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Aparte del citado sistema de enterramiento, propiedad del encargante, prolifera el tipo más frecuente, más económico, el sepulcro en sus variadas formas, tanto en catedrales, iglesias y capillas, como en los claustros. La catedral de León, donde se conservan los ejemplares más bellos y novedosos en el interior del templo, correspondientes al siglo XIII, desarrolla una notable actividad en la construcción de sepulcros del tipo lucillo, excavados en los muros del claustro, con el fin de no impedir el paso de las procesiones y paseos devocionales de los canónigos y clérigos. Los sepulcros del siglo XIV siguen las pautas de los obrados en el siglo anterior. El de don Diego Ramírez de Guzmán repite fielmente las fórmulas del de don Rodrigo (muerto en 1232), que se copia puntualmente en el don Martín Fernández. En ellos se desarrolla el tema de las exequias, de hondo predicamento en Castilla. El sepulcro de Diego Yáñez, muerto en 1309, tiene en el tímpano la escena de la Coronación de la Virgen. El del arcediano de Triacastella (muerto en 1335) alberga la Virgen y el Niño. También se hizo enterrar en la catedral leonesa Don Alfonso, hijo de don Juan el de Tarifa, que repite fórmulas típicas de sepulcros de nobles en Castilla: escudos que pregonan su prosapia en un frente lateral y la yacente ataviada de caballero encima. En el sepulcro de la condesa doña Sancha se recuerda su muerte violenta a manos de su sobrino, que se recoge en el "Libro de las Estampas", en uno de los frentes laterales. Si la influencia leonesa de varios sepulcros del siglo XIII se deja sentir literalmente en Ávila durante finales del mismo, se advierten algunos ecos burgaleses en el siglo siguiente, como el yacente de obispo, hoy en el Museo, inspirado en el de don Mauricio. El de don Diego de las Roelas, en cambio, es obra toledana. También se deja sentir la huella leonesa en Salamanca. En la catedral Vieja se conservan varios sepulcros del siglo XIV -obispo dominico don Pedro (1324), doña Elena y obispo don Rodrigo Díaz (muerto en 1339)-, con pinturas, variante decorativa de gran notoriedad, en la capilla de San Martín. El de don Juan Lucero (muerto en 1359), en la capilla de Santa Bárbara, es un interesante ejemplar con yacente y un Calvario en el fondo del lucillo, todo ello de acusada estilización. La calidad en los sepulcros antedichos está muy por debajo de la de los espléndidos ejemplares burgaleses, que alcanzan valores extraordinarios durante el presente siglo. Se disponen programas iconográficos y escenas en relación con el Evangelio y las exequias, analizados en profundidad por M. J. Gómez Bárcena. Ejemplos significativos son el sepulcro del obispo don Pedro Rodríguez Quijada, de la primera mitad del siglo -capilla del Condestable-, cuya iconografía se repite en el de don Gonzalo de Hinojosa, de hacia mediados de siglo -capilla de San Gregorio-. En ellos se desarrolla la liturgia de los funerales desde la casa mortuoria hasta la iglesia, donde se cubre con la tapa. Este tema tuvo hondo predicamento en toda Castilla. En la catedral de Cuenca se figura en dos sepulcros de la capilla de Santiago de la catedral, el del obispo don Álvaro Martínez, y especialmente el de un caballero de la Orden de Santiago. El estilo, sin embargo, está ligado a escuelas catalano-aragonesas, y debieron de labrarse hacia 1400. En la misma catedral de Burgos, el sepulcro de don Lope de Fontecha, contemporáneo del de don Gonzalo de Hinojosa y ubicado en la misma capilla, es obra de muy cuidada calidad, que recoge un programa iconográfico en función de la salvación. El frente del sarcófago está decorado con escenas del ciclo de Navidad, sigue la yacente y las exequias, éstas en el fondo del lucillo, que se comparten con un Juicio Final, e inscrita en el airoso gablete, que enmarca el conjunto, la Coronación de la Virgen y Cristo en el remate. El sepulcro del obispo don Domingo del Arroyuelo, aunque del último cuarto del siglo, adopta fórmulas tradicionales. En Galicia se conservan sepulcros análogos al de Fernán Pérez