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El pilar del ejército helénico estaba en la infantería, ocupando la mayor responsabilidad los llamados hoplitas, soldados equipados con armamento pesado que debían costearse de su propio peculio, aunque en ocasiones Atenas sufragó los gastos del material militar de los efebos. Dos eran las armas ofensivas del hoplita: la espada y la lanza. La espada se empleaba para el combate cuerpo a cuerpo. Recibía el nombre de xiphos y era de reducidas dimensiones -apenas medio metro de longitud-. Con el mismo filo por ambos lados, la hoja era más estrecha junto a la empuñadura y se iba ensanchando hacia el centro para rematarse en la punta de manera suave. La espada se portaba en el interior de una vaina que colgaba a la altura del pecho izquierdo, sujetándose por un tahalí que cruzaba el cuello por el hombro contrario. De esta manera, se podía apretar la vaina contra el cuerpo con el brazo izquierdo, el que portaba el escudo, mientras que con el derecho se sostenía el arma, sin ofrecer blanco al soldado enemigo. En la fuerza de los golpes y acometidas estaba la eficacia de la espada, ya que se empleaba contra un enemigo que estaba defendiéndose con un arma diferente y había que traspasar el pesado equipo defensivo del rival. La lanza medía más de dos metros, estaba realizada en resistente madera y se remataba con una punta de hierro. Para facilitar su manejo, la parte central del asta era engrosada con tiras de cuero, lo que proporcionaba mayor acierto en el lanzamiento. La lanza era la pieza clave de la ofensiva hoplita, convirtiéndose en el arma helénica por excelencia. Para evitar su desgaste, la lanza se guardaba mientras no se usaba en un estuche especial. Cuatro eran los instrumentos defensivos del hoplita. El escudo (hoplon) era la principal arma defensiva. De constitución circular, su diámetro medía casi un metro. El armazón que lo constituía era de madera, cubriéndose la superficie externa con una protección de cuero o, en ocasiones, de bronce. En el centro del escudo se colocaba un adorno de metal, normalmente figuras protectoras. El escudo podía estar decorado con motivos grabados o pintados. La tenacidad en el combate venía simbolizada por el escudo; arrojar el escudo era sinónimo de cobardía y traición ya que se debilitaba la formación. Una coraza o peto llamado thorax protegía el pecho del hoplita. Generalmente estaba constituida de dos placas metálicas de forma cóncava que dejaban al descubierto los brazos, llegando hasta la cintura. El material con el que se realizaba la coraza era habitualmente bronce pero también se fabricaron corazas de cuero y grueso lino, reforzadas con placas metálicas. La parte inferior del tronco era protegida por tiras de cuero que colgaban de la cintura, alcanzando hasta los muslos. Un casco metálico protegía la cabeza del hoplita, acolchándose su interior con un forro de fieltro o cuerpo. Existían diferentes tipos pero por lo general presentaban forma cónica o aguda. Una retrovisera que se prolongaba por detrás protegía la nuca. Las grebas eran unas canilleras de metal que se colocaban en las piernas para proteger desde la rodilla hasta los tobillos, mientras que sandalias o borceguíes de cuero cubrían los pies del soldado. Ya que el equipo era pesado, el hoplita debía salir al campo de batalla ayudado por un auxiliar, habitualmente un esclavo.
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El final del periodo Intermedio Temprano Clásico es la consecuencia de un proceso de integración cultural entre las diferentes culturas que se habían regionalizado durante siglos en los Andes Centrales. Tal vez el cambio más llamativo es aquel que define el paso desde los estados teocráticos, que se agotan en su dinámica y expansión, a otras formaciones políticas cuyas bases son económicas y militares. Si la etapa anterior se caracteriza por una evolución desigual de los procesos culturales, a partir del siglo VIII se inicia una unificación cultural que servirá para establecer este Horizonte Medio, el cual ha sido datado entre el 500 y el 1.000 d.C. Esta gran complejidad cultural se expande poco a poco a los Andes Septentrionales, que inician su etapa de Integración Regional, con la formación de jefaturas y de sociedades rurales complejas. Los desarrollos culturales más notorios en esta región son Balao, Atacames, Manteño o Huancavilca y Milagro-Quevedo. Muy desconocida aún es la región del norte de Ecuador y sur de Colombia. En cuanto a los Andes Meridionales, se mantienen en una organización sociopolítica de tipo tribal. El agente que hace eféctiva esta unificación es Huari, una gran ciudad situada sobre una inmensa meseta volcánica a 725 km al noroeste de Tiahuanaco, y a 25 km al norte de la ciudad de Ayacucho. El centro urbano ocupa una extensión cercana a las 300 Ha, y estaba dominado al menos por un templo rodeado por un impresionante muro -Ushpa Qoto-, fuera del cual se emplazó una extensa área residencial con edificios multifamiliares. Algunas de las casas de tales edificios tienen más de una habitación y fueron construidas a base de adobe y lajas de piedra y recubiertas con estuco. El patrón general residencial consistió en edificios rectangulares rodeados por altos muros