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El retrato del arzobispo Joaquín Company fue realizado por Goya en 1800, debido al traslado del clérigo desde Zaragoza a Valencia. Posiblemente este que contemplamos se trate de un boceto preparatorio para cualquiera de los dos retratos del canónigo, también pintados por el maestro.Aunque se trate de una obra menor, el artista ha resaltado la personalidad de Don Joaquín, centrando toda su atención en el rostro, iluminado por una luz fuerte y clara procedente de la izquierda. La pincelada empleada por Goya es suelta, pero precisa. Los tonos oscuros del hábito del clérigo sirven para destacar aun más el rostro. Con este tipo de retratos, el aragonés cosechará sus más importantes éxitos.
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Existen numerosas controversias acerca de la identidad exacta de la retratada. Un grupo de especialistas considera que sería la dama de llaves de Goya por su origen aragonés. Beruete llega a afirmar que es la modelo empleada por el pintor para la Maja Desnuda mientras que Tormo piensa que se trata de la Vestida. Incluso hay varios nombres para identificar la figura. Debe de tratarse de alguien cercano al pintor por el cariño con el que ejecuta el retrato, existiendo cierta relación con el de la Condesa de Fernán Nuñez por la posición de la modelo. Doña Joaquina se sienta sobre un tronco, ante un fondo de paisaje, poniendo de manifiesto la relación de Goya con los retratistas ingleses del Neoclasicismo. Viste elegante traje de gasa negra estilo Imperio, resaltando el escote en blanco. La fina y transparente mantilla adorna la cabeza y cae sobre el enguantado brazo izquierdo que sujeta un abanico. La mirada de la dama se clava en el espectador, llamando nuestra atención por excelente dibujo de su sonrosado rostro, quizá la parte más detallada del lienzo. El resto de la composición está dominada por una pincelada vibrante y rápida, especialmente en el tronco y el perrillo de lanas, similar al que aparece en el retrato de la Duquesa de Alba. La dorada luz que resbala por la figura crea un entrañable efecto de atardecer, situándose Goya a un paso del Impresionismo.
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Durero pintó para Federico el Prudente un altar que habría de colocarse en la capilla palatina de Wittenberg. Desgraciadamente, no se conserva la pintura central, pero sí los dos paneles laterales: Job y su mujer y Dos músicos. Ambas pinturas tiene como protagonista a Job, el ejemplo de la paciencia. En este caso, podemos contemplar a Job escarnecido por su esposa, que le vierte por la cabeza un cubo de agua mientras el viejo se sienta resignado ante el incendio de sus propiedades.
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El mundo de los caballos siempre atrajo a Toulouse-Lautrec; en sus primeros trabajos bajo la influencia de Réne Princeteau y en las últimas obras relacionándose con Degas. Esta imagen que contemplamos formaría parte de una serie dedicada a la hípica al igual que El jockey, siendo en su mayoría rechazadas por el impresor Pierrefort. Esta acuarela nos demuestra la facilidad de Lautrec para con el dibujo y su habitual aplicación rápida y diluida del color, convirtiéndose en un elemento definitorio de su producción.