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Dispuesto a debilitar a las oligarquías a la vez que a fortalecer su posición, el Magnánimo creyó poder conseguirlo entonces uniendo más estrechamente la política de recuperación patrimonial con la de emancipación campesina. Así, mientras sus comisarios seguían realizando investigaciones e impulsando las reuniones campesinas para allegar recursos, la monarquía inició la primera fase de una política filorremensa (1448-52), cuya perspectiva final habría de ser la abolición de la servidumbre. Los campesinos, que hicieron una oferta de dinero al rey (100.000 florines), obtuvieron de éste la reglamentación de sus reuniones y organización (1448), la aceptación por parte del tribunal real de su demanda contra los señores (1449) y la suspensión de la obligación campesina de prestar homenaje servil y hacer reconocimiento de servidumbre al señor. Reunidas unas nuevas Cortes en Perpiñán-Vilafranca-Barcelona (1449-53), la presión de los estamentos y la perspectiva de obtener de ellos un subsidio de 400.000 florines, indujeron al Magnánimo a entrar en un baile de vacilaciones, rectificaciones y ratificaciones de su política agraria, que crearon gran confusión y crispación social (1452-55). Finalmente, en 1455, el monarca que, aunque necesitado de dinero no quería claudicar ante los estamentos, considerados la mayor amenaza para su autoridad, decretó la suspensión provisional de los malos usos y la remensa, en espera de que su tribunal decidiera sobre la causa incoada por los campesinos (Sentencia Interlocutoria). Se trataba de un auténtico desafío a los señores de la tierra, que se sumaba al planteado poco antes a la oligarquía barcelonesa. En efecto, en 1453, la reina María, desengañada de sus relaciones con los estamentos catalanes, disolvió las Cortes, abandonó la lugartenencia y el Principado y se estableció en Castilla. Entonces Galcerán de Requesens, que había servido al rey en Italia, fue nombrado en su lugar con la misión de continuar la política de enfrentamiento con la oligarquía. La medida más espectacular de la lugartenencia de Requesens fue la sustracción del gobierno municipal de Barcelona del control de la Biga (facción oligárquica) y su entrega a la Busca (facción popular), en 1453, lo que significó que representantes de las clases medias y populares, no sólo obtuvieran mayoría en el Consejo de Ciento y la Consellería, sino que también entraran en las Cortes, hasta entonces un coto de las aristocracias. El nuevo gobierno barcelonés, preocupado por la crisis que afectaba a la industria local y a las finanzas municipales, adoptó medidas proteccionistas y efectuó una devaluación monetaria, iniciativas políticas que perjudicaban a los grandes importadores y a los rentistas, es decir, a la oligarquía barcelonesa de la Busca. Las tensiones llegaron a tal punto que el rey creyó necesario destituir a Requesens y nombrar lugarteniente a su propio hermano, el rey Juan de Navarra (futuro Juan II de Aragón), un hombre duro, forjado en las intrigas de la política castellana de los infantes de Aragón, y cuyas medidas autoritarias ya habían encendido la guerra civil en Navarra. Se inauguraron entonces unas nuevas Cortes (Barcelona, 1454-58), presididas por Juan de Navarra, que habrían de resultar dramáticas, auténtico preludio de la guerra civil. En ellas la monarquía podría contar, por primera vez, con los síndicos barceloneses de la Busca y de una veintena de municipios rurales de realengo. Pero la oligarquía tradicional se vengó del rey con una implacable labor obstruccionista: discutió a los síndicos de la Busca y de los municipios rurales el derecho a intervenir, protestó del cambio impuesto en el gobierno de Barcelona y mostró su desacuerdo con la política agraria, en especial con la autorización de las reuniones campesinas para tratar de la abolición de las servidumbres y con el hecho de que el monarca hubiera aceptado la demanda judicial de los campesinos contra sus señores. Para los estamentos, la satisfacción de estos agravios era la condición previa para la concesión de un eventual subsidio. Fue durante la celebración de estas Cortes, en pleno forcejeo entre la monarquía y los estamentos, cuando el Magnánimo, desconfiando de obtener la ayuda de los estamentos y persuadido de que podría conseguir dinero de los campesinos, dictó la mencionada Sentencia Interlocutoria de 1455, que inició la segunda etapa filorremensa del reinado (1455-58), y que ratificó en 1457. Las posiciones de la oligarquía y la monarquía se convirtieron entonces en definitivamente irreconciliables, como lo prueban las sesiones de Cortes, de 1456, en que los aliados del rey, los síndicos barceloneses de la Busca, y los cabecillas de la oposición, los diputados de la Generalitat, protagonizaron enfrentamientos de una dureza antes inimaginable.
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Desde 1960 a 1975 la Renta Nacional creció ininterrumpidamente, pasando de 568.243 millones de pesetas (en pesetas de 1958) a 1.562.071, es decir, casi se triplicó. También aumentó el Producto Interior Bruto (PIB) y la renta per cápita (en pesetas constantes de 1970) que pasó de 35.791 pesetas en 1960, a 83.238 en 1975. Si realizamos una comparación con otros países de la tasa de crecimiento por habitante entre 1950 y 1973, podemos ver que la de España fue del 5,9%, mientras que en otros países europeos fue inferior (Gran Bretaña (2,5%), Francia (4,1%), República Federal de Alemania (5%), Italia (4,8%) y Portugal (5,5%)). Estos datos ponen de manifiesto, que las medidas establecidas por el Plan de Estabilización al poco tiempo de su puesta en marcha permitieron un crecimiento intenso y prolongado de la economía española. Si observamos la participación de cada sector productivo sobre el valor total del PIB al coste de factores, medido en pesetas constantes, se pone de manifiesto la caída del porcentaje de la producción agraria, y el crecimiento espectacular de la industria hasta 1973. El sector servicios sufrió un descenso de participación hasta 1974 a causa del tirón industrial, pero si lo analizamos en términos nominales la participación de los servicios creció de forma continuada, lo que nos permitió situarnos en el umbral de una economía terciaria. Por último, la construcción, si bien fue un sector dinámico, experimentó una bajada de su peso relativo debido al aumento de los otros sectores. Los cambios habidos desde finales de la década de los cincuenta ponen de manifiesto, como nos recuerda Walt W. Rostow, que España consiguió todo a la vez, en referencia a su éxito en completar el tránsito e ingresar plenamente en la etapa del alto consumo de masas; a lo que es obligado añadir que se iba produciendo un acercamiento en el desfase que nuestro país tenía con respecto a Europa occidental. La actividad rural sufrió un cambio muy intenso. La agricultura tradicional entró definitivamente en crisis como consecuencia de la aceleración del proceso migratorio desde el campo a las zonas industriales de España y Europa occidental. La transferencia de mano de obra entre 1960-70 alcanzó unos dos millones de activos. Este proceso provocó la elevación de los salarios agrícolas, obligando a los propietarios a la sustitución del trabajador por maquinaria. Al mismo tiempo se incrementaron los índices de productividad, los rendimientos, la producción y la renta agraria, que entre 1960-73 experimentó un crecimiento del 1,7% anual a precios constantes. Estos cambios generalizaron el proceso de modernización del sector primario, que se llevó a cabo con extraordinaria rapidez. El cambio ocurrido en España en diez años (1961-70), equivale en magnitud relativa al que en conjunto experimentó el país en los setenta años anteriores. La adopción de la tecnología de la "revolución verde" (mecanización, consumo de fertilizantes y fitosanitarios) rompió con la tradicional economía natural del sector agrario, y tuvo como consecuencia una creciente vinculación de la agricultura al mercado. La industria obtuvo resultados verdaderamente brillantes entre 1960-74. Nos encontramos ante el principal esfuerzo modernizador de todo el siglo. El periodo de mayor impulso transcurrió entre 1959 y el comienzo de la planificación indicativa, que supusieron los Planes de Desarrollo. Entre 1961/74 la tasa media de crecimiento del PIB fue del 7%, con una primera fase de extraordinario auge que poco a poco se fue amortiguando hasta tocar fondo en 1967 (momento en que se registra la menor tasa de crecimiento del periodo, el 4,3%), y con oscilaciones posteriores, que acortan cada vez más la duración de los ciclos respectivos: la recuperación iniciada en 1969 cede en 1970, y el fuerte impulso final de 1972 y 1973 flexiona a partir de 1974, antesala de la etapa de crisis que se manifestará abiertamente en 1975. La industria española hasta 1959 era dependiente del exterior, tanto en lo