El daño y fuego a las casas Andaba por este tiempo don Fernando de Tezcuco por su tierra visitando y atrayendo a sus vasallos al servicio y amistad de Cortés, que para esto se quedó; y con su maña, o porque a los españoles les iba prósperamente, atrajo a casi toda la provincia de Culuacan, que señorea Tezcuco, y a seis o siete hermanos suyos, que más no pudo, aunque tenía más de ciento, según después se dirá; y a uno de ellos que llamaban Iztlixuchilh, mancebo esforzado y de unos veinticinco años, lo hizo capitán, y le envió al cerco con unos cincuenta mil combatientes muy bien preparados y armados. Cortés lo recibió alegremente, agradeciéndole su voluntad y obra. Tomó para su real treinta mil de ellos, y repartió los otros por las guarniciones. Mucho sintieron en México este socorro y favor que don Fernando enviaba a Cortés, porque se lo quitaba a ellos, y porque venían allí parientes y hermanos, y hasta padres de muchos que dentro de la ciudad estaban con Cuahutimoccín. Dos días después que Iztlixuchilh llegó vinieron los de Xochimilco y algunos serranos de la lengua que llaman otomitlh a darse a Cortés, rogando que les perdonase la tardanza, y ofreciendo gente y vituallas para el cerco. Él se alegró mucho de su venida y ofrecimiento, porque siendo aquéllos sus amigos, estaban seguros los del real de Culuacan. Trató muy bien a los embajadores y les dijo que dentro de tres días querían combatir la ciudad; por tanto, que todos viniesen para entonces con armas, y que en aquello conocería si eran sus amigos; y así, los despidió. Ellos prometieron venir y lo cumplieron. Envió tras esto tres bergantines a Sandoval y otros tres a Pedro de Albarado, para impedir que los de México se aprovechasen de la tierra, metiendo en las canoas agua, frutas, centli y otras vituallas por aquella parte, y para guardar las espaldas y socorrer a los españoles todas las veces que entrasen por la calzada a combatir la ciudad; pues él tenía muy bien conocido de cuánto provecho eran aquellos navíos estando cerca de los puentes. Los capitanes de ellos recorrían noche y día toda la costa y pueblos de la laguna por allí; hacían grandes asaltos, tomaban muchas barcas a los enemigos, cargadas de gente y mantenimiento, y no dejaban a ninguna entrar ni salir. El día que emplazó a los enemigos al combate oyó Cortés misa, informó a los capitanes de lo que habían de hacer, y salió de su real con veinte caballos, trescientos españoles y gran muchedumbre de amigos, y dos o tres piezas de artillería. Tropezó en seguida con los enemigos, que, como en tres o cuatro días atrás no habían tenido combates, habían abierto muy a su placer lo que los nuestros cegaron, y hecho mejores baluartes que antes, y estaban esperando con los alaridos acostumbrados. Mas cuando vieron bergantines por una y otra parte de la calzada, aflojaron la defensa. Comprendieron en seguida los nuestros el daño que hacían: saltan de los bergantines a tierra y ganan las trincheras y puentes; pasó entonces el ejército, y dio en pos de los enemigos, los cuales a poco trecho se guarecieron en otro puente. Mas pronto, aunque con mucho trabajo, se lo tomaron los nuestros, y les siguieron hasta otro; así, peleando de puente en puente, los echaron de la calzada y de la calle, y hasta de la plaza. Cortés anduvo con hasta diez mil indios, cegando con adobes, piedra y madera todos los caños de agua, y allanando los malos pasos; y hubo tanto quehacer, que se ocuparon en ello todos los diez mil indios hasta la hora de vísperas. Los españoles y amigos escaramuzaron todo este tiempo con los de la ciudad, de los cuales mataron muchos en las celadas que les pusieron. También anduvieron un rato por las calles, donde no tenían agua ni puentes, los de a caballo, alanceando ciudadanos, y de esta manera los tuvieron encerrados en las casas y templos. Era cosa notable lo que nuestros indios hacían y decían aquel día a los de la ciudad: unas veces los desafiaban, otras los convidaban a cenar, mostrándoles piernas y brazos, y otros pedazos de hombres, y decían: "Esta carne es de la vuestra, y esta noche la cenaremos y mañana la almorzaremos, y después vendremos por más; por eso no huyáis, que sois valientes, y más os vale morir peleando que de hambre"; y luego, tras esto, nombraban cada uno a su ciudad y prendían fuego a las casas. Mucho pesar tenían los mexicanos de verse así afligidos por los españoles; empero más sentían el verse ultrajados por sus vasallos y en oír a sus puertas: ¡Victoria, victoria! Tlaxcallan, Chalco, Tezcuco, Xochmilco y otros pueblos así; pues del comer carne no hacían caso, porque también ellos se comían a los que mataban. Cortés, viendo a los de México tan endurecidos y porfiados en defenderse o morir, coligió dos cosas: una, que habría poca o ninguna de las riquezas que en vida de Moctezuma vio y tuvo; otra, que le daban ocasión y le forzaban a destruirlos totalmente. Él sentía ambas cosas, pero más la última, y pensaba qué cosa haría para atemorizarlos y hacerles venir en conocimiento de su yerro y del mal que podían recibir; y por eso derribó muchas torres y quemó los ídolos; quemó asimismo las casas grandes en que la otra vez habitó, y la casa de las aves, que estaba cerca. No había español, mayormente de los que antes las vieron, que no sintiese pena de ver arder tan magníficos edificios; mas porque los ciudadanos lo sentían mucho, las dejaron quemar. Y nunca los mexicanos ni hombre alguno de aquella tierra pensó que fuerza humana, cuanto más la de aquellos pocos españoles, bastara para entrar en México a su pesar y prender fuego a lo principal de la ciudad. Entre tanto que ardía el fuego, recogió Cortés a su gente y se volvió para su real. Los enemigos hubiesen querido remediar aquella quema, mas no pudieron; y como vieron marcharse a los contrarios, les dieron grandísima carga y grita, y mataron a algunos que, de cargados con el despojo, iban rezagados. Los de a caballo, que podían correr muy bien por la calle y calzada, los detenían a lanzadas; y así, antes de que anocheciese estaban los nuestros en su fuerte y los enemigos en sus casas, los unos tristes y los otros cansados. Mucha fue la matanza de este día, pero más fue la quema que de casas se hizo; porque sin las ya dichas, quemaron otras muchas los bergantines por las calles donde entraron. También entraron por su parte los otros capitanes; mas como era solamente para divertir a los enemigos, no hay mucho que contar.
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Anteriormente señalamos que otro de los acuerdos de la Junta de Burgos fue el establecimiento de dos gobernaciones en Tierra Firme, territorio que apenas había sido descubierto y que sería preciso conquistar primero para establecer en él gobiernos. Estamos por consiguiente ante la primera gran conquista continental, prólogo de las que luego se sucederán en la época imperial. Las gobernaciones fueron las de Urabá (desde el cabo de la Vela hasta el golfo de Urabá), entregada a Alonso de Ojeda y la de Veragua (desde el golfo de Urabá hasta Nicaragua), otorgada a Diego de Nicuesa. Este último fracasó en su intento, tras un sinfín de vicisitudes, pero Ojeda (acompañado de Juan de La Cosa, que murió en un ataque a Turbaco, cerca de Cartagena) logró fundar en 1509 un pequeño establecimiento en el golfo de Urabá al que llamó San Sebastián de Urabá. Lo insalubre del lugar y los ataques de los indios, que usaban flechas emponzoñadas con curare, acabaron con muchos habitantes y Ojeda decidió partir hacia la Española en busca de refuerzos. Dejó a sus hombres al mando de un oscuro teniente llamado Francisco Pizarro, y le dio instrucciones de obrar con entera libertad si no regresaba en un plazo de 50 días. Ojeda no volvió a San Sebastián, pues naufragó en Cuba y tuvo una larga serie de incidentes. Pizarro esperó prudencialmente