En el momento del funeral de Andropov, en febrero de 1984, los retratos de la ceremonia constituyeron una buena prueba de la crisis del sistema soviético. Puesto preeminente ocupaba Chernenko, de setenta y dos años, sucesor del desaparecido en el decisivo puesto de secretario general del PCUS. A su lado estaban Ponomarev de 79 años, responsable de la dirección soviética en lo que respecta a las relaciones con los Partidos Comunistas occidentales, el primer ministro Tijonov, de 79 años, Gromiko, durante mucho tiempo la pieza fundamental de la política exterior soviética, y Kuznetsov, otro importante jerarca que alcanzaba la cifra de 84 años. Se trataba de una representación de una generación que había tenido una biografía formidable en el pasado. De escasa formación y de procedencia humilde había contribuido en el pasado a la aplicación de la colectivización, fue capaz de sortear el terror estaliniano y se había enfrentado a la posible amenaza de destrucción del Estado soviético como consecuencia de la invasión de Hitler. Pero esta generación que había pasado por tantas y tan decisivas experiencias ofrecía ya la imagen de una gerontocracia que difícilmente podía ser considerada como prometedora para el futuro de la Humanidad. Esta gerontocracia se fraguó durante el mandato de Breznev, a pesar de que Stalin murió en el poder con setenta y tres años y Kruschev fue apartado de él con setenta. Breznev estuvo en el poder durante algo más de 18 años de tal modo que conoció a cinco presidentes norteamericanos y cuatro primeros ministros británicos; no resulta extraño que los viera como una especie de ocupantes interinos del poder de quienes lo más irritante era aprenderse la novedad que pudieran significar. Los últimos años de Breznev fueron los de un dirigente enfermo e inactivo que se equivocaba en sus discursos y que debía ser ayudado a moverse o incluso a responder por sus ayudantes por medio de fichas que leía ante sus interlocutores. Pero no era una excepción sino, por el contrario, un modelo ejemplar de la clase política de la URSS. A la muerte de Breznev el miembro permanente más joven del Politburó era más viejo que la media de edad de este organismo cuando desapareció Stalin. A la altura de 1980 sólo el 7% de los miembros permanentes del Politburó tenía 60 años o menos mientras que la mitad de ellos superaban los setenta; sólo el 17% de los ministros tenía sesenta años o menos. Como es lógico, es esta característica gerontocrática la que explica la rápida sucesión de quienes reemplazaron a Breznev. Todos los candidatos a la sucesión o bien eran demasiado viejos o habían tenido responsabilidad en el pasado en tan sólo un área de gestión política o eran demasiado jóvenes. A Gorbachov le correspondieron estos dos últimos rasgos personales. Esta nueva generación de dirigentes políticos se caracterizaba ya por una formación más amplia y cuidada, una firme adhesión a los principios en los que se basó el sistema soviético hasta el momento y también en una cierta actitud defensiva respecto al retraso y la ineficiencia que observaba en él, sobre todo de cara a los países occidentales. Era previsible que esta nueva generación adoptara algún tipo de cambio junto con una actitud crítica con respecto al inmediato pasado. Esta sensación era perceptible incluso en la propia política exterior en que se habían obtenido los mejores éxitos durante la etapa Breznev. La invasión de Afganistán y el derribo del avión civil surcoreano sobre el cielo soviético habían deteriorado la imagen internacional de la URSS. La ausencia de reacción de las potencias occidentales frente al expansionismo soviético como consecuencia de la Guerra de Vietnam empezó a desvanecerse cuando se dio respuesta al despliegue de los misiles soviéticos con una medida semejante. También parecía cambiar la consideración de la distensión como una política destinada a limitar las armas nucleares pero al mismo tiempo no introducir ningún cambio en el expansionismo soviético con respecto al Tercer Mundo. En los propios círculos dirigentes soviéticos se planteó al comienzo de los años ochenta que el nivel de gasto militar al que se había llegado eran tan grande que había que ponerle un límite. De hecho, a partir de comienzos de los ochenta empezaron a remitir las aventuras exteriores soviéticas al mismo tiempo que los problemas políticos interiores resultaban mucho más apremiantes. En efecto, frente a la apariencia de solidez del régimen político, la sociedad soviética experimentaba una crisis profunda referida a los aspectos más diversos. Un elemento importante que para la estabilidad aparente lograda durante la etapa de Breznev derivó de la positiva evolución del nivel de consumo. Durante la década de los setenta el porcentaje de los hogares soviéticos con refrigerador, lavadora o televisor llegó al setenta u ochenta por ciento del total. Pero en muchos otros aspectos la sociedad soviética estaba muy lejana de las occidentales. El número de automóviles equivalía a la producción anual de los Estados Unidos o Japón y un territorio tan extenso tan sólo tenía el mismo número de kilómetros de carreteras modernas que el Estado norteamericano de Texas. La URSS estaba netamente por debajo del nivel de vida no tan sólo de países democráticos sino también del Este de Europa. En 1980 todavía hubo problemas graves en el abastecimiento en las áreas urbanas. En los grandes núcleos de población una quinta parte de los hogares seguía teniendo una sola habitación con cocina y servicios compartidos con otras unidades familiares. La media de metros cuadrados disponible por habitante no llegaba más que a nueve. Lo peor del caso parece haber sido que así como el nivel de crecimiento del consumo alcanzó