que se refiere a las inversiones (a excepción del textil) como en el suministro de materias primas, equipos y tecnología. Dicha industria actuaba dentro de un mercado protegido y las exportaciones agrícolas hacían posible la compra en el exterior de bienes con destino a la industria. A partir de 1959 esto último, si bien no desaparece totalmente, deja de jugar un papel fundamental. El resultado de los cambios introducidos fue una fuerte tasa del crecimiento del sector durante todo el periodo 1960/74, superior a la de los demás sectores de la economía, convirtiéndose la industria en el motor del crecimiento económico. Este crecimiento vino de la mano de algunos subsectores (química, metálicas básicas, transformadores metálicos, construcción de vehículos de transportes), a través de los cuales se produjo la difusión del cambio tecnológico que provocó transformaciones tanto en la producción como en la demanda. La demanda de consumo permitió el acceso a nuevos bienes a sectores de la población que hasta el momento no habían podido acceder a los mismos. En cuanto a la producción, y como resultado de los cambios habidos en la demanda de consumo, se emplearon nuevas técnicas que implicaban fuertes alzas en la productividad industrial y una creciente importancia de las industrias nuevas en detrimento de las tradicionales. El crecimiento de la industria se basó primordialmente en aumentos de productividad y en menor medida de ocupación de mano de obra. El sector servicios también sufrió una importante transformación a la vez que tuvo un intenso crecimiento. Así, en 1964 representaba el 44,4% del PIB en pesetas corrientes y en 1975, el 50,6%. En cuanto a la mano de obra empleada se pasó de un 29,9% en 1964 a un 38,3% en 1975. En dicho crecimiento predominó el carácter meramente extensivo, a pesar de las transformaciones técnicas habidas, por lo que siguió siendo importante el peso de los sectores tradicionales, especialmente los que conllevaban un uso intensivo de trabajo (comercio, instituciones financieras, administración pública...). Esta situación, es decir moderadas subidas de la productividad y uso intensivo del trabajo, favorecía las tendencias inflacionistas. En cuanto a la actividad comercial, evolucionó moderadamente y su expansión en volumen fue inferior a la media del sector servicios. Si bien hubo transformaciones cualitativas en el comerció, a la altura de 1975 se puede afirmar que en dicho sector era mayoritario el comercio tradicional de pequeñas dimensiones. Baste decir que en 1975, el 70% de los establecimientos en régimen de libre-servicio tenían superficies inferiores a los 40 metros cuadrados y empleaban a un 40% de personal no remunerado. De hecho la introducción de nuevas formas comerciales (autoservicio, crecimiento de la dimensión del establecimiento y desplazamiento del centro de las ciudades) se ha producido muy lentamente y en fechas más recientes. En el transporte y las comunicaciones, desde finales de los años cincuenta se produjeron profundos cambios. En un informe realizado por la ONU (1953) en el que se hacía referencia a la economía española se señalaba que el transporte, junto a la energía, constituían las principales causas del estrangulamiento de nuestra economía. En los años sesenta se procedió a la electrificación de las vías férreas y a la adquisición de locomotoras eléctricas; y a la creación y desarrollo de la industria del automóvil. En este último caso se asistió a una importante expansión de la industria nacional del automóvil (SEAT, Pegaso, FASA y Barreiros) que, con cierta dependencia de la tecnología exterior, permitió desbloquear la situación de estrangulamiento y contribuir de forma decisiva al desarrollo industrial del país. En esos años se dio una asociación entre el aumento del nivel de vida, el proceso de urbanización y el acceso de amplios sectores de la población a la propiedad del automóvil. Este tipo de crecimiento supuso primar el transporte privado frente al público y la carretera frente al ferrocarril. Especial interés tiene el caso del sector turístico que experimentó un auge espectacular. En 1960 el número de turistas era de 6.113.000; en 1975 se alcanzó la cifra de 30.123.000. Los ingresos por divisas pasaron de ser en 1960 de 297 millones de dólares a 3.188 millones de dólares en 1975. Ello implicó un incremento de la industria hotelera y de la construcción, así como de actividades dedicadas al esparcimiento. Durante los años sesenta y principios de los setenta en política económica se pusieron en marcha mecanismos de planificación indicativa, para lo que se contó con la ayuda del Banco Mundial y la experiencia francesa en dicha materia. En 1962 se creó la Comisaría del Plan de Desarrollo a cuyo frente se instaló López Rodó. Dicha Comisaría tenía como labor realizar la programación efectiva de todo el sector público, a la vez que elaboraba la información necesaria para que los empresarios privados pudiesen adoptar decisiones coherentes con el resto de la economía nacional. El Plan indicativo aparecía así como complementario a la economía de mercado. El I Plan de Desarrollo (1964-67) partió del establecimiento de una doble hipótesis de crecimiento: para la población activa se previó un ritmo del 1 por 100 anual, y de un 5 por 100 para la productividad, lo que debería de conducir a un ritmo de expansión del PNB del 6 por 100 anual. El II Plan (1968-71) previó un crecimiento menor del PNB (5, 5 por 100), debido a los efectos de la devaluación de la peseta en noviembre de 1967. Y, por último, el III Plan (1972-75) fijó un objetivo del 7 por 100 que no pudo ser alcanzado. Los tres planes constaban de dos partes: una de carácter indicativo, y otra de carácter vinculante, concretada en el programa de inversiones públicas y en los programas de desarrollo de las industrias concertadas por el Estado. Pero a pesar de estos objetivos teóricos, lo cierto fue, como indica Ramón Tamames, que los planes no se cumplieron, ya que no fueron realmente vinculantes, como se pone de manifiesto en el hecho de que las inversiones en los programas públicos no se realizaron tal y como estaban previstas en ninguno de los años transcurridos, a lo que cabe añadir que tampoco resultaron verdaderamente indicativos para el sector privado. En su conjunto, la política económica implicó la introducción de una serie de pasivos entre los cuales se deben de señalar: 1°-) El desigual crecimiento de los distintos sectores de la economía, que favoreció la aparición de importantes desequilibrios. Así, se produjo un creciente distanciamiento entre las tasas de desarrollo de los grandes sectores de la economía. El desarrollo económico de los sesenta pareció concebirse en España en un plano acotado por el crecimiento de la industria y el aumento de las actividades del sector terciario. La agricultura registró una expansión menos intensa y más vacilante, quedándose atrás y desequilibrando, en consecuencia, el proceso de desarrollo, lo que originó obstáculos y tensiones en el mismo. 2°-) Durante la década de los sesenta no se ampliaron ni se modernizaron a tiempo la distribución y comercialización de los distintos productos, especialmente los destinados al consumo, lo que originó cuellos de botella. La mayor demanda de bienes públicos no fue satisfecha, existiendo un desequilibrio en la producción de bienes públicos/bienes privados, que constituye uno de los rasgos más característicos del desarrollo. A ello debemos de añadir la propensión generada por la estructura productiva hacia el desequilibrio en la balanza de pagos y el carácter limitativo que sobre el desarrollo económico tuvo la posibilidad de atender a la capacidad de importación. 3°-) La evolución de la economía española en la etapa comentada ocultó, tras sus espectaculares tasas de crecimiento y la posibilidad de emigración a Europa, sus importantes limitaciones para la creación de empleo. El proceso de desarrollo económico respondió a una tecnología y a una estructura de la demanda final que actuaban limitando las posibilidades de aumentar el empleo. 4°) El proceso de desarrollo forzó la necesidad de incremento del capital a la tasa del 2,7% anual acumulativo entre 1962 y 1970. El aumento del grado de capitalización de la industria fue continuo durante todo el proceso de expansión. El crecimiento económico se realizaba así en contra de la dotación de recursos disponibles en la sociedad española, negando la utilización del factor más abundante (el trabajo) y demandando cantidades crecientes del más escaso: el capital. 5°-) El proceso de desarrollo económico generó una estructura productiva marcada por intensos procesos de sustitución de fuentes energéticas tradicionales (carbón) por nuevas fuentes de energía (petróleo y energía eléctrica), de las cuales éramos deficitarios y dependientes de terceros países. 