La madrugada del 3 de agosto de 1.492 parte del puerto de Palos Cristóbal Colón al mando de tres naves y unos noventa hombres, con el objetivo de encontrar una ruta occidental hacia las Indias. Tras hacer escala en Canarias, ponen rumbo al Oeste. Parten las tres naves, dos carabelas y una nao, con provisiones para un año. La Pinta era de Gómez Rascón y de Cristóbal Quintero, y no sabemos si fue incautada o alquilada, aunque sí que a éste "le pesaba ir a aquél viaje, al rompérsele el gobernalle". Fue una buena velera y su capitán, Pinzón, tendía siempre a adelantarse a las demás naves. La Niña era de Moguer, propiedad de Juan Niño y llamada realmente Santa Clara, y fue sufragada por los paleños. Era quizás el barco de mejor condición marinera. La Santa María, alias la Gallega, era de Juan de la Cosa, natural de Santoña pero vecino del Puerto de Santa María. Colón, quien la capitaneaba, la fletó aprovechando que estaba en Río Tinto en misión comercial. Era muy pesada y "no apta para el oficio de descubrir", en palabras del mismo Colón. Los tres eran barcos bien aparejados, de construcción sobria y adecuado equipamiento. La marinería la componían personas de todo tipo y condición, a sueldo de la Corona. No eran personas de armas sino marineros, vestidos con un blusón de caperuza, un gorro de lana y descalzos. Van también oficiales reales, cirujanos, calafates, toneleros, cocineros, carpinteros, un escribano que debía levantar acta de las tierras descubiertas y un intérprete, Luis Torres, que hablaba árabe y hebreo A las dos horas después de la media noche del 12 de octubre de 1491, por fin apareció la costa. Era una isla llamada Guanahaní. Con la luz de del día, bajaron a tierra Colón y algunos hombres. Enseguida Colón efectuó la ceremonia formal de la toma de posesión de la dicha isla en nombre del Rey y la Reina, sus señores. Aunque Colón no lo sabía, acababa de descubrir un Nuevo Mundo.
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Necesariamente Salvador Dalí se sintió atraído por la figura de Cristóbal Colón, que poseía por derecho propio un lugar de privilegio en la historia de la Humanidad: había descubierto un nuevo mundo y, al mismo tiempo, había llevado al ser humano occidental a un nuevo tiempo, desde las tinieblas de la Edad Media hasta la luz de la Edad Moderna. En este cuadro, el artista catalán se autorretrata muy joven y asume el papel de Cristóbal Colón. Porta un estandarte en el que aparece la imagen de Gala como santa o como Virgen María. Por otra parte, el cuadro utiliza elementos, detalles, de otros cuadros de esos mismos años. Así, por ejemplo, los jóvenes desnudos que aparecen a la derecha portando larguísimas cruces ya habían aparecido en Poesía de América, obra de 1944-1945. Otra imagen nos debe ser muy familiar, el llamado Cristo de San Juan de la Cruz (1951) se repite en diversas regiones del cuadro, a veces muy perfilado a veces casi borroso. Las líneas verticales predominan sobre las horizontales. Lanzas, estandartes y cruces se multiplican hasta el infinito. Tampoco existe línea del horizonte, únicamente la tierra ocupa un pequeño porcentaje del total del cuadro. El resto está destinado al cielo y a la representación de pequeñas escenas gloriosas. La idea de que en el caos existe un principio de orden parece dominar al artista en diferentes etapas de su producción. En este cuadro, la impresión de imagen caótica no hace sino anunciar lo que será práctica habitual de Salvador Dalí en los meses posteriores, cuando elija determinados temas religiosos. Así, en 1960 firma obras como Santa Ana y el Niño o como La Trinidad (Estudio para Concilio ecuménico).
