Más recientemente el concepto de crisis bajomedieval se ha proyectado hacia ámbitos hasta ahora totalmente inéditos en la investigación histórica. Recordemos, en este sentido, los trabajos de F. Seibt, el cual, en su presentación del libro "Europa 1400. Die Krise des Spätmittelalters" (1984), ha analizado la crisis de fines de la Edad Media a partir de los conceptos de disfuncionalidad y de diversidad de perspectivas, señalando que la depresión no sólo fue demográfica, económica y social, sino que se encuentra también presente en otros muchos terrenos, como el político, el espiritual o el artístico. La abundancia de revueltas nobiliarias y de derrocamientos y asesinatos de reyes que tuvieron lugar en las últimas décadas del siglo XIV, la relevancia que adquiere el diablo hacia el año 1400, la amplia difusión de las predicciones apocalípticas y sibilinas, y en general de la literatura de vaticinios, la irrupción del autorretrato en la pintura o la nueva concepción del tiempo (no olvidemos que en el siglo XIV se propagaron los relojes mecánicos), serían algunas manifestaciones, sin duda significativas, de la crisis bajomedieval en los campos mencionados. Mas con estas opiniones se ha dado un salto gigantesco, desde las mortandades o la climatología adversa hasta el mundo del espíritu. Así las cosas, a la vista de las perspectivas abiertas por F. Seibt, nos atreveríamos a decir que estamos ante una autentica revolución historiográfica.
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En este marco limitado es imposible profundizar en la vorágine de los acontecimientos que desintegraron literalmente el poder califal. Desde 1009 al 1013, asistimos a unas luchas por la posesión de Córdoba entre los dos califas omeyas rivales: por un lado, Sulayman al-Mustacin -cuyas fuerzas beréberes eran insuficientes para permitirle imponerse- se dirigió a los cristianos de Castilla para pedir ayuda, y por el otro al-Mahdi, que pidió ayuda a los catalanes, que le enviaron importantes contingentes. La relación de fuerzas favorable al Islam que los amiríes habían impuesto cambió bruscamente. De repente, éstos se encontraron que eran los árbitros de las luchas confusas que se desarrollaban alrededor de Córdoba y pudieron aprovechar la situación. En julio de 1010, el hombre fuerte de al-Mahdi, el general esclavón Wadih, a quien los amiríes habían confiado el gobierno militar de la Marca en Medinaceli y que había logrado reinstalar a su califa en Córdoba, mandó asesinar a al-Mahid y lo sustituyó nuevamente por Hisham II. Los cordobeses asesinaron a Wadih en octubre de 1011 cuando intentaba escapar de la ciudad atacada continuamente por Sulayman al-Mustain y sus beréberes, que se habían instalado en Madinat al-Zahra'. Córdoba resistió un año y medio más pero finalmente se vio obligada a rendirse en mayo de 1012 y al-Mustain volvió a reinar hasta julio de 1016, después de haberse librado de Hisham II a quien, según parece, mandó asesinar. El acontecimiento más importante de estos tres años de calma relativa fue que al-Mustain decidiera nombrar a los beréberes que le habían apoyado en su lucha por el califato, al frente de los gobiernos provinciales. No conocemos el destino de algunos de estos gobiernos que se formaron sobre una base tribal, dado que las tropas beréberes siguieron estando organizadas en contingentes tribales. Así, no sabemos qué pasó con los Maghrawa, a los que fueron atribuidas las zonas situadas