Como en el resto de Europa, también en Francia el final de la guerra vino acompañado por una situación catastrófica. Había, por ejemplo, cinco millones de personas desplazadas y 40.000 supervivientes de los campos de concentración alemanes (sólo el 20% de los que fueron enviados a ellos). El peso de las muertes fue, sin embargo, dos veces menor que tras la Primera Guerra Mundial. Francia contaba con 1.450.000 vidas menos, pero debía tenerse en cuenta que un tercio de esta cifra correspondía al déficit de nacimientos. En contrapartida, los desastres materiales eran mucho mayores: era utilizable menos de la mitad de la red ferroviaria y una cuarta parte del capital inmobiliario había desaparecido. Desde 1938, el costo medio de la vida se había triplicado y existía un déficit de, al menos, un tercio en lo referente a los productos de primera necesidad. Aparte de todo ello, existía un problema político de primera importancia que se resume en el término "depuración". Camus, hablando de él, pudo decir que "su terrible nacimiento es el de una revolución" pero, con el paso del tiempo, acabó afirmando también que "el camino de la justicia no es fácil de alcanzar". La depuración comenzó con un elevado número de ejecuciones sumarias en aquellos departamentos en los que la lucha fue más dura. Hubo en ellos 9.000 ó 10.000 muertes por esta razón y a ellas se deben sumar otras 700-800 tras la celebración de juicio. Las ejecuciones sumarias fueron más habituales en el medio rural, en un momento en el que los poderes públicos no podían actuar ya que, cuando pudieron hacerlo, impidieron la multiplicación de las ejecuciones. En el momento del fin de la guerra, en abril de 1945, había, además, 126.000 prisioneros franceses. En meses sucesivos, fueron instruidas 160.000 causas, de las que los resultados pueden clasificarse de la siguiente forma: 45% de absoluciones; 25% de degradaciones nacionales, una pena tan sólo moral; 16% de penas de prisión; 8% de trabajos forzados y 4% (7.037) de penas de muerte de las que, como se ha apuntado, sólo en una décima parte fueron ejecutadas. La depuración administrativa fue importante en la policía, en especial en la de París, pero casi tan sólo en ella; solamente en regiones germanoparlantes -Alsacia y Lorena- el número de los depurados llegó al 10% en determinadas categorías administrativas. Dos tercios de los franceses consideraron insuficiente la depuración, que en la práctica estaba concluida en 1950. Predominó la necesidad de dar respuesta a las necesidades de reconstrucción del Estado, pero también la de una necesidad de unión nacional que el propio De Gaulle proclamó. Sólo los intelectuales y los artistas sufrieron de forma especial la depuración y aun así se aplicó con la prohibición de escribir o exponer. Francia, en suma, en su tratamiento a los posibles colaboracionistas, fue mucho más clemente que los Países Bajos, Dinamarca o Noruega. A pesar de la influencia del Partido Comunista, en realidad nunca hubo un auténtico peligro revolucionario. Los comisarios de la República nombrados por De Gaulle evitaron que ese peligro existiera. El Gobierno provisional que el general presidía estaba formado por trece personas de partido y nueve independientes, con la colaboración de los comunistas. Las milicias de partisanos fueron desarmadas con la promesa de llegar a la instauración de "una verdadera democracia económica y social". El diario Combat aludía a esta promesa en términos tan vagos como ansiosos de renovación, como "acabar con la mediocridad y con las potencias del dinero". La existencia de una Asamblea Consultiva Provisional sirvió también para hacer desaparecer el poder que habían adquirido durante la guerra los órganos de la resistencia. La vida política se reestructuró, a menudo con hombres nuevos, pero sin una radical ruptura con el pasado republicano. La mayor novedad fue el auge del comunismo. El PCF disponía en 1946 de 800.000 afiliados y el 25% de las tiradas de la prensa y se presentaba, además, como el "partido de los fusilados", lo que le dotaba de una especie de plus de legitimidad. La derecha, sin embargo, había presenciado también la aparición del MRP -Mouvement Républicain Populaire- como partido de masas vinculado con el mundo católico. Tras la previa celebración de un referéndum sobre una posible Asamblea constituyente y sobre la organización de los poderes políticos con carácter provisional, tuvieron lugar unas elecciones que dieron un 25% al MRP, PCF y la socialista SFIO, con el resto del voto repartido entre moderados y radicales, herederos unos y otros de la política de la Tercera República. De Gaulle, que mantuvo el Gobierno de coalición, evitó que los comunistas pudieran ocupar carteras decisivas: Asuntos Exteriores, Ejército e Interior. Lo sucedido en algunos países de Europa Central y del Este testimonia que de esta manera, en efecto, el PCF hubiera podido multiplicar su influencia. Muy pronto, sin embargo, se demostró que los proyectos políticos de la Asamblea y de De Gaulle eran incompatibles y, en enero de 1946, el general dimitió y quedó temporalmente marginado de la vida política. Mientras tanto, se habían adoptado ya algunas medidas importantes en el terreno económico, facilitadas por el peculiar clima de transformación social asociado con la victoria. Incluso los comunistas proclamaban que "producir es el más patente deber de clase" y hasta el mismo De Gaulle parecía estar de acuerdo en la idea de que "las grandes fuentes de riqueza" le debían corresponder a la colectividad. Así se explican las dos oleadas de nacionalizaciones efectuadas en el invierno de 1944-5 y en el de 1945-6. En la primera de ellas, se nacionalizaron las fábricas Renault, por el colaboracionismo de su propietario con el enemigo, y se creó un conglomerado unitario con las hulleras, pero también hubo casos de presión nacionalizadora de los obreros como en el caso del transporte público. En un segundo momento, se produjo la nacionalización de la banca de depósitos y de los seguros. En realidad, las nacionalizaciones fueron el fruto coyuntural del viejo dirigismo del Estado empeñado en la batalla por la recuperación económica. Fueron tecnócratas quienes ocuparon los puestos directivos, en vez de una élite dirigente nueva surgida de los sindicatos. Aun así se crearon los comités de empresa que institucionalizaron el papel de los sindicatos en la empresa. En 1948, el porcentaje de la producción nacionalizada -el 14%- se acercaba a las cifras de Gran Bretaña. Otras medidas complementarias fueron la unificación de todos los seguros sociales en un organismo administrativo único y, en 1947, la generalización de buena parte de ellos. A las reformas sociales les acompañó el comienzo de la planificación. En enero de 1947, se aprobó el primer plan pero un año después todavía el nivel de vida francés estaba un 30% por debajo del de antes de la liberación. En suma, los cambios habían sido importantes: acerca de ellos, diría De Gaulle que el pueblo francés no suele hacer reformas más que en tiempos de revolución. La política exterior francesa tras la liberación resultó reticente y tensa con los anglosajones y más abierta, pero sin acuerdos finales, con relación a la Unión Soviética, que De Gaulle visitó en 1944. Unos y otra acusaron al general francés que si pedía mucho era por su concepción de Francia más que por su megalomanía que, además, era compartida por sus compatriotas. Desde el momento del desembarco en Normandía, los franceses opinaron que su país había vuelto a recuperar el puesto de primera potencia que le correspondía e incluso no escatimaron críticas a los norteamericanos por la insuficiencia de su ayuda. Pero el papel que podía desempeñar un Ejército de solamente 460.000 hombres -en el que apenas 700 oficiales habían sido depurados- era limitado. Francia obtuvo ciertamente el estatuto de gran potencia, pero se trataba de un traje que le venía demasiado grande. Su propósito esencial, que era mantener una Alemania dividida e impotente, muy pronto fue abandonado, lo que a medio plazo resultó positivo. Con respecto a su Imperio colonial, la política que se siguió fue mucho más liberalizadora que emancipadora. En enero de 1944, tuvo lugar una conferencia en Brazzaville que decidió la departamentalización de algunas colonias, como Martinica, la abolición del trabajo forzado o la existencia de un doble colegio electoral para indígenas y franceses. Francia aparecía retrasada con respecto a otras potencias coloniales, en un momento en que se mostraban los primeros síntomas de descolonización. Los problemas de orden público en la ciudad argelina de Constantina provocaron un centenar de muertos, pero la represión que les siguió causó entre 6.000 a 8.000. Los problemas más graves fueron los que tuvieron lugar en Indochina, donde en septiembre de 1945 fue proclamada la República Democrática de Vietnam. Muy pronto, se llevaron a efecto operaciones militares que acaba rían costando miles de muertos, mientras que Francia ya había decidido no negociar hasta que no se hubiera producido una victoria militar sobre el terreno de combate. En la metrópoli, mientras tanto, el abandono del poder por De Gaulle tuvo como resultado que se entrase en una nueva etapa de la vida política. En adelante, la escena pública vivió en un matrimonio de conveniencia, decidido entre partícipes que mostraban muy escasa homogeneidad. El MRP admitió la formación de un Gobierno presidido por un socialista, después de que el general Billotte, a cargo de la cartera de Defensa, dejase clara su nula