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A lo largo del siglo XVII se hizo habitual la realización de personajes con trajes orientales y exóticos por parte de los pintores holandeses. El socio del taller de Rembrandt, Jan Lievens, también realizó algún retrato de figuras orientales. La imagen de este oriental fue pintada por Rembrandt en 1632 y posiblemente utilizó como modelo a alguien cercano. El hombre está retratado a tamaño natural interesándose preferentemente por destacar la cabeza y el turbante que, junto con parte de la capa son iluminados por ese fuerte haz de luz que procede de la izquierda. El realismo con el que trata esta parte del cuadro es digno de mención captando los pendientes del personaje, las arrugas del entrecejo o las del turbante. El resto de la composición está tratada con menor perfección aunque también destaca la mano derecha. Estos juegos de luces y sombras son habituales en el naturalismo tenebrista que impondrá Caravaggio en Italia.
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En el territorio recientemente conquistado del Norte el programa urbanizador de Augusto reviste una dinámica distinta, que se relaciona con las características diferenciadas en el orden histórico que poseen los distintos pueblos recientemente sometidos; en este sentido, la información que nos proporciona Floro nos indica claramente que Augusto utiliza como centros de población la propia infraestructura de los campamentos de las legiones que intervienen en la conquista, lo que arrastra inevitables desplazamientos de las poblaciones indígenas desde la montaña al llano. Al menos en dos de los centros esenciales, cuya denominación remite a Augusto y que se encuentran ubicados en la zona de operaciones militares, se constata materialmente este proceso. Tal ocurre con Iuliobriga (Retortillo, cerca de Reinosa), que se origina hacia el 26 a.C., junto a un poblado celta, y en cuyos alrededores se ubica el campamento de la legión IV Macedónica, y en Asturica Augusta (Astorga), que se encuentra ligada en su fundación a la Legio X Gemina, que participa en la conquista del Norte y permanece en Hispania hasta el 68 d.C. Semejante proceso de urbanización no constituye el único instrumento de la política de Augusto tendente a crear centros urbanos destinados a controlar el territorio anexionado de la Hispania septentrional. Las propias posibilidades que ofrece la realidad indígena fueron instrumentalizadas con el mismo objetivo; tal ocurre en el caso de Lucus Augusti (Lugo), donde la fundación de la ciudad romana utiliza las posibilidades aglutinadoras de un santuario indígena dedicado al dios Lug; o en el de Bracara Augusta (Braga), que pudo surgir por un proceso de sinecismo realizado a partir de un asentamiento prerromano. La trascendencia y el significado que esta dinámica posee en el Norte de la Península se aprecia en el mero hecho de que tres de los centros mencionados, como son Lucus Augusti, Bracara Augusta y Asturica Augusta constituyen las capitales de los respectivos conventus que organizan administrativamente este territorio. No obstante, las peculiaridades que el proceso posee en la zona, en clara relación con el contexto protourbano del mundo indígena en el que se enmarcan, se aprecia en el hecho de que la mayoría de estos centros tan sólo adquiere un estatuto privilegiado en una época posterior. La importancia del programa de urbanización de Augusto, materializado en las promociones estatutarias y en las correspondientes reorganizaciones territoriales y urbanísticas, no evita subrayar las limitaciones que posee en el conjunto de las provincias hispanas, donde la mayor parte de los centros urbanos y de los pueblos existentes permanece en la situación de estipendiarios, derivada de su conquista mediante una rendición sin condiciones, lo que implica la privación de derechos y la explotación mediante impuestos específicos. La nueva situación se refleja en la información que Plinio el Viejo recopila en su Naturalis Historia procedente del mencionado inventario que Agripa realiza en época augústea. En la Betica se cataloga la existencia de 175 poblaciones de las que 9 son colonias, 10 municipios de ciudadanos romanos, 27 poseen el derecho latino antiguo, 6 son ciudades libres, 3 federadas, y 120 son estipendiarias. La Citerior Tarraconense consta de 179 poblaciones organizadas en 12 colonias, 13 municipios de ciudadanos romanos, 18 municipios latinos, 1 ciudad federada y 135 pueblos estipendiarios. La Ulterior Lusitania cuenta con 45 pueblos, de los que 5 son colonias, uno municipio de derecho romano, 3 municipios de derecho latino y 36 pueblos estipendiarios.