6°-) La recepción del cambio tecnológico se centró sobre un conjunto limitado de sectores productivos (el químico, el energético, las industrias metálicas...). Esto provocó una creciente dependencia de la producción total respecto a las importaciones. 7°-) Ese crecimiento de la producción entre 1959-74 se realizó con notable desigualdad en el territorio. En los años sesenta la producción y la renta nacional española tendieron a concentrarse. El hecho de que en 1973 el 54% de la renta nacional se obtuviera en el 11% del territorio, mientras que en el 53% del territorio se obtuviese únicamente el 14% de la renta nacional, constituye un índice lo suficientemente expresivo de dicha concentración. El fin de la prosperidad económica y el inicio de la crisis económica mundial desde 1972 (en palabras de Enrique Fuentes Quintana, "la crisis era grave, profunda y mundial"), produjo una elevación del precio de los productos alimenticios y de las materias primas industriales (no alimenticias), a lo que siguió la cuadruplicación de los precios del petróleo. La crisis y la fuerte dependencia exterior de la economía española se nos presentó con toda crudeza en un momento en el que el propio régimen político se encontraba en situación agónica y por tanto con escasa capacidad de reacción. La economía española registró todos los factores de la crisis, que revistieron en nuestro país una mayor intensidad. En primer lugar, España vivió con especial fuerza la etapa de inflación de demanda que precede a la crisis, lo que provocó y anticipó su aparición. De 1970 a 1973 cambió el signo deficitario de la balanza de pagos. El aumento de reservas condujo a una elevación progresiva de la cantidad de dinero que, unido al desbordamiento del gasto nacional, terminó por producir su último y más temido efecto: la inflación de dos dígitos, característica de los años setenta, en la que España ingresa en 1973 (10,6% en los precios implícitos en el PIB, 11,8% en los precios de consumo). La inflación de los setenta se despegó clara y crecientemente de los países europeos. Sólo Italia (entre los países desarrollados de Europa) presentó un comportamiento similar. La drástica elevación del precio de los crudos sorprendió a la economía española con una inflación del 14% (tasa de crecimiento de los precios del consumo del último trimestre de 1973). El segundo factor de la crisis fue la caída de la relación real de intercambios, lo cual produjo un efecto mayor que el registrado por otros países europeos en la balanza de pagos. El empobrecimiento impuesto por la relación real de intercambios fue importante, las cifras disponibles lo estiman entre un 20 y un 25%. El déficit de la balanza comercial se duplicó, pasando de 3.500 millones de dólares en 1973 a 7.000 millones en 1974; y el de la balanza corriente evolucionó de un superávit de 500 millones de dólares en 1973 a un déficit de 3.268 millones en 1974 (4% de PNB). En estos últimos hechos tiene mucho que ver la política económica de los últimos Gobiernos del franquismo (Antonio Barrera de Irimo y Rafael Cabello de Alba -octubre 1974-) que decidieron compensar en 1974 el alza de precios de los crudos del petróleo con subvenciones y reducciones impositivas, lo que provocó un aumento del consumo del 6% en 1973, mientras disminuía en los restantes países de la OCDE. Este peculiar ajuste español a la crisis de los 70 señala una clara diferencia con el resto de Europa. Como consecuencia de la acumulación de las dos diferencias registradas (precios mayores cuando la crisis comienza y balanza de pagos más desequilibrada) los dos efectos fundamentales de la crisis, inflación y déficit exterior, van a entrar en 1975 con valores muy elevados: los precios de los bienes de consumo lo hacen al 18,7% en el primer trimestre, la balanza de pagos, con un déficit superior al 4% del PNB. La posición española se singulariza. El tercer escenario de la crisis fue la reacción de los costes y sus consecuencias sobre los excedentes empresariales. La peculiar política de rentas aplicada en los comienzos de la crisis equivalía a consolidar y amplificar los efectos de la inflación histórica. Los salarios crecieron en su participación en la renta nacional. El cuarto factor de la crisis fue el déficit presupuestario. A partir de 1974 el déficit fue elevándose a un ritmo peligroso y muy poco controlado. En quinto lugar, las crisis sectoriales se acusaron en España en los mismos lugares que en Europa, pero con mayor intensidad. El retraso en afrontarlas y la manera parcial de hacerlo pueden alegarse como diferencias adicionales con la situación de otras economías. La peor situación de partida de la crisis, el tratamiento inicial del empobrecimiento exterior impuesto por la relación real de intercambios, la respuesta de las rentas y su influencia sobre los costes y excedentes empresariales, y los tímidos y tardíos programas de reestructuración sectorial constituyen un cualificado pasivo en los factores generales de la crisis de los 70 que habrán de acusarse en los resultados y en la situación de la economía española, no afrontándose de manera decidida hasta la firma de los Acuerdos de La Moncloa en octubre de 1977.
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Como la aparición del hombre se considera un acontecimiento trascendente dentro de la Historia del Planeta, puede añadirse que otra característica fundamental de la Prehistoria es que actúa de puente entre las Ciencias de la Tierra y las Ciencias Sociales, o entre los tiempos geológicos y los tiempos históricos, dado que tiene que explicar los procesos que sacaron a nuestra especie de su posición ancestral entre los demás primates y la transformó en los habitantes de las primeras civilizaciones estatales. Esto implica que dentro de la Prehistoria hay diferencias radicales entre sus primeras etapas, cuando el protagonista no es todavía el hombre anatómicamente moderno, y las fases finales, cuando asistimos a la evolución cultural, exponencialmente acelerada, de un hombre semejante, tanto física como intelectual y socialmente, a las poblaciones históricas. Esta dualidad interna se reflejará, inevitablemente, en el contenido de las páginas siguientes. En la Europa medieval se consideraba que la Historia de la Tierra y la del hombre arcaico estaban explicadas con detalle en la Biblia. Esta creencia pervivió en los siglos siguientes, hasta el punto de que, en el siglo XVII, James Ussher, arzobispo de Armagh, pudo calcular, siguiendo las cronologías contenidas en el Antiguo Testamento, que la Tierra había sido creada en el año 4004 a. C. Unos años después, el doctor John Lightfoot refinó estos cálculos y pudo precisar que la creación del hombre tuvo lugar el 23 de octubre de ese año, a las nueve en punto de la mañana. Numerosos naturalistas de ese mismo siglo y del siguiente, que estaban poniendo entonces los cimientos de la Ciencia occidental, empezaron a aportar considerables evidencias a favor de cronologías algo mayores que las que proponía el Génesis. A comienzos del siglo XIX, los trabajos de J. Hutton, J. Cuvier y, sobre todo, Charles Lyell, habían creado ya la Geología Histórica, con sus eras, sus pisos y sus sucesiones faunísticas. Este envejecimiento en la edad de la Tierra no fue acompañado en un primer momento por un proceso similar en lo que atañe al hombre. Aunque ya desde el mundo clásico algunos autores habían conjeturado que nuestros más lejanos antepasados debían haber vivido en un estado natural de salvajismo extremadamente primitivo, lo cierto es que a comienzos del siglo pasado sólo se aceptaba la existencia de una humanidad antehistórica que se identificaba, en Europa occidental, con aquellos primeros agricultores y ganaderos que, como mucho, eran algo anteriores a la dominación romana y cuyos hábitats y sepulturas habían sido ya objeto de rebuscas por parte de los coleccionistas y arqueólogos de la época. La existencia de un verdadero hombre fósil, contemporáneo de la fauna extinguida del Pleistoceno, no fue aceptada por la comunidad científica hasta mediados de siglo, cuando, tras arduos debates, se reconocieron los trabajos de J. Boucher de Perthes en las terrazas del Somme (Francia), considerado universalmente a partir de entonces el padre de la Prehistoria. A pesar de que la parte más antigua de la Historia Humana había nacido en el seno de la Geología, su crecimiento hasta el siglo XX iba a estar marcado por el auge de las ideas de Ch. Darwin acerca de la evolución o, más exactamente, por su adaptación al desarrollo cultural bajo lo que se ha denominado Evolucionismo Unilineal, teoría antropológica que guió el pensamiento de los primeros prehistoriadores como J. Lubbock, G. de Mortillet o E. Cartailhac. El reconocimiento de la autenticidad del Arte Paleolítico, en 1902, y las posteriores sistematizaciones de H. Breuil, D. Peyrony o H. Obermaier, junto a los trabajos del gran teórico V. Gordon Childe, marcaron el panorama de la Prehistoria en la primera