entre Córdoba y Mérida (al-yawf) ya fuertemente berberizadas. Pero la mayoría dieron lugar a la formación de las taifas beréberes de al-Andalus, la más importante de las cuales fue la de Elvira, la ciudad más importante de una kura que corresponde en la actualidad a la región de Granada. Le correspondió a Zawi b. Ziri, familiar de los emires ziríes de Qairawan, uno de los jefes beréberes más influyentes, que mandaba un fuerte contingente de sanhaya que habían, en tiempo del califato, abandonado a los fatimíes para ponerse al servicio de Córdoba. Otras pequeñas potencias de la misma índole, pero del grupo zanata, fueron instalados en Ronda, Arcos, Jerez y Carmona. Por otro lado, al-Mustain confirmó el gobierno local de ciertos jefes que se habían aliado a él como el tuyibí Mundhir b. Yahya (Mundhir I) de Zaragoza. Los jefes saqaliba de los puertos de al-Andalus oriental (entre los cuales destacaron Jayran de Almería, y Muyahid en Denia), no se sometieron a Sulayman al-Mustacin y consolidaron su poder de forma independiente como hacían en la misma época otros funcionarios o militares del mismo origen en Valencia y Tortosa. El caso más interesante es el de Muyahid quien, en el 405/1014-1015, reconoció como califa en su capital a al-Mulayti, un omeya, que le sirvió de garante para la ocupación de las Baleares y para el intento de conquista de Cerdeña que emprendió muy poco después. Acuñó algunas monedas a nombre de este califa que se pueden comparar con algunas emisiones -raras ciertamente- que realizaron los jefes saqaliba de la costa oriental durante la misma época. Estos intentos sin futuro, que se efectuaban siempre bajo autoridad de un califa, contrastan con la ausencia general de acuñaciones en las otras taifas en gestación: el primer poder local que acuñó monedas durante la crisis del califato fue el de Zaragoza, después del año 1024. En cuanto a al-Wayti, intentó hacerse con el poder por su cuenta durante la desdichada expedición de Muyahid a Cerdeña y fue expulsado a la vuelta de éste. Otro intento de los saqaliba para entronizar a un califa fue el de al-Murtada en el 1018, ligado al contexto de la lucha entre omeyas y hammudíes. En efecto, las condiciones políticas cambiaron fundamentalmente con la revuelta de Ali b. Hammud en Ceuta y Málaga. Este personaje era el jefe de una rama de los idrisíes del Magreb oriental integrada en el sistema cordobés en la época de la dominación sobre Marruecos. Convertidos en dignatarios del Estado califal, estos idrisíes conservaron sus lazos, tanto con los elementos beréberes que se encontraban en al-Andalus en la época de la fitna como con el Magreb mismo. Bajo el gobierno de Sulayman al-Mustain, el jefe de la rama, Ali b. Hammud, fue encargado del gobierno de Ceuta, dotada desde la época del califato de una guarnición andalusí. La anarquía que reinaba en al-Andalus le incitó a buscar el poder califal, para lo que le sería favorable su ascendencia alauí. Corrían rumores de que había recogido el testamento de Hisham II y que éste le había hecho su heredero (wali al-ahd). A partir del 402/1011-1012, su nombre aparece en el reverso de las monedas acuñadas en Ceuta en nombre del califa al-Mustain. Luego en el 405/1014-1015, hizo acuñar monedas en nombre de Hisham II, al que se asoció él mismo con el título de wali al-ahd. En el 406/1016, después de haber negociado la neutralidad solidaria de los ziríes de Granada y concluido tratados con diversos