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Completando la narración de la marcha de la guerra en los Balcanes y Europa central, hemos dejado para última hora la situación de los Ejércitos Norte y Centro tras los combates del verano. El Grupo de Ejércitos Norte (Schoerner), con 32 divisiones, fue empujado hacia el oeste por el Grupo de Ejércitos de Leningrado (Govorov), con 132 divisiones, logrando formar una primera barrera de contención en Parnu, con el apoyo de lo flota (20). No tardaría, sin embargo, mucho tiempo en ceder los muros de contención de la bolsa: Yeremenko atacó por el sur con su Tercer Frente del Báltico, en dirección a Riga, que tomó el 13 de octubre. Como evidentemente nada tenían que hacer allí, las tropas cercadas contra el Golfo de Riga, pudieron salir de aquella ratonera el 23 de noviembre con buen orden y escasas pérdidas -gracias a los cañones de la flota- y ser trasladadas a la Península de Curlandia, donde Schorner se encontraba cercado desde octubre, pues Bagramian, con su Primer frente del Báltico, había llegado al mar entre Memel y Libau. En esa helada península, sosteniendo un frente de 180 kilómetros, resistieron las 26 divisiones que le quedaban al Grupo de Ejércitos Norte hasta el final de la guerra, apoyadas y abastecidas por la flota, cuando Guderian clamaba por ellas para sostener el frente de Prusia. Precisamente en esa zona, la más oriental de Alemania, alcanzaron los soviéticos las tierras del III Reich. El 16 de octubre atacó Cherniakovsky, con enorme superioridad, pero halló durísima resistencia; los alemanes estaban descansados y peleaban por sus propias tierras y sobre fortificaciones fijas de cierta consistencia. El 19 de octubre rompieron los soviéticos las líneas alemanas y por el portillo se coló el XI Ejército de la Guardia, profundizando 45 kilómetros. El jefe de esa zona del frente, general Hossbach, logró taponar la brecha con sus reservas y cayó por todos los lados sobre el desdichado XI ejército soviético, que perdió un tercio de sus efectos y casi todo su material pesado: un millar de blindados y cerca de 500 cañones... Moscú responsabilizó del revés al general Sakharov, jefe del Segundo Frente de Rusia Blanca, que debería haber acompañado la acción para montar una operación de embolsamiento, pero sus fuerzas no lograron abrirse paso en las defensas alemanas. Shakarov perdió el mando de ese Grupo de Ejércitos, al que pasó como jefe Rokossovsky en diciembre, mientras que del Primer Frente de Rusia Blanca se hacía cargo directamente Zhukov. En ese Frente que cubría Polonia y Prusia Oriental reinó una relativa calma en los dos últimos meses del año. Cherniakovsky, Rokossovsky, Zhukov y Koniev reorganizaban sus cansadas filas y recibían poco a poco el material para montar la ofensiva más poderosa de la guerra, mientras Hitler gastaba sus escasos recursos en frentes que inmediatamente se iban a revelar secundarios: Las Ardenas, Hungría, Curlandia...