simpatía por los comunistas. El Gobierno estaba compuesto por siete socialistas, seis del MRP y seis del PCF. Con él, se procedió a la elaboración de una Constitución, con la manifiesta pretensión de dar a luz una "democracia avanzada". El MRP defendió la idea de un ejecutivo fuerte, pero la izquierda impuso una asamblea parlamentaria única y un presidente casi sin poderes. El referéndum del mayo de 1946 dio un resultado negativo y, en las elecciones inmediatas, el MRP creció mientras los socialistas bajaban y radicales y moderados progresaban. Ya la izquierda no era mayoritaria en el país. De Gaulle se creyó entonces llamado de nuevo al poder y en un famoso discurso pronunciado en Bayeux propuso una presidencia capaz de hacer posible un auténtico arbitraje nacional. Pero un segundo referéndum constitucional acabó con la victoria del sí. De Gaulle ironizó entonces sobre una Constitución que tenía nueve millones de votos a favor, ocho indiferentes y otros ocho negativos. En realidad, el bicameralismo de la nueva Constitución -la introducción de una segunda Cámara fue la novedad más importante- lo fue tan sólo de fachada y el papel del presidente era muy limitado. Pero los tres grandes partidos de masas confiaron en el sistema, mientras que en la práctica la instalación del sistema tripartidista coincidió con su crisis. En 1947, se produjo una serie de cambios decisivos. Por una parte, Francia aceptó el Plan Marshall, en un momento en que la ración de pan por habitante era un tercio inferior a la de 1942, mientras Bidault, el inquieto dirigente del MRP, cedió en las peticiones hechas en otro momento por De Gaulle sobre Alemania. Mientras tanto, la evolución del Imperio acentuaba todas las impresiones pesimistas. Hubo casi 90.000 muertos como consecuencia de una sublevación en Madagascar y, en enero de 1948, fue creado en El Cairo un Comité de Liberación de África del Norte con líderes nuevos y antiguos, como Burguiba y Abd-el Krim. Pero el cambio decisivo se produjo cuando, en marzo de 1947, los comunistas no votaron los créditos militares y el Gobierno Ramadier supuso su expulsión del poder. Al mismo tiempo, se evidenciaron dos cambios decisivos que representaban otras tantas amputaciones de una República naciente. Thorez, el líder comunista, incrementó las reivindicaciones sociales y, por otra parte, la victoria del anticomunista Mollet en el partido socialista hizo aparecer algo que era inimaginable hacía poco tiempo, es decir, un Gobierno sin los comunistas. Durante meses hubo una auténtica psicosis de golpe de Estado; De Gaulle, por ejemplo, señaló que el adversario estaba solamente a una distancia de dos etapas de la Vuelta a Francia. El país aparecía dividido en tercios, y sólo uno de los cuales, el que constituía la Tercera Fuerza -MRP y moderados- podía gobernar. Las fuertes tensiones sociales del momento, incluso con actos de violencia, daban la sensación de inminencia revolucionaria cuando en realidad los comunistas, alentados desde Moscú, buscaban agitación, pero no subversión. Entre 1948 y 1952, Francia recibió el 20% del total de la ayuda norteamericana prestada a Europa. Eran unos dólares que llegan en el momento apropiado, facilitando la planificación, y también la inversión, en una circunstancia económica crítica, pero la opinión pública francesa no tuvo nunca claro si se identificaría con los norteamericanos en el caso de un conflicto mundial. Por otra parte, Francia participó en primera fila en el movimiento europeo y en todas las iniciativas de defensa y de carácter económico que hicieron posible que Europa superara la dramática situación reinante. Fue un francés, Jean Monnet, procedente de la Comisaría del Plan, uno de los autores de la CECA. Éste fue también el caso de la Comunidad Europea de Defensa. En octubre de 1950, la propuesta de crear un ejército europeo con tropas alemanas fue francesa, aunque comunistas y gaullistas no quisieron aceptarla, pero el propio Parlamento francés se encargaría posteriormente de hacerla imposible. Al mismo tiempo, la mayor parte de la clase dirigente francesa demostró una incapacidad absoluta para entender el fenómeno de la descolonización. La guerra entablada en Indochina se convirtió en una guerra contra los comunistas, en el ambiente de la guerra fría. En 1954, ya el 80% de los gastos de aquel conflicto era costeado por los norteamericanos, de lo que los comunistas dedujeron que la sangre francesa e indígena era intercambiada por dólares. A partir de los últimos años cuarenta, acabó remitiendo la brutalidad de la confrontación social, que en ocasiones causó muertos pero que también tuvo como consecuencia disminuir drásticamente el número de los afiliados a la CGT. El RPF -Rassemblement du Peuple Français- de inspiración gaullista, rompió la línea de separación entre derecha e izquierda actuando de una forma un tanto especial que contribuía a hacer disminuir las posibilidades de estabilidad del sistema político. Estar a la espera se convirtió para los políticos de la IV República en una obligación: según Queuille, uno de ellos, la política no consistía en resolver problemas sino en hacer que se callaran los que los planteaban. Los Gobiernos se componían habitualmente por un tercio de democristianos, otro de socialistas y un tercero de radicales y moderados. Pero ni siquiera esta unión de fuerzas produjo la ansiada estabilidad. Cada problema tenía una mayoría parlamentaria: los democristianos debían, por ejemplo, pactar con la derecha sobre la financiación de la escuela privada. MRP y socialistas perdían masas de votantes mientras que, enfrente, reaparecían hombres de la Tercera República, derechistas y radicales. Un nuevo procedimiento electoral que introdujo los emparentamientos entre fuerzas afines facilitó la colaboración entre los partidos gobernantes pero, incluso así, no llegaban más que a un 54% del sufragio total. Lo característico de la política francesa a partir del comienzo de la década de los cincuenta fue una mezcla de estancamiento y tímida aparición de posibles soluciones alternativas. "Gobernar sin elegir" parecía la divisa política por excelencia. Las crisis gubernamentales de cuarenta días daban la sensación de que Francia era "el enfermo de Europa". En el Parlamento, existía una mayoría para cada problema pero no, en cambio, una personalidad capaz de llevar a cabo una acción clara y duradera en todos los terrenos. En marzo de 1952, la constitución del Gobierno Pinay, en el que colaboraron algunos votos gaullistas, supuso un cierto cambio en el terreno económico. Pinay representó la política del buen padre de familia y del empresario prudente, que le proporcionó una popularidad que sus sucesores no lograron. De este modo, consiguió detener la inflación, pero los demás grandes problemas permanecieron sin resolver. En junio de 1954, Mendès France personificó un intento de aplicar una política nueva basada en la tecnocracia y en los equipos jóvenes, la voluntad de decisión y la apelación directa al pueblo. Supo, por ejemplo, mostrando una mayor conciencia de lo inevitable de la descolonización, acabar con la Guerra de Indochina y consiguió hacer aprobar una "reformita" por la que en adelante sólo se necesitaría la mayoría simple para formar Gobierno, que, sin embargo, debería ser presentado en conjunto al Parlamento. Éstos fueron ejercicios de realismo y testimonios de su búsqueda de la estabilidad. Pero Mendès France, identificado con un partido radical que no le apoyaba en su totalidad, acabó limitándose a ser un precursor, una especie de san Juan Bautista que no vería el definitivo triunfo de sus ideas. Por su parte, Pierre Poujade, un dirigente autoritario que gozó de una súbita popularidad luego desaparecida, protagonizó un movimiento de protesta contra los impuestos, que en las elecciones de 1956 le llegó a proporcionar el 11% del voto. Le apoyaron quienes "se debaten con ruido y con los gestos desordenados de gentes que se ahogan" (Siegfried). Su movimiento era, por tanto, un síntoma de la existencia de una crisis política, pero en ningún caso trató de resolverla. En otros campos, la crisis era menos patente. Por lo que respecta a la evolución económica, la creación de un Plan en cuyas comisiones participaron todos aquellos que debían aplicarlo, tuvo la ventaja de conseguir la continuidad en el crecimiento. La dirección del Plan, en efecto, apenas cambió, por más que los ministerios lo hicieran con frecuencia. En 1953, la producción superaba en un 19% la de 1938. La tasa anual de crecimiento no pasaba del 4.5% -el 7% en producción industrial- y se mantenía muy lejos de las de Italia y Alemania, pero era una cifra espectacular en comparación con la de otras épocas de la Historia de Francia. La industria pesada y energética fue el motor fundamental, en especial la electricidad, mientras que la agricultura resultaba preterida. Tras las iniciales ilusiones colectivistas, pronto la política francesa presenció el retorno al terreno económico de los liberales, como Pinay. Por más que no lo pareciera, dado el espectáculo que ofrecía el panorama político, una Francia en que cada año había 860.000 habitantes más empezaba a responder al reto de la modernización. Pero, aun impotente y llena de problemas, la IV República no fue por completo estéril. Si desde el punto de vista político estuvo dominada por la inestabilidad, al menos trató de crear una democracia nueva. Sus propuestas sociales y también las económicas contribuyen a explicar de forma vigorosa el progreso experimentado por Francia a partir de la posguerra.
