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En la misma línea que los retratos de familias, también se pusieron de moda entre la aristocracia británica los retratos infantiles para adornar las paredes de sus lujosas mansiones. Hogarth aprovechó la demanda y realizó algunos de los mejores ejemplos de la retratística infantil como esta obra protagonizada por los cuatro hijos de Daniel Graham, en sintonía con los Niños Grey también retratados en estas fechas. Hogarth nos presenta a los niños elegantemente vestidos, con expresivos y alegres rostros, rodeados de juguetes y animales: un carrito de madera en el que se sienta la pequeña, un organillo que toca el hermano, una jaula con un pájaro atentamente observada por un gato y una cesta de frutas en la esquina inferior izquierda. Los modelos se sitúan en una estancia y reciben un potente foco de luz que resalta las diferentes tonalidades, jugando el maestro con los contrastes cromáticos, especialmente gracias al blanco de los vestidos. Hogarth sabe mostrar como pocos artistas la alegría infantil, apreciándose en este trabajo cierta influencia de la pintura rococó francesa, que conoció tras un viaje a Francia en 1743, y de Van Dyck. El elegante y delicado dibujo es otra de las notas identificativas de este sensacional retrato.
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El comedor de los Príncipes de Asturias en el Palacio de El Pardo era el lugar para el que Goya pintó varias series de sus cartones para tapiz. Los Niños inflando una vejiga le daban un aspecto alegre y popular a la estancia, igual que la Cometa o el Bebedor, cuyo destino era el mismo aposento. El empleo de temas populares en la decoración de espacios reales se debe al interés existente entre la nobleza de fines del siglo XVIII por el mundo de majas y majos, llegando hasta a disfrazarse de ellos para confundirse con el pueblo y participar en sus festejos.Quizá sea ésta una de las escenas más interesantes de las realizadas por el maestro, al captar, como si de un fotógrafo se tratara, el momento preciso de inflar una vejiga, siendo destacable el esfuerzo del muchacho y la actitud de complicidad de su compañero. La luz se convierte también en protagonista de esta sobrepuerta, captada desde un punto de vista bajo, con las figuras de los niños en primer plano, dos mujeres esbozados en el segundo plano y el paisaje al fondo, paisaje arquetípico de todos los cartones. El colorido oscuro empleado en la Sagrada Familia se torna en tonos fuertes y claros en estas escenas de los cartones.
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Este lienzo fue ofrecido a Carlos II en agradecimiento a la concesión de una Encomienda. Las obras suyas de este género de infantes y pícaros son de difícil datación. En cualquier caso parece que tuvo éxito con tal temática en los círculos nobiliarios de Madrid, donde residía por entonces, siendo ésta la que le ha perpetuado como italiano, que conoció, y que su tratamiento es en muchos aspectos más libre y desenvuelto que el de Murillo, con quien sólo es comparable. El conjunto de obra escaso y problemático de cronología se adecua bien a su perfil de noble y pintor, que acabó su carrera con la designación regia en 1693 de secretario de embajada.
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Las similitudes entre estos Niños jugando a los dados y las Niñas contando dinero resultan significativas. Ambas escenas están bañadas con una luz similar y se desarrollan ante el mismo fondo arquitectónico. Dos de los chiquillos juegan a los dados en posturas encontradas mientras que un tercero come una fruta mientras que un perro le mira. Se supone que se trata de vendedores de fruta o aguadores debido a la presencia en primer plano de una canasta con fruta y una vasija de cerámica, jugando las escasas monedas conseguidas, realizados todos los detalles con una impronta claramente naturalista. Los gestos de los muchachos están perfectamente caracterizados, especialmente el que echa los dados cuyo rostro está parcialmente iluminado por la rica y dorada luz. Una línea diagonal une las tres cabezas de los muchachos mientras que alrededor del centro de atención -los dados- Murillo ha creado un círculo donde se integran gestos y actitudes. Como viene siendo habitual en las obras de la década de 1670, el pintor sevillano introduce una atmósfera vaporosa creada por las luces cálidas y la armonía cromática de pardos, blancos, grises y ocres, obteniendo un resultado de gran calidad y belleza protagonizado por las actitudes desenfadas y vitales de los muchachos.El lienzo aparece documentado en 1781 en la Hofgartengalerie de Munich donde fue adquirido a principios del siglo XVIII para la Colección Real Alemana.
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Gauguin recoge en este lienzo un importante momento del perdón religioso bretón como era la lucha corporal. Contemplamos a dos jóvenes deformes con unos enormes pies, en una postura muy forzada, recortados sobre un fondo verde en el que se anulan los efectos de perspectiva al levantar el encuadre, inspirándose para ello en las estampas japonesas. El extraño punto de vista desde el que el artista realiza la composición también está inspirado en esos grabados orientales. En las partes inferior y superior nos encontramos con dos manchas de color blanco, utilizadas para compensar y romper con la monotonía del verde imperante en el conjunto. El joven que sale de la cascada en la parte del fondo es otro recurso para alejarnos de la monotonía. No es muy habitual en la producción de Gauguin el tema de los jóvenes desnudos - ver Jóvenes bretones bañándose - utilizado posiblemente para compensar con las escenas de jóvenes vestidas con el típico traje bretón como El baile de las niñas bretonas. El artista está encontrando su camino en este lugar, del que pronto se cansará para huir a la Polinesia.
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Los atentos rostros de dos niños que observan fijamente un libro son la única referencia de esta miniatura en la encontramos ecos de las Pinturas Negras. Monje y vieja también pertenecen a esta serie así como Susana y los viejos y Majo y maja sentados.