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El Lancer se basa en un diseño anterior a cargo de Alexander Kartveli, el Seversky P-35, al que se dotó de un motor más potente y de mejoras en cuanto a aerodinámica y estructura. A pesar de ello, no resultaba un aparto demasiado completo ni las prestaciones que ofrecía resultaban equiparables a las de sus contemporáneos. Los malos resultados hicieron que sólo salieran de fábrica 272 unidades, desarrolladas en dos versiones. Estos aviones fueron utilizados para misiones de reconocimiento, para lo que se les añadieron cámaras fotográficas en la parte trasera del fuselaje. Sólo 103 aparatos, cedidos a China, llegaron a combatir durante el conflicto con Japón.
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Este caza es uno de los modelos más representativos de Estados Unidos. El XP-47B fue el primer prototipo que levantó el vuelo en 1941, sin embargo hasta el mes de abril de 1943 no entró en acción. De este surgieron otras variantes mejoradas como el P-47C, el P-47D -con la carlinga diáfana-, y el P-47G. De estos dos últimos se llegaron a producir 12.603 y 354 unidades, respectivamente.
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Este caza ultrarrápido surge ante el ataque alemán con bombas volantes Fieseler (V-1) en la Inglaterra. De este modelo se produjeron 130 unidades, preparadas para operaciones de emergencia, gracias a la potencia de su motor. El P-47N fue la última variante que se diseñó del Thunderbolt. Frente a los modelos anteriores, éste resultaba más grande y pesado. Además presentaba mayor capacidad de carburante para ganar alcance. Del P-47N se produjeron 1.816 aviones. Durante el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial actuó en la USAAF. Después fue utilizado por Brasil, Francia, Gran Bretaña y la Unión Soviética.
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Todas las contradicciones que la República había mantenido solapadas bajo el incesante enriquecimiento y poder durante la época de las grandes conquistas, comenzaron ahora a surgir en medio de una violencia que, durante casi un siglo, marcarán la historia del mundo romano y decidirán la muerte del régimen republicano. Lo curioso es que los romanos tenían conciencia de los fallos de un sistema político que era incapaz de responder a las necesidades de la nueva sociedad. Los progresos logrados en la formación intelectual permitieron que el siglo de Cicerón reflexionase larga y profundamente sobre los problemas políticos, sociales y económicos que afligían a la Península Itálica. Si sabemos más de estos años que de ningún otro período de la historia de Roma se debe en gran parte al propio Marco Tulio Cicerón y sus obras de historia política, filosofía, retórica y sobre todo su voluminosa correspondencia, que supera las 900 cartas y constituyen un legado histórico sumamente valioso. También Apiano y posteriormente Salustio proporcionan una abundante y valiosa documentación. Pero esta riqueza de material tiene sus riesgos: la multitud de detalles a veces es abrumadora y los testigos contemporáneos a los acontecimientos que relatan no siempre consiguen escapar a la interpretación de los mismos. La compleja situación de Roma en esta época no es sino el conjunto de las repercusiones que la etapa anterior generó en su propio seno pero que afectan y ponen en juego tanto al propio cuerpo cívico-social como a las propias bases institucionales.Haciendo un repaso de los elementos político-sociales que desencadenaron la crisis a partir de la época de los Gracos conviene tener en cuenta una serie de factores esenciales. En primer lugar, el proceso de expansión ultramarina tuvo como consecuencia un enorme desarrollo económico, del que se beneficiaron principalmente los senadores y los caballeros de las 18 centurias ecuestres. Sin embargo, la nobilitas constituía un numero limitado al que sólo se incorporaban los que habían desempeñado alguna magistratura. Esta era la vía para una promoción social a las altas esferas. Pero la nobilitas, que disponía gracias a sus clientelas hereditarias de una influencia sobre las asambleas electorales, intentó -y en gran parte lo logró- reservarse el monopolio