mixto, que explica cómo la adopción del Neolítico en Europa se produjo por la llegada de poblaciones conocedoras de la agricultura y la ganadería que entraron en contacto con las poblaciones indígenas, las cuales fueron modificando sus tradicionales formas de subsistencia. La Península Ibérica participó de este proceso mediterráneo occidental, aunque no puede hablarse de homogeneidad cultural en todo el territorio. La primera neolitización se produjo lógicamente en la franja costera mediterránea, desde Cataluña hasta Andalucía y Portugal meridional, pero los yacimientos mejor conocidos se ubican en las sierras costeras interiores; en las restantes áreas peninsulares las transformaciones culturales fueron más tardías y con particularidades diferentes y se incorporaron a la economía neolítica con mayor lentitud, dependiendo de las posibilidades de contacto que tuvieran con las regiones litorales. En toda la cuenca occidental y asimismo en la Península Ibérica, se detecta un factor importante para la identificación de la primera cultura neolítica: la presencia de cerámica que, independientemente de algunas variaciones regionales, ofrece la característica común de una decoración impresa que acabó constituyéndose en el auténtico fósil-guía de esta fase cultural. Dentro de la variedad de la decoración impresa, destaca la realizada con el borde de la concha de un molusco llamado cardium edule, que le ha valido la denominación de cerámica cardial y, por extensión, de Neolítico Cardial. La presencia de la cerámica en unión de las primeras especies domésticas de animales y plantas, pueden considerarse factores intrusivos que llegaron del exterior y acabaron siendo adoptados por la población indígena preexistente. Las regiones mediterráneas de la Península son las que mejor pueden documentar la presencia de este Neolítico Antiguo o de cerámicas impresas, conservándose un buen registro arqueológico en Cataluña, País Valenciano y Andalucía oriental.
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Los peregrinos que hicieron el Camino de Santiago antes de 1840, no reconocerían muchas iglesias que hoy admiramos como testimonios de la venerable arquitectura medieval. Esto sucede con los edificios que durante los siglos XIX y XX hemos convertido en crudos monumentos, destacando el de San Martín de Frómista (Palencia), triste ejemplo de lo que se puede llegar a hacer con un edificio histórico en el loable empeño de restaurarlo. San Martín de Frómista fue la iglesia románica de un monasterio benedictino, pero hoy no es sino un frío, desnudo y huérfano monumento que resulta ser más un reflejo de nosotros mismos, por el mal trato y daño infringido a la arquitectura medieval, que espejo de la vida monástica cluniacense del siglo XI. Hay que hacer un esfuerzo sobrehumano para intentar, sin éxito, evocar desde la iglesia de Frómista a una comunidad benedictina; a doña Mayor, viuda del rey Sancho de Navarra y fundadora del monasterio; al lejano año de 1066, en cuyo entorno se habrían iniciado las obras, etcétera. ¿Dónde están las dependencias monásticas más elementales? Nada. Por no tener, la iglesia actual no cuenta siquiera con una sacristía, pues su restaurador, soñando con un templo inmaculado, puro y prístino, derribó todo cuanto a su juicio estorbaba la belleza original del modelo románico. Así, en el "Catálogo monumental de la provincia de Palencia" (1932), puede leerse como un elogio, que se le quitó el pintoresco aspecto que le habían dado la incomprensión rural de los tiempos anteriores, con toscas construcciones agregadas. Una conocida litografía de Parcerisa realizada en 1860, conserva aún la imagen pintoresca de aquel rico conjunto, obviando su contemplación cualquier descripción de lo destruido. Alguien podría pensar que exageramos, pero basta transcribir un párrafo de "El arte románico español" (1934), de Gómez Moreno, para sentir vértigo ante la operación llevada a cabo por el arquitecto Manuel Aníbal Álvarez, cuando