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La expresión más estremecedora de lo que el Nuevo Orden europeo nazi supuso fue el Holocausto judío, que significó un cambio esencial en la experiencia colectiva de la Humanidad a través de los siglos. En otros tiempos -como, por ejemplo, durante la Guerra de los Treinta Años- el ser humano había practicado la eliminación de sus semejantes animado por supuestas motivaciones ideales y de principio, en este caso de carácter religioso, pero nunca, en cambio, se había intentado hacer desaparecer de la superficie de la Tierra una entera categoría racial o religiosa. La situación de los judíos europeos en el momento del estallido de la guerra era diferente según las latitudes, pero en términos generales se puede decir que habían experimentado un claro proceso de emancipación en los últimos tiempos. En Alemania, constituían ya una minoría decreciente, no solían ser practicantes desde el punto de vista religioso y tuvieron un papel importante en determinados partidos políticos, como el socialdemócrata. Más al Este, su influencia era mayor: en Polonia representaban la décima parte de la población y eran un tercio del total de los habitantes de Varsovia. Aparte de que aquí la emancipación había sido más reciente, seguían siendo una minoría inasimilada, observante en materia religiosa y confinada a determinadas dedicaciones y actividades. La existencia de problemas de conciencia nacional contribuía de forma poderosa a alimentar tradicionales sentimientos populares antisemitas. El antisemitismo de Hitler tenía poco de nuevo, casi nada de coherente y tampoco fue constante en sus perfiles concretos. En realidad, esta actitud se hallaba muy difundida en la sociedad alemana, en especial en los medios de la derecha tradicional, sin necesidad de ser nazi. En los años treinta, a estas doctrinas se les sumó, multiplicando infinitamente su peligrosidad, un repudio radical de los ideales de la civilización cristiana y liberal. Fue el abandono de lo que Goering denominó como los "estúpidos, falsos, ingenuos ideales de humanidad" lo que permitió que la sociedad alemana aceptara la persecución de los judíos con indiferencia y en gran parte contribuyera a la misma. Pero el Holocausto en sí no se entiende sin la personal peculiaridad de Hitler. Éste podía decir en términos teóricos que el problema de los judíos no era más que el de la decisión de hacerlos desaparecer, pero eso no suponía en principio que quisiera exterminarlos a todos. Eso podía significar tan sólo, a título de ejemplo, trasladarlos lejos de Europa, allí donde pareciese que su peligrosidad se había hecho inexistente. Potencialmente, sin embargo, la eliminación podía llegar a imponerse, por la sencilla razón de que el lenguaje de Hitler para tratar de ellos era el de la parasitología: siempre los describió como un virus peligroso. Sin embargo, lo que convirtió esta posibilidad en actos fue la sensación de auténtica angustia sentida por el Führer en 1918, cuando atribuyó a la traición la derrota alemana y el peligro de su propia eliminación física. Lo que produjo el Holocausto fue, en fin, el carácter obsesivo del antisemitismo de Hitler. En condiciones de victoria, podía proponer para los judíos el simple alejamiento. Si le amenazaba la derrota de su sueño megalómano y demencial, podía proponer la eliminación radical de este esencial adversario. A partir de estas afirmaciones, se puede dar respuesta a un interrogante que durante mucho tiempo ha obsesionado a los historiadores. El Holocausto puede, en efecto, ser interpretado como un proceso de intencionalidad clara, en el que cada uno de sus pasos previos llevaba de forma necesaria al siguiente. Sin embargo, parece obvio que en última instancia el camino hacia el estadio de la eliminación masiva sólo puede explicarse como consecuencia de circunstancias concretas de un determinado momento. Sólo con la campaña contra la URSS se hizo inmediata la voluntad de eliminar por completo a los judíos. La victoria de los nazis en la Alemania de 1933 había supuesto en primer lugar la determinación de lo que se entendía como judío desde el punto de vista familiar y religioso, así como la marginación de los judíos de ciertas categorías profesionales. Permaneció, sin embargo, para los afectados la duda acerca de si debían abandonar Alemania o no, porque con el paso del tiempo las medidas persecutorias parecieron desdibujarse un tanto. Desde 1933 hasta 1937, emigraron de Alemania unos 130.000 judíos y en los dos años inmediatos al estallido de la guerra lo hicieron otros 120.000. Pero las conquistas territoriales del III Reich situaron bajo el dominio de Alemania un mayor número de judíos que en