gobernadores, desembarcó en Málaga y luego se dirigió hacia Córdoba, de la cual se apoderó sin grandes dificultades. Ejecutado al-Mustain, Ali b. Hammud, que adoptó el laqab de al-Nasir, reinó en Córdoba desde julio de 1016 a marzo de 1018, fecha en la que fue asesinado por domésticos saqaliba y reemplazado por su hermano al-Qasim. A pesar de sus primeros esfuerzos por ganarse la simpatía de los cordobeses, los antagonismos entre los habitantes y los apoyos beréberes del nuevo califa volvieron a imponerse y la segunda parte de su gobierno en Córdoba fue muy tensa. La preocupación hizo mella en varios miembros de la vieja aristocracia de los clientes omeyas, entre los cuales el visir Abu l-Hazm b. Yahwar, una de las personalidades más destacadas en la ciudad. Durante este período, los saqaliba de la zona oriental, aliados del emir tuyibí de Zaragoza y de los catalanes, organizaron una coalición pro-omeya que se proponía volver a apoderarse de Córdoba en el momento del asesinato de Ali b. Hammud. En Játiva, Abd al-Rahman b. Muhammad b. Abd al-Malik, un pretendiente omeya que tomó el laqab de al-Murtada, fue entronizado (abril 1018). Este soberano, de quien Ibn Hazm fue visir, se dirigió a Córdoba con sus aliados y atacó primero a los ziríes de Elvira, quienes acababan de trasladar la sede del gobierno al sitio de Granada, más fácil de defender. Su ejército fue derrotado, debido en gran parte a la pasividad o a la traición de los jefes que lo apoyaban y que se inquietaban -según parece- de verle decidido a imponer efectivamente su autoridad. En la desbandada general que siguió a su derrota fue asesinado por orden de Jayran de Almería. Al-Qasim b. Hammud reinó en Córdoba desde marzo de 1018 hasta agosto de 1021 con el laqab de al-Ma'mun. Fue hábil y moderado para imponer la calma de nuevo en la capital y llegar a un acuerdo con Jayran y otro jefe saqaliba, Zuhayr, cuyo gobierno reconoció en Jaén, Baeza y Calatrava. Aceptado evidentemente por los poderes beréberes de al-Andalus, obtendría, como veremos más tarde, la alianza de los tuyibíes de Zaragoza. Pero su sobrino, Yahya, hijo de Ali, se sublevó contra él y se apoderó de Córdoba mientras él se refugiaba en Sevilla. En febrero de 1023, la poca habilidad de Yahya al-Mutali le obligó a dejar Córdoba e ir a Málaga, hecho que permitió a al-Qasim volver algún tiempo en la capital. Pero el ambiente se había deteriorado y fue expulsado en septiembre. No pudo refugiarse en Sevilla, cuyos habitantes, bajo el liderazgo del cadí Ibn Abbad, le cerraron las puertas y, más tarde, fue apresado y asesinado por su sobrino, Yahya. El poder central cordobés ya no tenía fuerza y el gobierno y la administración estaban en manos de diferentes jefes locales ya mencionados: los eslavos Jayran en Almería y Muyahid en Denia, los ziríes y otros jefes beréberes en Andalucía, el cadí Ibn Abbad que tomó entonces el control de Sevilla y de otros poderes como los amiríes de Valencia y los Banu Dhi l-Nun de Cuenca y más tarde de Toledo. El reino más significativo en este momento era, por supuesto, el de los tuyibíes en Zaragoza, donde se fundó una dinastía hereditaria cuando Yahya b. al-Mundhir reemplazó a su padre en el 1021. Se constituyó entonces en la Marca Superior el primer reino de taifa verdadero. Su historia no pertenece a este volumen, pero la forma en que se constituyó el poder tuyibí, amparado en cierta legalidad garantizada por el califato cordobés, depende de éste.