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El Antiguo Oriente Medio y Mesopotamia es una de las zonas del mundo en donde se produjo la transición fundamental desde las formas de vida basadas en la caza y la recolección hasta la agricultura. Fueron los ríos Tigris y Éufrates quienes, gracias a irrigar las fértiles llanuras por las que discurren, posibilitaron la vida en esta región de condiciones extremas, con temperaturas actuales por encima de los 50? en verano y muy escasas lluvias anuales. La tierra y el agua fueron los principales recursos, proporcionando abundantes pastos y una próspera agricultura. Las condiciones del terreno eran, pues, favorables para la subsistencia y el incremento de las poblaciones. Hace aproximadamente unos 10.000 años, los pequeños grupos nómadas que viven de la caza, la pesca y la recolección comienzan a experimentar con nuevas formas de subsistencia, a conocer el ciclo de las plantas y a domesticar animales, un proceso acumulativo que está en el origen de la civilización. El cultivo de plantas como el trigo y la cebada y la cría de animales significaba disponer de comida durante todo el año, independientemente de las estaciones. Hacía innecesario, también, desplazarse siguiendo a las manadas, pudiendo ahora vivir en poblados permanentes. Ahora las casas debían ser construidas para durar más, empleando ladrillos de barro. Y era necesario fabricar más utensilios: azadas para trabajar la tierra, morteros para moler el grano, hoces para recoger la cosecha... En unos pocos milenios, los grupos de cazadores-recolectores, cuya forma de vida se había desarrollado durante millones de años, fueron sustituidos por los poblados. La aparición de la agricultura supuso grandes cambios. A partir del 8.500 a.C. la sedentarización se extiende por el Oriente Próximo. Lugares como Jericó, Shanidar, Zawi Chemi, Karim Shefir, Cayönü, Jarmo y otros presentan grandes avances en la agricultura y las técnicas materiales. En la meseta de Anatolia, Hacilar, Suberde y Can Hasan muestran un alto grado de civilización, pero el asentamiento más grande y mejor conservado es Çatal Hüyük. Con el paso del tiempo, las técnicas agrícolas se van haciendo más complejas, siempre con el objetivo de aprovechar mejor los recursos. Los sumerios serán maestros en el aprovechamiento de los recursos fluviales, gracias a una ardua labor de construcción de canales y presas con las que manejarán el aporte de agua a sus campos.
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Así titula, con gran acierto, Starobinski su libro dedicado al siglo XVIII, pues la libertad es la idea capital de aquella sociedad. Una de las posibles experiencias del gusto por la vida libre es su abuso caprichoso, otra la protesta contra tal abuso reclamando una renovación moral. Esta doble actitud contradictoria resume un siglo tan bien reflejado por Pierre-Ambroise Choderlos de Lacios (1741-1803) en su novela "Les liaisons dangereuses" publicada en 1782. En la introducción irónicamente hace decir al editor que es imposible suponer que los personajes -cuya correspondencia según el redactor ha sido recogida de sus contemporáneos- hayan vivido "en nuestro siglo, en este siglo de filosofía, en la que las luces, extendidas por todas partes, han hecho, como cada uno sabe, a todos los hombres tan honestos y a todas las mujeres tan modestas y reservadas".En estos tiempos la palabra galante está en todas las bocas y hasta en el nombre de una revista (Mercure Galant). El mismo Diderot piensa que la galantería, "esa variedad de medios enérgicos o delicados que inspira la pasión al hombre o a la mujer... está en la naturaleza". Y el amor, tan representado por los pintores, se convierte en un juego de sociedad en el que el libertino actúa como virtuoso. El juego se descompone en cuatro figuras: elección, seducción, caída y ruptura, todo desarrollado con un ritmo muy rápido. Si éste se relentiza es porque interviene un elemento con el que no se contaba, la pasión. El libertino no puede enamorarse seriamente pues supondría un descrédito para su profesión y merecería la burla de todas sus amistades.En la nueva sociedad la mujer adquiere un protagonismo desconocido hasta entonces, organiza y participa muy activamente en las reuniones y aunque muchas todavía no se preocupen más que de "practicar el Evangelio y hacer niños", hay otras que destacan por su cultura, como es el caso de Madame de Pompadour. La marquesa de Merteuil de "Les liaisons" acude a la lectura para su formación: "Estudié nuestras costumbres en las Novelas, nuestras opiniones en los Filósofos, incluso busqué