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Los años 70 y 80 han deparado a la arquitectura contemporánea y al Movimiento Moderno un sinnúmero de propuestas y de revisiones. Incluso lo que se creía definitivamente olvidado, aparece recuperado con una evidente carga polémica y con la intención de no renunciar a nada de lo que la historia de la arquitectura puede ofrecer. Así, no es extraño ver edificios construidos o proyectados que copian modelos de tratados o soluciones concretas de edificios históricos, aunque sea cambiándolos de escala. Tampoco es infrecuente presenciar cómo algunos arquitectos vuelven a meditar sobre temas antiguos, en la mejor tradición del Clasicismo, desde las villas descritas por Plinio el Joven a nuevas reconstrucciones del Templo de Salomón, arquitectura perfecta, tal como es descrito en la Biblia, en la visión de Ezequiel. Y es que, como ha afirmado recientemente Quinlan Teny, "es un reto enfrentarse a cada problema nuevo partiendo de principios antiguos".Poner orden crítico e historiográfico en la multitud de fragmentos arquitectónicos existentes supondría establecer tantas etiquetas como productos son posibles encontrar en un supermercado. De momento lo ha realizado Ch. Jencks, crítico abanderado de la Postmodernidad.Si hubiera que remontarse a los orígenes de lo reciente habría que fijar la atención en dos obras fundamentales que aparecieron en la segunda mitad de los años 60, dando un vuelco disciplinar cuyas consecuencias aún se dejan sentir. Me refiero a "La arquitectura de la ciudad", de Aldo Rossi, y a "Complejidad y contradicción en la arquitectura", de Robert Venturi, ambas publicadas en 1966. Esta última ha sido comparada por V. Scully a "Vers une architecture" de Le Corbusier. Es decir, casi un libro fundacional.Venturi afirmaba en su obra, formulando así una de las claves para entender lo que ha ocurrido en los últimos años tanto con la arquitectura como con la tradición del Movimiento Moderno: "Me gusta la complejidad y la contradicción en arquitectura... basada en la riqueza y ambigüedad de la experiencia moderna... Los arquitectos no pueden permitir que sean intimidados por el lenguaje puritano moral de la arquitectura moderna. Prefiero los elementos híbridos a los puros, los comprometidos a los limpios, los distorsionados a los rectos, los ambiguos a los articulados, los tergiversados que a la vez son impersonales, a los aburridos que a la vez son interesantes, los convencionales a los diseñados, los integradores a los excluyentes, los redundantes a los sencillos, los reminiscentes que a la vez son innovadores, los irregulares y equívocos a los directos y claros. Defiendo la vitalidad confusa frente a la unidad transparente. Acepto la falta de lógica y proclamo la dualidad". En definitiva, casi como empezar de nuevo la construcción de la Torre de Babel, aunque ahora sin un ánimo real de levantarla, tan sólo de utilizarla como metáfora para dar cabida a cualquier opción.Mientras tanto, Rossi pretendía realizar una operación quirúrgica sobre lo confuso, sobre lo innecesario, sobre lo que no era disciplinar. Un intento de volver a fundar la arquitectura, estableciendo unos nuevos principios lógicos, atentos tanto a la tradición como al Clasicismo, sin que ello implique la aparición de citas indiscriminadas. En este sentido, no es extraño que entre sus arquitectos preferidos figuren los nombres de Loos o Tessenow, la arquitectura de la Ilustración, Boullée y Laugier.Las ideas de Rossi, sus planteamientos sobre la relación existente entre la forma de la ciudad y la arquitectura que en ella se construye, sedujeron a un buen número de arquitectos italianos que configuraron lo que habría de llamarse la Tendenza, una opción fundamentalmente neorracionalista que, además, no negaba la tradición del Movimiento Moderno, aunque