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Monarca brillante, tortuoso y "más moderno que medieval", Luis XI (1461-1483) heredó el prestigio y los aparatos institucionales de la monarquía de Carlos VII. Este legado y unos colaboradores eficaces le permitieron acentuar el autoritarismo de su padre y abordar una consolidación interior de las estructuras monárquicas (crecimiento de los recursos hacendísticos, reforzamiento militar, avance de la jurisdicción real) que se tradujo en una poderosa expansión exterior. Como en tiempos anteriores, esta política chocó con los grandes príncipes territoriales, los duques Carlos de Berry (hermano del rey), Francisco II de Bretaña y el conde Carlos de Charolais, hijo de Felipe el Bueno y heredero de Borgoña. Estos formaron una nueva alianza nobiliaria -Liga del Bien Público- que se enfrentó militarmente al monarca en la batalla de Montlery, cerca de París (julio-1465). El choque tuvo un final confuso, pero la capital se mantuvo fiel al monarca y este disolvió la Liga cediendo Normandía a Carlos de Berry y las ciudades del Somme a Borgoña. Esta victoria sobre "las fuerzas disolventes de la nueva feudalidad príncipesca" fue relativa, pues las concesiones de Luis XI crearon un conjunto de territorios atlánticos (Bretaña-Normandía-Somme-Borgoña) peligrosos para los futuros intereses monárquicos. Esta amenaza se acentuó cuando el conde Carlos se convirtió en duque de Borgoña (1467). Brillante, caballeresco e impulsivo, Carlos el Temerario (1467-1477) quiso ampliar y cohesionar los extensos y ricos territorios borgoñones situados entre Francia y el Imperio. La coincidencia de objetivos políticos entre Luis XI y su más poderoso vasallo hizo inevitable el choque. Mucho más cuando en 1468 se reprodujo la extinguida alianza entre Borgoña e Inglaterra con el matrimonio de Carlos y la hermana de Eduardo IV, lo que resucitó el fantasma de la Guerra de los Cien Años. El enfrentamiento militar se saldó en la batalla de Péronne (1468) con la derrota y prisión de Luis XI. Victorioso y con el apoyo circunstancial de Inglaterra, Saboya, Venecia, Milán y la Corona de Aragón, Carlos el Temerario se expandió en Renania adquiriendo la alta Alsacia (1469) y el ducado de Güeldres (1473). Estos éxitos le impulsaron a solicitar el titulo de rey, que no le fue concedido por el emperador Federico III. Fruto de esta política fue el trascendental matrimonio de su hija María con Maximiliano de Habsburgo, origen de la futura unión de los territorios borgoñones e imperiales. Entre 1470 y 1473 el maquiavélico Luis XI aprovechó las luchas internas en Inglaterra pare deshacer la coalición nobiliaria. A la muerte de Carlos de Berry, Luis XI derrotó al conde de Armagnac, apresó al conde de Alençon y alejó a los duques de Bretaña y Anjou. Tras imponerse en las islas, Eduardo IV desembarcó en Francia en 1475 pare combatir a Luis XI junto a Carlos el Temerario. Pero el rey francés supo explotar la resistencia de Lorena a la reciente ocupación borgoñona y aislar al rey inglés. Finalmente, Eduardo IV y Luis XI firmaron los acuerdos de Picquigny (25-agosto-1475), por los que la alianza anglo-borgoñona quedó disuelta y el monarca inglés renunció definitivamente al trono de Francia a cambio de una compensación económica. Con este tratado se puso oficialmente punto final a la Guerra de los Cien Años. Libre de las intrigas nobiliarias y de la amenaza inglesa, la "universal araña" -como llamó el contemporáneo Felipe de Commines a Luis XI- acometió la destrucción de Borgoña. Para ello, explotó las dificultades que Carlos el Temerario se había creado al enfrentarse a la coalición formada por las ciudades de Lorena, Suabia y la Confederación Helvética. Fue precisamente la moderna infantería suiza la que destrozó a la brillante caballería pesada borgoñona en las batallas de Grandson y Morat (marzo/julio-1476), fracasos que precedieron a la derrota y muerte de Carlos el Temerario durante el asedio de Nancy (1477). Muerto su enemigo, Luis XI procedió a la desmembración e incorporación de Borgoña a la Corona francesa. En dos años ocupó las dos Borgoñas (condal y ducal), Hainaut, Boulogne, Picardía y Artois. La solución final al destino de Borgoña se tomó en la paz de Arras (1482). Francia retuvo casi todos los territorios ocupados y María, hija de Carlos el Temerario y esposa de Maximiliano I de Austria, conservó los Países Bajos, mientras que parte de Borgoña, Luxemburgo y el Franco-Condado pasaron al Imperio. Con la muerte de Carlos el Temerario finalizó un peculiar experimento político construido por los duques borgoñones durante el siglo XV. Felipe el Bueno (1419-1467) hizo de Borgoña el gran ducado de Occidente, una potencia caracterizada por su poderío económico y su brillantez caballeresca -Orden del Toisón de Oro (1429)- y cultural. Al acentuar la centralización iniciada por sus predecesores -Cámaras de cuentas (Dijon, Lille y Bruselas); cortes de justicia (ducal y condal); Tesoro; ejército permanente sobre el modelo francés (desde 1471); Gran Consejo Ducal-, estuvo cerca de constituir un Estado monárquico (reunió Cortes generales de todos los señoríos en 1463), pero su hijo Carlos el Temerario precipitó esta tendencia al querer convertir Borgoña en una gran potencia continental. La lenta consolidación institucional y el esplendor cultural no fraguaron frente la diversidad geográfica y política de Borgoña y la voluntad expansiva de la Francia de Luis XI. La proyección exterior de la monarquía francesa se produjo también en otras direcciones -Orleans, Borbón, Rosellón y Cerdaña (1462); Anjou, Maine y Provenza (1475-1481); Navarra y Saboya-. Con la vinculación del ducado de Bretaña a la Corona (1491), Francia se convirtió en la monarquía más extensa y cohesionada de Occidente. Ello permitió a Carlos VIII (1483-1498) planear la expansión sobre Nápoles (1494), proyecto que en buena medida explica las concesiones simultáneas realizadas por el rey francés a sus enemigos: tratado de Étaples (1492) con Enrique VII de Inglaterra; restitución de Rosellón y Cerdaña a Fernando el Católico en el tratado de Barcelona (1493); y de Borgoña, Artois, Charolais y Noyon a Maximiliano I en el tratado de Senlis (1493).