mitad de este siglo, en lo que podría considerarse su definitivo afianzamiento como ciencia independiente. Tras la Segunda Guerra Mundial, la aparición de los métodos de datación radiométrica y la incorporación de las nuevas tecnologías a los trabajos de campo y de laboratorio han completado su imagen actual, altamente especializada. A nivel teórico, en esta última fase han destacado las aportaciones neoevolucionistas de F. Bordes y A. Leroi-Gourhan como creadores de grandes líneas de investigación en el Paleolítico. En la Prehistoria reciente la situación ha sido más compleja y se ha caracterizado en los últimos años por un cierto debate entre diferentes concepciones de la arqueología prehistórica, debate iniciado en los años sesenta por la denominada New Archaeology y de cuyas secuelas aún se nutre. La contribución española a este panorama ha sido desigual, pasando de épocas caracterizadas por la tradicional aceptación acrítica y acomplejada de las diferentes teorías generadas fuera de nuestras fronteras, a periodos en que las aportaciones hispanas fueron importantes, cuando no decisivas, en el panorama internacional. Estas irregularidades, desgraciadamente, están en proporción directa con los avatares económicos y sociales del país en el último siglo y medio. El gran pionero de la Prehistoria española fue el geólogo Casiano de Prado (1797-1866), uno de los científicos más notables de nuestro país, cuyas ideas fueron tan revolucionarias que llegó incluso a ser encarcelado por la Inquisición. En 1864 publicó su Descripción física y geológica de la provincia de Madrid, en la que se cita por primera vez la existencia de instrumentos prehistóricos asociados a fauna pleistocena en el yacimiento de San Isidro (terrazas del río Manzanares, Madrid) e identificados como similares a los hallados por su contemporáneo Boucher de Perthes. La segunda mitad del siglo XIX va a asistir a la aparición de un grupo de prehistoriadores muy comprometidos con los postulados evolucionistas de sus colegas extranjeros, entre los que cabe citar a J. Vilanova y los hermanos Siret. Es a partir de esta época cuando Marcelino Sanz de Sautuola va a descubrir, en 1879, la cueva de Altamira, aportación fundamental de la incipiente investigación española al panorama internacional. Apoyado por Vilanova, Sautuola va a iniciar un debate que concluiría, ya en el nuevo siglo, con la aceptación del arte paleolítico y el derrumbamiento del mito evolucionista que impedía considerar a los hombres del Pleistoceno capaces de concebir obras maestras de la pintura universal. A raíz de los trabajos de H. Breuil, H. Obermaier, el Marqués de Cerralbo, H. Alcalde del Río, E. Hernández Pacheco, P. Wernert, el Conde de la Vega del Sella, I. Barandiarán, P. Alsius o J. Pérez de Barradas, la Prehistoria española alcanza su madurez en el primer tercio del siglo XX con una fuerte influencia de las teorías difusionistas de la época. Tras el corte traumático impuesto por la Guerra Civil, una nueva generación, en la que destacan nombres como J. Cabré, L. Pericot, F. Jordá, M. Almagro Basch, J. Maluquer, A. Arribas o P. Bosch Gimpera, entre otros, trabajando en condiciones extremas de falta de medios y aislamiento internacional, va a conseguir mantener la continuidad hasta que, ya en la década de los sesenta, excavaciones como las de Cueva Morín o las de Ambrona, llevadas a cabo por grandes equipos internacionales, van a suponer una renovación disciplinar, ayudando a la formación de las actuales generaciones de prehistoriadores, plenamente integrados de nuevo en el panorama internacional. El último salto adelante de los estudios sobre la Prehistoria en España estará protagonizado por el equipo de investigadores que trabaja en la sierra de Atapuerca (Burgos) -Carbonell, Arsuaga y Bernaldo de Quirós- quienes, continuando con el excelente trabajo iniciado por Emiliano Aguirre, habrán aportado datos fundamentales y de relevancia internacional para conocer la evolución del ser humano en Europa.
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La Alta Edad Media ofrecía a las catedrales modernas dos modelos para el desarrollo de sus cabeceras: uno comportaba deambulatorio o girola rodeando la capilla mayor, con o sin capillas absidales; el otro, simplemente, ábsides abiertos a una nave de transepto. Conocemos bien la fábrica románica de Sigüenza que, comenzada hacia mediados del siglo XII, respondía al lenguaje propio de la arquitectura de la época: cinco ábsides semicirculares y escalonados se abrían a una amplia nave transversal. Se trataba de un antiguo esquema fraguado como respuesta a la necesidad práctica, por parte del monacato benedictino, de un número elevado de altares donde los monjes pudieran celebrar los oficios religiosos. Este sistema resultaba más simple y más económico que el de las complejas girolas y se reiterará, por tanto, en los edificios más modestos, en nuestro caso en las catedrales de Cuenca y Burgo de Osma. La diferencia es que en éstas el ábside central -el único que, aunque enmascarado, aún podemos ver en ambas- abandona la forma semicircular y se hace poligonal, porque se adapta mejor a las nuevas bóvedas nervadas (desconocemos la disposición de los ábsides laterales en Cuenca; en Burgo de Osma eran semicirculares y alineados). Sin embargo, con el paso del tiempo este tipo de cabeceras se considerará insuficiente y en los siglos modernos se tenderá a sustituirlas por pasillos anulares en torno a la capilla mayor pues, por un lado, contribuían a solemnizar las procesiones litúrgicas de los canónigos, y por otro, se ampliaba la posibilidad de abrir espacios secundarios (nuevas capillas, sacristías, salas capitulares, etc.). En Cuenca esta transformación tendría lugar en la segunda mitad del siglo XV, implicando la total desaparición de las capillas laterales; en Sigüenza en el siglo XVI y en El Burgo de Osma en el XVIII La girola, de remotísimo origen en las criptas anulares del mundo carolingio, se había definido perfectamente en el románico pleno en edificios como la catedral compostelana, donde las capillas absidales se distribuían dejando un tramo de separación para la disposición de ventanas. Más tarde, precisamente esa necesidad de un mayor número de altares había dado lugar a la aparición de otro tipo de girola con capillas antiguas o tangenciales, con la posibilidad de añadir una o dos más a los brazos del transepto; tipología que se difunde entre algunas iglesias cistercienses (Moreruela, Poblet, Veruela, Fitero o Gradefes). Sin embargo, por el tratamiento de los muros y la concepción del espacio, seguían respondiendo a criterios románicos. Con éstas se ha relacionado la cabecera de la catedral de Ávila, donde, en cambio, se logró uno de los más antiguos ambientes góticos, con su doble pasillo anular de tramos abovedados con crucería y sencillos soportes monocilíndricos. Se evoca en ella el recuerdo de la doble girola de Saint-Denis, aunque sin el alarde técnico de englobar las capillas absidales en el deambulatorio externo. En Ávila, los reducidos y oscuros absidiolos quedan embebidos en un inmenso cubo, que se destaca con respecto al lienzo oriental de la muralla de la ciudad, el famoso cimorro. Un paso mucho más adelante en este proceso de investigación hacia la creación de verdaderos espacios góticos, lo representan las cabeceras de Burgos y Toledo; en ambas nos encontramos ya con la modernidad arquitectónica, si con ello entendemos la perfecta asimilación de las novedades, la sintonía con lo que se hacía fuera de España. La burgalesa, tal y como se presentaba al final del siglo XIII, se componía de una capilla mayor de cinco paños, rodeada de una girola de otros tantos tramos trapezoidales -cubiertos por bóvedas de cinco nervios- a los que se abrían, a su vez, capillas semidecagonales (tan sólo subsisten dos, muy transformadas). Por delante del polígono del ábside tres tramos rectos, flanqueados por el mismo número a cada lado y sendas capillas cuadradas abiertas al transepto, de las que sólo queda la del lado norte (San Nicolás). Así descrita, es evidente la similitud con la normanda de Coutances y con ella se ha relacionado. Sin embargo, esto parecía contradecir la sugerencia de Bourges para la organización del alzado. Los especialistas se han preguntado si se trataría de un mismo taller, dirigido por un maestro conocedor de ambos modelos, o de dos diferentes trabajando sucesivamente. La reciente tesis del alemán Karge ha ofrecido una solución al problema. La construcción iniciada en 1221 se planteó con un deambulatorio y capillas absidales; pero éstas no tenían nada que ver con las actuales, ni en número, ni en forma, ni en dimensiones. Se trataba de pequeñas capillas de traza semicircular, dispuestas a intervalos regulares y separadas por muros dotados de contrafuertes, del mismo modo en que lo hacían en la catedral de Bourges. El hallazgo de dos fragmentos