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El comunicado final de la Conferencia afirmaba de forma taxativa que el Gobierno provisional que funcionaba en Polonia debería ser reorganizado sobre un base democrática más amplia. En función de ello, incorporaría a representantes de todos los partidos, tanto de los que se mantenían en el interior del país como de los situados en el exilio. Sin embargo, los emigrados en Londres no abandonarían sus posiciones previas, cerradas a cualquier acuerdo con los que para ellos no eran más que simples usurpadores. Con todo, una facción más realista, encabezada por Nikolajczyk, decidió tratar en Moscú con representantes del Comité de Lublin. Para ellos ésta era la única salida posible, ya que era manifiesto el hecho de que Polonia ya no podría abandonar la órbita soviética en que había sido incluida. Mediante la aceptación de los hechos trataban de esta forma de obtener las mayores ventajas posibles, siempre superiores a las derivadas de la cerrada posición de sus compañeros. El día 29 de junio de 1945 se constituyó en Varsovia un Gobierno de Unión Nacional, y el comunista Bierut fue nombrado Jefe del Estado. Morawski presidía el Gobierno, que contaba con dos vicepresidentes: el comunista Gomulka -futuro hombre fuerte del país- y el contemporizador Nikolajkzyk. Por el momento, todavía se guardaban los formas externas correspondientes a un sistema pluralista. Muy pronto, sin embargo, el poder se vería monopolizado por el partido comunista de estricta obediencia soviética. Pero por parte occidental no existía inconveniente alguno en reconocer la legalidad de este Gobierno, mientras que el exiliado en Londres era apartado de toda decisión con respecto al futuro de su país.
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A la muerte de Alejandro, en el plano militar, el cargo de quiliarca, "el primero después del Rey", estaba en manos de Perdicas. Era una titulación cargada de connotaciones orientales, imitada de los persas, desempeñada por un hombre de confianza, lo que le atribuía un importante poder en este momento clave. La propuesta triunfante inicialmente fue la de esperar a que el hijo de Roxana se convirtiera en el sucesor en el desempeño de la realeza, propuesta en que, igualmente, triunfaban las expectativas orientalizantes, apoyadas por la caballería, especialmente por los mercenarios, partidarios de acentuar los aspectos carismáticos del jefe militar, capaz de seguir proporcionando la victoria, en la imagen del sucesor y en la realidad del quiliarca. El plan se materializaba en el proyecto de unir Macedonia con Oriente, en una auténtica unidad política, donde se impondrían los aspectos nuevos de la realeza. Sin embargo, en Macedonia las opiniones se inclinaban en favor de Filipo Arrideo, sucesor por línea directa de Filipo II, medio hermano de Alejandro. Ello significaba la continuidad macedónica propiamente dicha, encarnada en una figura tachada de poco capaz, pero apoyada por los soldados de la falange macedónica y por el conjunto del campesinado. Habría sido el triunfo de una visión de la realeza inspirada en la tradición y en la concepción aristotélica, válida para un campesinado poco atraído ya por la empresa de la gran conquista territorial, más allá de fronteras controlables, entre pueblos de costumbres sorprendentes. En principio, en Babilonia, se plantea como solución el reparto del poder entre los reyes, lo que significaba un reparto, cargado de expectativas, entre los auténticos hombres fuertes, Crátero, consejero del Rey en Macedonia, Antípatro, jefe de los ejércitos, estratego del ejército macedonio, y Perdicas. Macedonia y Grecia parecen definirse por una sucesión más identificada con Filipo que con Alejandro, lo contrario de lo que ocurre en