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Se trata de una obra inscrita dentro de lo que Germano Celant llamó Arte Povera, denominación que se debe al empleo de materiales humildes tales como plantas, sacos, cuerdas, tierra o troncos. Mario Merz es uno de los más importantes artistas dentro de esta tendencia. Sus obras, se basaban en una ley estructural muy elemental, la del matemático medieval Fibonacci, para quien el desarrollo no es una simple sucesión de números, sino que la progresión de los números resulta de la suma de los dos precedentes.
Personaje Religioso
La Madre Ignacia del Espíritu fue la fundadora del primer beaterio para indias, el Beaterio de la Compañía de Jesús, conocido más tarde como Congregación de Religiosas de la Virgen María. Fue también la primera Congregación Filipina para mujeres que obtuvo el reconocimiento papal. Era la hija menor y única superviviente de María Jerónima, una india, y Jusepe Iuco, un chino procedente de Amoy (China) que se había convertido al catolicismo en 1652 y residía en Binondo (Manila). Cuando Ignacia cumplió 21 años sus padres pretendieron casarla, pero ella pidió primero consejo a Fr. Paul Klein, un jesuita que había llegado a Manila en 1682, porque se sentía dividida entre la llamada de Dios y no disgustar a sus padres. El sacerdote le dio los Ejercicios Espirituales de San Ignacio y después de un período de oración, Ignacia vio clara su vocación a dedicarse enteramente a su servicio. Dejó a los suyos y se instaló sola en una casa situada a la espalda del Colegio de los Jesuitas de Manila. Su vida de oración y trabajo atrajo a otras indias que también se sentían llamadas a la vida religiosa, pero no podían ser admitidas en el convento de Santa Clara, el único que existía en Manila. La madre Ignacia las acogió en su compañía y así nació la primera comunidad, formada por su prima Cristina Gonzales, y otras dos jóvenes, Teodora de Jesús y Ana Margarita. Seis mujeres más se unieron al grupo inicial de cuatro y no pasó mucho tiempo cuando llegaron a ser treinta y tres miembros. En 1748 ya eran cincuenta. Empezaron a ser conocidas como las Beatas de la Compañía de Jesús porque recibían los sacramentos en la cercana iglesia de San Ignacio, además de que los Padres de la Compañía eran sus confesores y directores espirituales. Con el tiempo, la madre Ignacia se dio cuenta de que el beaterio no debía llevar sólo una vida de oración y penitencia, sino que Dios pedía también un servicio apostólico. Así se empezó a admitir a jóvenes como alumnas para enseñarles la doctrina cristiana y las tareas domésticas. También aprendían a leer, a coser y abordar. No se hacía distinción de color o de raza, sino que eran aceptadas indias, mestizas y españolas. Llegaron a tener unas cuarenta y cinco alumnas. Quedó formada así una congregación cuyo objetivo principal era su personal santificación y en segundo lugar el trabajo para la santificación y salvación de los otros a través de la enseñanza de la doctrina cristiana a las jóvenes, la catequesis en parroquias, la atención de retiros espirituales y el cuidado de los enfermos en los hospitales. La Madre Ignacia introdujo la práctica del retiro y lo promovió entre las mujeres. Era una mujer enérgica y de una personalidad atrayente, con gran sentido común a la hora de aconsejar a las personas. Su ejemplo era su principal arma para atraer a otras mujeres al camino que ella había sido llamada. En 1732 y en ese momento la madre Ignacia decidió dejar su responsabilidad como superiora de la casa. Siguió viviendo en el beaterio como un miembro más hasta su muerte en 1748. El cronista Murillo Velarde vio en esta decisión una gran humildad y la manifestación de que no deseaba mandar ni controlar. Estimaba que era una mujer valiente que supo sobrellevar las grandes dificultades que se encontró para su fundación desde el principio al fin. Era una mujer "mortificada, paciente, devota, espiritual, celosa del bien de las almas".
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Una buena parte de estudios y bocetos así como obras definitivas están protagonizadas por Ignacio, el hijo y modelo favorito de Pinazo. El Monaguillo solfeando o la Lección de memoria son dos ejemplos de imágenes donde el pequeño Ignacio posa para su padre. Pinazo exhibe en estos bocetos una pincelada rápida, aplicando el color con largos trazos, interesándose por la luz y la alegría infantil, resultando obras muy intimistas donde el Impresionismo parece hacer mella en el artista.