mutilados de nervaduras que, arrancando desde las claves de las bóvedas del deambulatorio, irían a descansar sobre los pilares de acceso a esas primitivas capillas, fue sin duda su más feliz descubrimiento. Así, a la ya admitida identificación en el alzado entre las catedrales de Bourges y Burgos, se unía la identidad de soluciones planimétricas. A medida que las obras avanzaban hacia el hastial occidental, la cabecera experimentaba sus primeras modificaciones (las nuevas capillas de la girola se abrirían a partir de 1275, aproximadamente); se modernizaba en el sentido en que lo hacía la arquitectura francesa. Por su parte, en la doble girola de Toledo se concentra lo más interesante de las experiencias y logros constructivos de la época, buena muestra de un concienzudo proceso de reflexión sobre una serie de ensayos previamente desarrollados en el territorio galo. Las dos galerías del deambulatorio, formadas por la prolongación de las naves laterales del cuerpo mayor, se descomponen en una sucesión de tramos, alternando los triangulares con los rectangulares, cubiertos por bóvedas de tres nervios y crucería simple respectivamente. Con esta solución el arquitecto de Toledo resolvía los problemas que desde hacía tiempo planteaba a los arquitectos góticos la aplicación de bóvedas de crucería sobre tramos de planta trapezoidal, que obligaba a quebrar los nervios o combarlos para no desplazar la clave del centro del trapecio, con la consiguiente pérdida de estabilidad. Si en la catedral de París se había salvado esta dificultad mediante la fragmentación de su doble girola en una serie de tramos triangulares y en Le Mans se adoptaba, en las mismas fechas que en Toledo, la alternancia de triángulos y rectángulos, pero sólo en el pasillo externo, en la catedral castellana el sistema será llevado al máximo grado de armonía y perfección al utilizarlo simultáneamente en los dos deambulatorios.
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La penetración, a partir de la cuarta década del siglo XV, de fórmulas y modelos del mundo flamenco en los más importantes centros artísticos de la Corona de Aragón, nos coloca ante una de las premisas básicas para el estudio del aprendizaje y formación profesional de Huguet. Este había nacido en el pueblo de Valls (Tarragona), en 1414 ó 1415. Aunque no conocemos casi nada de su adolescencia y juventud, es fácil suponer que, huérfano desde temprana edad, el primer contacto con los pinceles lo tendría en el taller vallense de su tío y tutor Pere Huguet (Mercadé). La falta de documentación nos impide saber si Jaume continuó durante mucho tiempo la relación profesional con este familiar -parece que especializado en trabajos decorativos-, o si bien pronto entró como aprendiz en algún otro taller de un artista destacado e innovador. Lo cierto es que la incorporación de elementos del lenguaje plástico flamenco e italiano a sus obras permite asegurar que este período de formación tuvo lugar en un ambiente receptivo a algunas de las corrientes pictóricas europeas más avanzadas del momento. El hecho de que Pere Huguet se estableciera en Barcelona desde 1434 o que la primera información, del año 1448, sobre la actividad profesional de Jaume como pintor de retablos nos lo sitúe también en la Ciudad Condal, pueden ser datos significativos para pensar que el joven pintor se instaló en ella a inicios del segundo tercio del siglo XV, un momento en que se constata una especial creatividad artística en la urbe catalana. Ningún motivo -ni las supuestas obras realizadas, ni los contactos con artesanos locales- invitan a pensar, como hicieron Ainaud y Gudiol, en una hipotética estancia de Huguet en Aragón entre 1440-1445. Tampoco sirve para justificar este traslado la idea de que el pintor vallense fue el introductor del naturalismo pictórico en tierras aragonesas. Gracias a las últimas investigaciones (Mañas, Lacarra), hoy conocemos la existencia de pintores locales -algunos, como Tomás Giner, activos en el entorno de la corte arzobispal de Dalmau de Mur (1431-1456)- capaces de desarrollar fórmulas naturalistas independientemente del arte de Huguet, a quien durante un tiempo se consideró, junto a Bermejo, responsable de buena parte de la pintura aragonesa de la segunda mitad del siglo XV. En realidad, que Huguet constituya uno de los más destacados representantes de la recepción de nuevos valores plásticos no significa que debamos mitificar su personalidad, convirtiéndole en el causante o motor de un amplio proceso que afectará a buena parte de la Corona y en el que participaron muchos otros pintores. Las primeras obras de Huguet coinciden de modo explícito con la absorción del clima artístico de la capital del Principado. Hay que tener en cuenta que, ya desde antes de 1443, se encontraba en la ciudad el valenciano Lluís Dalmau, primer gran introductor del estilo flamenco en la Corona, y autor de una imitativa recreación de la pintura eyckiana en su famosa Verge dels Consellers (1445). Quizá sea esta obra la prueba más espléndida del notable interés que demostró hacia el estilo flamenco un sector de la clientela más acomodada de la ciudad, aspecto que también se tradujo en la adquisición de numerosos tapices realizados en las ciudades septentrionales del ducado borgoñón. Pese a que no llegó a convertirse en una opción plástica mayoritaria, la penetración de la nueva pintura de signo naturalista llegó a influir en las últimas producciones del mismo Bernat Martorell, máximo exponente de una segunda generación del gótico internacional que siguió activa hasta pasada la mitad del siglo XV. Finalmente, y aunque su incidencia no fuera tan patente como en Valencia, debemos reseñar que también existió una recepción, aún hoy imprecisa y difícil de estudiar, de modelos de origen italiano. Sobre este complejo y rico panorama Huguet elaboró, a mediados de la centuria, una síntesis pictórica muy particular, en la que la incorporación de elementos innovadores del mundo flamenco e italiano corría paralela a una continuidad de esquemas tradicionales. Al no establecer una cesura clara y definida con el período internacional, la obra de Huguet demuestra la imprecisión de los límites señalados por compartimentaciones históricas de carácter idealista, y según las cuales la aceptación de un nuevo estilo supone el inmediato abandono del anterior. Aunque en menor medida que Jacomart y la pintura valenciana, podemos considerar que la producción huguetiana se corresponde con actitudes artísticas detectables en todo el arco tirrénico formado entre Sicilia, Campania, Liguria, Provenza y los reinos occidentales de la Corona, sorprendentemente análogas en algunas pautas estilísticas y caracterizadas por una reelaboración de los modelos flamencos sobre las bases de las respectivas tradiciones autóctonas (Chastel, Bologna). Pero, además de compartir la dialéctica entre tradición e innovación que se detecta en esta koiné mediterránea, la actividad del pintor catalán experimenta un personal proceso de involución que le conduce a una estética auténticamente medieval. Los dos compartimentos del desaparecido retablo de Vallmoll (con la representación de la Virgen con el Niño rodeada de ángeles músicos, en uno, y la Anunciación, en el otro) muestran el detallismo y suntuosidad con que se expresa el lenguaje pictórico huguetiano en unas fechas cercanas a 1450. Además, estas tablas son ejemplos paradigmáticos de la original adaptación que, sin abandonar completamente la tradición internacional, realiza el pintor catalán de fórmulas flamencas próximas a las ya practicadas por Dalmau en la Verge dels Consellers. Bajo un prisma menos mimético que el del pintor valenciano, se retoman aquí tanto los modelos eyckianos para la composición de los ángeles músicos como el gusto, típicamente septentrional, por reflejar las texturas de los ropajes y los brillos de las joyas. Aspecto este que, pese a las limitaciones en sus resultados derivadas del uso de la técnica del temple, se encuentra también en otras creaciones posteriores, como el san Jorge y algunas escenas de los retablos dedicados a san Miguel y san Antonio. Otra obra donde se manifiesta la compleja síntesis estilística de Huguet es precisamente el san Jorge conservado en el Museo Nacional de Arte de Cataluña. Aunque, al igual que las tablas de Vallmoll, se trata de una pieza no documentada, y cuya atribución a Huguet ha vuelto a ponerse en tela de juicio últimamente, un análisis morelliano de sus figuras permite constatar la estrecha afinidad que las une a personajes representados en otras obras del pintor vallense (rasgos faciales y gestuales paralelos a las imágenes de san Abdón y san Senén, uno de los reyes de la Epifanía del retablo del Condestable ...). Desde una perspectiva técnica, la aplicación preeminente de unas pinceladas muy finas en el modelado de las facciones de los rostros apunta hacia la misma dirección.