los 50 días, al cabo de los cuales embarcó a sus hombres en dos barcos. Uno de éstos, en el que iban 38 soldados y dos mujeres, naufragó en Cuba. El otro, con los 41 hombres restantes, se dirigió hacia Cartagena bajo su mando, buscando un lugar apropiado donde asentarse. Se encontró así con las naves del bachiller Fernández de Enciso (lugarteniente de Ojeda, que iba buscando a su jefe). Surgió entonces la discusión sobre qué hacer hasta que uno de los acompañantes de Enciso, llamado Vasco Núñez de Balboa, dijo conocer un buen lugar para poblar (había estado allí con Bastidas) y en el que además los indios no usaban flechas envenenadas. Estaba pasado el Golfo de Urabá, a orillas de un río y cerca de un puerto. La hueste decidió dirigirse hacia tal sitio, donde se fundó en 1510 la ciudad de Santa María la Antigua del Darién (así llamaban los indios la zona), primera que hubo en la América continental. Se eligió Cabildo y Balboa fue investido como su Alcalde. A partir de entonces comenzó a gobernar la ciudad y su territorio como Gobernador provisional, en espera de que el Rey designara propietario. El cabildo desconoció la autoridad de Nicuesa y la de Fernández de Enciso. Balboa realizó una política de alianza con las tribus cercanas de la región panameña, que podría haber marcado una pauta para la posterior conquista. Estableció pactos de amistad y recogió rescates de oro, que enviaba a España con la esperanza de que se le premiaran sus servicios. Al llegar a las tierras del cacique Comogre, su hijo Panquiaco se quedó muy sorprendido de la avidez de los españoles en conseguir oro y le dijo que por qué no iban a buscarlo donde lo había, que era "en la otra mar". Fue la primera vez que los españoles tuvieron confirmación de que existía la otra mar océana que andaban buscando. Balboa regresó a Santa María y organizó una expedición para descubrirla. El 2 de septiembre de 1513, partió de dicha ciudad con 190 hombres y tomó la dirección sur que Panquiaco le había indicado (en el Istmo, debido a su inflexión, Santa María estaba al norte). Cruzó Panamá hasta llegar a una cordillera el 25 de septiembre, donde en palabras de Fernández de Oviedo, que transcribió las anotaciones del escribano de la expedición, Andrés Valderrábano: "a las diez del horas del día, yendo el capitán Vasco Núñez en la delantera de todos los que llevaba por un monte raso arriba, vido desde encima de la cumbre la mar del sur, antes que ninguno de los cristianos compañeros que allí iban". El capitán español descendió desde la cordillera hasta la orilla del Pacífico, que alcanzó el 29 del mismo mes. Allí, en el Golfo de San Miguel, tomó posesión de la Mar del Sur en nombre de la Reina de Castilla (doña Juana, de la que era regente su padre don Fernando). De todo se levantó acta por el escribano ante los testigos, que probaron el agua y dijeron que era salada, como la de la otra mar. La nave que llevaba el informe de Balboa sobre el descubrimiento del otro océano se cruzó en alta mar con una flota enviada por el Rey Fernando a Santa María, bautizada ya como Castilla del Oro, bajo el mando del gobernador Pedro Arias de Avila. Esto traería un sinfin de sinsabores para Balboa, que sólo logró el título de Adelantado de la Mar del Sur, y finalmente la muerte, pues fue ajusticiado en Acla por orden del Gobernador a comienzos de 1519. Pedrarias Dávila, como se le llamaba en forma abreviada, mandó fundar ese mismo año la ciudad de Panamá, a orillas del Océano Pacífico, y despoblar Santa María la Antigua.
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La nobleza es el tema aquí elegido por la feroz crítica que preside los Caprichos. Un crecido niño noble es sostenido por un lacayo a pesar de su edad, considerando Goya que "los hijos de los grandes, se atiborran de comida, se chupan el dedo y son siempre niñotes, aun con barba, y así necesitan que los lacayos los lleven con andaderas".