tiempos anteriores, con lo que se complicaron los problemas para las autoridades nazis. En general, en los nuevos territorios se siguió una política de mayor dureza que en la propia Alemania. En ella, sin embargo, respecto a los propios alemanes, se tomaron las medidas que resultan en muchos sentidos más directamente relacionadas con los campos de exterminio del futuro. El racismo nazi, en efecto, tuvo como primera consecuencia la eliminación de disminuidos físicos y mentales, con el objeto de purificar la etnia germánica. En su momento, no se dio publicidad alguna a la aplicación de esas medidas, que supusieron la desaparición de decenas de millares de personas y que solamente se detuvieron en 1941. Hasta este momento, el Reich tan sólo consideraba como posibles medidas a aplicar en el futuro acerca del destino de los judíos la obligada emigración a territorios remotos. Se pensó en obligarlos a la emigración hacia Polonia o Madagascar que, por su condición insular y su lejanía, parecía el lugar más oportuno. A estas fórmulas se las denominó conjuntamente "Solución final", aunque de momento la expresión no tuviera el trágico significado que más adelante adquirió. Al mismo tiempo, se tomaron algunas disposiciones prácticas que, aunque tenían otra razón de ser, acabaron coadyuvando a los planes de eliminación física. La principal de ellas fue la concentración de los judíos en determinadas áreas, primer paso para cualquiera de las dos opciones. Siguió existiendo la emigración, pero la necesidad de contar con Gran Bretaña para llevarla a cabo impidió que pudiera realizarse de forma sistemática. A mediados de 1941, Hitler adoptó dos disposiciones que antes había rechazado y que obedecían al propósito indicado: por una parte, los judíos debían estar señalados con un distintivo personal; por otra, tenían que ser enviados hacia el Este. Como se apuntaba antes, la chispa que prendió todo el potencial de barbarie que nacía de la ideología nazi fue la guerra contra la Unión Soviética. Hitler confiaba en derrotar en plazo de tiempo muy breve a los ejércitos de Stalin, que habían demostrado su ineficacia contra Finlandia, pero sabía también que en el enfrentamiento se lo jugaba todo. Su racismo le llevaba a considerar que en la nueva ofensiva se debían romper las reglas de la guerra; además quería proceder a explotar lo más rápidamente posible desde el punto de vista económico los territorios conquistados. Aquí, el enemigo, en su opinión, no estaba constituido más que por puras y simples "bestias". La resistencia que le ofrecieron favoreció las instrucciones de eliminación de los cuadros políticos -comisarios de guerra, por ejemplo- y de ellos se pasó a los judíos, incluso mujeres y niños. Se debe tener en cuenta que hasta el momento el número de muertos alemanes apenas superaba las tres decenas de millar y esta cifra fue pronto abrumadoramente superada en suelo soviético. De ahí el inicio de los asesinatos masivos. Para ello, se crearon unos grupos especiales que se desplazaban por el frente y procedían a ejecuciones sumarias mediante el fusilamiento o el tiro en la nuca. Con el transcurso del tiempo, se imaginó un procedimiento más "humano" -para los verdugos, por supuesto-, como era la utilización de unos camiones que venían a ser algo así como una cámara de gas móvil. La fecha en que se tomaron las disposiciones tendentes a que la "Solución final" decidiera la eliminación del adversario no es segura, pero todo hace pensar que debió ser en torno a septiembre de 1941, cuando empezaba a demostrarse que la resistencia soviética era superior a lo previsto. Y sobre ello, no cabe la menor duda de que la responsabilidad fue de Hitler, sin cuya voluntad no resulta imaginable que se tomara una medida de tal trascendencia. Pero, en la burocratización del genocidio que siguió a continuación, los responsables se multiplicaron de forma exponencial. A partir de este momento, se siguió un doble proceso, paralelo y complementario. En primer lugar, los judíos, otras minorías raciales consideradas inferiores y los disidentes políticos fueron integrados en un sistema de trabajo forzado en campos de concentración, del que los explotadores extrajeron importantes ventajas económicas. El campo de Auschwitz estuvo, por ejemplo, ligado a una de las más importantes industrias químicas alemanas. Aquí, era conocida la existencia de una red de campos de concentración, en los que no se excluía la posibilidad de la liquidación física de los prisioneros. Solamente en ella murieron más personas que en conjunto en otros seis campos situados al Este, junto a la frontera soviética, que pueden ser considerados como verdaderas fábricas de muerte. El sistema de eliminación