El Islam es "religión y Estado". Por lo tanto, la base de dicho Estado es ideológica y la misión del soberano es, precisamente, la protección de dicha fe. El califato legal y legitimado por la sucesión del Profeta servía al individuo para lograr la salvación eterna, con lo que se alcanzaba una perfecta conjunción entre gobierno y súbditos. Bajo este sistema, la religión es la base de todo el poder y el soberano sólo un fiel reflejo de Dios en la Tierra. De esta definición deriva la palabra califa, es decir, "sicario". En este orden ideal, el bien individual y el del Estado coinciden, y la ley canónica o sharía es la vía de conducción. Así, el califato en el Islam sunní o el immanato en el shií son el Estado islámico justo y verdadero, mientras que los otros únicamente buscan fines terrenales. Sin embargo, teoría y práctica no recorrieron juntas mucho camino en la historia del islam debido a las dificultades para conjuntar religión y política. El hecho de establecer el origen divino del poder político obligaba a los gubernativos a colocar la política bajo enfoques teológicos y jurídicos, como les sucede a las otras dos grandes religiones monoteístas, el cristianismo y el judaísmo.
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El mundo político de Madrid muy vinculado a la prensa y a las tertulias y asociaciones como el Ateneo y la Sociedad Matritense, estaba compuesto por presidentes del consejo, ministros, secretarios de ministerio, altos funcionarios y diputados más o menos habituales con un peso especial. Casi todos ellos fueron intercambiables en sus puestos y los ocuparon alternativamente o incluso al mismo tiempo. El poder ejecutivo, o lo que propiamente se llama gobierno, se componía de seis, siete u ocho secretarías de despacho (ministerios), que se fueron fijando a lo largo del siglo XIX, formalmente nombrados por la Corona, con mayor o menor influencia de partidos o espadones militares. Todos los ministros reunidos formaban el Consejo de ministros, cuyo presidente era quien el rey designara al efecto, con frecuencia vinculado al Ministerio de Estado, o bien otra persona que ocupaba específicamente tal cargo. Las carteras fueron las de Estado (relaciones exteriores), Gracia y Justicia (Justicia, asuntos eclesiásticos, nobleza y, durante un tiempo, la enseñanza), Hacienda, Fomento (comercio, agricultura, industria, obras públicas, comunicaciones y, a partir de un momento, enseñanza), Guerra y Marina fueron estables en todos los gobiernos del siglo XIX. Hay otros dos ministerios que fueron más cambiantes: el de Ultramar, creado en 1858, y el de Gobernación del Reino. Este último, restablecido en 1836, tenía competencias en estadística, administración provincial y local por medio de los jefes políticos o gobernadores provinciales, alistamientos y sorteos para el ejército y la marina con la intervención de los ministerios correspondientes, cuidado de la riqueza nacional en arbolado de montes, caza y pesca, beneficencia y sanidad pública, elecciones para diputados, correos, imprenta y periódicos, teatros y diversiones públicas, cárceles y presidios, guardia civil y, en general, el orden público y la vigilancia. La nómina de ministros fue considerable. Entre 1833 y 1868, hubo nada menos que cincuenta y cinco gobiernos diferentes. Es decir, una media de un gobierno cada siete meses (treinta y cuatro de ellos duraron menos). El número de ministros es mucho mayor que el número de gabinetes multiplicado por el de ministerios, pues en una gran mayoría de los gobiernos, a pesar de su brevedad, hubo reorganizaciones y crisis parciales. En total, fueron más de quinientos cargos ministeriales. Como muchos de ellos ocuparon carteras en diversos gobiernos, el número de personas que realmente fueron ministros de Isabel II o sus regentes fueron unas trescientas cincuenta. Los ministros se elegían fundamentalmente entre hombres de leyes (abogados, magistrados, profesores de derecho) y militares. Con frecuencia, unían a una de las condiciones anteriores la diplomacia y el periodismo, actividades que muchas veces se