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En el ala norte del convento de San Marcos, última en recibir la decoración de Fra Angelico, se presentan varios episodios de la vida de Cristo, fundamentalmente del ciclo correspondiente a la Pasión. Aquí se presenta el tema de las Tentaciones de Cristo, capítulo poco desarrollado en la iconografía cristiana, que responde al modelo que Fra Angelico creó pero, de manos de algún ayudante de su taller. El contenido es muy narrativo, dando una composición en donde dos momentos se yuxtaponen a la vez, solución poco acertada y bastante retardataria. En la parte de arriba, sobre un montículo, Jesús rehusa con un ademán las tentaciones ofrecidas por una figura que viene caracterizada con los rasgos de un demonio. La escena tiene lugar en un paisaje muy sumario y de ingenua concepción. Abajo, se presenta Cristo sentado sobre la falda del macizo antedicho, en actitud orante, siendo flanqueado por dos ángeles que le ofrecen comida y bebida. El espacio no consigue afianzarse claramente, ya que ni siquiera los arbolillos del fondo dan una idea adecuada de distancia. La iluminación es la misma en las dos escenas, al igual que el colorido, dentro de las tonalidades claras del maestro dominico, dando unidad a la representación en su conjunto. De cualquier manera, lo más destacado de esta decoración es la sensación de dinamismo que se consigue, tanto en el personaje con patas de pájaro que huye en diagonal, como en los atentos ángeles de la parte de abajo. La obra debía ser de mayores dimensiones. Unas ventanas excavadas posteriormente en la pared cortan por la izquierda parte de la escena.
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Las Tentaciones de San Antonio es uno de los cuadros más sorprendentes de los pintados por Claudio de Lorena, llegando incluso a estar catalogado como de El Bosco por sus fantásticas imágenes. Un árbol divide la escena en dos zonas: a la derecha se sitúa San Antonio, observando con cara de pánico las temibles tentaciones que en cualquier momento le aparecerán; tras él observamos un palacio en ruinas, iluminado por las llamas en el que juegan demonios; a la izquierda, vemos un río con un puente destruido y en el río aparecen tres barcas con demonios, uno de los cuales tira del manto del santo. Toda esta zona izquierda está iluminada por la luz lunar, obteniéndose unos magníficos brillos azul plata. Los tonos oscuros empleados y las luces - lunar y anaranjada del fuego - sitúan esta obra totalmente alejada de las típicas composiciones de Lorena como el Entierro de Santa Serapia o Moisés salvado de las aguas. Posiblemente el tema vendría motivado por el encargo, ya que la obra estaba destinada al Palacio del Buen Retiro de Madrid, construido en el reinado de Felipe IV, gran amante de las obras del maestro lorenés.
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El Museo del Prado conserva una de las mayores colecciones de pintura del Bosco, debido al gusto que Felipe II sentía por la pintura del neerlandés. De la colección destacan varias piezas y entre ellas, esta tabla con las Tentaciones de San Antonio. El cuadro debería compararse con el tríptico del mismo nombre, puesto que la interpretación de ambas obras es completamente diferente. Esta imagen está llena de serenidad y parece el vivo retrato de la victoria del cristiano sobre el pecado, mientras que en el tríptico San Antonio sucumbe y se recupera continuamente ante las tentaciones del maligno. San Antonio, patrón de los animales, está acompañado por un cerdito que reposa a su lado. Es su atributo, así como la cruz en forma de "t" -tau- que lleva bordada en el hombro. Está totalmente recogido sobre sí mismo, pero con una curvatura que recuerda a un arco armado dispuesto a soltar una flecha. Su rostro posee una misteriosa serenidad casi alegre o complacida. Se refugia en el hueco de un tronco muerto con unas pajas por techo. A su alrededor, en un bello paisaje veraniego, diversos monstruos y bichos le rodean y hacen gestos de querer atacarle, sin que el santo se dé por enterado. Frente a él, hundido en el río, la cabeza de un monje con una uña monstruosa le señala y mira fijamente. Posiblemente sea el reflejo del santo en el río, mostrando la victoria sobre el pecado, el alma corrupta que se hunde y naufraga en el agua frente a la virtud.
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Los tres paneles del tríptico, el San Antonio y la reina de los diablos, Vuelo y caída de San Antonio así como esta escena central con las tentaciones, son de lo mejor de la producción de El Bosco. Cerrado, el tríptico nos muestra dos escenas de la pasión de Cristo en grisalla, tal y como hizo en otras obras como por ejemplo el tríptico del Juicio Final. En la tabla central, que es la que ahora vemos, se concentran todo tipo de tentaciones. El rostro sereno del santo está en el centro geométrico del cuadro, hacia el que convergen los diferentes grupos de monstruos y personajes grotescos. Los monstruos ocupan los cuatro elementos: vuelan por el aire, escapan del fuego del incendio en el horizonte, caminan o se arrastran por la tierra y bullen en el agua oscura del río inferior. Los personajes que salen de una cereza incitan a la lujuria. Los que preparan la mesa junto al santo invitan a la gula. La confusión general promueve la herejía y la pérdida de la fe, ante lo que el santo tan sólo puede reaccionar con la plegaria. En la torre en ruinas podemos vislumbrar un altar con el crucifijo que indica la única vía segura de salvación.