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Una contradicción flagrante -la que se daba entre los principios de imperium que hacía del territorio del Estado algo indivisible, y de regnum, vinculado a las concepciones patrimonialistas germánicas- no había resuelta por Carlomagno. Los herederos del restaurador del Imperio habrían de ser agentes y víctimas a la vez de tal contradicción. El sucesor de Carlos, Luis el Piadoso, era un hombre más culto que su padre y más respetuoso con los intereses de la Iglesia. Así, en el 817 renunció a mediatizar la elección de papas. Desde los comienzos de su reinado, además, miembros del alto clero (Wala de Corbie, Benito de Aniano, Agobardo de Lyon, Jonás de Orleans...) impusieron unas pautas de comportamiento político. Producto de ellas fue la "Ordinatio Imperii", también del 817. En ella se salvaguardaba la unidad del Imperio que, en el futuro, pasaría al primogénito Lotario. Pero, en consonancia con los tiempos, se permitiría que los segundones -Pipino y Luis el Germánico- ostentasen la titularidad de pequeños reinos en la periferia. La muerte de algunos de los más importantes colaboradores de Luis el Piadoso y las peripecias familiares hicieron imposible cualquier arreglo. Acusado de incapaz, el emperador fue obligado en Attigny a una humillante penitencia pública en el 822. Lotario pasaba, de momento, a convertirse en el hombre fuerte. En los años siguientes la situación se hizo más compleja al nacer un nuevo vástago del emperador: Carlos el Calvo a quien, como a sus hermanastros, deseó otorgarle una dote territorial. El descontento cundió entre los afectados por la medida. Lotario, Pipino y Luis el Germánico formaron un frente contra su padre que una vez más (penitencia de san Medardo de Soissons) hubo de ceder en el 833. Seis años más tarde, la muerte de Pipino creó un nuevo problema ya que la pretensión de asignar sus territorios a Carlos el Calvo provocó en Aquitania una revuelta de nobles inclinados por defender los derechos del hijo del difunto: Pipino II. Aquitania se encaminaba, así, hacia un nuevo proceso de emancipación, y también de alejamiento de las grandes decisiones políticas que iban a tomarse más al Norte. Éstas llegarían a partir de la muerte de Luis el Piadoso en el 840. Lotario, invocando los viejos principios de la "Ordinatio Imperii", trató de imponer su hegemonía a Carlos el Calvo y Luis el Germánico. La alianza de éstos, sin embargo, obtuvo un rotundo éxito sobre el primogénito en Fontenoy-en-Puisaye. Se afianzó poco después con los juramentos de Estrasburgo, prestados por los soldados de los vencedores en primitivo francés y primitivo alemán. Al final, Lotario abandonó a su suerte a Pipino II (que hubo de rendir pleitesía a Carlos el Calvo) y se plegó a suscribir el Tratado de Verdún (843). El acuerdo suponía el reparto equitativo del Imperio: Carlos el Calvo gobernaría las tierras más al Oeste (la Francia Occidentalis, germen de la futura Francia). Luis el Germánico pasaba a reinar sobre los territorios más orientales (la Francia Orientalis, identificada luego con el reino de Germania). Lotario se reservaba un largo corredor desde Frisia al Norte a los Estados papales al Sur, territorio conocido con el nombre de Lotaringia y en el que se enclavaban las dos capitales imperiales: Roma y Aquisgrán. Lotario era reconocido como emperador por sus victoriosos hermanos, pero el título carecía de mucho de su primitivo contenido. El Tratado de Verdún rompía traumáticamente la unidad del mundo carolingio. Para paliar sus efectos, tres años después (Asamblea de Mersen del 846) los hermanos se pusieron de acuerdo para repartirse la solución de los problemas que presionaban desde el exterior: normandos, sarracenos y eslavos. Este régimen de solidaridad fraterna duró sólo hasta la muerte de Lotario en el 855. Sus dominios, siguiendo las viejas tradiciones, fueron repartidos entre sus hijos, lo que favoreció las ambiciones de Carlos el Calvo y Luis el Germánico. En el 870, por el Tratado de Mersen, se apoderaron de los territorios lotaringios situados al Norte de los Alpes. Las futuras esferas de acción de franceses y alemanes quedaban así perfiladas.