en los Moralistas más severos lo que nos exigían, y así me aseguré de lo que se podía hacer, de lo que se debía pensar y de lo que convenía aparentar".La ostentación y las riquezas que rodeaban al monarca y también a la Iglesia durante el siglo XVII formaban parte de la retórica de la persuasión implícita en el Barroco. Súbditos y fieles eran convencidos de que se trataba de algo lógico y producía en ellos un sentimiento de admirada veneración. En el siglo siguiente el ceremonial de la Corte se convierte, como dice Starobinski, en un disfrute abusivo, en un espectáculo en sí mismo, en una convención en la que ni el mismo rey cree. En el pueblo ya no despierta admiración sino envidia, y en el momento en que por los medios que sean -"cuando uno es rico, haga lo que haga no se puede perder el honor" dice Diderot por boca del sobrino de Rameau, consigue enriquecerse se instala también en el lujo, intentando incluso superar a la nobleza. Como no podía ser menos la marquesa de Merteuil, protagonista de la novela de Lacios, considera que el dinero no da la felicidad, pero ayuda a conseguirla y añade: "No estamos ya en los tiempos de Madame de Sevigné. El lujo lo absorbe todo: se le vitupera, pero no hay otro remedio que imitarlo, y lo superfluo acaba por privarnos de lo necesario". El mismo Voltaire en la voz lujo de su "Diccionario filosófico" apunta que aunque desde hace dos mil años se ha clamado contra él, en verso y en prosa, siempre se le ha amado. Igualmente reconoce que el lujo de Atenas produjo grandes hombres en todos los campos, mientras que la austera Esparta apenas algunos capitanes; hay que condenar a los bandidos cuando saquean pero no hay que tratarles de insensatos cuando disfrutan: no hay tacañería más manifiesta y ridícula que la de un burgués de París o de Londres que aparezca en un espectáculo vestido de campesino.La Corte, los grandes, los nuevos ricos de la burguesía gastan su dinero en un mundo de lujo que tiene su manifestación externa más llamativa en la decoración de los interiores de sus residencias, aspecto fundamental del Rococó. Pero no es ya la pesada y ostentosa decoración del siglo anterior, sino que todo se aligera, se afina, se busca la gracia y el movimiento en una continua lucha contra la simetría gracias a la ayuda de la rocalla. El mundo del lujo no se acaba en las boiseries, en la decoración de ambientes, en los muebles o porcelanas, sino que también afecta al ornato personal como las joyas y, en especial, el traje. Se busca la variedad, los efectos de sorpresa, con lo que las modas cambian vertiginosamente.El ansia de lujo no está reñido con otro aspecto que bien podemos considerar invento del siglo XVIII y del Rococó; me refiero a la atención especial que se. presta a la búsqueda de lo confortable. "Algunos autores -comenta el contemporáneo moralista marqués de Vauvenargues- tratan la moral como se trata la nueva arquitectura, en la que se busca, antes que nada, la comodidad". Los motivos decorativos lo inundan todo, pero las formas son utilitarias; rige el principio de la conveniencia, todo debe estar adaptado a su función. Un sillón lo primero que tiene que ser es cómodo.Así como la profusión ornamental no está reñida con una confortable utilidad, tampoco es incompatible que una época que se ha definido, a veces erróneamente con un carácter exclusivo, como el siglo de la frivolidad, sea al mismo tiempo el siglo de la ciencia. Se extiende por la sociedad un afán de aprender, un apasionamiento por la física, los experimentos, se multiplican los libros de divulgación. Voltaire con su característica mordacidad no pierde la ocasión de criticar la obsesión científica en su "Micromegas" (1752): el secretario de la Academia de Saturno era hombre de mucho talento que "no había inventado nada, pero explicaba muy bien los inventos de los demás"; en otro capítulo un filósofo -en el sentido que se da a los filósofos en el siglo XVIII, es decir, un sabio, un científico, un pensador- enumera alguno de los objetivos de sus investigaciones, "disecamos moscas, medimos líneas, coleccionamos nombres, coincidimos acerca de dos o tres puntos que entendemos y discrepamos sobre dos o tres mil que no entendemos". También nuevamente acudo a Lacios, que utiliza el vocabulario mecanicista propio de los filósofos materialistas del XVIII, en particular a La Mettrie, "El hombre máquina" (1748), cuando describe a una mujer simple como una máquina de la que todo el mundo puede conocer pronto los resortes y motores.A Buffon (1707-1781), autor de la "Historia natural del hombre" (1749), se le erige una estatua aún en vida