los ejércitos de Asia. Perdicas se apoya en ello para adquirir fuerza en las negociaciones, donde también interviene Ptolomeo, apoyado en algunas de sus heroicas acciones, entre ellas en la de presentarse como salvador de Alejandro. En Asia, Crátero se erige en prostates de los reyes para iniciar las negociaciones, pero muere en el año 321, lo que sin duda complica enormemente los resultados anteriores, sometidos ahora a nuevas presiones. En la nueva reunión de Triparadiso, en el año 321, Antígono, que había sido sátrapa de Anatolia, es nombrado estratego para Asia, Ptolomeo, interesado por la conservación de la independencia de las satrapías, se sitúa en Egipto, apoyado en la posesión del cadáver de Alejandro, Lisímaco domina el territorio de Tracia, mientras que Éumenes queda situado en la zona de Paflagonia y Capadocia. A pesar de todas las tendencias orientalizantes de Alejandro, ha predominado la presencia de los generales grecomacedonios. Macedonia parece erigirse en potencia principal de una Grecia en declive, en la que sólo Atenas mantiene un prestigio cultural, mientras que Esparta es vencida por la Liga Aquea con la ayuda de Macedonia, entre 227 y 222 a.C. Cos y Rodas, entre otras ciudades, comienzan a desarrollarse como puentes comerciales entre Oriente y Occidente. En Egipto, Alejandría se convierte en un centro cultural y comercial de primer orden, con el Museo y la Biblioteca como instituciones herederas del gran pasado cultural griego y egipcio. El poder egipcio se extiende ahora hacia Cirenaica, Chipre, Panfilia y Licia, aunque a comienzos del siglo II a.C. empieza su decadencia, víctima de corruptelas en el poder y de la pujanza de una potencia emergente, Roma. El reino seleúcida desplaza su capital a Antioquía, que ahora se convierte en foco irradiador del helenismo y en una de las urbes más importantes del momento. El encontronazo definitivo entre la declinante Macedonia y la emergente Roma se producirá a finales del siglo III a.C. y comienzos del II. El apoyo de Filipo V al cartaginés Aníbal (215-205 a.C.) será castigado por Roma, quienes intervendrán de nuevo entre 200 y 196 a.C. en territorio heleno pretextando liberar a las poleis del poder macedónico. Las legiones romanas consiguen vencer a los macedonios en Cinoscéfalos, dejando el camino libre para la incorporación paulatina del mundo heleno al poder de Roma. El fin de la dinastía macedonia se produce en 168 a.C., con ocasión de la batalla de Pidna, a partir de la cual el reino es dividido en cuatro repúblicas bajo tutela romana. Contra Siria emprenden los romanos sucesivas campañas hasta que, en 129 a.C., el reino seleúcida es convertido en provincia de Roma. Rodas, que ha ayudado a los enemigos de Roma, ve cómo su economía declina tras la proclamación romana de Delos como puerto franco. Corinto es arrasada en 146 a.C. y Grecia se convierte finalmente en la provincia romana de Acaya, excepto algunas ciudades abiertas. Los distintos reinos herederos del imperio alejandrino irán, paulatinamente, cayendo bajo control romano, algunos por la fuerza, otros, como Pérgamo, por rendición a un enemigo considerado imbatible. Por último, Egipto mantendrá su precaria autonomía hasta el año 31 a.C., cuando la última reina lágida, Cleopatra VI, se suicida tras la batalla de Accio, ganada por Octavio frente a Marco Antonio. En lo cultural, pese a tantas convulsiones políticas, la herencia de la Grecia clásica se traduce ahora un momento magnífico. Arquitectura y arte tienden ahora a la grandilocuencia, a la búsqueda de la emocionalidad, al lujo exaltador del poder. La fuerza de Grecia y de su arte es tal que el lenguaje helenístico sobrevivirá con éxito hasta la llegada de Augusto al poder, hasta el punto de convertirse en parte de la expresión romana.