de piedra, que se organizaron en conjuntos y éstos a su vez en sectores. Tales sectores incluían templos, residencias administrativas y palaciegas, casas, talleres de especialistas y otros rasgos que definen la vida urbana. Es muy posible que cada sector estuviera ocupado por segmentos de población emparentados y que tuvieran una misma especialización en el trabajo. Algunos de ellos, como Capilla Pata y Cheqo Wasi manifiestan la jerarquización interna existente en el centro, que llegó a ser uno de los más importantes del área andina durante la etapa prehispánica. En unos y otros se encontró un complicada red de canales semisubterráneos, a veces asociados a piedras labradas y petroglifos, que solucionó el abastecimiento de agua a la ciudad, la cual procedía de unas lagunas situadas a unos 10 kms. del centro. La ciudad se levantó sobre una zona limitada en cuanto a recursos, en la cual la actividad básica fue la agricultura, aunque la aridez general del terreno hizo que tuviera que ayudarse con una complicada red de canales, y poco a poco el sistema productivo se fue elaborando sobre una base hidráulica. La caza y el pastoreo -se han encontrado multitud de corrales con cercos de piedra en el asentamiento- debieron completar el sistema productivo del centro. Dada la precariedad de este sistema, Huari se vio obligado a establecer relaciones comerciales con sus alrededores más inmediatos y con estados más alejados. En su entorno se han localizado diez pueblos jerarquizados entre Ayacucho y Huanta, los cuales debieron ser conquistados por Huari como consecuencia de la presión demográfica sobre sus escasos recursos. En Chanchopata, un sitio cerca de Huari que parece haber sido un santuario religioso, se encontraron urnas funerarias decoradas con la imagen del Dios de los Bastones, lo cual es indicativo de las relaciones con Tiahuanaco, que pudo introducir en el área los conceptos religiosos del Titicaca. También se mantuvieron relaciones con Nazca, como manifiesta la incorporación de los diseños de esta cultura a la cerámica local, dando lugar a un estilo denominado Chukipampa. Con el tiempo, tal estilo se fue distribuyendo desde Huari al valle de Nazca, la sierra norte y la costa norte y central, pudiendo reflejar la conquista de estas regiones por parte de Huari hacia 700 d.C. Para disponer de una comunicación rápida y eficaz con los territorios conquistados, Huari desarrolló un sistema vial muy complicado el cual, al menos en lo que respecta al Chinchasuyu, pudo ser un precedente para el sistema de dominación inca. Todas estas zonas fueron integradas en un gran estado centralizado, que construyó en ellas enormes unidades arquitectónicas consistentes en conjuntos de paredes de adobe rectangulares, los cuales pueden ser encontrados tanto en los valles costeros como en la sierra, Piqillacta, en la cuenca del Cuzco y en Viracocha Pampa. Sus funciones fueron administrativas, pero también sirvieron como graneros y sitios de control. Poco a poco Huari se fue transformando en un gran estado imperial que se extendió desde Cajamarca y Lambayeque al norte de Arequipa hasta Cuzco por el sur. La relación entre Tiahuanaco y Huari es aun hoy día bastante desconocida: ¿fueron capitales de sendos imperios con orientación diferente (la primera hacia el sur y la segunda hacia el norte) o capitales duales de un mismo imperio, tal como lo fueron en un determinado momento Cuzco y Quito? Algunos arqueólogos sostienen que Huari se creó como una colonia de Tiahuanaco, que después se hizo independiente y creó un imperio, pero otros abogan por su autonomía desde el momento de su fundación. Tiahuanaco controló su territorio por medio de un modelo de colonización y de trueque intensivo con las zonas del desierto; mientras que Huari se expandió hacia el norte, fundamentando su imperio en el tributo y en la mano de obra conquistada. Bajo su poder, los antiguos centros ceremoniales conquistados tuvieron que transformarse, especializándose en talleres de manufacturas basadas en los productos estratégicos que ellas controlaban. Hacia el siglo X d. C. se inicia la decadencia de Huari, la cual originó de nuevo la regionalización de las culturas, un fenómeno similar al ocurrido durante el Intermedio Temprano. Algunas culturas continúan siendo urbanas y complejas, pero en otros casos hay un retroceso hacia formas rurales, en particular en la sierra central. Hacia 900 d. C. están instalados tres grandes estados en los Andes Centrales: Pachacamac en la costa, Lambayeque en el norte, donde se hace muy popular el estilo Sicán que fue independiente en relación con Huari, y en los valles de Casma y Chicama donde se distribuyó la cerámica Blanco-Negro-Rojo correspondiente seguramente a un estado regional aún mayor que el de Sicán. La impronta del imperio Huari cambió de manera radical las culturas del área peruana. Fue una transformación social, política y religiosa más que tecnológica. Sin embargo, los efectos económicos fueron probablemente mayores, ya que en esta etapa el control del estado sobre la distribución de alimentos a una escala regional, con sus almacenes, calzadas, guarniciones, estaciones de control, etc., preconiza el desarrollo incaico, que tuvo fortísimas raíces en el Horizonte Medio.