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Entre 1350 y 1369 se vivieron en la Corona de Castilla años difíciles. La crisis, que se estaba manifestando desde algún tiempo atrás, alcanzó su culminación con la difusión de la peste negra, cuyas consecuencias fueron de todo punto nefastas. Por si fuera poco, la sublevación de Enrique de Trastámara contra su hermanastro el rey Pedro I de Castilla derivó en una guerra fratricida de gran intensidad. El resultado del conflicto fue el establecimiento en Castilla de una nueva dinastía, la de los Trastámaras. Pero de todas las catástrofes que padeció la Corona de Castilla en el siglo XIV la más espectacular fue sin duda la peste negra. "Esta fue la primera et grande pestilencia que es llamada mortandad grande", nos dice la Crónica de Alfonso XI, la cual añade que desde 1348 dicha epidemia estaba causando estragos "en las partes de Francia et de Inglaterra, et de Italia, et aun en Castiella, et en Leon, et en Estremadura, et en otras partidas". Nos consta que la peste había llegado a Galicia en julio de 1348, pues un documento, fechado el día de Santiago, nos dice que "despoys de esto...veerá ao mundo tal pestilencia e morte ennas gentes". Casi por las mismas fechas la peste actuaba en Toledo, en donde murieron varios miembros de la comunidad judía, como David ben Josef aben Nahmias, del que leemos en su inscripción funeraria que "sucumbió de la peste, que sobrevino con impetuosa borrasca y violenta tempestad". Por su parte un documento del monasterio de Santa Clara de Villalobos, en tierras zamoranas, de diciembre de 1348, alude a "la gran mortandad que era entre las gentes" y otro testimonio de la misma procedencia, de enero de 1349, pone de manifiesto "la mengua de gientes que non podio aver para labrar en el dicho monesterio por rrazon de las mortandades e tribulaçiones que este año que agora pasó fue sobre los omes". Recordemos, por otra parte, que la peste acechaba a los combatientes cristianos que se hallaban en la comarca contigua a la plaza de Gibraltar. El mismo rey de Castilla, Alfonso XI, "ovo una landre y murió", víctima por lo tanto de la peste negra. La peste negra causó una gran mortandad, por más que intentar cuantificar las pérdidas demográficas sea de todo punto imposible. En las Cortes de Valladolid del año 1351 se alude repetidas veces a la escasez de brazos para trabajar la tierra. Los Libros redondos de la catedral de Burgos del año 1352 anotan la palabra "vazio" al lado de numerosas heredades. Una pesquisa efectuada en 1352 en el barrio de San Martín de Frómista, en tierras palentinas, revelaba que había siete solares yermos que "dezmavan el diezmo del pan e del vino que cogian quando estavan poblados". Pero es fundamentalmente el Becerro de las Behetrías, libro que se confeccionó en 1352, el que nos informa de los lugares despoblados que había en la Meseta del Duero. Un ejemplo nos lo proporciona la localidad burgalesa de Estepar, de la cual se dice en el mencionado Becerro: "desde la mortandad acá non pagan martiniega que se hyermó en dicho lugar". El historiador N. Cabrillana, cotejando los datos de esa fuente con los anteriores a la difusión de la peste negra (en particular una estadística de la diócesis de Palencia del año 1345), ha llegado a afirmar que alrededor de un 20 por ciento de los lugares habitados que había en el obispado de Palencia quedó despoblado a consecuencia de la mortífera epidemia. Esas conclusiones, no obstante, parecen exageradas. Cabrillana, por de pronto, realizó su investigación sobre una edición antigua e incompleta del Becerro de las Behetrías. Asimismo, ha incluido en su nómina de despoblados lugares que no se citan en el Becerro por causas diversas, pero que en modo alguno estaban deshabitados. Mas en cualquier caso es innegable que la peste negra tuvo unos efectos devastadores en el terreno demográfico. Ahora bien, la muerte negra, nombre con el que también se conoce a la peste negra, también tuvo importantes consecuencias económicas y sociales. Muchas tierras quedaron sin cultivadores, lo que supuso un descenso notable de la producción agraria. En esas condiciones se explica que los productos alimenticios experimentaran, debido a la carestía, alzas espectaculares. Las Cortes de Valladolid del año 1351 