y Federico II de Prusia tiene a gala recibir en su casa a sabios y filósofos. Montesquieu (1689-1754) caricaturizaba la sociedad en sus "Cartas persas" (1721) pero también publica el "Espíritu de las leyes" (1748). Sin embargo, la empresa más trascendental de la Europa del siglo XVIII fue la publicación a partir de 1751 de la "Enciclopedia", obra magna encabezada por Diderot y d'Alembert, con más de cien colaboradores y dirigida a la gran burguesía iluminada. Ciertamente gran parte de las ideas en ella expresadas llevan el germen y adelantan lo que luego estallará en la Revolución, pero su gestación se llevará a cabo en muchas ocasiones en ambientes plenamente inmersos en el Rococó. Como polo opuesto a la "Enciclopedia" se publica en 1762, en edición de lujo, los "Cuentos y novelas" de La Fontaine, financiada por los Fermiers Généraux, ilustrada entre otros por Fragonard, y máxima expresión del género amoroso. Finalmente, no quiero dejar de destacar que es en esta época, todavía en los años de la Regencia, cuando el abate du Bos con sus "Reflexiones críticas sobre la poesía y la pintura" (1719) funda la nueva ciencia de la belleza, que en 1735 Baumgarten llamará Estética.El gusto por lo exótico venía ya del siglo XVI centrado especialmente en el mundo de las fiestas, pero es ahora cuando llega verdaderamente a su apogeo. En la relación del exotismo con la sociedad del XVIII distingue Corvisier entre el exotismo como curiosidad, como evasión y como moda. El primero de tipo documental, suministra los elementos y tiene su fuente en el cada vez mejor conocimiento del extranjero, gracias a los viajes comerciales, embajadas y viajes científicos. Para el mundo del arte los contactos que más nos interesan, aunque no sean los únicos, son los realizados con el Extremo Oriente, concretamente con China. Los misioneros jesuitas la dan a conocer, el P. Bouvet publica en 1697 un "Estado presente de la China en figuras" que tiene enorme éxito. Ya en pleno XVIII el emperador Kien Lung (1736-1798) manda a Francia los dibujos hechos por cuatro misioneros de los dieciséis grandes cuadros que adornaban su palacio con la representación de sus conquistas. Cochin se encargó de grabarlos y buena parte de los ejemplares se envió a China.Es lógico que una sociedad ansiosa de novedades aprovechara esta curiosidad por lo exótico para utilizarlo en la literatura, en la fisolofía y, cómo no, en las artes figurativas. Lo que en un principio era pura evasión se convierte en moda, se hacen habituales en la decoración los temas chinos (chinoiseries), escenas de su vida y costumbres, aunque un tanto convencionales e inventadas, son objeto de tapices, aparecen incluso pabellones en forma de pagoda y se multiplican las figurillas y temas orientales en la incipiente porcelana europea imitadora de la China. Aunque en menor medida pueden verse también temas turcos (turqueries), más usados por los músicos, o temas rusos (russeries). El nuevo mundo americano, sin embargo, es bastante raro en el Rococó. Mezclados entre los arabescos no es extraño encontrar animales más o menos exóticos, entre los que se prefieren los monos (singeries), que pronto cubren las paredes de muchos hoteles parisinos.Ansia de libertad, galantería, amor, femineidad, lujo, comodidad, ciencia, gusto por lo exótico y también gracia, juego, fascinación, encanto, movimiento, desequilibrio. Todo esto, incluidas sus contradicciones, es lo que constituye el fenómeno que denominamos Rococó.
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Entretanto, Mac Arthur se había trasladado al frente de operaciones y se encontró con el caos. En unas 72 horas, las tropas norcoreanas se habían plantado en los arrabales de Seúl, la antigua capital, que sufría el bombardeo de artillería, morteros y lanzagranadas. El Gobierno de Syngman Rhee -a quien podía considerarse todavía como presidente- se había trasladado al Sur, a Taejon. La confusión era tal que ni siquiera los oficiales que tenían que recibir a Mac Arthur pudieron dar con él. "Por último -escribe el general- abordé un jeep y bajo continuos ataques aéreos me dirigí hacia el río Han, al norte, encontrando a mi paso a un ejército derrotado. Allí tropezamos con fuerzas de retaguardia surcoreanas que trataban de defender unos puentes". "El panorama era estremecedor. Al otro lado del Han -que también discurre por Seúl, la capital-, vimos que ésta, ocupada ya por el enemigo, era un humeante mar de llamas. Junto a los puentes llovían las granadas del enemigo. Por todas partes se veían soldados en retirada, se destacaban las cruces rojas de las ambulancias