Muy representativo del nuevo clima artístico establecido en el siglo XVIII, fue el surgimiento de una arquitectura de uso público no menos afortunada en sus logros que aquella de tono oficial o que se articula al directo servicio del monarca. Se realiza, por lo general, por fundamentos de utilidad y de servicio y también por cuestiones de prestigio y representatividad de intención claramente política pues fue la respuesta infraestructural necesaria a las disposiciones de Felipe V y de sus sucesores a problemas de administración, educación, gobierno, actividad científica, académica, etc. León de Arroyal invocaba el poder absoluto como nervio principal de las reformas pues los "finales envejecidos de nuestra Monarquía sólo pueden ser curados por el poder omnímodo", hecho que se traducía en la época en un incremento de los recursos económicos de la monarquía, de la riqueza nacional, de la circulación de los bienes nacionales, así como de una elevación del nivel científico, técnico y cultural en todos los sectores de la sociedad. Bernad Ward en su "proyecto económico en que se proponen varias providencias..." llegó a escribir: "El Rey puede con su suprema autoridad remediar todos los inconvenientes...".El sector renovador y crítico del siglo estuvo al día de las corrientes ideológicas y científicas del mundo cultural europeo. El reformismo se orientó no sólo en cuanto condenar en bloque la tradición por lo que pudiera aportar de negativo o de visión antagónica a su visión del futuro, sino que se apoyó fervientemente en el poder de la monarquía de la que aún se razonaba sobre su absolutismo a fines del siglo XVIII, cuando Peñaranda en la Instrucción tercera de su "Sistema social político y económico", más conveniente a España define: "El monárquico bien dirigido por un rey piadoso, justo y amante de sus vasallos, es el más perfecto".Hay numerosos proyectos generados por los criterios que formulan o apoyan los engranajes monárquicos, y por ello el grado de vitalidad de los edificios vinieron a ser una respuesta firme a las iniciativas, a pesar de que su utilidad fuera una respuesta para magnificar la imagen monárquica. En general es una arquitectura de corte viril, uniforme, que demuestra su adaptación y jerarquización en el medio urbano sobre el que ejerce cierto efecto psicológico por su elocuencia, que se concibe a gran escala y se mantiene emergente y altiva en una constante de líneas tendidas horizontales. Su formato está inspirado en los grandes conjuntos palaciales, de ascendencia real o nobiliaria, con la aspiración a lo grandioso del arte barroco. Se insiste en ella en la integración de los órdenes colosales, en la armonía de las proporciones partiendo de la lingüística del barroco atemperado, incluso en algunos casos se deja sentir la nueva orientación que va produciendo la reacción clásica o académica. Es arquitectura generada desde amplios criterios de maduración estructuralista y de comprensión de los nuevos sistemas políticos, sociales y culturales por los que discurre el siglo XVIII. La anómala situación heredada quiso ser corregida con los instrumentos de infraestructura necesarios.Sobrevive un buen número de aquellas creaciones monumentales, con sus volúmenes bien articulados, que vino a ser una fiel respuesta al cometido utilitario específico que se les asigna. En cada edificio se averigua un proceso creador, inmerso en el propio proceso racionalista del siglo XVIII. Gran parte de tales construcciones son en su interior un auténtico montaje deliberadamente previsto para llevar a cabo una determinada función práctica. Las experiencias son diversas, pero todas ellas tienen como denominador común el ser conjuntos monumentales de gran escala y porte señorial en el exterior, verificándose su interior en compromiso con unas tareas pragmáticas. La planimetría, las secciones, la técnica son en general concluyentes. A ellos se podría aplicar aquella adecuada sentencia de Giovannoni: "La técnica en arquitectura se encuentra en inmediata relación con el fin positivo de la obra".Su desarrollo comienza bifurcándose a temas diversos, convirtiéndose en una guía que nos habla de los deseos de transformación y modernización de los servicios ciudadanos. Las construcciones son interesantes desde el punto de vista de la tipología, por factores de integración del monumento en un ambiente que en ocasiones transforma de manera radical y por su propia atracción como imagen figurativa que ornamenta y prestigia determinados enclaves ciudadanos.En las investigaciones proyectadas sobre este género arquitectónico de destino público, se ha descubierto mucho, pero aún se mantienen muchos edificios en el anonimato tanto en su cronología como en su autoría.Sin embargo, es en general una arquitectura fácil de definir y de apreciar ya que el lenguaje es unificador en su visión estereométrica, en su diseño compacto, en su valor distributivo independiente pero siempre al servicio de una función determinada, y por su tono exterior palacios que se transmite incluso a sus vestíbulos y escaleras de honor, con tanto empaque como las que se, destinan al ritual cortesano.Destacamos algunas de aquellas experiencias, resaltando el acento visualmente poderoso de la Fábrica de Tabacos de Sevilla, las de San Fernando de Henares, Brihuega, La Granja o de Aguardientes y Naipes de Madrid. A la majestad de los órdenes, pueden sustituir los apilastrados gigantes, a los módulos rectangulares se les puede alterar con la inserción de un cilindro, a las portadas principales pueden añadirse escudos de mayor o menor riqueza escultural, alegorías u ornamentos decorativos de ascendencia más internacional o más local. Sin embargo, en ellas se observa un arte de orden continuista, formalmente palacial, que mima la textura de las superficies, que se corona por frontones y vanos de apariencia noble, que rinde un genérico tributo a la arquitectura de noble presencia. En ningún caso son objetos solitarios, ya que jerarquizan o determinan monumentalizando los enclaves urbanos.En el caso de los Ayuntamientos, tema que por primera vez se generaliza como sistema arquitectónico