Desde mucho tiempo atrás, los griegos consideraban que en Delfos, en un estrecho desfiladero, existía un lugar sagrado, un santuario. El mito explica el origen de Delfos cuando Apolo, bajo la apariencia de un delfín, salta a un barco cretense y empuja a la tripulación a seguirle y fundar un santuario. El lugar al que llegan pertenece a Gea por lo que, cuando Apolo se instale, deberá cederla un recinto. Pero antes deberá matar al ser que lo custodia, el dragón Pitón. La victoria final de Apolo se celebrará periódicamente con unos juegos, llamados píticos, que sirven además como elemento purificador. Tras el triunfo del dios, en el lugar se levantan templos, a los que acudirán las personas que quieren saber sobre el futuro. Encargada de transmitir la información facilitada por el oráculo será la pitia, sacerdotisa purificada y con dotes especiales para ejercer como medium. Ésta debía subirse al trípode sagrado ubicado al fondo del abaton, donde los dioses se manifestaban por su cuerpo y su boca, siendo los sacerdotes los encargados de ofrecer una interpretación o exégesis. Las profecías del oráculo de Delfos tuvieron un papel fundamental en el mundo helénico. La consulta al dios se hizo imprescindible para comenzar una empresa comercial, fundar una colonia o iniciar una guerra. Lógicamente, la información recibida por los sacerdotes de parte de los consultantes hizo que éstos tuvieran gran poder, pues guardaban en su mano la toma de decisiones de gran importancia. Herodoto señala que, durante las Guerras Médicas, los sacerdotes de Delfos propugnaron la rendición ante los persas, presagiando desastres y derrotas; sin embargo, los atenienses, partidarios de resistir, hicieron rectificar a los sacerdotes el sentido del oráculo, emprendieron la guerra y resultaron finalmente vencedores. No fue ésta la única ocasión en que se manifestó un claro uso político del oráculo. La competencia y rivalidad entre las distintas poleis hizo que en ocasiones sus sacerdotes fueran acusados de favorecer a una de las partes en conflicto. La división del mundo griego queda de manifiesto en muchos de los exvotos que se sitúan junto a la vía sagrada, ofrecidos por una ciudad para agradecer la ayuda de los dioses en su victoria sobre otra.
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Esta casa del poblado ibérico de El Oral está formada por una estancia central en forma de T, posiblemente descubierta, a la que se abren tres apartamentos con dos habitaciones cada uno: una grande, con hogar central y restos de pavimentos de adobe en algún caso, y otra más pequeña, complementaria, que pudo servir de almacén. La casa original contaba sólo con la parte anterior, pero en un momento más avanzado se le incorporó el conjunto posterior. Todos los muros conservados son de piedra, aunque debían contar con un cuerpo superior de adobe. La puerta de la casa también se reformó, cerrando parte de su amplio vano con un murete.
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Planta de la manzana mejor conservada del poblado alicantino de El Oral. Se trata de un conjunto de casas formadas por dos o más departamentos que rodean un espacio descubierto central y se abren a cuatro calles. En todas las casas, excepto en la IIIB, que constituye la única de una sola habitación, existe al menos una estancia con hogar. En otras, un banco de trabajo (circular, exento) o vasar (rectangular y adosado a las paredes). Y en un ángulo de la plaza, la base de un horno de pan.