confundían con la propia política. Como excepciones, nos encontramos algún historiador aficionado, como el Conde de Toreno, propietario y rico por su casa. Algunos, muy pocos (entre los que destacan Cea Bermúdez, Mendizábal y, especialmente, José Salamanca) se dedicaban profesionalmente al mundo de los negocios, si bien otros muchos ministros hicieron negocios aprovechándose de su condición en la política. Llama la atención que prácticamente todas las demás profesiones y actividades estuviesen casi completamente ausentes de una posible carrera ministerial en estos años. Los gobiernos formados por esta reducida clase política se forman por iniciativa de la reina, o sus regentes hasta 1843. La Corona actúa como poder arbitral, aunque, con más frecuencia, tiende a orientarse abiertamente por los moderados. El poder legislativo estaba compuesto de dos cámaras: Congreso y Senado, con función y composición variable según el ordenamiento constitucional y sus correspondientes leyes y reglamentos por las que estuviesen reguladas, muy variables por cierto para tan corto número de años. Los partidos judiciales, en los que se subdividieron en 1834 las provincias creadas en 1833, adquirieron también significado político al constituir la base para la elección de procuradores del Reino (Estatuto Real) o diputados (Constituciones de 1837 y 1845). El sistema parlamentario por el que oficialmente se regía la política era falaz. Los grupos políticos, a veces con la presión de las armas o con la algarada, actúan sobre la Corona logrando muchas veces el encargo de formar gobierno, lo que lleva consigo la posibilidad de "manejar la elección que siempre proporciona mayorías sumisas" (Jover). En el período 1833 a 1868, que abarca el período de Isabel II, hubo veintidós elecciones generales. Prácticamente en todos los casos, los presidentes de gobierno que convocan las elecciones son los que continúan como presidentes de gobierno con mayorías parlamentarias. El hecho que explica el sistema es que los cambios de gobierno, cuando implican cambios de partido político, no se llevan a cabo a través de unas elecciones sino por la decisión de la Corona, forzada en bastantes ocasiones. Como norma bastante general, se puede afirmar que los políticos dinásticos manipulan la máquina parlamentaria. Las tres fuerzas internas del poder liberal en la España de Isabel II, la corona, el ejército y los partidos, se muestran unidas frente a las amenazas externas: carlistas, republicanos y las nacientes asociaciones proletarias. Pero, como ha señalado Raymond Carr, conspiran dos contra la otra en diversos momentos. En el origen de cada uno de los períodos políticos se encuentra una situación anómala en lo que hubiera sido una situación normal parlamentaría: el golpe de Estado. Un general, apoyado por un sector del ejército, pasa a ser dirigente de un partido e intérprete ocasional de la voluntad popular a través de una institución castiza: el pronunciamiento. Este está apoyado con frecuencia por revueltas callejeras en algunas ciudades que a través de las Juntas locales, otra institución nacida en la Guerra de la Independencia, darán un carácter civil al golpe. Además de los ministros y parlamentarios, había otra serie de puestos de representación y altos cargos en la política y la administración radicada en Madrid. Por una parte, el mundo de la representación española en el exterior, que frecuentemente, estaba ocupada en sus escalones más altos por los propios políticos, o si se quiere, al revés. Por otra, los ministerios contaban con una secretaría general y una serie de altos cargos, normalmente denominados directores generales. De cada uno de ellos dependía una oficina, en la que el director general actuaba como jefe auxiliado con un número variable de subalternos. En todo caso, no hay que pensar en una administración muy numerosa, ni excesivamente ágil. Por ejemplo, en 1860, según el Censo que corresponde a ese mismo año, los empleados activos del Estado no llegaban a 31.000, bastante distribuidos por las provincias. En Madrid no llegaban a los 5.000.