en su adecuada concreción, surgen numerosos ejemplos testimoniando la bien cumplida misión que se les asigna en relación con su distribución espacial. Sirvan de referencia los de Mondragón, Oñate, Barcelona y otros ejemplos que han contribuido tan decisivamente a vitalizar determinadas plazas municipales de España en el siglo XVIII. Sus perfiles externos sirven para referenciar una secuencia monumental en el entorno, siendo también instrumentos de sensibilización ambiental, ligados a enclaves urbanos representativos.El edificio Aduana fue excepcionalmente dimensionado. El de Madrid creado por Francisco Sabatini, el de Málaga de Manuel Martín Rodríguez o el de Valencia, son bloques imponentes que no se han debilitado, que conservan sus espacios originales, además del aspecto palacial, que en estos casos es especialmente representativo resuelto en base a una conjugación de reglas clásicas y opciones de diferente raíz estética.La misma apariencia creadora aparece en edificios para la Ciencia, como el Gabinete o Galería de Historia Natural y Academia de Ciencias (actual Museo del Prado), el Jardín Botánico, el Observatorio Astronómico, edificios trazados en este caso por Juan de Villanueva bajo leyes composicionales propias pero insertos en el mismo lenguaje funcionalista y en el rigor monumental de los restantes edificios.Bajo un estado de ánimo análogo se levanta la Universidad de Cervera y la de Toledo, el Colegio de Anaya en Salamanca o la madrileña Academia de Jurisprudencia. Y se guía por el mismo fundamento la construcción de la Real Casa del Correo (1760) y Casa de Postas madrileña, así como el proyecto del Hospital General de la capital por obra de José de Hermosilla y de Francisco Sabatini. Son en general experiencias a través de las cuales se formula toda una clara definición fenomenológica y pragmática de la arquitectura española del siglo XVIII. Los Cuarteles se integran en la misma consideración monumentalista y estructuralista. Pedro de Ribera en el Conde Duque (Cuartel de Guardias Walonas) y Francisco Sabatini en el Cuartel de Leganés constituyen el principio y el fin de una tipología sustentada en organizaciones europeas en la línea de Vauban en cuanto a su distribución, pero son a su vez monumentos de gran empaque en los que incluso se mantiene la portada palacial enriquecida con escudos y trofeos.Teatros, Lonjas, Mataderos, Gimnasios, Hipódromos, Asilos, Laboratorios, Hospicios, Cárceles, etc., constituyen un programa unitario en términos de abstracta tipología. En cada edificio el talento del arquitecto ha añadido una categoría de valor. Pero la valoración de las obras de servicios públicos en el siglo XVIII han configurado un apartado con entidad en sí mismo sirviéndose de sutiles elementos analógicos, experimentados con rigor y elocuencia y como respuesta a las necesidades civiles, técnicas, científicas, educacionales, económicas, etc., a las que hizo frente el reformismo borbónico.
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Catedral de León Junto con la catedral de Burgos, la de León es la otra gran joya del gótico en el Camino de Santiago a su paso por Castilla y León. Los promotores de su construcción fueron el rey Alfonso X el Sabio y el obispo Martín. La fachada principal está flanqueada por dos altas torres y presidida por un gran rosetón. La característica principal de este templo es la sustitución de la piedra por el cristal en gran parte de sus muros. Sus cerca de 200 ventanales y rosetones están cubiertos por más de 1.700 m2 de vidrieras. Al interior, el resultado es un maravilloso juego de luces y contrastes, que traslada al espectador hasta un mundo cargado de espiritualidad. Catedral de Burgos Dedicada a Santa María, patrona de la ciudad, la catedral de Burgos sorprende al visitante por sus espectaculares agujas. Su construcción se comenzó en 1221, por iniciativa del rey Fernando III y el obispo Mauricio. Consagrada en 1260, sus obras no finalizaron hasta el siglo XVI. La catedral burgalense es una de las construcciones más importantes de la arquitectura gótica en España. Su grandiosa apariencia externa está en justa correspondencia con la espectacularidad de su interior, con numerosas capillas y elementos ornamentales. Son muchos los personajes enterrados bajo estas piedras, pero, sin duda, el más conocido de todos es el Cid. San Martín de Frómista En el siglo XI, la reina doña Mayor fundó en Frómista el monasterio de San Martín de Tours. De esta institución, hoy sólo podemos contemplar la iglesia, una de las mejores muestras del arte románico en el Camino de Santiago. La iglesia destaca por su pureza de formas y sencillez. Dos torres cilíndricas enmarcan la portada principal. Tres ábsides semicirculares rematan la planta del templo. El interior resulta impactante, destacando por su sereno equilibrio. Tres naves cubiertas con bóveda de cañón dirigen la mirada del espectador hacia el altar. El crucero está coronado por un espectacular cimborrio octogonal. San Lorenzo de Sahagún La iglesia de San Lorenzo, en Sahagún, es una de las joyas del mudéjar, el arte elaborado por los artesanos musulmanes que vivían en tierras cristianas. La principal característica de este estilo es el uso del ladrillo, que sustituye a la piedra como material constructivo. San Lorenzo destaca por su elevada torre, decorada con galerías de arquillos. En el ábside, los artesanos mudéjares emplearon el arco de herradura, recordando su origen musulmán. La iglesia de San Lorenzo, con su airosa torre, es una de las estampas más identificativas de la villa. Iglesia de Santa María La Blanca (Villalcázar de Sirga) Villalcázar de Sirga guarda uno de los tesoros más impresionantes del Camino, la iglesia de Santa María la Blanca. El templo es un edificio románico de transición al gótico. Su aspecto se debe al hecho de haber sido casa-fortaleza de los Templarios, orden muy presente en la zona y encargada de la protección de los peregrinos. La iglesia fue famosa ya en su tiempo, acudiendo a ella numerosos peregrinos y devotos. Las gentes buscaban la protección de Santa María, más aún después de que el rey Alfonso