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Uno de los problemas que hoy despierta mayor interés en la investigación reside en el hecho de contrastar los modelos y procesos seguidos por las colonizaciones fenicia y griega. Tradicionalmente se han propuesto como dos sistemas antagónicos: mercantil que tiende a agrario en el caso fenicio, y al contrario para el caso griego, con un punto de inflexión en ambos que viene a coincidir con la mitad del siglo VII a.C. El tema es especialmente interesante porque nos permite afrontar aspectos tales como los modelos de colonización, la naturaleza de las relaciones que los producen y los conflictos que en el ámbito del Mediterráneo surgen entre colonizadores, sin olvidar las relaciones que la presencia de éstos provoca en el mundo indígena y en el propio grupo colonizador. Hoy coinciden los investigadores en poner en cuestión la simplicidad con que ha sido tratada la alternativa colonizadora fenicio-griega. E. Lepore, en sus análisis sobre las primeras colonizaciones griegas del siglo VIII a.C., duda que el factor demográfico y agrario sea la única causa del proyecto. El caso de Pitecusa, demasiado alejada de los centros griegos y del Egeo y muy próxima al área etrusco-lacial de la península italiana, podría constituir un magnífico ejemplo para poner en duda el dominio exclusivo de razones demográficas en su fundación; pero del mismo modo se podría pensar si se analizara la posición de Zancle y Regio y lo que implicaría su localización para el control del estrecho de Mesina. En realidad, la vieja oposición obtenida de las fuentes entre apokía y emporio, oponiendo la colonia agraria al centro mercantil, cada vez resulta menos precisa. Otro tanto se puede indicar del modelo fenicio. Aubet ha propuesto una clasificación de los tipos de asentamientos fenicios occidentales, llegando a la conclusión de que al menos podrían sintetizarse en tres casos diferentes: el modelo de metrópolis mercantil, observable en casos como Gades, fundada en función de los recursos de la Baja Andalucía y con ánimo de controlar, en términos mercantiles, el hinterland tartésico; el modelo de Cartago, fundada como auténtica colonia, con un componente de población aristocrática y que muy pronto adquiere carácter urbano y, por último, lo que cabría definir como colonias de explotación agrícola, entre las que sitúan los casos de Toscanos y Almuñécar, en la costa andaluza, por tratarse de asentamientos dispuestos en unidades dispersas y en territorios escasamente poblados por grupos indígenas. Sin duda alguna es difícil para la investigación fijar un modelo agrario anterior o posterior a otro mercantil, pero, sobre todo, resulta complejo aceptar que sea sólo una causa la que provoque el despliegue mediterráneo de griegos y fenicios. Cada día se hace más necesario para realizar estos análisis conocer el proceso que llegó a producir la colonización y para ello es imprescindible pensar en el marco económico en que se mueve el grupo colonizador. Respecto al factor mercantil, se han desarrollado tres corrientes: de una parte, la escuela sustantivista que, con el concepto de comercio de tratado, ha establecido un modelo económico en el que es el Estado el único capacitado para fijar las reglas de intercambio, con el único objetivo de obtener los bienes de que se carece y, en consecuencia, renunciando al lucro y al beneficio. Desde su perspectiva no existe mercado, ni empresa privada, ni riesgo, ni ganancia; desde este punto de vista, el puerto de comercio es la institución por excelencia del modelo y la que articula a los mercaderes y sus actividades bajo la autoridad del Estado y su proyecto redistribuidor. Frente al sustantivismo de Polanyi o Finley, la corriente formalista defiende la viabilidad de los conceptos de la economía moderna en las sociedades antiguas, de este modo se acepta la presencia de la iniciativa privada, sin duda difícil de aislar de la pública, por el propio sistema económico, de las fluctuaciones de los precios, de los beneficios y de la especulación, en suma de los factores indicativos de actividad mercantil. Especial interés dentro de esta última corriente tiene el modelo de la diáspora comercial de Curtin, presentado con carácter atemporal y que presupone la existencia de una red de comunidades especializadas, socialmente