Murillo recoge en esta escena el momento en que Rebeca ofrece agua al sediento mayoral de los rebaños de Abraham, Eliezer, cuando éste buscaba en Mesopotamia la mujer para Isaac. Rebeca es acompañada por tres mujeres, apareciendo una de ellas de espaldas mientras que al fondo se aprecia la caravana de camellos y un caballo. El naturalismo de las figuras dispuestas alrededor del pozo, los alegres colores de los ropajes, la expresividad de algunos gestos y la luz y atmósfera que impregna la composición hacen de esta obra una de las más interesantes de la etapa madura del pintor, alejado del claroscuro de la década de 1650 e interesado por efectos atmosféricos tomados de Herrera el Mozo, Van Dyck y la escuela veneciana. La facilidad a la hora de narrar un episodio sitúan a Murillo a la altura de Velázquez, convirtiéndose en los dos grandes maestros del Barroco español. El lienzo fue traído de Sevilla en 1733 por Isabel de Farnesio, esposa de Felipe V y gran admiradora de la obra de Murillo, estando documentado en su colección en 1746, en la Granja.
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Entre los códices siríacos destaca el "Génesis de Viena", escrito en lengua griega con tinta de plata sobre un pergamino previamente teñido en tonalidades púrpuras. El estilo de este códice viene determinado por la expresividad de los personajes representados y la frescura típica del mundo helenístico. La escena que contemplamos nos presenta dos momentos de la misma historia: en primer lugar, el paseo de Rebeca desde la ciudad hasta la fuente y el momento en que Rebeca da de beber a Eliécer y sus camellos, representados estos de manera muy naturalista.
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El éxito de Botticelli en Florencia fue tal que se extendió fuera de las fronteras de la ciudad, llegándole encargos de otros lugares. El más importante es la llamada del papa Sixto IV para decorar en Roma las paredes de la capilla destinada a la elección del papa, la famosa Capilla Sixtina, en cuyo techo realizará años más tarde Miguel Angel sus famosos frescos. Junto a Botticelli trabajarán Domenico Ghirlandaio, Cosimo Rosselli y el Perugino. En menos de un año los distintos artistas tenían concluidos sus encargos, cuya temática comprende hechos del Antiguo y Nuevo Testamento con escenas de la vida de Moisés y de Cristo. Botticelli será el encargado de ejecutar tres de las escenas junto a diversos retratos de papas que se sitúan sobre ellas y unos cortinajes ficticios que se encuentran bajo las escenas. La Rebelión contra la Ley de Moisés es uno de los frescos más importantes del ciclo ya que lleva implícita la advertencia del papa Sixto IV a aquéllos que se rebelen contra su autoridad. Moisés y su hermano Aarón fueron los elegidos por Yavhe para guiar al pueblo judío desde Egipto hasta la Tierra Prometida. Los sufrimientos que padecieron durante el trayecto provocaron diversas revueltas contra la Ley de Dios, que Botticelli recoge perfectamente en este trabajo. En el centro de la composición se muestra la revuelta de Coré, auspiciada por los hijos de Aarón y otros levitas contra la autoridad del Sumo Sacerdote Aarón al realizar un sacrificio de incienso; Aarón aparece vestido de azul y con barba blanca agitando su incensario y haciendo caer a los rebeldes. A la derecha, la rebelión de los judíos contra Moisés debido al cansancio de la población y los sufrimientos tras la salida de Egipto; la muchedumbre se abalanza sobre Moisés -el anciano con barba blanca y túnica amarilla que tiene rayos dorados sobre su cabeza- intentando lapidarle, recibiendo la protección de Josué. En la escena de la izquierda contemplamos el castigo divino al tragarse la tierra a todos los rebeldes mientras los inocentes se elevan sobre una nube. Tras las diversas escenas hay varias construcciones clásicas insertadas en un paisaje, que retoman la preocupación por la perspectiva tradicional en el Quattrocento. La representación de diversas escenas en el mismo espacio provoca la repetición de personajes, apareciendo Moisés en tres ocasiones. Estas repeticiones tienen un origen medieval, permitiéndose en el Renacimiento si el tema lo exigía. Sin embargo, el ambiente creado por Botticelli y las figuras no tiene ningún elemento goticista sino que exhiben toda la calidad del maestro florentino. Su dibujo es tan perfecto como el empleo del color y de la perspectiva; las figuras están dotadas de un amplio efecto escultórico que recuerda a Donatello o Verrocchio, colocándolas en diversas posturas para agradar a su cliente. Su admiración por la Antigüedad clásica viene determinada por el empleo de construcciones romanas como el Arco de Constantino con el que el papa Sixto IV quiere aludir a su vinculación con el poder temporal del Imperio Romano, dentro de un programa iconográfico especialmente diseñado para resaltar los poderes del Sumo Pontífice. Los Sacrificios y tentaciones de Cristo y diversas Escenas de la vida de Moisés completan el ciclo pintado por Botticelli.