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Este limitado espacio de tiempo está definido por la formación del imperio del Tawantinsuyu a cargo de un pueblo que pasará en menos de 200 años de ser una simple formación tribal a constituir un dilatado imperio, que dominó sobre un territorio que ocupó más de 5.000 km de norte a sur. A partir del siglo XIV el estado centralizado inca asimiló desde el Cuzco grandes territorios en sus cuatro direcciones, desde los Pasto por el norte a los Picunche por el sur, y la Amazonía por el este, estando su límite de expansión al oeste definido por el Océano Pacífico. La expansión del imperio inca no se frena por otras fuerzas políticas, sino que tiene una base fundamentalmente económica; en efecto, por el norte se sitúa el límite de poblados y aldeas dispersas de agricultores simples; la Amazonía es una región inmensa con un bajo promedio de población, y ésta se dedica al cultivo de tala y roza que implica cierto nomadismo, mientras que por el sur la agricultura incipiente alternaba con grupos de recolectores. En definitiva, los límites del imperio inca se asentaron en función de la inexistencia de grupos con una agricultura bien desarrollada y, en consecuencia, con una estructura económica y un sistema productivo ambicionados desde el Cuzco. Un rasgo importante en esta rápida ascensión, que llevó a los grupos tribales del 1.300 d.C. a una sociedad imperial entre el 1.400 y 1.537, es que el proceso resultó tan vertiginoso que en la sociedad compleja van a permanecer muchos elementos que identifican su paso por la etapa tribal y por una corta época de jefatura; de manera que en la sociedad imperial se van a poder identificar.
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De lo visto hasta aquí se puede considerar que Chavín es la culminación de un largo proceso de complejidad cultural que venía ocurriendo al menos en los Andes Centrales, y en menor medida en los Andes Septentrionales, desde finales del Precerámico. Y como tal culminación, integra rasgos preferentemente de la costa, pero también de la sierra y de las culturas de la selva. La multitud de motivos chavinoides que se han encontrado, en particular en objetos portátiles, dispersos por toda el área central andina, llevó a los arqueólogos a estimar que Chavín fue la capital de un gran estado -incluso de un imperio- integrado. Ello mismo sirvió para que se pensara que el estilo Chavín se distribuyó desde su emplazamiento original a sitios de la sierra y la costa, poniendo de manifiesto un comienzo espectacular de la civilización en los Andes. Sin embargo, en la actualidad se dispone de una óptica más contrastada, menos ingenua, que resumiremos a continuación. Chavín de Huantar se emplaza en el Callejón de los Conchucos, en una pequeña terraza aluvial que deja la confluencia del río Mosna con el Wachecsa, ocupando un área aproximada de unos 2.000 m2 levantada a 3.180 m. de altitud. El mencionado Callejón está separado del Pacífico por dos cadenas montañosas, denominadas Blanca y Negra, y de la Amazonía por otras dos, que se llaman Central y Oriental, colocándose en un punto medular de conexión este-oeste y norte-sur. Los orígenes de la ocupación de Chavín de Huantar no están muy claros, aunque sus primeros ocupantes bien pudieran ser remanentes Kotosh y de otros sitios Mito, dedicados a la agricultura y que pudieron llegar al sitio hacia el 1.400 a.C. Sin embargo, los inicios de la arquitectura pública coinciden con una aportación cultural de las poblaciones de la costa: en efecto, el Templo Viejo, situado en el norte de la terraza, presenta un plano en U con el extremo abierto orientado hacia el este, una planificación que curiosamente se estaba perdiendo en algunos sitios costeros como Cardal, Mina Perdida y Canchay. En el espacio central que dejó su forma en U se colocó una plaza circular rehundida, resultado de la asimilación de las tradiciones de la costa y de la sierra. Sobre este templo antiguo se colocó otro, denominado Templo Nuevo, que rompió parcialmente el plano en U. Estos dos edificios constituyen los espacios públicos del centro, y se