repletas de hombres heridos. En el aire silbaban los proyectiles anunciando la muerte, y la desolación se había adueñado del campo de batalla. Por si esto fuera poco, una verdadera oleada de refugiados taponaba las carreteras. Sin proferir la menor queja, marchaban hacia el sur, llevando a hombros sus escasas pertenencias y de la mano a los niños, con los ojos muy abiertos por el miedo; eran los representantes de un pueblo orgulloso y duro, habituado durante siglos a vivir cerca del desastre". La Guerra de Corea fue una guerra singular. En principio, fallaron los servicios de inteligencia de cada uno de los bandos y Douglas Mac Arthur escribió dos tratados de psicología y estrategia y se quedó a las puertas de elaborar un tercero. La teoría de los despachos -visto bueno de la ONU para ayudar a los surcoreanos- tenía poco que ver con la realidad caótica que había sufrido Mac Arthur en sus propias carnes. Su primer acierto para dar la vuelta al desastre fue aprovecharse de una ventaja psicológica: los soviéticos no esperaban la participación de los norteamericanos y, por tanto, ignoraban hasta dónde podía llegar la ayuda de éstos a los surcoreanos. Mac Arthur exigió que "se vieran uniformes del Ejército norteamericano". Y prefirió la urgencia de esta presencia a la buena organización y a la preparación de los combatientes. La treta dio resultado, aunque para ello fue necesario el sacrificio de la 24 División de Infantería, al mando del general Dean. La División fue prácticamente aniquilada y Dean cayó prisionero, pero el Norte frenó su ofensiva -siete Div. de Infantería, cinco Brig. de reserva, artillería pesada y 150 carros de combate T-34 y Stalin- pensando que aquello era una trampa y que, detrás, se aproximaba una fortísima ofensiva norteamericana. Si hubieran seguido su camino, Pusan hubiera caído en manos de las tropas del Norte y la situación se habría convertido en irreversible. El segundo acierto de Mac Arthur fue el desembarco en Inchon. En el mes de septiembre, el panorama era desolador: "las tropas del General Walker -escribe Mac Arthur- combatían con el mar a retaguardia". Fue entonces cuando concibió la idea de un desembarco a las espaldas de los norcoreanos en Inchon, 30 kilómetros al oeste de Seúl. Varias reuniones de los más altos mandos del Ejército de Estados Unidos se opusieron a la idea: el jefe del Estado Mayor conjunto, Omar Bradley, de manera rotunda; el jefe del Estado Mayor del Ejército, general Collins, y el comandante supremo de la Flota, almirante Sherman, de manera parcial. La oposición se debía a las importantes dificultades de la operación. Los expertos de la Marina habían comprobado que las diferencias de la marea en Inchon eran de nueve metros en seis horas. Durante la bajamar, el cieno penetraba hasta tres kilómetros en el puerto y la corriente alcanzaba hasta una velocidad de seis millas náuticas. El único canal navegable era estrecho y tortuoso. Un par de minas o un barco hundido bastaban para obstruirlo. La marea alta se producía a las 6,59 y a las 19,19, ésta última a 27 minutos de la puesta del sol. Las fortificaciones del islote de Wolmi-do, de más de cien metros de altura, dominaban la bahía y el puerto de Inchon. Pero Mac Arthur hizo un fuerte envite: "Sólo tenemos dos posibilidades: desembarcar en Inchon o seguir soportando bajas en Pusan, donde la situación es poco menos que desesperada. ¿Quieren ustedes que nuestros hombres se dejen matar como corderos en esas posiciones erizo? ¿Quién aceptará la responsabilidad de la tragedia? Yo no, por supuesto (...) Si mis ideas son erróneas, y si las posiciones enemigas en Inchon resultan inexpugnables, entonces me personaré en el lugar de la pelea y ordenaré la retirada inmediata de nuestras fuerzas, a fin de evitarles una sangrienta derrota. En tal caso, mi fama de comandante de tropa quedaría mermada, pero ésta sería la única baja de consideración". El 15 de septiembre a las cuatro de la madrugada, un ataque feroz dejó desmanteladas las fortificaciones de Wolmi-do. A las 6,59 las lanchas de desembarco se lanzaban sobre Inchon. A las 8,00, el general Mac Arthur y su Estado Mayor, en el acorazado Mount Mac Kinley, recibían este informe: "Ha desembarcado la primera oleada de infantes de marina, estableciendo una cabeza de puente sin sufrir una sola baja". A las 19,19, en la segunda subida de la marea, desembarcaban las fuerzas del 10° Cuerpo de ejército. Al día siguiente, los norteamericanos se apoderaban de Kimpo -un aeropuerto entre Seúl e Inchon- y el 17 de septiembre era reconquistado Seúl. El Gobierno se trasladó de Pusan a la antigua capital.