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Johnson había dicho que no era su intención enviar a muchachos norteamericanos a miles de kilómetros a hacer algo que debían hacer los vietnamitas, pero las circunstancias mismas favorecieron que incrementara la intervención. En agosto de 1964 el incidente del "Maddox" -un buque norteamericano atacado por los norvietnamitas-, muy probablemente exagerado, pareció justificarla y de cualquier modo el adversario demostró estar dispuesto a intervenir en el Sur sin hacer mucho caso a los soviéticos ni a los chinos: en 1964 ya enviaron 10.000 soldados a través de la porosa frontera occidental y tres años después enviaban ya 20.000 al mes. En un principio, el legislativo norteamericano estuvo al lado del Gobierno. Una resolución tras el incidente del "Maddox" superó la prueba parlamentaria con una enorme ventaja (88-2 en el Senado y 416 a 0 en el Congreso). Johnson no necesitó subterfugio alguno para intervenir más en el Vietnam: nunca pensó que los bombardeos sobre el Norte, que inmediatamente se produjeron, dieran la victoria, pero podían ser un procedimiento para evitar multiplicar la intervención en tierra. Pero, como en el caso de la Segunda Guerra Mundial, se demostró que los bombardeos no eran capaces de producir la ruptura de la resistencia adversaria, sino que tan sólo aumentaron la capacidad antiaérea de los vietnamitas gracias a la ayuda soviética. Desde los comienzos, los norvietnamitas enviaron tropas regulares a combatir al Sur. Cada año podían enviar a 200.000 más y no tenían ningún problema para infiltrarlos a través de la frontera occidental. Cuando Johnson ganó las elecciones en 1964 ya las fuerzas norteamericanas en Vietnam habían alcanzado los 25.000 hombres. Mientras tanto, los aliados occidentales no mostraban interés alguno por la Guerra de Vietnam, aunque reaccionaron mucho mejor los de la SEATO. La oposición interior inicial más fuerte a la política de Johnson en Estados Unidos no fue la de las palomas sino la de los halcones. Pero, a diferencia de lo sucedido en Corea, nunca se pensó -ni se mencionó- en la posibilidad de utilizar el arma atómica. Siempre se controló la posibilidad de una guerra generalizada. La aparente imposibilidad de resolver el conflicto produjo como consecuencia que desde octubre de 1967 hubiera más norteamericanos contrarios a la intervención que favorables a ella. En ello no influyó el costo, porque fue tan sólo una cuarta parte de lo que costó Corea; mucho más decisiva fue la idea de que se estaba llevando a cabo una guerra errada. Ese año, en las elecciones, el presidente sudvietnamita Thieu no obtuvo más que el 35% de los votos, en unos comicios muy corruptos que dieron un 17% a los partidarios de pactar con el Vietcong. La economía sudvietnamita, mientras tanto, se convertía en todavía mucho más dependiente de los Estados Unidos de lo que lo había sido hasta el momento.
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El desarrollo del jade en este período intermedio entre la Edad de Piedra y la Edad del Bronce está ligado con los ritos y el poder de los chamanes por lo que algunos autores consideran que se puede hablar de este período como la Edad del Jade. La nefrita (silicato de calcio y manganeso) es el verdadero jade, frente a la jadeíta (silicato de sodio y aluminio) de color verduzco y calidad inferior, con la que se suele confundir el material. Es a la nefrita a quien se atribuyen orígenes sobrenaturales, siendo también principio de vitalidad (yang), utilizado en los ritos como emblema de rango y autoridad. La nefrita no se encuentra en China y desde los orígenes de su fabricación se extraía del Khotán (antiguo Turkestán) cerca de las montañas Kunlun, lugar de residencia de la Reina Madre de Occidente (Xi Wang Mu). Esta divinidad femenina aparece citada por primera vez en las inscripciones en hueso de la dinastía Shang, así como en textos filosóficos de la dinastía Zhou del Este (770-256 a. C.) como un símbolo de inmortalidad y felicidad en la tierra. Los montes Kunlun están asimismo asociados a la inmortalidad, de ahí que, por analogía y por las supuestas propiedades curativas del jade (cura el mal de quijada), se asociara este material a los ritos funerarios. Xu Shen, autor del "Shuowen Jiezi" o "Diccionario Etimológico de la dinastía Han", recoge en su definición la simbología del jade: "El jade es la piedra más fina. A él se asocian cinco virtudes. La caridad por su lustre, brillante pero sin deslumbrar; rectitud por su trasparencia al revelar el color y sus vetas; sabiduría por su pureza y la penetrante calidad de su sonido; valor porque se rompe, pero no se pliega, y justicia porque sus bordes afilados no hieren". La técnica de pulir el jade conlleva un proceso largo y costoso debido a su dureza y a su falta de ductibilidad. En un principio se cortaba manualmente con la ayuda de un palo de hueso o de bambú, recubriendo su superficie con un ungüento grasiento mezclado con abrasivo en polvo (arenas de cuarzo), único medio para dar forma a la piedra original. Hacia el siglo XV a. C. el jade se trabajó con una herramienta denominada cuchillo mágico, pues en su punta llevaba un diamante o corindón utilizado como taladro; a este método se añadió posteriormente el movimiento rotatorio por medio de un pedal. Hacia el 3500 en Manchuria abundaron las piezas llamadas "Zhulong" (cerdo-dragón), de tamaño pequeño, con un color verduzco y bien pulimentadas; las dos figuras del cerdo y dragón se unen en una forma circular con un agujero central. En ella se distinguen los ojos, orejas e incluso la boca. El "Zhulong" está simbólicamente asociado a los ritos de fertilidad, por haberse encontrado junto a unas pequeñas figuras femeninas en cerámica del mismo uso, así como por asociar el dragón con la lluvia (fertilidad del suelo) y al cerdo como base de su alimentación. Las culturas de Dawenkou y Longshan muestran, por el contrario, piezas ornamentales de jade formando cadenas, así como insignias de rango (chang), en forma de media luna y máscaras con rasgos semihumanos. Junto a estas pequeñas piezas se han encontrado, ligadas a ceremonias funerarias, dos formas denominadas cong y bi, realizadas tanto en piedra como en jade. El bi es un anillo de jade blanco, perforado en su parte central, definido en el diccionario "Shuowen Jiezi" (siglo I d. C.) como "un anillo auspicioso circular, con el disco de doble tamaño que el agujero central". Su uso, además de estar asociado con el ritual, denota una categoría social, lo que explica que muchos de ellos se encontraran en tumbas imperiales. Estas piezas se colocaban sobre los siete orificios que se practicaban al cadáver: sobre el pecho un bi, a su derecha un cetro guei, a los pies un semicírculo huang, en la cabeza un chang, en la boca un han en forma de cigarra, símbolo de la nueva vida junto a un puñado de arroz. La forma circular del bi se asocia con el cielo y su superficie no mostró ninguna decoración hasta la época de los Estados Combatientes (420-221 a. C.), apareciendo la superficie granulada con una decoración de animales, coincidiendo con la pérdida del significado ritual de los jades. El cong tiene forma circular en su interior y rectangular en el exterior; son tubulares con una cavidad en su interior penetrable de principio a fin. Solían estar decorados en su exterior con caras de animales. Si bien la mayoría estaban hechos en jade, se han encontrado algunos en piedra, procediendo en ambos casos de enterramientos. Al igual que el bi, el cong se utilizaba en las ceremonias como un instrumento en la comunicación entre cielo y tierra, así como un símbolo de poder. Estas piezas nos hablan de cómo a fines del Neolítico emerge una clase social más privilegiada, en la cual el chamán no sólo oficia el rito, sino que a través de él ejerce el poder, uniendo en la simbología de la pieza arte-religión-política. En épocas posteriores (dinastías Shang y Zhou), siguieron utilizándose tanto el bi como el cong, aunque sus funciones rituales van a ser reemplazadas por el bronce y su exterior no va a estar decorado con animales como a finales del Neolítico, sustituyéndose por incisiones en el exterior que hacen referencia a los trigramas del "I Jing" o "Libro de los Cambios", aumentando con ello la longitud de la pieza.