racial o política se basaba, en efecto, en una racionalización industrial de acuerdo con criterios de mínimo coste y máxima eficacia. Hubo en todo este sistema dos círculos concéntricos de culpabilidad: la de los burócratas que, con cada una de sus decisiones y sin preguntarse por el efecto que pudieran tener, hicieron posible la totalidad del proceso y la de quienes ocupaban los escalones intermedios en los campos. Un radical despotismo respecto de quienes estaban en ellos ni siquiera hizo necesaria la existencia y actuación de grandes criminales. El poder absoluto transformó la intimidación en terror y éste pasó a ser un horror colectivo como hasta ese momento jamás había sido imaginable. Los resultados cuantitativos se pueden precisar con datos precisos, al menos hasta un determinado punto. Unos seis millones de judíos fueron eliminados, o lo que es lo mismo, casi uno de cada tres de los que vivían en Europa. En determinados países, como Polonia, la proporción todavía fue mayor: de unos 3.300.000, sólo quedaron 50.000 con vida. Ello hizo que numéricamente, al final de la guerra, casi la mitad del judaísmo mundial fuese el residente en Estados Unidos. La Rochefoucauld escribió que "Ni el sol ni la muerte se pueden contemplar con los ojos bien abiertos". Esta afirmación vale, sin duda, también, para el Holocausto. En el fondo de él existe un problema de comprensión, porque se basa en lo enigmático de la naturaleza humana que toleró tal banalización del mal y una destrucción masiva por parte de quienes eran personas, a fin de cuentas, en su mayor parte, normales. Para el historiador, además, existe un problema de conocimiento complementario. Las decisiones sobre esta materia no sólo no resultan fáciles de documentar, sino que formaron parte de un proceso muy heterogéneo y, en apariencia, contradictorio como es, en definitiva, aquel que parecía hacer compatible la expulsión y la eliminación. Resulta, por ejemplo, muy sorprendente que uno de los principales responsables de la eliminación de los judíos, Heinrich Himmler, fuera, al mismo tiempo, quien mantuvo contactos indirectos con ellos para cambiarlos por camiones o por dinero. Esta imposibilidad de comprender hasta sus últimas consecuencias lo que sucedía la padecieron también los aliados, para quienes los campos de concentración constituyeron una sorpresa. Creían que Hitler se había servido de los judíos como subterfugio para obtener el poder y no llegaron a creer nunca que los considerara sus verdaderos enemigos, con lo que su reacción ante el Holocausto sólo pudo ser muy tardía e incluso incrédula. En última instancia, la enseñanza del Holocausto se encierra en una frase de uno de quienes estuvieron en los campos. El judío italiano Primo Levi escribió que lo que éstos significaban como un acontecimientos tan terrible era algo que "ha sucedido y puede volver a suceder". Hay, en efecto, un lado oscuro de la naturaleza humana que hizo posible un género de barbarie que, de alguna manera, en la Yugoslavia poscomunista de hace tan pocos años estaba destinada a resucitar, como si la lección no hubiera sido aprendida por completo.
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Dalí llegó a París con un repertorio tan brutal que ya nunca provocaría indiferencia: Era el suyo un arte de formas lamidas, viscosas, blandas, de protuberancias flácidas, que siempre busca el equívoco, lo inesperado, lo irreal, aunque con una capacidad figurativa tan impresionante que logra la confusión de los dos mundos, el de lo posible y el de lo ilusorio. Dalí ofrece la primera alternativa al automatismo, puesto en marcha por Masson: el método paranoico-crítico, que contaba con la ventaja de poder ser aplicado con el mismo éxito a la pintura, a la poesía, al cine, a la moda, etc. Definió su método como una forma de conocimiento irracional basado en un delirio de interpretación. Su manifestación más sencilla es la capacidad del artista para percibir diferentes imágenes dentro de misma imagen. En este sentido, tenía mucho parecido con la técnica del "frottage" de Max Ernst, quien calcaba una superficie con una determinada textura e intentaba ver las imágenes que su subconsciente le sugería. Los cuadros realizados en 1929 tienen como base elemental el lenguaje de libros de psicología. El hombre invisible es el primer ejemplo en el que intenta duplicar una imagen como se puede apreciar en el cuerpo del hombre integrado al mismo tiempo en el paisaje. Este cuadro, realizado en el invierno de 1929 y expuesto inacabado en el año 1931 en la Galería Pierre Colle de París, muestra a ese personaje sentado ocupando todo la composición y acompañado por un paisaje desolado, ruinas, edificios clásicos, etc.