rodean de plazas y platafórmas con otras construcciones secundarias. Desgraciadamente, desconocemos la naturaleza de las edificaciones domésticas de Chavín, aunque las evidencias cerámicas encontradas en el centro y la periferia indican que no existen grandes contrastes entre ambas. En cualquier caso, esta población de apoyo no debió ser numerosa. Lumbreras ha definido el yacimiento como un centro pequeño pero de gran significación religiosa, de vital importancia arquitectónica y escultórica para las culturas de la sierra; ocupado por unos pocos sacerdotes y sus auxiliares de servicio, y un volumen muy importante de peregrinos que llegaban al lugar en busca de oráculos y llevaron ofrendas de muy diverso tipo. En buena medida esta función de oráculo fue definida por el gran desarrollo que tuvo la escultura monumental en el centro, la cual estuvo preferentemente asociada a la arquitectura. Cornisas, dinteles, frisos, paneles, columnas y obeliscos, tallados en relieve y en bulto redondo, recogen el panteón Chavín. Este panteón identificaba una religión que tenía como fundamento las representaciones del mundo animal circundante o que habían sido integradas de otras regiones por el culto Chavín. De ahí que las tallas contengan seres zooantropomorfos abstractos, donde las figuras fundamentales son el hombre y el felino de grandes fauces y terribles colmillos, pero también águilas, serpientes, halcones, caimanes, peces y aves, junto a motivos vegetales como yuca, lagenaria, achira y ají. Con todo, el motivo fundamental, el que más se expandió por los Andes Centro-Sur, fue el Dios de los Bastones y el Dios Sonriente, que junto a los anteriores formaron el núcleo de la religión Chavín, y se expandieron por todo el territorio central andino. Estos se han encontrado en más de 200 tallas localizadas en el sitio, y de las cuales las más conocidas resultan el Lanzón, el Obelisco Tello y la Estela Raimondi. La gran cantidad de diseños que proceden de un medio ambiente de bosque tropical llevaron a algunos investigadores, como Lathrap, a pensar que la cultura Chavín procede de la selva y, en cualquier caso, significa una clara aportación de las tradiciones del bosque tropical húmedo amazónico al desarrollo central andino. Esta escultura, que no se distribuyó grandemente por la zona central, y la cerámica -gris y negra- decorada con incisión y relieve, operan mediante metáforas, a partir de símbolos convencionales complejos que sustituyen a los motivos que intentan representar. En definitiva, son diseños y combinaciones que pueden tener sus antecedentes en el arte textil, que en Chavín fue muy preciado por los sacerdotes. La iconografía Chavín es fiel reflejo de una ideología religiosa que se expandió por el norte y el centro del Perú, y fue trasladada a textiles, cerámica, objetos de metal, madera y hueso y comercializada a amplios territorios de los Andes Centrales, produciendo el primer momento de integración cultural a gran escala en el área. En definitiva, y como sostiene Lumbreras, Chavín no es la capital de un gran estado que somete a un territorio, ni tampoco es un foco civilizador originario; es el resultado de un largo proceso de neolitización en los Andes Centrales donde convergen los logros tecnológicos, económicos y sociales de la costa, la sierra y la selva. Es un gran oráculo que tuvo tal vez fines astronómicos de inmediata aplicación a la agricultura. Como tal no fue el único, aunque sí el que más prestigio tuvo en esa época. Otros como Pachacamac y Pariacasa integrarían sus regiones circundantes; pero sí fue el que más consíguió expandirse por los Andes Centrales, de ahí que pudiera desarrollar un estilo que fue la expresión simbólica de una ideología religiosa. El centro inicia una lenta decadencia hacia el 450 a.C., tal vez como consecuencia del florecimiento de otras culturas de carácter urbano en todas aquellas zonas de su antigua influencia. Cuando culmina su decadencia, hacia el 200 a.C., se inicia una nueva etapa definida por el regionalismo cultural que caracteriza lo que algunos autores han denominado el período Clásico de las culturas andinas.