X el Sabio describiera en sus Cantigas cómo la Virgen había curado milagrosamente a varios romeros. Desde entonces, este impresionante templo, repleto de tesoros, es uno de los más conocidos de la Ruta Jacobea. Arco de Santa María (Burgos) El Arco de Santa María, cuyo aspecto actual es del siglo XVI, es una de las antiguas puertas de entrada a la ciudad de Burgos y, sin duda, la más señorial. Por su lado exterior, la puerta de Santa María simula un castillo, con torres, almenas y dos robustos cubos que encuadran el arco. El interior del arco es más austero, decorado con algunas pinturas. Por su lado interior, el arco resulta ser de una enorme sencillez. El Arco de Santa María pudo servir como lugar de reunión del concejo de la ciudad desde el final de la Edad Media. Monasterio de San Pedro de Cardeña Situado muy cerca de Burgos, el Monasterio de San Pedro de Cardeña está muy vinculado a la vida del Cid. En este recinto fue acogida la familia de Rodrigo Díaz durante sus destierros. Además, se encuentran aquí las tumbas sin cuerpos del Cid y D? Jimena, su esposa. Poco queda del templo románico primitivo. Aparte de la torre, lo más interesante es el claustro del siglo XII, denominado "Claustro de los Mártires". Las arquerías alternan los colores rojo y blanco, colores que sin duda recuerdan los arcos de la Mezquita de Córdoba. El resto de las dependencias del Monasterio de Cardeña son, en su mayoría, obra del siglo XV. Real Monasterio de San Zoilo (Carrión de los Condes) En las afueras de Carrión de los Condes se alza el majestuoso monasterio benedictino dedicado a San Zoilo. Su etapa de mayor prosperidad corresponde a los siglos XI y XII, si bien tendrá un importante renacer durante el siglo XVI. Será en esta centuria cuando se construya el actual edificio. El claustro es la pieza principal del monasterio. Juan de Badajoz el Mozo será el encargado de la obra. Arcos ojivales, bóvedas de crucería y una abundante decoración caracterizan este espacio monástico, una de las mejores piezas del gótico florido castellano. Entre los numerosos privilegios que obtuvo el monasterio destaca el concedido por el rey Fernando IV, quien dispuso que los monjes recibieran una quinta parte del beneficio obtenido con todo el pan que se vendiera en la villa de Carrión. Castillo de Grajal de Campos En la pequeña localidad leonesa de Grajal de Campos el viajero se deja seducir por un coqueto castillo, construido en el siglo XVI, por orden de Hernando de Vega, y finalizado por su hijo, Juan de Vega. La fortaleza tiene planta cuadrada, con cubos en los ángulos y numerosas troneras en los muros, construidos con un pronunciado talud. Amplias almenas coronan la edificación, preparada para protegerse de la artillería y defenderse con las piezas artilleras de su interior. Puente de Paso Honroso Uno de los puentes más largos del Camino de Santiago es el de Orbigo, en León, sobre el río del mismo nombre. Se trata de un puente de planta irregular, formado por 20 arcos de diferentes tipos y tamaños. El puente comunica los pueblos de Hospital y Puente de Orbigo. La tradición dice que, en este lugar, don Suero de Quiñones, un caballero leonés, se comprometió en 1434 a romper 300 lanzas en honor de su dama. Fueron 68 los caballeros andantes que acudieron a las justas, unos combates que siguen siendo recordados en la actualidad. Palacio Episcopal de Astorga Antoni Gaudí recibió el encargo de construir el Palacio Episcopal de Astorga, puesto que el anterior edificio había sido destruido a causa de un incendio en 1886. En 1889 se coloca la primera piedra y dan comienzo oficialmente a las obras. El conjunto tiene planta de cruz griega, rematada en los brazos con torres cubiertas por conos de pizarra negra. El aspecto exterior es espectacular, mostrando un castillo con aire de encantamiento. En la actualidad, el Palacio, uno de los monumentos más importantes de la Ruta Jacobea, es la sede del Museo de los Caminos. Colegiata de San Isidoro Para albergar los restos de San Isidoro, procedentes de Sevilla, el rey Fernando I y su esposa, Doña Sancha, emprenden la construcción de esta joya del románico castellano. El conjunto comprende una iglesia, los restos del antiguo palacio de los reyes leoneses y el panteón real, donde los monarcas están enterrados. Pero la auténtica joya se encuentra en el interior. Las bóvedas del panteón real fueron decoradas con espectaculares pinturas al fresco. Éstas representan pasajes del Apocalipsis y del Nuevo Testamento, plasmadas con un vivo colorido. La belleza de las pinturas es tal que ha hecho a muchos afirmar que nos encontramos ante la "Capilla Sixtina" del Románico. Monasterio de San Juan de Ortega San Juan de Ortega construyó este monasterio para acoger y dar cobijo a los cansados peregrinos de la Ruta Jacobea. El conjunto, del siglo XII, está formado por una iglesia, una capilla y una hospedería. Una sencilla cripta en el interior de la iglesia guarda los restos del santo, que descansan en un humilde sarcófago. Al santo se le atribuían poderes de curación contra la esterilidad, lo que motivó la visita de la reina Isabel la Católica, en 1477. Pero lo más espectacular de este lugar está en uno de sus capiteles. Dos veces al año, durante los equinoccios, la iglesia queda a oscuras al atardecer, dejando que un rayo de luz penetre por la ventana e ilumine el capitel con la escena de la Anunciación. Catedral de Santiago de Compostela En el siglo IX se descubre la tumba del Apóstol Santiago en un paraje conocido como Campus Stellae, la actual Compostela. Aquí se construirá la primitiva iglesia que, con el tiempo, se convertirá en uno de los principales centros de peregrinación de la Cristiandad. El obispo Gelmírez será el principal promotor de la construcción de la catedral románica. En el siglo XVIII se realizaron importantes obras de reforma, espacialmente en esta fachada principal, conocida como del Obradoiro. Fernando Casas Novoa es el autor del proyecto, creando una equilibrada fachada barroca. De esta manera, los estilos románico y barroco se dan la mano parea crear uno de los templos más impresionantes del mundo cristiano.