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Una de las acciones más espectaculares de entre las realizadas por los servicios secretos de los países implicados en el conflicto fue la calificada en lenguaje cifrado Operación Mincemeat -Carne Picada-. Fue organizada en Inglaterra con el fin de desviar la atención del Alto Mando alemán con respecto a las operaciones que se preparaban sobre Sicilia en la primavera de 1941.El teniente de navío Ewen Montague de la Royal Navy fue encargado de la organización de esta operación.La finalidad básica de la misma era la de dirigir el interés del enemigo hacia otro espacio mediterráneo como punto de destino de la expedición aliada. Se trataba de convencer a los servicios secretos del Reich de que las costas de Cerdeña y del Peloponeso eran las elegidas para efectuar el desembarco. De forma paralela, sobre Sicilia se realizaría una serie de maniobras de diversión, que en realidad encubrirían los planes de invasión que se preparaban con respecto a la isla.El primer problema que se presentaba para la realización de esta operación era el presentado por la forma en que la documentación relativa a estas operaciones ficticias debía ser transmitida a los alemanes. Montague halló la solución al ocurrírsele la idea de crear una falsa identidad de un oficial británico, miembro del cuartel general de Operaciones Combinadas. Este falso agente sería así el enlace entre el estado Mayor inglés y el comandante de las fuerzas aliadas en el norte de África, general Alexander. En función de ello, llevaría a éste una misiva en la que de forma expresa se aludía a Cerdeña como objetivo del desembarco a realizar de forma inmediata.Se buscó para ello un cadáver adecuado, y se halló en el de un fallecido de pulmonía que no había sido reclamado por nadie. Se le dio la identidad de William Martin y se fabricó una vida anterior, que incluía a padre y a una prometida. El día 19 de abril de 1943, el cuerpo del desconocido fue trasladado en un frigorífico del submarino Seraph. Éste lo depositó en aguas del golfo de Cádiz. El día 30 del mismo mes, el cadáver fue hallado por un pescador de la zona y transportado al depósito municipal de Huelva.El hecho de que los servicios secretos británicos hubiesen elegido esta costa española tenía unas motivaciones muy concretas. Por una parte, el gobierno de Madrid era oficialmente no beligerante en el conflicto. Y, a pesar de los estrechos lazos de amistad e interés que mantenía con las potencias del Eje, en ningún momento había roto sus relaciones con los aliados. Por otra parte, la región de Huelva conocía de forma tradicional la presencia británica, debido a la explotación de las minas de Riotinto por parte de los ingleses desde el siglo pasado. Ello había hecho que el espionaje alemán en España se centrase de forma especial en la zona. Debido a esta circunstancia, todo hecho relacionado con Gran Bretaña era observado con atención por los agentes allí destacados.Una vez recibida la notificación del hallazgo del cadáver del supuesto William Martin, la embajada británica en Madrid reclamó la devolución de los documentos que portaba. Estos fueron entregados el 13 de mayo, pero -tal como esperaban los responsables de la operación- previamente habían sido estudiados y copiados por los servicios secretos alemanes, que actuaban en la España de entonces con gran impunidad. Con ello se había conseguido el objetivo perseguido. A partir de ese momento se trataba de esperar la reacción alemana ante esta información, que modificaba sustancialmente las previsiones hasta entonces existentes.Con respecto a esta operación, algunos historiadores han afirmado que los más elevados responsables militares de Alemania -incluido el mismo Hitler- se convencieron por completo de la veracidad de estos informes. Para otros, se produciría la reacción contraria, y los documentos extraídos del cuerpo hallado en el mar no fueron tenidos en consideración en modo alguno.Resulta lógico pensar que, si los alemanes creyeron en la veracidad de esta documentación, decidieron que dada su importancia los británicos cambiarían los planes que reflejaba, ante la posibilidad cierta de que hubiesen llegado a manos del enemigo. Hoy, en el cementerio de Huelva, una tumba contiene los restos del oficial Martin, el hombre que nunca existió.