un 5% en la década de los sesenta se había reducido a menos de la mitad ya en los años setenta. A esta reducción del progreso en el nivel de vida había que sumar un problema demográfico creciente. En gran parte el desarrollo económico soviético se debió a la incorporación al trabajo de oleadas de jóvenes. La previsión en los años ochenta era ya decreciente. Mientras que en la primera mitad de los ochenta estaba prevista la introducción en el mercado de 3.6 millones de nuevos trabajadores en Rusia durante la segunda mitad fue de tan sólo de 2.3 millones. En Asia central musulmana la cifra suponía también una disminución, aunque mucho menos importante. En una economía que dependía mucho menos que las occidentales de la introducción de procedimientos técnicos nuevos esta reducción del crecimiento demográfico revistió una importancia muy grande. El problema demográfico derivaba de un declive de la natalidad, frecuente en todo el mundo. Lo que, en cambio, resultaba mucho menos habitual es que, frente a lo habitual, en la URSS de los últimos tiempos se había producido un incremento de la mortalidad que redujo la esperanza de vida desde 66 años en 1965 a 62 a comienzos de los años ochenta. Las cifras concretas pueden ser más o menos discutibles pero la tendencia era firme y clara. Resulta muy posible que la propensión hacia el alcoholismo jugara un papel importante en esta evolución demográfica negativa. De todos modos, lo más importante es que revela toda una tendencia de fondo en la sociedad soviética. Desmoralizada y alienada, gran parte de la sociedad soviética se refugiaba en esta aparente solución y no daba la sensación de tener una verdadera esperanza. Pero la crisis de la que parece haber existido una conciencia más generalizada fue la económica, sentida de modo especial por los dirigentes políticos. De acuerdo con las cifras oficiales resultaría que en tres lustros, desde mediados de los sesenta hasta finales de los setenta, el crecimiento soviético habría disminuido en más del 50%. Si se eligen fechas más distantes la evolución resultó todavía más significativa: al comienzo de la década de los cincuenta la economía rusa crecía a un ritmo del 5.5% pero en 1980 sólo lo hizo en un 1.4%. La detención del crecimiento económico no fue ocultada por los dirigentes soviéticos sino proclamada porque se pensaba que ésa era la única solución para que resultara posible combatir este proceso. De todos modos, podría considerarse que estas cifras no resultaban tan malas en comparación con lo sucedido en las economías occidentales. Aun así hay que tener en cuenta que a partir de 1975 los resultados de la economía soviética no sólo fueron inferiores a la media mundial sino incluso a la de los Estados Unidos, que partía de un previo crecimiento muy superior y, por tanto, hubiera sido lógico que creciera menos. Esta detención del crecimiento creó en los dirigentes soviéticos un peculiar sentimiento de decadencia. Se justifica porque en el pasado los resultados de la economía soviética fueron espectaculares: entre 1950 y 1980 duplicó el PNB y triplicó el consumo per cápita. Durante la década de los ochenta la URSS producía más acero, más cemento, más petróleo y tenía cinco veces más tractores que los Estados Unidos a pesar de que el clima resulta en este último país mucho más benigno y, por tanto, es más la tierra cultivable. Lo que cabe deducir de un crecimiento tan importante pero tan abruptamente detenido es que se se había llegado al límite con el sistema económico y social vigente. En realidad, a partir del momento de la llegada de Stalin al poder lo que se había producido equivalía a una movilización militarizada de la sociedad dedicada a una explotación sistemática de los recursos naturales y a lograr una revolución industrial a partir de inversiones masivas en los sectores tradicionales como la industria pesada. Pero, a partir de un momento, y sabiendo que la asignación de recursos humanos y materiales estaba en el sistema económico soviético decidida en función de criterios que poco tenían que ver con la rentabilidad y la eficiencia, se produjo una disminución del crecimiento. Si en la época de Kruschev éste había podido asegurar que alcanzaría a los Estados Unidos en un plazo corto de tiempo, ahora el propio Japón, con unos recursos materiales y humanos infinitamente inferiores, daba la sensación de poder alcanzar a la URSS. Éste era el problema fundamental planteado en el régimen soviético a la altura de los ochenta pero todavía podía ampliarse a otros terrenos. La URSS tenía un triple problema que era posible concretar en la disminución de las inversiones y la productividad, la marginación en una nueva revolución industrial y la persistencia de un gravísimo problema de aprovisionamiento por culpa de la agricultura. Desde finales de los setenta, obligada la economía soviética a atender las necesidades del consumo, vio cómo disminuían las inversiones y la productividad, incluida la industrial. Además, un sistema como el soviético que pudo hacer una revolución industrial clásica no estaba preparado para le revolución de las comunicaciones y la mecanización de producción industrial (robotización). Finalmente, frente a un pasado ruso en el que, en tiempos de los zares, fue posible la exportación de grano, en tiempos recientes la URSS se había convertido en el primer importador del mundo de productos agrícolas con la excepción del Japón, a pesar de que la proporción de la población dedicada a estas tareas venía a ser del orden de diez veces superior en términos porcentuales a la norteamericana. A la altura de la década de los ochenta una cuarta parte del grano consumido procedía de importación, al mismo tiempo que una quinta parte de