de Andrade, de gran rudeza y expresividad, en iglesias de órdenes mendicantes de Betanzos, Pontevedra, Lugo y Santiago, cuya expansión por la citada región ha sido analizada por C. Manso. Delicada estilización presenta el sepulcro de doña Juana de Castro (muerta en 1374) en la catedral de Santiago. En Orense se conserva un interesante grupo de sepulcros de prelados en la catedral, entre los que destaca el de don Vasco Pérez Mariño, en el brazo norte del crucero. Una modalidad muy interesante en la escultura funeraria es la de sepulcros de madera. El más antiguo ejemplar conservado es el de doña Mayor Guillén, en el convento de las clarisas de Alcocer (Guadalajara) datado por Azcárate a finales del siglo XIII. Existen notables ejemplares en el Museo de Burgos, procedentes de Villasandino, Vileña y Palacios de Benaver. Son obras datadas entre finales del siglo XIII o comienzos del XIV. Repiten la tipología de los sepulcros en piedra o mármol. Se componen de yacente y sarcófago, y en sus frentes se desarrollan escenas de los funerales. El yacente de don Pedro González de Agüero (Museo Regina Coeli, Santillana del Mar, Santander) es de tamaño mayor que el natural, y va acompañado de perro, azor y espada, como corresponde a un caballero. Durante el último tercio del siglo es importante la labor desarrollada por el taller toledano de Ferrand González, en cuyo desarrollo fue muy importante la figura del arzobispo Pedro Tenorio. En el centro de la capilla de San Blas ideada por él para su enterramiento, se disponen su sepulcro y el de don Vicente Arias de Balboa (muerto en 1413), canónigo y arcediano de Toledo y más tarde obispo de Plasencia. Ambos monumentos son analizados por T. Pérez Higuera dentro del citado taller, cuya labor sitúa entre 1385 y 1410. Es posible incluso adelantar el comienzo unos años si tenemos en cuenta el estilo similar de las obras realizadas por Pedro Suárez en las casas de San Antolín, en la misma ciudad. Su propio sepulcro, obrado tras su muerte en la batalla de Troncoso (1385), es realización del mismo. Los caracteres privativos de los sepulcros del taller trascienden a provincias más o menos distantes, como Ávila, Sevilla y Álava, y su influencia penetra incluso en Portugal. En directa relación con los sepulcros de la capilla de San Blas están entre otros el de Juan Serrano en el monasterio de Guadalupe, el del obispo Diego de las Roelas, en la catedral abulense, y el de un obispo en el coro del convento de Santa Clara, de Toledo, que B. Martínez Caviró ha identificado con fray Juan Enríquez.
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Estos monumentos de friso dórico no son sino una variante de un tipo de edificio funerario que tiene su origen en época prerromana y que alcanzan su mayor difusión durante el Imperio Romano: los monumentos turriformes. El más antiguo de los conservados en la Península Ibérica es el de Cartagena que tradicionalmente se ha venido conociendo como la Torre Ciega, y que resulta al mismo tiempo el menos canónico de todos ellos. En el año 1598, un cartagenero, Francisco de Cascales, lo describió con prolijidad, y desde entonces ha despertado la atención de los investigadores. Nicolás de Montanaro la dibujó ya a principios del siglo XVIII. Poco a poco, y como testimonia una amplia serie de documentos de los siglos XVIII y XIX, el edificio se fue deteriorando, hasta llegar a amenazar ruina total a mediados del siglo XX, por lo que fue objeto, en los años 40, de un primer intento de consolidación a cargo de A. Beltrán, y de una obra ya más completa en los años 60, dirigida por Pedro Sanmartín. Según lo que puede observarse en los dibujos y las descripciones antiguas, el monumento constaba de un basamento de tres hiladas de sillares, coronado por una moldura, sobre la que se alzaba el cuerpo principal, ligeramente retranqueado y coronado por otra moldura; el remate lo constituía un tronco de cono terminado en una semiesfera; lo más interesante de todo ello, aparte de la forma general del edificio, es el revestimiento que cubría tanto el cuerpo principal como el remate