incorporase arquitectos abandonados por la ortodoxia del Estilo Internacional. Un intento de clarificación metodológica y disciplinar al que se sumaron arquitectos como M. Scolari o G. Grassi, intentando una operación de limpieza, frente a lo planteado contemporáneamente por Venturi y posteriores postmodemos.Para el neorracionalismo de la Tendenza, es la arquitectura la que tiene que controlar la construcción de la ciudad, asumiendo la lección de la historia urbana, de los tipos comprobados colectivamente. La historia entra nuevamente en el proyecto, no a través dé sus apariencias formales, como quieren los clasicistas modernos, sino sometida a una espectacular reducción.Al recuperar la especificidad de la disciplina, al proclamar su autonomía de cualquier contaminación, se hace desde la idea de la racionalidad del método. La historia de la disciplina se despoja de la memoria de los lenguajes y eso implica reducir la arquitectura a un vacío formal, a una construcción lógica. Su capacidad de significación simbólica reside en la consecuente relación con la ciudad histórica: son los usos colectivos de las formas urbanas los que llenarán de contenidos las tipologías y el vacío formal. De ahí el interés por recuperar la idea y la pertinencia del monumento, de la calle tradicional, de la plaza. "El progreso -ha escrito Massimo Scolari- no es novedad y cambio, o por lo menos no los presupone necesariamente; progreso es, en todo caso, clarificación, paso de lo complicado a lo sencillo. En la arquitectura significa simplicidad, unidad, simetría y proporciones justas, claridad tipológica, homogeneidad entre planta y alzado, y negación del desorden, aunque éste se justifique como reproducción simbólica de la crisis de una cultura". Es decir, exactamente lo contrario de lo propuesto por Venturi en el texto antes mencionado.Pero introducir la historia en el proyecto puede dar lugar a muchos equívocos, tanto como referencias posibles existen. Es la tentación de recrearse de nuevo en los viejos lenguajes lo que los arquitectos parecen buscar, aunque no todos. Desde este punto de vista, el clasicismo y el arcaísmo vuelve a estar de moda. De esta manera Gerd Neumann podía proponer, en 1980, cual nuevo Calímaco, un capitel corintio imaginario con las hojas de acanto movidas por el viento; Quinlan Terry construir una cabaña primitiva, como para empezar desde el principio de la arquitectura. Juegos intelectuales con el clasicismo o nostalgia por recuperar el significado cultural de la memoria, el hecho es que S. Tigerman ha proyectado, en 1980, una casa inspirada en la Villa Madama de Rafael y Thomas Gordon Smith ha construido las villas de Plinio el Joven en California. El lenguaje clásico se ilumina, como en la fluorescente Plaza de Italia, realizada por Ch. Moore en Nueva Orleans, en 1979. Al año siguiente, en la Bienal de Venecia, que llevaba el elocuente título de La Presencia del Pasado, Hans Hollein pudo realizar una fachada para la Strada Novissima que es un compendio de columnas-manifiesto de la historia de la arquitectura.Es cierto que con estas manifestaciones no se agotan las propuestas de la postmodernidad ni las de la modernidad. Sobre todo esta última ha pretendido realizar una nueva lectura de las vanguardias, como una erudición preciosista que ha recorrido desde el constructivismo a la arquitectura de Le Corbusier, desde el neorracionalismo calvinista, conceptual y blanco, de los Five Architects de Nueva York a la última moda de la deconstrucción arquitectónica, en la que la crítica de la arquitectura se plantea más como un juego intelectual que en su posible verificación y reproductibilidad en la metrópoli. Mientras tanto, otros arquitectos siguen construyendo la arquitectura del siglo XX y mirando atentamente al filtro de la Torre de Babel del Movimiento Moderno.