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La situación de España a principios del siglo XVII era nada idílica. Pese a la modesta recuperación de una parte de la periferia, lo cierto es que el país tenía bastante de cuerpo enfermo al que la guerra había dejado en un estado casi inerte. Algunos viajeros extranjeros y numerosos pensadores hispanos habían advertido desde hacía décadas de lo urgente que era renovar el complejo y maltratado cuerpo de la monarquía hispánica. Escritores del siglo anterior y hombres de Estado, como el propio Conde-Duque, fueron voces lúcidas en este sentido. De esta forma, en la conciencia de algunos españoles de principios del siglo se había instalado la idea de decadencia y forjado la necesidad urgente de restaurar el país para recuperar su prestigio internacional, máxime después de los recientes acontecimientos bélicos que relegaban a España a un segundo orden en el plano internacional. Fue así como entre una minoría de españoles apareció la conciencia crítica como una forma de patriotismo. Gobernantes e intelectuales, altos funcionarios y comerciantes, clérigos y profesionales, coincidieron en la necesidad de una pronta y profunda regeneración de la monarquía. Así también fue cuajando un movimiento plural pero cohesionado alrededor de unos objetivos mínimos frente a los ultramontanos, un movimiento a veces contradictorio que llevará a cabo un repaso sistemático de la vida española en sucesivas oleadas generacionales cada vez más críticas con el orden vigente. Nombres a veces de sobras conocidos como los de Macanaz, Feijóo, Mayans, Cabarrús, Campomanes o Jovellanos, pero también personajes anónimos que se sentaban en los sillones de las sociedades patrióticas, en las numerosas academias fundadas, en las secretarías de los ministerios o en los consulados de comercio. España acabó convirtiéndose para estos personajes en un problema a resolver con urgencia. Y el repaso crítico se efectuó sobre todas las facetas de la vida nacional en un denodado esfuerzo por encontrar soluciones internas y propias a los problemas de casa. Es cierto que en ocasiones la elaboración de propuestas tuvo un sesgo proyectista, en el que las proposiciones irrealizables, política o técnicamente, proliferaban. Es una realidad que se escribió más que se hizo y que muchas veces los proyectos no iban acompañados de ninguna financiación consistente. Es verdad igualmente que bastantes de las soluciones propuestas no iban más allá de la lógica interna del sistema tardofeudal, por lo demás el único horizonte conocido en casi toda Europa por los propios contemporáneos. Pero es igualmente contrastable el mérito, la buena intención y la valentía de muchos hombres que acabaron seriamente perseguidos por los sectores conservadores y a menudo dieron con sus huesos en la cárcel por orden de la Inquisición. Unos hombres que con más o menos acierto se plantearon con suma honestidad la necesaria modernización del país.
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Con la victoria sobre los magos en el año 521 a.C., se restaura un nuevo imperio que cuenta con el apoyo solidario de la nobleza, perfectamente integrada en un sistema concentrado en el poder del rey. Las inscripciones de Behistún, que conmemoran sus victorias, ponen también de relieve la estrecha vinculación con el poder del dios Ahura-Mazda, vencedor del mal, creador de la unidad, protector del nuevo rey. Paralelamente, en el imperio se lleva a cabo un nuevo esfuerzo administrativo que se traduce en un reforzamiento del sistema tributario fundamentado, no sólo en la fuerza de las armas, sino en la racionalización del sistema circulatorio, tanto para las mercancías, a través de las redes de caminos, como del nuevo sistema monetario, basado en el oro, instrumento eficaz para una circulación fundamentalmente vertical, entre los contribuyentes y el poder. Sin embargo, los controles territoriales se traslucen también en una política expansiva, dirigida a consolidar las posiciones del Egeo y a controlar, al norte, a los escitas, junto con otras campañas en las fronteras egipcias del sur y en la India, que no afectan a las relaciones con los griegos de modo directo. La campaña contra los escitas situados al norte del Danubio es objeto de la atención del libro IV de la "Historia" de Heródoto. Las especiales características de este pueblo pusieron de relieve las dificultades con que podía encontrarse un gran imperio, basado en el reclutamiento y en el tributo, en el momento de su máxima consolidación, para controlar poblaciones lejanas, estructuradas socialmente de manera tribal, incapaz de hacer frente a un ejército con disciplina y orden. Los escitas se escabullían y se presentaban de manera inesperada, de tal manera que Darío tuvo que renunciar al control de sus territorios.