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Rebelión de México contra los españoles Conocía Cortés a casi todos los que venían con Narváez. Les habló cortésmente. Les rogó que olvidasen lo pasado, que así haría él, y que tuviesen por bien de ser sus amigos e irse con él a México, que era el más rico pueblo de indias. Les devolvió sus armas, pues muchos las habían perdido, y a muy pocos dejó presos con Narváez. Los de a caballo salieron al campo con ánimo de pelear, mas luego se entregaron por lo que les dijo y prometió. En fin, todos ellos, que no venían sino a gozar la tierra, se alegraron de ello, y lo siguieron y sirvieron. Rehizo la guarnición de Veracruz, y envió allí los navíos de la flota. Despachó doscientos españoles al río de Garay, y volvió a enviar a Juan Velázquez de León con otros doscientos a poblar en Coazacoalzo. Envió delante a un español con la noticia de la victoria, y él partió luego a México, no sin preocupación por lo suyos que allí estaban, a causa de los mensajes de Narváez a Moctezuma. El español que fue con las noticias, en lugar de albricias, tuvo heridas que le hicieron los indios alzados. Mas, aunque llegado, volvió para decir a Cortés que los indios estaban rebelados y con armas, y que habían quemado los cuatro fustes, combatido la casa y fuerte de los españoles, derribado una pared, minado otra, pegado fuego a las municiones, quitado las vituallas, y llegado a tanto aprieto, que hubieran matado o prendido a los españoles si Moctezuma no les hubiera mandado dejar el combate; y aun con todo eso, no dejaron las armas ni el cerco; solamente aflojaron por complacer a su señor. Estas nuevas fueron muy tristes para Cortés, pues convirtieron su gozo en cuidado, y le hicieron apresurar el camino para socorrer a sus amigos y compañeros; y si hubiese tardado un poco más, no los hubiese hallado vivos, sino muertos o para sacrificar. La mayor esperanza que tuvo de no perderlos y perderse, fue no haberse ido Moctezuma. Hizo reseña en Tlaxcallan de los españoles que llevaba, y eran mil peones y ciento de a caballo, pues llamó a los que había enviado a poblar. No paró hasta Tezcuco, donde no vio a los caballeros que conocía, ni le recibieron como otras veces, ni por el camino tampoco; antes bien halló la tierra, o despoblada o alborotada. En Tezcuco le llegó un español que Albarado enviaba, a llamarle y certificarle de lo arriba dicho, y que entrase pronto porque con su llegada aflojaría la ira. Vino asimismo con el español un indio de parte de Moctezuma, que le dijo que de lo pasado el no era culpable, y que si traía enojo hacia él, que lo perdiese y se fuese al aposento de antes, donde él estaba, y los españoles también vivos y sanos, como los dejó. Con esto descansaron él y los demás españoles aquella noche, y al otro día, que era San Juan Bautista, entró en México a la hora de comer, con cien de a caballo y mil españoles, y gran muchedumbre de los amigos de Tlaxcallan, Huexocinco y Chololla. Vio poca gente por las calles, no recibimiento, algunos puentes desbaratados y otras malas señales. Llegó a su aposento, y los que no cupieron en él, se fueron al templo mayor. Moctezuma salió al patio a recibirle, disgustado, según mostraba, de lo que los suyos habían hecho. Se disculpó, y entró cada uno en su cámara. Pedro de Albarado y los demás españoles no cabían en sí de gozo con su llegada y la de tantos otros, que les daban las vidas, que tenían medio perdidas. Se saludaron unos a otros, y se preguntaron cómo estaban y venían, y cuanto los unos contaban de bueno, tanto los otros de malo. Causas de la rebelión Quiso Cortés saber por entero la causa del levantamiento de los indios mexicanos. Lo preguntó a todos juntos. Unos decían que por lo que Narváez les había enviado a decir, otros que por echarlos de México para que se fuesen, como estaba concertado, en teniendo navíos, pues peleando les gritaba: "íos, íos de aquí"; otros que por libertar a Moctezuma, pues en los combates decían: "Soltad nuestro dios y rey si no queréis ser muertos"; quién decía que por robarles el oro, plata y joyas que tenían, y que valían más de setecientos mil ducados, pues oían a los que llegaban cerca: "Aquí dejaréis el oro que nos habéis cogido"; quién que por no ver allí a los tlaxcaltecas y a otros que eran sus enemigos mortales; muchos, en fin, creían que por haberles derribado los ídolos de sus dioses, y por decírselo el diablo. Cada una de estas causas era bastante para que se rebelasen, cuanto más todas juntas. Pero la principal fue porque pocos días después de haberse ido Cortés hacia Narváez, vino cierta fiesta solemne que los mexicanos celebraban y la quisieron celebrar como solían, y para ello pidieron permiso a Pedro de Albarado, que quedó