En ocasiones anteriores, el huevo había sido el principal objeto de atención de los cuadros de Salvador Dalí. Uno de los más antiguos y espectaculares es el huevo-semilla-cebolla que sostiene una enorme mano en Las metamorfosis de Narciso, de 1937.Si en esa ocasión, el huevo servía como introducción al recurso de la imagen doble, una de las nuevas posibilidades que ofrecía su método "paranoico-crítico", en el lienzo que contemplamos no sucede así. El huevo no se transforma en nada; es el lugar donde se produce el nacimiento de un ser humano. Su apariencia blanda, más que viscosa, contrasta con la naturaleza líquida del mapa de la tierra que está representado en la superficie. Por encima de tan curiosa escena de alumbramiento (no olvidemos que para ciertas culturas el huevo es el símbolo del alma) una gran sábana actúa como protección, que no sólo ofrece sombra sino seguridad. La posición que ocupa en lo alto y el huevo nos remiten de inmediato a una de las obras más enigmáticas de la historia de la pintura: la Sacra Conversación del italiano Piero della Francesca, más conocida popularmente como la Madonna del huevo. Tan peculiar escena tiene lugar en un vasto paisaje, de grandes horizontes y en el que los escasos elementos naturales que se reúnen (colinas, montañas) están realizados con la ya habitual técnica de Dalí, prodigiosa en el dibujo. El recuerdo de los pintores clásicos y su admiración, en especial, por aquéllos que habían dominado el dibujo (Rafael e Ingres) no le abandonaría nunca. Ya en noviembre de 1925 había ilustrado el catálogo de su primera exposición individual en las barcelonesas Galerías Dalmau con tres aforismos del pintor francés, en los que se defendía el valor del dibujo como expresión de la esencia de la realidad.
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Cuando se enfrenta a la ejecución de una figura, Francisco D. de Ribas mantiene el tipo creado por su hermano, Felipe de Ribas, si bien imprimiendo a las formas mayor dinamismo, como puede apreciarse en dos bellas esculturas salidas de su mano: el Niño Jesús de San Juan de la Palma y el Arcángel San Miguel de la iglesia de San Antonio Abad, ambas en Sevilla. La primera de estas imágenes nos ofrece la versión barroca del tema, presentando la imagen con movida actitud y, a diferencia de modelos anteriores, ataviada con túnica de talla cubierta por rico estofado con aplicaciones de piedras semipreciosas realizado por otro de los hermanos, el pintor Gaspar de Ribas.
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Esta obra anónima de barro cocido y policromado puede relacionarse con los talleres italianos del siglo XVIII. Se trata de un Niño Jesús, dormido sobre una nube formada por cabecitas angelicales, pieza a medio camino entre la estética barroca del siglo precedente -especialmente Murillo- y la novedad del Rococó.
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A mediados del siglo XVII se introduce en España la iconografía del Niño Jesús dormido, de larga tradición en la pintura europea del Renacimiento y el Barroco. En la escuela boloñesa, Guido Reni y Albani realizaron un amplio número de imágenes, inspirándose en estampas entre las que destaca el grabado de Giacomo Francia. Entre las primeras versiones conocidas en el Barroco Español tenemos una de Alonso Cano que se guarda en una colección particular de Barcelona. Murillo se sintió atraído por esta temática en la que se incluía ternura y dramatismo y realizó un buen número de imágenes con esta iconografía. Esta que contemplamos presenta al Niño dormido sobre la Cruz, apoyando su mano derecha sobre la calavera. La figura se sitúa ante un fondo de paisaje en el que abundan las nubes, de las que salen dos angelitos que acompañan al Niño en su soledad. Un potente foco de luz resbala por la figura de Jesús acentuando el contraste entre su nacarada piel y el manto azul. Se crea un efecto de claroscuro con el fondo en el que emerge la silueta de una montaña iluminada en cuya base apreciamos unas construcciones. Las diagonales estructuran la composición y la dotan de ritmo. El efecto naturalista de la figura del Niño no se pierde por la sensación atmosférica creada gracias a la luz y la pincelada pastosa y rápida empleada, consiguiendo el maestro sevillano una obra de gran calidad y exquisita belleza. El Museo del Louvre guarda un dibujo preparatorio de este admirable y delicado lienzo.
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Esta obra es un dibujo preparatorio para el lienzo con el mismo tema que guarda la Galería de Sheffield. Es una evidente muestra de que Murillo no dejaba ninguna obra al azar, empleando un estilo muy firme y seguro, definiendo todos y cada uno de los elementos de la composición que se popularizó a lo largo del siglo XVIII.
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Este Niño Jugando ha causado grandes quebraderos de cabeza a los que han tratado de encontrarle un significado. Está pintado en el reverso de la Subida al Calvario, lo que indica que ambas escenas tienen alguna relación desconocida. El niño es un bebé de apenas un año, apoyado sobre un andador y con un molinete de juguete en las manos. Es evidente que el niño está aprendiendo a andar y algunos han considerado que se trata de una alegoría de la estupidez humana, que requiere apoyarse para caminar. Sin embargo, esto no tiene relación con la Subida al Calvario. Otros creen que se trata del Niño Jesús, que apenas iniciados sus primeros pasos ya se encaminaba a la muerte en el Calvario. Igual problema plantea el molinete, que unos consideran símbolo de redención (es frecuente en las escenas del Calvario ver molinos de viento en el paisaje) o símbolos del amor que se sacrifica. En cualquier caso, la imagen desconcierta entre la habitual producción pictórica de El Bosco.
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Para esta pequeña acuarela, Manet tomará como modelo a Léon Köella Leenhoff - hijo de Suzanne Leenhoff, nacido en 1852 posiblemente debido a su relación con el pintor, aunque también se especula la posibilidad de que fuera hijo del propio padre de Manet, Auguste Manet - vestido a la moda española del siglo XVII, en una pose muy similar a Caballeros españoles que había pintado años antes. Resulta curioso comprobar que la acuarela está más trabajada que el citado lienzo, posiblemente para salvar las críticas por el abocetamiento. Manet atesorará durante toda su carrera un poderoso dibujo que apreciamos con claridad en este trabajo. Algunos especialistas consideran que Manet se inspiró en una obra de Tiziano para realizar esta acuarela.
Personaje
Otros
Participó en los dos primeros viajes de Colón, asociándose en 1499 a Cristóbal Guerra para iniciar contactos comerciales con las Indias. Ambos armaron una carabela con mercadería canjeable con los indígenas, recorriendo Paria, Maracapana, Margarita, Coche, Cubagua y arribando a las costas de Venezuela. Aquí consiguen cambiar sus mercancias por metales y perlas, consiguiendo un valioso cargamento con el que regresan a España. Llegado en 1500, es procesado por no pagar el quinto real, muriendo durante la actuación judicial.