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Destruida la capital asiria Nínive en el año 612 a.C. a manos de una coalición medo-babilónica, ambas naciones deciden repartirse los restos del antiguo Imperio asirio. Para medos será la región central asiria hasta el curso medio del Tigris; para los babilonios, el resto. Sobre las ruinas de la antigua ciudad gobernada por Hammurabi volvió a florecer Babilonia, convertida, gracias especialmente a Nabucodonosor II, en una urbe cosmopolita. Con este rey el imperio caldeo alcanzó su máxima expansión, a pesar de tener que hacer frente a algunas revueltas, especialmente en las zonas fronterizas de Cilicia y el litoral mediterráneo. La expansión babilónica les llevó a saquear Jerusalén en el 597 a.C., ciudad que será destruida diez años después, tras una rebelión, resultando incendiado su templo y eliminado el reino vasallo de Judea. Como tantas otras veces anteriormente, la población fue deportada a Babilonia, lo que quedó reflejado en los textos bíblicos como el exilio de los israelitas. La expansión militar de Nabucodonosor hizo que a Babilonia afluyeran tributos, productos y poblaciones deportadas, lo que contribuyó al esplendor de la ciudad. No sólo israelíes, sino egipcios, asirios, sirios e iranios llegaron a Babilonia, lo que sin duda fue en gran medida decisivo a la hora de forjar el mito de la Torre de Babel, en realidad el zigurat de 90 m de altura del templo de Marduk. A Nabucodonosor le siguieron varios reyes que no dejaron mayor huella. En el año 555 a.C. se hizo con el trono el usurpador Nabónido, quien intentó legitimar su gobierno proclamándose heredero de la grandeza asiria. Esto y su devoción por el dios Sin de Harran -no en vano era hijo de una sacerdotisa de este culto extranjero- hizo que contra él se levantaran parte de la población y el sacerdocio. Probablemente los conflictos religiosos o quizás motivos de índole política le empujaron a dejar el trono durante diez años en manos de su hijo Belsazar, periodo de tiempo durante el que se dedicó a recorrer diversas ciudades del norte de Arabia. Con todo, este autoexilio temporal no impidió que Nabónido fuera detestado por su pueblo, quien vio en el persa Ciro el Grande a su libertador. Éste, tras acabar con el reino medo en el año 549 a.C. y someter a la Lidia de Creso, entró en Babilonia el 29 de octubre del año 539 a.C., aclamado por su población.
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Partiendo del dominio inicial del corazón de Anatolia, los turcos habían ido ocupando el último solar del Imperio romano, alcanzando, a los seiscientos setenta y cinco años del primer intento musulmán, la feliz posesión que un hadit apócrifo había anunciado: "Bienaventurado el soberano, glorias a las tropas musulmanas que se apoderarán de Constantinopla". Lo que los árabes no lograron fue alcanzado por los turcos, a los que calificamos de otomanos u osmanlíes para distinguirlos de sus antecesores. A partir de ese momento, y hasta la definitiva retirada del cerco de Viena, en 1683, su expansión fue imparable, ocupando sucesivamente Siria (1516), Egipto (1517), Argelia (1529), Mesopotamia (1534), La Meca (1538), Tripolitania, Túnez, Armenia, Georgia, Hungría, Bulgaria y casi toda la actual Yugoslavia, de manera que el Mediterráneo volvió a ser un mar del Islam, sólo oscurecido por el creciente poderío naval de la España imperial y sus aliados. En este imperio se fue adoptando un concepto artístico que ha sido el último general y reconocible dentro del mundo islámico, de tal manera que, para el turista europeo actual, constituye lo más característico, desde Argelia a Bagdad, de lo que es capaz de identificar con la cultura de los herederos del Profeta. No deja de ser sarcástico que el gran público ve la quintaesencia de lo árabe en lo que sólo es turco, cuyos gobernantes, en sus mejores momentos de los siglos XVI y XVII convirtieron a los auténticos árabes en unos simples vasallos o comparsas, tan dueños de sus destinos como pudieron serlo los cristianos sometidos de unas aldeas balcánicas. El arte que los turcos impusieron por doquier respondía a los ingredientes históricos que ellos, en su secular proceso de sedentarízación y aculturación, habían ido incorporando a su cultura neoislámica; así, sobre una base de origen silyuqí, sumaron aportaciones helenísticas, que ya era un concepto arqueológico, y sobre todo bizantinas, a veces con una transparencia casi patética. A esta base fueron agregando componentes europeos de estilo, hasta alcanzar el rococó turco que los peregrinos cristianos admiran, pongamos por ejemplo, en la edícula del Santo Sepulcro, de Jerusalén, que está datada en 1810. Ante este panorama pudiera parecer que insinuamos una escasa creatividad del arte otomano, y tal sospecha pudiera ser certera en los principios del Imperio, pero en el corazón de éste, en