de alcaide y teniente por Cortés, para que no pensase, según ellos decían, que se juntaban para matar a los españoles. Albarado se lo dio, con tal que en el sacrificio no interviniese muerte de hombres ni llevasen armas. Se juntaron más de seiscientos caballeros y principales personas, y hasta algunos señores, en el templo mayor; otros dicen que más de mil. Hicieron grandísimo ruido aquella noche con atabales, caracolas, cornetas, huesos hendidos, con los que silban muy fuerte. Hicieron su fiesta, y desnudos, aunque cubiertos de piedras y perlas, collares, cintas, brazaletes y otras muchas joyas de oro, plata y aljófar, y con muy ricos penachos en la cabeza, bailaron el baile que llaman mazaualiztli, que quiere decir merecimiento con trabajo, y así al labrador llaman mazauali. Este baile es como el netoteliztli, que ya dije, pues ponen esteras en los patios de los templos, y encima de ellas los atabales. Danzan en corro, cogidos de las manos y por filas; bailan al son de los que cantan, y responden bailando. Los cantares son santos, y no profanos, en alabanza del dios para el cual es la fiesta, para que les dé agua o grano, salud, victoria o porque les dio paz, hijos, sanidad y otras cosas así; y dicen los prácticos de esta lengua y ritos ceremoniales, que cuando bailan así en los templos hacen otras mudanzas muy diferentes que al netoteliztli, así con la voz como con movimientos del cuerpo, cabeza, brazos y pies, en que manifestaban sus conceptos, malos o buenos, sucios o loables. A este baile lo llaman los españoles areito; que es vocablo de las islas de Cuba y Santo Domingo. Estando, pues, bailando aquellos caballeros mexicanos en el patio del templo de Vitcilopuchtli, fue allí Pedro de Albarado. Si fue de su cabeza o por acuerdo de todos no lo sabría decir; mas de que unos dicen que fue avisado que aquellos indios, como principales de la ciudad, se habían juntado allí a concertar el motín y rebelión que después hicieron; otros, que al principio fueron a verlos bailar un baile tan elogiado y famoso, y viéndolos tan ricos, se llenaron de codicia por el oro que llevaban encima, y así tomó las puertas, cada una con diez o doce españoles, y él entró dentro con más de cincuenta, y sin duelo ni piedad cristiana, los acuchilló y mató, y quitó lo que tenían encima. Cortés, aunque lo debió de sentir, disimuló por no enojar a los que lo hicieron, pues estaba en tiempo en que los iba a necesitar mucho, o para contra los indios o para que no hubiese novedad entre los suyos.
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Rebelión y liga contra Moctezuma por instigación de Cortés Cuando al día siguiente amaneció y echaron de menos a los dos presos, riñó el señor a las guardas, y quiso matar a los que guardaban; sólo que con el rumor que se hizo, y con estar esperando qué dirían o harían los del pueblo, salió Cortés, y rogó que no los matasen, pues eran mandados por su señor, y personas públicas, que, según derecho natural, ni merecían pena ni tenían culpa, de lo que hacían sirviendo a su rey; mas, para que no se les fuesen aquéllos, como habían hecho los otros, que se los confiasen y entregasen a él, y a su cargo si se le soltasen. Se los dieron, y los envió a las naos amenazándoles y diciendo que les pusiesen cadenas. Tras esto se juntaron a consejo con el señor, muertos todos de miedo, y platicaron lo que harían sobre aquel caso, pues estaba cierto que los huidos habían de decir en México la afrenta y mal tratamiento que se les había hecho. Unos decían que era bueno y conveniente a todos enviar el pecho a Moctezuma y otros dones, con embajadores, para aplacarle la ira y enojo, y a disculparse, culpando a los españoles, que los mandaron prender, y suplicarles les perdonase aquel yerro y disparate que habían hecho, como locos y atrevidos, en desacato de la majestad mexicana. Otros decían que era mucho mejor desechar el yugo que tenían de esclavos, y no reconocer más a los de México, que eran malos y tiranos, pues tenían a su favor a aquellos semidioses e invencibles caballeros españoles, y tendrían otros muchos vecinos que les ayudarían. Resolviéronse a la postre en rebelarse y no perder aquella ocasión, y rogaron a Hernán Cortés que lo tuviese por bien, y que fuese su capitán y defensor, pues por él se habían metido en aquello; que, enviase o no Moctezuma ejército sobre ellos, estaban ya determinados a romper con él y hacerle la guerra. Dios sabe cuánto se alegraba Cortés con estas cosas, pues le parecía que por allí iban allá. Les respondió que mirasen muy bien lo que hacían, pues Moctezuma, según tenía entendido, era poderosísimo rey; mas que si así lo querían, que él los capitanearía y defendería seguramente; que más quería su amistad que la del