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Su actitud era la única posible, como se iba a demostrar a costa de la desgraciada Amazon. Su capitán, Edward Riou, comandante de la escuadra de fragatas, vio la orden de Hyde Parker, del que no estaba muy lejos, y la obedeció, virando hacia el Norte. La Amazon cayó bajo un fuego cruzado que la rastrilló sin piedad y el propio Riou fue partido en dos. Otros historiadores piensan, sin embargo, que las fragatas se salvaron gracias a la decisión de Edward Riou, pues, sin el apoyo de los dos navíos prometidos -Ardent y el Agamemnon-, no hubieran podido sostenerse frente a los cañones de Trekroner. Poco a poco el fuego de los daneses fue acallándose. Incapaces de soportar la presión del rápido cañoneo británico, ya muy dañados y con numerosas bajas, los capitanes daneses arriaron sus banderas uno tras otro y a las 14'30 cesó el cañoneo. No obstante, cuando las lanchas británicas se acercaban a las bordas para exigir la entrega de los buques, éstos se negaban a permitir el acceso a bordo a sus vencedores. Por otro lado, Trekoner seguía vomitando metralla e impidiendo a Nelson reunirse con Parker. Ante esa prolongación de la resistencia, el Elephant volvió a abrir el fuego, seguido por el Glatton. Nelson, con muchas bajas y sus buques muy castigados, decidió jugarse un farol: envió al príncipe heredero danés, Federico, que dirigía la defensa del puerto, un mensaje: si no capitulaba inmediatamente, dispararía sobre los buques daneses que se habían rendido y después bombardearía la capital. Eso, más la segura pérdida de los buques nuevos y desarmados que había en el puerto y la aparente cortesía del ultimátum -Nelson no tenía porqué haber advertido de sus intenciones- indujo a rendirse al Príncipe. No se sabe si Nelson estaba en condiciones de sostener su amenaza -los daneses conservaban algunos barcos indemnes y contaban con las baterías del puerto y de los fuertes- pero le salió bien el órdago y pese a las reticencias de algunos mandos, los cañones daneses enmudecieron. La mayoría de buques daneses estaba destrozada, pero la flota de Nelson no estaba mucho mejor: varios navíos tenían daños importantes en la jarcia, muchas piezas desmontadas y un tercio de sus efectivos combatientes, muertos o heridos. En la siguiente semana, los buques británicos fueron sometidos a reparaciones de urgencia, mientras los restos de los daneses eran pasto de las llamas. Sólo se salvó el Holstein, de 60 cañones. Las cifras de bajas muestran la dureza e igualdad de la batalla: los daneses tuvieron 370 muertos y 665 heridos; los británicos pagaron su victoria con 350 fallecidos y 850 heridos.
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Como escena representativa del Orden sacerdotal, Poussin ha elegido el pasaje evangélico de la entrega de las llaves de los cielos a San Pedro. En un desarrollo al estilo de los frisos, Poussin caracteriza a los Apóstoles, variando sus actitudes y expresiones. Por lo demás, mantiene las características de El Matrimonio, el primero de los lienzos de esta primera serie de los Sacramentos, conocida como Dal Pozzo, por el amigo y mecenas de Poussin que los encargó.
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Hacia el año 625 los etolios renuevan el viejo santuario de Thermos y lo sustituyen por un templo consagrado a Apolo, cuyas características estructurales y formales denotan su vetustez. Cella profunda y alargada precedida por un breve pronaos, hilera de columnas en medio de la cella para sostener la techumbre y perístasis o anillo de columnas separadas por un pasillo de los muros de la cella. Los restos de la cimentación, que es todo lo que se conserva del templo de Apolo en Thermos, bastan para demostrar que aun en estado incipiente, la planta ha sido diseñada con criterio de claridad orgánica, una de las constantes de esta arquitectura. Los progresos realizados a lo largo del último cuarto del siglo VII se aprecian a comienzos de la centuria siguiente en el templo de Artemis en Corfú y en el de Hera en Olimpia. El templo de Artemis en Corfú era un octástilo cuya cella, muy larga y dividida en tres naves por dos hileras de columnas, quedaba aislada en medio de la perístasis por un pasillo excesivamente ancho. Pronaos y opistodomos muestran la solución canónica de las columnas entre las antas. Por su parte, en el Heraion de Olimpia la cella sigue siendo excesivamente alargada, pero la organización del espacio mejora con la colocación de dos hileras laterales de cuatro columnas cada una; pronaos y opistodomos completan el patrón típico por medio de una disposición simétrica y de una pareja de columnas in antis, es decir, colocadas entre los remates apilastrados, prolongación de los muros de la cella. Ante los restos del templo de Hera en Olimpia se tiene la certeza de que allí adquirió carta de naturaleza el modelo de templo dórico, obra de hacia el año 600, seguramente, de un arquitecto peloponésico. Poco después de mediados del siglo VI, en el año 540, se fecha el templo de Apolo en Corinto, algunas de cuyas columnas y parte del arquitrabe todavía se pueden ver de pie. En un paraje despejado y sereno, presidido por la mole impresionante del Acrocorinto, donde