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Dado el indiscutible valor político y emblemático que el urbanismo llega a poseer, es lógico pensar que durante el Barroco tuvo una gran trascendencia, empleándose sobre todo para potenciar algo tan ligado a la ideología del momento como es la ciudad como capital.Durante la Edad Media y el Renacimiento, la ciudad se constituyó como un mundo casi cerrado y de carácter individual. Con la llegada de la mentalidad barroca la idea cambió y surgió la concepción de la ciudad como centro ideológico y económico de un entorno mayor.Sin embargo, la posibilidad de transformar las viejas ciudades de forma acorde con los ideales urbanísticos barrocos fue algo que tuvo que quedarse en los planos y en los sueños, pues por lo general estaban constreñidas por un recinto amurallado que les impedía expandirse, así como por otra parte resultaba muy costoso y era antisocial el demoler barrios enteros de viviendas para convertir aquellos entresijos de calles medievales en una estructura nueva, aunque fuese más lógica, más saludable y más bella. Por ello, en las antiguas poblaciones solamente se llevaron a cabo planes parciales de renovación, quedando los planteamientos urbanísticos totales para las pequeñas ciudades de nueva fundación, como fue el caso de la francesa de Richelieu.Las nuevas ideas propiciaban las calles amplias, despejadas y rectas, respondiendo además las edificaciones en ellas construidas a un mismo esquema arquitectónico en las fachadas, lo que confería regularidad y por ello se adecuaba perfectamente al espíritu racionalista francés. Esto lo refleja, por ejemplo, el mismo René Descartes, quien en el segundo capítulo de su "Discours de la Méthode" comenta cómo resultan más bellas las ciudades construidas por un solo arquitecto, pues así tienen un carácter unitario, que aquellas otras en las que intervienen varios de ellos, aunque individualmente estas edificaciones sean mejores que las anteriores.Dentro de las actuaciones concretas que pudieron llevarse a cabo en esas viejas ciudades, la plaza tuvo una especial importancia por su carácter de núcleo cerrado, donde era posible desarrollar diversos aspectos de la ideología barroca, lo que queda plenamente de manifiesto en la place royale francesa, ordenada como un espacio urbano que rodea la estatua del monarca, reflejo claro del absolutismo, con el rey como centro de ese ámbito urbano que, a su vez, quiere representar a toda la ciudad y al reino, y hasta cabe que en ocasiones al mundo entero y al universo.Bajo estos presupuestos se llevaron a cabo los programas urbanísticos del siglo XVII en Francia, donde debido al carácter centralizado de la nación, las principales actuaciones se localizaron en París, siendo las del resto del reino en la mayoría de las ocasiones sólo un mero reflejo de las de esta ciudad. Y fue en aquel siglo cuando París, merced a una serie de intervenciones, alcanzó una estructura urbanística nueva, que contribuyó a determinar el esquema sobre el cual se llevaron a cabo las reformas de los siglos XVIII y XIX que conformaron definitivamente los rasgos de la ciudad actual.En esta labor tuvieron un significativo papel el rey Enrique IV y su ministro Sully, quienes concibieron las reformas que ejecutaron los arquitectos. Para ello fue fundamental la nueva situación de Francia, pues fortalecida ya la monarquía y mejorada la situación económica del reino, en sus últimos años pudo el rey trabajar por dignificar la ciudad de París como capital de una nación que resurgía de forma poderosa, haciendo para ello obras bellas y prácticas.Sin embargo, a la hora de planificar esas actuaciones surgía el problema de la falta de unos centros urbanísticos que sirvieran como focos del nuevo desarrollo, como, por ejemplo, habían sido las basílicas romanas en los planteamientos de Sixto V. Para ello se forjó la place royale, que se tomó como punto de arranque para los nuevos programas urbanísticos.La place royale es, como ya se ha dicho, un espacio urbano desarrollado en torno a una estatua del soberano y cuyo origen podría situarse en el renacimiento italiano. Así, Norberg-Schulz considera que el primer prototipo podría estar en la romana Piazza del Campidoglio de Miguel Angel, al rodear la plaza la que se consideró era la imagen de Constantino, que sería el primer monarca de derecho divino. Por otra parte, Pierre Lavedan apunta el origen en una unificación entre la plaza renacentista italiana, como, por ejemplo, la de Vigevano, y la estatua de un gobernante, de la que sería un ejemplo para el historiador francés, la del duque Fernando de Toscana en Liorna.
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La gran reforma borbónica fue, sobre todo, económica y guiada por el principio de aumentar el rendimiento de las colonias para que produjeran más para la metrópoli y aumentaran su capacidad de compra (y con ello su tributación a la Hacienda) de manufacturas importadas de la Península. Se reestructuró por ello la planta fiscal, se modernizó el sistema comercial, se protegió e intentó tecnificar la minería, se fomentó el desarrollo agropecuario y se pusieron obstáculos al industrial para que no minara el comercio español. Las reformas lograron sus objetivos y las colonias estaban a su máxima capacidad de producción a comienzos del siglo XIX. La Hacienda real experimentó un gran auge, debido a las reformas administrativas impuestas por los Borbones, que aseguraron un incremento de los ingresos y un mayor control sobre el gasto. La agricultura experimentó un enorme desarrollo durante la centuria gracias a una mejor explotación de la tierra y a la mejora del soporte comercial, que facilitó la exportación a Europa. Hubo también un aumento del suelo agrícola, gracias a la incorporación de suelos baldíos. La Corona fracasó sin embargo en sus proyectos de distribuir mejor la propiedad y de sanear su tenencia. La minería afrontó un gran reto, pues muchas de las minas superficiales estaban agotadas y fue necesario trabajar en galerías profundas, con problemas de apuntalamiento y desagüe. Pese a esto, y gracias a la política de protección que los Borbones desempeñaron, consiguió cuadruplicar su producción a lo largo del siglo, con aumentos globales del 600% en México, y del 250% en Perú. A fines de la colonia, Hispanoamérica enviaba a España más de 20 millones de pesos de plata por año, que suponían el 62% de su producción total, reservándose el resto para su propia economía. En cuanto al tráfico comercial, aumentó progresivamente, favorecido por las reforma emprendidas encaminada a establecer una cierta liberalización. Otros elementos esenciales del reformismo comercial fueron las compañías comerciales y los consulados. El contrabando fue el mayor problema planteado, en especial el desarrollado por barcos ingleses. La industria, por el contrario, no consiguió despegar, pues a sus males seculares (falta de capitales, de mano de obra especializada y de buenas vías de comunicación, y grandes bolsones de población autosuficiente) se unió el énfasis de la Corona en evitar la aparición de industrias que compitieran con las metropolitanas.