Anatolia o en la Turquía europea y sobre todo en Constantinopla, bajo el nombre de Estambul, surgió una arquitectura de gran calidad constructiva, casi toda ella labrada en sillares de excelente factura y gran formato, dotada de una racionalidad compositiva muy depurada y también de una grandiosidad pareja con la de sus últimos modelos: la arquitectura de época de Justiniano. En este panorama sobresale un creador notabilísimo, tanto por la calidad de sus proyectos y obras como por la variedad y número de sus modelos, el gran Snian que, con el andaluz Ahmad Baso, es una de las personalidades mejor conocidas de los arquitectos profesionales del Islam y ello a lo largo de un milenio completo de edilicia musulmana. Unas páginas atrás describimos brevemente las etapas de la India musulmana hasta el siglo XVI La retomamos ahora tras el recuerdo de aquella batalla, la de Panipat, que marcó su historia hasta que, en 1858, disuelta la Compañía de las Indias Orientales, los ingleses convirtieran el subcontinente indopakistaní en el más extenso de sus dominios modernos, la "Joya de la Corona". Este largo periodo, perfectamente equiparable en tantas cosas con el Imperio otomano, es el llamado periodo Mogol que, a través de veintiocho sultanes sucesivos, contando dinastas legítimos, usurpadores y reposiciones, desarrolló una producción artística basada en los hallazgos formales del arte de los timuríes de Irán y Transoxiana del XIV Tal vez el momento más original de todo este periodo es el que representa la época del reinado del Gran Mogol, Akbar (1556-1605), nieto del conquistador Babur y por tanto, descendiente directo de Gengis Jan y Tamerlán; este soberano fue impulsor de una nueva y herética secta, creada en 1582 y titulada Din-i-Ilahi (Fe Divina) que, sobre base islámica, rechazó los valores proféticos exclusivos de Mahoma y promovió la mayor gloria y poder del Gran Mogol, que fue un decidido protector de las artes. El Islam, a través de sus bases en el Indostán, pronto comenzó a fines del XV a ser conocido en Java y en el resto del conjunto de islas que hoy llamamos Indonesia y no faltaron extensiones hacia Indochina y las Filipinas aunque éstos fueron episodios tardíos; a compás con esta insólita penetración pacífica, el Islam adoptó las formas artísticas locales que mejor le vinieron, según su tradición. Algo parecido ocurrió en China, ya que a través de la Ruta de la Seda que dominaron los turcos y mongoles, los comerciantes y misioneros del Islam penetraron hasta el corazón del Imperio T'ang, y esto ocurrió en el siglo de los omeyas de Damasco. Los primeros contactos se hicieron a la manera tradicional del primer Islam, pues en el 751 se dio contra los chinos la batalla de Zalas y ya antes, en los baños de Qusayar Amra la más vieja de las residencias omeyas en la actual Jordania, se representó junto al vencido Rodrigo de Hispania otro soberano que se identifica con el chino y, aunque el dato entre más en el reino de la fantasía política que en el de la documentación histórica, no deja de ser interesante que Walid se considerase vencedor de un rey del que eran vasallos los asiáticos de Samarcanda y regiones orientales. En un salto de dieciocho mil kilómetros y casi un milenio recordamos que el actual Marruecos se salvó de los turcos gracias a la proximidad de la poderosa España del siglo XVI y, sobre todo, por la carencia de puertos mediterráneos, amén del carácter mismo de los beréberes de sus montañas costeras, a quienes ningún extranjero ha conseguido tener bajo su yugo de una manera permanente; en 1472 comenzó el dominio de los sultanes wattasíes, descendientes de quienes ostentaron el visirato bajo los últimos mariníes, y cuya capital fue nuevamente Fez; poco después, a la caída de Granada y al hacerse importante la presión de portugueses y españoles en la costa, se produjo una etapa muy religiosa que favoreció al ascenso de los jerifes sadíes descendientes de Fátima y Alí, quienes subiendo desde la zona meridional tomaron Marrakus en 1525, y consiguieron el abandono de los wattasíes, algunos de los cuales no sólo se hicieron cristianos, sino incluso monjes. La etapa de los jerifes sadíes (1540-1624) se caracterizó por un renacimiento, en tierras de Marrakus, de las tradiciones mariníes, sobre las que se agregan formas tomadas de la cultura nasrí, llevadas por refugiados. La etapa final del Extremo Occidente del Islam parte de la toma del poder por una nueva rama hasaní, es decir, otros supuestos descendientes del Profeta a través de Hasan, hijo del califa Alí; la capital de esta dinastía, que comenzó en 1659, estuvo localizada en principio en la ciudad de Meknes, y se denominan historiográficamente alawíes, o alauitas en la terminología actual; su mejor momento coincidió con el sultán Ismail (1672-1727) que construyó precisamente los palacios y puertas urbanas de la mencionada ciudad.
