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Al final de la Edad Oscura, entre los siglos VIII y VII, se llevó a cabo la redacción de los poemas que la tradición atribuye al poeta Homero. Ya en el siglo XVIII se planteó la duda de que un solo poeta, en los albores de la creación literaria de la humanidad, fuera capaz de realizar una obra de tal envergadura. Al mismo tiempo, una cierta crítica literaria, que ya había funcionado entre los eruditos de la Biblioteca de Alejandría, en los momentos finales de la historia independiente de Grecia, tendía a considerar impropio de la personalidad de Homero el hecho de que en los poemas se advirtieran contradicciones o repeticiones. El resultado fue el nacimiento de la querella homérica, en torno a la unidad de los poemas, en la que algunos defienden que se trata de dos obras únicas, compuestas por un individuo genial, donde es inevitable la apreciación de determinados fallos, y otros que se trata de un conglomerado de obras sueltas irregularmente compuestas y enlazadas, hasta que, a través de la comparación con la época viva de algunos pueblos eslavos, Parry planteó la hipótesis de la oralidad. Los poemas habrían tenido, antes de su redacción escrita, una larga prehistoria, que se revela en algunas de sus específicas características formales, sobre todo en la llamada fórmula o expresión hecha a que recurre el poeta como método memorístico, adecuada para cubrir de modo recurrente determinados esquemas métricos en circunstancias a veces adecuadas y a veces no, pues se puede hablar del casco brillante de Héctor, aunque se halle rodando por el suelo con su dueño herido y caído tras el ataque de Aquiles. Con una gran cantidad de matices y de variaciones, tiende a generalizarse la opinión de que los poemas conocidos por haberse sometido a la forma escrita representan el punto culminante de una larga tradición, aunque el hecho mismo de haberse escrito, en un momento cultural determinado, con características propias, ha dado un nuevo tono a las obras, sometidas ahora a las nuevas necesidades de la sociedad que se configura con los inicios de la época arcaica. Como en otros aspectos culturales, la poesía que se desarrolla en la época oscura es nueva y va renovándose de acuerdo con los cambios producidos a lo largo de varios siglos, pero se apoya en una tradición de la que se sirve y a la que manipula en consonancia con las nuevas formaciones sociales que buscan un nuevo modo de controlar la cultura, en el que parece desempeñar un importante papel el uso del pasado.
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Una joven tahitiana semidesnuda acompañada de un pequeño ídolo con iluminados ojos es la protagonista de esta obra en la que el título pone de manifiesto la relación de Gauguin con el Simbolismo literario en aquellos momentos. Cuentos primitivos, realizada años más tarde, podría ser una estupenda compañera de esta enigmática composición cuyo colorido recuerda a Upaupa, interesándose el pintor por representar lo primitivo de los cultos maoríes. La luz que parte del ídolo y la especie de alas que posee la joven podrían indicar la unión de la religión católica con la primitiva, como también hizo en Ia orana María.
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Una de las obras de Salvador Dalí en la que mejor se aprecian las influencias de la gran pintura metafísica italiana. En efecto, Carlo Carrà pero, sobre todo, Giorgio de Chirico están muy presentes en la composición. La atmósfera de soledad, la infinitud del paisaje e, incluso, la presencia del silencio que rodea por completo a las figuras... habían sido recursos dominantes en la producción de Giorgio de Chirico a partir de 1910. Tampoco debemos olvidar la posición central que ocupa la inmensa torre la cual, al ser eje de la escena, pone de relieve con mayor fuerza su importancia. En lo alto de la torre, un reloj se derrite en formas viscosas que se transforman en la silueta del continente africano. Junto a la metafísica, las figuras en primer plano le son sugeridas por una célebre obra de Robert Delaunay, formulador en los años 1910 del llamado simultaneísmo u orfismo. La obra se titulaba El equipo de Cardiff (1913) y mostraba un momento de plena acción durante un partido de rugby. Si para Delaunay el tema era una excusa para reflejar sobre el lienzo sus ideas sobre el movimiento de los cuerpos y los efectos de la luz en ellos, para Dalí encarna lo contrario, porque revela los aspectos más estáticos. Los dos personajes centrales desarrollan todas las posibilidades de metamorfosis que tenía el arte de Dalí. De unas partes surgen otros seres u objetos (como el cajón de madera), los miembros se convierten en plumas o se vacían para alojar objetos como la vela encendida. En esa apariencia formal clásica, perfecta, se demuestra mejor el carácter de lo decrépito, de los desconchones que produce la acción del tiempo sobre los objetos. Si la impresión general del lienzo es de estricta geometría, también hay un lugar para lo opuesto, para el dominio de lo blando, lo viscoso. Es la botella de Coca-Cola que se derrite en un teléfono negro que a su vez se desparrama por el suelo como si fuera una mancha de tinta.