interdependientes pero espacialmente dispersas; recuerda el caso el modelo de las etnias especializadas de Amin, que tienden en algunos casos a desarrollar un modelo de jerarquización funcional y de dependencia entre centros con la cúspide en la metrópolis, de aquí que cuando ésta entre en crisis, lo haga todo el modelo. La tercera línea, caracterizada en el materialismo italiano, del que podría ser un clásico representante Lepore, enfatiza las relaciones con los indígenas como uno de los factores más olvidados del sistema colonizador, rechazando la posibilidad de extrapolar conceptos actuales de la economía de mercado al mundo antiguo, pero también los modelos de redistribución que plantea el sustantivismo. Que el factor mercantil resulta hoy difícil de aislar como causa única de la colonización, lo prueba un rápido análisis del factor agrario. La stenochoría o falta de tierras estuvo también presente, tal y como se ha advertido, en el trasfondo de la colonización griega y la fundación de apokíai, es decir, la separación de un grupo de ciudadanos de la metrópolis en que residían, su instalación en una fundación y su independencia política y administrativa. La consecuencia directa de este proceso ha sido la definición de la chora o tierra controlada por la colonia en casos tan evidentes como Metaponte y, según algunos autores, en modelos tan mercantiles como Ampurias. En el área de la colonización fenicia, la presencia de estas zonas de tierras urbanizadas podría justificarse en casos como los centros de la Andalucía mediterránea, si bien sin olvidar su base mercantil. El debate, sin embargo, está muy vivo en casos como Gades, donde los recientes estudios de Ruiz Mata en Torre de Doña Blanca defienden la existencia de un poblado fortificado situado entre el límite de la Campiña y la Bahía y con amplias posibilidades de mostrar el ámbito territorial controlado directamente por la fundación fenicia, en tanto que desde otra perspectiva se defiende el papel de emporio para el enclave fenicio. Lo cierto es que Tiro sufrió un proceso de sobrepoblación, con déficit alimentario a consecuencia de su limitado territorio agrícola, que se hace patente no sólo por el crecimiento del asentamiento, sino por su política expansionista entre los siglos X y VIII a.C. Un caso paradigmático de análisis puede valorarse a través de la secuencia del asentamiento de Toscanos, que resumimos a continuación. El lugar se funda en un pequeño altozano entre los años 740-730 a.C. construyendo varias viviendas aisladas y de gran tamaño. Se define por su carácter marcadamente mercantil. En el desarrollo del siglo VIII a.C. se advierte un fuerte incremento demográfico y se constata un aumento del nivel de riqueza a través del sistema constructivo. ¿Se podría hablar para esta fase de una segunda oleada de colonos coincidentes con la construcción del primer sistema de fortificación? Durante la fase que marca el siglo VII a.C. se observa el momento de mayor auge económico. Se construye el llamado Gran Almacén, y surge un barrio industrial dedicado a la manufactura de objetos de cobre y hierro. El asentamiento alcanza su máxima expansión. Se calcula que hacia el 640-630 a.C. alcanza entre los 1.000 y los 1.500 habitantes y es en ese momento cuando se refuerza la fortificación con la construcción de una nueva muralla. Algo después del periodo de esplendor se inicia una crisis en el asentamiento, que termina por ser abandonado hacia el año 550 a.C. En el marco del análisis que aquí se plantea, el asentamiento constituye una clave en este debate, ya que su localización no responde a un esquema preferentemente comercial para contactar con los indígenas del entorno inmediato, pues se busca para su ubicación un territorio bastante despoblado, si bien desde él se puede acceder, aunque a cierta distancia, a los ricos núcleos indígenas de las altiplanicies granadinas. Por otra parte, se localiza el sitio en un fértil valle de tierra de aluvión, bien definido territorialmente respecto al interior y en dos momentos diferentes de su historia refuerza el sistema de fortificación propio. De forma significativa, frente a este factor agrario evidente, en las características internas de su estructura urbana priman los elementos mercantiles, con la construcción del gran almacén y la disposición del barrio metalúrgico.