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La aparición y formulación del nuevo lenguaje se produce de forma paulatina y en momentos distintos según las diferentes especialidades. Además, las formas de la tradición gótica preexistente no se vieron desplazadas de una forma radical por los nuevos planteamientos. Hasta bien entrado el siglo XV las tradiciones góticas permanecieron profundamente arraigadas en Florencia y, con más fuerza aún, en otros centros. Lo cual constituye un fenómeno constante que se produce siempre que en el panorama artístico irrumpe un nuevo lenguaje que rompe con el sistema existente. En el Quattrocento italiano son muchos los ejemplos de persistencia de las formas góticas debidos a un fenómeno de inercia. La novedad del lenguaje renacentista convirtió, desde el momento que hace su aparición, a todas estas expresiones en manifestaciones de carácter tradicional. Sin embargo, no todas estas manifestaciones, planteadas desde los presupuestos del sistema gótico, obedecieron a un desarrollo de carácter tradicional o conservador. Además del fenómeno de persistencia, en el arte italiano del siglo XV se produjeron planteamientos que desarrollan el arte gótico desde nuevos supuestos que conforman un proceso de actualización y evolución del lenguaje preexistente. De acuerdo con ese planteamiento -en el que debemos incluir la compleja personalidad de Pisanello- las formas del arte gótico, lejos de ser un lenguaje agotado, se entienden como algo plenamente vigente. Las soluciones góticas, aunque se han visto desplazadas por la irrupción de un nuevo sistema basado en una recuperación dell'antico, aún no ha dicho su última palabra. En este sentido, es preciso atender, cuando hablamos de la pervivencia de las formas góticas, a dos aspectos fundamentales: por un lado, la peculiar situación italiana con respecto al desarrollo seguido por el arte gótico en el resto de Europa; en segundo lugar, que el panorama figurativo florentino en torno a 1400, en cuyo contexto irrumpe el nuevo lenguaje, está profundamente inmerso en los planteamientos del sistema del gótico internacional. El gótico internacional -nombre debido a Courajod, quien observó que, en los últimos años del siglo XIV y principios del XV, se producía un lenguaje común en numerosos y alejados centros artísticos de Europa- dominaba el arte europeo de en torno a 1400. Hasta el punto que las improntas nacionales se encajaron en un marco artístico en el que la diversidad no lograba romper una fuerte unidad estilística. En este contexto, y en relación con el ambiente artístico europeo, el nuevo lenguaje del Quattrocento irrumpió como una recuperación de los principios clásicos universales pero cuyo modelo le otorgaba un cierto carácter de recreación de la tradición autóctona. Vasari, en sus "Vite", estudia la vida y la obra de los principales artistas italianos agrupándolos por manieras o estilos orientados a estudiar el fenómeno de la recuperación de la buena maniera. En este sentido, Giotto fue el artista florentino que logró resucitar "después de haber permanecido enterrados tantos años por las ruinas de las guerras, los procedimientos de la buena pintura y artes que dependen de ella". Igualmente Masaccio, al que estudia después que Jacopo della Quercia, Ucello, Ghiberti o Masolino, es el iniciador de una revolución de la pintura. Un aspecto interesante, para lo que estamos analizando, es el hecho de que Vasari sitúa a los pintores del gótico internacional como una secuencia inconexa al final de la maniera giotesca. Y que, igualmente, sitúe con anterioridad a Masaccio a los artistas citados en los que la presencia de elementos del gótico internacional es muy intensa, como, por ejemplo, puede apreciarse en las puertas que realiza Ghiberti tras ganar el concurso de 1401. Por ello, el gótico internacional no aparece como un sistema de representación basado en leyes propias, sino como una derivación y un fundido con respecto a la situación anterior. Sin embargo, en el campo figurativo, tanto la ruptura con el gótico como su pervivencia, ésta tiene como referencia el sistema del gótico internacional, en cuyas fórmulas y convencionalismos se formaron los artistas de la primera generación renacentista.