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En la culminación del desarrollo mercantil de la Corona, los mercaderes, y las autoridades que les respaldaban, crearon corporaciones, normas reguladoras de la actividad comercial e instituciones encargadas de velar por su aplicación. Los orígenes se remontan a la época de Jaime I, cuando este monarca, en 1258, dio existencia legal al gremio de hombres de mar de Barcelona (Universidad de los Prohombres de la Ribera) y a sus normas reguladoras de la navegación comercial (Ordenaciones de la Ribera Marítima de Barcelona). Acto seguido hubo que crear un tribunal (Consulado de Mar), formado por magistrados (cónsules de mar), con jurisdicción sobre causas marítimas y mercantiles. El ejemplo de Barcelona fue contagioso, y pronto aparecieron consulados de mar en Valencia (1283) y Mallorca (1326), y también en villas y ciudades como Tortosa (1363), Gerona (1385), Perpiñán (1388) y Sant Feliu de Guíxols (1443). En estos momentos la jurisdicción de estos tribunales ya desbordaba el ámbito del comercio marítimo para extenderse también al terrestre. El órgano embrionario de este desarrollo jurídico, el tribunal de mar de Barcelona, en sus orígenes, administró justicia con la ayuda de una compilación de usos y costumbres de derecho marítimo y fuentes jurídicas muy diversas y conocidas con el nombre de Costumes de la Mar. Durante el siglo XIV, los cónsules de mar se sirvieron de este texto, pero también crearon jurisprudencia, aplicaron ordenaciones y pragmáticas reales y adoptaron normas procedentes de otros tribunales de mar de ciudades mediterráneas (Pisa, Génova, Venecia, Marsella), con todo lo cual se elaboró en Barcelona una nueva y más definitiva compilación, el Llibre del Consolat de Mar, que sirvió de código legislativo básico para muchos tribunales mercantiles del Mediterráneo. Las corporaciones de mercaderes, formadas por comerciantes matriculados, maduraron su organización y alcanzaron enorme fuerza política en los siglos XIV y XV. Se dotaron entonces de órganos propios de gobierno, los consejos de la mercadería (Consejo de Veinte o Consejo de la Lonja, en Barcelona), formados por consejeros, defensores de la mercadería y cónsules, generalmente elegidos por los asociados. Estos consejos celebraban reuniones en las lonjas de mar, donde los tribunales de mar (o consulados de mar) tenían también sus sesiones. Correspondía a estos consejos velar por el mantenimiento de los privilegios de la corporación, defender y fomentar el comercio, otorgar licencia para ejercerlo y recaudar determinadas imposiciones, como el derecho del pariage en Cataluña. Este derecho tomó su nombre de una institución (llamada pariage), dependiente del consejo de la mercadería de Barcelona, que tenía por misión limpiar de corsarios los mares de la Corona y las líneas de navegación frecuentadas por los marineros y mercaderes catalanoaragoneses. Los ingresos procedentes del derecho del pariage (que gravaba las mercancías propias y extranjeras que entraban y salían por mar, las embarcaciones y su personal) servían para sufragar los gastos del consejo de la mercadería, en especial el sostenimiento de aquella institución militar de defensa marítima. Distintos de los cónsules de mar eran los cónsules de ultramar, representantes (en sentido global) de los intereses de los mercaderes catalanoaragoneses en las ciudades mediterráneas con las que éstos traficaban. Jaime I, en 1266, concedió el privilegio de su nombramiento al gobierno barcelonés. Las funciones de los cónsules de ultramar eran muy diversas: juzgar a sus connacionales en materia civil y criminal, mediar entre los mercaderes de la Corona y las autoridades del país extranjero donde se hallaran, acoger a los recién llegados y facilitarles la estancia y realización de sus negocios, llevar a cabo misiones diplomáticas en nombre del monarca catalanoaragonés, etc. Esta especie de representación consular se ejercía en el alfondaco, que era un conjunto de construcciones diversas (casas, almacenes, baños, horno, taberna, tiendas, capilla) en torno de un patio central. Había alfondacos, percibidos globalmente como barrios o distritos urbanos habitados por extranjeros, básicamente catalanes en este caso, en las principales ciudades portuarias del Mediterráneo. Su administración proporcionaba grandes beneficios a los cónsules de ultramar, generalmente mercaderes barceloneses: derechos de justicia, derechos de almacenaje, consolatge (una tasa sobre las mercancías desembarcadas y vendidas en el alfondaco) y arrendamiento de tiendas, horno y taberna. Para la eficaz realización de sus negocios, es decir, garantizar las ganancias con el mínimo riesgo, mercaderes y armadores acudieron al fraccionamiento y la asociación. Esta regla empezaba por el financiamiento de la construcción y explotación de las embarcaciones, que eran siempre un condominio o copropiedad. Los armadores copropietarios formaban sociedades dedicadas al transporte naval: nombraban a los patrones que gobernaban las embarcaciones en su nombre y negociaban los fletes con los mercaderes. Los beneficios y pérdidas de la explotación naval eran repartidos en proporción a la parte alícuota que cada copropietario poseía en la embarcación. Los mercaderes practicaban también el asociacionismo. La forma más típica fue la comanda: en esta modalidad, un socio capitalista entregaba a un mercader (socio gestor) una suma de dinero o unas mercancías. Acto seguido, el mercader emprendía un viaje de negocios durante el cual vendía los productos recibidos en comanda, y con el dinero así obtenido (o con el dinero recibido en comanda) compraba otras mercancías con las que realizaba el viaje de retorno. Terminado el viaje, los socios liquidaban su negocio sobre la base de que el capitalista recuperara el capital invertido más 3/4 de los beneficios (diferencia entre el valor de partida y el de llegada) y el gestor obtuviera 1/4 de los beneficios. En este tipo de asociación las pérdidas iban a cargo del capitalista, y el negocio se limitaba a la duración de una viaje de ida y vuelta. En una ciudad como Barcelona la fragmentación de capitales y riesgos, que el método de la comanda permitía, facilitaron la participación de muy distintos sectores sociales en los negocios del comercio marítimo, como inversores. Un mercader nunca se embarcaba con una sola comanda sino que procuraba obtener comandas de muchos socios a fin de aumentar las ganancias sin incrementar el riesgo, y en algunos de los pactos asociativos, además de trabajo, se comprometía a aportar también una pequeña parte de capital con lo que pretendía incrementar sus ganancias. La comanda se transformaba entonces en societas maris. De mayor envergadura y distinta composición y función eran las compañías. A diferencia de las comandas, que establecían vínculos efímeros, dividían capital y trabajo y eran idóneas para el comercio a la menuda, las compañías eran más duraderas (unos 4 o 5 años), sus socios aportaban a la vez capital y fuerza de trabajo y concentraban mayor volumen de capital, con lo que servían mejor para los grandes negocios. Pero incluso las grandes compañías no renunciaron a servirse de las comandas, muy al contrario: constituido el capital social con las aportaciones de los socios, aceptaron ampliaciones de capital en forma de comandas (comanda missa in societate) en dinero de personas ajenas a la compañía. Se crearon así grandes compañías, dedicadas al comercio de tejidos y especias, que tenían factores en los principales puertos de ultramar. Por último, para disminuir el riesgo o hacerlo más llevadero, se desarrollaron desde el siglo XIV los seguros marítimos, actividad a la que inicialmente se dedicaron en Barcelona mercaderes italianos. El asegurado era generalmente una sola persona, que debía satisfacer la prima en el acto de formalizar el contrato de seguro. La función de asegurador, en cambio, la ejercían en cada caso una pluralidad de socios capitalistas, que así, también ellos, disminuían su riesgo. Durante el siglo XIV se aseguraban capitales prestados a riesgo de mar y mercancías embarcadas; en la primera mitad del siglo XV se introdujo la práctica de asegurar las embarcaciones, y en la segunda mitad de siglo ya se aseguraba toda clase de mercancías. En los contratos de seguro debía figurar la suma total asegurada, que nunca podía sobrepasar las tres cuartas partes del valor total de la cosa asegurada.