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Aunque el siglo por excelencia del mercantilismo fue el XVII, a fines del XV y a lo largo del XVI se desarrolló una fase inicial de política mercantilista. En muchas ocasiones lo único que se hizo fue trasladar al ámbito nacional el proteccionismo económico municipal de la Edad Media, traducido en ordenanzas y leyes especiales que protegían el comercio o la industria locales. En otros casos, como en la obligación de comerciar con navíos nacionales decretada por el monarca castellano Enrique III, se hallan prefiguradas medidas proteccionistas tan propias del siglos posteriores como las famosas "Actas de Navegación". Sin salir de España, la política económica de los Reyes Católicos (1474-1516) suele ser calificada como pre-mercantilista, aunque esta clasificación ofrece dudas. El principal rasgo de esta política fue el proteccionismo ganadero, en detrimento de la agricultura. La actividad de la Mesta se vio respaldada por un conjunto de leyes favorables. El motivo consistía en que la Monarquía lograba buenos ingresos de las exacciones fiscales sobre el tránsito de ganados y, especialmente, sobre las masivas exportaciones de lana merina hacia los centros manufactureros del norte de Europa (Países Bajos, Inglaterra). Tales exportaciones, en cambio, no favorecían el desarrollo de la industria textil nacional y obligaban a importaciones de manufacturas. Fue esta una de las razones que contribuyeron a la precoz decadencia del sector pañero castellano, que asistió a un efímero auge durante la primera mitad del siglo. Mucho más en línea con los cánones de la política mercantilista estuvo la organización del comercio con América en régimen de monopolio español, con exclusión legal de los comerciantes extranjeros. En cualquier caso, este proceder parece también más ligado a razones de eficacia fiscal que a una auténtica política económica con amplitud de miras. En realidad, las manufacturas extranjeras encontraron una relativa facilidad para penetrar en el mercado español, dada la orientación liberal de la política comercial, e incluso en el propio mercado americano. Por lo demás, las medidas tomadas para evitar la exportación de metal precioso carecieron por completo de eficacia. En Francia se constatan a lo largo del siglo XVI diversos esfuerzos por imponer una política mercantilista. Leyes suntuarias intentaron poner freno a las importaciones de productos extranjeros de lujo (paños de oro y plata, satenes, damascos). En los Estados Generales de 1576 se pidió al monarca que prohibiera la importación de todo producto manufacturado. En 1581 se impuso, por vez primera, un arancel general en todas las fronteras. Las sederías de Tours y Orleans fueron objeto de protección por parte de Luis XI, mientras que Enrique II intentó promover la fabricación de paños al estilo veneciano. Finalmente, se impulsaron las ferias de crédito de Lyon, que jugaron un importante papel comercial y financiero. En Inglaterra, los monarcas Tudor favorecieron la producción textil, impulsaron la marina e intentaron equilibrar la balanza comercial apoyando las exportaciones. También protegieron la ganadería lanar al objeto de aumentar sus ingresos fiscales, pero en este caso dicha política operó efectos favorables sobre la industria nacional, que se desarrolló lo suficiente como para competir económicamente con la industria lanera flamenca, por entonces hegemónica.
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También las iglesias de los dominicos han dejado ejemplos deslumbradores de riqueza en el afán de recrear la imagen del cielo en el interior de los templos. En este sentido hay que citar la capilla del Rosario en el convento de Santo Domingo, de Tunja, en la que los dorados sobre fondo rojo y la decoración de los arcos torales crean un cielo en la tierra de riqueza y desmesura. De la capilla del Rosario en la iglesia de Santo Domingo de Puebla, con sus yeserías invadiendo los muros para configurar un espacio sagrado casi irreal (como más tarde en la capilla del Rosario de Oaxaca) se escribió un libro en el que era llamada la "Octava maravilla del Nuevo Mundo". Asimismo en Brasil se crearon los espacios de las capelas douradas con el mismo horror al vacío y la misma riqueza que en Tunja o en México.Muchas veces los resultados dependieron de circunstancias ajenas a la orden, y por eso pueden ser tan similares los claustros del convento de San Francisco y de Santo Domingo en Lima, que combinan -con variantes- arcos y óculos en la planta superior. Por otra parte, el modelo para la iglesia de la Merced de Quito cuando se reconstruyó a comienzos del siglo XVIII fue la iglesia de la Compañía, es decir, que la validez de un modelo lo hizo en ocasiones válido también para otras órdenes. Si a todo ello añadimos el que los terremotos obligaron muchas veces a reconstrucciones que cuando era posible conservaban parte de la primitiva fábrica se puede comprender mejor el carácter retardatario de algunas obras o la superposición de estilos y modelos.Algunas órdenes crearon en su misión evangelizadora asentamientos cuyo interés para la historia del arte es manifiesto. Se destacaron sobre todo los franciscanos y los jesuitas. Si el virrey Toledo había quitado las misiones a los dominicos para dárselas a los jesuitas, cuando éstos fueron expulsados las misiones que tenían en California pasaron a ser de franciscanos y dominicos. Los franciscanos sí habían seguido desempeñando su labor misionera en el norte de México desde que fundaron San Bartolomé en 1560, pero de los restos que se conservan no se puede concluir la existencia de un modelo, aunque las iglesias solían ser sencillas y grandes, esto último a fin de facilitar la predicación.El modelo franciscano de agrupar indios para trabajar en comunidad fue el seguido por los jesuitas en sus reducciones o doctrinas de la provincia jesuita del Paraguay, que abarcaba una zona que hoy está en tres países: Paraguay, Argentina y Brasil. Los edificios se organizaban en torno a una plaza, con una cruz o imagen de la Virgen en el centro y cuatro pequeñas cruces o capillas posas en los ángulos. En el frente principal se situaba la iglesia con las dependencias de los jesuitas a un lado y el cementerio al otro, y el resto de la plaza lo formaban los barracones de los indios, derivados del tipo de habitación de los indios guaraníes. Si bien por la disposición de plaza e iglesia se ha hablado en algún momento de urbanismo barroco, lo que tiene de barroco en todo caso es su carácter teatral -que se refleja en la envergadura arquitectónica que fueron adquiriendo las iglesias dentro del conjunto para materializar así su carácter de eje de toda la vida que allí se desarrollaba- pues pueden ser muy cuestionadas como verdaderos ámbitos urbanos.Para finalizar habría que aludir a la existencia de una región en la que se prohibió la presencia de las órdenes religiosas, lo cual también condicionó su arquitectura. Se trata de Minas Gerais, en Brasil, donde Juan V prohibió la entrada de miembros de las órdenes religiosas en 1711 -se nao consinta que nos minas assita trade algum, antes os lance fora a todos com violencia, se por outro modo nao quizerem salir- dejando la religión en manos de las parroquias, cofradías o hermandades. No hubo por lo tanto conventos, lo cual posibilitó que el volumen de sus iglesias, con su profunda capilla mayor y sus torres, apareciera exento mostrando los juegos curvos de unos alzados que responden a unas características plantas elípticas. Se ha hablado de influencias borrominesas, de Guarini (debido al trabajo de éste en Lisboa), o de las iglesias centroeuropeas, probablemente a través de grabados.Su interior, según P. Dias, se concebía casi como una sala de ópera, con palcos para las celebraciones litúrgicas y desde luego su exterior, por el atrio que suelen tener delante y porque se suelen situar en lugares elevados de la ciudad adquiere unas connotaciones escenográficas que más que atraer parecen absorber la mirada.