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Al menos desde Ramos Loscertales (1948) se ha considerado al hospitium como una de las instituciones hispanoceltas más peculiares y características. Conocemos por un texto de Diodoro (5, 34) la existencia entre los celtíberos de una "benévola acogida a los extranjeros que acuden a sus comunidades", lo cual se ha entendido como un tipo de relación indígena a la que los romanos denominaron bajo el término de hospitium, probablemente por reconocer en ella una serie de rasgos similares a la práctica romana. Además de este texto existen una serie de documentos epigráficos que dejan constancia de los pactos de hospitalidad. Se trata de las denominadas "tesseras de hospitalidad", documento portátil en bronce o plata del que cada parte comprometida conserva una mitad. Estas tesseras tienen forma figurada (animal jabalí, delfín, etc., manos entrelazadas o formas geométricas). El texto está escrito en varios casos en lengua celtibérica (Osma, Monreal de Ariza, Sasamón, Cabeza del Griego, etc.) y otros en lengua latina, y su límite cronológico se sitúa entre los siglos II a. C.-I d. C. Trece de ellos están datados en época prerromana. En cuanto al contenido de las inscripciones, descubrimos que estos pactos se realizan entre individuos particulares, entre un individuo y una comunidad ciudadana o entre dos grupos suprafamiliares. La extensión del texto varía, pero en ninguno falta el pacto de hospitalidad que hacen los dos contrayentes no sólo para sí y los suyos, sino para sus descendientes. Para recordar la existencia de este pacto se realizan los documentos en bronce o plata. El hospitium es una fórmula de relación jurídica por la que dos indivíduos pertenecientes a diferentes comunidades acordaban voluntariamente el otorgamiento de derechos y deberes mutuos e igualitarios, de transmisión hereditaria. Este tipo de relaciones son propias de una sociedad en la que no existe un derecho internacional que proteja al extranjero. En los orígenes de Roma el hospitium era una relación establecida entre dos o varios individuos del mismo rango que no pertenecían a la misma ciudad, que promete a aquellos que la habían contraido disfrutar de una protección recíproca: el romano, cuando se encontraba en el extranjero, y el extranjero, cuando estaba en Roma. Este hospitium privatum por el que el huésped cumplía una función de protección que es ignorada por el poder público fue seguido del desarrollo del hospitium publicum, realizado entre Roma y una ciudad, que respondía a los mismos principios de protección recíproca. Esta práctica no permanece con sus mismas características a lo largo de toda la historia de Roma, perdiendo en los últimos tiempos de la República el carácter igualitario de sus orígenes para aproximarse más a la forma de clientelas. Recientemente M.D. Dopico ha sistematizado una serie de ideas que, de alguna forma, ya se habían ido formulando por otros autores y que ella ha terminado de confirmar a partir del estudio de los pactos del Caurel y del de los Lougei, sobre el cual ha realizado una excelente monografia. Constata ante todo que el hospitium llamado celtibérico no es diferente en su naturaleza histórica al resto de los pueblos indoeuropeos. Textos similares al de Diodoro existen para otros pueblos indígenas no peninsulares, como los galos (César, De bello civile, 6, 23) y los germanos (Tácito, Germania, 21), lo que indica que el hospitium como forma de relación prerromana estaba ampliamente extendida entre otros pueblos de la Antigüedad (lo mismo sucede en la Grecia de Homero o en la Roma antigua). Para Dopico el hecho de que los autores antiguos destaquen el hospitium como una característica propia, exclusiva y diferenciadora de un pueblo concreto, más parece deberse a un tópico que a una realidad histórica. Por otra parte, es muy probable que los pactos entre dos comunidades indígenas o dos individuos indígenas de la epigrafia hispana estuvieran en muchos casos, por la fecha y el contexto histórico en que están realizados, supervisados por Roma y sirvieran como elemento integrador de las propias comunidades. Como afirma Dopico, Roma, junto a la integración de las comunidades indígenas en el mundo romano, busca también la convivencia entre las propias comunidades indígenas, pues en el caso de la España prerromana, según las fuentes, eran escasas y en muchas ocasiones hostiles (no olvidemos las razzias que se dirigen unos contra otros). Esta desunión debía desaparecer una vez formaran parte del imperio. Roma recurrió a los pactos para asegurar la convivencia entre ellos, como queda reflejado en la primera parte del Pacto de los Zoelas, donde dos gentilitates, unidades menores que pertenecen a una unidad superior, la gens Zoelarum, renuevan un pacto posiblemente bajo la supervisión de Roma.