troncocónico: un reticulado formado por pequeñas pirámides de piedra volcánica clavadas en la masa del mortero aún fresca, dejando visible al exterior sólo su base, que aparece dispuesta en forma de tombo; la sucesión de estas pirámides confiere a la superficie un aspecto de tablero reticular que le da el nombre de opus reticulatum con que se designa esta técnica. En este caso concreto, los ángulos del cuerpo principal estaban formados por una hilera de piedras escuadradas que terminaban en ángulo para adaptarse al reticulatum. En la cara principal, un marco de piedras de este mismo tipo rodeaba una inscripción funeraria que aún hoy se conserva, aunque muy deteriorada, en la que todavía se advierten rasgos suficientes como para confirmar la mención de un Titus Didius de la tribu Cornelia, que debía ser la persona para la que se construyó el monumento. La torre de Cartagena resulta anómala en el conjunto de edificios funerarios romanos. Su cuerpo principal presenta considerables similitudes con algunos de los monumentos funerarios en forma de altar, pero su relación con uno superior, cónico rematado en una semiesfera o, más posiblemente, en una piña, sólo encuentra lejanos paralelos en el centro de Italia durante los últimos siglos de la República, entre los cipos de algunas necrópolis etruscas y, especialmente, entre los betilos sobre podio cubiertos con una red que se reproducen en algunas urnas volterranas; en arquitectura monumental, lo más próximo es el edificio llamado de los Horacios y de los Curiacios, cerca de Arezzo, compuesto por varios cuerpos de tipo similar. Muy importante es también el hecho de que la técnica constructiva sea el opus reticulatum, poco frecuente fuera de Italia, casi siempre de época tardorrepublicana o augustea y en relación con personas vinculadas a la Italia central o a la Campania o con actividades del ejército o de la propia casa imperial. Su cronología correspondería al siglo I a. C., siendo, como más moderno, de época augustea. Pero mucho más frecuentes son otros tipos de torres funerarias, algo más tardías, que abundan especialmente en el litoral mediterráneo español. Dos de los mejores ejemplos, que también hemos estudiado personalmente, son los de Daimuz y Villajoyosa, en las provincias de Valencia y Alicante, respectivamente. Ambos son bastante similares, aunque el primero resulta más lujoso que el segundo, y se conocen desde antiguo, gracias a los dibujos del siglo XVIII del ilustrado valenciano Antonio de Valcárcel, conde de Lumiares, y del viajero francés Alejandro de Laborde. El monumento de Villajoyosa, que hoy se encuentra adosado al edificio social del camping Sertorio, en las afueras de la población, conserva un basamento de cuatro gradas y un cuerpo central, separados por una moldura; las esquinas presentan pilastras lisas, labradas en los mismos sillares de la pared; carecen de capitel, aunque debió pertenecerles uno que se encuentra hoy en las proximidades del monumento; es éste de orden corintio y aparece, como las demás partes del monumento, sin terminar de labrar; también debieron corresponder en su día a este monumento varios sillares moldurados visibles en las cercanías y que hemos identificado como partes de su arquitrabe y cornisa. El monumento era hueco, y estaba formado por una cámara cubierta por una poderosa bóveda de medio cañón cuyo arranque lo constituían los propios sillares de las paredes. No existía subdivisión interna alguna en esta cámara, ni tampoco entrada a la misma, ya que la que actualmente se conoce debe ser consecuencia de la rotura de un sillar hecha con posterioridad, posiblemente, y a juzgar por los materiales aparecidos en el interior del monumento, durante la Edad Media. La única comunicación original con el exterior era un pequeño orificio abierto en uno de sus lados, que debía servir para recibir las libaciones desde el exterior, ya que la forma en que está labrado, con una marcada inclinación hacia el interior, así permite atestiguarlo. No se ha conservado vestigio alguno de la cubrición, aunque suponemos, dado el elevado número de