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Guerra de Vietnam

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Entretanto, Mac Arthur se había trasladado al frente de operaciones y se encontró con el caos. En unas 72 horas, las tropas norcoreanas se habían plantado en los arrabales de Seúl, la antigua capital, que sufría el bombardeo de artillería, morteros y lanzagranadas. El Gobierno de Syngman Rhee -a quien podía considerarse todavía como presidente- se había trasladado al Sur, a Taejon. La confusión era tal que ni siquiera los oficiales que tenían que recibir a Mac Arthur pudieron dar con él. "Por último -escribe el general- abordé un jeep y bajo continuos ataques aéreos me dirigí hacia el río Han, al norte, encontrando a mi paso a un ejército derrotado. Allí tropezamos con fuerzas de retaguardia surcoreanas que trataban de defender unos puentes". "El panorama era estremecedor. Al otro lado del Han -que también discurre por Seúl, la capital-, vimos que ésta, ocupada ya por el enemigo, era un humeante mar de llamas. Junto a los puentes llovían las granadas del enemigo. Por todas partes se veían soldados en retirada, se destacaban las cruces rojas de las ambulancias repletas de hombres heridos. En el aire silbaban los proyectiles anunciando la muerte, y la desolación se había adueñado del campo de batalla. Por si esto fuera poco, una verdadera oleada de refugiados taponaba las carreteras. Sin proferir la menor queja, marchaban hacia el sur, llevando a hombros sus escasas pertenencias y de la mano a los niños, con los ojos muy abiertos por el miedo; eran los representantes de un pueblo orgulloso y duro, habituado durante siglos a vivir cerca del desastre".

La Guerra de Corea fue una guerra singular. En principio, fallaron los servicios de inteligencia de cada uno de los bandos y Douglas Mac Arthur escribió dos tratados de psicología y estrategia y se quedó a las puertas de elaborar un tercero. La teoría de los despachos -visto bueno de la ONU para ayudar a los surcoreanos- tenía poco que ver con la realidad caótica que había sufrido Mac Arthur en sus propias carnes. Su primer acierto para dar la vuelta al desastre fue aprovecharse de una ventaja psicológica: los soviéticos no esperaban la participación de los norteamericanos y, por tanto, ignoraban hasta dónde podía llegar la ayuda de éstos a los surcoreanos. Mac Arthur exigió que "se vieran uniformes del Ejército norteamericano". Y prefirió la urgencia de esta presencia a la buena organización y a la preparación de los combatientes. La treta dio resultado, aunque para ello fue necesario el sacrificio de la 24 División de Infantería, al mando del general Dean. La División fue prácticamente aniquilada y Dean cayó prisionero, pero el Norte frenó su ofensiva -siete Div. de Infantería, cinco Brig. de reserva, artillería pesada y 150 carros de combate T-34 y Stalin- pensando que aquello era una trampa y que, detrás, se aproximaba una fortísima ofensiva norteamericana. Si hubieran seguido su camino, Pusan hubiera caído en manos de las tropas del Norte y la situación se habría convertido en irreversible.

El segundo acierto de Mac Arthur fue el desembarco en Inchon. En el mes de septiembre, el panorama era desolador: "las tropas del General Walker -escribe Mac Arthur- combatían con el mar a retaguardia". Fue entonces cuando concibió la idea de un desembarco a las espaldas de los norcoreanos en Inchon, 30 kilómetros al oeste de Seúl. Varias reuniones de los más altos mandos del Ejército de Estados Unidos se opusieron a la idea: el jefe del Estado Mayor conjunto, Omar Bradley, de manera rotunda; el jefe del Estado Mayor del Ejército, general Collins, y el comandante supremo de la Flota, almirante Sherman, de manera parcial. La oposición se debía a las importantes dificultades de la operación. Los expertos de la Marina habían comprobado que las diferencias de la marea en Inchon eran de nueve metros en seis horas. Durante la bajamar, el cieno penetraba hasta tres kilómetros en el puerto y la corriente alcanzaba hasta una velocidad de seis millas náuticas. El único canal navegable era estrecho y tortuoso. Un par de minas o un barco hundido bastaban para obstruirlo. La marea alta se producía a las 6,59 y a las 19,19, ésta última a 27 minutos de la puesta del sol. Las fortificaciones del islote de Wolmi-do, de más de cien metros de altura, dominaban la bahía y el puerto de Inchon. Pero Mac Arthur hizo un fuerte envite: "Sólo tenemos dos posibilidades: desembarcar en Inchon o seguir soportando bajas en Pusan, donde la situación es poco menos que desesperada.

¿Quieren ustedes que nuestros hombres se dejen matar como corderos en esas posiciones erizo? ¿Quién aceptará la responsabilidad de la tragedia? Yo no, por supuesto (...) Si mis ideas son erróneas, y si las posiciones enemigas en Inchon resultan inexpugnables, entonces me personaré en el lugar de la pelea y ordenaré la retirada inmediata de nuestras fuerzas, a fin de evitarles una sangrienta derrota. En tal caso, mi fama de comandante de tropa quedaría mermada, pero ésta sería la única baja de consideración". El 15 de septiembre a las cuatro de la madrugada, un ataque feroz dejó desmanteladas las fortificaciones de Wolmi-do. A las 6,59 las lanchas de desembarco se lanzaban sobre Inchon. A las 8,00, el general Mac Arthur y su Estado Mayor, en el acorazado Mount Mac Kinley, recibían este informe: "Ha desembarcado la primera oleada de infantes de marina, estableciendo una cabeza de puente sin sufrir una sola baja". A las 19,19, en la segunda subida de la marea, desembarcaban las fuerzas del 10° Cuerpo de ejército. Al día siguiente, los norteamericanos se apoderaban de Kimpo -un aeropuerto entre Seúl e Inchon- y el 17 de septiembre era reconquistado Seúl. El Gobierno se trasladó de Pusan a la antigua capital.

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