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La opinión pública, en caso de que en esta época pueda hablarse de ella, percibía un empeoramiento considerable en el funcionamiento de la administración en comparación con la colonia. El debate sobre los sistemas de gobierno ocupó un lugar destacado entre los temas de interés de las sociedades americanas, ya que la independencia puso en primer plano el tema de la gobernabilidad de los nuevos Estados.El debate constitucional iba a estar dominado por las múltiples influencias recibidas, que básicamente eran cuatro: 1) la tradición consuetudinaria británica; 2) la experiencia constitucionalista y federal norteamericana; 3) las influencias igualitaristas de la Revolución Francesa y las posteriores revoluciones europeas de 1830 y 1848 y 4) la Constitución liberal de Cádiz de 1812, que tuvo una gran incidencia en el constitucionalismo latinoamericano. La síntesis entre estas influencias y la tradición colonial iba a variar de país a país, dependiendo de circunstancias particulares. Las primeras constituciones latinoamericanas (Nueva Granada, Venezuela y Chile) fueron escritas en plena guerra de independencia, entre 1811 y 1812, y partían de la base de la existencia del contrato social y de la soberanía popular. Algunas constituciones de los primeros años tenían un sello autoritario y centralista, producto de las difíciles circunstancias en que se habían elaborado, aunque la impronta liberal no fue nada desdeñable, y por ello se garantizaban los derechos individuales (libertades cívicas, igualdad ante la ley, seguridad, derecho de propiedad, etc.) y en algunos casos se introdujo la libertad de prensa y la división de poderes. Un claro ejemplo fueron las constituciones impulsadas por Bolívar (algunos autores hablan de un modelo napoleónico-bolivariano), que planteaban la existencia de un ejecutivo sumamente reforzado, pero su vigencia fue muy breve, dada la pérdida de protagonismo del Libertador en los países andinos. La Constitución de Cádiz influyó en un gran número de constituciones aprobadas hasta principios de los años 30, como la de Gran Colombia (1821), las de Nueva Granada (1830 y 1832), la de Venezuela (1830), las de Perú (1823 y 1828), la de Argentina (1826), la de Uruguay (1830) o la chilena (1828). Junto a la influencia del constitucionalismo norteamericano, las tendencias federalistas estaban vinculadas a los deseos de las regiones de no someterse a un poder central y a los equilibrios entre las distintas elites regionales. Este sería el caso de Nueva Granada y Venezuela, y también el de la Constitución de México de 1824, que pese a su federalismo también recibió influencias de la Constitución española. Las controversias entre federalismo o centralismo, extendidas hasta mediados del siglo XIX, dieron lugar a violentos enfrentamientos en México, América Central y Argentina. En Chile (durante la década de 1820) y en Nueva Granada (de 1838 a 1842) se trató de un fenómeno mucho más episódico. Los primeros ensayos constitucionales tuvieron uno de sus principales objetivos en tratar de asegurar la gobernabilidad de los países, pero dado el clima de inestabilidad y la persistencia de las guerras civiles, los textos escritos se renovaban con cierta frecuencia o terminaban convirtiéndose en letra muerta. La ausencia de un marco constitucional unánimemente aceptado y de reglas de juego claras explican, en buena parte, que muchos gobiernos fueran desplazados por golpes de fuerza y no mediante elecciones. Sin embargo, es necesario puntualizar que salvo en muy pocos países del mundo, como Estados Unidos, funcionaban en esta época sistemas electorales eficientes. Los años que siguieron a la emancipación estuvieron dominados por los deseos de transformar la sociedad colonial. El reformismo liberal está estrechamente vinculado con la fecha de la independencia, de modo que los primeros países que se separaron del Imperio español concluyeron antes con esta etapa. A fines de los años 30 en casi todo el continente se había impuesto una ola de conservadurismo, que acompañó al estancamiento económico y a la inestabilidad política dominantes. En estos años encontramos una nueva oleada de textos constitucionales mucho más centralistas, que tendían a reforzar las facultades del ejecutivo.El crecimiento y la apertura económicas de fines de la década de los 40, serían acompañados de un rebrote del liberalismo y de una nueva oleada reformista y los cambios se verían reflejados en los textos. Siguiendo a Frank Safford, se puede afirmar que entre 1845 y 1870 se produjo una segunda oleada federalista en México, Colombia, Venezuela y, en menor medida, en Perú. Argentina también incorporaría una estructura federal en su Constitución.