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Merece la pena tener en cuenta estos datos a la hora de enfrentarnos con los edificios destinados a espectáculos en Hispania; porque, si bien es cierto que, a lo largo de todo el Imperio, pudieron mantenerse, en ciudades menores, teatros ambulantes con sus escenas de madera, circos reducidos a meros llanos con dos postes clavados en tierra, y foros acondicionados para los breves días que durasen los combates gladiatorios, parece evidente, en principio, que la monumentalización de los edificios de espectáculos es reflejo de la que se da en Italia, y que, por tanto, los teatros, anfiteatros y circos de nuestra península que han dejado huellas hasta hoy han de ser todos -salvo algún caso aislado que merece especial análisis- de época imperial. Ahora bien, ¿cuáles son esos monumentos? Antes de centrarnos en los efectivamente conservados, cabría aludir a otros que debieron o pudieron existir, dadas las noticias que han llegado hasta nosotros. Cierto que no nos valen como testimonio todos los epígrafes que hablan de juegos -puesto que éstos pudieron celebrarse en ámbitos efímeros-, y que lo mismo puede decirse de hallazgos muy sugestivos a primera vista -los graffiti con figuras de gladiadores en Gades, las armas gladiatorias de Pollentia (Alcudia)-, pero hay lápidas y textos antiguos de particular valor, por lo concreto de sus alusiones. En Castulo, por ejemplo, podemos recordar cómo un procurador de Augusto puso estatuas junto al teatro, y sabemos por otro epígrafe que el seviro L. Licinio Abascantión, en el siglo II d. C., pagó dos sesiones en el anfiteatro y unos recitales en el teatro. Algo semejante ocurre en Hispalis, si no se equivoca el Pasionario Hispano cuando relata que el cuerpo de Santa Rufina fue llevado al anfiteatro para ser quemado; y más claro aún es el caso de Balsa (Tavira) y Zafra, donde unas inscripciones dan los nombres de quienes pagaron la construcción de sectores concretos del muro del podium en los circos locales: acaso en tales circos sólo fuese de piedra este elemento, quedando todo el resto en madera o tierra, pero al menos hay un indicio seguro de monumentalización, igual que en Siarum (cerca de Utrera), donde otro personaje levanta con piedras, desde el suelo, una grada para ver espectáculos, ignoramos de qué tipo. Si la arqueología actual aún no ha solucionado estos problemas, lo mismo ocurre con el -aún más curioso- que plantean los múltiples circos, teatros y anfiteatros que han sido vistos, o imaginados, por escritores de pasados siglos, y que todavía hoy esperan su confirmación o (como ha ocurrido ya con los pretendidos teatro y anfiteatro de Barcelona) una desmentida clara. ¿Quién sabe si hubo en Toledo un teatro, aparte del probable anfiteatro del barrio de Covachuelas?, ¿qué pensar de los posibles anfiteatros de Bracara Augusta, Calagurris, Ilici y Malaca?, ¿fue anfiteatro, o circo, la ruina que se destruyó en Gades en el siglo XVIII?, ¿dónde estuvieron en realidad los circos y los anfiteatros que sin duda, y dada su entidad, tuvieron las ciudades de Hispalis y Corduba, y que han sido hallados en diversos puntos? Por desgracia, carecemos aquí de espacio para tratar por separado de estos monumentos aún misteriosos. Esperemos llegar a tener noticias futuras sobre ellos, igual que sobre otros con restos conocidos, y hasta analizados por arqueólogos en la actualidad, pero que siguen planteando dudas sobre su identidad, o que no han sido dados a conocer con detalles suficientes para permitir una definición indudable. Tal es el caso, del posible teatro de Castulo; o por ejemplo, del pretendido anfiteatro de Capera (Cáparra), cuya estructura circular sugiere más bien un depósito de agua; o de las huellas informes del posible anfiteatro de Acinippo (Ronda la Vieja); o de las curiosas gradas talladas en la roca de Termes, que pudieron servir de cavea para un rústico teatro o anfiteatro; o del posible circo de Itálica, que pudo ocupar un espacio junto al teatro, pero que exigiría excavaciones para ser reconocido; o, finalmente, del teatro de Corduba, que algunos han querido ver en los restos aparecidos con motivo de las obras del Tren de Alta Velocidad. Apartados, en fin, todos los monumentos dudosos, quedan ante nosotros los 21 teatros, 12 anfiteatros y 6 circos que, actualmente, componen el catálogo de los monumentos dedicados a espectáculos en la Hispania romana. Muchos de ellos serán conocidos por el lector por su asombroso tamaño o por la fortaleza de sus evocadoras y grandiosas estructuras.
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En el área de los grandes templos de Ugarit se hicieron durante las primeras campañas de excavaciones diferentes hallazgos de piezas egipcias. Entre ellas, y aparte de un sinfín de escarabeos y vasos de alabastro con cartuchos de diferentes faraones, la más antigua era la perla de un collar, hallada entre diversas estatuillas egipcias del Imperio medio, decapitadas, que portaba grabado el nombre del faraón Sesostris I (1970-1936 a. C.). Próxima al Templo de Daban se halló la estatua en basalto negro, también mutilada, de la princesa Chunumet-Nefret-Hedjet, hija de Amenemhat III. En la entrada del Templo de Baal fueron encontrados los restos de dos esfinges rotas en numerosos pedazos: una llevaba el cartucho de Amenemhat III. Asimismo, se descubrieron una magnífica estela con la representación de Seth, dios de la región de Djapouna, a quien Mami, jefe de la tesorería real, ofrecía sus plegarias; la estatua de un principalísimo sacerdote egipcio de Heliópolis, acéfala; así como un grupo (tríada), bárbaramente troceado; por sus inscripciones sabemos que este grupo había sido ofrecido en memoria y resposo de un tal Senussit-Ankh, visir y juez, embajador egipcio en Ugarit. Estas y otras piezas, que por razón de espacio no pueden figurar aquí, aparecieron decapitadas o mutiladas, circunstancia no explicada satisfactoriamente por los expertos. Entre las opiniones emitidas quizás la más correcta sea la que argumenta que la destrucción de tales estatuas fue debida a una revolución local antiegipcia.