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La amplitud y densidad del programa catedralicio americano determinó que algunos edificios se apartasen de las tipologías habituales de catedral para seguir tipos estructurales más modestos propios de iglesias medievales. Así las de Quito y Tunja siguen modelos de iglesias andaluzas bajomedievales; las de Bogotá y Cartagena de Indias, de tres naves separadas por grandes columnas, presentan una disposición para la que se han visto precedentes en Santa María de Antequera y en San Juan de Telde (Gran Canaria).En las catedrales citadas las soluciones constructivas evocan frecuentemente modelos arquitectónicos concretos debido, en muchos casos, a que se trata de edificios destinados a atender unas mismas funciones para las cuales existían unos prototipos consagrados por la práctica. En otros, en cambio, la referencia a determinados modelos se produjo como una evocación figurativa y utópica de edificios que en la cultura arquitectónica del momento funcionaron como modelos y como mitos. En la catedral de Mérida, comenzada en 1563, se desarrolla un nuevo tipo de edificio de tres naves de igual altura cubiertas por bóvedas baídas y separadas por pilares cilíndricos. El tramo central del crucero se cubre con cúpula que constituye una evocación figurativa del Panteón de Roma derivado, al parecer, del modelo publicado en el tratado de Serlio que había sido traducido al español en 1552. Los casetones que decoran las bóvedas baídas tienen también precedentes en algunas iglesias españolas y en las bóvedas de los túneles que comunican la capilla mayor con la girola de la catedral de Granada, templo en el que también, aunque sin la literalidad que en Mérida, se evoca el Panteón.En la construcción de algunas catedrales americanas se produjo una correspondencia entre las Utopías del Renacimiento y la arquitectura, como en la mencionada catedral de Pátzcuaro emprendida por Vasco de Quiroga. La influencia de la "Utopía" de Moro, tanto en éstas como en otras obras de Quiroga, han sido estudiadas por Bataillon y Zavala que han puesto de manifiesto el papel que los humanistas cristianos (Quiroga y Zumárraga) jugaron en la Nueva España en el siglo XVI. Vasco de Quiroga comenzó a construir una catedral, bajo la dirección de Hernando Toribio de Alcaraz, de la que sólo nos ha llegado el conocimiento de cómo fue y algún resto publicado recientemente, y cuya estructura rompía con la tipología de catedral y se situaba al margen de los modelos arquitectónicos preexistentes.La catedral de Pátzcuaro presentaba una disposición muy distinta de la reconstrucción de su planta realizada en el siglo XVIII según la cual estaba formada por cinco naves dispuestas radialmente en torno a una capilla poligonal con girola anular en el centro. Hoy sabemos, tras el estudio de Ramírez Montes, que su planta se ajusta a la representación que aparece en el escudo de la ciudad de 1553: una nave transversal de testero, en cuyo centro se halla la capilla mayor y hacia la que confluyen otras tres naves, una perpendicular y dos oblicuas entre éstas y las del testero; a los pies de la nave central se elevaba una torre. Esta disposición se ha relacionado con la posibilidad de separar por sexos y edades a los fieles a la manera de lo que establece Tomás Moro en su "Utopía". Sin embargo, aunque estas ideas es muy posible que estuvieran en la mente de Vasco de Quiroga, nos parece que la disposición singular y anómala de la planta de la catedral de Pátzcuaro conjuga con estas posibles concepciones ideales determinadas exigencias de practicidad.La catedral de Pátzcuaro planteó una ruptura decidida y radical con la disciplinada y sistemática aplicación de unas tipologías consagradas. Iniciada en 1541, sólo tres años después se enviaba un visitador con el fin de que mirase si "...es cómoda y conveniente para iglesia catedral corno otras catedrales suelen ser". Por su parte los estudiosos han intentado ver precedentes en diversos edificios como la cabecera de la catedral de Granada, el proyecto de fra Giocondo para San Pedro de Roma y en la disposición de otras iglesias y catedrales españolas con girola. Pero, en nuestra opinión, el origen de la catedral de Páztcuaro no debe buscarse tanto en la interpretación