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A la muerte de Felipe Augusto en 1223 sucede el breve pero fructífero reinado de Luis VIII. El nuevo monarca no carecía de experiencia política ni militar. En La Roche-Aux-Moines -en las vísperas de Bouvines- y en menor grado en su aventura inglesa de meses después, había mostrado su valor en el campo de batalla. Una vez elevado al trono confirmó las buenas perspectivas. En 1224 eliminó la presencia inglesa en el Poitou y el Aunis. Meses después se embarcaba en la cruzada contra los albigenses con lo que la casa real Capeto reforzaba su interés por los asuntos del Midi. En 1226 el ejercito real conquistaba Aviñón pero Luis VIII moría al poco tiempo. Luis VIII dejaba a un menor como heredero del trono -Luis- y otros vástagos a los que se dotó con importantes "apanages": a Roberto se le otorgaba Artois, a Alfonso, Poitou y Auvernia, y a Carlos, Anjou y Turena. La regencia fue ejercida por la reina viuda Blanca, una princesa castellana hija de Alfonso VIII. A esas alturas nadie discutía el sistema de sucesión aunque sí el procedimiento de gestionar el gobierno durante la minoridad del rey. Un grupo de nobles encabezado por Teobaldo IV de Champaña y por Pedro Mauclerc, consorte de la duquesa de Bretaña, trataron de imponerse a Blanca solicitando, incluso, el apoyo de Enrique III de Inglaterra. Imprudente decisión que la regente, mujer de extraordinaria energía, supo explotar a fondo recabando el apoyo de la baja nobleza francesa y de las "buenas ciudades del reino". Los rebeldes hubieron de ceder y Luis IX pudo acceder a la mayoría de edad sin mayores sobresaltos. Durante años, sin embargo, el papel de la reina madre había de manifestarse algo más que en la sombra. La realeza Capeto prosiguió la consolidación de posiciones en el Mediodía de Francia. Desde 1229 y por un tratado suscrito en Paris, los Capeto ponían fin oficialmente a la guerra contra los albigenses y obtenían parte del condado de Tolosa. Alfonso de Poitiers casaba con la hija de Raimundo VII de Tolosa con lo que todo el territorio se veía abocado a caer a corto plazo en la esfera política de la casa real francesa. Una política matrimonial similar se llevó en relación con Provenza, territorio que hasta entonces había experimentado la lejana influencia del Imperio o la más cercana de Cataluña y que, a partir de ahora, recibiría la de París. En 1234 Luis IX casaba con Margarita, hija de Ramón Berenguer V de Provenza. Años más tarde, en 1245, Carlos de Anjou -hermano menor de Luis- se unía en matrimonio con una hermana de Margarita, Beatriz, y cobraba los derechos al condado provenzal. Las operaciones de alta política que permitían acercar el Mediodía francés a los intereses Capeto se reforzaron con otras de variado signo. Fue, así, la actuación de los senescales reales de Carcasona y de los tribunales inquisitoriales contra los restos de la herejía. Los pitones montañosos de Montsegur y Queribus, refugios de los más recalcitrantes cátaros, fueron tomados al asalto. La disidencia religiosa sufría con ello el golpe de gracia. Por los mismos años, además (1242), Luis IX obtenía sobre Enrique III las victorias de Taillebourg y Saintes abortando el último intento Plantagenet de tomarse la revancha por pasados descalabros. La tradición habla de cómo, tras estas victorias, Luis IX hizo una promesa que llevaría a la práctica seis años más tarde: emprender una nueva Cruzada. Embarcado en 1248 en Aigues Mortes, dejaba tras de sí un reino en el que Blanca de Castilla volvía a tomar las riendas del gobierno. Como operación militar, la llamada Séptima Cruzada dejó mucho que desear para los intereses cristianos. Un éxito inicial de Luis IX con la toma de Damieta en el delta del Nilo, se vio contrapesado con una grave derrota en Mansura. Roberto de Artois murió en el combate y el rey y gran parte de sus caballeros fueron hechos prisioneros. Una fuerte suma monetaria y la devolución de Damieta a los egipcios fueron el precio del rescate. En los meses siguientes, Luis dedicó sus inquietudes a recomponer las maltrechas posiciones francas en Ultramar. En Francia, mientras tanto, la regente Blanca de Castilla había de sofocar una grave conmoción social: la que pusieron en marcha los "pastoureaux" protagonistas de una de tantas cruzadas populares condenadas irremisiblemente al fracaso antes de ponerse en marcha. En 1252 la reina madre moría y Luis se veía forzado a retornar a su reino. Tras este regreso se inaugura la segunda etapa del reinado de Luis IX denominada "los buenos tiempos del señor san Luis". Generaciones de escolares franceses se han educado en el recuerdo de algunos personajes emblemáticos de su historia. En lugar destacado figura Luis IX Capeto, elevado a los altares en 1297. San Luis arrogado combatiente en Taillebourg; san Luis compartiendo cautividad con sus compañeros de armas tras Mansurah; san Luis administrando personalmente justicia al pie de la encina de Vincennes; san Luis enmendador de entuertos; san Luis ejerciendo de "prud'homme", lo que suponía practicar la discreción, mesura, lealtad, etc. La imagen del carismático Capeto, nutrida de los textos más hagiográficos que biográficos de Jean de Joinville o de Guillermo de Saint Pathus, adquiere unos perfiles un tanto blandos y dulzones en el retrato que nos transmitió de él la "Crónica" de Fray Salimbene: "delgado y fino, bastante flaco y esbelto; tenía un semblante angélico y una cara agraciada". Luis IX vivió -y ello contribuyó poderosamente a magnificar su imagen- en una Francia en pleno auge cultural: la de la eclosión del gótico y la de la expansión del movimiento universitario. A impulsos del rey se construyó la Sainte Chapelle, joya de la arquitectura ojival y se apoyaron fundaciones monásticas como Royaumont. En el círculo de personas que influyeron en el rey se encontraron miembros de las órdenes mendicantes -se le echará en cara una excesiva inclinación hacia ellos por parte del clero secular- como los franciscanos Roberto de Sorbón y Buenaventura de Bagnoreggio y los dominicos Tomás de Aquino y Vicente de Beauvais. La figura de san Luis no es tan monolíticamente positiva como la presentaron sus turiferarios. Los claroscuros son abundantes: guerrero valiente pero mediocre estratega militar; de piedad extrema pero severo y distante hacia su esposa y sus hijos; ferviente cristiano pero celoso de su autoridad frente a posibles manipulaciones desde Roma; hombre de su tiempo pero a la vez imbuido de un ideal cruzadista que empezaba ya a ser obsoleto; y, por último, monarca con un sentido cristiano de la política pero que no dudó en defender unos ideales de paz entre los príncipes que favorecían claramente los intereses de su dinastía. Este último apartado merecería especial atención. A el dedicó Luis IX buena parte de sus desvelos a la vuelta de Tierra Santa. Mediaciones en Flandes y Navarra colocaron a estos dos pequeños Estados en la órbita Capeto. Los mayores éxitos, sin embargo, se obtendrían en los acuerdos de paz suscritos entre 1258 y 1259 con Aragón y con Inglaterra. Con Jaime I, rey de Aragón y conde de Barcelona, se firmó el tratado de Corbeil. Luis IX renunciaba a cualquier derecho -olvidado ya prácticamente- sobre los condados catalanes de uno y otro lado del Pirineo. Jaime hacia lo propio con los territorios occitanos que, en los años precedentes, habían tenido estrechas relaciones con los soberanos de la Corona catalano-aragonesa. Jaime I cedía mucho más que el Capeto quien, de esta forma, veía avanzar sus posiciones hacia la línea del Pirineo. Con Enrique III fue el ya citado acuerdo de París. El inglés renunciaba definitivamente a Normandía, Poitou, Anjou, Turena y Maine. Retenía Guyena a la que, con generosidad interesada, san Luis añadió los obispados de Limoges, Cahors y Perigueux. Por la retención de estas tierras, el Plantagenet se declararía vasallo del Capeto. A principios de los años sesenta, el prestigio de Luis IX era reconocido en todo el Occidente. Avanzado el decenio, el monarca fue promulgando distintas ordenanzas. La última -1268- se dirigió contra los blasfemos en un intento de moralizar al reino y ponerle en disposición para una nueva cruzada. Poca fe había ya en una nueva expedición -pesaba aun el recuerdo de la de 1248- y hasta el muy fiel señor de Joinville se negó a acudir a ella. El ejército real desembarcó en el Norte de África pero quedó atrapado por las enfermedades delante de los muros de Túnez. Luis IX fue una de las víctimas de esta desdichada expedición cuyos maltrechos restos fueron salvados por su hermano Carlos de Anjou a la sazón ya rey de Sicilia. Con la muerte de san Luis (1270), se ha dicho, termina una época y una forma de hacer política.