otro, que le despreciaba; pero que con todo eso quería saber cuánta gente podrían juntar. Ellos dijeron que cien mil hombres entre toda la liga que se hacía. Cortés dijo entonces que enviasen en seguida a todos los de su parcialidad y enemigos de Moctezuma a avisarlos y apercibirlos de aquello, y a certificarles de la ayuda que tenían de los españoles. No porque él tuviese necesidad de ellos ni de sus huestes, que él sólo con lo suyos bastaba para todos los de Culúa, y aunque fuesen otros tantos, sino porque estuviesen a recado y sobre aviso, no recibiesen daño si por casualidad Moctezuma enviaba ejército sobre algunas tierras de los confederados, tomándolos a sobresalto y descuido; y también para que si tuviesen necesidad de socorro y gente de aquella suya que los defendiese, se la enviase con tiempo. Con esta esperanza y ánimo que Cortés les daba, y por ser ellos de por sí orgullosos y no bien considerados, despacharon en seguida sus mensajeros por todos aquellos pueblos que les pareció, a hacerles saber lo que tenían acordado, poniendo a los españoles por las nubes. Por aquellos ruegos y medios se rebelaron muchos lugares y señores y aquella serranía entera, y no dejaron recaudador de México en parte ninguna de todo aquello, publicando guerra abierta contra Moctezuma. Quiso Cortés revolver a éstos, para ganar las voluntades a todos y hasta las tierras, viendo que de otra forma mal podría. Hizo prender a los alguaciles, los soltó; se congració de nuevo con Moctezuma; alteró aquel pueblo y la comarca; se les ofreció a la defensa, y dejó a los rebelados para que tuviesen necesidad de él.
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Los reveses de una guerra poco gloriosa produjeron algunos movimientos de oposición a Godoy, en los que se ironizaba ante el insólito título de Príncipe de la Paz. Algunas conspiraciones se tejieron contra el valido, siendo las más conocidas las encabezadas por Juan Bautista Picornell, el marino Alejandro Malaspina y el aristócrata conde de Teba, surgiendo también la voz de españoles que, desde el exilio, se inclinaban por una vía revolucionaria. Las conspiraciones de Picornell y Malaspina tenían objetivos distintos, pero ambas intentaron aprovechar el descontento general derivado de la fracasada guerra con Francia. El proyecto encabezado en 1795 por Picornell pretendía subvertir el orden monárquico con el apoyo armado de las masas populares, aprovechando la crisis económica y la inmoralidad de Godoy, y proclamar un nuevo régimen cuyo lema sería "libertad, igualdad y abundancia". Juan Bautista Picornell era un mallorquín nacido en 1757 y que había sido condiscípulo de Marchena en la Universidad de Salamanca. Su preocupación se centraba en la pedagogía, traduciendo algunos textos relativos a la reforma de la docencia. En 1786, todavía en Salamanca, publicó un Discurso teórico-práctico sobre la educación de la infancia, con influencias de Pestalozzi y, posteriormente, ya en Madrid, de cuya Sociedad Económica era socio, presentó a Floridablanca una memoria, traducción de un texto francés, que defendía la implantación de una enseñanza estatal unificada, que debía poner el mayor énfasis en la formación política de los alumnos, para que éstos conocieran perfectamente sus deberes y derechos. El nulo interés manifestado por las autoridades ante propuestas educativas que recogían aspectos defendidos por Mably, Rousseau o Montesquieu, creó en Picornell sentimientos de frustración y agravio que influirían decisivamente en su inclinación a posiciones subversivas. Junto a otros intelectuales de mediano rango, también lectores y traductores de "philosophes" representantes de la ilustración radical, como el ya citado Mably, Picornell diseñó una conspiración destinada a salvar a la Patria de la entera ruina que la amenaza, Lo acompañaban en sus planes, entre otros pocos, José Lax, un profesor de Humanidades, Sebastián Andrés, opositor a cátedra de matemáticas en el Colegio de San Isidro, y Manuel Cortés, también profesor y destacado exalumno del mismo Colegio de San Isidro. Este pequeño grupo de conspiradores centró su actividad en efectuar una labor proselitista entre las gentes humildes de Madrid, "excitándoles con promesas lisonjeras", y en redactar textos y proclamas que debían hacerse públicas en el momento mismo del golpe, previsto para la Semana Santa de 1795. Su programa revolucionario estaba contenido en un llamado Manifiesto al pueblo, en el que se denunciaba que "todas cuantas miserias y calamidades afligen a la Nación son efecto del mal gobierno" y se hablaba de establecer una Junta Suprema, compuesta por 25 diputados que, como representante del pueblo, asumiría el gobierno provisional mientras se elaboraba una Constitución, tras