la leyenda sitúa la captura de Pegaso por Belerofonte, se yerguen siete fustes potentes y monolíticos, viva la estría, bulboso el equino, macizo el ábaco; la estampa viva del dórico arcaico. La cella, dividida en tres naves por dos hileras de columnas, que pudieron sostener un segundo piso, presenta la particularidad de estar dividida en dos espacios desiguales e independientes, a los que se accede respectivamente desde el pronaos y desde el opistodomos. Más notable e importante es la peculiaridad observada en el estilobato, que permite reconocer por primera vez el efecto de la curvatura o convexidad de su piso. La actividad constructiva de este momento viene en buena parte determinada por la rivalidad de las grandes familias que ven en la construcción de grandes templos una forma de expresar su fuerza y su poder. Es el caso de los Alcmeónidas, exiliados de Atenas y asentados en Delfos, donde levantan un templo a Apolo por el año 525, en sustitución de otro anterior, que había quedado destruido. El nuevo templo, hexástilo, responde a las directrices marcadas por el templo de Apolo en Corinto y de su decoración escultórica se encargó un maestro ático, probablemente Antenor. Al mismo modelo corintio remite el llamado viejo templo de Atenea levantado por los Pisistrátidas (561-510) en la Acrópolis de Atenas en honor de la diosa tutelar de la ciudad. El problema arqueológico inherente a este templo es tan apasionante como complejo. Y sin entrar ahora en la discusión arqueológica, merece la pena recordar que es la arquitectura de esta época la que introduce en el Atica una novedad tan relevante como la adición de rasgos jónicos a edificios dóricos, que mucho tiempo después retomarán los arquitectos del Partenón. Los responsables de tan feliz innovación fueron seguramente los hijos de Pisístrato, de cuyo círculo formaban parte poetas y artistas jonios. Para admirar la arquitectura arcaica, hoy día es más rentable e ilustrativo visitar la Magna Grecia (Sur de Italia y Sicilia) que la Grecia continental. El fenómeno colonial adquirió desde muy pronto extraordinaria vitalidad y las ciudades suritálicas llegaron a rivalizar en el terreno artístico con la metrópolis. Una de las ciudades mas prósperas del sur de Italia fue Posidonia, la Paestum romana, hoy Pesto, cuyas ruinas constituyen un paisaje arqueológico inolvidable. En él juega un papel decisivo la secuencia ininterrumpida de templos que el viajero va visitando sin salir de su asombro.
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El cese de Olivares restablece los vínculos, muy debilitados desde 1640, entre el monarca y una aristocracia descontenta con la actuación del valido -este sentimiento ya se había manifestado en 1627 y en 1629 con toda clase de pasquines-. Evidentemente no todos sus componentes llegaron al extremo de encabezar una conspiración como la llevada a cabo, sin éxito, en Andalucía en el verano de 1641 por el duque de Medinasidonia y su primo, el marqués de Ayamonte, en connivencia con Portugal e incluso con Francia, o la protagonizada en 1648 por el duque de Híjar en Aragón, pero sí osaron muchos dejar de asistir a los actos celebrados en Palacio, rebelarse contra la orden de formar parte de un batallón de caballería para combatir en el frente catalán o en el portugués y de servir bajo el mando del conde de Monterrey en la frontera de Extremadura. La presencia del monarca a la cabeza del ejército a partir de 1642 reforzará todavía más los lazos entre la Corona y la nobleza, tanto como la decisión de gobernar sin un valido, no obstante el ascenso de Luis de Haro, lo que también facilitará la colaboración de los Consejos, que recuperan el protagonismo de antaño, aunque el recurso a convocar Juntas especiales no desaparezca. Posiblemente las desgracias familiares de Felipe IV (muerte del cardenal-infante don Fernando en 1641, de la reina en 1644 y del príncipe Baltasar Carlos en 1646) contribuyeran a concitarle la simpatía de sus súbditos, que además comienzan a saborear las mieles del triunfo militar de su soberano, en particular tras la recuperación en 1644 de Lérida. El restablecimiento de la autoridad real y de la imagen del rey no fue tarea fácil, pero hacia 1648, sometidos Nápoles y Sicilia, aunque no Cataluña y Portugal, parece ya consolidada. Esto es así con independencia de los alborotos acaecidos en Andalucía entre 1647 y 1652, porque el descontento no iba dirigido tanto contra el monarca como contra los malos ministros, las autoridades locales e incluso la nobleza, sobre quienes descargaron sus iras, pues el móvil de las asonadas fue, en unos casos, la manipulación de la moneda, la presión fiscal y la dureza de los señores -así acontece en Lucena, Espejo, Luque, Alhama de Granada y otras poblaciones de igual entidad- y, en la mayoría, el alza en el precio del pan tras las malas cosechas de 1648/1650-1651 y el acaparamiento de cereales por los poderosos locales interesados en la obtención de mayores ganancias, coincidiendo con la epidemia de 1649-1650, aunque posteriormente las reivindicaciones se extenderán a la rebaja de la moneda de vellón y la suspensión del servicio de millones. Estas revueltas populares, que alcanzaron gran virulencia