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El magno proyecto culminado en Troyes sufrió un primer golpe en el otoño de 1422 con las muertes de Carlos VI y Enrique V. Este dejó el trono a un menor, Enrique VI (1422-1461), bajo la tutela de los duques de Bedford y Gloucester, decididos a mantener los acuerdos con el apoyo del duque de Borgoña. Frente a ellos se encontraba ahora el delfín Carlos, convertido en Carlos VII (1422-1461). El reino experimentó una nueva polarización, pudiendo hablarse de la existencia de dos -y hasta tres- Francias, exacerbación del carácter de lucha civil francesa que desde el primer momento tuvo la Guerra de los Cien Años: la Francia inglesa, la Francia francesa y la Francia borgoñona. La Francia inglesa estaba encarnada por Enrique VI, rey de París, reconocido soberano de Francia e Inglaterra por Borgoña, el Parlamento y la Universidad de París, defensores de la Doble Monarquía y acusados de renegados por sus enemigos. Comprendía las regiones más ricas del reino, pero de forma muy irregular: Guyena era la posición inglesa más sólida y estable; en Normandía comenzó una dura resistencia campesina; en la Isla de Francia existía una menor presión militar; Champagne, Maine y Picardía, tenían un control inglés muy débil. En estos territorios el campesinado acusó el peso de la guerra y de una ocupación que se consideraba extranjera. La Francia francesa estaba encabezada por Carlos VII, llamado el rey de Bourges por reunir allí -y en Chinon- una corte paralela a la de París. Tenía de su lado a los grandes nobles de Anjou, Foix, Orleans, y Borbón (el centro y sur del país) y contaba con el apoyo exterior de Saboya, Escocia y Castilla, además de los focos de resistencia en territorio anglo-borgoñón. Eran llamados los armagnacs por sus enemigos. La Francia borgoñona y el Ducado de Borgoña incluía los territorios franceses del duque de Borgoña, es decir el este y norte del país y sus partidarios eran llamados borgoñones. El ascenso de Borgoña como gran potencia política y económica de Occidente es una de las claves de la evolución histórica de la Europa bajomedieval. Este despegue borgoñón fue obra de los Valois, que heredaron el ducado en la persona de Felipe el Atrevido (1384-1404), hijo del rey Juan II el Bueno. El Atrevido y su sucesor Juan Sin Miedo (1404-1419) realizaron una política expansiva de enlaces matrimoniales y aprovecharon el enfrentamiento anglo-francés para aglutinar una conjunto de heterogéneos territorios extendidos entre el Mar del Norte y los Alpes: señoríos episcopales (Lieja, Tournai, Cambrai, Utrecht), laicos (condado de Flandes -Francia-; ducados de Limburgo, Brabante y Güeldres y condados de Holanda, Zelanda, Luxemburgo, Hainaut y Namur -Imperio-) y ciudades de importante peso político y económico. Gracias a esta política, Borgoña se convirtió en un reino medio a caballo entre Francia, Inglaterra y el Imperio. Su máximo esplendor político, económico y cultural fue obra de Felipe el Bueno (1419-1467), considerado verdadero rey sin reino. En 1420 Borgoña se unió a la Doble Monarquía de Enrique V, pero en pie de igualdad con Inglaterra. A la larga, el potencial político, económico y militar de Borgoña acabaría decidiendo el desenlace de la guerra. Desde 1422 "renegados, armagnacs y borgoñones" protagonizaron una violenta guerra civil. Mientras Inglaterra se mantenía fuerte bajo la regencia de Juan, duque de Bedford, el apático Carlos VII era incapaz de controlar la corte de Bourges, sumida en el caos y la corrupción. Esta situación permitió a los anglo-borgoñones tomar la iniciativa y atacar el condado de Maine entre 1422 y 1425, derrotando a las tropas de Carlos VII en Verneuil (1424). Desde entonces el rey de Bourges reformó su ejército. Aunque en las zonas ocupadas se agravó la resistencia contra los ingleses, éstos completaron la ocupación de Maine en 1428 y pusieron sitio a Orleans, considerada la llave del Loira. La historiografía tradicional consideró Orleans la clave de la suerte de Carlos VII y de Francia en esta fase de la Guerra de los Cien Años. Sin embargo, el dominio de esta ciudad no habría bastado a Inglaterra para dominar las amplias regiones centrales y meridionales del país, hostiles a la presencia inglesa. Con todo, el asedio de Orleans si fue considerado símbolo del enfrentamiento entre Carlos VII e Inglaterra. Entre 1428 y 1429 los ingleses apretaron el cerco de Orleans, aunque sin llegar a aislarla totalmente. Cuando iba a capitular, el rey prestó oídos a las propuestas de una joven iluminada procedente de Lorena llamada Juana de Arco. La doncella tenía 17 años y ninguna experiencia militar, pero quería liberar Orleans y expulsar a los ingleses de Francia impulsada por las voces de san Miguel y santa Catalina. La aparición de Juana de Arco en este momento de la guerra sólo es comprensible en el clima de desesperación que vivía el mundo campesino francés a causa de los desastres de la guerra. En este ambiente creció una vaga mística en la que se mezclaban emociones y creencias religiosas con sentimientos patrióticos simples y fácilmente transmisibles a las capas populares más acuciadas por las miserias de guerra y el avance de los ingleses. Pese al riesgo, el delfín decidió apostar por los posibles beneficios que el clima de exaltación encarnado por Juana de Arco podía reportarle. Se produjo entonces un inesperado milagro militar que acabó con el mito de la invencibilidad inglesa. Al mando de un pequeño ejército formado por militares experimentados, Juana de Arco obligó a los ingleses a levantar el asedio de Orleans (mayo-1429), devolviendo a los franceses la iniciativa de la guerra. Los ingleses quisieron impedir la reacción francesa, pero fueron derrotados en la batalla de Patay. Poco después, Juana entraba en Troyes. Explotando estas victorias, el delfín se hizo ungir en Reims siguiendo el ritual tradicional de los reyes de Francia (16-julio-1429). La coronación de Carlos VII, segundo gran triunfo de Juana de Arco, fue un duro choque psicológico para la Doble Monarquía. A continuación los franceses conquistaron Laon, Senlis, Soissons y Compiégne y Carlos VII alcanzó Saint-Denis, cerca de París. Sin embargo, Juana de Arco dejó de interesar desde entonces a Carlos VII. Las envidias cortesanas, la falta de recursos y la voluntad de consolidar las posiciones conquistadas se conjugaron contra la "Doncella de Orleáns" y su afán de continuar la guerra sin cuartel. Sin los apoyos militares adecuados, Juana de Arco se estrelló contra un París firmemente anglo-borgonón, sufriendo su primera derrota. En mayo de 1430 Juana encabezó su última empresa militar contra el asedio borgoñón de Compiegne, pero fue apresada. Los borgoñones la entregaron a los ingleses, que la trasladaron a Rouen, donde se celebró un inicuo proceso contra la Doncella marcado por los intereses político-militares del momento. Inglaterra necesitaba recuperar la iniciativa de la guerra con una condena pública de Juana de Arco. Por su parte, Carlos VII no quiso evitarlo, porque la Doncella de Orleans encarnaba un espíritu belicista radical que ya no interesaba. El tribunal, formado por maestros de la Universidad de París encabezados por Pedro Cauchon, obispo de Beauvais y destacado borgoñón, desplegó la más ortodoxa escolástica del momento frente a la fe elemental y sencilla de Juana de Arco. Finalmente fue condenada y quemada en la plaza del mercado de Rouen, sin que Carlos VII hiciera nada por salvarla (30-mayo-1431). Sólo en 1450 fue reivindicada la memoria de la Doncella de Orleans, convertida ya en un útil mito político para los intereses de la monarquía francesa.