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Las fórmulas cancillerescas del Alto Medievo utilizan una gran variedad de términos a la hora de hablar del estatus personal del individuo. Los poderes públicos, sin embargo, insistieron en que no había más que dos categorías de hombres: los libres (ingenui) y los no libres (servi, ancillae, mancipia...). Las proporciones entre ambas categorías varían según las regiones y los momentos aunque para el conjunto del Occidente podamos reconocer ciertas tendencias comunes que conviene analizar. Bajo el término ingenui se ocultan individuos de muy diverso nivel económico y reconocimiento social: los miembros de aquellas familias (aristocráticas o no) relacionados por los lazos de fidelidad vasallática, pequeños propietarios alodiales, comunidades campesinas comprometidas en procesos de colonización de nuevas tierras, o campesinos que cultivan un manso ingenuil inmerso en una superior estructura dominical. Todos ellos tienen unos derechos y unas obligaciones comunes: respeto a su estatuto de libertad, servicio judicial y juramento de fidelidad al monarca. Bajo el término servus se oculta el esclavo o sería mejor decir, el heredero de la esclavitud antigua que, con algunas variaciones, se prolonga hasta fines de los tiempos carolingios. Hasta la mutación del año Mil, el Occidente mantuvo una alta proporción de mano de obra esclava e incluso se convirtió en exportadora de esclavos capturados en los confines eslavos. Núcleos como Ratisbona, Verdún, Arlés, Pavía, etc., fueron importantes mercados de hombres. La documentación de la época nos habla de distintas categorías de servi. P. Toubert ha reconocido, para el Lacio y la Sabina a: servi residentes asentados en tenencias campesinas; servi manuales adscritos a la reserva señorial; ministeriales afectos a ciertos sectores de la producción o la gestión económica dominical; y servi familiares identificables con los esclavos domésticos. En otras partes de Europa se encuentran categorías similares. Y se percibe también una tendencia: el esclavo del Alto Medievo va a diferenciarse sensiblemente del de la Roma clásica. No sólo porque la Iglesia le haya elevado a la dignidad de persona humana. También porque la vieja cabaña humana (la esclavitud-cuartel definida por Max Weber) deriva hacia nuevas formas: el servus puesto en condiciones de proveer su alimentación y contribuir con su esfuerzo a mantener al señor. Todo ello se lograba mediante el asentamiento del servus y su familia en un manso servil. Los servi residentes o servi casati tienden, así, a diferenciarse de los manuales o de los familiares y a parecerse cada vez más a aquellos ingenui también asentados en el gran dominio. Lo que acabará contando no será tanto la condición jurídica original de la familia sino el vínculo de dependencia personal que tiene su contrapartida en la tierra que se ocupa. Cabe, por todo ello, hablar de una cierta promoción de servi de distintas categorías. Así, junto al ascenso de los casati radicados en tenencias, ciertos ministeriales servidores y agentes de un señor (conde, obispo, abad...) pueden conseguir un cierto prestigio político y social. Miembros de familias de servi emancipadas -aunque estemos ante casos excepcionales- pueden llegar a ocupar incluso altos puestos: caso del arzobispo Ebon de Reims, hijo de un siervo real manumitido. Pero cabe hablar también de un proceso inverso: la desaparición práctica de ciertas categorías sociojurídicas a mitad de camino entre la libertad y la servidumbre. Así, los laeti y los aldiones acaban convirtiéndose en simples curiosidades. Un capitular de Carlos el Calvo extiende a los coloni (originalmente ingenuos aunque coartados en su libertad de movimiento) las mismas obligaciones y penas que a los servi. ¿Simplificación de la escala social entre los no privilegiados mediante la dignificación de las capas más bajas y la degradación de las otras? Es evidente que el gran propietario tenía sobrados medios para presionar sobre el campesinado, libre o no. Las circunstancias políticas -disolución del imperio, debilitamiento del poder central, incursiones de sarracenos, normandos o magiares aumentaron la indefensión y empujaron a los más débiles a buscar a cualquier precio la protección de los poderosos. Los lazos de dependencia (noble o no) acaban extendiéndose al conjunto de la sociedad. Aunque los despojemos de la retórica, ciertos textos nos ilustran bien sobre el grado de empobrecimiento al que habían llegado amplias capas de la sociedad carolingia. El concilio celebrado en Tours a finales del reinado de Carlomagno habla de la multitud de hombres libres que "por muy distintas causas han sido reducidos a un grado extremo de pobreza". Unos años más tarde, los missi dominici de Luis el Piadoso hablan del "número ingente de personas que han sido despojados de sus tierras y de su libertad". A medida que nos acercamos al milenario del nacimiento de Cristo la violencia desatada sobre los campos por los poderosos y sus clientelas se hace cada vez más detectable. Frente a la rapiña de una minoría convertida en casta guerrera y ante la impotencia del poder político, la Iglesia trató de imponer su autoridad. Surgieron así los Concilios y Asambleas de Paz y Tregua de Dios. El Mediodía de la actual Francia fue la primera zona afectada por este movimiento ya que en ella fue donde más tempranamente desapareció la autoridad real. Así, el Concilio de Charroux del 989 y otras reuniones posteriores trataron de imponer una condena frente a aquellos milites culpables de todo tipo de violencias entre las que se encontraba el despejo de los campesinos. Cuando se habla de éstos se les define sistemáticamente como pobres: pauperes, id est agricultores. Se consagra, así, una dialéctica entre el miles heredero del potens de años atrás, y el pauper cultivador de la tierra. Sólo habrá que esperar unos años para que Adulberón de Laón complete esta imagen que será la de la sociedad feudal clásica.