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Dentro de constituir un género extremadamente variado, la poesía lírica griega arcaica representa un fenómeno relativamente homogéneo, ilustrativo del arcaísmo en su proceso de estabilización tras el llamado renacimiento y en su evolución, en el campo de las luchas políticas y de la percepción de los nuevos espacios coloniales. De manera general, puede decirse que las raíces de la poesía lírica se hallan en manifestaciones colectivas de orden religioso relacionadas con ceremonias de trascendencia social, en torno al calendario festivo, al nacimiento, al matrimonio y la muerte, a la guerra o a otras tomas de decisión que afectaban al destino de la comunidad. En palabras de Adrados, la mayor originalidad de la cultura griega estriba en la asombrosa proximidad en que se encuentran lo popular y religioso de los productos culturales más exquisitos. En el arcaísmo se opera esa mutación en el terreno de la lírica, en el que florecieron grandes individualidades, capaces, como Píndaro, de transformarse en poetas representativos de toda Grecia. El conjunto de la poesía simboliza el proceso entero, de lo local y específico a lo universal y general, en el movimiento creador de un género representativo, en su diversidad, de una forma de concebir el mundo y las relaciones humanas. Como la épica, también la lírica adopta como objeto temático el mito que, al imaginar el pasado, configura un modo de ver el presente. Frente a la épica, aquí la proyección es mucho mas diversificada, pues alcanza desde la perspectiva semiépica, que canta la gloria de las hazañas pasadas de los héroes de la ciudad, hasta el individualismo del personaje relativamente marginado. En su uso colectivo, la lírica procede de modo más directo. Las hazañas de los héroes del remoto pasado sirven de modelo directo a la exhortación para el combate. Tal parece ser el caso del poeta Arquíloco de Paros cuando para animar a sus conciudadanos a la conquista de Tasos recuerda las hazañas de Heracles en el mismo lugar, o el de Calino, al recordar las aventajas de los héroes tras la guerra de Troya, dispersos por diversos lugares de Asia Menor y de las costas levantinas del Mediterráneo. El uso exhortativo del pasado resulta especialmente claro en Tirteo, cuando recordaba a los Heráclidas como antepasados de los reyes espartanos y las hazañas de la primera guerra mesenia, en formación gentilicia y tribal, para que los soldados de su tiempo emprendieran con ánimo la nueva guerra mesenia, con que se configuraría el fundamento territorial del sistema político y económico de la Esparta clásica. El presente se ve reflejado idealmente en el pasado heroico. En otros casos, a partir de cantos originados en fiestas agrarias o de la reproducción, la lírica se orienta hacia lo privado, o bien en términos satíricos, para denostar el papel de la mujer en el oikos, como también hacía el poeta épico Hesíodo, en tema confluyente a partir del mito de Pandora, uno de cuyos representantes sería Semónides, o el mismo Arquíloco, o bien en términos eróticos, aspecto reflejado principalmente en Anacreonte o en los himnos de Safo a Afrodita. La fiesta ha podido tomar una orientación más oficial para convertirse en fiesta pública en que se consagran cada año las jóvenes doncellas que pasan a integrarse, en la madurez, para acceder al matrimonio, en una fiesta orquestada por un poeta director del canto y la danza, como Alcmán, creador de hermosos Partenios, himnos referentes a la virginidad de las jóvenes. Ahora bien, por su relación con la reproducción también pueden haber dado lugar a manifestaciones más o menos obscenas, como las que se plasman en la obra de Hiponacte, que llega a referirse a los aspectos negativos de la formación de la ciudad arcaica, a la exclusión de los no integrados, al phármacos, maldito, objeto de exclusión simbólica, ritual y purificadora pero también real, pues el proceso integrador llevó consigo igualmente la definición del espacio del que se excluyen los demás. Los grupos aristocráticos tienden a monopolizar ciertas ceremonias rituales, en torno a la hetería, en el banquete, heredero de la ceremonia distribuidora, ya transformada en elemento de control y de solidaridad del grupo, vehículo de transmisión de las ideas que le dan carácter compacto. Teognis es posiblemente el poeta más significativo cuando da consejos al joven Cirno, con quien tiene relaciones pedagógicas y pederásticas, y le advierte de los peligros que los cambios sociales de la época pueden reportarle a él y a su clase, en el terreno político y en el plano ideológico, como defensor de la pureza de sangre.
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Este pintor bávaro abre un capítulo singular en la pintura de la época de apogeo Biedermeier. Con un humor socarrón se burla de las costumbres pequeño burguesas en cuadros de formato menor y de factura deliberadamente ramplona, que hace honores a las escenas de ridículo ciudadano que presenta. La enorme popularidad de sus cuadros se explica porque estos hablan del ciudadano medio. Esta desconsoladora imagen de una familia de domingueros es una mofa graciosa e incluso tierna que aún no se encuentra en las formas de la sátira realista de Daumier.
Personaje Científico
Trabajó al servicio de varios papas, por lo que estuvo en permanente contacto con los ambientes de intelectuales más selectos. Años después ascendió a canciller de la República de Florencia. Como tal apoyó muchas iniciativas humanística y prestó especial interés en la recuperación de manuscritos clásicos. Esta labor permitió la lectura de autores como Plauto, Lucrecio, Celso, Colmuela y Frontino, entre otros. Sus obras más importantes fueron "Orationes", donde recoge los discursos pronunciados durante el concilio de Constanza, e "Historia de Florencia". También escribió "Sátiras", "De Hypocrisia" y sus "Facetiae", pequeñas historias sobre anécdotas.
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