desmontó y rehizo la iglesia desde sus cimientos, excepto la nave norte, entre 1895 y 1901: "Esta iglesia lleva sobre sí una restauración tan demasiado a fondo, que parece toda nueva... Es nuevo el hastial fachada de poniente, en su parte medial íntegro, donde no parece seguro que hubiese puerta; lo son nuevos asimismo, el cuerpo alto de la torrecilla de hacia el SO., las arquivoltas interiores y tejaroz de la portada meridional, que además fue remetida; dos contrafuertes, a la cabeza del crucero, y el subir hasta lo alto los otros dos; el hastial íntegro del mismo hacia el N., donde entestaba una capilla gótica eliminada, y todas las ventanas del meridional, donde hay una portadilla que no es primitiva". Fueron renovados hasta 86 modillones, muchos trozos de cornisa, 11 capiteles, 46 basas y 12 cimacios, copiando y completando lo antiguo con más o menos acierto. En cambio se suprimieron otros dos contrafuertes, en las naves laterales, cuya existencia se acredita por fotografías antiguas y el plano, trazado por el restaurador mismo, que publicó Lampérez... Las fotografías tomadas por Solano, después de la restauración, hablan por sí solas en relación con todo lo nuevo, pues la piedra recién labrada, no había cogido todavía la pátina que aparentemente iguala lo viejo y lo inventado. La iglesia se encontraba, sin duda, en malas condiciones y era necesario intervenir en el edificio, según denuncian otras fotos anteriores a la restauración que dejan ver las condiciones deplorables en que se encontraba, sabiendo, además, que sus bóvedas estaban semiarruinadas. Pero de aquí a lo que se hizo a partir de la Real Orden de 13 de noviembre de 1894, que lo declaraba Monumento Nacional iniciándose los trámites para su restauración, media un abismo y un caprichoso disparate, que nos impiden conocer hoy los límites reales de San Martín de Frómista como tal arquitectura románica. Los propios medievalistas andan algo desorientados y cada uno saca sus conclusiones del edificio románico pero sólo a partir de la arquitectura neorrománica, que es la que verdaderamente conocemos, llegando unos y otros a reproducir en obras muy recientes plantas distintas de San Martín, bien basadas sobre la que publicó Lampérez (1908), tomándola de Aníbal Álvarez, bien sobre la que Solana dibujó para Gómez Moreno (1934), las cuales, a su vez, no coinciden con lo que hoy podemos ver en Frómista. Todo esto no supone sino un cúmulo de errores de los que ya difícilmente podremos salir, pues el edificio románico desapareció para siempre en la restauración, quedando en su lugar una imagen falsa y desnaturalizada que nos hace creer que San Martín de Frómista era así en los siglos XI y XII, reproduciéndose en cada uno de nosotros, como un virus, la imagen distorsionada que, a su vez, contagiaremos a otros: estudiosos, alumnos, lectores, peregrinos y turistas. Pero no sólo es la nueva imagen falsamente románica la que se repite, dándola por original, sino que la interpretación de su arquitectura y escultura suele ser igualmente errónea. El eminente medievalista Emilio Camps admiraba la homogeneidad de su arquitectura, cuando fue Aníbal Álvarez quien torturó al edificio hasta dejarlo homogéneo, a base de eliminar lo que, a su juicio, no le convenía. El gran estudioso del románico palentino, don Miguel Ángel García Guinea, ponderó su escultura, si bien una parte importante está labrada en torno a 1900, cuando la vio y publicó Serrano Fatigati (1901), sustituyéndose algunos capiteles originales por otros nuevos y llevando los románicos al Museo de Palencia. Por entonces se eliminaron también algunos canecillos expresivos de la frecuente "salacidad" de la arquitectura antigua, según comenta Rafael Navarro en el mencionado "Catálogo monumental" palentino, lo que induce a pensar que algunos relieves se retiraron sólo por su carácter lujurioso, pues eso es lo que significa el término salaz. Es decir, estamos ante una restauración censora y moralizante, que ya es el colmo de