la cosecha no llegaba a ser aprovechada por la ineficiencia de la maquinaria económica. ¿Alcanzaba también esta crisis del sistema soviético a la política? En algún aspecto sí, a pesar de que no estuviera tan claro y de que la reforma económica pareciera imponerse como máxima urgencia para los reformadores de la posterior "perestroika". La URSS era en los años ochenta un "Estado de Naciones" diversas que podía experimentar en el futuro un grave problema de fragmentación de no ponerse los medios para evitarlo. Lenin utilizó la fragmentación de la Rusia de los zares para sus propósitos revolucionarios pero Stalin llevó a cabo una decidida labor unificatoria que todavía tendió a exacerbarse durante el período de la Segunda Guerra Mundial. Con el paso del tiempo, sin embargo, esta unidad tendió a resquebrajarse. En la Unión Soviética se contabilizaban en los años ochenta hasta noventa nacionalidades. Sólo algo más de la mitad de la población eran rusos; del resto, algo más de la mitad eran ucranianos o bielorrusos y la porción siguiente en importancia era la de los musulmanes. Lo decisivo resultaba en los años ochenta que los porcentajes tendían a modificarse con el transcurso del tiempo: para el año 2.000 resultaba previsible una situación en la que los rusos habrían perdido la mayoría mientras que los musulmanes serían ya el segundo grupo humano. Pero estos cambios en las proporciones se veían complicados aún más por el hecho de que, por ejemplo, los Países Bálticos tenían un crecimiento demográfico pequeño, nivel de vida alto y una fuerte inmigración rusa, mientras los musulmanes crecían mucho y tenían un nivel de vida bajo. En la URSS de los ochenta convivían, pues, niveles de vida y demografías muy distintas constituyendo el vínculo de unión, por el momento inatacable, un Estado y, sobre todo, un partido. Existía también un sentimiento nacional "granrruso" pero de él cabe decir que su mera existencia entraba en conflicto con los otros nacionalismos menores. Pocos a la altura de los ochenta veían el problema de la fragmentación nacional como uno de los más acuciantes de cara al futuro, pero cuando surgió, como veremos, resultó el más agobiante de todos. El sistema político parecía sólido. Dirigido por una élite de unas 250.000 personas que formaban la "nomenklatura", que llevaba una vida aparte y en gran medida secreta, tenía como función no sólo la dirección de la política y la administración del país sino también la imposición de unas pautas mentales destinadas a homogeneizar al conjunto de la población en favor de la ideología marxista-leninista. Pero ya en esta época había signos de debilitamiento de esta especie de dictadura totalitaria. Los individuos podían evolucionar hacia una aceptación pasiva y resignada de la situación política eludiendo cualquier responsabilidad o derivando hacia comportamientos asociales. La dictadura más que personal o totalitaria, como en la época de los años treinta a los cincuenta, parecía ya burocrática y colectiva al mismo tiempo que se había vuelto más adaptativa respecto a la sociedad. Se había producido una cierta desideologización (o, por lo menos, una conversión de la ideología en algo mucho menos movilizador que en el pasado) y las diversas instancias del partido solían arbitrar soluciones pactadas sin que eso supusiera la existencia de un pluralismo real. Existía, en fin, una importante disidencia política, principalmente intelectual, reducida a quizá tan sólo dos millares de personas. Muchas de ellas difícilmente hubieran podido ser asimiladas a demócratas en el sentido occidental del término (éste era el caso de Solzhenitsin, aunque no el de Sajarov) pero el mero hecho de su existencia denotaba ya, al menos, un comienzo de cambio en la antigua URSS.
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Ingres se adhirió con entusiasmo a la restauración borbónica que sucedió a la república y al imperio francés. Intérprete del poder de Napoleón en su momento, se mostró igualmente fiel a Luis Felipe y a sus herederos. Este cuadro fue un encargo del Marqués de Pastoret, sobre la gloriosa historia medieval de Francia. Ingres realiza un canto al regreso del orden que simboliza la monarquía, con todos los elementos necesarios.El Delfín, título que se le concede al heredero del trono francés, era el futuro Carlos V, que había tenido que huir de Francia ante la victoria del traidor Etienne Marcel, que puso en el trono a Carlos II de Navarra. Tras la guerra civil y el caos, el príncipe regresa aclamado por su pueblo y los regentes. Ingres se documentó exhaustivamente para plasmar correctamente la escena. El pasaje aparece descrito en las "Crónicas" de Froissart, del siglo XIV. La figura del Delfín está copiada de un retrato de la época que se encontraba en el Louvre. Los vestidos, arquitecturas, pendones militares, paisaje y demás los recreó a partir de las Grandes Crónicas de Francia, de Jean Fouquet, pintadas en el siglo XV. Los símbolos del poder pacificador de la monarquía están presentes en todos los personajes. El Delfín viste las ropas con los emblemas de la monarquía. Su entrada es dirigida por Jean Pastoret, primer presidente del Parlamento francés, que junto a los dos regentes se descubren la cabeza en un gesto de lealtad. A la derecha está arrodillada la familia del traidor Marcel, a quien el Delfín restituyó parte de sus posesiones en un gesto de magnanimidad. Por último, en el ángulo inferior izquierdo podemos ver a un perro famélico que roe un sombrero ricamente adornado con cintas: es la imagen del hambre y la violencia que han asolado al país durante la ausencia del rey. En fin, resulta patente la alusión en paralelo que Ingres estaba haciendo al pasado reciente de Francia.