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En 1764, en el Libro V de su "Historia del arte en la antigüedad", J. J. Winckelmann, tras elaborar la primera división en etapas del arte griego -estilo rígido y duro (arcaísmo), estilo grande y angular (clasicismo del siglo V), estilo florido y bello (clasicismo del siglo IV) y estilo de imitación (periodo helenístico)- planteó su paralelismo con el arte de la Edad Moderna europea: "La suerte del arte en los tiempos modernos es comparable al de la Antigüedad en cuanto a los periodos: también ha pasado por cuatro cambios o épocas, aunque con la diferencia de que el arte no fue decayendo poco a poco como entre los griegos, sino que, una vez alcanzada toda la altura posible -hablo aquí únicamente del dibujo- decayó de repente. Hasta Miguel Angel y Rafael, el estilo había sido seco y rígido. Sobre estos dos hombres descansa la altura del arte en su restauración. Después de ellos, y tras un intervalo en el que reinó el mal gusto, llegó el estilo de imitación, cultivado por los Carracci y su escuela, periodo que se extiende hasta Carlos Maratt". Desde entonces, sea expresamente, sea de forma tácita, los investigadores del mundo clásico han ido aceptando, con variantes y con distintos enfoques, paralelismos de este tipo. No es cuestión de volver a concepciones fisiológicas del arte, con estilos que nacen, se perfeccionan y mueren, ni siquiera de buscar las causas profundas de tal coincidencia; pero lo cierto es que, después de la gran crisis cultural de fines del siglo V a. C., el arte griego parece entrar en una fase semejante a la del humanismo renacentista, huyendo de la trascendencia divina y acercándose al hombre, a sus sentimientos, a su forma, y a la conquista de la espacialidad. Tras un periodo de grandes figuras -Praxíteles, Escopas y Lisipo en un caso; Leonardo, Rafael y Miguel Angel en el otro-, se da paso a un momento imitador, de maniera, de escuela; y después, se llega al barroco. Es, en el siglo XVII, el barroco realista de Caravaggio, el decorativo de Bernini, el clasicista de los Carracci; en Grecia, paralelamente, se desarrollan el realismo rodio, la retórica pergaménica y, en ciertas zonas, como señalaremos, planteamientos netamente clásicos. Y finalmente, hacia el 150 a. C. en Grecia, lo mismo que en los albores del siglo XVIII en Europa, se esboza una nueva fase. En Europa, sus movimientos principales, hasta comienzos del siglo XIX, serán el rococó, las reacciones tradicionalistas barrocas, el movimiento neoclásico y las iniciativas visionarias prerrománticas; en Grecia la situación no había sido muy diversa.
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Afirma Dionisio de Halicarnaso (hacia el año 7 a. C.) que en Lavinio se conservaban edificios públicos y templos que se remontaban a los días de Eneas. Unas líneas más adelante añade el historiador (I, 64): "Cuando el cadáver de Eneas no se pudo ver por ninguna parte, unos se figuraron que había sido llevado con los dioses y otros que había perecido en el río junto al cual se había librado la batalla. Y los latinos le levantaron un heróon con esta inscripción: Al padre y dios de este lugar, que preside la corriente del río Númico (el actual arroyo llamado Río Torto). Pero hay algunos que sostienen que el heróon fue levantado por Eneas en honor de Anquises, muerto un año antes de esta guerra. Es un túmulo pequeño en derredor del cual se han plantado unas filas de árboles dignas de ver". Como tantas otras, la noticia dormía medio olvidada en las páginas rancias de la Historia hasta que los recientes descubrimientos arqueológicos efectuados en Lavinio la hicieron saltar a los actuales medios de comunicación. No muy lejos, en efecto, del Recinto de las Trece Aras, que puede corresponder al primitivo santuario federal de los latinos, al sudoeste de la ciudad arcaica, se encontró una cista de ortostatos de capellaccio, cubierta de losas de la misma piedra, la última de ellas correspondiente a la cabeza del muerto con su extremo trilobulado. En el ajuar del inhumado alternan los materiales antiguos -pectoral, lanza de bronce, espada de antenas y otros- con piezas de lujo del orientalizante inicial. Sobre el sepulcro se alzó un túmulo que, a juzgar por la distancia de 9 metros a que se encontraron las piedras de un segmento de la cerca, podía identificarse con el chomátion ou méga (túmulo no grande) de que escribía Dionisio. En el túmulo y en contacto con el cassone de la cista fue construido en el siglo IV un templete de cella cuadrada y amplio pronaos que puede corresponder al heróon visitado por el historiador griego.