lo cual se celebrarían elecciones para que la nación eligiera sus representantes. La composición hipotética de la prevista Junta Suprema, formada por personajes de elevado rango cuyos nombres nunca se hicieron públicos, ha hecho pensar que Picornell y los demás conjurados tenían algún tipo de relación con los partidarios de Aranda. Otro texto, complementario del anterior, era el titulado Instrucción de lo que debe ejecutar el pueblo de Madrid, que venía a resumir con suficiente detalle la organización del levantamiento popular y el posterior mantenimiento de la revolución triunfante, y que contaba, como elemento más descollante, con la creación de una Guardia Nacional, constituida por ciudadanos armados y que actuaría como garante de la Revolución. Si bien el tipo de régimen que se propugnaba en el manifiesto quedaba en penumbras, pues no se manifestaba explícitamente a favor de la República ni de la Monarquía, Sebastián Andrés, uno de los detenidos, había diseñado un escudo para la nueva España republicana orlado por la citada divisa "libertad, igualdad y abundancia". Mientras José Luis Comellás opina que la conspiración no pretendía acabar con la monarquía, sino transformarla en constitucional, Artola menciona que existían dos proclamas redactadas en previsión de cualquier contingencia, una monárquica y otra republicana, para difundir la más adecuada según el sesgo que tomara el levantamiento popular. Denunciado por la traición de dos braceros, sobre los que Picornell había ejercido su labor proselitista, éste y sus secuaces fueron detenidos, y sus proclamas requisadas, el 3 de febrero de 1795, día de San Blas, por lo que la conspiración también es conocida por el nombre del santo del día. Las autoridades efectuaron pesquisas para conocer si la trama quedaba circunscrita a los detenidos o si, por el contrario, eran otros los implicados en el complot. Se sabe que Picornell elaboró una lista de personajes relevantes que debían formar parte de la Junta Suprema, pero dicha lista fue retirada del expediente y no ha sido localizada por los investigadores; se conoce también que Picornell dispuso de dinero en abundancia para lograr adeptos, y que sus contactos habían llegado a otros lugares de la geografía española que debían secundar la revuelta una vez que ésta se iniciara en Madrid. Sin embargo, sólo Picornell, Andrés, Lax y Cortés fueron condenados a morir en la horca, pena que fue conmutada por la de cadena perpetua en prisiones americanas. Encarcelados en La Guaira, Picornell y sus compañeros lograron escapar el 3 de junio de 1797, colaborando desde entonces con los movimientos emancipadores. En el mismo año, el famoso marino Malaspina, de origen italiano, recién llegado de dirigir su expedición de circunnavegar la tierra, iniciada en 1789, y fiado en su prestigio, intentó hacer llegar a los reyes su proyecto para sacar a la Monarquía de las manos inadecuadas de Godoy. Malaspina era hombre ambicioso que deseaba obtener un reconocimiento político a su triunfal regreso, ya que había sido ascendido a brigadier de la Armada en marzo de 1795. En noviembre de este mismo año acarició la posibilidad de ocupar la Secretaría de Marina en lugar de su titular, Antonio Valdés, pero la designación de Pedro Varela le creó cierta frustración que acrecentó su antipatía hacia Godoy. Sus ideas políticas estaban cerca de las preconizadas por el partido arandista, que deseaba mantener los vínculos tradicionales con Francia como precaución frente a Inglaterra y defender América contra el peligro británico, pero también contra posibles conatos independentistas favorecidos por la pésima administración colonial, de la que el marino había sido testigo durante la expedición. Malaspina elaboró en secreto un plan de gobierno alternativo al de Godoy, que intentó hacer llegar a manos de los reyes, utilizando el concurso del confesor real y dos damas de la reina. El plan contemplaba la exoneración de Godoy, su inmediato destierro a la Alhambra y el nombramiento de un gobierno en que las Secretarías de Estado y Gracia y Justicia estarían ocupadas por el duque de Alba, Hacienda y Guerra por el conde de Revillagigedo, y Marina e Indias por Antonio Valdés. Jovellanos sería encargado de presidir el Consejo de Castilla. El nuevo gobierno debía tomar medidas urgentes que evitaran el peligro de insurrección popular en ciernes. Sin embargo, el plan elaborado por Malaspina fue interceptado por Godoy, produciéndose la detención del marino a finales de noviembre de 1795 acusado de conspiración. El encarcelamiento inmediato de Malaspina vino a señalar, como indica Emilio Soler, la frontera para los críticos con la política de Godoy y el firme respaldo que la Corona daba a su política.