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Cuenta Publio Ovidio Nasón en sus "Metamorfosis" que, separados casualmente Dionisio y Sileno, Midas, rey de Frigia, rescató al sátiro de manos de unos labradores y, tras celebrar 10 días de fiesta, se lo restituyó al dios. Satisfecho éste con la acción del frigio, resolvió premiarle concediéndole lo que pidiera. "Que todo lo que toque se convierta en oro", fue su petición. Y así fue. Midas se sentía feliz, pero cuando el agua, el vino y el pan se convirtieron en oro también, cayó en su error. Arrepentido, pidió perdón a Dionisio que, compasivo, le dijo: "Lávate en el río que corre junto a la ciudad de Sardes". Y allí, milagrosamente, perdió su virtud transfiriéndola al río. Por eso se dice hoy todavía, que en las arenas del Pactolo es fácil encontrar hermosas pepitas de oro. Miles de años después, cuando Rodney S. Young alcanzó el interior de la cámara del gran túmulo de Gordion y pudo instalar las luces precisas, él y sus acompañantes quedaron asombrados: muchos y bellos objetos en bronce, hierro, cuero, tejido, madera llenaban la cámara rodeando al rey difunto. Pero nada, absolutamente nada de oro había querido llevarse a su tumba aquel príncipe, precisamente el que yacía bajo el más importante de los túmulos de Gordion. Por fuerza, uno de los miembros del equipo comentó en voz alta lo que otros pensaban: "éste es el fruto de la lección de Dionisio". No sabemos muy bien cuándo, pero no mucho después del incendio de Hattusa, tribus que acaso venían de Tracia aparecieron en la meseta de Anatolia. Las fuentes asirias les llamaron musku. Los griegos, frigios. La primera mención escrita a los invasores frigios se remonta al reinado de Tukulti-apil-esarra I (1115-1077), un rey de Asiria que dejaría escrito: "En el año de mi accesión al trono, 20.000 musku con sus cinco reyes, que durante 50 años habían señoreado los países de Alzu y Purulunzu -tributarios del dios Assur, mi señor-, esos musku a quienes nunca rey alguno había resistido, llenos de confianza en su fuerza, bajaron y conquistaron el país de Kummuhu". Pero como luego informa la inscripción, los asirios exterminaron a los invasores. Mas, después de este breve relato, el silencio se cerró sobre los frigios batidos. Puede que, como se colige del relato de Tukulti-apil-esarra, los frigios fueran al comienzo un pueblo de guerreros. No obstante, R. S. Young confirmaría que su penetración en el Gordion hitita fue pacífica, lenta y progresiva. De lengua indoeuropea, los frigios constituyeron un reino de límites poco conocidos. Se sabe que al este limitaban con los reinos luvio-arameos, en especial con el de Tabal, pero el norte y el oeste nos son desconocidos. Y tenemos localizadas algunas de sus, ciudades sitas en Alaca, Pazarli, Bogazkoy, Sinope, Ankara, Malatya y, claro está, Gordion, donde a mediados del siglo IX fijarían la capital de su Imperio. Pero no sabemos mucho más. Eso sí, incluso en su silencio, es seguro que el reino frigio fue el Estado más fuerte de Anatolia durante los primeros siglos del I milenio. Hasta la época de Tukulti-apil-esarra III (744-727), las fuentes asirias no volverán a ocuparse de aquel lejano reino. Poco después, Sargón II (721-705), tras alzarse victorioso en la pugna que por la herencia luvio-aramea había mantenido con Frigia y Urartu, dejaría recuerdo de su victoria sobre un rey Midas de los musku. Estas son las referencias históricas. Interesantes sin duda, pero breves. Por eso las griegas, aunque legendarias, llegarían a tener fortuna. Según ellas, Gordion o Midas serían los nombres llevados sucesivamente por sus monarcas. En opinión de R. S. Young, hacia el año 690 a. C., Gordion sería tomada al asalto por los cimerios, un desesperado pueblo de la estepa rusa en busca de patria. Y una vez más, el silencio se llevó la historia de los musku.
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Ciudad malagueña de hondas raíces musulmanas, que han quedado plasmadas en su traza urbana, con sus calles estrechas y sus empinadas cuestas, Frigiliana ocupó un lugar destacado en la Historia de España durante la sublevación de los moriscos. La villa de Frigiliana conserva una de las más auténticas manifestaciones de la arquitectura tradicional árabe en España: su barrio morisco o Barrio Alto. Habitada desde el 3000 antes de Cristo, también fue lugar de establecimiento para fenicios y romanos. Estos construyeron una fortaleza y dejaron el nombre con el que a partir de entonces se conocerá la población, que significa "propiedad o villa de Frexinius". Sin embargo, el origen de la villa como tal hay que buscarlo hacia los siglos IX o X, con la construcción de un castillo -hoy desaparecido- alrededor del cual comienzan a concentrarse diversas viviendas. Este lugar es conocido como Hins Challana en época califal, y como Fixmiana durante la etapa nazarí. Como tantas otras villas de la Almijara y las cercanas Alpujarras, la actividad económica principal de Frigiliana era la producción de sedas, acompañada de la de aceite, uvas o higos. Tras la caída del reino de Granada, durante el reinado de los Reyes Católicos, la población siguió siendo musulmana y su estilo de vida no cambió en lo esencial. Sin embargo, con el tiempo, la coexistencia entre los moriscos sometidos y los cristianos dominadores acabó deteriorándose, en gran medida por los excesivos impuestos que habían de pagar los moriscos y las restricciones cada vez mayores al desempeño de sus prácticas religiosas y sociales. En consecuencia, como en el resto de las poblaciones del reino, los moriscos de Frigiliana se levantaron contra la autoridad real. La fortaleza y el peñón de Frigiliana dominaban la sierra de la Almijara, siendo un lugar de tan difícil acceso como eficaz defensa. No es de extrañar, así, que en ella se refugiara un gran grupo de rebeldes moriscos en 1568 y que allí se desarrollara una gran batalla, expresivamente descrita en algunos azulejos diseminados por sus calles. De la batalla final resultaron ganadoras las tropas de Luis de Requesens, y los moriscos fueron expulsados de sus tierras y diseminados por la península, al tiempo que se poblaba Frigiliana con "cristianos viejos". Durante el siglo XVII Frigiliana sufrió un periodo de estancamiento, con una población apenas superior al centenar de habitantes. En mayo de 1640, Íñigo Manrique de Lara fue nombrado conde de Frigiliana. La expulsión de los moriscos hizo que se abandonara la producción de seda, siendo a partir de entonces el cultivo de la caña de azúcar su actividad principal, de la que se conserva aun el Ingenio, edificio del siglo XVI. De esta época son también construcciones como el Palacio del Apero o la Iglesia de san Antonio. Bajo el reinado de Felipe IV la población adquirió el título de villa y, sólo muchos años más tarde, hacia finales del siglo XIX, llegaron a censarse más de 3.000 personas.
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La fundación de ciudades marcó el avance de la expansión española en las nuevas tierras descubiertas. Las ciudades fundadas por los españoles si bien en ocasiones se superpusieron a las ciudades prehispánicas, en otros muchos casos fueron ciudades nuevas. Con unas y otras se fue creando, desde el siglo XVI, una red urbana en la que tuvieron su marco de actuación las instituciones políticas, a través de la cual se dieron los intercambios comerciales y, en definitiva, se desarrolló la vida durante los tres siglos que aquí vamos a tratar.Desde la Antigüedad la fundación de ciudades se había utilizado como instrumento de colonización. Introducía un orden espacial en el proceso de asentamiento cuyos beneficios -se argumentaba ya en Castilla en el siglo XV- habían sido señalados por Aristóteles en la "Política". El que Aristóteles pusiera como modelo de gobierno el de la ciudad proyectada por Hipodamo de Mileto, con su trazado en damero, nos remite a una determinada ordenación espacial para la ciudad que, además, no había desaparecido a lo largo de la Edad Media. Aristóteles también se refería al orden que desde su origen debía regir a la ciudad y su gobierno, pues aquello que se empezaba mal, era muy difícil después corregirlo. Es sobre todo esa idea de orden la que aparece en la "Instrucción" dada a Pedrarias Dávila en 1513, en la "Real Cédula" a Francisco de Garay en 1521, y en la "Instrucción" de Carlos V a Hernán Cortés en 1523: "porque en los lugares que de nuevo se hazen dando la orden en el comienço, sin ningún trabajo ni costa quedan ordenados é los otros jamás se ordenan".Aunque el trazado en cuadrícula fue el más operativo para ordenar el espacio y venía siendo utilizado desde hacía siglos, no se convirtió en norma para las ciudades americanas hasta después de fundadas algunas de las más importantes. La influencia del "De Regimini Principum" de Santo Tomás de Aquino en la fundación de las nuevas ciudades -durante el gobierno de un buen rey debían fundarse ciudades- estudiada por G. Guarda, no aclara sin embargo nada respecto a su forma, pues, como ha observado Rojas Mix, las consideraciones de Santo Tomás sobre aspectos prácticos se reducen a cuestiones de clima o de salubridad.Si el trazado ortogonal de las ciudades se ha puesto en relación tanto con los campamentos militares de la Antigua Roma, como con las ciudades hipodámicas o algunas ciudades medievales, los españoles que fueron a poblar las tierras descubiertas tenían ejemplos cercanos de trazados urbanos regulares, como el de la ciudad de Vera en Almería, o las nuevas poblaciones de la sierra de Jaén fundadas