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El reinado del primer Habsburgo, Carlos I de España y V de Alemania, supone el inicio de la hegemonía española a nivel mundial. Las bases de la dominación hispánica hay que buscarlas en la política matrimonial de los Reyes Católicos, que facultó que su nieto el joven Carlos heredara las posesiones españolas, borgoñonas y austriacas y, con ello, la mayor concentración de poder hasta entonces conocida. La elección imperial y las posesiones de Ultramar, finalizadas las grandes conquistas a mediados del siglo XVI, hicieron del monarca el más poderoso de su época. La era de dominación hispánica vino acompañada por un crecimiento demográfico y económico que, sin embargo, no fueron suficientes para hacer frente a las grandes responsabilidades que en el plano internacional planteaba la nueva situación. El papel de primera potencia en una Europa en transformación a todos los niveles, supondrá la realización de un gran esfuerzo político y económico que, no obstante, acabará haciéndose pagar en los reinados posteriores. Felipe II vivirá el repliegue hacia sí misma de la monarquía hispánica y los primeros indicios de una crisis que tendrá su mayor expresión durante el reinado de Felipe III. La apertura del mundo conocido, facultada por los descubrimientos geográficos, ampliará el escenario de las relaciones internacionales y supondrá un nuevo marco en el que se reflejarán las tensiones por la dominación europea. El último marco de referencia lo pondrán los conflictos religiosos, en una época en la que se configuran las grandes escisiones del catolicismo.
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No es habitual que los cuadros de historia sean de pequeño formato como ocurre en este caso, desafiando Rosales a las "grandes máquinas" de la época y constituyendo un temprano precedente de la pintura de gabinete con escenas históricas, de considerable éxito entre los burgueses a finales del siglo XIX. El lienzo representa el momento en que un adolescente don Juan de Austria, hijo natural del viudo emperador Carlos y doña Bárbara Blomberg, es conducido a presencia de su anciano padre en su retiro de Yuste. La presencia de don Juan había sido mantenida en secreto durante mucho tiempo, siendo conocido el niño con el nombre de Jeromín. Don Carlos aparece junto a una ventana, prácticamente inválido por los continuos ataques de gota, por lo que lleva las piernas cubiertas con una manta, reposándolas sobre un cojín. El emperador se acompaña de su fiel mastín y de dos frailes jerónimos del cercano monasterio. En el extremo opuesto de la composición se ubican los nobles de la corte imperial y el tímido don Juan, vestido de azul intenso, presentado a su padre por su tutor, don Luis de Quijada. La técnica exhibida por Rosales es de una gran riqueza plástica ya que consigue crear las figuras con un empastado y breve toque, aunque no renuncie a su riguroso dibujo y la volumetría del modelado de los personajes. A pesar de reducido tamaño, la escena no pierde monumentalidad ni trascendencia, ubicando con maestría a los personajes en la escena, trabajando de manera acertada el tratamiento de la luz, creando una excelente sensación atmosférica que recuerda a Velázquez. Tampoco están descuidados las indumentarias ni el realismo de los rostros, consiguiendo un sensacional resultado. El lienzo fue encargado por el duque de Bailén y presentado a la Exposición Nacional de 1871.
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Giotto figura una escena muy simplificada en la que el centro compositivo viene dado por la estructura arquitectónica que enmarca ejemplarmente la argumentación principal de la obra. El templete, presentado de forma sesgada para una mayor verosimilitud en la creación de un espacio en profundidad, determina la disposición de los personajes. Toda su fuerza constructiva se vale para concretizar el efecto perspectivo, sin más aditamento en el fondo de la escena, con el azul del cielo. Muy importante es la expresión de los personajes, sobre todo la figura de Jesús, que patalea rabioso entre los brazos del sacerdote. O la imagen de la Virgen, que avanza los brazos para calmar a su hijo. Con su movimiento, la figura adquiere corporeidad, volumen, con las distintas matizaciones de los pliegues de su túnica, de extraordinario tratamiento, muy reales. El resto de los personajes se mantienen en un segundo lugar, pero importantes por su sola presencia y su individualización, que nos lleva al motivo central de la escena, reforzando su importancia.
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La decoración mural de la iglesia de la Cartuja del Aula Dei en Zaragoza se distribuye en grandes paneles a lo largo de los muros del templo y a una altura considerable ya que bajo ellas están las altas sillas de los dos coros de los monjes. Se dedica a la historia de la Virgen María en relación con la infancia de Cristo. Goya debió pintarlos entre 1772 y 1774, sufriendo un gran deterioro cuando los monjes debieron abandonar la Cartuja, perdiéndose por completo las del muro de la izquierda. La correspondiente restauración en los primeros años del siglo XX correspondió a los hermanos Buffet, quienes realizaron los murales que no pudieron reparar. El estilo que empleará el maestro mezcla las enseñanzas barrocas de José Luzán, lo aprendido durante su viaje a Italia, el decorativismo barroco de moda en Madrid y el clasicismo imperante en numeroso círculos de la corte. Ese crisol de estilos será unificado por Goya resultando una obra personal e inconfundible que tiene el honor de ser la decoración de mayor tamaño que realizara el maestro. Curiosamente, al estar incluidas las escenas en un monasterio cartujo, las mujeres no han podido contemplar el extraordinario conjunto, a excepción de la última restauradora y la reina de España, doña Sofía de Grecia.La Presentación de Jesús también se identifica con la Purificación de María, existiendo dudas sobre la temática exacta. La santa pareja - san Joaquín y santa Ana ó María y san José - presenta a su vástago al Sumo Sacerdote de los Judíos, desarrollándose la escena en el interior de un templo, cuya arquitectura se insinúa al fondo. Las amplias figuras se sitúan en el centro de la escena, destacando los acentuados pliegues de sus mantos y lo alegre del colorido. La pincelada aplicada es bastante suelta, creando un conjunto de soberbia belleza.
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La miniatura, perteneciente a la Primera Biblia de Carlos el Calvo, muestra el momento en que los monjes de la abadía de Marmoutier entregan al emperador el manuscrito que han decorado. Carlos el Calvo aparece entronizado y con corona en un retrato muy similar al del rey David, en el mismo códice, una semejanza que no es casual, sino que se busca a propósito como un aspecto de la teoría política carolingia.
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El cuadro dedicado a la Presentación de María es probablemente de la misma mano del autor de Jesús entre los doctores. Se ha atribuido a Zurbarán, aunque es evidente por los rasgos estilísticos que fue una obra de taller, si bien desconocemos concretamente de cuál de sus oficiales. El estilo sigue las líneas maestras de Zurbarán, aunque la manera de pintar las telas, los gestos y demás resulta más envarada y menos natural. Como puede apreciarse en un rápido vistazo, la composición es similar a la de Jesús entre los doctores: el protagonismo está en lo alto de la escalinata, donde María es recibida por el sacerdote. El resto de los personajes rodea la acción principal y dos llamadas de atención se producen al fondo, con los arcos que permiten ver el cielo.
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El estilo de Juan de Sevilla y Romero, conjuga la influencia de Alonso Cano con la pintura de Rubens - conocida a través de su maestro Pedro de Moya - y de Murillo, como podemos apreciar en esta obra del Museo del Prado.