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A mediados de 1945, la Haganá detuvo la persecución: había que unir fuerzas. Derrotado el nazismo, se trataba de combatir a Gran Bretaña y al Libro Blanco. Londres había defraudado sus esperanzas y seguía impidiendo la entrada de inmigrantes, muchos de ellos supervivientes del Holocausto. Los tres grupos terroristas firmaron un acuerdo de colaboración, La Resistencia Unida, para conseguir la creación del Estado judío. El mando conjunto correspondía a dos jefes de la Haganá, uno de la Irgun y otro del Lebi o Stern. En octubre, liberaron a 208 inmigrantes ilegales en el campo de detención de Atlit. Al mes siguiente, sabotearon en 153 puntos las vías del ferrocarril, los puertos de Jafa y Haifa y la estación de Lida, en una acción, conocida como "La noche de los trenes". Al mes siguiente, los hombres de Shamir asaltaron las oficinas jerosolimitanas de la inteligencia inglesa y mataron a siete policías británicos. Al mismo tiempo, los sionistas reactivaron la campaña para traer inmigrantes ilegalmente. Crearon la Mossad Le Aliya Bet, organización clandestina que consiguió introducir bajo mano a más de 70.000 judíos en Palestina, entre agosto de 1945 y mayo de 1948. A mediados de 1946, los grupos especiales de la Haganá destruyeron los puentes que unían Palestina con Transjordania, Siria, Líbano y el Sinaí. Los británicos replicaron con la Operación Agatha, en la que detuvieron a centenares de sionistas. La Agencia judía, que controlaba la Haganá, creyó que había que dar marcha atrás en la escalada militar, pero la Irgun procedió autónomamente y perpetró el más grave atentado de los años cuarenta. Con cargas explosivas metidas en contenedores de leche colocados en los sótanos, hizo volar por los aires un ala del Hotel King David de Jerusalén, donde se encontraba la sede administrativa civil y militar inglesa. Noventa y una personas perecieron sepultadas por los escombros. La Haganá se vio obligada a condenar la atrocidad y se desintegró La Resistencia Unida o Movimiento Hebreo de Rebelión. A comienzos de 1947, Londres tiró la toalla; no podía apaciguar ese saco de gatos sanguinarios y, por otro lado, la región había perdido su interés estratégico. Las Naciones Unidas tendrían que lidiar con el problema. Los terroristas árabes y judíos se restregaban las manos. En marzo, los pistoleros de la Irgun asesinaron a 20 soldados británicos y Stern saboteó la refinería de Haifa, que ardió durante tres semanas. La Irgun asaltó la cárcel de Acre para liberar a sus prisioneros. Nueve asaltantes murieron y ocho fueron capturados y ahorcados. En represalia, la Irgun ahorcó a dos sargentos británicos. En Nueva York, el Comité Especial para Palestina de la ONU (UNSCOP) recomendó la partición del territorio; en septiembre, Londres decidió evacuar la región y quitarse la carga de encima y, en noviembre, la Asamblea General aprobó la partición de Palestina: los judíos recibieron la mayor parte del territorio y aceptaron encantados la decisión de la ONU. Los árabes, la rechazaron. La sangre estaba a punto de llegar al río. Los terroristas de la Irgun celebraron la noticia asesinando a cinco palestinos y, en la mañana del 30 de noviembre, una banda terrorista árabe emboscó dos autobuses cerca de Kfar Sirkin y mató a siete judíos. Comenzaba, de hecho, la primera guerra entre palestinos y judíos.
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Las concesiones que las democracias europeas estaban realizando al III Reich provocaron en Kokostchska un sentimiento de amargura que le llevaría a realizar en el invierno de 1940 uno de sus cuadros más impactantes: El huevo rojo, titulado en un primer momento "The Axes". En la composición podemos apreciar a las cuatro potencias europeas: la Alemania de Hitler en la zona de la izquierda; Mussolini en la derecha, representando a Italia; debajo de la mesa, con una escarapela tricolor, se sitúa un gato que simboliza Francia; el león coronado y con la cola en forma de símbolo de la libra es la representación de Gran Bretaña. Los cuatro símbolos de las potencias se ubican alrededor de una mesa dispuestos a repartirse un pollo asado -Checoslovaquia- que consigue huir, dejando en el plato un huevo rojo. Esta es la manera de captar por parte de Kokostchska la diferente contribución de las potencias a la ruina de Checoslovaquia, apreciándose al fondo de la composición la capital, Praga, en llamas. La complicidad de Francia y Gran Bretaña en esta masacre se manifiesta en el libro sobre el que se apoya el león donde podemos leer la inscripción "Inn pace Munich". El estilo expresionista queda patente a la hora de aplicar el color, a base de rápidas y empastadas pinceladas, recogiendo los sentimientos del artista.
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Las concesiones que las democracias europeas estaban realizando al III Reich provocaron en Kokoschska un sentimiento de amargura que le llevaría a realizar en el invierno de 1940 uno de sus cuadros más impactantes: El huevo rojo, titulado en un primer momento "The Axes". En la composición podemos apreciar a las cuatro potencias europeas: la Alemania de Hitler en la zona de la izquierda; Mussolini en la derecha, representando a Italia; debajo de la mesa, con una escarapela tricolor, se sitúa un gato que simboliza Francia; el león coronado y con la cola en forma de símbolo de la libra es la representación de Gran Bretaña. Los cuatro símbolos de las potencias se ubican alrededor de una mesa dispuestos a repartirse un pollo asado -Checoslovaquia- que consigue huir, dejando en el plato un huevo rojo. Esta es la manera de captar por parte de Kokoschska la diferente contribución de las potencias a la ruina de Checoslovaquia, apreciándose al fondo de la composición la capital, Praga, en llamas. La complicidad de Francia y Gran Bretaña en esta masacre se manifiesta en el libro sobre el que se apoya el león donde podemos leer la inscripción "In pace Munich". El estilo expresionista queda patente a la hora de aplicar el color, a base de rápidas y empastadas pinceladas, recogiendo los sentimientos del artista.