contexto
Si Pierre de Fredi, barón de Coubertin, levantase la cabeza, sería para sujetarla entre sus manos de asombro. El renovador del espíritu olímpico moderno concibió una reedición de la Olimpiada griega como la fiesta de la paz, la amistad y la comunicación entre los pueblos, sustentada en una independencia absoluta de la política y la perpetuidad del deporte aficionado. La política se deja ver con insistencia en el palco de los estadios, y el amateurismo se ha convertido en una forma más de ganar mucho dinero.En la primera mitad del siglo XX varios campeones olímpicos fueron desposeídos de sus medallas e inhabilitados para participar en sucesivos Juegos por haber percibido remuneraciones económicas que se consideraron excesivas. Era un intento vano por mantener a los deportistas olímpicos lejos del dinero. Hoy, nadie se atrevería a quitar sus ocho medallas de oro a Carl Lewis por haber cobrado por ello. Los tiempos han cambiado. El deporte es un fabuloso espectáculo de masas, una fiesta esperada por muchas personas, de la que dependen también muchas personas. Es un gran negocio, una ingente industria que genera dinero más allá del terreno de juego. Algunos estudios norteamericanos valoran el volumen de negocio anual que representa el deporte en 150.000 millones de dólares (unos 20 billones de pesetas). El presidente del Comité Olímpico Internacional, Juan Antonio Samaranch, reconoce esa dependencia del deporte moderno: "La amenaza mercantilista a las Olimpiadas no procede de los atletas, tanto si reciben 10 dólares como 50.000 durante su carrera deportiva regular. El peligro está en que las federaciones deportivas pierdan independencia ante las televisiones, los promotores y los agentes". En efecto, del deporte dependen, por ejemplo, empresas de material y equipamiento deportivo, de comunicación, constructoras, agencias de publicidad y otras muchas áreas que de forma directa o indirecta están vinculadas al deporte. De un gol o un record dependen las ilusiones de muchos millones de personas, y el acierto de un árbitro puede justificar una campaña de publicidad. Los artistas del deporte, los ídolos, se han convertido en hombres-anuncio que generan pingües beneficios. Hoy, el deportista puede vivir, y muy bien, de su privilegiada forma física. Pocos son los que abandonan su especialidad a los treinta años para sacar adelante a su familia. Se eternizan en el vestuario exprimiendo su talento. Algunos ganan tanto dinero que se permiten protagonizar episodios insólitos. El norteamericano Michael Jordan, por ejemplo, abandonó la NBA, la liga profesional de baloncesto, en 1993, cuando sólo tenía treinta años. Para unos era el mejor jugador de la historia. Sumido en una depresión desde el asesinato de su padre, renunció a las posibilidades de engordar su cuenta corriente y su vanidad: encabezaba, por segundo año consecutivo, el ranking que la revista norteamericana Forbes elabora anualmente sobre las ganancias de los deportistas de elite: en su último año profesional, se embolsó 5.040 millones de pesetas, 4.480 de ellos procedentes de la publicidad. Después, mató su insaciable vocación deportiva en los Medias Blancas de Chicago, un equipo de béisbol profesional que lo mantuvo de suplente, hasta que regresó de nuevo a la NBA. La mercantilización del deporte de masas ha cambiado muchas cosas también en el deporte aficionado, no sólo en disciplinas superprofesionalizadas como la NBA. El atletismo, máxima expresión de la lucha del hombre contra los elementos naturales (correr, saltar y lanzar son una constante en la historia humana), dista mucho de ser lo que fue en tiempos de la Grecia clásica. El nuevo concepto del deporte ha hecho a Carl Lewis, el mejor atleta de todos los tiempos y el más profesional de los atletas aficionados, ganar nada menos que 420.000 pesetas por zancada. Los organizadores de una carrera que le enfrentó en la prueba de los 100 metros lisos a su máximo rival, el británico Linford Christie, en julio de 1993 en Gateshead (Inglaterra), ofrecieron bolsas de 21 millones por barba. No es mucho. En Yakarta (Indonesia), una carrera urbana de 10 kilómetros premia con 70 millones de pesetas el record del mundo de la distancia. Pero ambos ejemplos no son los únicos que ruborizarían al barón de Coubertin por la profesionalización del amateurismo, término importado que define -o trata de definir con dudoso éxito- el deporte aficionado, sobre todo el olímpico. Incluso en países más austeros como los del extinto Telón de Acero, se empieza a sacar partido del sudor, más allá de las medallas. El hombre que más salta ayudado de una pértiga, el ucraniano Sergei Bubka, dosifica sus records mundiales para obtener su jugo, centímetro a centímetro: cada vez que lo consigue, y lleva más de 30 desde 1985, su bolsillo engorda al menos en cinco millones de pesetas. En otros deportes genuinamente olímpicos y en teoría aficionados, como la natación, la evolución de esa hegemonía del pecunio sobre el podio es más lenta, pero también se impone. Los norteamericanos Matt Biondi y Tom Jager han cambiado a base de plantes el concepto estrictamente deportivo de la competición. Primero consiguieron incluir la prueba de los 50 metros libres en el programa olímpico, en la que ambos eran especialistas. Luego idearon el fijo económico de salida, que ya existía en otros deportes. El nadador profesional entrena al menos seis horas diarias -tres veces más que el futbolista más sacrificado-, nunca nada menos de 10.000 metros cada día, y eso, dicen, hay que pagarlo. Ambos encabezan el ranking de caché que exigen sus representantes por participar en encuentros amistosos. Se les contrata, como al atleta Carl Lewis, como al cantante Frank Sinatra, para dar espectáculo, y su presencia es garantía de fuertes ingresos en taquilla para el organizador. El dinero ya no es, por tanto, exclusivo del fútbol, aunque en esto también sigue siendo el deporte rey. Diego Armando Maradona, para muchos el mayor virtuoso del balón de la historia, cobró casi 600 millones de pesetas en su última temporada en activo, en el Sevilla. Los dirigentes del club andaluz reconocen que la operación, con ser costosa, les reportó beneficios: la sola presencia del astro argentino se tradujo en llenos en el estadio domingo tras domingo. Y las televisiones preferían en ocasiones retransmitir cualquier encuentro de la jornada. En concepto de fichajes, en cambio, el de Maradona por el Barcelona hace doce años, no es hoy más que una reliquia estadística. Los 800 millones, de los de 1982, que pagó