de un modelo arquitectónico preestablecido sino en la respuesta arquitectónica a unas exigencias tan precisas como era facilitar la asistencia de los indios a los oficios. A este respecto no debe olvidarse que la catedral de Pátzcuaro se construyó especialmente para los indios. Pedro de Logroño (31 de octubre de 1561) afirmaba haber oído del propio Vasco de Quiroga que había hecho una parroquia para los españoles y una catedral para los indios "...porque los españoles han visto iglesias catedrales en nuestra España y es menester a estos indios nuevamente convertidos que vean como Dios es servido y honrado el culto divino".Anteriormente, al hablar de las capillas de indios, señalamos cómo una de las preocupaciones principales de sus constructores fue establecer una visibilidad del altar desde todos los puntos en los que se encontraban los fieles. En varias ocasiones, en la documentación publicada sobre la catedral de Pátzcuaro, se insiste sobre este aspecto. Así, en un parecer del cantero García de la Fuente de 1555, refiriéndose al ancho de los pilares atendía a que "...no estorbe la vista del altar mayor a que todas las naves miran, que es el intento que se tuvo en la traza". Los gruesos pilares planteaban un problema "...por razón de la multitud de indios que a ella concurren y (... ) haber mucha gente y porque los pilares no estorbasen la vista a los indios que siempre se suelen poner detrás de ellos". La exigencia de visibilidad a que hicimos mención fue una de las razones que movieron a Vasco de Quiroga a suprimir la tipología de catedral de varias naves por un edificio formado por cinco naves independientes orientadas hacia el altar, su único punto de unión. Y a lo mismo parece deberse el empleo sistemático en los conventos de la iglesia de nave única. En Pátzcuaro, para lograr este principio, la organización de las naves sigue una disposición similar a los ejes que se establecen en algunas capillas de indios con respecto al altar. La mencionada capilla de Teposcolula, construida en fecha no muy distante a la de la catedral de Pátzcuaro buscaba una solución similar: una nave de testero, con el altar en el centro. Esta disposición es la misma que desarrollan la capilla y las dos naves del testero de la catedral de Vasco de Quiroga. La disposición de los contrafuertes en Teposcolula trazaba unos ejes visuales con respecto al altar iguales a los que desarrollan las naves de la catedral de Pátzcuaro, en la que se eleva al rango de catedral el esquema de visibilidad radial de una capilla de indios.
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Este pequeño ducado, controlado por la familia Este, es el único Estado patrimonial existente en Italia en el siglo XVIII. Los acontecimientos bélicos ocurridos en el norte de la península con las guerras dinásticas europeas influyeron negativamente en su economía, pero la crisis mayor se dio en 1733-1736 ante una invasión francesa. Tras la muerte de Rinaldo comienza su gobierno Francisco III (1737-1780), que abandonó su tradicional alianza con los Habsburgo y se volvió a los Borbones; esto provocó la invasión del ducado por los imperiales en 1742 pero hacia 1748 las cosas habían vuelto a la normalidad restableciéndose la amistad con Austria. El duque creó un Consejo de Estado encargado de la política interior y de la acción exterior, con funciones puramente consultivas, y tres Secretarías de Estado para las funciones gubernamentales. En el aspecto judicial se crea el auditor general criminal como supremo inspector de los jueces y de la aplicación de la justicia. Con ello, minó el inmenso poder de los nobles y centralizó el Estado. En esta misma línea reorganizó el poder local incrementando las haciendas o patrimonios locales incautándose de propiedades de la Iglesia que luego serían arrendadas o vendidas por el Estado. Otros hechos fundamentales son la promulgación en 1777 de un Código de Leyes y la creación de un Consejo Supremo de Justicia, depositario del poder legislativo y a la vez Alto Tribunal de Apelación. La política regalista, inspirada en las medidas lombardas y de Toscana, se orientó hacia la reducción de los efectivos del clero, de su patrimonio, de su inmunidad fiscal y de su influencia en el terreno cultural y político.