de las magistraturas. Así, esta nobilitas se convirtió en una oligarquía que se resistía a que los caballeros entrasen en la carrera de los honores, a no ser que les ayudasen a conservar su preeminencia y se asociasen a sus grupos. En segundo lugar, la nueva explotación racional del suelo, asociada a la venta de los productos y trabajada por esclavos, repercutió en la crisis del pequeño y mediano campesinado, sobre los que tradicionalmente se habían asentado los cimientos de un Estado en el que la condición de ciudadanos, propietarios de tierras y la de soldados habían ido indisolublemente unidas. Puesto que para ser soldado legionario era preciso ser adsiduus (propietario de tierras) y el número de propietarios se iba reduciendo progresivamente, se recurrió a medidas tales como rebajar el censo exigido para poder servir en las legiones o bien prolongar la permanencia del soldado en la milicia, solución sumamente impopular que llegó a ocasionar motines. La tercera solución, sería aumentar el numero de propietarios, lo que exigía disponer de más tierras para repartir y en este caso exigiendo que el Estado redistribuyese las tierras ya existentes del ager publicus. Pero tal solución chocaba con los intereses de la aristocracia senatorial y el sector más reaccionario se opuso radicalmente a esta tercera alternativa. Por último, otro factor importante es el hecho de que Roma siguiera sobreviviendo como ciudad-estado obligada a ejercer su dominio sobre una Italia que había sido un elemento esencial en las conquistas de Roma, que había suministrado tropas al ejército romano y que, en consecuencia, exigía compartir con Roma los privilegios obtenidos. También en Italia las guerras habían llevado a una crítica situación al campesinado y esta quiebra económica provocó una emigración masiva a los centros urbanos, principalmente a Roma, pretendiendo obtener la ciudadanía. Pero la clase política romana no pareció dispuesta a compartir sus privilegios ni a asimilar a los italianos dentro del cuerpo cívico romano y mucho menos a hacer de Italia el eje del imperio mediterráneo. A propósito de los comicios por tribus, conviene recordar que el reparto de las tribus viciaba el sistema democrático de éstos. En el 220 a.C. se decidió inscribir a los libertos y obreros agrícolas en las cuatro tribus urbanas, donde aparece igualmente inscrita la plebs romana. Así, del total de 35 tribus, sólo las 4 urbanas tienen un componente popular, mientras que las otras 31 estaban controladas por la aristocracia. Esta institución había quedado, por tanto, prácticamente incapacitada para acometer iniciativas independientes. Sin embargo, las leges tabellariae de fines del siglo III a.C. y comienzos del siglo II a.C. hicieron preceptivo el voto secreto -por escrito- cuando las asambleas populares procedían a la elección de cargos o magistraturas y, en consecuencia, la aristocracia senatorial vio sensiblemente mermadas sus posibilidades de influir y/o controlar a los votantes, incrementándose, en contrapartida, la independencia de las asambleas del pueblo y la capacidad de actuación de los tribunos de la plebe. Durante este período de la historia de Roma se produjo la división entre optimates y populares. Los programas y métodos de los Gracos dieron forma a esta división que se irá desarrollando y definiendo a lo largo de todo el siglo. Pero al hablar de optimates y populares hablamos de grupos ideológicos, no de partidos políticos organizados. En Roma la política se hacía desde arriba, por tanto los populares eran líderes políticos que contaban con seguidores o simpatizantes pero no con un partido. Un líder popular era el político que utilizaba y defendía los poderes de las asambleas populares y el cargo del tribuno del pueblo como contrapeso a la autoridad del Senado o el que preconizaba medidas que afectaban positivamente al pueblo: reparto de tierra, reparto de trigo, etc. Pero por otra parte esta división fue a veces ficticia, puesto que en el comportamiento de los populares hubo mucho de ambigüedad y de oportunismo, mientras que entre los optimates con frecuencia se produjeron divergencias y disensiones y pocas veces constituyeron un bloque de opinión compacto.