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En 1943 los Aliados parecen haber tomado ya claramente la iniciativa, tras las derrotas japonesas en Oriente, las alemanas en la URSS, y tras la definitiva caída de Italia. Sin embargo, Alemania disponía aún de las suficientes reservas como para conservar una gran parte de lo conquistado y proseguir la guerra en Europa en dos frentes, el del Este y el de Italia. Los Aliados habían barajado la posibilidad de abrir un segundo frente en Europa occidental, para coger a Alemania entre dos fuegos, para aliviar la presión sobre los soviéticos y penetrar en el continente "(...) para emprender seguidamente operaciones contra el corazón de Alemania", como se dirá en la Conferencia de Teherán y adelantar el fin de la ya demasiado larga guerra. Stalin había pedido un segundo frente en Occidente desde la invasión de la URSS por Alemania en 1941; y los historiadores soviéticos sostienen, no sin alguna razón, que el, frente se podía haber abierto ya por lo menos desde 1942 y, sin duda, desde 1943. El desinterés anglo-norteamericano por este frente se interpretaba en la URSS como premeditada demora para desgastar a los ejércitos soviéticos. Parece cierto que Estados Unidos no quería, en 1941 o 1942, la total derrota de Alemania, como no la quería Churchill, temeroso de que el orden europeo (léase el predominio de gobiernos derechistas) se viese alterado una vez finalizada la guerra (1) Sólo en la Conferencia de Casablanca (enero de 1943) se habló claramente del asalto a la Festung Europa (la Fortaleza Europa) de los alemanes y se exigió la rendición incondicional de Japón, Italia y Alemania; se creó además un Estado Mayor conjunto anglo-norteamericano para la preparación minuciosa de una operación tan arriesgada. Esta fue perfilada en la Conferencia de Washington de mayo de 1943 y luego en la de Québec (agosto 1943). En la Conferencia de Teherán de noviembre del mismo año se reunían por primera vez Roosevelt, Stalin y Churchill. Sería la más importante de toda la guerra pues determinaría la dirección estratégica que conduciría a su victoria. Entre las diferentes e importantes medidas tomadas se halla la del comienzo de la Operación Overlord es decir, del asalto a Europa, fijado para mayo de 1944, simultaneada con una ofensiva soviética en el este para impedir el traslado de tropas alemanas al oeste. El desembarco se efectuaría en las costas del norte de Francia; como complemento, se efectuaría otro desembarco en la costa sur, en Provenza, de acuerdo con un plan norteamericano, y en contra del criterio británico, (2) lo que constituyó un éxito político para Estados Unidos -que ya era el poder decisorio real en la conducta de la guerra-. Desde este momento, activa pero ordenadamente, los Aliados occidentales se dedicarán a preparar el desembarco en la Fortaleza Europea. ¿Y los alemanes? Estos ya sabían, desde 1943, que los aliados iban a crear un segundo frente en Europa occidental, sobre todo tras la invasión de Italia. El sentimiento secular de cerco (Einkreisung) y el victimismo tradicional alemán, desarrollado, y exacerbado, por los nacional-socialistas, comienza en 1943 a obsesionarlos de nuevo, y ahora no sin razón. El verano de 1942 representó la culminación del poderío alemán, y esto lo constataban los militares, cuyo malestar comienza a tomar cuerpo, pero aún difusamente. Todavía el Ejército sigue sumiso a Hitler y acepta sin grandes reservas su dirección de la guerra que, por otro lado, éste impone, en términos generales, sin demasiadas posibilidades de modificación, en particular cuando a los militares se mezclan los objetivos políticos, muchas veces prioritarios para el dictador alemán. Todo esto explica que desde octubre de 1942 -como dirá el jefe del Estado Mayor, Halder- no se hubiera presentado a Hitler ningún proyecto a gran escala, porque habría llevado a conclusiones que Hitler no habría aceptado sobre la situación real. A fines de 1942 y comienzos de 1943 no son pocos los generales alemanes que ven la victoria cada vez más lejos, y que muestran bastante claramente su desacuerdo con la política militar de Hitler: Brauchitsch, Beck, Halder, Paulus, Rommel, quizá Rundstedt, y otros, que estimaban que Hitler empleaba mal a los ejércitos. Algunos generales, que se habían unido al carro del nazismo por nacionalismos o por oportunismos, pero no por ideología, piensan en alejarse del régimen. Ahora comienzan a producirse actos de resistencia pasiva soterrada e intentos de modificar por su cuenta y riesgo algunas de las directrices de guerra. Son ya varios los que desean un armisticio o una paz separada. Y algunos no descartarían un atentado, sobre todo realizado por otros -como ocurrirá-. Con este bagaje moral no es de extrañar el tono disminuido con el que de ahora en adelante van a combatir los militares alemanes. (3) Con todo, el propio Hitler comenzará a entrever lejanamente las dificultades, en particular a partir del fracaso de List en el Cáucaso y sobre todo después de Stalingrado (comienzos de 1943), y esta visión, empeorada, la comienza a compartir también los incondicionales de Hitler, como Warlimont y otros. Es cierto, sin embargo, que el poderío militar e industrial alemán era grande todavía, pero ya no el que fue, como tampoco lo era la moral de la tropa. La ya constatable pero relativa (sólo relativa, como se verá) desgana alemana será la tónica en muchos momentos de la campaña de Francia, como comprobarán los propios aliados. (4)