Personaje
Arquitecto
Sus primeras obras se identifican con el eclecticismo, sin embargo rápidamente se siente atraído por la arquitectura expresionista. A estas pautas responde la Torre-deposito de agua en la localidad de Possen. Al finalizar la guerra entra en contacto con el Novembergruppe. En este tiempo se convierte en el mayor representante del estilo expresionista en Alemania. Es entonces cuando realiza la remodelación del Circo Schumann de Berlín en el Grusses Schauspielhaus. En esta reconversión manifiesta una gran capacidad imaginativa. A medida que pasa el tiempo sus diseños se suman a la corriente racionalista. Es autor, entre otras obras del proyecto para el Festpielhaus de Salzburgo y las oficinas de Farbenindustrie de Frankfurt.
obra
El Poema de Córdoba es una de las obras más interesantes de Romero de Torres. Está compuesto en forma de retablo, formado por seis paneles de igual tamaño y uno central, superior al resto. En las ocho figuras que aparecen en el retablo y en los variados paisajes ideales que les sirven de fondo, el pintor ha querido interpretar el espíritu de su ciudad, a través de las diferentes épocas de la Historia. La esencia y la gran belleza del conjunto residen en el juego de símbolos que se encuentra en la correspondencia mujer-paisaje de fondo. El panel central representa la Córdoba cristiana. Aparecen dos figuras femeninas bajo un arco, sosteniendo con sus manos un Triunfo de San Rafael, simbolizando de esta manera la devoción que todas las clases sociales cordobesas profesan a su Ángel Custodio. La figura de la mantilla es la modelo Adela Portillo, mujer del famoso guitarrista Andrés Segovia. La figura vestida con un mantón está encarnada por la modelo Rafaela Torres. El Triunfo de San Rafael es una obra de joyería en plata cordobesa que copia la figura de un cuadro de Valdés Leal. Al fondo contemplamos una plaza imaginaria, con fachadas de conocidas casas cordobesas y una fuente central; a lo lejos, el río Guadalquivir y el campo. El Poema de Córdoba es la expresión de siete épocas espirituales e históricas de la ciudad. El pintor evoca al pasado y subraya cómo influye éste en la personalidad de las gentes cordobesas. Para ello, no duda en emplear su mejor arma pictórica: la mujer como símbolo, mujeres cordobesas con empaque y una fisonomía apropiadas a cada momento histórico. Para ello huyó, en la medida de lo posible, de las modelos profesionales, eligiendo a muchachas que se adecuaran al simbolismo que él intentaba representar, remarcado ese simbolismo con la estatua del personaje más popular de cada época relacionado con Córdoba. El Retablo, junto a El pecado, fue presentado por Romero a la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1915, colocándose en una sala especial sin opción a premio.