en las ciudades de Granada, Córdoba y Sevilla, donde la gente llegó a asaltar las cárceles y desvalijar las tiendas, no tuvieron consecuencias importantes al carecer de dirigentes y de un programa político, como en Cataluña y Nápoles, acallándose los amotinados con las concesiones otorgadas por las autoridades municipales, revocadas una vez restablecido el orden con el auxilio de la nobleza local, sin apenas represalias -éstas fueron más duras en los lugares de señorío-, y aunque las oligarquías locales prosiguieran gobernando como antes, haciendo caso omiso del Consejo de Castilla que las exhortaba a reprimir la especulación y mejorar el abastecimiento. La restauración de la autoridad real en los reinos hispanos, que en Castilla da un paso adelante en las Cortes de 1649-1651 con la prórroga del servicio de veinticuatro millones de ducados en seis años más la paga de ocho mil soldados, culmina con la capitulación de Barcelona en el mes de octubre de 1652 ante las tropas de Juan José de Austria. El cansancio de la guerra, el alojamiento del ejército francés, tanto o más gravoso que el de los tercios españoles, la epidemia de peste en los años 1650-1651 y la certeza entre la clase gobernante de que el Principado sólo era un satélite bajo la autoridad de Luis XIII, condujeron a este desenlace con el que se ponía fin a doce años de combates. Pero la derrota final de los catalanes no fue aprovechada por Felipe IV para humillarlos, a pesar de las consultas del Consejo de Aragón en este sentido, ya que el monarca asumió como propia la promesa dada por Juan José de Austria de conceder el indulto a la mayoría de los que habían participado en la revuelta y de respetar sus constituciones, aunque en contrapartida el Principado se comprometía a sostener el ejército con 500.000 libras anuales mientras durase la guerra contra Francia, y además, para evitar que el patriciado de Barcelona ofreciese la resistencia que había opuesto en el pasado, el rey se reservaba la facultad de intervenir en las bolsas de insaculación de los cargos de la ciudad e incluso de vetar a los que salieran elegidos, siempre que se sospechara de su fidelidad a la Corona. A partir de 1660 Barcelona intentará recuperar el terreno perdido, obteniendo dos concesiones: la custodia de las puertas de la ciudad por los naturales del Principado y la restitución de sus señoríos, pero no consigue controlar las insaculaciones.
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Empezada en junio de 1647 y acabada en noviembre del mismo año evoca, como recurso iconográfico frecuente en Poussin, la entrega de las llaves a San Pedro como símbolo del Orden sacerdotal. Se conocen varios dibujos preparatorios. De una estructura al modo de los relieves antiguos, simétrica - al estilo de Rafael - es de una solemnidad apropiada al tema, como no podía ser de otra forma en Poussin, quien pensaba que cada asunto tenía un "modo" de ser representado. Es de una clara coherencia respecto a las pautas marcadas por La Extremaunción, el primero de la serie. La "E" que aparece en la torre ha suscitado numerosas interpretaciones. Puede asumirse que es la "E" de "Ecclesia", es decir "Iglesia", ya que este pasaje del Evangelio es uno de los momentos más importantes de la institución de la Iglesia por Cristo.
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Evoca en este dibujo Poussin el momento en que Cristo, a la derecha, entrega las llaves de la Iglesia a San Pedro, arrodillado. A diferencia del lienzo para el que fue hecho este estudio previo, Cristo desenrolla un pergamino. Esta iconografía es infrecuente en esta escena, y Poussin la ha tomado del arte paleocristiano. En el cuadro definitivo, El Orden Sacerdotal, llamado de Chantelou por el mecenas que lo comisionó, Poussin ha representado a Cristo portando la llave de la Iglesia en su mano izquierda. Con ésta señala el cielo, y con la derecha la tierra, en alusión al pasaje del Evangelio de San Mateo, en que Cristo dice a Pedro: "A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos; y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos". La composición se encuentra todavía lejos de la obra definitiva. De la obra sobre el Orden de la primera serie de los Sacramentos, retoma la disposición de los Apóstoles en una horizontal dirigida rítmicamente hacia la figura de Cristo, aunque en sentido inverso.
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Este dibujo es uno de los estudios realizados por Poussin directamente para el lienzo El Orden Sacerdotal de la serie de Los Sacramentos Chantelou, llevado a cabo en 1647. Se aproxima más a la idea que el artista plasmó de forma definitiva en la obra final, salvo en la figura de Cristo, quien aún no porta las llaves de la Iglesia. El gesto, señalando el cielo y la tierra, es similar al del estudio sobre El Orden, y será el que permanezca. El paisaje se adecua más a la villa de Cesarea, recortada en segundo plano, en que, según San Mateo, tuvo lugar la escena, aunque todavía con importantes variaciones. Es destacable la presencia, a la derecha, de un resto arquitectónico en forma de "T", que dará lugar en el lienzo al resto en que se encuentra el epígrafe "E", de Ecclesia, es decir, Iglesia.