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La reacción que el encuentro con el mundo occidental provocó en China y Japón -dos civilizaciones feudales y estáticas- fue radicalmente distinta. En China, la incapacidad de adaptación del Imperio y de la sociedad tradicional desembocaría en la revolución (1911), la guerra civil (1927-37, 1945-49) y en la instauración finalmente (1949) de un régimen comunista. En Japón, la revolución de 1867 inició un rápido proceso de occidentalización y modernización que, en el curso de treinta años, hizo del país una potencia militar de primer orden -evidenciada ya por su victoria sobre Rusia en la guerra de 1904-05- y un importante poder industrial y comercial. Las razones de esa diferencia tuvieron que ver, claro está, con las mismas diferencias geográficas entre ambos países. La pequeña extensión de Japón sin duda facilitó el control que el poder central, pieza clave de la reforma, ejerció a todo lo largo del proceso. En todo caso, hizo las cosas (construcción de ferrocarriles y carreteras, electrificación, educación nacional, formación de un ejército moderno...) mucho más simples que en un país de las gigantescas dimensiones y población de China. Pero las razones de aquella diferencia fueron ante todo culturales. La arrogancia de la elite china, educada a lo largo de siglos en la idea de la perfección y superioridad de su cultura y de sus tradiciones, le hizo muy poco receptiva, si no abiertamente cerrada, a toda posible apertura exterior y a toda innovación foránea (tenidas por bárbaras e inferiores). Por el contrario, las tradiciones guerrera y comercial de Japón -aquélla, reflejada en la privilegiada posición social y jurídica que en el orden social tuvieron los samurai desde los siglos IX y X- y el fuerte sentimiento de orgullo e identidad nacional de sus dirigentes (la casa imperial, el shogún o jefe del gobierno, los daimyos o clanes imperiales) se combinaron para que las elites japonesas vieran en la evidente superioridad del mundo occidental un desafío al que debía responderse mediante una reforma que hiciese de Japón un gran poder nacional, militar y comercial. Los rígidos códigos morales que, a distintos niveles, regulaban la conducta de las diferentes clases y jerarquías de la sociedad japonesa dieron al país un alto grado de cohesión y hasta una fuerte ética colectiva (basada en el honor y la lealtad, en el paternalismo y la obediencia) y reforzaron a su modo la unidad nacional, el sentimiento nacionalista y la vertebración social, factores determinantes del proceso de cambio. La modernización de Japón fue "una revolución desde arriba" propiciada por la propia nobleza japonesa, cuyas claves fueron la restauración del poder imperial y la desaparición del shogunado ejercido por la familia Tokugawa desde 1603. La revolución se consumó en 1866-68. Pero estuvo precedida por los cambios menores pero significativos que se habían producido en la primera mitad del siglo XIX (como la tímida diversificación de la agricultura resultado del contacto con la actividad comercial europea en el Pacífico); y sobre todo, por la grave crisis abierta en la clase dirigente japonesa, en torno a la apertura o aislamiento del país, por la firma en 1858 de una serie de "tratados desiguales" con Estados Unidos, Holanda, Rusia, Gran Bretaña y Francia, países a los que se concedieron amplísimos privilegios (luego que en 1853, Estados Unidos exigiera la apertura de los puertos japoneses al comercio internacional). Algunos hechos especialmente significativos -como el bombardeo de Kagoshima por barcos ingleses (agosto de 1863) para obligar al gobierno japonés a pagar indemnizaciones por el asesinato de un súbdito británico en Namamugi o como el bombardeo y ocupación de Shimonoseki (septiembre de 1864) por tropas de varios países europeos como represalia por las agresiones sufridas por algunos de sus barcos- pusieron de relieve la debilidad del shogunado para la gobernación y defensa del país. Eso fue lo decisivo. Los clanes