paralelos que se conocen, que pudo ser una pequeña pirámide, elemento de honda tradición funeraria desde su empleo en el Antiguo Egipto. Pirámides de lados rectos, o de lados curvos, resultan bastante frecuentes como coronamiento de edificios funerarios en todo el mundo antiguo. El monumento de Daimuz era muy similar al de Villajoyosa, aunque más complejo. Se conservó en bastante buen estado hasta principios del siglo XX, cuando fue desmontado para evitar las visitas de aquellos que acudían a contemplarlo, y sus sillares se reutilizaron en las construcciones de las casas próximas. Se componía de un basamento de hormigón y de una zapata de sillería, sobre la que se alzaba un basamento cuadrangular sin escalones, también de sillería. El cuerpo principal era similar al de Villajoyosa, aunque tenía las pilastras de sus ángulos estriadas y los capiteles corintios completamente labrados; en la cara principal se abría una pequeña seudoedícula, una especie de nicho de escasa profundidad, flanqueada por dos pilastras similares a las de las esquinas, sobre un basamento común en el que se leía la inscripción "Baebia Quieta ex testamento suo", esto es, el nombre de la difunta -Baebia Quieta-y el motivo por el que se construyó: una disposición testamentaria suya. Es posible que en el interior de esta pequeña hornacina, que carecía de fondo para albergar una estatua, se dispusiera un relieve en estuco o una pintura, como sabemos que ocurría, por ejemplo, en la Torre de los Escipiones de Tarragona. También en este caso el interior era hueco, formado por un solo vano cubierto con una bóveda de medio cañón, todo lo cual ha desaparecido en la actualidad. Estos monumentos se incluyen en un grupo relativamente amplio de edificios similares que encontramos en muchos lugares del Imperio Romano. En la Península Ibérica podemos citar como más famoso el denominado Torre de los Escipiones de Tarragona, por la falsa creencia de que las dos figuras que adornan la fachada principal son las representaciones de los dos Escipiones muertos durante la Segunda Guerra Púnica, pero que en realidad corresponden a sendas representaciones de Atis, la divinidad funeraria oriental también aparece en la tumba del Elefante de la necrópolis de Carmona. Este es uno de los monumentos turriformes mejor conservados, y ha sido también objeto de un estudio concienzudo de Hauschild, Niemeyer y Mariner. Se trata de un edificio de varios pisos, con un basamento inferior cuadrangular, sin gradas, un cuerpo principal en una de cuyas caras, precisamente aquella que daba a la vía romana que abandonaba Tarraco, se alzan, sobre sendos pedestales, los altorrelieves de Atis a los que ya hemos hecho referencia, que sirven de soporte a una cartela con la inscripción, hoy casi totalmente perdida; un cuerpo superior, separado del anterior por una moldura, presenta en varias de sus caras nichos muy poco profundos en algunos de los cuales aún se vislumbran relieves figurados; en el de la fachada principal, precisamente aquella donde también se encuentran las figuras de Atis, se identifican dos figuras, un hombre y una mujer, que debieron en su momento estar completadas con estuco o con pintura. Tampoco en este caso se conoce la cubrición del edificio, aunque con buen criterio los autores han supuesto que se trata de una pequeña pirámide. Monumentos turriformes son también la Torre del Breny de Barcelona, las de Villablareix en Barcelona, Iglesuela del Cid en Teruel y Basilipo en Sevilla, entre otras varias. Es un tipo que se extiende, con algunas variantes, por casi todas las provincias del Imperio, desde Asia Menor hasta el Norte de Africa, aunque con algunas características propias en cada lugar. Del estudio de sus aspectos más significativos: fachada exterior y cámara interna especialmente, pero también de otros no menos importantes, como la forma del podium, los elementos decorativos y ornamentales, etc., deducimos que al menos los edificios de Daimuz y Villajoyosa fueron realizados por el mismo taller y pudieron tener una cierta relación con monumentos similares del Norte de Africa.