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En el sur de Francia va a desarrollarse una operación militarmente secundaria, pero no tan inútil como pensaban los británicos: el desembarco en Provenza, como apoyo y redondeamiento del de Normandía. Era un plan norteamericano, discutible estratégicamente, pero no más que su alternativa (la prosecución de la ofensiva en Italia y penetración en Austria, como vimos). Se pretendía avanzar hacia Grenoble y Dijon y, luego, hacia la frontera alemana, con el fin de poner fin a la conquista de Francia y disponer de puertos de gran calado en el Mediterráneo. Para la operación (llamada Anvil o yunque) se disponía de un ejército estadounidense, el VII, del general Patch, y de otro francés, el I, del general de Lattre de Tassigny. Se les enfrentarían 8 divisiones alemanas (una acorazada), bajo el mando del general Blaskowitz (dependiente de Kesselring, comandante en jefe del frente italiano y mediterráneo occidental), con campos de minas y fortificaciones. Hitler había ordenado que, en caso necesario, se efectuase una retirada ordenada, y combatiendo, hacia el norte, pero los puertos, como en Normandía, debían ser defendidos, en este caso Marsella y Tolón. Unos de los puntos clave de la retirada alemana se hallaba en los Alpes Marítimos italo-franceses; esta posición debía ser conservada, evitando que las Resistencias francesa e italiana pudiesen impedir el paso por ella. De ahí que los alemanes (en Italia junto a sus aliados fascistas) lanzasen varias ofensivas antipartisanas preventivas, con éxito mediano, contra las bandas italianas y francesas en los Alpes. En cuanto a las tropas alemanas del golfo de Vizcaya, éstas deberían retirarse a través del centro de Francia, y aquí las FFI hostigarán al enemigo en retirada. Finalmente, el 15 de agosto los Aliados efectuaban un intenso bombardeo aéreo y naval sobre las instalaciones y defensas alemanas en la costa provenzal, tras lo cual llevaban a cabo lanzamientos de tropas aerotransportadas (paracaidistas en los Maures y el Esterel) y un desembarco de infantería y carros entre Lavandou y Saint-Raphaël. La resistencia alemana fue desigual y desordenada, sus carros fueron bombardeados e interceptados. Constatando la desproporción de fuerzas, los alemanes comenzaron a retirarse. Pero Tolón y Marsella fueron tomadas sólo el 27 de agosto, tras varios asaltos, que incluyeron furibundas cargas a la bayoneta por parte de los senegaleses (tropas coloniales del Africa Negra francesa). Los Aliados dispondrán así de tres puertos de gran calado en Francia, con el de Cherburgo en el norte. Se habían ocupado 70 km. de costa entre Tolón y Cannes, pasando por Saint-Tropez. Algunas hábiles acciones de retaguardia alemanas retrasaron el avance hacia Lyón y, con las ofensivas antipartisanas en los Alpes, permitieron una retirada en discreto orden a los alemanes, incluidos los del golfo de Vizcaya. Avanzar por el valle del Ródano fue fácil, y pronto fueron ocupadas Grenoble y Lyón. El 12 de septiembre los franco-norteamericanos se encontraban en Châtillon-sur-Seine, en la carretera Troyes-Dijon, con los franceses de Leclerc y los americanos de Patton que se dirigían hacia Lorena. La invasión del sur de Francia había sido un éxito, pero había llegado demasiado tarde como para contribuir a la victoria de Normandía -esta contribución había sido una de las razones de Eisenhower para el asalto de Provenza-, aunque sí tendrá importancia para la explotación del desembarco del 6 de junio. Con todo, había distorsionado la estrategia aliada en el Mediterráneo, al alejar el peligro aliado sobre los alemanes de Italia durante un tiempo, permitiendo el traslado de divisiones acorazadas de aquí a Francia. E iba a distorsionar la estrategia aliada en Occidente, al menos en opinión de los comentaristas británicos, los que iba a redundar en beneficio inmediato de Hitler y, en última instancia, iba a ser una ventaja para Stalin, según, también, los británicos, opinión catastrofista, que recoge y hace suya el historiador Chester Wilmot.