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La relación entre el ser humano y la tierra era en la época medieval muy estrecha, tal y como podemos apreciar en las obras de san Francisco de Asís. El ser humano era un elemento más de la Creación al igual que las plantas, los animales, la tierra o el agua. Pero la vinculación con la tierra es tremendamente fuerte, estando considerada como el elemento primordial según se interpreta de las propias palabras del santo -"Nuestra hermana la madre tierra"- o del mallorquín Anselm Turmeda - la tierra "cabeza del género humano"-. El contacto con la naturaleza será algo innato del hombre medieval, identificándose especialmente con el medio natural al tiempo que la propia naturaleza formaba parte de la vida cotidiana. Bien es cierto que la relación entre hombre y naturaleza tampoco era idílica -la eliminación de las basuras y aguas residuales, la precariedad de la higiene o la acción del ser humano provocaría daños ecológicos de importancia- aunque en ocasiones se intentó regular legalmente esta relación con el fin de mantener un equilibrio mayor como se aprecian en las medidas castellanas del siglo XIII para evitar incendios en los bosques. A pesar de estas medidas podemos afirmar que el hombre medieval dependía más de la naturaleza que ésta del ser humano, por muchos recursos que pudiera sacar de ella. No debemos olvidar las graves consecuencias de las condiciones meteorológicas en la agricultura que vendrían acompañadas de hambre y muerte. Raúl Glaber hace referencia a la grave situación en la que se encontró Europa en 1033 aludiendo a que el hambre "hizo temer por la desaparición del género humano". Gilles le Muisit nos narra la crisis vivida en el año 1316 en Flandes donde " a causa de las lluvias torrenciales (...) la penuria aumentaba de día en día (...) A causa de las intemperies y del hambre intenso, los cuerpos comenzaron a debilitarse y las enfermedades a desarrollarse y resultó una mortandad tan elevada que ningún ser vivo recordaba nada semejante". En la crónica del rey castellano Fernando IVdel año 1301 se manifiesta que "los omes moríanse por las plazas e por las calles de fambre". No cabe duda de que el ser humano seguía dependiendo del medio físico para su existencia diaria.
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El florentino Giotto es el mejor paradigma del pintor de éxito del Trecento italiano. Reclamado desde puntos muy diversos de Italia: Asís, Padua, Roma, Rímini, Ravena, Nápoles... Florencia, logró amasar una gran fortuna. Pero en lo profesional, el impacto de su obra pictórica fue aún más trascendental. Desgraciadamente, del total de sus realizaciones documentadas sólo conservamos una pequeña parte. Dentro de ella, la decoración de la basílica alta de Asís es un punto clave. Si bien trabajó con un amplio taller, su papel director e intervención directa en autorías. Aunque se tiende a aceptar una vertiente escultórica en Maitani, lo cierto es que sólo aparece documentado como maestro de obra, aunque el término tiene en la Edad Media, un sentido integrador. Esta factible actividad escultórica ha llevado a los historiadores a atribuirle zonas concretas de los relieves de la fachada, concretamente las escenas que componen el ciclo de la Creación, donde el clasicismo de las figuras y una peculiar atmósfera en el ambiente que las circunda, descubren a un maestro excepcional y refinado.
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Tradicionalmente se considera que nuestra propia especie ha estado representada por dos variedades con rango de subespecie: Homo sapiens sapiens y Homo sapiens neandertalensis. Estos últimos, los populares hombres de Neandertal, son los primeros hombres fósiles aceptados por la comunidad científica del siglo XIX. Aunque las diferencias entre ambas formas puede que no pasen de las meramente raciales, su significado cronológico y evolutivo es tan distinto que suele justificar su distinción antropológica. El hombre de Neandertal es una variedad típicamente europea que apareció hace unos 100.000 años a partir de los erectus locales y llegó a expandirse hasta Próximo Oriente y Asia Central. A partir del 35.000 B.P. desaparece de todos estos territorios y es suplantado por los hombres anatómicamente modernos. Sus yacimientos, por tanto, sólo aparecen en Europa (Neandertal, La Ferrassie, La Quina, La Chapelle-aux-Saints, Gibraltar, Carihuela, Atapuerca, Zafarraya, Monte Circeo, L'Hortus, Krapina, Kulna...), Próximo Oriente (Shanidar, Tabun, Kebara, Amud...) y Asia Central (Teshik-Tash). Sus rasgos más característicos, aparte de algunos detalles en la pelvis, el omóplato y el fémur, se localizan en el cráneo: enorme volumen encefálico (media de 1.500 cm3, ligeramente superior