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Poseemos un buen número de referencias que permiten valorar el alcance de los proyectos monumentales emprendidos a partir de época augústea. En un intento de seleccionar una muestra representativa, cabría destacar Augusta Emerita, que desde los primeros años de su existencia se vio dotada de la muralla con sus puertas, un muro de contención encauzando el río Anas, embalses y acueductos para el abastecimiento de agua, dos puentes e incluso edificios para espectáculos como el anfiteatro y teatro, donados por Augusto y Agripa, respectivamente, en las postrimerías del siglo I a. C. En Caesaraugusta el programa monumental debió afectar en primer lugar al puente, así como a las murallas y a la infraestructura hidráulica urbana. En el último decenio del siglo I a. C. ya contó con un foro, cuya función no está del todo clara, que muy pronto fue sustituido por otro de mayor superficie, construido entre los años 10-20 d. C., al igual que otro importante conjunto público se dispuso paralelo al decumanus maximus, mientras que para el teatro se reservó un área dentro de la ciudad equivalente a cuatro manzanas. En Segóbriga se advierte una fase constructiva tardoaugustea que afectó a la muralla y al inicio de la edificación del teatro, asociado con un criptopórtico, un gimnasio y unas termas. Una situación bastante parecida se observa en una buena parte de viejos establecimientos indígenas de la Meseta como Uxema, Termantia, Ercavica, Valeria, etc. Por ejemplo, el foro de esta última se planeó y comenzó pocos años antes del cambio de Era y, precisamente, las obras principales, como la creación de la terraza superior y su muro de contención al Este, así como el gran ninfeo pertenecen a este momento. En Carthago Nova (Cartagena) un especial desarrollo monumental se constata en época de Augusto y, en general, durante los julio-claudios. La estancia de Augusto en Tarraco, sin duda, tuvo que representar el espaldarazo definitivo para esta ciudad, convertida en cabeza de convento jurídico y capital de Hispania Citerior. La ciudad, en torno al cambio de Era, tuvo por fuerza que desarrollar un amplio proyecto de reformas urbanas que justificara su nueva condición política, de las que todavía poseemos una infomación bastante limitada, proporcionada en este caso por los textos y la numismática que mencionan la existencia de un altar erigido a Augusto durante poco después de su permanencia en la ciudad y un templo que ésta solicitó levantar a Tiberio, tras la muerte de Augusto en el año 14 d. C. Se trata de dos monumentos que, forzosamente, debieron situarse en el ámbito del foro, poniendo de manifiesto la evolución político-religiosa que experimentaron las ciudades a partir de Augusto y que dejó sentirse sobre todo en sus plazas públicas. No hay que olvidar que el foro representaba el espacio de mayor contenido emblemático en la ciudad. De ahí que el control simbólico de este espacio era necesario como consecuencia del dominio político y, en este sentido, la introducción del culto imperial constituía el postulado ideológico que en última instancia justificaba el nuevo orden. A la hora de rastrear las huellas que definen este proceso, Emporiae constituye una referencia de enorme valor, desde el momento en que se han podido constatarse los cambios experimentados en el foro republicano. Así, en época protoaugústea, el templo que debemos imaginar dedicado a la Tríada Capitolina o a Júpiter sufrió una serie de reformas que recuerdan a la construcción en el Foro de Roma del templo del Divino Julio. En los años inmediatamente anteriores al cambio de Era, todo el foro fue profundamente transformado. La hilera sur de tabernae fue remodelada, modificándose los accesos, a la plaza; ésta en su lado oriental fue ampliada mediante la construcción de una basílica de una sola nave con una sala en el extremo sur identificada como aedes Augusti/tribunal y que simbolizaba el establecimiento del nuevo culto al emperador en los espacios forenses y más concretamente en las basílicas. En el lado oeste de la plaza se dispuso una hilera de tabernae con puertas abiertas a la calle adyacente. Estos