de Choshu y Satsuma entraron en rebelión abierta contra el shogún en 1866. El nuevo Emperador, Mutsu-Hito, que subió al trono en enero de 1867 y que adoptó el nombre de "Meiji Tenno" (o "emperador del gobierno ilustrado"), pareció apoyarles. En noviembre, aceptó la transformación del shogunado en una especie de presidencia del consejo imperial. Luego, el 3 de enero de 1868, después de que tropas mandadas por Saigo Takamori, del clan Satsuma, amenazaran el Palacio Imperial, abolió el shogunado y aceptó la plena responsabilidad administrativa. La revolución del 68 fue una "revolución de la aristocracia" llevada a cabo en nombre del Emperador por jóvenes samurais de los clanes Choshu, Tosa y Satsuma, contra el atraso y la debilidad del régimen feudal de los Tokugawa, y su incapacidad para hacer frente a la amenaza occidental. La idea capital de la revolución fue la centralización y reforzamiento del poder imperial, como vía para el desarrollo de la riqueza y del Ejército nacionales y para la reafirmación de la independencia y prestigio internacionales de Japón. La revolución, llevada a cabo y controlada durante sus primeros veinte o treinta años por un grupo reducido de personalidades notables (Iwakura Tomomi, Okubo Toshimichi -el hombre fuerte del país entre 1873 y 1878-, Goto Sojiro, Kido Koin, Inouye Kaoru, Ito Hirobumi, Yamagata Aritomo, Itagaki Taisuke y otros), cambió Japón e introdujo profundas reformas militares, navales, industriales, económicas y educativas. Se cambió de inmediato el aparato del Estado. En junio de 1868, un decreto imperial proclamó la separación de los poderes legislativo, ejecutivo y judicial, estableció un conjunto de ministerios, una Asamblea bicameral consultiva y un Consejo de Estado (Dajokan), integrado por samurais, en el que confluía toda la labor del gobierno. En agosto de 1871, los dominios feudales fueron abolidos y se creó en su lugar un sistema de prefecturas territoriales (a cuyo frente, sin embargo, se nombró a los propios daimyos), dependientes del poder central. Se crearon cuerpos de funcionarios al estilo occidental y una policía moderna. En 1873, se reformó la estructura del Ejército, mediante la abolición de los privilegios que los samurais tenían en el antiguo ejército imperial, y se procedió a la creación de un Ejército nacional según el modelo prusiano, con servicio militar obligatorio, ejército que demostró ya su capacidad al aplastar en 1877 la rebelión de algunos samurais del clan Satsuma liderados por Saigo, descontentos con la evolución de las reformas. Se inició también la construcción de una Marina moderna, inspirada en la británica y con barcos adquiridos en Inglaterra, bajo la dirección de Yamagata. En 1871, se estableció la igualdad jurídica de los japoneses ante la ley. En los años siguientes, se introdujo un conjunto de códigos legales que transformaron toda la armazón del Derecho del país. En 1872, se creó un sistema de educación primaria obligatoria y se inició un gran plan de construcción de liceos y escuelas. En 1877 se abrió la Universidad de Tokio (la antigua Edo, que había sido declarada nueva capital imperial), donde buena parte de la enseñanza se impartía en inglés e incluso (medicina) en alemán, a cargo de profesores extranjeros. En 1872 apareció el primer periódico y se construyó la primera línea de ferrocarril: en 1892 había ya 600 periódicos y para 1914 Japón tenía una red ferroviaria de unos 10.000 kilómetros. Se occidentalizaron el vestido y el peinado, la alimentación y la bebida, el calendario (en 1873) y la arquitectura. Algunas grandes ciudades instalaron tranvías modernos e iluminación callejera. Se creó un sistema moderno de correos (1871) y para 1880 había telégrafo en casi todas las localidades. La acción del gobierno fue igualmente decisiva en la modernización del sistema y las estructuras económicas. Creó el marco legal que hizo posible el desarrollo de una economía de mercado, usó los instrumentos a su disposición (política presupuestaria, fiscal y arancelaria) para