el club catalán por el entonces emergente Pelusa, resultan hoy irrisorios frente a los 4.000 que pagó el Milan del magnate italiano Silvio Berlusconi en 1992 por el futbolista turinés Gianluigi Lentini. O los cerca de 10.000 que pagó el Real Madrid por Luis Figo. Dinero llama a dinero. No hay partidos amistosos, ni exhibiciones benéficas, ni intentos de batir records por amor al arte. Esa espiral económica ha afectado al estado de salud del deporte y a su espíritu fundacional. La importancia del dinero para los clubs de fútbol y baloncesto ha obligado a las autoridades deportivas españolas a redactar una ley que convierte los clubs deportivos profesionales en sociedades anónimas (SA), para que los propios directivos y empresarios representados en su consejo de administración respondan con su patrimonio de la deuda creciente de ambos deportes. En el caso del fútbol, el 30 de junio de 1992, cuando expiraba el plazo de conversión en SA, el fútbol español tenía un pasivo de 30.000 millones de pesetas. La contratación de jugadores extranjeros superpagados, la costosa construcción de instalaciones deportivas, la gestión basada en criterios del deporte aficionado, y los escasos ingresos de taquilla, llevaron a muchos clubs al borde de la desaparición. La financiación del fútbol procede de las taquillas, los derechos de televisión y el patrocinio comercial de empresas privadas. Una pequeña aportación de la popular quiniela redondea el presupuesto de los clubs. No siempre es suficiente. En baloncesto, el problema ha sido en algunos casos más acuciante. La americanización de las normas, en una presunta búsqueda del espectáculo, ha permitido contratar más jugadores extranjeros -comunitarios o no-, y la disputa de una liga más igualada ha incrementado la emoción en países como Grecia, Italia, Turquía y España. En este país, grandes clubs como el Real Madrid y el Barcelona, con secciones dentro del club matriz de fútbol, han homologado los sueldos de los jugadores de ambos deportes, y a sus directivos no les salen las cuentas: el mejor aforo concentra a 12.000 espectadores. El incremento del presupuesto destinado a este deporte ha permitido a los clubs contratar también a entrenadores de prestigio, americanos y europeos. La fórmula casi siempre da sus frutos. Gracias al dinero, España también consiguió preparar con garantías los Juegos de Barcelona, en el quinquenio previo a 1992. La presencia de técnicos yugoslavos, rusos, lituanos, cubanos, húngaros, chinos, para deportes minoritarios que tenían poca opción en la gran cita olímpica, ayudó a conseguir las 22 medallas de los deportistas españoles. Tiro con arco, boxeo, piragüismo, waterpolo, judo... contaron con presencia extranjera en el banquillo y con instalaciones apropiadas. Un total de 12.000 millones de pesetas destinó el programa ADO (Asociación de Deportes Olímpicos) en la financiación de la preparación de los deportistas españoles para los Juegos de 1992: un peculiar sistema de mecenazgo atribuyó cada especialidad a una empresa, que se ocupó de su respaldo económico. La cita olímpica española era un reclamo interesante para la firma, y la repercusión se traducía en la cuenta de resultados.El deporte aficionado que preconizaba el aristócrata Coubertin no conserva, por tanto, sus principios inmaculados. Su importancia publicitaria no sólo es aprovechada por las firmas comerciales. Muchos políticos también han adivinado a lo largo del siglo XX el suculento beneficio que podía representar para su carisma la utilización de grandes acontecimientos deportivos con fines más o menos perversos. Silvio Berlusconi ha utilizado el equipo de fútbol del Milan para presentarse a las elecciones italianas. Jesús Gil, presidente del Atlético de Madrid, nunca ha negado que la popularidad de su cargo lo catapultó a la alcaldía de Marbella (Málaga). El interés no es nuevo. Desde su origen en Grecia, los Juegos de la antigüedad trataron de discernir entre deporte y política: una "tregua de los dioses" prohibía atacar a la ciudad-estado que organizaba los juegos. Así se preservaba la inviolabilidad de la sede y su aislamiento de todo interés bélico y político.Pero el interés propagandístico, la condición de escaparate que siempre ha acompañado a cada edición de los Juegos ha activado la codicia de los especuladores. Un ejemplo cercano en la historia es Adolf Hitler, que pretendió utilizar los Juegos Olímpicos de Berlín, en 1936, como aldabonazo de la raza aria. Un atleta negro norteamericano, Jesse Owens, ganador de cuatro medallas de oro sobre pistas de ceniza, echó tierra al intento del Führer de llenar los podios de rubios alemanes. Hay múltiples vertientes de esa acepción. En España, el régimen de Franco aprovechó goles como el de Marcelino a Rusia, en 1964, o el de Zarra a Inglaterra, en 1950, para exaltar la furia española y el concepto de patria. La victoria de Paquito Fernández Ochoa en los Juegos Olímpicos de Sapporo, en 1972 tan inesperada como fructífera para el régimen, representó el mejor "slogan" sobre el esquí para las autoridades deportivas españolas. Las dictaduras no desestiman la oportunidad que representa un acontecimiento deportivo para consolidar su legitimidad. El gobierno del general Jorge Rafael Videla se apropió del éxito de la selección argentina de fútbol de Mario Kempes, con tanto entusiasmo como en la calle los aficionados aprovecharon el trasfondo social de la victoria. El objetivo de ambas celebraciones era bien distinto. Fidel Castro, el presidente de Cuba, aprovecha los éxitos del atleta Javier Sotomayor, "recordman" de salto de altura, y de sus jugadores y jugadoras de voleibol y baloncesto, embajadores principales del deporte cubano en el mundo, para diluir las penurias económicas que atraviesa la isla caribeña, entre el embargo exterior y el aislamiento interior. El fenómeno no escapa a los regímenes democráticos. Con el gobierno socialista ya maduro, en 1986, en la repetición de los goles de Butragueño contra Dinamarca en el mundial de México apareció, sobreimpresionado de forma casual en Televisión Española, el puño y la rosa del logotipo del partido, lo que algunos interpretaron como manipulación propagandística. Es el fútbol un fenómeno goloso que trasciende el pitido del árbitro. En 1969, un partido entre Honduras y El Salvador por la clasificación para el Mundial de México 70 suscitó incluso un conflicto bélico: ganó El Salvador, y los hondureños invadieron el país vecino. La guerra duró una semana, gracias a la intervención de la Organización de Estados