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(3) Una vez proclamada en España la República en 1931 se convocaron elecciones. Los partidos republicanos proclamaban el voto para las mujeres. De hecho, ya podían ser elegidas aunque no votar ellas mismas. En aquellas Cortes que iban a realizar la Constitución de la II República hubo tres mujeres: Clara Campoamor, Victoria Kent y Margarita Nelken. Entre ellas se produjo un enfrentamiento a raíz de la concesión del voto femenino. Gráfico
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Tras la proclamación de la Segunda República el 14 de abril de 1931 y las elecciones de junio y julio, se creó una Comisión para redactar el proyecto para una nueva Constitución. Los debates sobre el sufragio femenino tuvieron lugar los días 30 de septiembre y 1 de octubre de 1931. Gráfico
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Tras la proclamación de la Segunda República el 14 de abril de 1931, el Gobierno provisional presidido por Niceto Alcalá Zamora, convoca elecciones para el 28 de junio en primera vuelta y el 5 de julio en segunda. Los resultados de las elecciones dieron la mayoría parlamentaria a las izquierdas. En aquellos días las mujeres pudieron ser elegidas pero no electoras y lo fueron Victoria Kent (Radical Socialista) ,Clara Campoamor (Radical) y meses más tarde Margarita Nelken (Socialista). En los programas electorales de todos los partidos republicanos se defendía la igualdad de derechos entre los sexos, pero el temor a que el voto femenino no les fuera favorable hizo que el apoyo para ese derecho fuera perdiendo partidarios en la Cámara. Cuando se aproximaba el debate en Pleno comenzaron a correr rumores en la Cámara: la "concesión del voto a la mujer" debería posponerse "por el bien de la República". Los debates sobre el sufragio femenino tuvieron lugar los días 30 de septiembre y 1 de octubre. El día 30 se presentaron dos enmiendas: en la primera el Sr. Ayuso, con razones de poco peso propuso el voto únicamente para las mujeres mayores de 45 años. La segunda, defendida por Guerra del Río, compañero político de Campoamor, proponía incluir la propuesta del sufragio femenino dentro de la Ley Electoral, y no en el texto constitucional. Campoamor rebate con argumentos iusnaturalistas y apelando a la coherencia: "Los sexos son iguales, lo son por naturaleza, por derecho, por intelecto" y, "además, lo son porque ayer lo declarasteis". Pidió votación nominal. Tras varias intervenciones, la enmienda de Guerra del Río fue sometida votación y rechazada por 153 votos en contra y 93 a favor. Tras diversas intervenciones alusivas a la edad electoral, Victoria Kent, expresando los temores de los partidos republicanos de izquierda a que el voto de las mujeres pudiera ser manipulado por el confesionario y la reacción, solicitó su aplazamiento para cuando la mujer estuviera concienciada. Campoamor fue la única del partido radical que votó a favor del sufragio femenino, salvado gracias al apoyo de las derechas, catalanes, progresistas y Agrupación al servicio de la República, y principalmente de los socialistas, salvo los liderados por Indalecio Prieto que abandonó la Cámara, disconforme por la resolución adoptada por su partido. Con votación nominal se aprobó por primera vez en España el sufragio femenino, con 161 votos a favor y 121 en contra. Algunos políticos no se resignaron a la nueva situación y el 1 de diciembre de 1931 el diputado Peñalba (Acción Republicana), a través de una Disposición transitoria hace la última intentona de controlar el sufragio universal femenino. Tras un controvertido debate su propuesta es rechazada por 131 votos en contra y 127 a favor. La cuestión del voto femenino se había salvado por un margen de cuatro votos y pasó a la Constitución como artículo 36 de la misma y con el siguiente enunciado: "Los ciudadanos de uno y otro sexo, mayores de veintitrés años, tendrán los mismos derechos electorales conforme determinen las leyes". Las españolas pudieron ejercer por primera vez este derecho en las elecciones del 19 de noviembre de 1933.
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La Ilustración fue un movimiento de regeneración nacional, imbuido de un declarado sentido patriótico. Del mismo modo, los ilustrados fueron conscientes del esfuerzo que estaban haciendo para que el país volviese a ocupar un lugar de privilegio en el concierto de las naciones avanzadas, tanto en el terreno económico como en el cultural. No resulta sorprendente, por lo tanto, que los intelectuales tuviesen a España como centro de sus reflexiones ni que participaran con vehemencia en el debate suscitado por la publicación del artículo España en la Encyclopédie méthodique de Panckoucke. La incomprensión extranjera hacia el esfuerzo de modernización emprendido por la Monarquía hispánica en el siglo XVIII había suscitado