tomaron cartas en el asunto, estableciendo ordenamientos de precios y de salarios con la finalidad de evitar que unos y otros se dispararan. Pero una vez pasados los efectos inmediatos de la crisis los precios de los productos agrarios retornaban a sus posiciones de origen, lo que constrastaba con el aumento sostenido tanto de los productos manufacturados como de los salarios de los trabajadores. Así las cosas la principal víctima de la depresión era el mundo rural, y en primer lugar los grandes propietarios de la tierra, que veían cómo disminuían sus rentas. Las fuentes eclesiásticas nos ofrecen ejemplos representativos. El monasterio benedictino de Sahagún vio cómo sus rentas cayeron más de un 50 por ciento en los veinte años cruciales transcurridos entre 1338 y 1358. Unos años más tarde, en 1378, el obispo de Oviedo, D. Gutierre, afirmaba que "de las mortandades acá han menguado las rentas de nuestra Eglesia cerca la meatad dellas, ca en la primera mortandad fueron acabados las rentas de tercia parte, e después acá lo otro por despoblamiento de la tierra". La peste negra, no lo olvidemos, fue definida como la primera mortandad, lo que pone de manifiesto el enorme impacto que causó entre sus coetáneos. Pero hubo, en los años siguientes, nuevos ramalazos pestilentes, aunque ninguno de ellos alcanzó las dimensiones de la terrorífica peste. Entre 1363 y 1364 Sevilla se vio afectada por lo que el médico converso Juan de Avignon, residente en aquella ciudad, denominó la segunda mortandad. En 1364 el concejo de Sahagún se vio en la imposibilidad de atender la petición del monarca Pedro I, que había solicitado treinta ballesteros, porque en la villa "no había gentes segund que de antes de las mortandades avia, porque los mas dellos eran muertos". Por su parte, en las Cortes de Burgos de 1367 se menciona "esta postrimera mortandad que agora passo", alusión probable al ramalazo pestilente de dos o tres años antes. Con una periodicidad decenal reapareció la peste en la Corona de Castilla (1374, ¿1383?, 1394). Pero tanto el radio de acción sobre el que se proyectaban esas epidemias como su virulencia eran cada vez menores.
acepcion
Monograma de Cristo formado por las dos primeras letras de su nombre en griego X (ji) y P (ro), a las que se frecuentemente se añaden, una a cada lado, las letras alfa y omega, representado el principio y el fin de todas las cosas. Comenzó a utilizarse en las monedas del Imperio Romano a partir del año 313 d.C, tras la celebración del Edicto de Milán, en tiempos de Constancio II y Magnencio. A partir de la Edad Media, se sustituyó habitualmente por las letras IHS, en ocasiones entrelazadas.
Personaje
Otros
Político
De tendencias nacionalistas y gran defensor de la unidad italiana, en 1848 participó en la revuelta que estalla en Sicilia en contra del régimen impuesto por los borbones. Junto con Garibaldi consiguió la independencia de Sicilia y fue elevado al cargo de gobernador. Ya en 1861 como diputado manifestó públicamente su apoyo a la monarquía. Una vez lograda la unidad italiana encabezó el ministerio del Interior primero y después el de Hacienda. Su ideología, cada vez más próxima a las doctrinas de Bismarck, fue duramente criticada hasta que se vio obligado a presentar la dimisión. Tras sufrir algunas acusaciones personales que afectaron directamente a su carrera política le nombraron de nuevo ministro de Interior. Desde este cargo potenció las relaciones con Austria y Alemania, al tiempo que puso fin a cualquier contacto con Francia. Esta postura provocó la ira de los galos. En política exterior apoyó el expansionismo. En la década de los noventa su nombre estuvo asociado al escándalo, aunque Crispi trató de hacer lo posible para acallar a la opinión pública. En las elecciones de 1895 salió victorioso, sin embargo fue censurado en este puesto por la cámara ante las acusaciones de estar involucrado en asuntos turbios que afectaban a las arcas del país.
Personaje
Político
Nacido en 1481, desde 1513 es rey de Noruega y en 1520 lo es también de Dinamarca, cargos ambos que desempeña hasta su destitución en 1523. Emprendió reformas en favor de la burguesía y fomentó el protestantismo en Copenhague, lo que produjo la reacción por parte del alto clero y la nobleza que acabó con su derrocamiento.