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J.L. Comellas ha puesto de manifiesto la diferencia de edad que separaba a los hombres que habían hecho triunfar la Revolución -Riego, Quiroga, López Baños, Alcalá Galiano, Mendizábal- de aquellos que habían participado en las Cortes de Cádiz y se consideraban como los arquitectos y fundadores del liberalismo español -Toreno, Argüelles, García Herreros y Pérez de Castro, entre otros. Los veinteañistas, más jóvenes, más impulsivos, pero también con menos experiencia, y los doceañistas, más veteranos, más cultos, de un mayor nivel intelectual y con una mayor facilidad de palabra y que traían ya el bagaje de su participación en los debates de las Cortes de Cádiz y de la lucha política que allí se había planteado. Exaltados los primeros y moderados los segundos, constituirán las dos alas del liberalismo español en este periodo, ya que difícilmente podría calificárseles de partidos, dada la escasa articulación de sus respectivos programas y la falta de organización de sus integrantes. En todo caso, cabría hablar, ya que no de ideología claramente definida, de actitudes ante el fenómeno de la Revolución liberal. Para los moderados la revolución se había producido ya y lo que había que hacer ahóra era aplicarla sin más. Eran los conservadores de la revolución. No eran partidarios de los radicalismos y tenían una especial preocupación por ganarse la confianza de las viejas clases dominantes. Los exaltados, en cambio, creían que no había que conformarse con lo hecho hasta entonces y que por consiguiente el proceso revolucionario no podía estancarse, sino que tenía que seguir avanzando. Pues bien, una vez que Fernando VII juró la Constitución el 7 de marzo, las manifestaciones de júbilo que se produjeron en Madrid y en otras capitales españolas podrían llamarnos, cuando menos, a la sorpresa, después de haber visto cómo se registraron manifestaciones similares cuando se produjo el restablecimiento de la Monarquía absoluta, sólo seis años antes. Toda la simbología liberal, que había sido destruida en 1814, fue ahora repuesta en calles, plazas y paseos. Las placas, las enseñas, las coronas de laurel, los himnos como el de Riego o las canciones como El Trágala, se convirtieron en la expresión del entusiasmo popular por la nueva situación. Inmediatamente, comenzaron a publicarse un gran número de periódicos, unos más moderados como El Universal o El Imparcial, otros más radicales, como El Espectador, o el satírico Zurriago. En realidad, la prensa española alcanzó un notable desarrollo en estos años, debido al impulso que dieron los liberales a la difusión de sus ideas a través de todas estas publicaciones, más o menos efímeras. El ambiente del país, al menos en las ciudades más importantes, era de optimismo y de esperanza. El 10 de marzo se estableció en Madrid una Junta Provisional que comenzó una labor de restauración de los cargos y de los dirigentes que habían sido destituidos en 1814. El haber sido objeto de la represión absolutista durante los años precedentes era un título que facilitaba el acceso a los puestos directivos de las instituciones municipales o nacionales. Fernando nombró en el mes de abril su primer ministerio constitucional, formado por liberales que había permanecido en presidio durante la época absolutista. Entre los designados se hallaban Evaristo Pérez de Castro en la cartera de Estado, Canga Argüelles en la de Hacienda y Agustín Argüelles en la de Gobernación. Todos ellos eran hombres del primer liberalismo y desplazaban así a los protagonistas de la Revolución, que quedaron en un segundo plano a pesar de la iniciativa que habían tomado y del riesgo que había supuesto para ellos dar el paso para imponer la Constitución. Las primeras medidas que tomaron, primero la Junta y posteriormente el Ministerio, estaban encaminadas a restablecer la obra de las Cortes gaditanas. Entre otros, se emitieron decretos estableciendo la libertad de imprenta y la abolición de la Inquisición, así como la incorporación de los señoríos a la Corona, y el 22 de marzo se llevó a cabo la convocatoria de las Cortes ordinarias para el 9 de julio siguiente. Pero una de las cuestiones que más polémica desató en estos inicios de la nueva etapa del reinado de Fernando VII fue la del destino del llamado Ejército de la Isla, en cuyo seno se había desencadenado la Revolución. Parecía haberse descartado que aquellos 20.000 hombres que se hallaban acantonados entre las provincias de Sevilla y Cádiz embarcasen con destino a América. Sin embargo, el mantenimiento de un cuerpo de ejército tan nutrido en la Península resultaba demasiado gravoso para el gobierno, así que muchos de sus soldados fueron licenciados y compensados con repartos de tierras y otros beneficios, y los oficiales fueron agasajados y ascendidos. Todo ello no fue suficiente para apagar cierto ambiente de descontento provocado, al parecer, por el desengaño ante la actitud de los gobernantes de Madrid a quienes se achacaba una falta de reconocimiento para quienes habían hecho triunfar el régimen constitucional. Ante la posibilidad de que el malestar de los militares se convirtiese en amenaza, el gobierno presidido por Argüelles decretó la disolución del Ejército de la Isla y el envío de Riego a Galicia como Capitán General. La medida provocó inmediatamente manifestaciones callejeras y algaradas promovidas por los exaltados, quienes tenían a Riego por el auténtico héroe de la Revolución. En vista de esta reacción, Argüelles dio marcha atrás y destituyó a Riego como Capitán General antes de que hubiese tomado posesión. Más tarde, en las Cortes, el primer ministro justificaría su actitud manifestando que todo el asunto era producto de una maquinación oculta y amenazó con abrir las páginas de esa historia para descubrir la verdad. La sesión de las páginas, como se le calificó inmediatamente a aquel acto parlamentario, no sirvió para revelar ninguna trama oculta, pero sí para reforzar el dominio de los moderados en el poder y para confirmar la disolución del Ejército de la Isla.