favorecer el despegue de la producción nacional y tomó la iniciativa en áreas esenciales, como el transporte, las comunicaciones y la industria del acero. En 1871 se creó un sistema financiero tipo occidental, con la creación del yen (equivalente a un dólar norteamericano) y se autorizó el establecimiento de bancos nacionales. En 1876, se fundó el primer banco privado; dos años después se creó la Bolsa de Tokio (que inicialmente operó con bonos del Estado pero que enseguida negoció toda clase de bonos industriales). En 1882, se estableció el Banco de Japón como banco central. Inicialmente, los bancos fueron preferentemente bancos comerciales y de depósito; desde la década de 1890 se autorizó la creación de bancos especiales -garantizados por el gobierno- para la inversión en la industria, la agricultura, la electricidad y los transportes. Japón importó capital extranjero: la inversión exterior optó principalmente por bonos del Estado y acciones ferroviarias. La extraordinaria eficiencia del sistema bancario contribuyó decisivamente al desarrollo económico del Japón. La iniciativa gubernamental fue, como ya ha quedado dicho más arriba, igualmente determinante. Además de retener el monopolio de correos y telégrafos, el Estado estableció directamente las primeras factorías textiles (1870), de cemento (1875), de vidrio (1876) y de hierro y acero (las Acerías Yawata, construidas en 1896). A partir de 1896, el Estado nacionalizó la red ferroviaria, y en todo momento favoreció la industria nacional a través de subsidios y créditos, protección arancelaria, estímulos a la exportación y contratos sustanciosos. Pero fue sobre todo el sector privado y en concreto, el sector textil (seda, algodón) y el comercio exterior los que hicieron de Japón en apenas veinte años una potencia económica. Japón, en efecto, se convirtió en un gran exportador de seda natural y de tejidos de seda y algodón. El valor de sus exportaciones se multiplicó por treinta entre 1878/82 y 1913/17. La exportación de seda en bruto pasó de 1.347 toneladas en 1883 a 9.462 toneladas para el período 1909-13. Los japoneses penetraron con inusitada fuerza en los mercados norteamericano (seda) y chino y coreano (algodón). En 1877 sólo existían tres fábricas de tejidos; en 1889 eran ya 83. El impulso industrializador se extendió además a otros sectores: destilerías, plantas químicas, papeleras, fábricas de suministros eléctricos, cristalerías, productos recauchutados, centrales lácteas. En 1893, se construyó la primera locomotora nacional. En 1896, comenzó la fabricación nacional de hierro y acero y en 1899, la de bicicletas (que durante la I Guerra Mundial se exportarían a casi toda Asia). La producción de minerales -Japón disponía de carbón y cobre- se multiplicó por diez entre 1885 y 1905. En 1870, apenas si producía 250.000 toneladas de carbón; en 1914, llegaba a los 20 millones de toneladas. Cuatro grandes conglomerados industrial-financieros de base familiar o zaibatsu (Mitsui, Mitsubishi, Sumitomo y Yasuda) dominaron la economía japonesa, con fuertes lazos además con la política: ello le dio un grado de concentración y cohesión extraordinarios. En suma, la economía japonesa creció a un 4,4 por 100 anual entre 1880 y 1913. La población creció de 35 millones de habitantes en 1873 a 55 millones en 1918. En 1873, el 70 por 100 de la población trabajaba en la agricultura; en 1918, sólo lo hacía el 50 por 100. Para ese año, el 30 por 100 de la población vivía en ciudades de más de 10.000 habitantes, localizadas en su mayoría en las áreas industriales y en la costa. El rapidísimo y formidable despegue industrial de Japón reforzó los sentimientos de identidad nacional y orgullo y conciencia raciales del país. La idea básica de la revolución de 1868, hacer un país rico y un ejército fuerte, parecía en la práctica conseguida. Japón, sus elites y su población, estaban imbuidos de un fuerte sentido sobre su propia misión como nación y como pueblo. Significativamente, la educación fue reformada en 