tres elementos, tiendas de los lados sur y oeste junto con la basílica en el lado este, quedaron integrados entre sí por medio de un pórtico en forma de U. Este conjunto se vio completado con la inclusión de dos pequeños templos situados en los extremos del limite meridional del sector religioso, uno de los cuales seguramente, estuvo dedicado a Roma y Augusto o bien a sus hijos adoptivos, Cayo y Lucio. A la vista de estas modificaciones se demuestra cómo la figura del emperador y su entorno, lo que se conoce generalmente como la domus Augusta, pasó a dominar de forma simbólica las principales actividades de la vida urbana del municipio que se congregaban en el foro. De este modo, poco a poco, el sentimiento de veneración al emperador fue penetrando en todos los aspectos de la vida cotidiana. La situación atestiguada en Ampurias ni mucho menos puede considerarse una excepción y al menos, en otras tres basílicas forenses, Tarraco, Clunia y muy probablemente, Asturica Augusta, se repite, a una escala más monumental, la presencia del "aedes Augusti" como instrumento de control simbólico de la actividad de los magistrados. Otros ejemplos ponen de manifiesto la multiplicidad de formas bajo las que podía revelarse el culto imperial. Este es el caso proporcionado por el teatro de Augusta Emerita, fechado hacia 16-12 a. C. y dotado de una capilla situada en el pórtico posterior al escenario (porticus post scaenam) y en el eje de la porta regia, en la que, entre otros hallazgos, apareció un retrato de Augusto velado como sumo sacerdote, lo que ha dado pie a identificar esta estancia como el primer lugar de culto al emperador establecido en esta colonia con anterioridad al templo municipal o imperial que se situaría en el foro. En relación con este dato puede añadirse que la presencia del culto imperial en los teatros está comenzando a ser valorada de forma conveniente a partir del ejemplo emeritense y de otros como Tarraco, Itálica, Bilbilis y Segóbriga, en los que parece confirmarse la importancia del teatro en los circuitos litúrgicos del culto al emperador. Especialmente significativo es el caso de Bilbilis, donde un proyecto de conjunto, concebido en época augústea y concluido con Tiberio, incluyó un templo elevado sobre un promontorio rocoso para acentuar su dominio sobre una plaza rodeada de pórticos que se extendía a su frente; por medio de un acceso situado en el lado occidental de este complejo se aseguraba la comunicación directa con el teatro en el que destacaba la existencia de una capilla (sacellum) coronando el limite superior del graderío y en el eje central del edificio. Siguiendo con edificios de función religiosa, la Península Ibérica ha deparado un conjunto de templos que por sus características se integran dentro del tipo períptero y que se localizan en Barcino (Barcelona), Augusta Emerita y Ebora (Evora, Portugal). Es posible que otros templos como el representado en las monedas de Tarraco, dedicado a Augusto o el que presidía el Taianeum de Italica perteneciesen a este mismo modelo. Una característica común en todos ellos es su ubicación en un foro o gran plaza ocupando el lugar más privilegiado. En alguna ocasión ha podido determinarse hasta qué punto las elites locales participaron en el desarrollo monumental de las ciudades. Es el caso de Saguntum, donde el foro de época republicana fue transformado en tiempos de Augusto mediante la disposición en torno al viejo templo de una serie de nuevos edificios comunicados mediante pórtico, entre los que destaca una basílica situada en posición lateral, así como dos pequeñas construcciones rectangulares flanqueando el templo republicano. En la nueva pavimentación de la plaza, se incluyó una inscripción con letras de bronce en la que se especificaba que el foro fue pagado por donación testamentaria de Gneo Baebio Gemino. La construcción de este nuevo foro formó parte de un gran programa de adecuación de toda la acrópolis saguntina, en el que quedó incluido un teatro junto al que discurría la vía ascendente en dirección al foro y debe ser entendida como una consecuencia del nuevo rango adquirido por la ciudad, convertida ahora en municipio.