obra
Cézanne es considerado el pintor más revolucionario de su generación siendo quien recibiría más críticas negativas por parte de los especialistas de su tiempo. Partiendo de las teorías impresionistas, buscó la recuperación de la forma a través del color, utilizando éste como sistema de modelado; quería "convertir el Impresionismo en algo sólido y duradero, como el arte que se conserva en los museos". Participó en la primera exposición impresionista con esta Moderna Olimpia, denominada de esta forma quizá como homenaje a Manet. Una mujer, tumbada entre las sábanas blancas de su cama, es desnudada por su esclava negra mientras un hombre sentado en un diván contempla la escena. Esta figura podría incluso ser un autorretrato. Una mesa de color rojo, un gato a los pies de la cama y un enorme jarrón completan la escena. La utilización de vivas tonalidades -amarillo, verde, rojo, azul- y la rápida pincelada con la que ha sido aplicado el color, incluso con espátula, hacen de esta obra todo un manifiesto pictórico.
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Los años 70 y 80 han deparado a la arquitectura contemporánea y al Movimiento Moderno un sinnúmero de propuestas y de revisiones. Incluso lo que se creía definitivamente olvidado, aparece recuperado con una evidente carga polémica y con la intención de no renunciar a nada de lo que la historia de la arquitectura puede ofrecer. Así, no es extraño ver edificios construidos o proyectados que copian modelos de tratados o soluciones concretas de edificios históricos, aunque sea cambiándolos de escala. Tampoco es infrecuente presenciar cómo algunos arquitectos vuelven a meditar sobre temas antiguos, en la mejor tradición del Clasicismo, desde las villas descritas por Plinio el Joven a nuevas reconstrucciones del Templo de Salomón, arquitectura perfecta, tal como es descrito en la Biblia, en la visión de Ezequiel. Y es que, como ha afirmado recientemente Quinlan Teny, "es un reto enfrentarse a cada problema nuevo partiendo de principios antiguos".Poner orden crítico e historiográfico en la multitud de fragmentos arquitectónicos existentes supondría establecer tantas etiquetas como productos son posibles encontrar en un supermercado. De momento lo ha realizado Ch. Jencks, crítico abanderado de la Postmodernidad.Si hubiera que remontarse a los orígenes de lo reciente habría que fijar la atención en dos obras fundamentales que aparecieron en la segunda mitad de los años 60, dando un vuelco disciplinar cuyas consecuencias aún se dejan sentir. Me refiero a "La arquitectura de la ciudad", de Aldo Rossi, y a "Complejidad y contradicción en la arquitectura", de Robert Venturi, ambas publicadas en 1966. Esta última ha sido comparada por V. Scully a "Vers une architecture" de Le Corbusier. Es decir, casi un libro fundacional.Venturi afirmaba en su obra, formulando así una de las claves para entender lo que ha ocurrido en los últimos años tanto con la arquitectura como con la tradición del Movimiento Moderno: "Me gusta la complejidad y la contradicción en arquitectura... basada en la riqueza y ambigüedad de la experiencia moderna... Los arquitectos no pueden permitir que sean intimidados por el lenguaje puritano moral de la arquitectura moderna. Prefiero los elementos híbridos a los puros, los comprometidos a los limpios, los distorsionados a los rectos, los ambiguos a los articulados, los tergiversados que a la vez son impersonales, a los aburridos que a la vez son interesantes, los convencionales a los diseñados, los integradores a los excluyentes, los redundantes a los sencillos, los reminiscentes que a la vez son innovadores, los irregulares y equívocos a los directos y claros. Defiendo la vitalidad confusa frente a la unidad transparente. Acepto la falta de lógica y proclamo la dualidad". En definitiva, casi como empezar de nuevo la construcción de la Torre de Babel, aunque ahora sin un ánimo real de levantarla, tan sólo de utilizarla como metáfora para dar cabida a cualquier opción.Mientras tanto, Rossi pretendía realizar una operación quirúrgica sobre lo confuso, sobre lo innecesario, sobre lo que no era disciplinar. Un intento de volver a fundar la arquitectura, estableciendo unos nuevos principios lógicos, atentos tanto a la tradición como al Clasicismo, sin que ello implique la aparición de citas indiscriminadas. En