contexto
En este trabajo y como muestra de este tipo de composiciones se presenta uno de los poemas con los que se solemnizaron las honras burgalesas de la reina Isabel de Borbón. Tras el sobrenombre de "Sacristán de Viejarrúa" se escondía su autor, don Sebastián Calderón y Villoslada (39) (1584 - 1653), teólogo y miembro del Cabildo catedralicio burgense, dada su condición de canónigo. Sus inquietudes literarias dieron como resultado numerosas composiciones poéticas de variada temática, amorosa, satírica, elegiaca. Están recogidas en un manuscrito, conservado en el Archivo Municipal de Burgos, con mil composiciones repartidas en diez libros con cien poemas cada uno, en el que se alternan el tono festivo y el serio. Es una "poesía popular en moldes clásicos", incisiva, mordaz, irónica, de la que se sirve para cargar contra los vicios de sus vecinos y de la sociedad en la que vivió. Entre la producción poética de este clérigo se encuentran otros dos poemas que se enmarcan a la perfección dentro de las coordenadas que delimitaban los certámenes convocados por el Regimiento para solemnizar las honras fúnebres reales, un soneto "A la muerte del rey Philipe 3?" y "A las exequias que la çiudad de Burgos hizo al senerísimo infante don Fernando de Austria Cardenal Arçobispo de Toledo". El poema del "Sacristán de Viejarrúa" en cuestión lleva por titulo "A las exequias de la augustísima reina Doña Isabel de Borbón nuestra señora que hizo Burgos cabeça de Castilla". Es un poema largo, 120 versos, en el que se alternan endecasílabos y heptasílabos. El tono es el propio de esta tipo de poesía, llena de exaltaciones y lamentos por la persona difunta. Emplea el recurso literario de la personificación de la ciudad de Burgos que se lamenta por la pérdida de la primera esposa del rey Felipe IV, muerta el 6 de octubre de 1644, el aciago "ya fatal otubre al sexto día". Para referirse a ella emplea expresiones como "beldad resplandeçiente", "dulçe prenda amada", de un monarca al que ha dejado viudo y triste; "claro y limpio espejo" (40), y por tanto reflejo de virtudes, "beldad más floreciente". En él se hace referencia al matrimonio por poderes que tuvo lugar en la catedral de Burgos en 1615, que supuso la alianza con el reino de Francia a través de los dobles esponsales de Luis XIII e Isabel de Borbón con Ana de Austria y el futuro Felipe IV, "yo aquella que en mi templo miré vnidos a vno y otro reino con laço estrecho y vínculo amoroso". La ciudad recuerda esos momentos dichosos en los que acompañó a sus soberanos, de la misma forma que lo hace ante el trágico lance de la muerte de la reina, "yo aquella misma soy que en doloroso clamor lastimó con piadoso llanto", "y yo primera agora en la tristeça que soy primera en qualquier dicha como cabeça del imperio godo". El autor plantea una especie de trasunto del corto paso que hay de la cuna a la sepultura, propio del pesimismo del Barroco y que puede observarse en la obra de Quevedo. En este caso ese breve camino quevedesco se identifica con la escasa distancia que ha separado aquellas felices bodas del sepulcro, "contemplando aquel tálamo festiuo en túmulo luctuoso transformado", "juntos en vn puesto vn tálamo y un túmulo funesto". Representa a la muerte anunciada por cometas (41) , "cometas portentosos pintó el viento", triunfante, con su imagen tradicional, clásica, sirviéndose del útil con el que iba segando vidas (42) , "lebantó por vandera su guadaña en señal de vitoria es clarecida". También aporta información sobre la situación política, sobre los problemas que afectaban a la Monarquía Hispánica en aquellos momentos, en los que el rey Felipe IV, "sol de España" (43), debía hacer frente a gran número de "rebeldes conjurados", catalanes, portugueses, galos, "domando la çeruiz rebelde y dura del catalán y del françés brioso". Sus éxitos militares se vieron oscurecidos por la muerte de su fiel esposa transformando los laureles del triunfo en cipreses fúnebres. Los gritos de victoria se vieron sustituidos por el son de los tambores destemplados. Lamenta la pérdida de la reina en términos políticos "y al imperio español que pierde tanto", ya que durante la regencia protagonizada como gobernadora del reino, a causa del viaje del rey Felipe IV al reino de Aragón y principado