1886 -por el ministro Mori Arinori-, de forma que se indoctrinase a los jóvenes en un sentimiento nacionalista de servicio al Estado, al Ejército y a la nación. Más aún, el sintoísmo, la mitología tradicional japonesa convertida en religión oficial en 1868 (aunque budismo y confucianismo seguían constituyendo la base de las creencias religiosas y éticas de los japoneses), pasó a formar parte central desde 1890 del sistema educativo, como forma de reforzar el culto al Emperador y a los antepasados. El nacionalismo, un nacionalismo no articulado en teorías o textos ideológicos, era de hecho la fuerza colectiva que sostenía e inspiraba la formación de Japón en un Estado moderno. El liberalismo no era una tradición japonesa. Así, el movimiento hacia el gobierno parlamentario, que fue impulsado primero por Itagaki Taisuke y Goto Shojiro -que en 1881 crearon el partido liberal o Jiyuto- y luego por Okuma Shigenobu -fundador poco después del Kaishinto o partido progresista-, no fue en realidad sino una escisión en el seno de la misma oligarquía gobernante, aunque tuviera un cierto apoyo popular. La misma Constitución, promulgada el 11 de febrero de 1889 (en vigor hasta 1947), elaborada principalmente por Ito Hirobumi y revisada por el Consejo Privado del Emperador, se inspiró en la Constitución prusiana. Introducía el gobierno ministerial -que se implantó incluso antes de su promulgación, en 1885- y un sistema bicameral. Pero se trataba de una Constitución autoritaria y centralista, en la que el poder ejecutivo no era responsable ante el Parlamento (o Dieta) sino ante el Emperador -que conservaba además el poder legislativo supremo- y en el que el Ejército y la Marina quedaban al margen del propio poder civil. La Cámara Alta era designada. La Cámara de Representantes era elegida, pero originalmente el electorado supuso solamente el 1,24 por 100 de la población (lo que no impidió que las elecciones fuesen a menudo muy disputadas y violentas debido al fraccionalismo extremado de la propia oligarquía, y que las Dietas fueran muchas veces, y pese a la corrupción electoral, hostiles a los gobiernos designados por el Emperador). Se crearon nuevos partidos políticos. En 1900, Ito y Saionji Kimmochi crearon el Seiyukai, o Sociedad de los Amigos Políticos; en 1898, Itagaki y Okuma habían creado el Kenseito, o Partido de la Política Constitucional, del que, con posterioridad, nacerían el Kokuminto, o partido popular constitucional, y el Doshikai, o Alianza Constitucional, liderado por Katsura Taro. Pero los partidos no eran sino entramados de clanes familiares y clientelas. Hasta 1900-1905, el verdadero poder no lo formaban ni el gobierno ni los partidos ni las cámaras, sino los genró (o mayores), el grupo no oficial de altos consejeros del Emperador (al que pertenecían muchos de los políticos citados como Ito, Matsukata, Yamagata, Saionji, Katsura, que se alternaron en la jefatura del gobierno entre 1885 y 1913). Más aún: el "establishment" militar, controlado por los clanes Choshu (ejército) y Satsuma (marina), formaba un grupo de poder separado e intocable, obediente únicamente al Emperador (que designaba a los ministros militares) e inspirado por una subcultura propia, impregnada de nacionalismo exaltado, antiparlamentarismo y belicismo expansionista. El expansionismo militar del Japón fue, pues, la consecuencia casi natural del engrandecimiento nacional que el país había experimentado desde 1868. El nuevo Japón dio pruebas de sus ambiciones tempranamente. En 1872, reclamó a China las islas Riu-Kiu y en 1879 hizo de ellas una prefectura japonesa. En 1873, adquirió las islas Borin y en 1875 se anexionó las Kuriles -previamente divididas entre Rusia y Japón-, a cambio de renunciar a la mitad sur de la isla Sajalin en beneficio de Rusia. Las tensiones con China en torno a Corea -protectorado chino, pero donde la influencia económica y política japonesa había crecido considerablemente desde 1870- derivaron en una guerra abierta entre ambos países, que estalló en