a la actual), con morfología alargada (en balón de rugby) y huesos notablemente espesos, algo platicéfalos (frente presente pero inclinada), fuertes arcadas supraorbitales y senos nasales muy desarrollados. El occipital presenta un saliente que se considera diagnóstico. La cara es ancha, con pómulos altos y redondeados (ausencia de fosa canina), saliente (prognatismo moderado), con las órbitas oculares grandes y redondeadas, al igual que la abertura nasal. La mandíbula sigue siendo ancha y robusta, sin mentón y con un característico diastema retromolar. Las evidencias bioquímicas, basadas en diferencias genéticas entre las poblaciones actuales, parecen demostrar que el hombre moderno apareció en África hace 200.000 o 150.000 años, fecha que no todos los antropólogos aprueban a causa de la evidencia fósil. Según ellos, justo en el intervalo que cubre el paso entre el Pleistoceno Medio final ( a partir del 300.000 B.P.) y los inicios del Pleistoceno Superior, en África se asiste a un proceso que llevará primero a la aparición de formas más o menos transicionales entre erectus y sapiens (Djebel Irhoud, Mugaret-el-Aliya, Haua Fteah, Bodo, Broken Hill), junto a otros claramente modernos (Klasies River Mouth, Border Cave, Omo 1, Dar-es-Soltan, Taforalt), aunque todos ellos presentan, en mayor o menor medida, rasgos arcaicos. En Próximo Oriente también hay restos similares (Qafzeh, Skuhl), mientras que los hallazgos equivalentes del resto de Asia son tal vez más tardíos o de datación imprecisa (Ma'pa, Niah, Ngandong). En Europa la aparición de los primeros hombres modernos no resulta anterior al 40.000 B.P. y parecen haber seguido una línea de avance clara en dirección Este-Oeste, tal y como se verá en capítulos posteriores, puesto que los últimos neandertales parecen haber vivido en el sur de España hasta hace unos 27.000 años o menos. Los primeros hombres modernos europeos se agrupaban hasta hace poco en dos variedades: la raza de Cro-Magnon, más robusta, y la variedad de Combe Capel, Brno o Predmost, más grácil. En realidad, esta dicotomía pretendía justificar el binomio cultural Auriñaciense-Perigordiense y hoy en día se ha abandonado, estando sólo generalizado el uso del término cromañones para los hombres modernos paleolíticos. Variedades más tardías (hombre de Grimaldi o de Chancelade) tampoco parecen tener diferencias somáticas que justifiquen una completa diferenciación poblacional de tipo racial. Tanto estos europeos del Paleolítico Superior como sus contemporáneos de otros continentes -no hay que olvidar que el Homo sapiens sapiens colonizó en esta época Australia y América- presentan todos los caracteres comunes a la humanidad actual: volumen encefálico en torno a 1.400 cm3, cráneo redondeado de huesos finos, frente alta y abombada, cara pequeña y situada bajo el cráneo, dientes pequeños y mandíbula fina y provista de mentón. En lo que respecta al problema de los neandertales y su relación con los hombres modernos, la opinión más generalizada tiende a considerarlos una raza desarrollada en Europa a causa del aislamiento genético de las poblaciones de este continente durante las etapas frías del Cuaternario y consiguientemente adaptada a un medio muy específico. Esta rama especializada sólo sería un callejón sin salida a nivel evolutivo y no participaría en el origen de los hombres modernos. Existen investigadores que no comparten esta idea totalmente y suponen que aunque sea a través de mestizajes e hibridaciones (absorción genética), los neandertales se fundieron con las razas primitivas de sapiens para dar su configuración definitiva al Cro-Magnon. Una baza importante en esta discusión es el factor cultural, que se verá en capítulos posteriores.
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Quizá sea el honor el valor más estimado en el Siglo de Oro tal y como aparece reflejado en buena parte de la producción dramática de este tiempo. Joly llega incluso a considerar la honra como "la causa de la esterilidad de España". En "El Criticón" Gracián consideraba al honor como la coartada utilizada para justificarlo todo. García Cárcel apunta a que la ofensiva de los dramaturgos Lope y Calderón respecto a la confirmación del honor estaría vinculada a la estrategia defensiva del hombre frente a una mayor liberalización de la mujer. De esta manera se reafirmaría el machista concepto patrimonial de la esposa. Por el contrario, ya Cervantes había redimido en su "El celoso extremeño" el adulterio de la penalización en el supuesto legítimo del matrimonio sin amor del viejo con la joven mientras que en "Cada cual lo que le toca" Rojas Zorrilla narra la situación límite del marido que descubre en la noche de bodas que su esposa no es virgen, aceptándolo tras muchas vacilaciones.