Americanos.Cuanto más importante es el acontecimiento, mayor es la posibilidad de altercado, por los intereses políticos y comerciales que giran en torno al deporte. Los trabajadores en huelga interrumpen la Vuelta Ciclista a España; simpatizantes de ETA irrumpen en espectáculos deportivos; las giras del equipo surafricano de rugby fueron seguidas por manifestantes que oponían al régimen de "apartheid" (de segregación racial) impuesto en su país. El deporte es un buen escaparate para algunos objetivos: en los años de la transición española, entre 1975 y 1982, hubo dos amenazas de bomba en partidos de baloncesto celebrados en Vitoria, y dos atentados, en Valencia y Tolosa, en partidos de fútbol. El ritmo ha decrecido con los años, aunque aún en 1993 se desactivó un coche-bomba de ETA en las proximidades del estadio Vicente Calderón, del Atlético de Madrid. Pero a veces el deporte consigue lo que no logran los votos. Más allá del Telón de Acero, desde la Segunda Guerra Mundial no sólo ha sido una forma de legitimar gobiernos más o menos totalitarios. También fue un instrumento de ascenso social. Para las mujeres, casi el único. Para una joven de Chescoslovaquia o la URSS, el deporte era una forma de vida, una dedicación exclusiva que perseguía el éxito, a veces a cualquier precio. Muchos atletas preferían ingerir sustancias prohibidas para mejorar sus marcas con tal de conseguir un apartamento. Todavía continúa hoy el goteo de casos de "dopaje", hasta hace poco sólo sospecha, promovido por entrenadores de postín de campeones olímpicos o mundiales, en las extintas RDA o la URSS. Los dirigentes comunistas vieron en el deporte una forma más de triunfo sobre Occidente. El bloque del Este no entró a formar parte en los Juegos Olímpicos hasta los de 1952, en plena guerra fría. En vísperas de la Segunda Guerra Mundial, en la URSS se consideraba a los Juegos Olímpicos como un acontecimiento burgués, que era preciso humillar. En 1952, la URSS perdió con Yugoslavia en el campeonato de fútbol de los Juegos, lo que llevó a Stalin a pedir explicaciones a Tito. La URSS acabó con el mismo número de medallas que Estados Unidos, y la ceremonia de celebración para el equipo soviético fue cancelada. Muchos años después algunos miembros del equipo olímpico de 1952 no habían recibido su medalla. El poder del deporte lo ha convertido incluso en la única forma de acercamiento entre los dos bloques en varias etapas del siglo XX. Pero también de distanciamiento. Dos de los episodios más tristes en la historia del olimpismo son recientes: los boicots de Moscú 80 y Los Angeles 84 entre las superpotencias y sus aliados. En Moscú no estuvo la delegación de Estados Unidos, que pretendía obtener una respuesta política a la invasión de Afganistán por los soviéticos. El asunto encerraba también uno de los más estrepitosos síntomas de ignorancia de la clase política sobre el deporte. A comienzos de 1980, apenas seis meses antes del comienzo de los Juegos, el presidente norteamericano James Carter, y la primera ministra británica Margaret Thatcher, sugirieron cambiar de sede la organización olímpica, que en esa edición tenía a 10.000 atletas de 160 países inscritos. Hay quien insinúa que Estados Unidos y Gran Bretaña no se echaron atrás en su decisión de boicot por no admitir lo descabellado de su proposición. Cuatro años después, en Los Angeles, no estuvieron la URSS y sus países aliados, aduciendo razones de seguridad, aunque el trasfondo era propagandístico: la revancha política de la edición precedente. El boicot es una figura tristemente frecuente en la historia próxima. Nadie ha hecho boicot al movimiento olímpico o sus fundamentos, pero son varias las renuncias por motivos políticos. El país o grupo de países que no comparece pretende poner de manifiesto las contradicciones del país anfitrión con el ideal olímpico de paz y convivencia que se presupone al acontecimiento. Así tratan de contrarrestar el impagable componente propagandístico que revierte en el organizador. España, el Gobierno de la República, decidió no acudir a los Juegos nazis de Berlín, en 1936. Y tampoco a los de Melbourne, en 1956 (junto con Suiza y Holanda), por la invasión soviética de Hungría. Egipto, Irak y Líbano, en cambio, no fueron en protesta por la ocupación del canal de Suez. Indonesia y Corea del Norte se retiraron en Tokio 64 porque China fue invitada a competir en Yakarta. Y Corea del Norte y Cuba, reductos comunistas en el planeta, no desfilaron en Seúl 88. Hay otras versiones de renuncias, de las que también existen ejemplos. El boicot racial ha sido el único prejuicio estatal que ha llevado al Comité Olímpico Internacional a excluir de unos Juegos a un país. Sudáfrica ha estado excluida de la mayor fiesta del deporte por practicar el "apartheid". Los desagravios raciales también motivaron el boicot que los partidos africanos, árabes y del Caribe hicieron a los juegos de Montreal, en 1976, en protesta por la participación de un equipo de rugby de Nueva Zelanda en Sudáfrica. Aunque el rugby no es deporte olímpico, los países negros protestaban porque el país oceánico no fue excluido de los Juegos.
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Descubierto en el fondo de la ría del Odiel en 1923, es uno de los hallazgos más espectaculares de la metalurgia atlántica del Bronce Final. Estaba formado por más de 400 piezas de las cuales casi la tercera parte se conservaba completa, siendo muy abundantes las armas - espadas de lengua de carpa, puntas de lanza, de flecha, puñales - y también objetos de adorno como fíbulas, broches de cinturón, botones y torques, todo ello fabricado con una aleación muy homogénea. La variedad de objetos que componían el depósito y el hecho de que fueran piezas usadas hizo pensar que se trataba del cargamento de un barco hundido que los transportaría a uno de los talleres atlánticos donde sería destinado a la refundición. Sin embargo, la homogeneidad de las aleaciones y de los tipos de piezas que lo componen hace que se rechace actualmente esta interpretación, porque un detallado estudio de los lugares de aparición de armas similares a las de Huelva, en la Península, demuestra cómo éstas eran arrojadas a las aguas en lugares estratégicos o enterradas junto a vados y lugares de obligado paso, como ofrenda votiva, funeraria o no, de armas a las aguas. Estos hechos coinciden con un periodo del que no se han hallado las necrópolis, lo cual permite pensar en la existencia de un ritual funerario con la deposición del cadáver y de las ofrendas en el agua.