lugar
Localidad de la provincia de Huesca, situada en el Valle del Ebro y perteneciente a la comarca de Cinca Medio, a unos 70 km de la capital. Se trata de una tierra poblada desde muy antiguo, por la que han pasado muchas de las culturas que en un momento determinado tocaron suelo peninsular: romanos, árabes# Todos vieron en el lugar que ocupa Monzón una situación privilegiada, con agua abundante, tierras de cultivo y un promontorio elevado para resguardarse en caso de ataque. También fueron muchos los personajes relacionados con la historia de Monzón, todos ellos de suma importancia: el Cid Campeador -cuya espada, Tizona, estuvo aquí custodiada durante mucho tiempo-, Pedro I, Ramiro II, Jaime I, Carlos I, Felipe II... Con la Edad Media, Monzón vive su etapa de mayor esplendor, siendo lugar de celebración de Cortes durante cuatro siglos. Las primeras fueron en 1217, convocadas por Jaime I; las últimas, en 1626, a convocatoria de Felipe IV. Otro hecho histórico: en 1134 se reunieron en Monzón los nobles aragoneses en presencia de García Ramírez, para proclamar rey a Ramiro II el Monje. Todos estos hechos sucedieron bajo la presidencia majestuosa de su castillo, que los Caballeros Templarios tomaron en posesión en el año 1143. Desde esta sede controlaron un vasto territorio, que comprendía nada menos que 28 poblaciones. El mismo Jaime I fue educado en este castillo. Tras la Guerra de Sucesión, en la que Austrias y Borbones se disputaron el trono español, la villa de Monzón quedó postergada, al haber apoyado a los primeros que, a la postre, resultaron ser los perdedores del conflicto. Otra guerra, la de Independencia, afectó también a Monzón y sus pobladores, siendo por dos veces tomada por los franceses. Y una tercera guerra, la Civil, dejó también en Monzón su carga de muerte y destrucción. Aparte de un valioso patrimonio monumental -en el que destaca sobre todo su castillo-, Monzón puede presumir de ser la cuna de personajes ilustres como el pensador Joaquín Costa.
Personaje Científico
Ocupó la cátedra de "Súmulas" de la Universidad de Valencia desde 1545. Cinco años después se trasladó a Portugal al solicitar su presencia Juan III. El monarca le invitó a que dirigiese la cátedra de Artes de la Universidad de Coimbra. En 1559 volvió a la cátedra de "Súmulas" y tres años después empezó a impartir clases de Matemáticas y luego del Nuevo Testamento. Destacó como miembro del Estudio General de Valencia. Tuvo gran repercusión en el ámbito de la lógica. Enfocó su estudios hacia Aristóteles, lejos de la lógica terminista. Sus aportaciones quedaron recogidas en el tratado de matemáticas "Elementa Arithmeticae ac Geometriae".
Personaje Pintor
Hijo del pintor William Moore y miembro de una familia de pintores, aprendió a dibujar con su padre, ingresando en la Escuela de Dibujo de York, donde permaneció una corta temporada antes de marcharse a Londres. Matriculado en la escuela de la Royal Academy, se interesó por los paisajes, realizados de manera minuciosa y empleando un colorido cercano a los prerrafaelitas. A partir de 1857 expuso en la Royal Academy sintiéndose atraído por los asuntos del Antiguo Testamento mientras que en la siguiente década se decantará por los asuntos decorativos. En 1865 conoció a Whistler con quien le unió una profunda amistad, trabajando en estilos similares durante un periodo de cinco años. Las obras realizadas entre las décadas de 1860-1880 presentan figuras femeninas con clara influencia griega, dedicadas a diversos pasatiempos o simplemente contemplativas. Ya que la Royal Academy no acogió sus trabajos con aprecio, prefirió exponer en la Grosvenor Gallery.
Personaje Científico
Estudió en la Universidad de Cambridge. Una vez terminada la carrera impartió clases de filosofía y lógica en el mismo centro y simultáneamente dirigía la revista Mind. Junto con B. Russell y Wittgenstein, representa la corriente realista reaccionario contra el subjetivismo y el idealismo. Su filosofía está basada en la reducción de cualquier concepto o idea a nociones elementales, negando todo lo que no sea material físico y basándose en el sentido común. Todo ello a través de una metodología que influirá mucho en la filosofía inglesa: el análisis lingüístico del lenguaje cotidiano.