ya la reacción de algunos escritores españoles, pues fueron las acusaciones acerca del negativo influjo de la producción cultural hispana, lanzadas por algunos tratadistas italianos, las que movilizaron la artillería literaria de dos jesuitas expulsos, Francisco Javier Llampillas y Juan Francisco Masdeu, impulsándoles a escribir sus voluminosas obras eruditas de contenido apologético. Sin embargo, el verdadero detonante de la polémica fue el citado artículo firmado por Nicolás Masson de Morvilliers, autor con anterioridad de un Abregé de la géographie de l'Espagne et du Portugal, quien en realidad recogía un corpus de ideas muy difundidas en la Europa ilustrada, como se comprueba con la simple lectura de L'esprit des Lois de Montesquieu o del Essai sur les moeurs de Voltaire, que hacía de España el resumen y compendio de los vicios políticos e ideológicos que era preciso combatir. El trabajo empezaba con una pregunta retórica, que naturalmente se respondía de forma absolutamente negativa: ¿Qué es lo que se debe a España? ¿Qué ha hecho por Europa en los dos últimos siglos, en los últimos cuatro o diez? La radical descalificación indignó por igual a las autoridades y a los intelectuales. Por un lado, Floridablanca paralizó la importación de la Encyclopédie méthodique, al tiempo que el conde de Aranda, a la sazón embajador en París, pedía satisfacciones al gobierno francés. Por otro lado, aparecieron pronto las primeras impugnaciones, las firmadas por el abate piamontés Carlo Denina y por Antonio José Cavanilles, que contestaba a Masson recapitulando con cierta falta de crítica las aportaciones españolas a los campos de la ciencia, el arte o el progreso económico, insistiendo especialmente en los logros del reinado de Carlos III. La más importante refutación fue, sin embargo, la del conservador Juan Pablo Forner, intelectual muy preparado, pariente de Andrés Piquer, estudiante de Salamanca y miembro del cenáculo literario salmantino, fiscal del crimen de la Audiencia de Sevilla, donde ejercería su influjo sobre la última generación ilustrada hispalense, y agudo polemista, que dejaría testimonio de su ingenio en obras como las Exequias de la lengua castellana, defensa tradicionalista de la pureza del idioma, las Reflexiones sobre el modo de escribir la historia de España, un ensayo donde se manifiesta su adhesión a los principios del Despotismo Ilustrado, y Los Gramáticos, historia chinesca, uno de los textos que avalan su imagen de escritor reaccionario. La Oración apologética por España y su mérito literario es una reivindicación de los valores más tradicionales de la cultura española no sólo frente a Masson, sino frente a toda la filosofía moderna, incluyendo en esta denominación a Voltaire y Rousseau, pero también a Descartes y Newton. La orientación casticista y antiilustrada de la apología de Forner desvió la polémica hacia el interior, donde los intelectuales progresistas podían estar de acuerdo con parte de las acusaciones de Masson y en desacuerdo con una valoración globalmente positiva de la producción cultural española de los siglos pasados, pero sobre todo estimaban la contribución ilustrada bajo el reinado de Carlos III como la mejor ofrenda hispana a la civilización europea. Luis García Cañuelo, desde las páginas de El Censor, dio cumplida respuesta a Forner con una defensa exaltada de la ciencia moderna, que concluía con una contestación a la pregunta de Masson: "Hemos hecho su riqueza (la de Europa) a costa de nuestra pobreza". La controversia prosiguió con la contrarréplica de Forner y con la demoledora sátira de Cañuelo, la Oración apologética por el Africa y su mérito literario, mientras Sempere y Guarinos se inclinaba por la respuesta práctica, la redacción de su repertorio de los autores que en los últimos años más habían contribuido a elevar el nivel de las letras y las ciencias españolas. De este modo, la reflexión sobre España dividía a los españoles. La Ilustración, apoyada desde las instancias oficiales e impulsada por un entusiasmo avasallador, se había impuesto en todas las esferas de la vida pública durante el reinado de Carlos III. Sin embargo, sus enemigos, la oposición reaccionaria, esperaban el momento propicio para emprender el combate frontal, esperaban la ocasión que iba a brindarles el estallido de la Revolución Francesa. Al mismo tiempo, y para acabar de configurar un horizonte de conflictividad, algunos de los intelectuales formados en el pensamiento ilustrado soportaban cada vez con más impaciencia las contradicciones de la política reformista y se preparaban a pedir un cambio radical que afectaba a la propia constitución política del reino. Los ilustrados, asentados en el frágil equilibrio del absolutismo reformista, veían contestadas sus posiciones por la derecha de la reacción tradicionalista y por la izquierda de la ideología liberal.