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Muchas tumbas se encuentran señaladas por simples losas de piedra, casi siempre con inscripción, que se refieren a los datos personales del difunto: nombre, origen, relaciones familiares, carrera en la administración pública o en el ejército, etc. Suelen estar labradas en un bloque de piedra, cuya forma varía considerablemente, puesto que puede tratarse de una simple losa inscrita que era empotrada en el propio monumento funerario, o tener forma de altar o de ara, esto es, de un bloque de piedra paralelepipédico con la inscripción en una de sus caras laterales, que podía complicarse con el añadido de molduras, decoraciones ornamentales o figuradas, etc. Importantes conjuntos de estelas funerarias aparecen en casi todas las necrópolis romanas; son los vestigios más abundantes, porque en la mayor parte de los casos se han conservado, dado el prestigio que de siempre han tenido las piedras inscritas, en tanto que el resto de materiales han sido destruidos. En los últimos tiempos, los estudios sobre estas estelas se han hecho muy numerosos, tomando en consideración tanto su valor epigráfico como arqueológico, esto es, lo que se ha escrito y el soporte sobre el que se ha escrito. Han podido identificarse así talleres epigráficos, que preparan las piedras de una determinada forma, incluyendo en ocasiones motivos decorativos complementarios muy concretos. Dentro de estos monumentos en forma de estela, podemos destacar el importante conjunto de cuppae que se encuentra en el Occidente de la Península Ibérica, y especialmente en torno a Mérida, la antigua Augusta Emerita. Las cuppae son sillares con la cara superior redondeada, que en algunos casos pueden estar decorados con molduras y cartelas que albergan la correspondiente inscripción funeraria. Otro conjunto muy significativo es el de las estelas en forma de casa (oicomorfas) de la región de Poza de la Sal, en Burgos, aunque ejemplares similares se encuentran también en otros lugares. Como indica su propio nombre, se trata de estelas funerarias que en ocasiones constituyen la propia urna cineraria y en otras -la mayoría- son simples elementos indicadores del lugar de la tumba; a veces pueden tener canales que desembocan en la cara inferior y que debieron servir para dirigir hacia la tumba los líquidos de las libaciones. Con frecuencia, las casas tienen labrados en relieve algunos detalles propios, con puertas y ventanas, y a veces se puede complicar con algún elemento de tipo simbólico, como las características rosetas. Dentro de este conjunto podemos incluir también los numerosos monumentos en forma de altar, formados por un cuerpo principal con o sin pilastras laterales, y rematado por un frontón central flanqueado por una especie de roleos que reciben el nombre de pulvini; en la cara principal pueden llevar asimismo la inscripción conmemorativa. Se trata de un tipo de monumentos que entronca directamente con las estelas funerarias, pero que constituye al mismo tiempo la variante más simple de un amplio grupo de monumentos que tienen en común el carácter cuadrangular y la búsqueda de una sensación de verticalidad. Algunos llegan a adquirir dimensiones considerables y a convertirse en una importante superestructura compuesta de uno o de varios pisos. El conjunto más antiguo de este tipo de edificios son los denominados monumentos de friso dórico. Están compuestos por un zócalo moldurado, un cuerpo cuadrangular coronado por un friso dórico con triglifos y metopas decorados, casi siempre, con cabezas de toros y rosetas; son éstos los motivos que encontramos, por ejemplo, en varios sillares de un monumento de Sagunto, identificado hace algunos años por Almagro Gorbea; muchos de estos monumentos eran en realidad el basamento de un cuerpo superior sobre la que se alzaba un pequeño templete en cuyos intercolumnios podrían situarse diversas estatuas; en algunos casos se han recuperado también figuras de togados y palliati que se ubicarían en estos intercolumnios.
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De Cádiz procede un elemento arquitectónico que nos permite alcanzar una idea aproximada del aspecto de estos lugares. Es un capitel de caliza blanca, formado por cuatro pétalos enroscados en espiral, de forma parecida a las volutas de los capiteles jónicos; su modelo, sin embargo, no está en la arquitectura griega, sino en la egipcia, mucho más remota, en la que se empleaban estas estilizaciones vegetales para los soportes arquitectónicos. El capitel de lirios de Cádiz, no estaba destinado a soportar nada, puesto que su parte superior es redondeada, sino que remataría un pilar exento, colocado como exvoto, o destinado a recibir sobre él la manifestación de la divinidad, en forma de ave, que podría ser interpretada por los sacerdotes; en cualquier caso, es la única obra de un orden arquitectónico fenicio que se conoce en todo Occidente, y su antigüedad podría situarse en el siglo IX o en el VIII antes de Cristo. Son relativamente numerosos los monumentos funerarios fenicios conocidos en España, aunque de notable uniformidad, puesto que corresponden a pocas necrópolis. Los de mayor interés son las tumbas de Trayamar, situadas junto a la desembocadura del río Algarrobo, al este de Málaga, con cámaras de unos tres metros de lado, construidas con grandes sillares, en las que se depositaban los cadáveres incinerados dentro de urnas. Se ha podido estudiar el sistema de cubierta de madera, con una estructura a dos aguas sobre techo plano y también el pasillo inclinado de entrada, lo que remite con certeza a ejemplos orientales. Otros enterramientos fenicios de incineración son pozos o pequeñas cámaras excavadas en el terreno natural y hay también simples fosas cubiertas de tierra, pero este ritual deja paso en el siglo VI a. C. a las inhumaciones. La necrópolis de Jardín, también de la costa malagueña, la de Villaricos (Almería) y la del Puig des Molins en Ibiza, poseen cámaras hipogeas con sarcófagos de inhumación, normalmente con más de un enterramiento por cámara, pero desde el siglo IV las dimensiones de las tumbas se empobrecen y es frecuente alternar inhumaciones con incineraciones, como si no existieran unos principios religiosos o unas fórmulas rituales muy estrictas. En Cádiz hay incineraciones antiguas depositadas en las mismas fosas en las que se efectuaba la cremación; en el siglo VI a. C., los cadáveres se colocaban en estrechas cámaras, hechas de sillares revestidos de cal, en grupos de hasta una docena de departamentos paralelos; más adelante, las cámaras son más pequeñas y llegan a convertirse en simples fosas revestidas de sillares y separadas entre sí.