Personaje Escultor
Hijo de un miniaturista, cursó sus estudios en Gramar School de Leeds, ejerciendo en 1916 como maestro. Al año siguiente se alista en el ejército y participa en la I Guerra Mundial, sufriendo los efectos de los gases en la batalla de Cambrai. Tras finalizar el conflicto, obtiene una beca para estudiar en la School of Arts de Leeds, concluyendo sus estudios en el Royal College of Art de Londres. En la capital británica visitó con frecuencia el British Museum y el Museo de Ciencias Naturales, sintiéndose atraído por la escultura arcaica y clásica, así como por las formas naturales.En 1925 obtiene una nueva beca para visitar París, Italia y España, ampliando sus conocimientos artísticos con el estudio de las obras del Renacimiento hasta el último cubismo. Estas influencias serán reelaboradas por Moore para crear un estilo personal cargado de humanismo. Sus primeras obras están definidas por el arcaísmo y en ellas manifiesta ya sus temas más atractivos, como la figura yacente o la madre con el hijo.Hacia 1935 se sintió atraído por el surrealismo, llevando la figura humana a formas vinculadas con la naturaleza. También se interesó por la abstracción y en las obras de esta década se aprecian influencias de ambos estilos.Su principal aportación la encontramos en las cavidades que poco a poco se van excavando en sus obras, cavidades que ocuparán un espacio cada vez más importante. Precisamente su etapa madura estará caracterizada por la complementariedad entre forma y espacio. Sus obras tiene una escala monumental, en función de su ubicación generalmente al aire libre.
lugar
Ciudad de barro y arcilla construida sobre tres islas unidas por diques, en la confluencia de los ríos Bani e Níger. Está situada 460 km. al noroeste de Bamako, la actual capital de Malí. Sus primeros pobladores se caracterizaron por proceder de diferentes lugares y por desarrollar diferentes actividades económicas: pescadores Bozo, agricultores Dogon, pastores Tuareg, etc. Su mercado vende ganado y pescado y es centro del comercio con Ghana y Costa de Marfil. En la actualidad, se la conoce como "la Venecia de Malí". Mopti ha tenido una evolución completamente diferente a las otras dos grandes ciudades de Malí, Tombuctú y Djenné; cuando éstas eran ciudades importantes durante la edad Media, Mopti era sólo una aldea atrasada. En la actualidad sucede lo contrario, Mopti es el puerto más importante del río Níger, es punto de referencia de todos los circuitos comerciales de la zona, y en ella habitan alrededor de 75.000 habitantes, con un gran mercado y una hermosa mezquita. El asentamiento fue adquiriendo importancia a partir del periodo colonial, concretamente en el siglo XVII, sustituyendo a Djenné.
Personaje Pintor
Antonio Moro es el nombre castellanizado del pintor renacentista flamenco Anthonis Mor Van Dashorst. Nació en Utrecht en 1517, iniciando su aprendizaje con Jan van Scorel en esa ciudad. En 1547 se traslada a Amberes, aunque trabajará después en Bruselas. Aquí conoce a Carlos V y a su hijo Felipe, gracias a su protector Antonio Perrenot, el famoso cardenal Granvela. Moro ocupó el puesto de pintor de cámara, realizando numerosos retratos de personajes reales - María Tudor, por ejemplo -. Trabajó durante un tiempo en Madrid, pero abandonó España en 1558, posiblemente porque la Inquisición tenía sospechas de su religión protestante. En Flandes continuó trabajando como pintor de cámara para Felipe II, instalándose definitivamente en Amberes desde 1568, donde fallecería en 1576. En sus retratos aúna perfectamente la manera veneciana de Tiziano con la tradición de la pintura flamenca, destacando su minuciosidad descriptiva y la captación psicológica del modelo. Moro será el creador del retrato de corte español que continuarán Sánchez Coello, Pantoja de la Cruz e incluso Velázquez.