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El fenómeno de la conflictividad social no fue, ni mucho menos, desconocido antes del siglo XVII, ni está vinculado necesariamente a un estado de crisis general. Lo que marca una cierta diferencia entre los siglos XVI y XVII es la intensificación del panorama de los conflictos en la XVII centuria, en este caso sí en estrecha relación con las condiciones críticas que se hicieron patentes en este siglo. En efecto, como consecuencia de la crisis económica y de la polarización social que indujo, se observa un recrudecimiento de las tensiones y un aumento de los estallidos de violencia social. Sobre la naturaleza de estos movimientos populares existen distintas líneas de interpretación. Un buen número de historiadores se muestran reacios a calificarlos como revolucionarios, argumentando que en ningún momento buscaron un cambio profundo en la ubicación del poder político ni cuestionaron su legitimidad. Se trataría, por tanto, de reacciones localizadas frente a agravios concretos o, sencillamente, de la expresión violenta del malestar originado por condiciones coyunturales extremas, como la carestía de las subsistencias. Algunos autores defienden incluso su carácter conservador, en el sentido de que reivindicaban la vuelta a una situación anterior, considerada más justa y modificada por la acción del Estado o del poder señorial. Se trataría, por tanto, no de revoluciones, sino de sublevaciones, rebeliones o motines sin un auténtico alcance revolucionario. Una prueba que se aporta a esta interpretación consiste en las consignas coreadas por los campesinos sublevados en Francia en 1636 (Vive le roi sans la gabelle!, Vive le roi sans la taille!) o por la plebe urbana levantada a mediados de siglo en diversas ciudades de Andalucía (¡Viva el rey y muera el mal Gobierno!), que supuestamente evidencian que tales movimientos se dirigían contra los impuestos o contra una situación concreta de gobierno sin cuestionar la legitimidad del orden superior político-social representado por la Monarquía. El argumento, no obstante, puede ser vuelto del revés. La apelación al rey podía consistir sencillamente en un acto de autolegitimación de los propios movimientos populares, los cuales reflejan un estado de rebeldía contra el orden establecido y un conjunto de aspiraciones -más o menos vagas o utópicas- de raíz inequívocamente revolucionaria. En este sentido, la rebeldía se manifestaría contra aquellas figuras que representaban la relación de poder inmediata: señores, recaudadores de impuestos, agentes gubernativos. Las sublevaciones modernas han podido ser así vistas como manifestaciones de la lucha de clases. En esta línea, términos como alborotos, motines, alzamientos, agitaciones y otros similares han sido juzgados como una jerga de eufemismos semánticos que tienden a disipar la fuerza del concepto de revolución y, en definitiva, a banalizarlo. La tipificación de los conflictos conduce, una vez más, a la distinción básica entre movimientos urbanos v campesinos, aunque en realidad resulta dificultoso trazar una divisoria clara entre ambos. Pillorget ha establecido tres modelos diferentes: a) Los movimientos urbanos suscitados por problemas materiales (en especial, carestías), por razones de prestigio o por disputas en torno al poder; b) los movimientos urbanos o campesinos contra la incursión de agentes foráneos al sistema de organización aceptado por la colectividad (recaudadores, tropas) y en defensa de derechos comunales o de la propiedad individual, y c) los movimientos en favor de los particularismos provinciales frente a la acción unificadora del poder central. Esta tipología, en opinión de J. Dantí, permite calificar la casi totalidad de los conflictos del siglo XVII, si bien éstos podían compartir de forma simultánea distintos modelos. Por su parte, Francois Hincker propone distinguir, dentro de los movimientos específicamente campesinos, entre dos modelos, correspondientes el uno a la Europa oriental y el otro a la Europa occidental. El primero de ellos estaría definido por un estado de permanente insurrección derivado de la servidumbre feudal a la que se sujetó al campesinado. El fenómeno designado como segunda servidumbre, que estableció sobre los campesinos al este del Elba prestaciones en trabajo y la adscripción a la tierra, impulsó a los que no se resignaron a aceptar la situación a elegir entre el camino de la huida y el de la revuelta. La primera solución fue factible sólo en aquellos casos en los que había zonas próximas despobladas que ofrecían la oportunidad de asentarse en condiciones de mayor libertad personal. Pero cuando esto no ocurría o cuando el poder (como sucedió con los príncipes alemanes, los reyes bohemios o húngaros y los zares rusos) procedió a reprimir duramente la huida de siervos, al campesinado sólo le quedó el camino de la revuelta. Las condiciones eran, en cambio, comparativamente más favorables a los campesinos en Europa occidental. La evolución social resultó distinta en este segundo ámbito, en el que, por término general, y a pesar de la persistencia bastante extendida del señorío, la población rural se había emancipado de la servidumbre feudal. El