nuestra torpeza frente a la cultura medieval. Desde entonces hasta nuestros días no ha hecho sino crecer todo un nuevo mito en torno a San Martín de Frómista, a partir de la iglesia recreada por su restaurador. Tenía razón José Gudiol cuando afirmaba (1936) que cada edificio restaurado cambiaba la personalidad propia por la de su restaurador. Para un mediano observador la iglesia, presentada hoy como una gran maqueta, sirve bien para dar una clase teórica sobre la arquitectura románica, pero sus muros, con sillares de distinta procedencia, altura y herramienta; el repaso y nueva labra de la cantería y escultura antiguas; la ausencia de marcas de cantero; la pérdida de las pátinas; la eliminación del coro y altares que tenía antes de la restauración, por modestos que éstos fueran; las múltiples cicatrices que interior y exteriormente denuncian una cirugía inquietante; la inventada reconstrucción de las bóvedas; la uniformidad de todos sus elementos ornamentales, en fin, nos han legado la materialidad de un edificio neorrománico sin espíritu medieval. Se parece más a las iglesias historicistas del siglo XIX, que a una iglesia medieval. Más a una reconstrucción para el Museo de los Claustros de Nueva York, que a una iglesia románica de la Tierra de Campos.
obra
Al trasladarse a Bath en 1759 Gainsborough se convirtió en el retratista de moda. Si bien sus primeros trabajos conservan el aire informal de los retratos anteriores, paulatinamente incorpora en sus obras la elegancia de los lienzos de Van Dyck, lo que le permitirá aumentar su fama y sus ganancias. Entre los retratos más espectaculares de la etapa de Bath encontramos el Niño azul. El pequeño Jonathan Buttal aparece vestido como una persona mayor -característica habitual en la retratística europea hasta finales del siglo XIX- con un traje azul y una camisa con las mangas y cuellos elegantemente bordados. La figura se recorta ante un fondo de paisaje con luz crepuscular que otorga una iluminación dorada a la escena, en sintonía con algunas obras de Tiziano. A sus pies, apreciamos un perro, símbolo de fidelidad. El resultado es una obra cargada de elegancia en la que los detalles toman mayor importancia que la personalidad, a pesar de la intensa mirada del joven que se dirige al espectador.
obra
Don Ramiro Felipe de Guzmán, duque de Medina de las Torres, fue Virrey de Nápoles entre 1637 y 1644, pudiendo tratarse del cliente que encargó este curioso lienzo a Ribera. El pequeño mendigo se sitúa ante un amplio cielo azul con nubes plateadas y horizonte bajo, característico de la década de 1640. Ocupa un buen parte de la superficie pictórica y dirige su amplia sonrisa al espectador; viste con colores pardos y Ribera centra su atención en describir la deformidad de sus pies. En su mano derecha sujeta un sombrero mientras que en la izquierda lleva el bastón y un letrero con una inscripción en latín que dice: "Dame una limosna por amor de Dios". En este cartel encontramos el significado del lienzo ya que aquí Ribera no desea realizar una representación de una curiosidad natural como en la Mujer barbuda sino que se interesa por el tema de la caridad cristiana. La solicitud de limosna se vincularía a la teoría contrarreformista de la salvación del alma gracias a las buenas obras, mientras que los protestantes habían manifestado que el alma sólo se salvaba gracias a la fe. De esta manera, se invita a los ricos a socorrer a los pobres y éstos deben gozar de esta situación. Por ello el niño llevaría el sombrero en la mano, fruto de la caridad. También se ha interpretado que podría tratarse de la imagen de la pobreza como vía de salvación.Estilísticamente, Ribera olvida el tenebrismo para emplear una luz natural, con tonalidades doradas, que ilumina tanto la figura como el paisaje. Pero no ha olvidado su naturalismo y se interesa por captar gestos, expresiones y calidades. La pincelada es rápida y fluida, creando cierta sensación de atmósfera en sintonía con la escuela veneciana.