el verano de 1894 cuando tropas de uno y otro país intervinieron en Corea en apoyo de facciones políticas rivales. La transformación que Japón había experimentado quedó ahora de manifiesto. Desplegó un ejército de 420.000 hombres y una pequeña pero muy moderna y eficaz marina formada por unos 20 barcos de guerra de reciente construcción. Japón obtuvo una serie de espectaculares victorias e impuso a China el tratado de Shimonoseki (17 de abril de 1895), por el que se anexionó Formosa y la península de Liaotung -a la que sin embargo renunció por presión de Rusia-, obligó a China a reconocer la independencia de Corea y le exigió y obtuvo una fuerte indemnización de guerra. El militarismo japonés recibió así un considerable impulso. Japón impuso ahora a las potencias occidentales la revisión de los "tratados desiguales" de 1858. Apoyó la insurrección nacionalista antinorteamericana de Aguinaldo en Filipinas (1899-1902). Colaboró con las potencias occidentales en el aplastamiento de la rebelión xenofóbica de los boxers en China (1900). Y en 1902, firmó con Gran Bretaña una alianza defensiva -primer tratado en términos de igualdad entre una potencia europea y una asiática-, inspirada en el interés mutuo de contener el expansionismo ruso en Asia. Precisamente, la rivalidad ruso-japonesa en torno al sur de Manchuria y Corea -áreas de influencia de ambos países- sería una de las principales consecuencias de la contienda de 1894 y la causa de la guerra que entre Rusia y Japón estallaría en febrero de 1904. Como ya se indicó entonces, la guerra comenzó por un ataque por sorpresa lanzado por la marina japonesa -muy reforzada desde 1895- contra la escuadra rusa estacionada en el puerto chino de Port-Arthur, en la península de Liaotung. Los japoneses lograron, luego, grandes victorias en las batallas del río Yakú y Mukden, en Manchuria, y finalmente, el 28 de mayo de 1905, la escuadra del almirante Togo destruyó en su totalidad la flota rusa del Báltico en la batalla de Tsushima. Por el Tratado de Potsmouth (Estados Unidos), debido a la mediación del Presidente norteamericano Roosevelt, Rusia cedió a Japón parte de la isla de Sajalin, numerosas instalaciones portuarias y ferroviarias en la península china de Liaotung y hubo de pagarle una fuerte indemnización de guerra. Japón, además, controló Corea, donde impuso como Residente General a Ito Hirobumi, y, tras el asesinato de éste por nacionalistas coreanos, se anexionó el país (22 de agosto de 1910). Cuando en 1912 murió el Emperador Mutsu-Hito, Japón era un país rico. Producía hierro, acero, cemento, gas, electricidad, maquinaria, fertilizantes, barcos. La renta nacional creció entre 1890 y 1914 -verdadera época de oro para la economía japonesa- en un 80 por 100. Disponía igualmente de un ejército fuerte. Poco tenía que ver con el estereotipo almibarado -país exótico de costumbres y rituales armoniosos y delicados y sensibilidad y refinamiento exquisitos- creado por la moda japonesista occidental, cuya expresión pudieron ser los libros de Lafcadio Hearn y la ópera Madame Butterfly de Puccini (1904). A la muerte del Emperador, el general Nogi, uno de los héroes de la guerra contra Rusia, se suicidó a la manera tradicional de los samurai como manifestación de lealtad a su señor. Los grupos ultranacionalistas violentos como el Genyosha, o Sociedad del Océano Oscuro, y como el Kokuryukai, o Sociedad del Dragón Negro, tenían desde principios de siglo una ascendencia social cada vez más acusada. El primer gobierno formado bajo el nuevo Emperador, Yoshi-Hito, hubo de dimitir casi de inmediato por un grave conflicto con los militares en torno a los presupuestos. El Ejército intervenía casi de forma habitual para restablecer el orden público en las ocasiones en que, por distintos motivos -sociales, políticos-, estallaban conflictos callejeros. Militares y ultranacionalistas (como Toyama Mitsuru, el inspirador del Kokuryukai) creían en la tesis del renacimiento de Asia bajo el liderazgo militar e ideológico del Japón.