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Los asirios continuaron una tradición legislativa ya comenzada por sumerios y babilonios que nos ha dejado, no obstante, una menor cantidad de material jurídico y legislativo. Los más antiguos textos legales son un conjunto de tablillas pertenecientes a las colonias asirias de Capadocia, y que incluyen contratos, cartas y disposiciones). También conocemos algunas actuaciones ejecutivas y judiciales del karum de Kanish, cuyo comité o consejo central (pukhrum) era el entendido en velar por la buena marcha de la colonia (procesos contra comerciantes-contrabandistas que eludían el pago de tasas en ruta o que comerciaban con mercancías prohibidas o restringidas). Del Imperio medio se conservan numerosas actas jurídicas (actas de compraventa o duppu dannatu y actas de donación o zitti ekalli), así como las denominadas, aunque impropiamente, Leyes asirias, localizadas en Assur e inscritas en catorce tablillas muy fragmentadas. Las mismas, que datan de finales del siglo XII, fueron compiladas por Tiglath-Pileser I y reflejan un Derecho mucho más antiguo. Consisten en un conjunto de unos cien artículos, donde se regulan situaciones de Derecho penal y matrimonial, reglamentos de control y propiedad, garantías, asuntos agrarios y delitos. Lo sorprendente de estas normas, que fueron elaboradas por juristas particulares y sancionadas por el monarca con rango de ley, es la gran dureza de las penas propuestas. En el siglo XII se redactaron unas Ordenanzas palatinas, compiladas también en época de Tiglath-Pileser I, consistentes en 23 reglas, de diferentes épocas, destinadas al funcionamiento interior del palacio y del harén. Gracias a ellas, sabemos algo de la condición de las mujeres del rey, cuya vida se desenvolvía en los aposentos reales bajo la vigilancia de eunucos. De la etapa sargónida se posee abundante documentación jurídica, destacando la que han proporcionado los archivos de Nínive, Kalhu y Guzana y que nos ilustra sobre la administración de aquella época.
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Una de las mayores aportaciones del mundo romano a la Historia es el Derecho, sobreviviendo los elementos fundamentales a la sociedad que los creó. Las leyes de las XII Tablas se consideran el punto de partida del sistema legal romano. Los primeros entendidos en el Derecho serían los pontífices, siendo los consejeros de jueces y particulares. Sus comentarios serán los primeros pasos de la literatura jurídica. Este primer Derecho pontificio estaba vetado a los profanos, al mantener un carácter sacro por lo que Cneo Flavio publicará la lista de los días que se celebraban los juicios. De esta manera los sacerdotes abandonaban su monopolio y se inicia la jurisprudencia pública. La actividad legislativa será aumentada cuando las Asambleas populares, los magistrados y el Senado aumenten el número de edictos promulgados. Incluso llegaron a realizarse recopilaciones de leyes que habían sido promulgadas por los pretores (ius praetorium) o los ediles curules (ius aedilicium) conformando el ius honorarium o Derecho de los magistrados. El poder judicial reside en manos de los pretores desde el año 336 a.C. Los otros magistrados tenían un poder muy limitado en comparación con el pretor. El proceso civil se iniciaba cuando el querellante invitaba al demandado a presentarse ante el pretor. Si el demandado se negaba, el querellante podía utilizar la fuerza para llevarle a juicio. El Estado declinaba la potestad de la citación en los ciudadanos. Los jueces eran elegidos por las partes entre los inscritos en una lista que anualmente preparaba el pretor para ese efecto. Si ambas partes llegaban a un acuerdo sobre los hechos juzgados, el pretor decidía. La fórmula más antigua de proceso civil que tenemos noticia es la llamada de legis actio, declaración de un ciudadano ante el pretor de sus derechos. El pretor poseía la facultad de rechazar o dar curso a la instancia presentada por el demandante. Las causas penales eran mucho más sencillas, entre otras cosas porque los crímenes que juzgaban eran menores: incendio doloso, asesinato, destrucción de cosechas de manera intencionada. La antigua Ley del Talión será sustituida por una multa que recibe el agredido. La jurisdicción sobre las causas penales recaía en los reyes en un primer momento para pasar a los magistrados en los tiempos de la República que dejaron paso a las Asambleas populares. Si durante la época republicana el Derecho alcanzó un importante grado de desarrollo, en el Imperio tomará unas proporciones vastísimas, parejas a las dimensiones y cantidades de población que habitaban dentro de las fronteras. Las fuentes del Derecho serán las leyes dictadas por los emperadores y los decretos senatoriales. Las leyes del emperador se dividían en: edictos -disposiciones para toda la población-, mandatos -para los funcionarios-, rescriptos -disposiciones sobre temas aislados- y decretos - decisiones sobre problemas judiciales-. Entre los siglos II y III adquieren especial importancia los juristas, intérpretes del Derecho ahora laicos, entre los que destacan Gayo y Papiniano.