en los años treinta del siglo XVI (Mancha Real, Los Villares, Cambil...) y, sobre todo, el ejemplo reiteradamente citado de la ciudad de Santa Fe, levantada por los Reyes Católicos para la conquista de Granada. En esta última ciudad se ha querido ver (Palm) el precedente material -su trazado ortogonal- y espiritual -la conquista unida a la religión- de las ciudades fundadas en las Indias. La idea militar de un campamento como los de la antigua Roma -con su plaza de armas que es como se llamaron las plazas mayores de las ciudades americanas durante mucho tiempo- subyace en los principios de orden que rigieron las nuevas fundaciones. La ubicación de la plaza en el centro se ha relacionado con la que en los campamentos militares ocupaban la tienda del Señor y sus oficiales (en manera de alcaçar) según las "Siete Partidas" de Alfonso X el Sabio, con un espacio vacío o "plaça para en que descavalguen los que vinieren a ver al Rey". Cabe recordar también cómo durante el reinado del emperador Carlos en otros de sus reinos, además de los peninsulares, se habían fundado nuevas ciudades, como la de Carlentini en Sicilia, con un trazado ortogonal semejante al utilizado tanto en la Península como en los territorios americanos. Cuando los españoles entraron en contacto con las culturas prehispánicas pudieron comprobar además que ese tipo de trazado regular y próximo al damero -con un centro ceremonial que podía recordar la plaza hispánica- estaba presente en las grandes ciudades conquistadas.Fue la idea de orden, el trazado a cordel y regla, tal como se indica en la "Ordenanza" de 1523, la que presidió la fundación de ciudades. En algunos casos se conocen los nombres de aquellos que hicieron la planta de las nuevas ciudades, pero no se trata normalmente de arquitectos o ingenieros. Bonet ha relacionado la traza de la ciudad de Santiago de los Caballeros de León (León Viejo), en Nicaragua -fundada en 1524- con la de Lima a través de Juan Meco, personaje que estuvo en ambas ciudades y que en Lima se ocupaba del reparto de solares en 1537. Cuando Pizarro fundó Lima en 1535, encargó un plano de la ciudad a Diego de Agüero y a Juan Tello de Guzmán. Alonso Martín Partidor proyectó Puebla de los Angeles en 1531, Juan Alanís trazó Santiago de Querétaro en 1534 y en 1541-43 Juan Ponce trazó Valladolid (la actual Morelia). Pocos fueron tan famosos como Alonso García Bravo, el xumétrico, que llegó con Cortés a México y que dio la traza tanto de esa ciudad como de Antequera (la actual Oaxaca) y Veracruz.En la Ordenanza de 1523 ya se indicaba el proceso a seguir en el trazado de la ciudad: "comenzando desde la plaza mayor, y sacando desde ella calles a las puertas y caminos principales, y dexando tanto compás abierto, que aunque la población vaya en gran crecimiento, se pueda siempre proseguir y dilatar en la misma forma", casi las mismas palabras que recogerán las "Ordenanzas" de 1573. Con un trazado ortogonal que parece seguir ese proceso fue fundada en 1528 Ciudad Real, en México (actual San Cristóbal de las Casas). Con la plaza Mayor cuadrada y un trazado en retícula nació tanto la citada Antequera, que recibió el título de ciudad en 1532, como Puebla de los Angeles, cuya plaza tuvo además desde muy pronto soportales de madera.También Lima tuvo un trazado regular, con calles de cuarenta pies de ancho y plaza -hacia el río- con soportales. Quito fue fundada en 1534 y, a pesar de la difícil topografía del terreno, fue trazada en cuadrícula. Hay que señalar cómo la regularidad de la ciudad se proyectó en el territorio inmediato en el momento de la fundación, pues en algún plano, como el del reparto de tierras de Mendoza en 1561, la ciudad se ha convertido en un cuadrado central rodeado por el cuadrado desierto del ejido, que a su vez es rodeado por las tierras repartidas para huerta y viña: un ejercicio de geometría para ordenar el territorio que sin duda complacería en la corte de Felipe II.Los primeros planos de ciudades que se conocen son un registro de los derechos adquiridos por conquista, ya que la ciudad fue un botín de guerra. Por eso, lo primero que se hacía al fundar una ciudad era ese reparto sobre un plano, siendo los siguientes pasos alzar el rollo y árbol de justicia, nombrar a los miembros del Cabildo entre el grupo de afines al jefe de la conquista, y señalar la advocación de la iglesia mayor. Se conocen de hecho varios planos de fundación de ciudades con el reparto de solares y los nombres de los beneficiados: al fundar la ciudad de Mendoza (Argentina) en 1561, se especificaron en el plano los nombres de todos los propietarios de los solares, reservándose el fundador de la ciudad -el capitán Pedro del Castillo- todo un frente de la plaza mayor para sus propias casas. Se indicaba además que, de trasladarse la ciudad de sitio, había que mantener los "solares a los vezinos y moradores en la parte que en la traga desta los tienen azia los vientos que están señalados". Con ello se guardaban de las consecuencias de un fenómeno frecuente, como fue el que las ciudades cambiarán su emplazamiento después de ser fundadas. Ocurrió con Mendoza, con Guadalajara (México) -fundada por Juan de Oñate en 1531 y que se trasladó de lugar varias veces antes de 1542- y con la Salamanca fundada en 1527 por Francisco de Montejo en Yucatán.Las razones para elegir uno u otro nombre para las ciudades se encuentran muchas veces en lo que fue la memoria personal de los conquistadores: poner a la ciudad fundada el nombre de la de procedencia en la Península fue frecuente; al fin y al cabo, cuando Colón realizó su segundo viaje, se habló de "mezclar el mundo y dar a aquellas tierras extrañas forma de la nuestra". También fue frecuente que algo de lo nuevo recordase lo viejo que se había dejado atrás y por eso Antequera (hoy Oaxaca) se llamó así por el parecido de su ubicación con Antequera de España, y Mérida en Yucatán -fundada por Francisco de Montejo el Mozo, hijo del anterior, en 1542- debe su nombre a que los edificios prehispánicos que en ella había recordaron a los conquistadores a los de la Mérida de Extremadura. Por otra parte, y respecto al nombre de las ciudades, M. Góngora apuntó hace años que en la elección pudo existir el interés de aplicar el fuero de la correspondiente ciudad peninsular, cosa que la corona negó en la mayoría de los casos.A la propia tradición se incorporó la concepción de la ciudad prehispánica que encontraron. En Cholula (México) se puede apreciar cómo sería una ciudad prehispánica: con templos mayores y menores y con barrios subdivididos a su vez en otros. Si la ciudad de Pátzcuaro (Michoacán, México) fue fundada sobre un núcleo prehispánico, cuando Alonso García Bravo dio la traza para la ciudad de México ubicó la plaza de armas, catedral y palacio virreinal sobre el núcleo de lo que había sido el antiguo centro ceremonial de Tenochtitlan, convirtiéndose éste en uno de los casos más representativos de superposición de culturas que se dio a la llegada de los españoles a América.No era algo nuevo, pues en España, al correr de los siglos, sobre iglesias visigodas se habían construido mezquitas y sobre éstas templos cristianos, como también el emperador Carlos V había construido un palacio en la Alhambra. En la ciudad de México se llevó a cabo además una cristianización de los cuatro grandes campa prehispánicos mediante parroquias cuyas advocaciones -tal como ha estudiado R. Moreno de los Arcos- se correspondían a las características de los dioses aztecas a que estuvieron dedicados: San Sebastián / Atzacualco, Santa María / Cuepopan, San Juan/ Moyotla y San Pablo/ Teopan.La cristianización a que fue sometida la antigua Tenochtitlan se puso de manifiesto no sólo con estas advocaciones, sino que también nos es recordada por las palabras de Motolinia cuando escribió que en los primeros años de la construcción de la ciudad de México había allí "más gente que en la edificación del templo de Jerusalem". Son palabras que remiten a la relación simbólica entre ciudad y templo, estudiada para Europa por Corboz, y para la América colonial por Fagiolo. En ese sentido cabe recordar la ubicación de los edificios religiosos en las plantas de fundación, tanto de la ciudad de Mendoza como de San Juan de la Frontera, ambas en Argentina, en 1562: ocupan las cuatro esquinas del perfecto cuadrado que es la ciudad y, al margen de cuestiones funcionales y de la tradición peninsular de edificar extramuros los conventos de algunas órdenes, que sin duda están presentes, parece inevitable imaginar una cruz en forma de aspa abrazando toda la ciudad cuando se ven esas trazas.Famosa es también la superposición en Cuzco -ombligo del imperio inca- de la ciudad de los españoles sobre la prehispánica, aunque la traza (1578) sea ya de la época del virrey don Francisco de Toledo. No sólo el convento de Santo Domingo se superpuso al Coricancha incaico, la catedral se levantó sobre el antiguo palacio de Viracocha y se conservó la plaza prehispánica nivelándola, sino que los muros prehispánicos siguen formando calles y se mantuvieron los cuatro rumbos en que estaba dividido el Tahuantisuyu o universo incaico. Algunos autores han apuntado que en este tipo de superposiciones quizá estuviera latente la idea de identificar la imagen presente con la grandeza de un pasado histórico recién conquistado, mentalidad que también había presidido la conquista de Granada por los Reyes Católicos, pero también pudiera tratarse de dejar memoria de la idea de triunfo a través de la imposición de lo español cristiano sobre lo indígena.