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Fortuny es más conocido por los asuntos orientales o escenas de "casacón" pero su producción retratística, aunque limitada, no es escasa y exhibe una elevada calidad como observamos en este interesante ejemplo. El buen amigo del pintor aparece en primer plano, acodado en el respaldo de una silla, dirigiendo su mirada hacia el espectador. La figura se recorta ante un fondo neutro de tonalidad oscura que provoca una mayor volumetría, como hacían Tiziano y los pintores del Barroco, interesándose por la personalidad del modelo, captando el gesto, el carácter del retratado. El acertado dibujo se combina con una fluida pincelada, interesándose el maestro por la luz con la que consigue modelar - gracias a los contrastes lumínicos - los volúmenes. El aspecto fotográfico del retrato le otorga una importante dosis de modernidad aunque siga en parte los dictados románticos de su suegro, Federico de Madrazo.
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Don Ignacio Garcini y Queralt era brigadier del Cuerpo de Ingenieros; casado con doña Josefa Castilla Portugal y Wanasbrok, en 1804 ambos posaron para Goya en uno de esos retratos dobles que se popularizaron entre la nobleza por aquellas fechas - véase a los Condes de Fernán Nuñez -. El militar se muestra en una postura castrense, sujetando firmemente su sable con la mano izquierda y llevando al pecho la derecha. Su rostro es iluminado por un foco lumínico para acentuar su carácter, interesándose el pintor por los detalles del uniforme, obtenidos con una pincelada rápida muy del gusto del aragonés. Don Ignacio ostenta la cruz de la Orden de Santiago bordada en su pecho y en una pequeña insignia. Al recortar la figura sobre un fondo neutro se obtiene mayor volumetría, resultando un conjunto digno de destacar.
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La función de los Ignudi en la bóveda de la Sixtina es sostener festones vegetales y los medallones de bronce fingido. Están sentados sobre cubos y se sitúan junto a los Profetas y las Sibilas. Este que contemplamos forma parte del espacio dedicado a la Embriaguez de Noé y está ubicado junto al Profeta Joel. Su compañero repite la postura para reforzar la simetría del conjunto, considerándose que Miguel Ángel empleó el mismo cartón por las dos caras. La potencia anatómica del desnudo resulta magistral, interesándose el maestro por el escorzo y el efecto escultórico, demostrando su capacidad como dibujante y anticipándose al Manierismo.
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Los expertos sitúan este Ignudi en la órbita de Luca Signorelli, una de las fuentes que inspiró a Miguel Ángel en la ejecución de sus trabajos. La figura hace pareja con otro Ignudi en el espacio de la Sixtina dedicado a la Embriaguez de Noé, ubicándose ambos sobre el Profeta Joel. El escorzo al que se somete la figura contrasta con la serenidad del rostro, manifestándose las cualidades de Buonarroti al estar más interesado por la exaltación de la potencia física que por las expresiones, enlazando con su faceta de escultor.
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En el siglo XIX la postura de este Ignudi estuvo relacionada con una antigua joya que había sido copiada por la escuela de Donatello en un tondo del palacio Medici de Florencia. En este desnudo Miguel Ángel vuelve a transmitir su profundo interés por la anatomía inspirada en el mundo clásico, retorciendo las figuras para anticiparse al Manierismo. El dibujo es preciso y en el rostro se intenta transmitir la "terribilità" del propio maestro, abriendo sus ojos para dotar al hombre de vida. El claroscuro que se manifiesta en la figura se relaciona con Leonardo, siendo los compartimentos de las escenas de Noé donde más se aprecia esta influencia para ofrecer Buonarroti más adelante un estilo propio.
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Este Ignudi que contemplamos se sitúa sobre Ezequiel, formando parte del compartimento de la Creación de Eva. Su postura escorzada está en sintonía con toda la serie, siendo el ejemplo más significativo de la admiración de Miguel Ángel por la potencia anatómica y la fuerza de la escultura, aplicada a la pintura de manera excepcional en los frescos de la Sixtina. El soberbio dibujo utilizado por Buonarroti se pone de manifiesto en la maestría de los contornos, rellenando el espacio con el color de la carnación donde se crean contrastes de claroscuro que recuerdan a Leonardo. La tensión de la musculatura y el dinamismo de la figura anticipan el Manierismo y el Barroco.
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Los especialistas consideran que esta figura desnuda que se ubica sobre la Sibila Pérsica, dentro del compartimento dedicado a la Creación del mundo, es el más dinámico del conjunto al reforzar el escorzo con las posturas disparadas de sus miembros. Se piensa que las fuentes utilizadas por Miguel Ángel debemos encontrarlas en el grupo helenístico procedente de la escuela de Rodas del Laoconte y en el Torso Belvedere.