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Por encima del arte, la ciencia o la filosofía, sin duda el Derecho romano será una de las mayores aportaciones a la Historia cultural y política del mundo occidental, sobreviviendo los elementos fundamentales a la sociedad que los creó. Las leyes de las XII Tablas se consideran el punto de partida del sistema legal romano. Los primeros entendidos en el Derecho serían los pontífices, siendo los consejeros de jueces y particulares. Sus comentarios serán los primeros pasos de la literatura jurídica. Este primer Derecho pontificio estaba vetado a los profanos, al mantener un carácter sacro. Por esto Cneo Flavio publicará la lista de los días que se celebraban los juicios. De esta manera los sacerdotes abandonaban su monopolio y se inicia la jurisprudencia pública. La actividad legislativa será aumentada cuando las Asambleas populares, los magistrados y el Senado aumenten el número de edictos promulgados. Incluso llegaron a realizarse recopilaciones de leyes que habían sido promulgadas por los pretores (ius praetorium) o los ediles curules (ius aedilicium), conformando el ius honorarium o Derecho de los magistrados. El poder judicial reside en manos de los pretores desde el año 336 a.C. Los otros magistrados tenían un poder muy limitado en comparación con el pretor. El proceso civil se iniciaba cuando el querellante invitaba al demandado a presentarse ante el pretor. Si el demandado se negaba, el querellante podía utilizar la fuerza para llevarle a juicio. El Estado declinaba la potestad de la citación en los ciudadanos. Los jueces eran elegidos por las partes entre los inscritos en una lista que anualmente preparaba el pretor para ese efecto. Si ambas partes llegaban a un acuerdo sobre los hechos juzgados, el pretor decidía. La fórmula más antigua de proceso civil que tenemos noticia es la llamada de legis actio, declaración de un ciudadano ante el pretor de sus derechos. El pretor poseía la facultad de rechazar o dar curso a la instancia presentada por el demandante. Las causas penales eran mucho más sencillas, entre otras cosas porque los crímenes que juzgaban eran menores: incendio doloso, asesinato, destrucción de cosechas de manera intencionada. La antigua Ley del Talión será sustituida por una multa que recibe el agredido. La jurisdicción sobre las causas penales recaía en los reyes en un primer momento para pasar a los magistrados en los tiempos de la República que dejaron paso a las Asambleas populares. Si durante la época republicana el Derecho alcanzó un importante grado de desarrollo, en el Imperio tomará unas proporciones vastísimas, parejas a las dimensiones y cantidades de población que habitaban dentro de las fronteras. Las fuentes del Derecho serán las leyes dictadas por los emperadores y los decretos senatoriales. Las leyes del emperador se dividían en: edictos -disposiciones para toda la población-, mandatos -para los funcionarios-, rescriptos -disposiciones sobre temas aislados- y decretos - decisiones sobre problemas judiciales-. Entre los siglos II y III adquieren especial importancia los juristas, intérpretes del Derecho ahora laicos, entre los que destacan Gayo y Papiniano.
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En Mesopotamia existía ya desde la época sumerio-acadia una importantísima tradición legislativa, que heredarán los babilonios. Hacia el año 1790 a.C., antes de que se constituyera el Imperio babilónico, el rey Dadusha de Eshnunna elaboró el primer Código en lengua babilónica, del cual hoy conocemos 60 artículos. Muy poco después se promulgó el Código más famosos de toda la Antigüedad, el redactado por Hammurabi hacia el año 1752 a.C. Este Código, integrado 282 normas según las modernas ediciones, fue mandado tallar en numerosas estelas para ser fijadas en las principales ciudades del Imperio, una de cuyas copias es la famosa estela que hoy se conserva en el Louvre de París. El Código de Hammurabi, sin embargo, nunca llegó a ponerse en práctica. La obra se divide en tres secciones -prólogo, articulado legal y epílogo- y trata en ellas toda una amplia variedad de materias y asuntos tan diversos como la propiedad, la familia, los salarios de algunas profesiones, el castigo a los esclavos o la brujería. La infracción a la ley conlleva un castigo económico, pagadero en plata o cereal, y físico, con castigos corporales o la muerte. El principio fundamental del Código de Hammurabi es la ley del talión ("ojo por ojo, diente por diente"). Sin embargo, la aplicación de las penas no era igualitaria, sino que dependía de la condición social. Importantes eran también los edictos de justicia o misharu, privilegios reales concedidos a sus súbditos, generalmente condonaciones de deudas otorgadas por el rey con motivo de su subida al trono. El edicto más famoso fue el del rey Ammisaduqa (1646-1626 a.C.), de 22 cláusulas. En época cassita (1507-1157 a.C.) la actividad jurídica dejó una importante novedad en el campo de las transacciones inmobiliarias, principalmente en las donaciones de tierras. La propiedad de la tierra quedaba consignada en unos mojones ovoides y de pequeño tamaño llamados kudurru, que simbolizaban la propiedad del individuo y sus herederos. En ellos se grababan bajorrelieves con escenas o signos religiosos, a modo de legitimación sagrada de la propiedad.
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La ley islámica es una ley canónica denominada sharía o vía, cuya base se encuentra en el Corán y en la Sunna, contenida por los hadices. Es, por lo tanto, una ley de carácter divino transmitida expresamente a Muhammad y escrita en el libro sagrado, el Corán. Otras fuentes del derecho son el consenso o consentimiento de la comunidad musulmana (iyma) y la deducción analógica (qiyas), aunque ésta última no está admitida por ciertas escuelas ni tendencias heterodoxas. Ambas permiten extender la aplicación a otras disposiciones. El ser humano no es legislador, sino que aplica la ley de Dios, universal y perfecta. Esto provoca que todo aquel que transgrede la religión incumple a su vez la ley canónica, dando lugar a una clasificación de actos humanos en "obligatorios", bien para cada individuo (fard ayn), bien colectivamente y debiéndose cumplir por toda la sociedad (fard kifaya); "recomendables"; "permitidos" o "indiferentes"; "reprobados", sin ser castigados, pero contrarios a los principios de la ley y, por último, "prohibidos", objeto de sanción legal. Dependiendo de las escuelas existirá una interpretación u otra, sin existir una total unanimidad al respecto.