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Una parte importante de los objetos encontrados en las ofrendas olmecas están realizados en materiales procedentes del exterior, mostrando cómo este pueblo estableció contactos con otras culturas con el fin de conseguir recursos no existentes en su propia región. Durante la etapa de San Lorenzo la interacción olmeca se produjo con sitios de la Cuenca de México, tales como Tlatilco y Tlapacoya, donde aparecen las grandes figurillas de arcilla huecas, de engobe blanco y pintura roja, y los rostros de hombre-jaguar, asociadas en los enterramientos a las figurillas autóctonas denominadas pretty ladies. Son corrientes también las cerámicas decoradas con motivos de mano-ala-garra de tan amplia representación en el registro simbólico olmeca, y tal vez antecedentes de su sistema escriturario. El mismo patrón puede constatarse en Morelos, donde en sitios como Las Bocas, San Pablo Panteón y La Juana se han encontrado estos mismos materiales. Sin embargo, los relieves de Chalcatzingo incluyen además motivos relacionados con la agricultura, la fertilidad y la lluvia, junto a figuras de guerreros. El arte mobiliar olmeca es muy abundante en el Estado de Guerrero, quizás como consecuencia de la existencia de piedras duras en la región y sus implicaciones comerciales. En dos cuevas, Extotitlán y Juxtlahuaca, se encontraron unos excelentes murales olmecas decorados con figuras humanas y la iconografía del jaguar, que se relacionan con conceptos de agua y de abundancia. En estos murales ocupa un lugar central el viejo mito olmeca de la cúpula de un gobernante con una hembra jaguar, origen de la raza de los hombre-jaguar, que se emparenta con la fertilidad, el cielo y la lluvia, aunque algunos investigadores lo consideran como el patrocinador de las casas reales, un dios similar al Dios K (Bolom Dzakab) maya y al Tezcatlipoca azteca. Las relaciones de intercambio con Oaxaca resultan muy interesantes. Tienen cierto paralelismo con las establecidas con la Cuenca de México: se formalizan durante el Formativo Temprano con sitios como San José Mogote y Tierras Largas, donde las élites locales comienzan a incluir en sus ajuares cerámicas y figurillas con motivos olmecas. En estos momentos los espejos de ilmenita procedentes de Oaxaca fueron muy apreciados en San Lorenzo, donde aparecen asociados a las ofrendas de elite. El arte y la iconografía olmeca penetró en Chiapas a través de los ríos San Isidro y Grijalva desde el Formativo Temprano. En la llanura costera, una zona de vital importancia económica por sus plantaciones de cacao, aparecen rasgos del área metropolitana. Estos contactos se acentúan durante la etapa de La Venta, siendo frecuentes los bajorrelieves colocados sobre paneles, estelas y altares tallados sobre inmensas losas con símbolos olmecas. El Xoc, Pijijiapán, Tonalá, Tzutzuculli, Izapa, Abaj Takalik, El Baúl y Chalchuapa, manifiestan la extensión de la interacción olmeca hasta El Salvador; tal vez coincidiendo con la zona ecológica del cacao y el algodón, y con una antigua ruta que servía para comunicar el sur con el centro de Mesoamérica. Esta amplia distribución de rasgos olmecas desde el Centro de México hasta Costa Rica ha hecho pensar a los investigadores que de esta cultura dependen los desarrollos mesoamericanos básicos. Pero tal formulación lleva implícitos conceptos de colonización que en ningún caso tienen confirmación en el registro arqueológico. En la actualidad se piensa que las comunidades en que es evidente la presencia olmeca ya estaban evolucionadas cuando se produjo el contacto, y se considera que la expansión olmeca se fundamentó en relaciones económicas y rituales, y no en una colonización de carácter político.
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El rey Sancho el Mayor atribuyó a Navarra tierras originariamente castellanas cuya ocupación así como el control de los reinos musulmanes de la zona da lugar a guerras continuas entre 1054 y 1209. Sancho incorporó a Navarra La Rioja, Álava, Guipúzcoa y Vizcaya, y a estas tierras se unió la entrega de la Bureba y de tierras próximas a Santander por Fernando de Castilla a García de Navarra por su ayuda en la guerra con León; en 1054, Fernando intenta recuperar estas tierras tras vencer y dar muerte a su hermano García en la batalla de Atapuerca, y el cobro de las parias de Zaragoza enfrenta al monarca castellano con su hermano Ramiro de Aragón, que hallará la muerte en Graus (1063). Los enfrentamientos se repetirán años después en la llamada Guerra de los Tres Sanchos (Sancho II de Castilla, Sancho IV de Navarra y Sancho Ramírez de Aragón) que se saldó con la devolución a Castilla de la Bureba y de los Montes de Oca (1067). La muerte de Sancho IV de Navarra en 1076 provocó una división entre los navarros que fue aprovechada por Alfonso VI para ocupar La Rioja, Álava, Vizcaya y parte de Guipúzcoa. El matrimonio de Urraca y Alfonso el Batallador de Navarra y Aragón pareció resolver los problemas fronterizos y facilitar incluso la unión de León - Castilla - Navarra - Aragón y su fracaso retrotrajo las fronteras a la época de Sancho el Mayor, aunque por pocos años: en las paces de Támara (1127) Alfonso VII de Castilla renunció a las conquistas de Sancho II y Alfonso VI, pero siete años más tarde moría el monarca navarro-aragonés dejando sus reinos a las órdenes militares y su testamento no sería aceptado ni por navarros ni por aragoneses, que eligieron su propio rey, ni por el reino de Zaragoza, que aceptó al castellano Alfonso VII, único monarca que estaba en condiciones de hacer frente a los almorávides. El Emperador no tardaría en ceder Zaragoza a Ramiro II de Aragón a cambio de su vasallaje, el de su hija Petronila y el de su futuro marido Ramón Berenguer IV de Barcelona. Fruto de esta colaboración fue el acuerdo de repartirse Navarra, 1140, y su rey, García Ramírez, salvará el reino declarándose vasallo del emperador, vasallaje que renovará su hijo Sancho VI en 1151 para contrarrestar el tratado de Tudillén por el que castellanos y aragoneses se repartían de nuevo Navarra y las zonas de influencia en territorio musulmán.Los lazos feudales se rompen, como en el caso portugués, a la muerte de Alfonso VII, y durante la minoría de Alfonso VIII de Castilla Navarra recuperó las tierras de La Rioja y llegó a un acuerdo con Aragón para conquistar y repartirse los dominios del rey Lobo de Murcia y Valencia, el principal aliado de Castilla frente a los almohades. Alfonso VIII atacó Navarra y compró la retirada del monarca aragonés y conde de Barcelona, Alfonso el Casto, con la entrega de las parias pagadas por el rey musulmán. El acuerdo castellano-aragonés incluía no sólo los problemas peninsulares sino también los del Sur de Francia, donde Aragón-Cataluña se enfrentaba a la monarquía francesa por el control de Provenza y donde Castilla aspiraba a hacer efectiva la dote de la mujer de Alfonso VIII, Leonor de Aquitania, territorio a cuyo control aspiraba igualmente la monarquía francesa. En la práctica, el perjudicado sería el reino de Navarra, que fue obligado a devolver (1179) las tierras ocupadas durante la minoría. La colaboración castellano-aragonesa dio sus primeros resultados en la toma de Cuenca (1177) y en la firma de un nuevo tratado en Cazola (1179), que modificaba el reparto de tierras musulmanas: Valencia -desde el puerto de Biar hacia el Norte- sería para Aragón-Cataluña, y la ocupación de Murcia sería competencia castellana. Posiblemente se acordó también un nuevo reparto de Navarra que se repetiría en 1198, en esta ocasión con resultados efectivos: [Alfonso VII ocupó Miranda de Ebro, Álava, Guipúzcoa y Vizcaya, y años más tarde se apoderaría de parte de Gascuña, para abandonarla poco después al carecer de apoyos en la zona.