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Teniers resume en este curioso óleo toda la tradición flamenca que había tratado el tema de las tentaciones de San Antonio. El Bosco, Patinir y Quentin Metsys están presentes en la concepción de esta visión que se puebla de monstruos y bestezuelas, aunque la intención sea más cómica que infernal. Teniers no se limita a las Tentaciones, ejemplificadas en una jovencita que le es ofrecida al santo, sino que incluye también los Siete Pecados Capitales, todos ellos identificados: la jovencita es la Lujuria, el noble que la acompaña es la Soberbia, la vieja que cuenta su oro a la derecha es la Avaricia, la que devora un corazón a la izquierda es la Envidia. Sobre ella, otra mujer enfurecida sobre un león es la Ira. El hombre que brinda es la Gula y la mujer que duerme tras él es la Pereza. Teniers se diferencia de sus predecesores por el tono humorístico del que carecen los mismos temas en siglos anteriores. Este espíritu burlón es propio del Barroco.
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El modo de reflejar las tentaciones que sufrió San Antonio durante su retiro como ermitaño es tremendamente atractivo, en este cuadro que realizaron Joachim Patinir y Quentin Metsys. Especialmente Patinir es el más hábil a la hora de insertar una escena en un paisaje, cuya amplitud roba el protagonismo a las figuras. Patinir es único a la hora de pintar paisajes como si estuvieran vistos desde un punto elevado, panorámicas, lo que motivaba que sus servicios fueran contratados por otros pintores, como Metsys, para realizar los fondos de sus obras. La escena central debe mucho a la herencia que autores como El Bosco dejaron en la pintura flamenca y alemana. La expresividad, el feísmo, la aparición de monstruos y figuras grotescas en medio del paisaje son elementos que El Bosco supo explotar en su obra y que se repiten en escenas como ésta, posteriores en el tiempo a la pintura de aquél.
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Una vez confirmado su genio pictórico en Córdoba, Valdés Leal se traslada a Sevilla definitivamente en 1656. Al poco tiempo recibe uno de sus más importantes encargos: la decoración de la sacristía del convento de San Jerónimo de Buenavista en la que se narraban episodios de la vida del santo y se representaban a notables religioso de la Orden jerónima.En una carta a una discípula el propio san Jerónimo narra como sufría horribles tentaciones durante su estancia en el desierto. La más habitual era la aparición de hermosas mujeres que bailaban de manera lujuriosa a su alrededor, rechazando el santo la tentación buscando el refugio en el Crucificado. Valdés Leal recoge en este lienzo a la perfección la filosofía de esta carta. Presenta al santo arrodillado, semidesnudo y haciendo contundentes gestos de rechazo con las manos a las lujuriosas mujeres que se presentan detrás de él. Las damas danzan y tocan instrumentos que el santo no quiere oír y concentra su atención en el crucifijo que se presenta sobre una roca, junto a las Escrituras y la calavera que conforman sus atributos. El rostro de rechazo del santo contrasta con las actitudes y gestos lujuriosos de las mujeres, lo que Zurbarán no había conseguido en su cuadro sobre el mismo tema del convento de Guadalupe.Valdés Leal emplea una pincelada vigorosa y rápida que no está reñida con el detallismo de los elegantes y ricos vestidos o la descripción de la naturaleza muerta que aparece junto al santo. No deja de ser interesante también la descripción del ambiente de la oquedad donde vive el santo que deja ver al fondo un desértico paisaje.
Personaje Religioso Político
Sucede en el trono a su tío Sancho VII. A pesar de que legalmente le correspondía a Jaime I de Aragón acceder al reino, el pueblo eligió a Teobaldo I. Con él comienza a gobernar en Navarra la casa de los Champagne. Estando en el poder y, con la ayuda de Gregorio IX, redactó nuevas leyes que fueron recogidas en el Fuero Viejo de Navarra. Para pagar al pontífice su apoyo, le prestó su ayuda en las cruzadas del año 1239. Se casó con Margarita de Borbón y tuvo un hijo, Teobaldo, que le sucedió con catorce años. Su gran afición fue la poesía, por lo que recibió el sobrenombre de Teobaldo I el Trovador.
Personaje Militar Político
Con tan sólo 14 años sucede a su padre Teobaldo I en el trono de Navarra. Contrajo matrimonio con la hija de San Luis de Francia (Isabel). Gracias al apoyo de su madre Margarita de Borbón supero algunos problemas que se presentaron al comienzo de su reinado. El afán conquistador de Alfonso X de Castilla causó serios enfrentamientos entre am,bos monarcas, aunque, finalmente, en 1256 pactó con el rey castellano su vasallaje a cambio de que le devolviera San Sebastián y Fuenterrabía. Después de este pacto se trasladó a Francia. Murió sin descendencia, por lo que sucedió en el trono su hermano Enrique.
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