este sentido, no es extraño que entre sus arquitectos preferidos figuren los nombres de Loos o Tessenow, la arquitectura de la Ilustración, Boullée y Laugier.Las ideas de Rossi, sus planteamientos sobre la relación existente entre la forma de la ciudad y la arquitectura que en ella se construye, sedujeron a un buen número de arquitectos italianos que configuraron lo que habría de llamarse la Tendenza, una opción fundamentalmente neorracionalista que, además, no negaba la tradición del Movimiento Moderno, aunque incorporase arquitectos abandonados por la ortodoxia del Estilo Internacional. Un intento de clarificación metodológica y disciplinar al que se sumaron arquitectos como M. Scolari o G. Grassi, intentando una operación de limpieza, frente a lo planteado contemporáneamente por Venturi y posteriores postmodemos.Para el neorracionalismo de la Tendenza, es la arquitectura la que tiene que controlar la construcción de la ciudad, asumiendo la lección de la historia urbana, de los tipos comprobados colectivamente. La historia entra nuevamente en el proyecto, no a través dé sus apariencias formales, como quieren los clasicistas modernos, sino sometida a una espectacular reducción.Al recuperar la especificidad de la disciplina, al proclamar su autonomía de cualquier contaminación, se hace desde la idea de la racionalidad del método. La historia de la disciplina se despoja de la memoria de los lenguajes y eso implica reducir la arquitectura a un vacío formal, a una construcción lógica. Su capacidad de significación simbólica reside en la consecuente relación con la ciudad histórica: son los usos colectivos de las formas urbanas los que llenarán de contenidos las tipologías y el vacío formal. De ahí el interés por recuperar la idea y la pertinencia del monumento, de la calle tradicional, de la plaza. "El progreso -ha escrito Massimo Scolari- no es novedad y cambio, o por lo menos no los presupone necesariamente; progreso es, en todo caso, clarificación, paso de lo complicado a lo sencillo. En la arquitectura significa simplicidad, unidad, simetría y proporciones justas, claridad tipológica, homogeneidad entre planta y alzado, y negación del desorden, aunque éste se justifique como reproducción simbólica de la crisis de una cultura". Es decir, exactamente lo contrario de lo propuesto por Venturi en el texto antes mencionado.Pero introducir la historia en el proyecto puede dar lugar a muchos equívocos, tanto como referencias posibles existen. Es la tentación de recrearse de nuevo en los viejos lenguajes lo que los arquitectos parecen buscar, aunque no todos. Desde este punto de vista, el clasicismo y el arcaísmo vuelve a estar de moda. De esta manera Gerd Neumann podía proponer, en 1980, cual nuevo Calímaco, un capitel corintio imaginario con las hojas de acanto movidas por el viento; Quinlan Terry construir una cabaña primitiva, como para empezar desde el principio de la arquitectura. Juegos intelectuales con el clasicismo o nostalgia por recuperar el significado cultural de la memoria, el hecho es que S. Tigerman ha proyectado, en 1980, una casa inspirada en la Villa Madama de Rafael y Thomas Gordon Smith ha construido las villas de Plinio el Joven en California. El lenguaje clásico se ilumina, como en la fluorescente Plaza de Italia, realizada por Ch. Moore en Nueva Orleans, en 1979. Al año siguiente, en la Bienal de Venecia, que llevaba el elocuente título de La Presencia del Pasado, Hans Hollein pudo realizar una fachada para la Strada Novissima que es un compendio de columnas-manifiesto de la historia de la arquitectura.Es cierto que con estas manifestaciones no se agotan las propuestas de la postmodernidad ni las de la modernidad. Sobre todo esta última ha pretendido realizar una nueva lectura de las vanguardias, como una erudición preciosista que ha recorrido desde el constructivismo a la arquitectura de Le Corbusier, desde el neorracionalismo calvinista, conceptual y blanco, de los Five Architects de Nueva York a la última moda de la deconstrucción arquitectónica, en la que la crítica de la arquitectura se plantea más como un juego intelectual que en su posible verificación y reproductibilidad en la metrópoli. Mientras tanto, otros arquitectos siguen construyendo la arquitectura del siglo XX y mirando atentamente al filtro de la Torre de Babel del Movimiento Moderno.