de Cataluña en 1642, supo ganarse la admiración y cariño de sus vasallos, transcendiendo su papel de generadora de prole regia y de madre abnegada, cuidadora solícita de la misma. Mostró firmeza en su breve gobierno, participando en la rehabilitación de la autoridad monárquica, atribuyéndole "las habladurías cortesanas y la leyenda popular" un papel crucial en la caída del valido, el Conde Duque de Olivares (44), actitud que fue ensalzada en los programas iconográficos desarrollados en la Corte o por la Universidad de Salamanca, entre otros (45) . El autor recurre a la teoría organicista que consideraba la monarquía como un cuerpo humano, del que Burgos era la cabeza a la que la sacudida de la muerte de la reina afectaba con más fuerza, por ser el órgano principal "que siempre qualquier golpe en la cabeça se siente más que no en el cuerpo todo". Siguiendo con la personificación que hace de la ciudad ésta vierte abundantes lágrimas, representadas metafóricamente por los dos ríos que la surcan, Arlanzón y Vena, "en mis ojos que vierten lastimosos, dos ríos caudalosos en abundante y copiosa Vena". Gráfico En este poema se hace hincapié en la corta distancia que separa las alegrías de las tristezas, la fiesta del duelo. La ciudad de Burgos se presentaba dispuesta a acompañar a la monarquía, tanto en el gozo, bien fuese por un éxito militar, bien por un matrimonio real, como en los momentos de dolor debidos a la pérdida de algún miembro de la familia regia. Asimismo, la ciudad se manifestaba siempre próxima, fiel, leal, atenta, solícita a cumplir con sus obligaciones vasalláticas, transmitiendo un mensaje que el Regimiento estaba muy interesado en difundir y en que incluso llegase a oídos de los monarcas.
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Al final de la Edad Oscura, entre los siglos VIII y VII, se llevó a cabo la redacción de los poemas que la tradición atribuye al poeta Homero. Ya en el siglo XVIII se planteó la duda de que un solo poeta, en los albores de la creación literaria de la humanidad, fuera capaz de realizar una obra de tal envergadura. Al mismo tiempo, una cierta crítica literaria, que ya había funcionado entre los eruditos de la Biblioteca de Alejandría, en los momentos finales de la historia independiente de Grecia, tendía a considerar impropio de la personalidad de Homero el hecho de que en los poemas se advirtieran contradicciones o repeticiones. El resultado fue el nacimiento de la querella homérica, en torno a la unidad de los poemas, en la que algunos defienden que se trata de dos obras únicas, compuestas por un individuo genial, donde es inevitable la apreciación de determinados fallos, y otros que se trata de un conglomerado de obras sueltas irregularmente compuestas y enlazadas, hasta que, a través de la comparación con la época viva de algunos pueblos eslavos, Parry planteó la hipótesis de la oralidad. Los poemas habrían tenido, antes de su redacción escrita, una larga prehistoria, que se revela en algunas de sus específicas características formales, sobre todo en la llamada fórmula o expresión hecha a que recurre el poeta como método memorístico, adecuada para cubrir de modo recurrente determinados esquemas métricos en circunstancias a veces adecuadas y a veces no, pues se puede hablar del casco brillante de Héctor, aunque se halle rodando por el suelo con su dueño herido y caído tras el ataque de Aquiles. Con una gran cantidad de matices y de variaciones, tiende a generalizarse la opinión de que los poemas conocidos por haberse sometido a la forma escrita representan el punto culminante de una larga tradición, aunque el hecho mismo de haberse escrito, en un momento cultural determinado, con características propias, ha dado un nuevo tono a las obras, sometidas ahora a las nuevas necesidades de la sociedad que se configura con los inicios de la época arcaica. Como en otros aspectos culturales, la poesía que se desarrolla en la época oscura es nueva y va renovándose de acuerdo con los cambios producidos a lo largo de varios siglos, pero se apoya en una tradición de la que se sirve y a la que manipula en consonancia con las nuevas formaciones sociales que buscan un nuevo modo de controlar la cultura, en el que parece desempeñar un importante papel el uso del pasado.