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Hasta 1944 no estuvieron los chinos en condiciones de tomar la iniciativa bélica frente a los japoneses. Desde 1939, el Gobierno de Chungking se había resignado a mantenerse en una postura defensiva que, si bien podía considerarse un éxito en sí misma, propiciaba la baja moral de sus tropas y brindaba a los comunistas magníficas bazas para ganarse el apoyo de la martirizada población campesina. Mientras se multiplicaban las bases guerrilleras, los frentes se mantenían sin grandes alteraciones. Los japoneses fracasaron tres veces en sus ataques sobre Changsha, pero el corte en 1942 de la ruta de Birmania, única fuente de suministros controlada por los chinos, supuso un éxito estratégico de hondas consecuencias, ya que las tropas del Kuomintang tuvieron que depender en adelante exclusivamente de las comunicaciones aéreas con el exterior. En la primavera de 1944, el Alto Mando nipón preparó una ambiciosa operación a fin de unir sus bases en la China central con la frontera indochina. Cuatro ejércitos japoneses presionaron simultáneamente sobre la zona y en dos meses de combates se adueñaron de grandes áreas de Hunan, Kiangsi y Kuangsi. Con la toma de Kueilin y Liuchou, los japoneses pudieron disponer de un pasillo que discurría desde Manchuria hasta Singapur. A consecuencia de esta ofensiva, los chinos perdieron, además, buena parte de sus aeródromos militares y la 14.? Fuerza Aérea de Chennault se tuvo que trasladar hacia las tierras del interior. Tras una larga batalla en la que tuvieron destacada actuación las Divisiones chinas del general Wei Li-huang, en enero de 1945 se pudo reabrir la ruta de Birmania y los suministros volvieron a afluir en grandes cantidades. El nuevo jefe del Estado Mayor chino, Wedemeyer -que había sustituido a Stilwell en octubre de 1944-, estuvo por fin en condiciones de coordinar la actuación del Ejército chino con la del resto de los aliados. En la primavera de 1945, aprovechando la reducción de efectivos del Ejército Imperial en China, las tropas de Chungking desencadenaron una ofensiva general que les otorgó el control de las provincias meridionales. La entrada de la URSS en guerra con Japón, el 8 de agosto, asestó un golpe de gracia a los nipones. Las tropas soviéticas profundizaron rápidamente en Manchuria y Mongolia interior. Cuando el día 15 Hiro Hito dio orden a sus tropas de dejar de combatir, sus soldados se batían en retirada en toda China. La guerra con Japón fue desastrosa para el pueblo chino. A lo largo de nueve años perecieron casi catorce millones de habitantes. La vida económica y social del país sufrió graves trastornos, tanto por las destrucciones inherentes a una larga guerra como por la onerosa carga de la ocupación enemiga. Hacia 1945, China había perdido gran parte de su potencial industrial, el sistema de comunicaciones estaba desorganizado y el hambre amenazaba a millones de personas. El Kuomintang aparecía como el vencedor de la guerra. A su sólida posición internacional unía la fuerza de un Ejército bien entrenado y perfectamente armado. Pero su prestigio entre la población había sufrido un desgaste del que ya no se recuperó. Enfrente, pobremente armados, pero seguros de su victoria y amparados por las crecientes simpatías populares, más de un millón de comunistas, de los que 910.000 eran combatientes, aguardaban la reanudación de su viejo pleito con los nacionalistas. La hora de la paz no había sonado aún para China.
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Son numerosos los estudios preparatorios que Maillol realizó para El deseo, interesándose desde un primer momento en el tratamiento de los personajes de manera unitaria y posteriormente en conjunto. De esta manera, las figuras del hombre y la mujer se presentan de manera ajustada al relieve, delimitando sus posturas gracias a las líneas horizontales y verticales. Así, las dos piernas se sitúan en paralelo a la línea horizontal mientras que el brazo izquierdo y el hombre se adaptan a los bordes verticales, y el brazo derecho femenino y los hombros del hombre encajan en el marco horizontal. Una línea recta formada por los brazos entrelazados de ambos personajes divide la composición en dos. El mensaje de Maillol parece estar relacionado con la esclavitud del deseo, el acoso masculino y el rechazo femenino a las pretensiones sexuales.