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En el año y medio siguiente a las elecciones se produjo el declinar de Suárez como político y como presidente, sumido en la perplejidad como gobernante e incapaz de solucionar unas disputas en su partido que le tuvieron a él como principal motivo. Su primer error comenzó en el mismo debate de investidura para la formación de un nuevo gabinete. Es muy significativo el hecho de que pretendiera una votación sin debate propiamente dicho, lo que suponía un testimonio de sus temores a la actuación ante el Congreso. De hecho en el periodo que transcurrió desde mayo de 1979 hasta el mayo siguiente, de las 2.046 votaciones parlamentarias habidas, Suárez no participó en 1.555. En su presentación inicial ante el Parlamento, Suárez consiguió la mayoría por el procedimiento de sumar a los votos de UCD los de los andalucistas y otros regionalistas. Su intervención tuvo aspectos positivos en cuanto que señaló su voluntad de abrir una nueva etapa política marcada por la desaparición del consenso, una vez elaborada y aprobada la Constitución. La composición del gabinete parecía demostrar una voluntad de superar la fragmentación del partido del Gobierno. Era un Gobierno menos brillante pero también susceptible de efectuar una labor administrativa de mayor entidad. Pero el esfuerzo de normalización política se encontró con gravísimos problemas, al margen de que el Gobierno se mostrara poco capacitado para resolverlos. Aparte del inmediato impacto de la crisis económica como consecuencia de la nueva elevación de los precios de los productos energéticos, se produjo una grave conflictividad en la cuestión autonómica. Los problemas más graves para el partido del Gobierno procederían de regiones que no habían tenido en el pasado un sistema de autogobierno. El ejemplo del País Vasco y Cataluña y la actitud de la clase política dirigente de todas las regiones hizo ir naciendo una reivindicación generalizada. Ya en junio de 1978 diez regiones que suponían las tres cuartas partes de la población española estaban dotadas de regímenes preautonómicos que, si bien carecían de atribuciones significativas, servían para fomentar y encauzar la identidad regional. Como una faceta más de la normalización política intentada por el Gobierno tras las elecciones de 1979, se pretendió una reordenación del proceso autonómico aduciendo que se había ido demasiado deprisa. No sin razón Arias Salgado, secretario general de UCD, llegó a decir que España se había condenado a un sistema político en que cada veinte días sería preciso convocar un referéndum o una elección. Pero no pudo ser más desafortunada para el partido del Gobierno la solución dada a esta cuestión. En febrero de 1980, al plantear el acceso de Andalucía a la autonomía con un techo de competencias inferior al de otras regiones, pareció que se cometía un agravio comparativo y el procedimiento alambicado y malintencionado por el que se optó, mediante una pregunta de difícil comprensión, hizo crecer la indignación andaluza. El referéndum sobre la autonomía andaluza resultó un auténtico desastre para el partido gobernante, que no recuperaría su influencia allí ni siquiera después de rectificar de nuevo su política autonómica a fines de año. El Partido Socialista fue el beneficiario, pues no quiso desaprovechar esta circunstancia para hacer crecer sus votos. Con ser grave el deterioro de UCD como consecuencia de su política autonómica, todavía lo fue más el inmediato nacimiento de disputas internas. Tras una larga gestación, en mayo de 1980, se formó un nuevo Gobierno con predominio absoluto en él de Fernando Abril Martorell, vicepresidente y amigo de Suárez desde fecha temprana. Trabajador, absorbente y siempre muy consciente de su responsabilidad al frente del Estado, Abril era un mal parlamentario, desordenado en la acción, poco eficaz en el campo económico y, por su exceso de poder, acabó resultando ofensivo para el resto de los dirigentes de UCD.
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Turner unifica en sus imágenes escenas históricas con paisajes en los que da gran importancia a los efectos atmosféricos. En esta obra que contemplamos alude a la caída del imperio cartaginés, por lo que sería la escena que acompañaría a Dido construyendo Cartago pintada dos años antes. El crítico de arte del siglo XIX John Ruskin aludió en sus estudios al simbolismo en la obra de Turner, identificando el colorido más rojizo empleado aquí con el "símbolo de la destrucción" y "el color de la sangre". El efecto de la caída del sol es lo que más llama la atención al espectador, obteniendo una sensación de bruma en la parte del fondo con la que consigue desdibujar los contornos. En el primer plano existe un mayor interés por el dibujo y los detalles, tanto en las arquitecturas como en las figuras. Turner está en estos momentos muy preocupado por lo estudios de luz, lo que le obligó a incorporar contrates entre superficies iluminadas de manera diferente. Quizá por ello se observe una importante influencia del pintor barroco francés Claudio de Lorena. Durante los primeros 20 años del siglo XIX existía cierta asimilación entre la potencia cartaginesa e Inglaterra, por lo que aquí encontraríamos una explicación de la temática de estos trabajos.