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Si descartamos un arco de Galieno que la posteridad no tuvo el celo de conservar, Roma no había visto levantar un arco de triunfo desde el de Septimio Severo. Sin embargo, como otro signo de recuperación, Diocleciano construyó el Arcus Novus para celebrar sus decennalia personales en el año 294. De él sólo se conservan los pedestales de algunas columnas, con relieves de Victorias y trofeos, Dioscuros y los habituales prisioneros bárbaros. Lo bastante para mostrar hasta qué nivel podían trabajar los talleres de la Urbs en los últimos decenios del siglo III, cuando disponían de artistas formados en el clasicismo galiénico y buenos observadores de lo mucho que la Roma de entonces ofrecía. Técnicamente muy hábiles, podían hacer una cabeza femenina de aspecto puramente helénico y de muy buen estilo; sabían dar a las figuras el debido escorzo para adentrarlas en la tercera dimensión, modelar y diseñar con tino el plegado de sus ropajes, sin renunciar por todo ello a darles cierto sabor de época: unos bustos estrechos; y algo cortos, unas piernas largas y una pelvis que con ellas forma una elipse más ancha que el torso. Se habla de vientre de abeja, cuerpo piriforme, etc. Diez años después se celebran las decennalia de la Tetrarquía y con ese motivo se erigen en el Foro cinco columnas honoríficas rematadas por otros tantos bustos, el de Júpiter en el centro y los de dos tetrarcas a cada lado. El pedestal de una de esas columnas, conocido como la Basa de las Decennalia, se encuentra en el Foro junto al Arco de Septimio. Los relieves son de otro taller y de otro estilo, que el del Arcus Novus con muchas reminiscencias del arte popular severiano; por ejemplo, en el modo de siluetear las figuras con un profundo surco de trépano y de dibujar los pliegues por el mismo procedimiento, sin finuras de transición a los primeros planos. El desfile de los senadores es una estampa de antología: actitudes casi iguales, cabezas iguales -unas con barba, otras sin ella-, las mismas togas contabulatas... Estos eran los escultores progresistas de la época, a quienes volveremos a encontrar enseguida en el Arco de Constantino. Ha pasado otro decenio. Entre 312 y 315 el senado y el pueblo levantan el mayor de los arcos existentes en honor a Constantino, con el sibilino pretexto de "quod instintu divinitatis mentis magnitudine cum exercitu suo tan de tyranno quam de eius omni factione rem publicam iustis ultus est armis" (porque por inspiración de la divinidad y por la grandeza de su espíritu al frente de su ejército liberó a un tiempo, a la república, de un tirano y de sus seguidores, haciendo uso de justas armas...). Era flagrante la imitación, pero no la copia, del Arco de Septimio Severo. Los fustes de giallo antico de las columnas y las placas de pórfido que respaldan los relieves adriáneos, remiten a la arquitectura polícroma de los Flavios y Antoninos. El diseño y la composición del arco así como el ajuste de los relieves al contexto arquitectónico merecen el calificativo de clásicos. La mayor parte de los relieves procede de monumentos de Trajano, Adriano y Marco Aurelio. Se diría que es una exposición o un museo del relieve clásico romano, si no fuera porque las cabezas de los emperadores citados han sido reemplazadas por la de Constantino. Pero de todos modos el arco es tan tradicionalista como pudiera serlo el más acendrado manifiesto de una restauración, por lo menos en el terreno de la estética. Tal fue sin duda la intención que inspiró el programa artístico. Los relieves de Victorias y trofeos de los pedestales de las columnas se inspiran en los del Arcus Novus de Diocleciano y seguramente lo mismo las Victorias y estaciones, y personificaciones de ríos que rellenan las enjutas de los arcos, todas ellas en la línea del clasicismo del siglo III. Lo mismo los dos tondos de los lados cortos del arco, complemento de los ocho de Adriano, discos de 2,35 m de diámetro, uno dedicado al dios Sol, importantísimo entonces, y otro a la diosa Luna, ambos en sus carros de caballos precedidos por los correspondientes luceros. Ambos procuran imitar el refinado estilo de sus modelos y lo consiguen hasta cierto punto, en el ajuste de la composición al marco circular e incluso en la construcción del cuadro. Pero la forma se ajusta al modo de hacer vigente entonces en cuestiones tales como el tratamiento de los paños, de rígidos pliegues paralelos y gran revuelo ornamental de mantos y cendales. Por lo regular no se busca, en el clasicismo constantiniano, el ajuste del ropaje al movimiento natural de la figura, sino a lo sumo a su forma. Y quedan seis relieves de un metro de altura que ciñen el arco por encima de las archivoltas de los vanos laterales. En ellos persiste el friso convencional del triunfo, de los arcos de Tito y Severo, pero enriquecido con las peripecias de la guerra que Constantino desató contra el poder central detentado por Majencio: partida de Milán; asedio de Verona; batalla del Puente Milvio; entrada de Constantino en Roma; discurso desde los Rostra del Foro republicano, distribución de dinero en efectivo (congiarium) en el Foro de César a un público entusiasta y agradecido. Centenares de figuras apretadas, vivaces, que repiten sin apenas variaciones un mismo gesto de títeres de retablo, con las cabezas casi iguales y a la misma altura (isocefalia). El emperador puede parecer un gigante en escenas como la del congianum, porque la estatura es también un exponente de la escala jerárquica. Es el lenguaje sencillo y directo del arte popular, dispuesto a sacrificarlo todo a la comunicación rápida del mensaje. Nunca se había hecho así en la Antigüedad, pero si iba a hacerse en la Edad Media. El modesto relieve sepulcral de tiempos de Trajano que comentábamos al tratar de la escultura del siglo II, recibía aquí el espaldarazo de un monumento oficial de gran porte. La muestra más importante del relieve