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El Renacimiento no consistió sólo en un mero resurgir erudito de la literatura o de la filosofía grecorromana o en una vulgar imitación de las formas artísticas de la Antigüedad. Asociado historiográficamente a ese concepto aparece aquel otro, el Humanismo, que completa la idea inicial de que nos hallamos en una época nueva y, en consecuencia, distinta de aquélla, la antigua, que se tomaba como modelo. Justamente, fue la renovación de la cultura el aspecto más notoriamente destacado por sus propios protagonistas, aquellos que hablaron por primera vez de Renacimiento. ¿Cuándo se produjo y en qué consistió realmente ese renacimiento cultural? A pesar de que entre los siglos VII y XIV se conocieron en los ambientes cortesanos de Europa occidental determinados intentos por recuperar textos y autores clásicos, como lo prueba el hecho de la creciente utilización del Derecho Romano y del recurso constante a Aristóteles, cronológicamente sólo cabe hablar, por sus resultados, de un vigoroso y fecundo Renacimiento: aquel que tuvo lugar, en el pensamiento y en la estética, entre los siglos XIV y XVI. Igualmente, aunque el término Humanismo ha sido, empleado para denominar toda doctrina que defienda como principio fundamental el respeto a la persona humana, la palabra tiene una significación histórica indudable. Humanismo fue uno de los conceptos creados por los historiadores del siglo XIX para referirse a la revalorización, la investigación y la interpretación que de los clásicos de la Antigüedad hicieron algunos escritores desde finales del siglo XIV hasta el primer tercio del siglo XVI. En realidad, fue la voz latina "humanista", empleada por primera vez en Italia a fines del siglo XV para designar a un profesor de lenguas clásicas, la que dio origen al nombre de un movimiento que no sólo fue pedagógico, literario, estético, filosófico y religioso, sino que se convirtió en un modo de pensar y de vivir vertebrado en torno a una idea principal: en el centro del Universo está el hombre, imagen de Dios, criatura privilegiada, digna sobre todas las cosas de la Tierra. El humanista comenzó siendo, en efecto, un profesor de humanidades, es decir, de aquellas disciplinas académicas que constituían el programa educativo formulado idealmente por Leonardo Bruni. Su propósito consistía en formar a los alumnos para una vida de servicio activo a la comunidad civil, proporcionándoles una base amplia y sólida de conocimientos, principios éticos y capacidad de expresión escrita y hablada. El medio de expresión y de instrucción sería el latín, recuperado y limpio de barbarismos medievales. La lectura y el comentario de autores antiguos, griegos y latinos, especialmente Cicerón y Virgilio, y la enseñanza de la gramática, la retórica, la literatura, la filosofía moral y la historia constituían las humanidades impartidas por el humanista. Sin embargo, el humanista, como ya se ha indicado, era algo más que un maestro. Su preocupación por los problemas morales y políticos le obligó a adoptar también posiciones humanistas, en el sentido de que nada de lo humano le sería ajeno. El Humanismo no apareció de una forma brusca. Sus orígenes son complejos. La cronología de su nacimiento parece imprecisa. En el norte de Italia, durante la segunda mitad del siglo XIII ya se advierten señales anunciadoras. Por ello su herencia es medieval: el interés de los abogados por el valor práctico de la retórica latina, el uso cada vez más apreciado del Derecho Romano, de la filosofía y de la ciencia aristotélica por teólogos y profesores, y el encuentro literario con los clásicos de la Antigüedad, son pruebas suficientes de los cambios que se estaban produciendo en los círculos intelectuales prehumanistas por aquellas fechas. En verdad, todas esas novedades, con el tiempo consagradas, no formaban parte más que de una única realidad: la del redescubrimiento de la Antigüedad, fuente viva del Humanismo. Francesco Petrarca (1304-1374) y Giovanni Boccaccio (1313-1375) constituyen ejemplos muy representativos de esa etapa. Como erudito, bibliófilo y crítico de textos, Petrarca se convirtió en un auténtico maestro al estudiar, corregir y liberar de corrupciones las obras de Virgilio, Tito Livio, Cicerón y san Agustín. Su propia obra literaria estaba impregnada de esa erudición y era deudora de aquella edad de oro. Boccaccio, por su parte, quien reunía las virtudes de Petrarca, al que consideraba su maestro, aprendió el griego en Florencia con Leoncio Pilato y junto a éste impulsó su enseñanza pública en la ciudad, al mismo tiempo que traducían a Homero y Eurípides. Petrarca y Boccaccio tuvieron continuadores fervorosos. Coluccio Salutati (1331-1406), bibliófilo y latinista, ejerció una influencia decisiva sobre los humanistas florentinos, coleccionando textos clásicos y apoyando la creación de una cátedra de griego en Florencia, gracias a cuya labor se tradujeron y se trataron las obras de