campesinado libre, que se mostró muy activo en ciertos países, como en Francia, a la hora de protagonizar revueltas, se levantaba, por tanto, por razones distintas a las del campesinado oriental. Al oeste del río Elba la rebeldía rural estuvo, según Hincker, vinculada en mayor grado a la irrupción del Estado monárquico absolutista, identificado por los campesinos con un cuerpo extraño a su sistema de organización tradicional. Las exigencias del Estado en forma de imposición fiscal y el endurecimiento de las condiciones de vida derivado de las crisis agrarias actuaron como precipitantes de las rebeliones. Del anterior esquema Hincker exceptúa algunas pocas revueltas que, muy marginalmente, respondieron a otro tipo de causas, bien de carácter religioso (como la de los Viejos Creyentes, integristas rusos sublevados en 1645) o étnico-religioso (como las registradas en Irlanda y Escocia). La historia de las grandes revueltas populares del siglo XVII se inició con los graves desórdenes ocurridos en Rusia a raíz del hambre padecida en los años 1601 a 1603. Muy pocos años después, en 1606-1607, coincidieron varios grandes levantamientos campesinos en diversos países de Europa. Los habitantes de las "Midlands" inglesas protagonizaron una revuelta contra los "enclosures", causantes de que muchos de ellos quedaran sin trabajo y en la miseria. Los "haiduks" húngaros se levantaron en número de 20.000, arrastrando a grandes contingentes de siervos. Las acciones de bandidismo de los "haiduks" (campesinos-bandidos) son inseparables de la resistencia campesina a las condiciones de explotación de que eran objeto y, en términos generales, de la lucha de los húngaros contra el dominio de los Habsburgo. Por su parte, Rusia asistió a la sublevación de Ivan Bolótnikov, coincidiendo con las luchas dinásticas desatadas a la muerte del zar Boris Godúnov, movimiento que reclamaba la vuelta de las libertades campesinas. En 1626 se produjo en la Alta Austria la que Kamen califica como "la mayor rebelión popular de todo el período de la guerra de los Treinta Años". Originada por motivos religiosos (imposición católica sobre un área luterana), tuvo un fuerte componente campesino. Stefan Fadinger y Christoph Zeller fueron los líderes de este movimiento, reprimido de forma muy sangrienta. Como el propio Kamen señala, durante el transcurso de la rebelión el campesinado "celebraba el fin del antiguo orden, la eliminación de señores y sacerdotes y la aparición del campesinado como nuevo amo". Pocos años después, entre 1628 y 1631, una nueva revuelta campesina en varios lugares de Inglaterra, liderada por una misteriosa y ubicua "lady Skimmington" (bajo cuyo nombre se escondían diversos líderes), venía a reproducir la cuestión de la resistencia a los cerramientos. Los años treinta y cuarenta del siglo resultaron especialmente conflictivos. En Francia el fuerte incremento de la presión fiscal que acompañó a la guerra provocó grandes rebeliones en el ámbito rural, así como en el urbano, estudiadas por Boris Porchnev. Las protestas alcanzaron un especial grado de intensidad en torno a 1636, con la sublevación de "los Croquants", y 1639, con la de los "Nu-Pieds". El primero de estos movimientos se extendió a lo largo del territorio situado entre el Loira y el Garona, en el centro-oeste del país. En la región de Périgord decenas de miles de campesinos, liderados por el noble La Mothe La Fôret, se alzaron en armas contra los impuestos y procedieron a una matanza de recaudadores. Junto a las contribuciones, la peste, las malas cosechas y la presencia de tropas en el territorio actuaron como precipitantes de la revuelta. Ésta concluyó en 1637 con una sangrienta represión a cargo del duque de La Valette. Por su parte, la rebelión de los "Nu-Pieds" estuvo mucho mejor organizada que la anterior, afectando a la región de Normandía. De nuevo, la enorme presión fiscal sobre la población campesina actuó como detonante del movimiento. En los años 1647-1652, en un contexto en extremo crítico para la Monarquía hispánica, se produjeron sublevaciones de carácter social en el sur de Italia y en Andalucía. En medio de una gran carestía de alimentos, en 1647 estallaron desórdenes urbanos en Nápoles y Sicilia. En Palermo, el orfebre D´Alesi se erigió en líder de un movimiento popular que protestaba por la escasez y los impuestos, al tiempo que reclamaba una mayor presencia artesanal en el gobierno de la ciudad. En Nápoles se unieron varias causas de descontento, entre las cuales la opresión nobiliaria y la imposición de tributos con la finalidad de costear el esfuerzo bélico de España fueron las más importantes. En julio de 1647 el pescador Masaniello se alzó al frente de una revuelta cuyo pretexto fue el impuesto sobre la sal. Masaniello fue asesinado y el nuevo caudillo, Gennaro Annese, proclamó la república, bajo la protección de Francia. Hasta el año siguiente, 1648, los españoles no consiguieron controlar por completo la situación, con la colaboración de la aristocracia local. En Andalucía, a los graves problemas de abastecimiento registrados a mediados de siglo se unieron las consecuencias de las oscilaciones monetarias provocadas por la política gubernamental, las exacciones