histórico romano trasplantado a las provincias orientales la ofrecen los dos pilares conservados del que fuera Tetrápylos de Galerio en Tesalónica. Los pesados machones están rodeados de frisos superpuestos, separados por medias cañas horizontales recubiertas de un follaje que prefigura la ornamentación bizantina. Los relieves narran las campañas del tetrarca contra los partos de Mesopotamia y de Armenia con la misma infatigable continuidad que las columnas de Trajano y M. Aurelio, sin interrupción alguna en las esquinas. Esto último podía invocar la autoridad del Partenón, pero era una falta de consideración a la categoría arquitectónica del arco. La técnica de labra, a base de surcos, la estatura de las personas según su rango, la superposición de filas, son las mismas que en Occidente, pero la corporeidad de las figuras es tal, que a su lado las del friso de Constantino en Roma parecen recortes de una tablilla. Ni siquiera en fecha tan avanzada (297-305) Grecia olvida que es Grecia, y que la figura humana tiene tres dimensiones. Pronto, con la fundación de Bizancio, la Hélade va a experimentar un resurgir del que el Arco de Galerio es mero anticipo. Muy del gusto de su tiempo fue en Roma el Arco Cuadrifronte que deslindaba el Foro Boario del Velabro. Erigido con materiales de acarreo, mármoles, ladrillos y cascajo, a principios del siglo IV, era una versión tardía del tetrápylon (ianus en latín), conjunción de cuatro arcos asentados en cuadro, sobre un podio desprovisto de ornamentación. Las caras de los pílonos que miran al exterior ofrecen dos órdenes superpuestos de hornacinas, en grupos de tres, precedidas antaño de columnillas corintias sobre ménsulas salientes, que parecían encerrar entre rejas al edificio. Era el mismo gusto puesto de manifiesto en la Porta Aurea del palacio de Spalatum y antes en los sarcófagos griegos columnados. Cada hornacina terminada -sólo las de las fachadas principales lo fueron- culminaba en el dosel gallonado de una venera cuyo tacón asoma al exterior bajo las claves de las boquillas. Una bóveda de crucería cubre el espacio interior, a partir de las intersecciones de las bóvedas de cañón de los cuatro arcos del ianus. El ático, de ladrillo, antaño revestido de mármol, fue demolido en 1827 por creerlo medieval. Sobre él se alzaba probablemente una pirámide como las del Arco de Vienne, en Francia, y la del destruido Arco de Malborghetto en la Vía Flaminia. El mismo lenguaje de la arquitectura enrejillada lo habla una manifestación espléndida del vidrio soplado de esta época: los vasos encerrados en una canastilla de cristal calado conocidos como diatreta.
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Emparentados también con los monumentos turriformes se encuentran aquellos que tienen apariencia de templo; esta semejanza puede limitarse a la fachada principal, pero también puede extenderse al resto del edificio, llegando a configurar un verdadero templo en cuanto a la forma, aunque su finalidad sea básicamente funeraria. El ejemplo más característico de este tipo de templos-tumbas es en la Península Ibérica el llamado Mausoleo de Fabara, en la provincia de Zaragoza. Se trata de un edificio de planta casi cuadrada, que reproduce un templo próstilo, tetrástilo y seudoperíptero, de orden toscano; la cámara funeraria, abovedada, se abre en el podio y se comunica con la cámara principal, también abovedada. En el frontón se conservan aún huellas de la inscripción que indica que el edificio estuvo dedicado a Lucius Aemilius Lupus. A un monumento naomorfo profusamente decorado debieron corresponder en su momento los escasos restos de Sádaba (Zaragoza). Lo que se conserva es sólo una pared compuesta por un zócalo y una parte media dividida por varias pilastras ricamente decoradas, que aíslan varios paneles decorados a su vez con guirnaldas y arcos y que figuran servir de soporte al entablamento; todo ello se coronaba con tres frontones, simulando que cada uno de ellos descansa en dos de las pilastras, quedando un vano desprovisto de frontón entre ellas. En el friso se conservan aún vestigios de la inscripción que permite adscribir este monumento a la familia de los Atilios. Similar debió ser un monumento de Sagunto dedicado a los Sergios, un edificio conocido por los dibujos y la descripción de un viajero italiano, Michelangelo Accursio, quien visitó el monumento en el año 1526. Se trataba de un edificio rectangular, cuyas dos fachadas mayores tenían seis pilastras sobre las que volteaban cinco arcos, delimitando unas a modo de edículas en las que estaban colocadas las inscripciones de los Sergii que han dado nombre al monumento, algunas de las cuales aún se conservan; una de las fachadas menores -posiblemente la trasera, porque carece de ingreso- tenía cuatro pilastras también estriadas y carecía de pilastras de esquina. Por comparación con otros edificios conocidos, en concreto con los de Sádaba y Chiprana, J. L. Jiménez ha propuesto su reconstrucción como un edificio de planta rectangular, con las fachadas laterales decoradas con pilastras e inscripciones, la posterior maciza y, posiblemente, una entrada porticada a la manera del monumento de Fabara. En época tardorromana encontramos variantes de estos monumentos naomorfos que incluyen ya los caracteres propios de la época. Así, el monumento de La Alberca, cerca de Murcia, presenta dos naves superpuestas, por encima de una cámara funeraria excavada en la tierra y cubierta con un pavimento de mosaicos, del que se han encontrado algunos restos. El edificio principal era de forma rectangular, terminaba en ábside semicircular y tenía la pared exterior reforzada por contrafuertes. Todo ello lo aleja de los templos de tipo romano y lo acerca más a las construcciones basilicales cristianas, y especialmente a un conjunto de edificios de la costa adriática con el que presentan no pocas similitudes algunos de los edificios hispánicos de este momento.