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Entre las casualidades afortunadas que aquel día beneficiaron a los norteamericanos está la avería en la catapulta de lanzamiento del Tone. El hidroavión de este buque, uno de los siete aparatos de observación que debía prevenir a Nagumo de la proximidad de la flota norteamericana, tenía que despegar a las 4.20 de la madrugada. La avería retrasó su lanzamiento hasta las 5.05. El área de observación que le correspondía era, precisamente, la ocupada por la flota norteamericana. Este hidro notificaría, a las 7,28, en pleno ataque de los aviones de Midway, la presencia de diez buques enemigos a unas 200 millas al noroeste. Los equipos de vuelo trabajaban sudorosos en los hangares disponiendo el armamento de los aviones para un ataque contra tierra cuando Nagumo, en vista de la información, ordenó cambiar de nuevo el armamento: torpedos y bombas antiblindaje para atacar la flota enemiga. A las 8.09 el hidro volvía a comunicar: "No hay portaaviones, se trata de una flotilla compuesta por cinco destructores y cinco cruceros". De nuevo Midway cobraba preferencia y Nagumo, una vez más, ordenaba cambiar el armamento: bombas para atacar objetivos en tierra. El hidro volvía a informar a las 8.20: "La flota enemiga se compone de un portaaviones y de dos cruceros más..." Cuando se recibe esa noticia ha finalizado uno de los ataques procedentes de las Midway. Nagumo vuelve a pensar en la flota USA. El contraalmirante Yamaguchi aconseja por su telégrafo óptico desde el Hiryu un ataque inmediato contra la flota enemiga, con lo que se tenga cargado en los aviones en ese instante. Pero Nagumo sigue la ortodoxia naval japonesa: a) lanzar a sus aviones con la carga adecuada, por lo que vuelve a ordenar que se arme a los aviones con bombas perforantes y torpedos, b) ordena que la flota vire 90° al noreste, aproximándose al enemigo y saliéndose de la zona en que sería buscado, y c) recoge a los aviones que habían bombardeado Midway.
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Tras recibir la legítima el hijo pródigo abandona el hogar paterno, siendo despedido a la puerta de la casa familiar por padres y hermanos. Como en la mayoría de las obras de la serie, Murillo mezcla un fondo arquitectónico con el paisaje, creando contrastes lumínicos entre luz y sombra. La escena se sitúa en primer plano, con el caballo en diagonal y la figura del joven en escorzo, recogiendo el artista toda una serie de gestos y actitudes tomados de la vida cotidiana, por lo que la escena abandona toda referencia sacra. En el Museo del Prado se guarda un boceto en el que apenas existen diferencias. El hijo pródigo haciendo vida disoluta continúa la serie.
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Tras recibir la legítima, el hijo pródigo abandona el hogar para hacer vida disoluta. Este pequeño boceto forma parte de la serie preparatoria pintada por Murillo para la realización de un conjunto a gran tamaño que hoy guarda la colección Beit. El boceto apenas tiene variantes con el cuadro definitivo, manteniéndose la representación de la escena como un asunto de la vida cotidiana. El empleo de una factura más deshecha y el abocetamiento hacen recordar a algunas obras de Rembrandt.
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Tras ser expulsado por las cortesanas por haber gastado toda su fortuna, el hijo pródigo "se fue a servir a casa de un hombre del país que le mandó a sus tierras a guardar cerdos. Deseaba llenar su estómago con las algarrobas que comían los cerdos y nadie se las daba. Y reflexionando dijo: ¡Cuantos jornaleros de mi padre tienen pan de sobra, y yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra ti. Ya no soy digno de llamarme hijo tuyo; tenme como uno de tus jornaleros". (Lucas, 15, 15-20). Murillo representa la escena al aire libre, con el joven orando junto a la piara de cerdos, destacando el arrepentimiento del hijo pródigo ante su acción. El joven aparece arrodillado, semidesnudo, recibiendo el foco de luz procedente de la izquierda que deja en penumbra a los cerdos. Una pincelada suelta y una iluminación difusa provocan una sensación atmosférica de gran calidad con la que refuerza la espiritualidad del momento, convirtiéndose en la escena menos anecdótica de la serie que continúa con el Regreso del hijo pródigo . El Museo del Prado guarda un pequeño boceto de esta obra.