fiscales y la presión señorial en el campo. En 1647 se produjeron disturbios en Lucena, Espejo, Luque, Estepa, Alhama y varias localidades más, aunque en este caso el hambre no parece que fuera la principal causa. Sin embargo, a partir del año siguiente, 1648, el hambre se extendió por Andalucía, unida a una mortífera epidemia de peste. En Granada se sublevó la plebe urbana, imponiendo un nuevo corregidor designado por el pueblo, el cual tomó medidas para abaratar el trigo. En 1651 y 1652 el grano volvió a faltar y su precio se disparó. Durante el último de estos años se produjeron numerosos motines de hambre en las ciudades andaluzas. La carestía se vio agravada por las actividades de los especuladores, que sacaban provecho de la situación acaparando trigo y logrando hacer subir artificialmente los precios. En Córdoba estalló un grave motín el día 6 de mayo, que comenzó según algunas versiones cuando una mujer recorrió las calles de la ciudad gritando con su hijo muerto a causa del hambre en los brazos. Más inquietud aún produjeron en las autoridades gubernamentales los tumultos originados en Sevilla el mismo mes de mayo de 1652, que tuvieron comienzo en el popular barrio de la Feria, donde predominaban los artesanos tejedores. La ciudad estuvo a punto de ser totalmente controlada por los amotinados, los cuales intentaron asaltar diversas casas de comerciantes en las que se sospechaba podía haber trigo almacenado. Los sublevados se hicieron fuertes en el barrio de la Feria, pero fueron fácilmente reducidos, sufriendo más de un centenar de bajas, entre ellas las de algunos de los principales líderes. Ciertos clérigos tomaron también parte en el motín. Para Domínguez Ortiz, las alteraciones andaluzas de mediados del XVII tuvieron principalmente un carácter urbano y espontáneo, caracterizándose por ser, ante todo, motines de hambre. Aquellos mismos años centrales de la centuria resultaron ser altamente conflictivos en Francia. En el marco de las Frondas se registraron revoluciones urbanas, aunque el mayor protagonismo no correspondió siempre en este caso a las clases populares. Muy activa, por el contrario, resultó la participación de éstas en la "Ormée" de Burdeos, que se desarrolló en los años 1651-1653. Este movimiento es calificado por Pierre Deyon como la forma mejor organizada y más consistente de los movimientos urbanos en Francia. Los ormistas bordeleses eran miembros de las clases modestas y de la pequeña burguesía, enfrentadas a los funcionarios y a los comerciantes ricos de la ciudad. En un principio, a pesar de que se manifestaron opiniones de corte democrático y republicano, influidas por el programa de los igualadores ingleses, la "Ormée" se mantuvo leal al monarca. Más tarde, el movimiento se radicalizó y se dividió, siendo finalmente reducido en 1653. 1648, año de revoluciones, también asistió a un importante levantamiento en Moscú, en cuyo transcurso resultaron asesinados varios funcionarios reales. El hambre popular, el nuevo tributo sobre la sal y las derrotas militares contribuyeron activamente a exaltar los ánimos y precipitaron la revuelta, a pesar de la cual el feudalismo ruso se afianzó. Los años cincuenta contemplaron la sublevación campesina de Alejandro Kostka contra la explotación feudal en Polonia (1651) y una rebelión de los cantones suizos contra la devaluación de la moneda, liderada por Johannes Emmenegger. En 1667, los indomables cosacos rusos de las regiones del Don y el Volga, acaudillados por el legendario Stenka Razin, emprendieron una importante revuelta en la que, al tiempo que manifestaban su voluntad de servir a Dios y al zar, proponían castigar a los nobles, suprimir las distinciones sociales, abolir la servidumbre e imponer un sistema de elección para la designación de autoridades. Las décadas finales del siglo asistieron a un relativo apaciguamiento de los movimientos de insurrección popular. No obstante, en 1675 los campesinos de la Baja Bretaña se levantaron en protesta contra los impuestos y la opresión señorial, al tiempo que en defensa de las libertades regionales (movimiento de los "bonnets rouges"). En 1688 miles de campesinos catalanes pusieron cerco a Barcelona, en abierta rebelión contra las imposiciones militares de la Corona al Principado, que se hallaba protegido de ellas por antiguos fueros. Este movimiento hizo renacer el fantasma de la gran rebelión separatista de los catalanes de 1640. Finalmente, los campesinos valencianos se levantaron contra las cargas señoriales en 1693, en una sublevación conocida como la segunda germanía.
lugar
Localidad de la provincia de Burgos situada en el extremo noroeste de la misma, muy próxima a Palencia. Destaca de la villa el poderoso castillo feudal, levantado durante el periodo reconquistador. Según algunas crónicas de la ciudad de Burgos, el castillo fue dado en arras por Alfonso VIII a su esposa Leonor, hija de Enrique II de Inglaterra, juntamente con otros lugares. En el año 1333, fue tomado al asalto por el Señor de Poza. Del primitivo castillo se ha conservado la Torre del Homenaje, partes de la muralla y el puente levadizo. Además del castillo, encontramos otras construcciones románicas en la urbe, destacando la iglesia.