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En la Corona de Castilla, el final del siglo XIV fue poco brillante, como consecuencia de la revuelta situación que se vivió incluso después de terminado el conflicto entre Pedro el Cruel y su hermanastro Enrique. Aunque la corte de Juan II fue brillante en las letras y en la música, la debilidad de la monarquía y los enfrentamientos entre Alvaro de Luna y la nobleza tampoco favorecieron un programa constructivo de mucho alcance. A pesar de ello, hay que recordar que el comienzo de la recuperación tiene que ver mucho con Alvaro de Luna. El hizo construir su palacio de Escalona, desgraciadamente en ruinas, que era suntuoso y en el que se combinaba el gótico occidental con los adornos mudéjares. Pero también pudo tener algo que ver, personalmente o a través de tercera persona, con la llegada de Hanequín de Bruselas y su importante equipo. Antes de 1448 está Hanequín en Toledo. La capilla de Alvaro de Luna se abre en la cabecera de la catedral de Toledo. Al margen de que para ello quebró la unidad de la antigua girola del siglo XIII, es un magnífico polígono en base que se alza doblando sus lados en altura, mientras los muros se organizan en distintos niveles y en vanos y zonas macizas se despliegan tracerías flamígeras de dinámica elegancia. Después, todo el equipo bajo la misma dirección trabaja en la Puerta de los Leones, lateral sur de la catedral. A partir de este momento, Toledo se convierte en uno de los grandes focos de la arquitectura peninsular. Juan Guas será el más importante arquitecto. En San Juan de los Reyes crea un gran complejo de líneas esenciales relativamente sencillas, aunque en ciertas partes incluya bizarrías tales como arcos en esviaje. Los volúmenes se cubren con una espesa decoración en la que tiene mucho que ver un destacado grupo de escultores. El monasterio debía tener una iglesia que, además de festejar el triunfo militar de los Reyes Católicos, sería su lugar de enterramiento, aunque más adelante estos propósitos se modificaran. Juan Guas trabajará en el palacio de los Duques del Infantado, capricho florido, donde la incorporación de motivos decorativos de raíz islámica reafirma el asumido hispanismo mudejarizante del arquitecto. En Burgos, las cosas habían seguido otros caminos con resultados parejos. Allí fue el obispo Alonso de Cartagena quien trajo a Hans o Juan de Colonia, que se encargará de transformar la fachada tan francesa del siglo XIII de la catedral en algo distinto, con las dos famosas agujas caladas culminadas en estatuas que luego habrá que apear. Otras obras del mismo arquitecto se vinieron abajo, como aquel cimborrio sobre el crucero que produjo el asombro de algún culto viajero. De nuevo son las generaciones segundas las que se hispanizan, siendo éste el caso de Simón de Colonia. Velasco y Mendoza le encargan una capilla funeraria de ubicación, forma y sentido similar a la toledana anterior, a la que supera en ciertos aspectos. También en este momento trabaja con un nutrido grupo de buenos escultores que tanto ayudan en las labores ornamentales, como en aquellas imágenes sacras o profanas relacionadas con las ostentosas armas de las familias que el proyecto requiere. Seguramente la bóveda estrellada con el calado central es la parte más llamativa, aunque pudiera ser que la primera de este tipo hubiera estado en el cimborrio de su padre. En distintos lugares de Burgos, y a veces en relación con Simón, se realizan un cierto tipo de ornamentadas fachadas, calificadas de estandarte o tapiz, colgadas a una cierta altura del suelo y cubiertas por compleja tracería y ornamento. La de San Pablo de Valladolid se atribuye a Simón de Colonia, siquiera sea el proyecto original luego modificado. La de San Gregorio, mejor compuesta, a Gil de Silóe, el escultor. Tal vez existió una similar en Burgos en alguna de las grandes iglesias que hoy han desaparecido. En la provincia, un ejemplo singular, cuyo diseño ha. sido atribuido con dudas al mismo Simón, es la gran portada sur de Santa María de Aranda. En la zona del reino de León la actividad es menos importante. Tal vez habría que recordar a la familia de los Badajoz que se adentran bastante en el renacimiento. La biblioteca de la catedral es un espacio limpio de gran dignidad. Pero si se buscan obras de más fuste hay que volver la mirada hacia varias empresas poco creíbles: las últimas grandes catedrales. La primera y mayor es la de Sevilla. La conquista del siglo XIII no trajo consigo una actividad constructiva grande. Muchos edificios islámicos fueron reaprovechados, comenzando por los alcázares sevillanos que usaron como residencia los reyes. Las grandes mezquitas mayores de Córdoba y Sevilla se convirtieron en catedrales. Pero hay que esperar a fines del siglo XIV para que en la segunda ciudad se decidan a derribar la gran construcción almohade (al menos el haram o sala de oración). La obra se concibió de unas dimensiones y con una complejidad que no se pudo terminar hasta el siglo XVI, sobre todo en cubiertas, lo que quiere decir que por allí pasaron diversos arquitectos. En Salamanca, entonces muy notable centro universitario y religioso, la catedral románica se consideró insuficiente, y sin derribarse, se comenzó ya en los tiempos del renacimiento una imponente catedral gótica. Otro tanto ocurre en Segovia en cuanto a fechas y empeño. Pero esta ciudad, además, vio levantar fuera de los muros algunas obras notables como el convento de Santa Cruz o el monasterio del Parral. El paso de siglo no significó la desaparición de los recuerdos del último gótico en ninguna zona peninsular. Tal vez en el reino de Granada las cosas ocurrieron de otro modo y, como excepción, debido a la conquista tardía (1492). En Portugal las grandes construcciones son escasas hasta llegar a Batalha. El monasterio fue fundación real. Las obras no se detuvieron desde su inicio hasta bien avanzado el siglo XVI. Por ello se encuentran huellas importantes del último gótico, la influencia inglesa del perpendicular a partir de la intervención del arquitecto Ouguete y manifestaciones destacadas del espléndido manuelino del siglo XVI.
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Monumento excepcional lo constituye el llamado dístilo sepulcral de Zalamea de la Serena, en Badajoz. Se trata de un impresionante edificio de más de veinte metros de altura, que durante mucho tiempo sirvió de torre a la iglesia del pueblo, lo que sin duda lo salvó de una destrucción cierta. Hoy, sin embargo, y tras una obra de consolidación y restauración, el monumento aparece nuevamente exento.Se trata de una construcción cuadrangular, con un zócalo decorado con pilastras de orden corintio, que sostienen su correspondiente arquitrabe y sirven de base a dos grandes columnas, cuya parte superior se ha perdido, pero que debieron ser también de orden corintio. García y Bellido supuso que lo que hoy se conserva es sólo parte de un edificio más amplio, que posiblemente contara también con una cámara funeraria, abovedada, adosada a la fachada trasera del edificio, aunque no exista resto alguno de ella. Este tipo de edificio funerario, poco frecuente como ya hemos dicho, tiene no obstante paralelos en otros lugares del Imperio, y especialmente en la región de Siria.