Personaje
Personaje Militar
Durante su trayectoria militar participaría en distintos conflictos como en la campaña de Marruecos. Tras una breve estancia en la URSS regresa a España, donde se hace cargo de la formación del ejército comunista. Durante el desarrollo de la Guerra Civil luchó al lado del bando republicano. Tras participar en distintos frentes consiguió el rango de coronel. Intervino en la batalla del Ebro. Las derrotas sufridas a manos de los nacionales provocaron su marcha a Francia. Sin embargo, regresó con los republicanos y fue nombrado general. Finalmente acaba trasladándose a la URSS y luego a Praga. En la capital checa publica "Soy del Quinto Regimiento", una obra que ofrece una exhaustivo análisis sobre la Guerra Civil Española.
Personaje Científico
Educado bajo los preceptos del confucionismo, con el paso del tiempo se convertiría en uno de sus mayores detractores. Según sus teorías, el buen gobierno y el amor universal se basaban en la creencia en los espíritus y demonios y en la existencia del cielo. Su propuesta se apoyaba en que el hombre debía actuar de buena fe, basándose en el amor y la justicia. Sus discípulos recopilaron todas estas ideas en un libro titulado "Mozi". De este manual, compuesto por 61 capítulos, sólo quedan 43. El libro originalmente se dividía en cinco partes dedicadas a la miscelánea, teorías ético-políticas, lógica motista, artes militares y notas biográficas.
contexto
Los estudios de arqueología espacial han demostrado que muchas zonas de la Península sufrieron profundas modificaciones en su poblamiento. En el área catalana, se advierten abandonos de poblados prerromanos del interior ya a comienzos del siglo II a.C:, hechos que pueden ligarse a las campañas de Catón y seguidores, pero también al cambio de las condiciones políticas y económicas. Así, abandono o destrucción de poblados se constatan en Turó del Vent, Castell Ruf y Gros de Céllecas. A su vez, desde fines del siglo II a.C., comienzan a aparecer núcleos rurales de tipo romano en las zonas de llanuras costeras. Y la consolidación de algunos centros urbanos como Boetulo (Badalona) va a contribuir a un segundo momento de abandono de otros asentamientos de tradición indígena. Análogo fenómeno se documenta en el área levantina donde, además de consolidarse la posición de Dertosa y Saguntum como ciudades, se encuentran los primeros establecimientos rurales que imitan el modelo de las cillas romanas (La Closa), lo que contribuye al debilitamiento del poblado tradicional en altura. También en las Baleares hay constancia de la aparición de nuevos núcleos de poblamiento rural. Hay zonas, en cambio, como el Alto Guadalquivir, que no conocerán el poblamiento rural de tipo romano hasta fines de la República/comienzos del Imperio, momento en que empiezan a verse los resultados de la colonización y municipalización de César/Augusto. Y toda fundación colonial fue acompañada de una total reorganización del poblamiento del territorio.
Personaje Pintor
Estudió pintura en Florencia y Venecia y, en 1906 se traslada a París, donde entabla relación con el mundo de la vanguardia y, especialmente con Picasso y Cocteau. También recibe influencias de artistas como Toulouse-Lautrec, Gauguin, Van Gogh y, sobre todo Cezanne. Hacia 1909 conoce a Brancusi. Esta amistad pudo influir en el interés de Modigliani por la escultura. Sus obras pictóricas de mayor éxito son las que realiza entre 1915 y 1920 y, casi todas ellas son retratos de amigos, personajes anónimos o mujeres desnudas.
termino
acepcion
Elemento voladizo por su parte inferior, a modo de pequeño bloque, sobre el que se asienta una cornisa o alero, o los extremos de un dintel.