Tucídides, Ptolomeo, Platón y Homero. Esta restauración de los clásicos griegos debe mucho también a Leonardo Bruni (1374-1444): además de escribir en griego, sus traducciones de Aristóteles y de Platón obtuvieron, por su elegancia, el reconocimiento de generaciones posteriores. La recuperación de autores griegos llevó aparejada la de muchas obras clásicas latinas. Cicerón, Plinio el Joven, Tácito, Propercio y Tibulo ya eran muy conocidos en los ambientes humanistas desde el siglo XIV, pero durante la primera mitad del siglo XV se descubrieron y se realizaron ediciones comentadas o copias enmendadas de los discursos de Cicerón, de poemas de Lucrecio, obras menores de Tácito, manuales de gramática de Suetonio, etcétera. Las repercusiones de los comentarios y las enmiendas eruditas de los textos clásicos latinos fueron el origen de la nueva filología, cuyo más destacado representante fue Lorenzo Valla (1407-1457). No contento con la pureza del latín moderno, propuso en sus "Elegantiae" una reforma de la gramática y un modelo de buen lenguaje lo más cercano posible a la pureza clásica. Valla aportó igualmente una nueva crítica de textos y contribuyó con sus notas al Nuevo Testamento latino (una comparación filológica entre la "Vulgata" y el original griego), admiradas después por Erasmo, a la construcción de la crítica bíblica moderna. La primera mitad del siglo XV contempló también un redescubrimiento de la Historia. Leonardo Bruni y, sobre todo, Flavio Biondo iniciaron la historiografía moderna. Hasta ellos primaban en las obras de historia las descripciones y las anécdotas. En cambio, Bruni estaba convencido de que sólo una interpretación del pasado de la Roma republicana resultaba valiosa para defender la libertad contra la tiranía en la Florencia de su tiempo: la Historia como servidora del presente. Biondo, por su parte, tenía historiográficamente una cosmovisión más amplia que Bruni. A pesar de que su estilo literario carece de elegancia, en sus "Décadas" sorprende tanto por su actitud crítica frente a los historiadores célebres como por su uso de fuentes abundantes y diversas, desde crónicas medievales a monumentos e inscripciones clásicas. Aún presenta mayor originalidad su Italia ilustrada, una pieza que combina la geografía y la historia, las fuentes del pasado con las noticias del presente. Sus aportaciones se extendieron al campo de la arqueología. En su "Roma instaurata" Biondo no sólo describe por primera vez y metódicamente cómo era la antigua ciudad; lo novedoso en su obra es la consideración que le merecen la conservación y restauración de las ruinas como testimonios vivos de una civilización y, en ese caso, de la romana. El redescubrimiento de la Antigüedad no sólo afectó a las lenguas clásicas, a la filología, a la edición crítica de textos literarios, a la historia o a la arqueología, sino también a la filosofía. Hasta esos siglos existía una interpretación cristiana de Aristóteles. A comienzos del siglo XV, en cambio, se enseñaba en Padua, gracias a Pietro Pomponazzi (1462-1525), el aristotelismo heterodoxo de Averroes, determinista y ateo. En efecto, en su "De inmortalitatae animae" (1516) y en su "De Fato" (1520) Pomponazzi demuestra que el alma intelectual muere con el cuerpo, que no existe el más allá, que nuestra voluntad y nuestra libertad son incompatibles con la providencia divina y que sólo cabe conformarse con la naturaleza. Estas doctrinas tuvieron durante las décadas posteriores una difusión y un éxito sin precedentes. En cualquier caso, la auténticos fundamentos filosóficos del Humanismo proceden de la lectura, la difusión y la enseñanza de Platón. A finales del siglo XV, Marsilio Ficino (1433-1499) expone magistralmente las ideas platónicas en su obra "Theologia platónica": Dios es el ser del que emanan todos los seres. En el centro del Cosmos el hombre es a su vez alma inmortal, imagen de Dios, criatura privilegiada y también materia y peso. El destino del hombre, su más intimo fin, consistirá en pasar, gracias al conocimiento, desde el mundo de las apariencias sensibles a las ideas. Ese trayecto que conduce al hombre a su identificación total con el ser puede ser rechazado, de tal manera que permanecerá en el plano que ocupan los animales, o bien aceptado, y en ese caso, será elevado a la perfección, su verdadera vocación, tal como lo describiría Pico della Mirandola (1463-1494) en su "Oratio de hominis dignitate". La filosofía neoplatónica de Ficino y de Giovanni Pico se consolidó en Florencia y desde allí se extendió rápidamente a todos los círculos intelectuales y cultos de Europa occidental junto a las nuevas ideas filológicas, historiográficas, artísticas y literarias. Pero el viaje que recorrió el primer Humanismo, el italiano, por el Continente no habría ocupado tan rápidamente el mapa europeo sin la intervención de determinados y decisivos vehículos de expansión: la imprenta, la relación entre los hombres de letras y la enseñanza universitaria.